La irresponsabilidad

Claves biológicas y psicológicas
Muy Intresante por Luis Muiño

Hay personas que apechugan con las consecuencias de sus actos, pro otras son expertas en rehuir todo tipo de culpa y responsabilidad. La psicología explica el porqué de estas conductas tan radicalmente opuestas.

A mediados del año 2006, Pavel M., un ciudada­no rumano, demandó a Dios. El argumento del acusador era contundente: él ha­bía firmado un pacto con el Altísi­mo, a través de su bautismo, por el que delegaba en Él todas sus decisiones morales. Pero Dios no había cumplido con su obligación y Pavel había caído en las garras del mal. esto último era induda­ble: en e] momento de presentar la querella, el demandante estaba en la cárcel cumpliendo condena por asesinato.
• Cuando el zodiaco asume el control
Pavel es un ejemplo de persona que no se siente responsable de sus actos. Él cree que la culpa la tiene el Todopoderoso. Otras per­sonas que piensan como nuestro protagonista delegan su compro­miso vital en el destino, el horós­copo o cualquiera de las personas que les rodean. Sin embargo, hay individuos que tienden a sen­tir control sobre lo que hacen y asumen las consecuencias de sus acciones. ¿De dónde vienen esas diferencias?
Desde los estudios pioneros realizados en los años 70 del pa­sado siglo por Julián B. Rotter, psicólogo y profesor de la Univer­sidad de Connecticut, en Estados Unidos, los especialistas hablan del locus de control como uno de los factores decisivos a la hora de determinar la responsabilidad –o la falta de ella. El término alude al "lugar" en el que situamos la causa de las cosas que nos su­ceden. Las personas de locus de control interno tienden a pensar que los hechos acontecen por sus propias acciones y, por lo tanto, son responsabilidad suya. Por el contrario, los individuos de locus de control externo suelen echar la culpa a factores ajenos, y no se sienten comprometidos con los resultados. De hecho, según Rot­ter y otros autores, esta dicotomía se manifiesta con toda claridad ya desde los primeros años de nues­tra vida.
Así, cuando algo se rompe, hay niños que dicen que "se ha caí­do", y hay otros que afirman que "lo he tirado" aunque haya sido sin querer... Después, cuando lle­ga la etapa escolar, esas personas de control externo culparán de sus suspensos a la mala suerte, la dificultad del examen o la ma­nía que les tiene el profesor. Los de control interno, sin embargo, reconocerán que no han estudiado lo suficiente, se sientan o no orgullosos de ello. Por fin, ya de adultos, los primeros hablarán de la incapacidad del jefe o de la falta de apoyo del equipo para justificar la frustración de objeti­vos laborales. Los segundos, sin embargo, asumirán los fracasos y harán suyos los éxitos.
En todo caso, aparte de esa ten­dencia a un determinado locus de control, hay otro factor en el que están de acuerdo las investigaciones: el paso del tiempo. La madu­rez nos hace más responsables. El profesor Solomon Cytrynbaum, experto en desarrollo humano de la Universidad de Chicago, en EE.UU., encuentra una característica común en las personas de edad ma­dura: se sienten más libres. A medi­da que envejecemos, tomamos las decisiones teniendo más en cuenta nuestros objetivos e intereses, y me­nos las expectativas de los demás.

• La necesidad de ayudar se difumina en los grupos
Hay otro factor situacional del que se empezó a hablar mucho a raíz de un terrible suceso. En los años 60 del siglo pasado, en el barrio neoyorquino de Queens, una mujer llamada Kitty Genovese regresaba a casa después de su jornada laboral. Cuando llegó a su edificio, un hombre salió de un portal y la asesinó a golpes y puñaladas. El crimen se había desarrollado ante los ojos de 38 testigos asomados a las ventanas y balcones. Nadie movió un dedo para ayudar a la víctima. De he­cho, la primera persona que sin­tió que el tema era de su incum­bencia fue un vecino que llamó a la policía. Pero lo hizo media hora después de que comenzara la brutal paliza que acabó con la vida de Kitty, y sólo tras llamar a un amigo para preguntarle si no se estaría metiendo en donde no le llamaban.

Cuando este hecho fue airea­do por el periódico The New York Times, el impacto social fue enorme. Por eso los psicólo­gos sociales Bibb Latane y John Darley idearon experimentos que trataban de investigar cómo nos comportamos cuando una persona necesita ayuda. De ellos se dedujo, por ejemplo, que si el número de personas que contempla una situación extrema es muy elevado, los testigos tienden a no hacer nada. Se produce un fenómeno denominado difusión de responsabilidad: como nin­guna de las personas siente que es la única obligada a echar una mano, mira a los demás, esperando que sean ellos los que actúen. Estos experimentos de­mostraron que, curiosamente, la víctima está más segura si es una sola persona la que contempla el delito, porque entonces es casi seguro que se sentirá obligada a intervenir.

El sentido del deber nos da sensatez, pero nos quita espontaneidad. El psicólogo Brent Roberts, profesor de personalidad de la Universidad de Illinois, distingue entre cerebros dispersos –per­sonas irresponsables pero más creativas– y mentes organizadas, capaces de asumir sus errores, pero menos imaginativas.
Llevado al extremo, el sentido del deber es peligroso
Los primeros pueden parecer caóticos en su comportamiento, al mostrarse incapaces de inte­riorizar el compromiso; Tienden a perder cosas importantes en mo­mentos decisivos, llegan tarde a las citas o bien las olvidan... Pero también suelen mostrar una au­dacia que las mentes organizadas pocas veces pueden permitirse. Y además, señala Roberts, las men­tes organizadas pueden acabar cometiendo errores por su exce­sivo sentido del deber. Uno de estos individuos fue Adolf Eichmann, responsable de la muerte de miles de personas en campos de concentración durante la épo­ca nazi. En su libro Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal, la escritora Hannah Arendt analizó la perso­nalidad de este oficial y llegó a la conclusión de que, simplemente, se trataba de un burócrata sin imaginación que se limitaba a sentarse en su despacho y reali­zar su trabajo concienzudamente. Para personas como él lo im­portante es hacer bien su tarea, sea cual sea el objetivo de ésta. Son individuos que tienden a culpabilizarse continuamente y por eso no se pueden consentir a sí mismos fallar en las labores que les encomiendan. Y el exceso de responsabilidad puede llevarles a cometer excesos de otro tipo.

• Peter Pan
Pero tam­bién existen muestras del resulta­do de la falta de compromiso, lo que se conoce como Síndrome de Peter Pan. En la famosa obra de James M. Barrie, el protagonista quiere seguir actuando de forma alocada y juvenil, haciendo lo que le viene en gana sin asumir las consecuencias. Peter Pan es –al igual que lo fue su creador– un niño que quiere seguir siéndolo aunque su cuerpo crezca. Por eso hoy se utiliza su nombre pa­ra referirse a las personas a las que les cuesta crecer; y asumir deberes. Su falta de compromiso les complica la vida de pareja, la estabilidad laboral, la educación de sus hijos...
Dependiendo de las circuns­tancias, ser o no ser responsable puede ser más o menos adaptativo. Quizás, como reza una frase muchas veces parafraseada, el truco consiste en tener la fuerza suficiente para luchar por aque­llo de lo que somos responsables, la paciencia precisa para saber llevar lo que no podemos con­trolar y la inteligencia necesaria para distinguir unas situaciones de otras.

 

© CLAI - Departamento de Comunicaciones - Inglaterra N32-113 y Mariana de Jesús - QUITO - ECUADOR
Tel: (593-2) 2504-377, Fax: (593-2) 2568-373 - E-mail:
niltongiese@clailatino.org