V Asamblea General
Buenos Aires, 19-25 de febrero de 2007
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Neofobias: de mecanismo de defensa a patología

Me mata lo nuevo

Hay personas que disfrutan con las novedades, y otras que expe­rimentan hacia ellas una resistencia patológica. A la hora de reaccionar ante situaciones nuevas, la mayoría de nosotros estamos, en una zona intermedia; algunas nos gustan más que otras. Luego, los hay que apenas pueden esperar para lanzarse a experimentar esos cambios, y en el otro lado están los que sienten hacia esas alteraciones en su vida una repulsión irracional. En este último caso, nos estamos adentrando en el terreno de la neofobia.

Cualquier cosa nueva provoca el rechazo inmediato

Neofobia es un trastorno de la personalidad cuya definición debemos al psicólogo William James (1842'1910), que lo describió como "una tendencia a rechazar cualquier cosa nueva, (...) un miedo anormal y persistente hacia casi cualquier novedad". Hoy en día, aclara Rosa Martínez, responsable del Área de Psicología Clínica del Consejo General de Colegios de Psicólogos de España, "la neofobia no está recogida como tal en el DSM-IV, el manual diagnóstico y estadístico de trastornos mentales actualmente en uso. Sin embargo, hay tratados de psicología que sí que la recogen como un tipo de fobia simple". Desde que William James la definió, diversas disciplinas, enfocadas a distintos terrenos prácticos, se han interesado por ella: los expertos en alimentación la estudian como un factor que determina los hábitos dietéticos de los adolescentes; los gurús empresariales, como uno de los principales obstáculos hacia la innovación en el trabajo y, más re­cientemente, un estudio científico ha demostrado categóricamente sus efectos perjudiciales para 1a salud.

Pero, ¿la neofobia afecta a nuestra vida? Y, si es así, ¿lo hace para bien o para mal?

El organismo sufre notables reacciones químicas

Los primeros estudios se dieron en ratas comunes - Rattus norvegicus-, una pequeña población de las cuales fue controlada durante años en laboratorio. El primer paso fue separar a los ejemplares neofóbicos de los neofílicos -es decir, los que no temían a las novedades- introduciendo cambios en su entorno, como una roca, una caja de metal, un túnel de plástico, y comprobando sus reacciones. Par­te de las ratas permanecían aga­zapadas en un rincón, mientras que otras se lanzaban confiadas a examinar los objetos descono­cidos. El experimento probó que las ratas neofóbicas mostraban unos niveles anormalmente altos de glucocorticoides, una hormona que se segrega como respuesta al miedo o la ira. Lo que es más, las ratas neófobas acabaron alcan­zando esos elevados niveles de corticoides no como reacción a ninguna amenaza concreta, sino en momentos al azar, sin ninguna motivación visible. Analizando el comportamiento de los animales desde sus primeros días de existencia, las científicas pudieron establecer cómo las diferencias de comportamiento en la infancia permitían predecir la magnitud de la respuesta de glucocorticoides en la edad adulta. Dicho de otro mo­do: las impresiones sufridas en los albores de la vida marcaban este comportamiento hormonal para los restos. Lo cual, obviamente, tenía sus consecuencias.

Del total de las ra­tas examinadas durante años en el estudio, los ejemplares neófobos vivían menos tiempo que sus congéneres menos temerosos. Esto no significaba que desa­rrollaran enfermedades que las demás ratas no padecían, sino que tenían menos resistencia que éstas a un mismo mal.

¿Significa esto que las personas neofóbicas, al igual que las ratas, vivirán menos y peor? Y otra pregunta no menos importante: ¿Cómo aparece y se desarrolla este trastorno en el ser humano?

La clave estaría en la necesidad de estimulación

"En los seres humanos, el patrón de respuesta neofóbica comportamental/neuroendocrina surge a una edad tan temprana como los 14 meses", apuntan especilistas en comportamiento humano. A la hora de rastrear las bases de este trastorno en nuestra perso­nalidad, Enrique García Huete, profesor de la Universidad Com ­plutense de Madrid y director de Quality Psicólogos, apunta como un punto de partida el nivel de apertura mental, una caracterís­tica de la mente de cada uno que "implica que hay personas que tienen más tendencia a ser busca­doras de cultura y de sensaciones. Por el contrario, los que puntúan bajo en apertura mental suelen ser personas más rígidas, más inflexibles, y no buscan nada". García Huete relaciona este rasgo psíquico con otro factor, que es el de la introversión o extroversión del individuo: "en nuestro cerebro tenemos un sistema activador de una zona, que es la retícula. Ésta se activa para no aburrimos, para estar atentos y activos. Se ha des­cubierto que en la gente que lla­mamos introvertida su velocidad de estimulación interna es muy rápida, es decir, tienen su propia estimulación interna y, por tanto, necesitan meter menos cosas de fuera. Mientras que en los llama­dos extrovertidos, esa velocidad es lenta; para poder equilibrar, atender en clase, o estar solos y no aburrirse, necesitan llenar­se de estímulos: la cuestión es que no decaiga el abastecimiento ".

Por el contrario, la persona "introvertida, con la suficiente estimulación y que encima puntúa bajo en apertura mental, va a ser la más conserva­dora del mundo, va a mantener todas las cosas como están, va a intentar que nunca cambie nada, y cualquier nueva situación le va a producir un síndrome de adapta­ción", explica García Huete.

Sin embargo, es bien sabido que nuestra personalidad es algo más que un puñado de genes; el entorno en el que nos desarrollamos refuerza o debilita muchos aspectos de la misma, y la pro­pensión a la neofobia es clara­mente uno de ellos. "El entorno va reforzando los comportamien­tos sociales y los individuales. Si tengo un padre que los fines de semana está siempre diciendo vamos a conocer esto nuevo, vamos a ver esta exposición... si en mi casa me favorecen la bús­queda de cosas nuevas, esa cos­tumbre ya se queda como parte de mi funcionamiento, aunque yo sea muy introvertido", de­clara García Huete.

A los caballos, gatos y loros no les gustan los cambios

En cuanto al hombre, la neo­fobia ha estado con nosotros in­cluso desde antes de la aparición del Homo sapiens como especie, y en no pocas ocasiones nos ha re­sultado una herramienta útil. La neofobia nos protegía, pero también podía constituir un obstáculo para nuestro desarro­llo como especie. Sí perdemos nuestra neofilia, nos quedaremos estancados. Si perdemos nuestra neofobia, correremos hacía el de­sastre.

No hay novedad tecnológica que no provoque miedo

Prácticamente todos los descubrimientos científicos y técnicos han producido recelo, cuando no cosas peores, en parte de la población. Cada novedad tecnológica en el ámbito de la comunicación suscitó temores y resistencias neofóbicas, a veces exageradas y a veces perfecta­mente razonables. Inventos más recientes como el vídeo -que iba a arruinar la industria del cine-, el walkman -que aislaba y dejaba sordo- los videojuegos -más adictivos que la heroína-, o internet -pozo sin fondo de perversiones capaces de corromper a nuestros jóvenes han provocado reacciones similares. Y no parece que la co­sa vaya a parar; "en los próximos tiempos empezaremos a ver una serie de trastornos nuevos, que van a tener mucha relación con las nuevas tecnologías", apunta Rosa Martínez

Pero no es sólo la llegada de novedades tecnológicas lo que puede provocar el recelo entre la población; los cambios colectivos en e1 entorno directo son también fuente de todo tipo de temores, como el matrimonio homosexual. "También las cosas nuevas nos entran a través de valores y de creencias", declara Rosa Martínez. "Todos tenemos unos esquemas mentales, y cuan­do aparecen otro tipo de situa­ciones sociales, intentar procesar ese nuevo sistema de valores y adoptar uno más adecuado a los tiempos, eso sí puede producir crisis vítales importantes".

Hasta un 95% de los casos tiene tratamiento y cura

La neofobia puede curar­se. "Hay tratamientos que consi­guen mejorar o curar las fobias, y en un 90% o un 95% los afectados evolucionan de manera favora­ble", explica Rosa Martínez. La neofobia se trata de una manera muy similar al resto de las fobias de su categoría, es decir, mediante la desensibilización sistemática, por la cual se va habituando pro­gresivamente a la persona al ob­jeto de su fobia, un proceso que últimamente cuenta con la ayuda de la informática más moderna. "Basada en tratamientos psico­lógicos, se está desarrollando lo que se llama exposición virtual: mediante un programa de orde­nador se simula la situación fóbica y se produce en la persona que lo está viendo ese mismo nivel de ansiedad que le produce la situación real".

Entre las personas que conside­ran que las novedades son la sal de la vida y las que las ven como una amenaza a su tranquilidad, quizá convenga recordar una frase de Séneca. Para el filósofo cordobés los dos grandes enemi­gos de la tranquilidad eran "la incapacidad para cambiar y la incapacidad para perdurar".

Vicente Fernández de Bobadilla
Revista Muy Interesante

 

 
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