|
Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas |
Discurso teológico narrativo y testimonial neopentecostal: un factor de crecimiento numérico y un desafío hermenéutico (Segunda parte) Según se vio, el discurso teológico neopentecostal popular es narrativo y su punto de partida es la experiencia del creyente con el Espíritu Santo. Así, dicho discurso se ve reducido a una narración testimonial de esa experiencia o, como sugieren algunos, a una "teología del espíritu" (Bastian 2004:32). Este discurso es clave en el actual crecimiento masivo del movimiento. Primero, porque, contrariamente al discurso y religiosidad modernos que enfatizan unilateralmente la razón, reconoce también la importancia de la experiencia, de la subjetividad, la estética y la emotividad del pueblo. Segundo, porque esta experiencia, que es eminentemente religiosa y comienza con algo fundamental como lo es el encuentro personal con Cristo y su Espíritu, no sólo es única en el sentido de no haber sido jamás vivida en ningún otro lugar -incluidas las comunidades eclesiales de base-, sino que se desarrolla dentro de un clima de aceptación, afectividad y hermandad estrecha. Tercero, porque fortalece, "empodera" la fe y llena las necesidades espirituales, afectivas y "materiales" del pueblo. Así, pues, aunque hay todavía un trabajo teológico pendiente -por ejemplo, ¿son el discurso teológico y la religiosidad neopentecostal buenos modelos para la iglesia "que misiona" en el contexto posmoderno? Este discurso responde, de algún modo, a las exigencias actuales posmodernas. También este discurso contribuye a algo no menos importante: recuperar y, a la vez, afirmar la dignidad, la esperanza y el sentido de la vida de un pueblo marcado por la marginación y el desamparo. Ahora bien, en este crecimiento masivo influyen otros factores relacionados con el discurso, que no se deben soslayar. Estos atraen por igual al pueblo, pues también llenan sus necesidades, sus gustos y exigencias y contribuyen a su plena humanización. Entre ellos está el liderazgo paternalista del caudillo; el sermón experimental, sencillo y sensorial, y la liturgia "liberada" y participativa, que armonizan con el contexto cultural, la idiosincrasia latinoamericana y la tendencia a la globalización actual; las prácticas religiosas que armonizan con el imaginario popular; el sacerdocio universal, que puede verse practicado aun en congregaciones con liderazgo caudillista y que permite a todos, inclusive a las mujeres, además de un acceso directo y libre a Dios, servir, ejercer liderazgo e incluso "hacer teología", todo sin mediación de liderazgo jerárquico y especializado alguno. Consecuentemente, se puede entender por qué hoy el neopentecostalismo popular es un fenómeno religioso masivo. También se puede entender por qué su crecimiento no puede ser explicado solo a base de factores sociológicos ni, mucho menos, ideológicos -como los expresados comúnmente en la denominada "nueva leyenda negra"- según la cual el protestantismo, especialmente en sus variantes pentecostales, es la punta de lanza de los intereses imperialistas norteamericanos. Además, se puede entender por qué su espiritualidad no solamente influye en el protestantismo evangélico tradicional (Deiros y Mraida 1994), sino también lo desafía hermenéuticamente. El protestantismo evangélico tradicional reconoce que el Espíritu Santo y su poder son decisivos para la vida y misión de la iglesia. Sin embargo, en determinados círculos de este protestantismo heredero del método, de la articulación y la sistematización rigurosas que la modernidad "exigía" al pensamiento, se da la impresión de todo lo contrario. En sus actuales propuestas filosóficas pro método teológico evangélico (Véase Alfaro, Gerardo A.: ¿Cómo hacer teología evangélica? Preliminares de un método teológico evangélico) y en su práctica, estos círculos parecen implicar que el poderoso obrar del Espíritu Santo ha quedado en el pasado, reduciéndose hoy a iluminar las Escrituras y a convencer al irredento, de pecado, justicia y juicio. Así, entre otras cosas, su discurso teológico contextual en desarrollo, su predicación expositiva y su liturgia se caracterizan, tanto por ser rigurosamente elaborados, articulados y sistematizados, como por poseer un sólido fundamento bíblico. Pero, al igual que su espiritualidad, son excesivamente controlados y carentes de esa vitalidad que fluye de la apertura y confianza en el Espíritu de Dios. Obviamente, ni en la seriedad académica ni, mucho menos, en la centralidad en las Escrituras está el problema de estos círculos, pues, al contrario, ambas cosas ayudan mucho frente a la informalidad y subjetividad excesivas de la cultura posmoderna, con todas sus implicaciones. El problema está en que en estos círculos la academia suele elevarse por encima del Espíritu. Cuando esto ocurre, corren no sólo el riesgo de perpetuar la moderna oposición entre la cabeza y el corazón, sino también el de enfatizar unilateralmente la dimensión intelectual de la fe y dejar, por lo tanto, poco o nada de espacio para la experiencia personal y también para lo sobrenatural en la vida cotidiana. Lo observado arriba, ¿no explica acaso la fe sobreintelectualizada en mucho de este protestantismo? ¿No es esta sobreintelectualización la causa frecuente de su carencia de una vida, de un discipulado y un ministerio en la fuerza del Espíritu? ¿De su espiritualidad poco intuitiva, estética, emotiva o apasionada y hasta muchas veces divorciada de la obediencia, del carácter y de la ética? ¿De su crecimiento numérico lento? ¿O de por qué son hoy pocas las personas que optan por su perspectiva religiosa? Así, pues, es oportuno recordar por lo menos lo siguiente: Primero, que la fe bíblica es más amplia que la "vida de la mente"; se ha demostrado que el elemento emocional es una realidad presente en esa fe, así como en todas las racionalidades (como destaca Edgardo Moffatt, en su artículo "Pathos y apatía en el 'fin de la historia'"). Segundo, que Dios puede hablar al creyente también a través de la experiencia personal. Opinar tal cosa, sin embargo, no significa necesariamente abogar por subjetivismos extremos, pues Dios habla a todos principalmente a través de la meditación en su Palabra y la contextualización de ella a la vida personal y a la realidad histórica total. Pero hemos de reconocer que, aun en este proceso, la verdad objetiva y la experiencia van de la mano. Tercero, que una comprensión bíblica del Evangelio nos haría ver que éste da a la vida no sólo una calidad eterna, sino que también la llena con la energía del Espíritu para que pueda honrar a Dios integralmente (Ro 1:16, 6-8; cp.1 Co 1:18, 24; 2:10,16). Y cuarto, que una obediencia genuina a ese mismo Evangelio no limita la experiencia religiosa personal ni ata ni manipula la libertad ni el poder insospechado de Dios ni de su Espíritu hoy (1Ts 5:19; Gá 5:1,25). El discurso teológico neopentecostal impondría varios desafíos al protestantismo tradicional e incluso al mismo neopentecostalismo popular y su discurso. Me gustaría, sin embargo, subrayar uno que es positivo, de fondo y que no tiene nada que ver con seguir ingenuamente las tendencias temporales, adoptando énfasis, prácticas religiosas y espiritualidades posmodernamente light que renieguen de la academia o la reflexión, o que sean de dudosas bases bíblicas, todo a fin de aumentar la cantidad de sus miembros. El desafío tiene que ver con una tarea hermenéutica nada fácil, frívola ni mágica, sino responsable, es decir, espiritualmente inteligente y dirigida, y académicamente informada: releer continuamente las Escrituras, "la norma que norma" toda la tarea bíblico-teológica, pastoral y misionera. Y, relacionado con el anterior, otro desafío más, ya que es imposible una objetividad total debido a que nadie se acerca a leer la Biblia "químicamente puro"; según eso, todos hemos sido culpables alguna vez de imponer nuestras propias perspectivas a nuestra lectura. Tal desafío es el de esforzarse por liberar su hermenéutica y su horizonte teológico, del impacto de las perspectivas, díganse experienciales, sociopolíticas y económicas, teológicas o denominacionales que pretendan tener más peso de autoridad que las mismas Escrituras y constituirse, por el mismo hecho, en árbitros decisivos del proceso de relectura y, consecuentemente, de la espiritualidad. En otras palabras, se debería luchar conscientemente para que en este proceso hermenéutico, ninguna perspectiva tome precedencia sobre la Palabra de Dios (ver Reyes 2002; allí mismo ver una propuesta hermenéutica para ello). En el proceso hermenéutico de relectura, contextualización y tarea profética, su teología, enseñanzas e imprecaciones deberían considerarse esforzadamente "acto primero", nunca segundo -aunque en el ámbito de la fenomenología de lectura y relectura, la presión del contexto personal o social es fuerte-. Lo exige su estatus de revelación de Dios y de singular obra literaria "clásica" y dinámica, que forma y transforma la conciencia y la visión de quienes se someten voluntariamente a ella. Pero también lo exige la dura realidad histórica que pesa hoy sobre todos nosotros. Con ambos desafíos, tendría no sólo menor riesgo de deificar la razón o la experiencia y de pretender atar o manipular al Espíritu a su antojo, sino también mayor oportunidad de recuperar la dimensión pneumatológica relegada en su discurso y espiritualidad. Entonces, tales discurso y espiritualidad serían también, en la práctica, bíblicamente trinitarios y experienciales; trinitarios, porque el énfasis en el amor del Padre y en la victoria del Hijo no desplazaría la presencia y el poder del Espíritu del lugar que también les corresponde; experienciales, porque poseerían esa vida y poder extrarracional del Espíritu que movía a la iglesia primitiva y porque, por el mismo hecho, darían el lugar que corresponde a la experiencia subjetiva religiosa, la intuición o la contemplación estética y emotiva personal matizada de obediencia. Y, como trinitarios y experienciales, tendrían altas posibilidades de responder mejor a las exigencias actuales posmodernas, de ser más liberadores y, por ende, dignificadores del pueblo que yace en la marginación, exclusión y desamparo. Finalmente, también como tales, tendrían altas posibilidades de contribuir, dentro de un contexto posmoderno como el nuestro, a un crecimiento numérico mayor de la tradición eclesiástica, y a un modelo de misión bíblico menos racional, controlado y frío.SV George Reyes es pastor, profesor, biblista y poeta antologado ecuatoriano. Comentarios
|
|
El Consejo Latinoamericano de Iglesias es una organización de iglesias y movimientos cristianos fundada en Huampaní, Lima, en noviembre de 1982, creada para promover la unidad entre los cristianos y cristianas del continente. Son miembros del CLAI más de ciento cincuenta iglesias bautistas, congregacionales, episcopales, evangélicas unidas, luteranas, moravas, menonitas, metodistas, nazarenas, ortodoxas, pentecostales, presbiterianas, reformadas y valdenses, así como organismos cristianos especializados en áreas de pastoral juvenil, educación teológica, educación cristiana de veintiún países de América Latina y el Caribe. |
|
|
|
|