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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas |
El fuego que nos consume No me acompañan muchas certezas en esta vida. Tengo certeza de mis carencias y dependencias. Tengo familia. Por ella, tengo certeza del misterio del amor. Tengo certeza de la misericordia, la ternura, la compasión. Nace dentro de mí la esperanza de la justicia. Pero en lo más profundo de mi ser, ante todo, tengo certeza de que Dios es un fuego consumidor: Jehová tu Dios es fuego consumidor (Dt 4:24) ¿Quién de nosotros morará con el fuego consumidor? (Is 33:14) Arde en el corazón de cada ser humano una necesidad primordial: palpar este fuego. Seguramente por eso, muchos de los esfuerzos de los que trabajamos por la iglesia, con la iglesia, han estado encaminados a domesticar, dosificar y controlar este fuego. Pero he aprendido que Dios no es domesticable. Afirmo, con gratitud, la misericordia de Dios, pero afirmo, con temor, que el Fuego Consumidor quema inmisericordemente. Este estudio parte de un reconocimiento de que el Fuego divino quema hoy en formas y escenarios que desconocemos y que están fuera de nuestro control. Como suele suceder en la historia humana, nos consta que en algunos casos, el quedar consumido por el Fuego divino engendra vida, sencillez y servicio. Conocemos a personas que son portadoras de una bella llama que orienta y nutre sus propias vidas y las de los demás. En otros casos, el encontrarse con el Fuego Consumidor despierta una avaricia terrible, una ansia de poder monstruosa, que nada puede satisfacer. Conocemos a estas personas también. Por su afán de poder, toman los dones que Dios nos ha dado y los usan como armas para sembrar miedo e inseguridad. En manos de estos predadores espirituales, la llama de ternura y misericordia divina se convierte en terror, en anulación de la identidad propia. Encuentro con el fuego: notas autobiográficas Crecí en una iglesia bautista conservadora; una iglesia grande, innovadora, fundamentada en el dispensacionalismo. Tengo bien presente que, cuando era niño, anhelaba un encuentro personal con Dios, con la trascendencia. Recuerdo estar sentado en una banca, en las de adelante, al lado derecho, deseando sentir algo especial: algún toque de misterio, alguna revelación, algo. Aprendí a discernir el flujo de las emociones del culto: sus ritmos y cadencias. Los predicadores especiales. La música. ¡Ah! ¡Qué música! ¡Oh, Dios eterno!, tu misericordia Recuerdo las conferencias especiales: festivales de misión global, conferencias sobre profecía. Vimos, en pantalla grande, los titulares sobre la Comunidad Económica Europea y, a la par, los textos del Apocalipsis que hablan del Anticristo, de Babilonia, de la marca de la Bestia. Recuerdo cuando John Kennedy fue elegido presidente, en 1960: susurros de miedo recorrieron algunos círculos, preguntando si acaso Estados Unidos no había caído bajo el control de Roma. Recuerdo haberme sentido, desde chiquito, parte de una comunidad global de fe: Dios estaba presente en la Costa de Marfil, en Ecuador, en Papua, Nueva Guinea. Así, desde chiquito, quise ser misionero. Recuerdo haberme sentido, desde chiquito, amado por Dios; y recuerdo la presión sutil de afirmar este amor por medio de una confesión pública de fe. Recuerdo el momento de pasar adelante, el momento de decir: "Yo creo", el momento del bautismo. Recuerdo horas de estudio. Oportunidades de servicio y testimonio. El privilegio de subir al púlpito desde mi adolescencia. El perderme en el canto, la alabanza. Pero también aprendí en esta iglesia a desconfiar de mis sentidos y emociones. La madurez espiritual, me enseñaron, se manifestaba en acoplarse a la doctrina sana. La bulla caótica de los pentecostales, dijeron, no era una manifestación legítima del Espíritu de Dios. Se trataba de un anacronismo nostálgico de otra dispensación. Pero también recuerdo haber estado sentado en aquella banca, con los ojos cerrados, deseando algo más, algo sin nombre. Algo pendiente. ¿Qué más? Así, quizá, nació en mí la necesidad de analizar las cosas. Empecé a interesarme en las noticias, en la actualidad. Mi iglesia me otorgó la oportunidad de conocer a muchas personas de muchos trasfondos culturales y sociales. A los dieciséis años ya había predicado en la cárcel, había repartido tratados en la playa, impartido clases de escuela dominical en una comunidad pobre donde imperaban la inseguridad económica y la violencia doméstica; había vivido meses en una reserva de la nación Navajo, donde los hijos, para poder estudiar, tenían que abandonar a sus familias y viajar mil kilómetros para asistir a una escuela especial del gobierno federal. Empecé a descubrir que Dios es grande. Y empecé a sospechar que Dios no se sujetaba a mis reglas, ni a los dogmas tan magistralmente articulados por mi iglesia. Leí a Kierkegaard, Nietzche, T. S. Eliot, y E. Cummings. Conocí la presencia del Misterio, el misterio de la Presencia. El embriagarse con ideas y con palabras. El embriagarse con el misterio del sentir, de la sensualidad. Empecé a comprender que comprendía muy poco. Asistí a Wheaton College, en Illinois. Aprendí muchas cosas, y quedó confirmada mi vocación en el campo de la comunicación social y de la educación. Todos los días se celebraba un culto obligatorio en la capilla de la Universidad. Una mañana, el Prof. Bob Webber, del Departamento de Biblia, se desnudó ante nosotros diciendo lo indecible: habló del silencio de Dios. El silencio de Dios, dijo Webber, señalaba que Dios se había ausentado de nosotros. A nosotros, supuestamente su Pueblo Escogido, Dios nos había dado la espalda. Y la ausencia de Dios, dijo Webber, era más terrible que su presencia. Oh Dios, no guardes silencio; Job había llegado a la misma conclusión; también, tantos profetas. ¿Cómo, a partir de dónde, pueden construirse sentido y significado si Dios está ausente? Aquella mañana en Wheaton, quedamos atónitos, estremecidos. Pero Webber tenía razón: Dios no estaba sujeto a nuestras reglas ni a nuestro sistema religioso. Dios, el Fuego Consumidor, no se dejaba controlar ni domesticar. Si Dios se había ausentado, si nosotros nos habíamos ausentado de Dios, no nos quedaba otra posibilidad que ir a buscarlo. Llegué a Guatemala por primera vez en 1974, como voluntario de la Iglesia Presbiteriana. Empecé a trabajar como misionero presbiteriano en 1977. Todavía me quedaba, en aquel entonces, una dosis de romanticismo. Rápidamente me acoplé al discurso: la nobleza de los pobres, la perversidad de los poderosos, la pureza de lo popular. En años subsiguientes, se me fue complicando mi mundo: se me iba acabando el blanco y negro. Fui testigo de la complejidad y profundidad del dolor humano, del valor, la traición, la honradez, el desencuentro entre el discurso y la práctica, la sencillez, la violencia, la corrupción. En Guatemala llegué a conocer, como nunca antes, el amor. No conozco a nadie que no haya quedado marcado por la guerra. ¿Fue menos violento responder a la violencia del sistema, no con la no violencia activa, sino con la violencia revolucionaria? ¿No nos dejaron ninguna alternativa sino combatir fuego con fuego? Quizá. Se me han acabado mis certezas. Pero eso sí: de por sí la práctica de la violencia rompe algo adentro de cada uno de nosotros, sea la violencia sufrida por la víctima o la violencia perpetrada por el violador, sea la violencia revolucionaria o la violencia del opresor. Con la guerra, se me iba acabando el romanticismo. Creció en mí un sentido del misterio del bien y de la gracia, pero también un sentido del misterio del mal. Me doy cuenta de que construimos defensas internas contra el dolor. Empecé a desconfiar de los discursos grandilocuentes. Todo se nos complicaba; empecé a descubrir que muchas personas ya no creían en soluciones contundentes ni fáciles. Empecé a descubrir que las recetas no funcionan. Algunos trabajaban por la conversión masiva al Señor de toda una nación. Así, pregonaban, Dios derramaría sobre nosotros sus bendiciones. Pero vimos que las estructuras mismas de la nación -las instituciones políticas, económicas y culturales- estaban carcomidas por la corrupción y la violencia. Los mismos evangélicos, al asumir puestos de poder, se mostraban indefensos ante la furia del sistema: terminaron igual de corruptos, igual de abusivos. Tampoco se trataba de cambiar un gobierno militar de derecha por otro de izquierda. Ambos extremos se mostraban incapaces de construir consensos, de facilitar la participación ciudadana, implementar un estado de derecho y administrar honradamente los recursos públicos por el bien común. ¿Dios nos había abandonado? Al contrario: nosotros habíamos abandonado a Dios. Quizá habíamos llegado a confundir nuestras instituciones religiosas, nuestros proyectos políticos, con el Fuego Consumidor. Así quedamos agotados, desencantados: Poco a poco, El mercado de la fe El nuestro es un mundo extraordinariamente complejo. Existen simultáneamente la premodernidad con la modernidad y la posmodernidad. Categorías medievales coinciden con categorías cibernéticas. Nuestro universo simbólico es una ensalada maravillosa de lo indígena, lo africano, lo europeo y lo mestizo, todo matizado y mundializado hoy por CNN, Rupert Murdoch y Televisa. Rolando Pérez comenta que "mientras en otras sociedades accedieron a la modernidad sobre la base de la palabra escrita, en Latinoamérica estamos incorporándonos a ella conjugando imágenes electrónicas con analfabetismo, escuela incompleta y atrasada, simultáneamente con una intensa internacionalización del mundo simbólico de las masas". Uno de los grandes comunicólogos latinoamericanos, Jesús Martín Barbero, señala que "la modernidad no ha cumplido muchas de sus promesas de liberación social, de liberación política, de liberación cultural. Pero hay una promesa que sí ha cumplido: y es la de desencantarnos el mundo... Ha racionalizado el mundo. Lo ha dejado sin magia, sin misterio". El ser humano es capaz de aguantar muchas carencias, pero arrebátale el misterio y el sentido de trascendencia, y deja de ser humano. Frente al desencanto, el ser humano siempre construirá mecanismos de reencanto. Hoy la Iglesia Católica y las iglesias protestantes tradicionales hemos perdido nuestra posición hegemónica sobre la espiritualidad de la gente. Tradicionalmente, el afiliarse a grupos pentecostales representaba cierto estigma social para la gente. Las personas de prestigio eran católicas, presbiterianas, metodistas, luteranas. Pero en la última década, con su penetración en los medios de comunicación y en el mundo de la política, los grupos pentecostales han llegado a competir por el prestigio social con los defensores del statu quo religioso. Estos grupos están diseñados y posicionados para ejercer una influencia enorme en una sociedad de consumo, donde los sueños y valores de la gente surgen de los medios de comunicación, especialmente de la televisión. A pesar de su posición hegemónica, la religión cristiana nunca ha ejercido el monopolio religioso en América Latina. Tanto la espiritualidad indígena como la africana tienen profundas raíces en la conciencia latinoamericana. El caso de la espiritualidad de los pueblos indígenas merece un comentario especial. Durante siglos, los pueblos originarios encontraron en la Iglesia Católica Romana un refugio donde lograron preservar importantes elementos de su cosmovisión religiosa. Aun así, muchas ceremonias fueron suprimidas y sus sabios perseguidos. A partir del recuerdo de los 500 años en 1992, muchos guías espirituales indígenas reclamaron su derecho a celebrar su fe públicamente y a tener acceso a sus sitios sagrados. Hoy, cuando pregunto a jóvenes mayas, ¿cuál es su afiliación religiosa?, más de uno responde: "Yo soy maya y practico la espiritualidad maya". Simultáneamente, somos testigos de la mundialización de la cultura. Los sociólogos de la religión hablan de un supermercado religioso que ofrece al consumidor, o sea a nosotros, una enorme diversidad de bienes simbólicos: New Age, candomblé, santería, espiritismo, los mercaderes de la teología de la prosperidad, Madre Angélica, "Pare de sufrir" con la Igreja Universal , la guerra espiritual. ¿Cómo funciona el supermercado religioso? Cada persona entra al supermercado, compra una onza de consuelo aquí, otra onza de perdón o de ánimo allá, y va armando su sistema individualizado de significado religioso. Sospecho que siempre ha sido así. Ciertamente, se ha diversificado la oferta en estos últimos años, y los productos vienen empacados en estuches cada día más llamativos. Pero siempre ha habido ofertas diversas. Y la gente siempre ha construido su sentir religioso personal en la profunda intimidad de su ser. Lo que pasa es que hoy, las iglesias tradicionales han perdido la autoridad de poder imponer su "ortodoxia" y callar "las heterodoxias" de la gente. Lo importante de este fenómeno -y lo que no han querido reconocer nuestras iglesias- es que, a estas alturas del partido, el consumidor de bienes simbólicos ya no se siente obligado a otorgar "preferencia de marca" o mayor credibilidad a los bienes simbólicos que ellas ofrecen. En el mercadeo de bienes simbólicos, las iglesias tradicionales tienen que competir de tú a tú con los demás ofertantes. Ya que las jerarquías religiosas tradicionales cuentan con menos capacidad de imponer la apariencia de uniformidad religiosa, muchas personas se sienten en libertad de abrazar simultáneamente sistemas simbólicos aparentemente contradictorios. Conozco a gente que se considera católica romana y apostólica y participa tranquilamente en los grandes espectáculos de los neopentecostales. Pero también, en momentos de crisis personal o familiar, tales personas no dudan en consultar con un espiritista. El ser humano aquí y ahora Termino por donde empecé: el fuego divino quema hoy en formas y escenarios que desconocemos y que están fuera de nuestro control. ¿Cómo es el ser humano con quien nosotros proponemos compartir el evangelio de Jesús hoy? He aquí un retrato parcial y preliminar: Así de complejo, así de sencillo soy: Soy madre, hijo, padre, hija, esposa, compañero, hermano, hermana. Soy un ser amado, capaz de amar. Soy un ser perdonado, capaz de perdonar. Conozco la ternura, la vulnerabilidad. Soy frágil, dañada, frívolo, seria, digno, mezquina. A la vez. Formo parte de una, no, de varias comunidades. Tengo una historia particular. Soy heredero de una memoria colectiva. Tengo abuela. Tengo identidad. Tengo color. Hablo. Escucho. Veo. Saboreo. Siento. Disfruto el misterio de la sensualidad. Soy constructora de sentido, perceptor. Soy sentipensante. Pero llega un momento en que ni siento, ni pienso. Hay dentro de mí un gusanito llamado avaricia, celos, venganza, rabia. Soy capaz de negar el amor, de traicionar a otra persona. Soy capaz de hacer daño a otros seres humanos, de cometer actos de violencia contra la naturaleza misma. Trabajo. Me canso. Me escondo. Tomo riesgos. O no. Descanso. Construyo relaciones; rompo relaciones. Las relaciones me construyen; las relaciones me rompen en pedazos. Y muchas cosas las dejo pasar inadvertidas. Creo. No creo más. Soy capaz de encontrarme con la trascendencia. O no. Me desespero. Espero. En este momento particular de la historia, consumo, luego soy. Soy consumidor. Y estoy consumido. Mi vida, la vida de mis comunidades están en manos de otros y ni los conocemos. (Pero ellos sí nos conocen, a su manera). No nos piden permiso. Tampoco nos rinden cuentas por lo que hacen. Nos proponen qué hacer, cómo hacerlo, en qué creer, cómo creerlo. Hasta sueños ofrecen, y cómo hacerlos realidad. Entre mis comunidades hay rasgos en común. Agotamiento. Confusión. Ensimismamiento. Titubeo. Desconfianza. Inseguridad. Y al fondo, en algún rincón escondido, siempre subyace la violencia. Pero también nos nace (a veces, no siempre) el asombro. Todavía reconocemos que lo que es no es lo que debería ser. Hartos estamos de politiqueros y mercaderes de identidad. Anhelamos transparencia, responsabilidad compartida, consenso. Anhelamos el ejercicio del poder al servicio del bien común. Todavía nos nace (a veces, no siempre) una rabia santa. Todavía nos nace el sueño de llegar a ser. Así de complejo, así de sencillo soy. Dennis Smith ha sido misionero presbiteriano en Guatemala por 27 años y coordina la Pastoral de la Comunicación del Centro Evangélico de Estudios Pastorales en Centroamérica (CEDEPCA). Comentarios |
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El Consejo Latinoamericano de Iglesias es una organización de iglesias y movimientos cristianos fundada en Huampaní, Lima, en noviembre de 1982, creada para promover la unidad entre los cristianos y cristianas del continente. Son miembros del CLAI más de ciento cincuenta iglesias bautistas, congregacionales, episcopales, evangélicas unidas, luteranas, moravas, menonitas, metodistas, nazarenas, ortodoxas, pentecostales, presbiterianas, reformadas y valdenses, así como organismos cristianos especializados en áreas de pastoral juvenil, educación teológica, educación cristiana de veintiún países de América Latina y el Caribe. |
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