V Asamblea General
Buenos Aires, 19-25 de febrero de 2007
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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas



El desafío de la tendencia posdenominacional

El propósito de este artículo es hacer una lectura de la tendencia posdenominacional y del modo en que ella estaría desafiando especialmente al denominacionalismo tradicional. Circunscrita dentro del contexto de esa amplia gama de iglesias que caen bajo el común denominador de evangélicas, esta tendencia es un fenómeno difuso, multiforme y emergente; por lo tanto, además de superficial, generalizadora y sin crítica profunda y consecuente, mi lectura es provisional hasta tanto no se profundice en el estudio y evaluación de este fenómeno.

Tendencia y desafío posdenominacional

Siguiendo a Peter Wagner, Pablo Deiros, en Protestantismo en América Latina: Ayer, hoy y mañana. (Nashville, USA: Caribe, 1997, p. 102), es de la opinión de que un factor fundamental en el surgimiento de la tendencia posdenominacional es el cansancio respecto de las estructuras convencionales, generalmente asociadas con el catolicismo y el denominacionalismo evangélico tradicional. Para Deiros y otros autores, otro factor clave en el surgimiento de la tendencia posdenominacional es la influencia ejercida por la espiritualidad posmoderna sobre la iglesia cristiana; de aquí, según ellos, el surgimiento fenomenal en el "mercado religioso" de una infinidad de movimientos, incluso de tipo neopentecostal evangélico. Estos movimientos se caracterizan por ser, como subrayaré más abajo, no solamente independientes y en casi todo diferentes del "evangelicalismo" tradicional, sino también por practicar un sistema de fe y espiritualidad light semejante a su homóloga secular. Samuel Escobar, a su vez, observa que estos nuevos movimientos "están creciendo en toda América Latina, a costa de las iglesias evangélicas más tradicionales", pues "atraen a muchos evangélicos desilusionados de sus iglesias".

En estos últimos años, eventos evangélicos masivos como CLADE IV (2000) y otros semejantes habrían venido manifestando la tendencia posdenominacional y algunos de esos corolarios: globalización de la fe o teología, superación de las barreras denominacionales y consenso, incluso en asuntos de fe. Opino, sin embargo, que es en un tipo de iglesias que corresponden a la denominada "quinta ola" en el desarrollo del protestantismo latinoamericano, donde se manifiesta de manera especial esa tendencia. A través de su revolución eclesiológica y su sistema de fe y espiritualidad, estas iglesias están generando una nueva manera de ser iglesia. Pasando casi por alto su sistema de fe y espiritualidad, subrayaré apenas algo de su revolución eclesiológica.

Vistas en conjunto, estas iglesias, que por lo general son megaiglesias, las más dinámicas y de mayor crecimiento en América Latina, poseen un perfil no derivado del denominacionalismo convencional. Aunque no están ligadas al pentecostalismo de antaño, su liturgia, su espiritualidad, su perfil eclesiológico y metodología misionera son neopentecostales. No figuran en el listado de denominaciones tradicionales ni mantienen nexos con organismos eclesiásticos internacionales. En este sentido, son iglesias nativas aun en su liderazgo, pero independientes, sin un marco congregacional o denominacional al cual rendir cuentas.

Su campo de acción favorito suele radicar en hoteles y templos suntuosos embriagados de luz a la hora de la celebración, de los talleres y congresos de adoración, de la guerra espiritual o de finanzas. En ella lo artístico, lo estético y, consecuentemente, lo emotivo cobran mayor énfasis que el mismo sermón y la conciencia social. De este modo en esta celebración se cancelan o diluyen la pobreza y el dolor o sinrazón del feligrés, no sólo por los cantos -con ritmos y "lírica" pop que expresan la fe-, donde reina un clima emotivo, de fiesta y libertad, sino también por un sermón que, además de narrativo y testimonial, semejante al de las comunidades neopentecostales populares, es impulsor de la prosperidad financiera, especialmente, y motivacional y sicológico, a la vez.

Es que, por lo general, estas iglesias son alérgicas, entre otras cosas, tanto a las doctrinas sistematizadas e intelectualizadas, como a las normativas del cristianismo clásico. Pero son apasionadas por las light, en cuyo centro está una espiritualidad que, por ser semejante en muchos aspectos a su homóloga posmoderna secular, rinde culto a la experiencia, al gozo y la fe individuales, y raya en la superstición y el animismo de la religión popular. De ahí que hayan venido a constituirse en lo que algunos han dado en llamar "iglesias seeker-sensitive", es decir, iglesias diseñadas para ser apetecibles y, consecuentemente, centros de consumo masivo, donde el pensar y enseñar las verdades bíblicas como el discipulado, el sacrificio y autonegación del creyente ya no es prioritario. En el cumplimiento de su misión, prefieren los multimedios como la televisión satelital.

Su revolución eclesiológica interna es también paradigmática, pues su estructura organizativa y modos de interrelación son, se diría, novedosos. Si bien en el centro de esta estructura prevalece el liderazgo autoritario y patronal al cual hay que rendir casi pleitesía, su forma de gobierno eclesiástico se expresa más en términos de relaciones dinámicas afectivas que en estructuras oficiales jerárquicas, rígidas, frías y legalistas, incluso en asuntos de conducta, propias del denominacionalismo tradicional. Muchas de ellas son megaiglesias; quizás por ésta y otras razones suelen organizarse en redes celulares donde el nivel de comunión y trabajo pastoral mancomunado tiende a ser alto. Se relacionan con otras iglesias similares, es decir, posdenominacionales, en función de una cosmovisión compartida. Pero, de nuevo, lo hacen a través de afiliaciones y relaciones informales y afectivas.

Se podría argumentar que la estructura del ministerio, especialmente pastoral, es otra novedad. Generalmente, en lugar de la figura de un solo pastor fiscal, rodeado por una Junta Administrativa, este ministerio se lleva a cabo a través de redes pastorales conformadas por mujeres y hombres, jóvenes y adultos, solteros y casados, cada cual con una función según su don. En mi opinión, un ejemplo de ello lo constituyen las iglesias que conforman el ya denominado "protestantismo del nuevo paradigma neoapostólico".

A este protestantismo se lo llama así por su reciente recuperación del don y ministerio de apóstol, según argumentan, acorde al modelo neotestamentario y clave para el "empoderamiento" actual de la iglesia y el fiel cumplimiento de su misión. Tal recuperación ha dado como resultado una creciente red de pastores y pastoras "apóstoles" a la cabeza de cada una de las múltiples redes, "ungidos" y "ungidas", "dotados" y "dotadas" de dones carismáticos especiales, de los cinco ministerios de Efesios 4:7-12 y de autoridad plena para determinar y establecer doctrina correcta para la iglesia.

Pese a lo que se podría argumentar críticamente en relación, por ejemplo, con su autoritarismo empresarial y patronal sacralizado, y el clericalismo propio de la cultura católica y denominacional protestante moderna, el modelo pastoral posdenominacional no deja de ser desafiante, también en otro sentido. En este modelo se percibe un movimiento de lo foráneo y clerical, común en el denominacionalismo tradicional heredero de las estructuras eclesiásticas modernas, a una comunidad autóctona de ministros. Esto es desafiante porque mientras el modelo tradicional ha profesionalizado el ministerio pastoral, concentrándolo en una sola persona que suele ejercer todos los ministerios, frecuentemente con poca o ninguna educación teológica y ministerial, el posdenominacional lo pluraliza y vuelve participativo y menos ejecutivo; además, lo redefine más flexiblemente y hace posible no sólo la promoción de un liderazgo de entre los propios miembros de la congregación, sino también que se comparta el ministerio incluso en otras áreas.

Es más, mientras el modelo moderno ha reducido el ministerio pastoral a una tarea exclusiva de varones casados y veteranos, el posdenominacional lo vuelve inclusivo, ya que abre espacio también a otros segmentos de la iglesia como las mujeres, los jóvenes y los solteros. Esto también es desafiante porque, incluso sin valorar la calificación moral y ética que para el ministerio pastoral puedan tener estos segmentos, en los círculos denominacionales tradicionales, en el mejor de los casos, suelen ser relegados a otras funciones que, acrítica e ingenuamente, avalan los estereotipos culturales y de otra índole que pesan sobre estos mismos segmentos.

El modelo pastoral posdenominacional desafía al denominacionalismo tradicional, también desde otros ángulos. Uno de ellos, porque se olvida de poner en práctica el modelo corporativo y orgánico bíblico (Ef. 4:11-12) dentro de un contexto como el posmoderno que exige la recuperación de ese modelo. Un modelo grupal, colectivo, pluralista y variado como el bíblico multiplica el recurso humano, pone en práctica de mejor manera la doctrina del sacerdocio universal de todos los creyentes y es capaz de responder a las diversas necesidades de las personas y a los diversos desafíos actuales de la misión.


Principio del formulario

Dentro de este ethos, se suele organizar la iglesia y trabajar en torno de un único ministro "profesional". Esta forma de organización suele no sólo convertirlo en el típico "pastor orquesta", sino también otorgarle una autoridad mayor que la que posee cuando él está por encima de una Junta Administrativa. Aunque tal tendencia en algún momento podría ser favorable al ministro de estos círculos, tiene ciertos riesgos, como el de volverlo un clérigo "celoso" y orientado, por lo tanto, a cerrar espacios, a fin de conservar el poder y hasta el ministerio que detenta; no es de extrañar por qué, entonces, no suele aprovechar ni incentivar las habilidades de liderazgo y la vocación ministerial ni siquiera de la juventud calificada de la propia iglesia. Así aflora otra tendencia común dentro de este mismo ethos y que el modelo pastoral posdenominacional deconstruye a la vez: distinguir entre clero profesional, y laicado sin base bíblica alguna.

Como ya lo dije, este mismo modelo posdenominacional, aunque autoritario, jerárquico y clerical, comparte la responsabilidad y la visión de la tarea pastoral; así deconstruye por lo menos la tendencia jerárquica, evidenciada no sólo en lo anterior, sino también en la toma de decisiones pastorales dentro del ethos denominacional tradicional. Aquí éstas suelen tomarse a base de la única perspectiva de una Junta Administrativa, o a la de un grupo interno "poderoso" que frecuentemente desconoce y viola la teología y la ética bíblica del ministerio pastoral.

Final del formulario

Ahora bien, un resultado de la incorporación masiva de nuevos y numerosos agentes de ministerio es la necesidad de prepararlos. Dentro de los círculos posdenominacionales, se están articulando nuevas alternativas de capacitación ministerial. Estas alternativas, en lo que podrían tener de deficientes -como la de no incentivar el elemento académico de habilidades reflexivas y generadoras de pensamiento- se articulan según criterios más funcionales, accesibles y centrados en la iglesia local y para su servicio, pero no tanto según los cánones filosóficos y racionalistas modernos residenciales académicos. En la mayoría de veces, el problema con estos cánones es que, además de ser costosos y de descuidar la formación integral del estudiante, parecieran tener como único propósito lanzar "profesionales" aunque ni aquellos que poseen vocación pastoral parecen estar dispuestos a experimentar lo que significa servir de lleno y directamente en una iglesia local latinoamericana. Así, la tendencia posdenominacional viene a desafiar y a poner en crisis también a un subproducto del denominacionalismo tradicional: la educación teológica residencial unilateralmente académica.

Resumiendo, la tendencia posdenominacional se caracteriza por su revolución radical externa e interna. La externa se evidencia en el hecho de ser el sector más independiente y de mayor crecimiento numérico e influencia dentro del actual espectro evangélico latinoamericano; y la interna, especialmente en los modelos de organización pastoral, sin olvidar su sistema de fe y espiritualidad que en muchos aspectos es semejante a la posmoderna secular: 1) preferencia por la religión light, y 2) una actitud y práctica deconstructiva de las estructuras organizativas de la religión institucionalizada.

Para los alentadores radicales de la tendencia posdenominacional, el denominacionalismo ha tenido ya su día, por lo que es tiempo de sustituirlo por un nuevo consorcio eclesiástico que supere las viejas estructuras. Aunque las religiones tradicionales y las iglesias históricas cristianas institucionalizadas continúan teniendo algún espacio, opinan otros menos radicales, su crédito ha disminuido y su modus operandi tradicional ha quedado obsoleto.

Por eso, observa Deiros, esta tendencia podría intensificarse en el futuro cercano. Él estima que, de ser así, por un lado, se aceleraría el proceso de desinstitucionalización de las estructuras religiosas erigidas sobre las bases del modernismo, y, por otro, se irían haciendo mínimas las diferencias denominacionales y profundizando a la vez el proceso de homogeneización, quizás en todos los niveles. Así, concluye Deiros, aunque el denominacionalismo permaneciera, el posdenominacionalismo sería más fuerte y, nos guste o no, ya no sería fácil hablar de "doctrina o liturgia bautista", ni de "doctrina o liturgia posneopentecostal". He aquí el desafío.SV

George Reyes es un pastor, profesor, biblista, poeta y crítico literario ecuatoriano.

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