V Asamblea General
Buenos Aires, 19-25 de febrero de 2007
www.clai.org.ec

Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas



"Otro mundo es posible"
El libro del Apocalipsis y la reconstrucción de la esperanza humana

(Segunda parte)

En los límites de este artículo, me es imposible desarrollar un comentario de todo el Apocalipsis. Me concentraré, pues, sobre el "reino de mil años" (Ap 20:1-6). Pero es necesario evocar lo que precede, ya que este reino no aparece sino después de diecinueve capítulos en los que son presentados el imperio con su potencia de opresión y la resistencia (¡no siempre muy radical!) de las comunidades cristianas.

Bas Wielenga señala que Juan de Patmos, el autor del Apocalipsis, no se interesa mayormente en la potencia militar del Imperio Romano [¡un tema de mucha actualidad hoy, cuando vemos que el poderío militar del imperio estadounidense es más aparente que real!). Juan se centra más bien sobre la mistificación ideológica: la segunda bestia-falso profeta (Ap 13:11-16 y 19,20); los "espíritus inmundos" que hacen prodigios (16:13-14) y, sobre todo, la "célebre ramera" que se asienta sobre siete colinas (capítulo 17), llamada también Babilonia en el capítulo 18, que simboliza la idolatría. Son instrumentos del "diablo", palabra que, como Bas nos lo recuerda, significa 'el que siembra la confusión'. En el capítulo 18, se aborda la economía [ya tratada anteriormente, en particular en 13:16-17): mercaderes y capitanes de barcos mercantes lloran y gimen por la destrucción de "Babilonia". Traficaban, en particular, con "esclavos y mercancía humana" (versículo 13). Bas corrige la traducción de esta última expresión: la traducción literal es "almas humanas", lo que evita la redundancia y se explica por el versículo siguiente que nos habla de la codicia suscitada por las mercancías.

En el capítulo 19, en los versículos que preceden inmediatamente a los del milenio, tenemos una gran y sangrienta batalla en la que " la Bestia " (la opresión imperial) y "el falso profeta" [la mistificación ideológica) son destruidos. Llegamos así al milenio. Una lectura desmitologizada no es difícil de efectuar. En efecto, este periodo es inaugurado por un "ángel" y Juan ha comenzado ya la desmitologización al llamar "ángeles" a los responsables de las iglesias locales en los capítulos 2 y 3. ¿Sería este ángel un "hombre providencial"? Responder afirmativamente sería olvidar que en Daniel 7:13-27 el reino es entregado a la vez al "Hijo del hombre" y a todo el pueblo. El texto nos habla de una primera resurrección de los muertos. Pero no dice que ella será perceptible por todos, empíricamente. Desde siempre los cristianos han creído en la resurrección de Jesús, aunque sólo un puñado de testigos haya declarado haber visto al Resucitado. Se nos dice también que el diablo será encadenado durante los mil años. Esto quiere decir, simplemente, que las fuerzas del mal serán limitadas en su acción durante un largo periodo ("Si el diablo existiese habría que rezar por él" ha dicho Paul Ricoeur, lo cual no ha sido obstáculo para que Juan Pablo II lo condecorara).

Pablo Richard ve en el ángel el símbolo de "la acción trascendente de Dios en la historia humana". Expresa así la convicción bíblica de que Dios está presente en nuestra historia como fuente y participante de la autoliberación de los seres humanos. Y muchos militantes que no se refieren a la tradición judeo-cristiana, pero que están concientes de sus límites y de los de sus compañeros, están sostenidos en su acción por la esperanza de actuar en sinergía con una fuerza que los sobrepasa [sin serles extranjera) y a la que ellos dan otro nombre o prefieren no nombrar. De otra manera, sería extremadamente difícil proseguir esta larga marcha, obra de muchas generaciones, hacia una sociedad pacificada en la justicia.

¿En qué consiste el milenio? Es una realidad social que surge después de la derrota de la dominación imperial con su economía dominante mercantil y su mistificación ideológica. Estas dos formas de opresión no tendrán por lo tanto lugar en él. El poder será ejercido por los que han dado testimonio de Jesús y por "todos los que no adoraron ni a la Bestia ni a su imagen y no aceptaron la marca en su frente o en su mano" [Ap 20:4). Ap 13:17 nos dice "que nadie pueda comprar ni vender, sino el que lleve la marca con el nombre de la Bestia o con la cifra de su nombre".

Por otro lado, el aporte original del Nuevo Testamento a la crítica de la idolatría consiste en la identificación del dinero como ídolo, lo que se expresa también en la oposición entre don y mercado en los relatos de multiplicación de los panes. De este conjunto concluyo que la actividad económica dominada por el mercado no tiene acogida en el milenio, como tampoco la opresión política de uno solo (Imperio Romano) o de un grupo. ¿Quiere esto decir que el milenio será una realidad paradisíaca? No, puesto que las fuerzas del mal no han sido aún aniquiladas. Solamente en la Nueva Jerusalén ya no habrá más muerte ni sufrimiento (Ap 21:4). Solo en ella ya no habrá "templo" (Ap 21:22), es decir, institución religiosa y, por lo tanto, instituciones en general, que son siempre un freno para la libre espontaneidad de los individuos. En este sentido los partidarios de una interpretación ahistórica del milenio tienen razón al decir que se trata del "tiempo de la Iglesia " puesto que existirá en él una institución eclesiástica ("que debe siempre ser reformada").

Pero esta interpretación fuerza el texto bíblico, puesto que su autor tiene conciencia de estar ya en el "tiempo de la Iglesia " (comienza con siete cartas a las Iglesias locales) y, sin embargo, habla del milenio como de una realidad futura. Se trata pues de un nuevo periodo del "tiempo de la Iglesia ", cualitativamente distinto, en el cual los que luchan por la justicia ya no serán perseguidos, contrariamente a lo que parecen esperar ciertos responsables eclesiásticos, que parecen querer que lo sean siempre, para que ellos puedan ejercer un poder "misericordioso".

Concluyo, pues, que habrá instituciones (Estado, mercado) en el milenio con todo lo que ello significa: inercia, necesidad continua de renovación. Esto implica una máxima libertad de crítica. Veo en el milenio un esbozo de proyecto histórico viable a largo plazo -al cual hay que dar aún un contenido más preciso-. Este proyecto no puede construirse sino en tensión dialéctica con la utopía (que es siempre anarquista) cuyo símbolo cristiano es la Nueva Jerusalén. Esperanza teologal y esperanza humana concreta están indisolublemente ligadas en una relación dialéctica.

Decir Estado es decir violencia. La enorme violencia de las dos grandes batallas, antes y después del milenio (Ap 19:11-21 y 20:7-9) y la imagen del infierno que cierra el capítulo 20 (y que vuelve en 21:8) son impactantes. Bas Wielenga precisa cómo se ejerce el poder de Dios en su comentario de la visión de Ap 4:1-11: los relámpagos y truenos evocan el don de la Torah en el Sinaí y el "espíritu septiforme" está presente.

Dios ejerce, pues, su poder por la Torah (norma de vida de un pueblo liberado) y por el don de su propio Espíritu a los seres humanos. Veo una confirmación de esto en el nombre del jinete que manda los ejércitos celestiales en la primera batalla (Ap 19:13): "logos de Dios", cuando Juan hubiera podido llamarle "Hijo del hombre", siguiendo a Daniel.

Dios actúa, pues, por medio de una palabra que da sentido con miras a establecer la convivencia pacífica en la justicia y por su espíritu de amor. Pero esta actuación provoca una reacción violenta del imperio y de sus esbirros, manipulados por la mistificación ideológica. Ante esta violencia, algunos pueden elegir el dejarse matar para dar testimonio. Pero, como norma general, ¿podemos dejar matar a los inocentes?

Reconocer la inevitabilidad de la violencia para construir una sociedad alternativa, centrada en la afirmación de la vida, no puede regocijar a nadie. Es una necesidad dura, amarga. Quizá sea ésta la significación del librito que Juan devora en Ap 10:9-11: dulce como la miel en la boca (el anuncio de la liberación llena de júbilo), le amarga las entrañas.

La imagen de la tradición revolucionaria que veía en la violencia tan sólo los dolores de parto de una nueva sociedad, a pesar de posibles raíces bíblicas (Jn 16:20-21, por ejemplo), era ingenua porque olvidaba la capacidad de destrucción de los imperios y, sobre todo, su poder de mistificación ideológica que penetra hasta las mentes de los mismos oprimidos. Una mayor atención a la concienciación y un verdadero trabajo de organización política, capaz de crear un consenso mayoritario -superando sectarismos estériles y hasta fratricidas- pueden reducir grandemente la violencia en la construcción de una sociedad alternativa.

Sin embargo, sería ilusorio esperar una "violencia cero" antes de la Nueva Jerusalén. Pero concluir de esta necesidad de ejercer el poder para asegurar la convivencia humana (con su inevitable dosis de violencia) el fracaso del milenio es excesivo y lleva a la resignación desmovilizante, ya que nadie se arriesga en una empresa condenada al fracaso. ¡Y eso sería dejar morir a los más de diez millones de niños que perecen cada año de enfermedades fácilmente curables! Hablar de fracaso del milenio es reprocharle el no ser la Nueva Jerusalén y volver a la actitud cristiana clásica de "gemir y llorar en este valle de lágrimas".

Es normal que quien hable de fracaso del milenio no pueda comprender la dicha de los que participan en esta etapa histórica (Ap 20:6). Además, el texto bíblico no habla de destrucción del reino de mil años [como fueron destruidos los reinos de Israel y de Judá) sino sólo de cerco (Ap 20:9). Este reino será una realidad frágil, que conocerá una crisis final, pero que no será destruida, nos dice la esperanza bíblica.

¿Qué otro mundo es posible?

Hasta aquí, tratando de mantenerme lo más cerca posible del texto bíblico, ya he esbozado una interpretación. Es lo que todo lector hace inevitablemente, ya que no sólo todo ser humano está situado en una historia, sino que el mismo texto de la Biblia exige ser interpretado. Por otro lado, una interpretación racional es necesaria para poder compartir la tradición bíblica (que es patrimonio de la humanidad y no esoterismo) con personas que no se definen como cristianas.

Este compartir es más fácil, en lo que concierne el Apocalipsis, por el hecho que este libro expresa, de manera privilegiada, la esperanza que impregna toda la Biblia y que su lectura genera (Rom 15:4). Concretamente, el libro que cierra toda la Biblia con broche de oro, nos previene contra el crecimiento canceroso de la esperanza, es decir, contra el utopismo que es la conciencia utópica devenida su contrario, es decir, algo desmesurado que sólo puede desembocar en la decepción y, por lo tanto, en la desesperación. Este utopismo quisiera que la Nueva Jerusalén llegase enseguida, sin la larga lucha contra los diversos imperios y sin pasar por el milenio. Es comprensible, pero las consecuencias son catastróficas para las personas y para los pueblos.

Volviendo a la esperanza en acción que se manifiesta en la búsqueda activa de ese "otro mundo posible", creo que ella es un llamado a un pensamiento racional del milenio. En efecto, encontramos en esta muy amplia corriente, por un lado, expresiones de la utopía (cristianas o no) y, por otro, un gran número de iniciativas concretas a corto plazo, que son también indispensables. Pero falta la mediación de un proyecto social global, a largo plazo, que sirva de elemento unificador, no autoritario, para las iniciativas a corto plazo y de presencia de la utopía movilizadora en la historia que estamos haciendo.

La elaboración de este proyecto puede contribuir a la creación (o re-creación) de instrumentos políticos, que es un problema mayor para la construcción de una sociedad alternativa, hoy. En efecto, sin estos instrumentos, la búsqueda del "otro mundo posible" pudiera quedarse en protestas sin mañana, que sólo sirven para desahogarse, ¡contribuyendo, así, a consolidar el sistema de dominación! Pero no podrán desarrollarse mientras no superemos el utopismo neo-anarquista, bastante activo hoy.

Aquí se impone sacar la gran lección de la historia del "milenarismo": sin una mediación racional, la utopía religiosa lleva con frecuencia al fanatismo o a proyectos caprichosos que desembocan en catástrofes. Felizmente, estamos insertos en una historia: las tentativas racionales de construir "otro mundo posible", de organizar una sociedad donde todos seamos verdaderamente libres, comenzaron hace más de dos siglos. En 1807, en su Fenomenología del Espíritu, Hegel escribía: "No es difícil darse cuenta, por lo demás, de que vivimos en tiempos de gestación y transición hacia una nueva época. El espíritu ha roto con el mundo anterior de su ser allí y de su representación y se dispone a hundir eso en el pasado, entregándose a la tarea de su propia transformación".

Tenemos una experiencia práctica, marcada con fracasos, pero también con realizaciones: pensemos tan sólo en la miseria de la clase obrera en los países del centro en el siglo XIX, en la mortalidad infantil en la Cuba prerrevolucionaria; en la sumisión de pueblos colonizados, de mujeres e indígenas en el pasado. Y tenemos también un bagaje teórico. Práctica y teoría nos permiten avanzar, si hacemos un esfuerzo. Propongo, pues, un neo-milenarismo dialéctico. En esta perspectiva, la Nueva Jerusalén valoriza y relativiza el milenio, en un mismo movimiento. Lo valoriza, porque es un paso obligado hacia ella: el "ven Señor Jesús" del final del Apocalipsis expresa la enorme esperanza que se invierte en la construcción del "otro mundo posible". Lo relativiza, porque el milenio no es la realidad última, no será un paraíso terrenal. Así, se hace posible evitar dos trampas: por un lado, el pesimismo histórico que marca una expresión como la "reserva escatológica" (de origen agustiniano). Por el otro, la absolutización de una alternativa de sociedad que puede llevar a la tiranía o a muy tristes decepciones desmovilizantes.

La construcción del milenio da un contenido concreto, activo, a la esperanza de la Nueva Jerusalén. Sin este contenido, esta esperanza corre el riesgo de marchitarse y su expresión, de devenir palabrería hueca. He aquí una expresión muy simple de la relación dialéctica entre utopía y proyecto histórico viable. Lo que precede es un esbozo del neo-milenarismo dialéctico en tanto que filosofía de la religión (o teología). En tanto que filosofía política, este neo-milenarismo nos permite pensar una democracia comprehensiva como proyecto histórico viable a largo plazo. Comprehensiva porque la democracia tiene que llegar a englobar también la economía, para ser viable. De otra manera, se vería vaciada de su sustancia por los detentores privados del poder económico. A largo plazo, porque me parece evidente que, a corto plazo, sólo es posible actuar dentro del cuadro de una democracia prisionera del mercado. Sin embargo, objetivos a corto plazo pueden permitirnos avanzar hacia esa democracia comprehensiva. Así, por ejemplo, impuestos sobre las transacciones financieras pueden dar al Estado medios para sus políticas sociales, para contribuir a que países del Tercer Mundo devengan clientes solventes, para desarrollar energías alternativas. Pero hay que mantener siempre la vista fija sobre el objetivo a largo plazo, para vivir en la esperanza, porque el milenio refleja la luz de la Nueva Jerusalén.

Finalmente, este neo-milenarismo dialéctico es también una filosofía de la historia, puesto que muestra su sentido, su significación. No se trata ni de una "ciencia de la historia" determinista ni de una filosofía fundada sobre los resultados de la ciencia histórica. Evocar a propósito del Apocalipsis, matriz de esta filosofía, el etsi Deus non daretur (como si Dios no existiera), no es pertinente, ya que se trata precisamente de pensar la relación entre trascendencia e historia, mientras que se enunció esta regla para las ciencias empíricas, las cuales, por definición, tratan de lo que ya es y no de lo nuevo por venir. Y ello no implica, en principio, ningún privilegio para los cristianos, ya que pueden existir diversas concepciones no alienantes de la trascendencia.

No se trata de un dogma que encerraría el devenir histórico en una especie de camisa de fuerza, sino simplemente de la expresión racional de la esperanza, sin la cual no hay una acción con sentido ni, por lo tanto, práctica política o científica. El escepticismo llevó a Karl Popper a negar que otro mundo sea posible. Y aunque es cierto que no podemos basarnos en pruebas apodícticas para demostrar que existe un Dios-con-nosotros que lleva la historia hacia una sociedad reconciliada, tampoco los adversarios de esta tesis pueden presentar contra ella pruebas irrefutables.

Una filosofía vale por lo que permite comprender y por la acción justa que orienta. Esta filosofía de la historia expresa una esperanza lúcida porque, como escribió el mismo Hegel, no "faltan en ella la seriedad, el dolor, la paciencia y el trabajo de lo negativo". Es una esperanza que ha comido el librito dulce como la miel en la boca, pero que amarga las entrañas (Ap 10:9-11). Es una esperanza racional y, por lo tanto, siempre abierta a la superación crítica. Ella nos permite situarnos en la historia, lo cual es siempre una operación arriesgada. Pero vivir es asumir riesgos, ya que vivir es esperar.

El teólogo cubano Adolfo Abascal reside en Bélgica y es secretario ejecutivo del Centro Internacional de Relaciones Ecuménicas (COELI).

Comentarios
Envíenos tus comentarios acerca de ese artículo - nilton@clai.org.ec

 
El Consejo Latinoamericano de Iglesias es una organización de iglesias y movimientos cristianos fundada en Huampaní, Lima, en noviembre de 1982, creada para promover la unidad entre los cristianos y cristianas del continente. Son miembros del CLAI más de ciento cincuenta iglesias bautistas, congregacionales, episcopales, evangélicas unidas, luteranas, moravas, menonitas, metodistas, nazarenas, ortodoxas, pentecostales, presbiterianas, reformadas y valdenses, así como organismos cristianos especializados en áreas de pastoral juvenil, educación teológica, educación cristiana de veintiún países de América Latina y el Caribe.