V Asamblea General
Buenos Aires, 19-25 de febrero de 2007
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Ratzinger: el teólogo que llegó a ser Papa

El hecho de que el nuevo jerarca católico-romano sea alguien que ha demostrado sobradamente su capacidad para la reflexión teológica obligaría a pensar que, en efecto, existe una relación estrecha o, por lo menos cercana, entre el saber teológico y el poder. Lamentablemente, al perfil de Joseph Ratzinger hay que agregar no sólo que se trata de un pensador eclesial probado, sino que también ha sido en los últimos 25 años el guardián casi infalible de la ortodoxia. Como prueba de ello hay que recordar los "juicios" a los que sometió a gente como Hans Küng, Leonardo Boff, Eugen Drewermann, Edward Schillebeeckx, Pedro Casaldáliga y Juan José Tamayo-Acosta, por sólo mencionar a algunos de los teólogos más conocidos. Su papel al frente de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe ha sido uno de los más intolerantes y represivos, acaso superado únicamente por el de su jefe durante más de 20 años, Karol Wojtyla.

¿La teología al poder?

Queda claro, con lo dicho hasta aquí, que ni la formación teológica más formidable, la creatividad y comprensión de los problemas que enfrenta la fe cristiana en el mundo, ni mucho menos el conocimiento profundo de la política institucional interna, en este caso del catolicismo, constituyen una garantía a la hora de acceder a un puesto como el papado, según lo entiende la iglesia asentada en la ciudad de las siete colinas. Hace falta, según parece, sobre todas las cosas, sensibilidad y coherencia cristianas, algo que este nuevo líder necesitará en cantidades industriales. Y es que no se trata de ausencia de conocimiento o pertinencia acerca de los problemas teológicos más actuales, pues basta con hojear, por ejemplo, el Índice de fe, verdad y tolerancia. El cristianismo y las religiones del mundo (Salamanca, Sígueme, 2005, Verdad e imagen, 163, trad. de C. Ruiz-Garrido) para darse cuenta de la claridad con que Ratzinger domina el tema del diálogo interreligioso. Las primeras palabras del libro asombran por las buenas intenciones que expresan: "En un mundo que se va haciendo cada vez más pequeño, el problema en torno al encuentro entre las religiones y las culturas ha llegado a ser una cuestión apremiante, que no preocupa sólo, ni mucho menos, a la teología. El problema de la compatibilidad entre las culturas y de la paz entre las religiones [un asunto en el que Hans Küng ha insistido hasta el cansancio] ha llegado a ser un tema de primerísimo orden. Pero, sobre todo, es una cuestión que se les plantea a las religiones mismas, que deben saber cómo vivir en paz unas con otras y cómo contribuir a la "educación del género humano" para la paz. La fe cristiana se ve afectada especialmente por esa problemática, porque desde su origen y por su misma esencia pretende dar a conocer y proclamar ante todos los hombres quién es el único Dios verdadero y el único Salvador de toda la humanidad: 'Nadie más que él puede salvarnos, pues sólo a través de él nos concede Dios a los hombres la salvación sobre la tierra', dijo Pedro a los dirigentes y a los ancianos del pueblo de Israel (Hch 4:12). ¿Podrá seguir manteniéndose hoy día esa pretensión absoluta? ¿Cómo se compaginará con la búsqueda de la paz entre las religiones y entre las culturas? Cuando la Congregación para la doctrina de la fe publicó en el año 2000 la declaración Dominus Iesus, 'Sobre el carácter único y la universalidad de Jesucristo y de la Iglesia para la salvación', se alzó un clamor de indignación en la moderna sociedad occidental y también en las grandes culturas no cristianas, com0 la de la India. Tal documento -pensaban- sería un testimonio de intolerancia y arrogancia religiosas que resultarían ya inadmisibles en el mundo actual". (p.11)

La sensibilidad mostrada ante la reacción a la declaración Dominus Iesus se manifiesta también en los cinco capítulos del libro, especialmente en el segundo, donde se llega a hablar, incluso, de "oración interreligiosa" y "multirreligiosa". Ratzinger afronta con valentía el diálogo del cristianismo con las demás religiones y trabaja el tema de la tolerancia en su intersección con la verdad y la libertad.

¿Cómo entender, primero, que alguien con esta luminosidad de planteamientos haya dirigido durante tantos años la instancia que sustituyó a la Inquisición ? Y segundo, ¿qué sea ahora precisamente quien encabezará el catolicismo-romano en estos tiempos de interculturalidad, en los que el pluralismo religioso es una realidad indiscutible? Como es lógico pensar, todas estas exquisiteces discursivas empequeñecen a la hora de la estrategia política y de los intríngulis inconfesables llevados a cabo en el más obstinado secreto (el cónclave definitorio), pues los responsables de la decisión no ponderaron, necesariamente, las habilidades teológicas o espirituales del elegido sino su disposición, mostrada durante un cuarto de siglo, para decir no a algunas de las demandas más urgentes que haya enfrentado la cristiandad católico-romana en mucho tiempo: el matrimonio de los sacerdotes, la planificación familiar, las uniones entre personas del mismo sexo, la ingeniería genética, el acceso de las mujeres al sacerdocio, el diálogo interreligioso efectivo, la carencia de vocaciones, el abuso sexual de obispos y sacerdotes, la teología política comprometida, entre otros.

Queda bien clara la línea vaticana para este pontificado, por corto que llegue a ser: seguir dando la espalda a un mundo secularizado mediante acciones acordes con el conservadurismo de Wojtyla (explicable por su experiencia polaca en plena guerra fría) y continuar la labor de desmontaje de las iglesias locales, populares o nacionales, esto es, anular la posibilidad de que el Evangelio arraigue por medio de una inculturación auténtica. Porque mientras persista la centralización del poder eclesiástico (ausencia de policentrismo) no podrán esperarse cambios significativos.

Un teólogo "profesional", a diferencia de su inmediato antecesor,pues, ha llegado al máximo sitio del catolicismo. Algo que debería ser motivo de alegría, pero que en estas circunstancias no produce más que preocupación. Habrá que ver de qué manera este nuevo líder resuelve las complicadas relaciones entre poder y teología. Esperemos que Ratzinger recuerde (y practique) algo de lo que aprendió, reflexionó, escribió y enseñó (en Freising, 1952-1959; Bonn, 1959-1963; Münster, 1963-1969; Tübingen, 1966-1969; y Ratisbona, 1969-1977), pues además de su larga carrera docente, también fue vicepresidente de la Universidad de Ratisbona (1969-1977); perito, en el Concilio Vaticano II (1962-1965); y miembro de la Comisión Teológica Internacional (1969-1977). No es poca cosa. Ojalá que esté a la altura de su biografía intelectual.

Introducción al cristianismo, su libro más vendido hasta antes de llegar al trono papal, es un abordaje teológico del Credo Apostólico. Según Olegario González de Cardedal: "Hacer un comentario al 'credo' o escribir un catecismo es la prueba suprema para un teólogo. Lo difícil es hablar de las realidades más elementales y primarias en la forma más elemental y primaria. Y hacia eso tiende el libro de Ratzinger: a decir al cristiano de hoy cuál es el contenido simple, pero iluminador de su fe". Su apreciación general de lo que es o debe ser el cristianismo no se ciñe solamente a repetir las fórmulas gastadas acerca de los grandes artículos de la fe sino que provee de pautas para actualizarlas en diálogo con el mundo. Éste es el libro emblemático del teólogo Ratzinger.

Ratzinger y Latinoamérica

El ascenso de Ratzinger al papado, plantea, entre varias preguntas acuciantes, dado su trabajo al frente de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe (antiguo Santo Oficio) en las dos décadas pasadas, la duda sobre el trato que dispensará a América Latina, a la luz de su relación conflictiva con algunos teólogos abiertamente incómodos para el Vaticano. Una nota de prensa publicada el 20 de abril recordó que Ratzinger dijo alguna vez: "Yo no soy el gran inquisidor", pero en la homilía que pronunció en la misa que dio inicio al cónclave, arremetió contra la "dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus deseos". Además, irónicamente, una de sus disertaciones doctorales fue rechazada cuando sus superiores lo acusaron de "relativismo", el mismo que ha atacado ferozmente al afirmar que "fuera de la Iglesia católica no hay salvación". La nota agrega que "defendió en ese mensaje (en el que no citó la pobreza, la ciencia, la moral sexual o la reforma de la Iglesia ( un modelo de Iglesia firme y conservadora capaz de combatir el marxismo, el liberalismo, el libertinaje, el sincretismo o las sectas. Este lenguaje no deja lugar a dudas, aun cuando al momento de asumir su pontificado haya tratado de moderarse, acerca de la manera en que actuará ante los "enemigos" que identifica tan puntualmente.

Algunos años antes de presidir dicha instancia, Ratzinger fue entrevistado ampliamente por Teófilo Cabestrero para un libro adonde aparecían los teólogos más reconocidos en ese momento (Conversaciones sobre la fe. Salamanca, Sígueme, 1977), desde Rahner hasta Gustavo Gutiérrez y Juan Luis Segundo. La imagen que transmitía en palabras de Cabestrero, era de una "moderación extrema" pues sus respuestas eran de un tono realista y abierto. Una de ellas, en particular, lo pintaba de cuerpo entero: "Me parece que la fe se encuentra hoy ante esos dos peligros: ante el peligro de una pura introversión en el interior de la iglesia, y ante el peligro de una extroversión en pura acción política. Ambas cosas significan una pérdida. La gran tarea de nuestro tiempo consiste, por consiguiente, en encontrar una fe que permanezca fiel a la auténtica herencia del evangelio, por más difícil que parezca en este tiempo, y sepa a la vez realizar esta herencia como tarea viva en este mundo y en esta hora histórica". Como se ve, su mesura aún no daba lugar a la cerrazón que experimentó en años posteriores.

Acaso le sucedió lo que describe el historiador francés Jean Delumeau, quien afirma: "'Antes de 1968, Ratzinger era un teólogo de vanguardia. Los acontecimientos de esos años hicieron que se retractara. Creyó y cree todavía que el cristianismo está siendo amenazado por la laicización del mundo occidental contemporáneo". Manifiesta, con todo, cierta esperanza para el futuro próximo: "Yo quisiera pensar en un tercer Ratzinger, ¿por qué no?, pues ahora él está en la primera fila. Ahora las decisiones dependen de él, se encuentra frente al problema que antes correspondía arreglar a Juan Pablo II. Es deseable que tenga una forma de gobierno distinta y que tome decisiones que nos sorprendan. Conservo la esperanza de que Ratzinger, ya convertido en el papa Benedicto XVI, enfrente la realidad y las urgencias de hoy modificando su actitud. La respuesta sería darle mayor autonomía a las iglesias locales y dejar la centralización romana; aunque es cierto que la Iglesia católica no funciona con revoluciones, no es su estilo".

La nómina de teólogos latinoamericanos sancionados, enjuiciados o llamados a Roma para rendir cuentas, dentro de una lista total que incluye más de 140 casos, incluye a personalidades tan representativas como Leonardo Boff, Gustavo Gutiérrez y el obispo Pedro Casaldáliga. Boff fue condenado a guardar "obsequioso silencioso" a principios de los ochenta a causa de las duras afirmaciones de su libro Iglesia, carisma y poder, en donde analiza polémicamente, por ejemplo, algunas de las "patologías del catolicismo romano". Allí, afirma: "Fue un verdadero error histórico la exclusión del protestantismo, porque no sólo se excluía a Lutero, sino también la posibilidad de la verdadera crítica, de la contestación del sistema en nombre del Evangelio. [...] Nada más ajeno y contrario al espíritu evangélico que la pretensión del sistema catolicístico de infalibilidad ilimitada, de incuestionabilidad, de poseer certezas absolutas; o el encapsulamiento del cristianismo en una única y exclusiva expresión; o la incapacidad para reconocer el Evangelio si no es en una única organización eclesiástica". Muchas voces se levantaron por todo el mundo ante el atropello de que fue objeto Boff, quien finalmente se separó de la orden franciscana. Su opinión sobre el nuevo papa es elocuente pues siempre reaccionó ante las acometidas del cuerpo guardián de la ortodoxia católica, como la declaración Dominus Iesus. Con Ratzinger, "se agravará la actual división de la Iglesia y la humillación de las iglesias nacionales sobre las cuales pegó pesado la curia romana en los 26 años de Juan Pablo II". Boff ubica al nuevo papa en la esfera de un grupo de religiosos "representantes de los intereses del imperio que se benefician con la globalización". A pregunta expresa sobre la figura de Ratzinger, Boff respondió: "Es uno de los cardenales más odiados por la Iglesia católica por su rigidez y porque humilló conferencias de obispos y colegas cardenales con la forma autoritaria que siempre trató las cuestiones de fe. [...] Será un papa difícil de amar".

El caso Boff se volvió paradigmático, pues en 1984 y 1986, la instancia presidida por Ratzinger publicó dos documentos dirigidos a golpear a la teología de la liberación de manera genérica y colectiva. Tal vez la respuesta mejor estructurada a este ataque vaticano que caricaturizaba a dicha teología (tal como escribió el teólogo holandés Edward Schillebeeckx) provino de la pluma del teólogo jesuita uruguayo Juan Luis Segundo, quien publicó en 1985 un libro completo sobre el tema (Respuesta al cardenal Ratzinger). Las observaciones coyunturales de Segundo reclamaban la imparcialidad del papa en los asuntos latinoamericanos: "El Sumo Pontífice, en una emocionante y emocionada intervención en Ayacucho (Perú), urgió y exigió a los guerrilleros del Sendero Luminoso que hicieran la paz y depusieran las armas. No urgió ni lo exigió, cuando visitó Nicaragua, a las guerrillas que, apoyadas oficialmente por los Estados Unidos, luchan contra el Estado y el pueblo nicaragüense dentro y fuera de sus fronteras". En este sentido, hay que recordar el bochornoso incidente de Juan Pablo II cuando visitó Nicaragua. En esa ocasión regañó públicamente al poeta y sacerdote Ernesto Cardenal, y perdió el control ante la multitud mientras leía un discurso. El ex vicepresidente Sergio Ramírez ha dado su versión de dicho suceso ("No hubo ni concordia ni entendimiento. Y los desgraciados acontecimientos ocurridos durante la misa campal, cuando el papa pidió silencio con voz cortante frente a los gritos de ¡queremos la paz! que surgían de entre los sandinistas presentes en la plaza, mientras un contingente de madres reclamaba una oración por sus hijos caídos, revirtieron de manera fatal en contra de la revolución, en Nicaragua y en el mundo" ( La Jornada , 18 de abril).

Segundo reprochó a Ratzinger no valorar la teología latinoamericana como una de las consecuencias más pertinentes del Concilio Vaticano II, pues, escribió, si Ratzinger tenía razón, él, junto con toda la generación de teólogos y obispos, había estado equivocado durante 25 años. La postura del cardenal alemán contrastaba con la del propio Juan Pablo II, pues en 1991, en una carta dirigida a la conferencia de obispos brasileños, señaló que la teoría de la liberación no era solamente útil sino necesaria para la superación de las injusticias sociales.

Por el lado protestante y ecuménico algunas reacciones fueron un libro colectivo del Departamento Ecuménico de Investigaciones (noviembre de 1984) y un amplio ensayo de Luis Rivera-Pagán (octubre de 1986). En el primero, Julio de Santa Ana pasó revista a las consultas y la discusión ausentes en el documento vaticano y vio cómo en él se planteaba un problema ecuménico debido a la presencia de la teología de la liberación en otras iglesias cristianas latinoamericanas. Rivera-Pagán hizo un recuento crítico de la recepción del documento. Rubem Alves, en otros espacios, publicó el poema "Silencio" en solidaridad con su compatriota.

Gustavo Gutiérrez asumió una postura más moderada, aun cuando recibió el apoyo de los obispos peruanos e, incluso, de Karl Rahner, quien se expresó así: "Me es preciso manifestarle la más alta estima que tengo por el trabajo teológico de Gustavo Gutiérrez. La teología de la liberación que él representa es del todo ortodoxa [...] Una condena de Gustavo Gutiérrez tendría, ésa es mi plena convicción, consecuencias muy negativas". Gutiérrez optó por seguir su vida sacerdotal en un perfil más bajo, aun cuando no ha dejado de publicar sus libros y ensayos.

En estos días ha salido a la luz el testimonio del obispo Casaldáliga acerca de su trato con Ratzinger. "Nadie podría esperar que saliera un Papa revolucionario", afirmó al enterarse del nombramiento. Casaldáliga, poeta y obispo, no aceptó hacer las visitas ad limina apostolorum al Vaticano que todos los obispos deben hacer cada cinco años. Como registra la revista mexicana Proceso, en 1988, Casaldáliga escribió una carta al Papa Juan Pablo II para hacerle saber su insatisfacción por el trato que la Curia Romana daba a los sacerdotes de la teología de la liberación. Meses después, recibió una convocatoria de Ratzinger para ir a Roma. Narra: "'Lo viví con cierto humor. Los problemas de la Iglesia hay que afrontarlos con mucha esperanza. Fue un momento pintoresco', recuerda hoy Casaldáliga. Ratzinger le preguntó si aprobaba el documento del Vaticano sobre la teología de la liberación. 'Acepto los dos', respondió en ese entonces Casaldáliga, recordando así que al documento durísimo preparado por el actual Pontífice, Instrucción sobre algunos aspectos de la Teología de la Liberación , el Vaticano había agregado otro, con más matices, que reconocía que la "opción por los pobres" de esos teólogos y sacerdotes aparece repetidas veces en la Biblia. [...] Tal vez la decisión más sorpresiva llegó en 1989, cuando la gigantesca Arquidiócesis de São Paulo, que abarcaba toda la metrópolis de 20 millones de habitantes, fue dividida en seis regiones episcopales. De ese modo, se licuó el poder e influencia del cardenal Paulo Evaristo Arns, una de las figuras más importantes de la corriente progresista de Brasil. [...] (¿Podemos rezar juntos el Padre Nuestro? (le pidió Casaldáliga al cardenal Joseph Ratzinger( tras el intenso 'interrogatorio' al que lo sometió en 1998. (¿Para qué? ¿Para revolucionar a la Iglesia ? (Le contestó un adusto Ratzinger, [...](Sí. (Le contestó Casaldáliga. 'Y rezamos juntos como buenos hermanos', recuerda el 'obispo rojo' [...] Previamente Ratzinger había preguntado a Casaldáliga por qué había dicho en Nicaragua que era necesario revolucionar a la Iglesia y revolucionar a la sociedad".

Por último, habrá que ver las acciones que emprenderá Ratzinger ante el creciente avance del protestantismo y otros movimientos religiosos en el continente, pues si él sigue creyendo que las "sectas" son un enemigo visible, el notable aumento en el número de deserciones dentro del catolicismo no se resolverá sólo con este tipo de críticas, pues el carisma de Juan Pablo II y sus frecuentes visitas no pudieron detener dicho fenómeno. Phillip Jenkins, catedrático de la Universidad de Pennsylvania, citado por la agencia Reuters, observó: "Uno de los dos o tres grandes temas con lo que tendrá que lidiar el nuevo Papa es tratar de impedir que ese 10 por ciento de protestantes se convierta en 50" . La nota agrega: "Las limitaciones de la Iglesia católica para mantenerse al día con las tendencias sociales en América Latina (especialmente la migración desde el campo a las grandes ciudades de crecimiento rápido) le ha permitido ganar fieles a las pequeñas iglesias protestantes". Es, pues, un desafío de enormes dimensiones.SV

El teólogo y escritor mexicano Leopoldo Cervantes-Ortiz es miembro del Comité Editorial de Signos de Vida.

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