V Asamblea General
Buenos Aires, 19-25 de febrero de 2007
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El Quijote
A cuatrocientos años de distancia

¿Qué me obliga a romper mi profundo silencio? exclamaba en La Eneida , Virgilio. Pero este año se cumple el cuadringentésimo aniversario de la publicación en Madrid, por Juan de la Cuesta , de la primera parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. ¿No es conmemoración suficiente para romper la íntima discreción respetuosa que exige la grandeza de esta obra, y evocarla, aun a fuer de repetir lo dicho infinitas veces sobre su singular existencia? Si nada nuevo añadiré, me acercaré a ella para buscar humildemente, y trasladarlo a mi palabra, alguno de los inagotables sentidos que sus páginas proyectan, en este momento, sobre nosotros.

Alguna vez formulé esta propuesta:

Una novela es tanto más auténtica como obra de arte cuanto mejor logra transmitir, en las circunstancias y vidas de sus personajes, su espacio y su tiempo, su libertad y sus sujeciones; la profunda unidad que existe más allá de la misma voluntad humana y de la voluntad del escritor, en las vidas que en la obra se imbrican, en los destinos que en ella se desarrollan, chocan y separan, en los anhelos y motivaciones que en la obra se revelan, no solo como pertenecientes a sus personajes y motivos, sino como característicos de la vida humana, más acá y más allá de tiempos, circunstancias y motivaciones. Una novela es una totalidad que al narrar, nos narra; un espejo en el cual, a manera de Narcisos y con su misma sed, nos reflejamos, porque nos devuelve nuestro presente y nuestra apariencia, nuestros sueños, nuestra aspiración a ser, es decir, nuestro destino humano.

No imaginé aplicar estos conceptos a la novela por excelencia, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha , ideas que hoy se prueban ante el legado cervantino.

Estamos hechos de la materia de los sueños. ¿Quién, en la historia de la novela universal, ilustra mejor que don Quijote estos versos de Shakespeare?

Don Quijote nos fue dado en una palabra que juega entre lo que llamamos la realidad y el sueño de esa realidad que la conforma y da sentido. ¿Quién habría sido Alonso Quijano, sin el significado que da a su vida de hidalgo pobre y mediocre, la gloria de sus sueños de aventuras caballerescas? Aspiración a ser lo que no se es, a ser más, ser mejor; a convertir cada acto de su vida en un acto significativo, es decir, con sentido, desde el universo de principios heroicos al cual va adaptando su quehacer y acontecer, y en el que eleva la realidad gris a un ámbito teñido de aspiraciones ideales.

Alonso Quijano, a partir de su realismo de ... adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes y algún palomino de añadidura los domingos..., y contra él, urde con sus lecturas una magnífica estructura soñada que le fuerza a adoptar otro nombre, revelador de su nueva condición. Convertido en don Quijote de la Mancha empieza a existir desde el diálogo: su realidad quijotesca es dialogante; conversa con sus libros amados, imaginándose desfacedor de entuertos y protector de doncellas; dialoga con Sancho, con el cura y el barbero, con el ventero y con cuantos topa a su paso; les exige la palabra para concordar o batallar con ellos. El diálogo es el principio estructural de la novela en la cual destacan, capítulo tras capítulo, contrastes dialécticos entre los pareceres de Don Quijote y Sancho, entre sus personalidades y miradas del mundo: la de aquél, elevada y dignificante; la de Sancho, simple, pero sagaz. Entre la singularidad de cada uno de ellos, señor y criado cuyas ilusiones opuestas se requieren mutuamente, se instaura un fascinante diálogo; con-versación de locura y cordura, con inversiones y sorpresas a menudo risibles, mas no menos profundas, propias de la duplicidad entre la basta realidad práctica que contiene, sin embargo, enorme carga de sabiduría popular, y la realidad soñada.

Alternancia dialogal entre acción y pensamiento, entre una y otra concepción de la vida: entre el sueño de don Quijote y el prosaísmo de Sancho que, al final, se convierten en el sueño de Sancho y la muerte de D. Quijote, quien fenece quizá porque no pudo soportar la soledad de vivir sin soñar.

Conviene encontrar en personajes, tiempos y virtualidades instaurados en la novela, la esencia que los singulariza y que, a la vez, los une; que les dota de una cualidad tendente a la totalidad. El genio de Cervantes nos muestra que el poder de transformación de los sueños sobre la realidad nos permite verla como es, limitada y ramplona, al par que desarrollarla en sus potencialidades y procurar en nuestra vida que esa realidad sea como debe ser, al realizar, de modo siempre incompleto, la posibilidad que nos da la existencia de llegar a nosotros mismos. De adherirnos a aquello que desde lo íntimo se nos pide como posibilidad de perfección, como salto cotidiano de lo prosaico y material hacia la vida del arte, de la belleza, del espíritu.

Alonso Quijano quiso ser lo que no era, como cada uno de nosotros anhela ser lo que no es. Si queremos ser nosotros mismos es porque intuimos que algo de ese yo mismo' está aún ausente de nuestro ser actual. Buscarlo provee de sentido, y a menudo de sentido heroico, a toda nuestra existencia, en la medida en que persistimos en la lucha, a pesar de la tentación de comodidad y tranquilidad con que nos abruman nuestros días. Persistir en ser y en buscar nuestro ser propio es la fundamental formulación utópica que se proyecta desde la existencia de Alonso Quijano el Bueno, hasta su conversión en Don Quijote. Perseverar en ser, a la búsqueda de ser más, es un acto de amor, en el que caben nuestra lenta construcción y acabamiento, toda nuestra condición humana.

Como seres humanos cuya esencia se prevé en la propia insuficiencia cotidiana, no bastamos. Insuficiencia nuestra, nunca ser del todo lo que anhelamos ser, incompletamiento que exigen y acogen en nuestra vida el don de lo poético. Que permiten la invasión de la poesía en nuestro existir. La poesía nos despierta, si no la hemos adormecido en nosotros.

Demos gracias a los grandes escritores, a los grandes libros, a Cervantes, el creador, poeta por excelencia en su obra magna... Agradezcámosle hoy, pues nos procuró el don de mantenernos despiertos a lo poético, única dimensión válida de la realidad, manifiesta en palabras dialogantes.SV

La doctora Susana Cordero, ecuatoriana, es miembro de la Academia Ecuatoriana de la Lengua.

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