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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas |
EL DESAFIO DE LA ESPIRITUALIDAD POSMODERNA EN LA LECTURA DE LA BIBLIA Espiritualidad posmoderna Aunque la posmodernidad engloba una serie de posiciones y es imposible dar de ella una definición completa, satisfactoria y uniforme, simplificándola se podría argumentar lo siguiente: por un lado, es una época de la historia cuyo apogeo en el mundo occidental, incluido en Latinoamérica, se intensifica a partir de los años sesenta del siglo anterior, junto a los procesos de globalización de la tecnología comunicativa y de la economía neoliberal; por otro lado, la posmodernidad es una corriente de pensamiento en reacción contra las perspectivas y fundamentos del modernismo, considerados infalibles e innegociables. Conforme a esta última definición, la posmodernidad puede entenderse como la prevaleciente perspectiva cultural, filosófica e ideológica carente de absolutos, de certezas y bases fijas, que se deleita en el pluralismo y la divergencia. De aquí la tendencia actual a rebelarse contra la razón y las verdades absolutas, por ejemplo, pero también a promover y enaltecer los valores contrarios, esto es, lo subjetivo o emocional, lo relativo, lo diverso y lo divergente. Por esto, la posmodernidad se ha definido también como la época del desencanto y la sospecha en relación con los denominados grandes relatos, es decir, con los marcos de referencia que, como aquel del progreso, daban sentido, incentivo y esperanza a la humanidad con su promesa de un mundo mejor. Tal desencanto y sospecha obedecen a que aquellos no sólo pecaron de autoritarismo, sino que también fracasaron en sus promesas. Esto ha llevado a sus críticos más audaces a proponer que, con imaginación y libertad creadora, se reinvente la historia, ya que se ha llegado al fin de ella. Ahora bien, según muchos autores, el fracaso del proyecto moderno y su promesa de un mundo mejor ha traído varias consecuencias. Una de ellas es el clima anímico de melancolía o de vacío existencial que en las sociedades occidentales está, como nunca antes, conduciendo a un auge de la religión así como a una espiritualidad poco común. Para In Sik Hong (Iglesia y posmodernidad, en In Sik Hong, y otros, Etica y religiosidad en tiempos posmodernos, Buenos Aires: Kairós, 2001, pp. 8-11), dos de las características esenciales de esta espiritualidad son el subjetivismo y el emocionalismo. Como subjetiva, al no poseer ningún fundamento al cual aferrarse, esta espiritualidad estima que la subjetividad del individuo, su conciencia íntima es la fuente única de toda clase de valor; de este modo, individualiza o privatiza incluso la religión, y el parámetro por excelencia para medir la verdad es únicamente la propia experiencia personal. Como emocional, esta espiritualidad sobrevalora lo afectivo, por lo cual da prioridad al sentir por sobre la razón y el pensamiento lógico. En este sentido, la espiritualidad posmoderna hace de la subjetividad o la intuición la fuente única de todo conocimiento. Las consecuencias de esta espiritualidad en la lectura de la Biblia , una de las áreas del quehacer pastoral, no se han hecho esperar. Además de mostrar un perfil múltiple como consecuencia de los diversos giros que ha venido experimentando en los últimos años, esta lectura, hoy más que nunca, se ve desafiada por aquello que aún se teme y por evitar lo cual se lucha en algunos círculos pastorales: la subjetividad del intérprete. Ya que esta subjetividad es realmente una clave hermenéutica central en la mayoría de los giros contemporáneos relacionados con la lectura de la Biblia , los propósitos de este artículo son, aun a riesgo de simplificación excesiva, los siguientes: el primero, describir a grandes rasgos los aspectos más destacados de dos de esos giros (ver otros en mi ensayo El giro hermenéutico contemporáneo: Lectura de tendencias, por publicarse en la revista Kairós ), que desafían, por lo menos, dos de los ideales en la lectura tradicional del texto sagrado, a) la objetividad racional y b) la extracción total de la intención original del autor, considerada todavía por muchos como el único y válido mensaje del texto y la meta legítima de su lectura. Frente a este desafío, el segundo propósito es apenas el de mencionar cómo podríamos leer el texto de un modo más equilibrado, que le haga justicia. El giro filosófico Se halla asociado mayormente con el trabajo del erudito alemán Hans-Georg Gadamer (1900-2002), uno de los más influyentes exponentes de la hermenéutica filosófica y precursores del actual pensamiento posmoderno. Como tal, Gadamer habría de llevar a un nivel filosófico la dificultad de la comprensión. Para el autor citado, esta dificultad no surge por cuestiones de método, ya que la hermenéutica nunca estuvo interesada, ni lo está actualmente, en algún método que considere los textos como si fuesen un sistema mecánico, cuya verdad puede ser arrancada aplicándoles un proceso científico y objetivo de interpretación. El proceso de comprender textos, prosigue Gadamer, es ciertamente una tarea científica, pero sobre todo experimental, pues está condicionado culturalmente, lo que quiere decir que está condicionado por la experiencia del intérprete de ser-en-el-mundo, de estar situado dentro de un contexto o tradición determinada de vida y referencia, que moldea nuestra manera de ver las cosas y determina de antemano nuestra comprensión. Por eso, opina Gadamer, al comprender esta tradición se alcanza a comprender textos, se adquieren perspectivas y se conocen verdades. No es de extrañar que para este autor, un factor clave en el proceso de comprender textos escritos y de otra naturaleza como, por ejemplo, un fenómeno histórico, sea precisamente esta tradición. Tal factor no sólo clave, sino también influyente, pues, como ya dije, determina de antemano la comprensión, es denominado por Gadamer conciencia de la historia efectual. En esta misma línea de argumento, otro aspecto fundamental de la teoría hermenéutica filosófica de Gadamer es su concepto de fusión de horizontes en el proceso de comprender textos. Esta fusión significa que, mediante un diálogo en el proceso de comprensión, se fusionan el horizonte del pasado (la perspectiva de los textos) y el horizonte del presente (la perspectiva del intérprete); en otras palabras, en el seno mismo de la conciencia del intérprete se lleva a cabo, sin reglas metódicas precisas, un diálogo entre el punto de vista de los textos y el suyo propio. A pesar de que este diálogo es difícil, da como resultado la comprensión de los textos. De esta manera, la subjetividad del intérprete se constituye en una clave hermenéutica fundamental en el proceso interpretativo. La hermenéutica deja de ser una teoría que tiene que ver con algún método de interpretación, interesada en la intención original del texto y se constituye, tanto en una teoría filosófica de la experiencia humana, como, consecuentemente, en un proceso por medio del cual se comprenden también fenómenos sociales. Así, no se auxiliará de reglas metódicas científicas que ayuden a discernir la intención original del autor y a restringir la subjetividad del intérprete, , sino de la intuición de éste. No cabe duda de que este giro representa varios desafíos para la lectura tradicional de la Biblia. Me gustaría, sin embargo, destacar apenas uno de ellos que, usando el lenguaje posmoderno, es su deconstrucción , pero también el rechazo y distanciamiento de una peculiaridad de la hermenéutica tradicional y de dos de sus más preciados ideales: el uso de reglas metodológicas y la objetividad y auscultación de la intención original del autor, respectivamente. El giro hacia el lector Este giro es, a fin de cuentas, consecuencia de la tendencia de ciertos métodos literarios de interpretación en boga en algunos círculos de literatura, de arte y hermenéutica bíblica. En contraposición con los principios filosóficos y metodológicos de la hermenéutica tradicional, incluso en Latinoamericana, ciertos métodos literarios tienden no sólo a ver y a leer los textos bíblicos como entidades verbales independientes de la intención de su autor original y de su contexto general, sino también a privilegiar excesivamente al lector en su interpretación. . Para estos métodos, los textos, una vez escritos y con el paso de los años, van adquiriendo nuevos y hasta diferentes mensajes de aquel procurado por el autor original, y es el lector la única fuerza controladora y determinante en el proceso exegético. De aquí que, según estos métodos, el mensaje de un texto deba ser determinado únicamente a base del contexto lingüístico en que se sitúa, y el lector debe crearlo o recrearlo a partir de sus propios intereses. Aunque la hermenéutica Reacción del lector, uno de los más recientes acercamientos literarios posmodernos al texto, variaría de un autor a otro, traemos un ejemplo que viene al caso. Discutiendo el papel del intérprete en el proceso exegético, Edgar V. McKnight, (citado en George Reyes, La historicidad del texto y el lugar del texto en la interpretación poética, Kairós 29, 2002, pp. 60-61), uno de los representantes no latinoamericanos más destacados de este método, opina que los textos bíblicos han sido escritos para que sus lectores, según sus necesidades y capacidad de conocimiento, puedan crear los mensajes que les interesen. En esta tarea, agrega el autor, es necesario que el intérprete ponga atención, por ejemplo, a las realidades históricas que subyacen tras el texto, y que la exégesis científica tenga un papel importante. Pero el resultado final, el mensaje del texto, lo crea el lector. Por lo tanto, concluye él, aunque el texto posea su propio mensaje original, el lector es libre de crear el suyo, considerando y rechazando como parciales los recursos artístico literarios (como las metáforas y los símiles) y las explicaciones, entre otras, históricas y sociológicas, que también los textos bíblicos suelen poseer para darse a entender. En este giro hermenéutico, entonces, la interpretación de los textos es tarea de intérpretes creativos más que activos . Por eso, el influjo unidireccional rígido y tradicional de texto y autor, los dos primeros componentes esenciales del denominado proceso comunicativo literario, sobre el tercero, el lector, es deconstruido y revertido: texto ? autor ? lector. Como indican las flechas, el lector es influido por el texto y el autor, pero estos también lo son por el lector. Este último influjo, el del lector sobre el texto, es tal, que el texto y el autor (su contexto, sus propósitos y, sobre todo, su intención) no son importantes en la interpretación; esto da como resultado que el mensaje del texto sea inventado por el lector y, por lo tanto, diferente del original. Este giro termina avalando dos presupuestos también en boga en algunos círculos literarios y hermenéuticos contemporáneos: la denominada falacia de la intención y la pluralidad de mensaje del texto. Las consecuencias citadas de este giro no son las únicas. Al perder importancia en el proceso de interpretación el texto y el autor, también la pierden los recursos artístico literarios de comunicación que ellos usaron. Tales recursos no pueden guiar al lector en ese proceso ni, mucho menos, restringir su subjetividad; pueden, sí, proporcionar el escenario para que el lector invente el mensaje del texto. Enfatizar lo anterior implica otro desafío más: el aceptar que no es importante la conversación que ha de darse entre lector, texto y autor en el proceso de interpretación; lo cual implica, a la vez, una entrega al poder de la subjetividad y a la agenda ideológica en que tal poder se sustente. Así, pues, mientras las hermenéuticas bíblicas modernas, en general, incluidas las evangélicas, han centrado su atención en el autor en el proceso exegético de interpretación, algunas de las literarias posmodernas se centran en el texto y aun otras, las más radicales e influidas por los presupuestos teóricos de la crítica literaria secular posmoderna, lo hacen sobre el lector. Enfrentando el desafío El giro hermenéutico filosófico y el giro hacia el lector están entre los de mayor impacto en la actualidad. Según el primero, la hermenéutica es tarea cotidiana, no metódica, y en ella no cuentan las reglas metodológicas científicas, sino la subjetividad del intérprete; de acuerdo con el segundo, la única fuerza legítima y poderosa en el proceso de interpretación es el lector, quien, por lo tanto, es libre de inventar el sentido del texto. Consecuentemente, ambos giros deconstruyen cualquier pretensión de objetividad en la interpretación, así como la intención original del autor como meta legítima de la exégesis. A fin de cuentas, avalan la falacia de la intención y la pluralidad de mensajes y, es de suponerse, la validez de todos ellos. Ahora bien, ambos giros han hecho algunas contribuciones valederas , por ejemplo, el hacernos conscientes de los problemas hermenéuticos siempre presentes en el proceso de interpretación, que lo dificultan o limitan. ¿Es que acaso los manuales tradicionales de hermenéutica no suelen guardar silencio al respecto? ¿Qué decir de su silencio respecto del legítimo papel del intérprete en el proceso de interpretación? ¿Acaso no se nos ha hecho creer algo que ya no sostienen ni los intérpretes más conservadores: que es posible acercarse de manera químicamente pura u objetiva al texto y desentrañar totalmente su intención original? Por otro lado, no puede aceptarse todo lo que estos giros afirmen. No se puede aceptar, por ejemplo, que el proceso de interpretación sea un proceso totalmente subjetivo ni que no pueda tener como meta legítima la intención original del autor, ni que sea imposible desentrañar algo de ella. Abrazar lo anterior es no sólo permitir que el texto sagrado sea interpretado como se quiere, sino por este mismo hecho, hacer de la interpretación una tarea trivial o irresponsable, y renunciar ideológicamente a los absolutos universales y normativos bíblicos; es también hundirse ingenuamente en el escepticismo y aun en el relativismo en el proceso de interpretación. Como estudiosos serios de la Biblia tendríamos que preguntarnos cuáles serían, de aceptarse lo anterior, sus implicaciones en nuestro ministerio y también cuál debiera ser nuestra respuesta ante tales desafíos. El estudioso serio del texto sagrado que quisiera hacer frente a los desafíos planteados arriba, debería usar como brújula el consejo de Pablo a la iglesia en Tesalónica: Sométanlo todo a prueba, aférrense a lo bueno (1Ts 5:21; NVI). Este consejo de Pablo debiera animarlo, en primera instancia, a revaluar aquellas hermenéuticas cuyos presupuestos teóricos y metodológicos no se ajustan a la realidad humana y contextual del intérprete, ni dialogan constructivamente con otros puntos de vista valederos, pero que, como bien argumentan sus críticos, todavía pesan a la hora de interpretar el texto. Lo mismo debiera hacerse con aquellas hermenéuticas que no sólo vuelven descontroladamente subjetivo el proceso de interpretación , sino que, por este mismo hecho y frecuentemente sin mayores fundamentos, imponen al texto una ideología política de derecha o de izquierda. En el primer caso, me refiero a aquellas hermenéuticas que, por adoptar las tendencias modernistas, aplican al texto sagrado de modo tan inclemente las leyes rigurosas de la lógica y de la objetividad, que terminan colocando al intérprete por encima del texto para dominarlo, desmenuzarlo y obligarlo a desprender su total contenido. Son las hermenéuticas que erigen la razón como juez soberano ante el cual el texto se somete pasivamente (D. Salinas y S. Escobar, Posmodernidad: Nuevos desafíos a la fe cristiana, La Paz , Bolivia: Lámpara, 1997, p. 39). En el segundo caso, me refiero a aquellas hermenéuticas tercermundistas hostiles a las anteriores, pero que, en su afán por distanciarse de éstas y poner énfasis en la realidad humana de pobreza y marginación, siguen adoptando las Escrituras y adaptándolas, por un lado, a las teorías metodológicas y de conocimiento (epistemologías) propias de las hermenéuticas primermundistas y, por otro, a las de la teoría literaria secular relativista y posmoderna, que terminan, paradójicamente, imponiendo a los textos ciertas ideologías políticas modernas. El consejo de Pablo debiera animarnos a todos a la búsqueda y aplicación a las Escrituras de una hermenéutica respetuosa de la revelación, pero que tiene en cuenta el contexto posmoderno porque defiende la vida en un subcontinente injusto y empobrecido, y opera a base de una perspectiva equilibrada de conocimiento. Una hermenéutica que no fuerce las Escrituras a entrar en el molde dictado por los intereses de la ideología moderna de la Ilustración , pero que tampoco las someta ingenuamente a las tendencias subjetivistas irracionales y posmodernas. Una hermenéutica consciente de que la razón no debe ser la única autoridad en el estudio del texto sagrado, pues en esta tarea es imposible una objetividad total; que no debe tratar los textos como un sistema mecánico cuyo mensaje puede ser alcanzado en su totalidad con la aplicación del método preciso, pero que tampoco renuncie a la razón, al esfuerzo que aspira a cierto grado de objetividad y al uso de principios de interpretación que pueden hacer mayor justicia a los textos. Así el/la intérprete estudia el texto bíblico con la convicción de que es posible recuperar del texto, si no todo, algo de la intención original de su autor; al liberarlo del dominio absoluto de la razón y del objetivismo descontrolado, permite al texto ser lo que es: Escritura y, a la vez, descubrir otras posibles maneras de captar y comprender su sentido, por no temer hacer uso de la imaginación, la intuición y la emoción. De este modo, a la postre, la hermenéutica bíblica resultaría menos objetivista racional y menos subjetivista irracional. También se evitaría que la interpretación labore desde una plataforma de poder y control mecánico del texto, como desde una perspectiva de debilidad, de descontrol, escepticismo e incluso, de relativismo. Es, no solamente posible sino urgente, mantener en la lectura de la Biblia el indispensable equilibrio , por lo que hay que esforzarse responsablemente a fin de lograrlo, hoy y mañana. George Reyes es pastor, profesor, poeta y crítico literario ecuatoriano.
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El Consejo Latinoamericano de Iglesias es una organización de iglesias y movimientos cristianos fundada en Huampaní, Lima, en noviembre de 1982, creada para promover la unidad entre los cristianos y cristianas del continente. Son miembros del CLAI más de ciento cincuenta iglesias bautistas, congregacionales, episcopales, evangélicas unidas, luteranas, moravas, menonitas, metodistas, nazarenas, ortodoxas, pentecostales, presbiterianas, reformadas y valdenses, así como organismos cristianos especializados en áreas de pastoral juvenil, educación teológica, educación cristiana de veintiún países de América Latina y el Caribe. |
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