V Asamblea General
Buenos Aires, 19-25 de febrero de 2007
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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas



LA SOCIEDAD DEL SABER Y LAS RESPONSABILIDADES DE LAS NUEVAS ELITES DEL SABER
Teólogo P. José Comblin

CRISIS DE LA ÉTICA

Violencia, criminalidad, asaltos, drogas, sexualidad desenfrenada no son los verdaderos problemas: son señales de un problema más radical y amplio. El problema es la ruptura del etos, que es la base del consenso ético de la sociedad, y ésta procede de la ruptura del pacto social por las nuevas elites de la sociedad occidental.

Por eso, el problema no se soluciona con más policía, con más leyes represivas o más cárceles. En muchos países la misma policía, la misma represión y la misma vida carcelaria generan más violencia y más desorden social y contribuyen a destruir más todavía el etos básico de la sociedad.

Por la misma razón, la predicación moral de las Iglesias, de los educadores o de las autoridades se revela tan ineficiente. Los discursos moralizantes no tienen ningún efecto, porque no alcanzan el nivel en donde se ubica el problema.

El problema ético de nuestro tiempo no es un residuo del pasado que la misma evolución histórica podría solucionar. No es un problema de subdesarrollo, pues procede de las naciones más desarrolladas. Los Estados Unidos, que son el modelo escogido por las elites de América Latina, entraron en una crisis ética profunda en los años 70, y la crisis ética en América Latina viene de allá. Las naciones que más sufren de la crisis ética son las que con más entusiasmo adoptaron el modelo de sociedad de los Estados Unidos y del primer mundo, en general.

Por esto, la evolución histórica actual no tiende a solucionar el problema, sino más bien a acelerarlo; el desarrollo, la modernización o el reajuste no lo solucionan: lo están creando.

LA RUPTURA DEL PACTO SOCIAL POR LAS NUEVAS ELITES

Desde los años 70, la sociedad occidental ha cambiado mucho. El modelo económico ha cambiado: se ha manifestado la tercera onda, la nueva etapa en el desarrollo industrial; se ha iniciado la edad de la economía del saber, del conocimiento, en la que el capital humano se hace más importante que el capital financiero. Con los cambios económicos, tantas veces descritos que no se hace necesario recordarlos aquí, cambia la configuración de la sociedad. Entran en declinación clases o grupos sociales que fueron fuertes en la época anterior: decadencia de la burguesía burocrática, declinación de los obreros industriales, de los servicios personales, de la función pública y, naturalmente, se acentúa la decadencia de las clases anteriores, agricultores o mineros. La producción ocupa mucha menos gente que la comunicación. La manipulación del mercado se hace más importante que la manipulación de la materia.

Un nuevo grupo social concentra el poder y la riqueza: el grupo de los analistas simbólicos que manejan símbolos y no tienen ningún contacto directo con la producción material. En los Estados Unidos constituirían el 20 % de la población activa. En los países menos desarrollados son numéricamente menos importantes, pero pueden asumir un poder mayor todavía.

Concentran la mayor riqueza jamás concentrada en manos de las elites. Concentran la riqueza más que la burguesía de la sociedad industrial anterior. Según ciertos sondeos, en la sociedad norteamericana, en una generación, la clase superior que dirige la economía pasó de un sueldo 12 veces superior al sueldo medio del obrero, a un sueldo 70 veces mayor. Basta con mirar el desarrollo de las ciudades y el de las áreas habitadas en los últimos 20 años, para darnos cuenta de la inmensa concentración de la riqueza que se ha producido en los últimos 20 años.

Concentran el poder y dejan la democracia sin contenido, porque los gobiernos se ven obligados a aplicar la política definida por las entidades que representan los intereses de la nueva clase: el FMI, el Banco Mundial y las entidades que en cada nación representan los intereses de la especulación financiera. La democracia quedó como forma sin contenido: las decisiones no se toman en los órganos elegidos por la nación, sino en los pasillos, y los representantes elegidos tienen que ceder ante supuestas necesidades económicas. La nueva clase ha impuesto la prioridad absoluta de lo económico y de un sistema de economía que favorece su ascensión social.

Los analistas de la sociedad norteamericana observan que la nueva elite rompió el pacto social. Diferente de las antiguas burguesías, diferente de las antiguas aristocracias, la nueva elite no se siente solidaria: se encierra en sí misma y no acepta los lazos y las restricciones que la solidaridad impone. En América Latina las nuevas elites siguen el mismo camino.

La ruptura del pacto social produce una sociedad dividida, dual, en la que no hay contacto entre la parte superior y la parte inferior . En esta época, llamada de la comunicación, en que el exceso de información es un problema creciente, no hay comunicación personal. Antes, el obrero conocía al patrón y podía luchar contra él. La lucha era todavía una forma de asociación. La lucha de clases era aún una forma de unión social. Hoy día ni siquiera la lucha de clases es posible, porque el mundo inferior no sabe quién es el que manda, no sabe cómo funciona la sociedad, no entiende la sociedad en la que se encuentra físicamente presente, pero en la que mentalmente no se halla integrado.

Hay dos mundos que ni se conocen ni comunican, salvo por medio de la TV. Pero la TV no establece comunicación personal entre los ricos y los pobres. No es medio de encuentro.

UNA SOCIEDAD SIN ETOS

La división de la sociedad en dos mundos separados que se apartan cada vez más, provoca una crisis radical del etos en el mundo occidental.

La nueva etapa de la economía occidental, la economía del saber, acentúo la ruina de los antiguos valores éticos de la sociedad tradicional. Durante los primeros doscientos años de la sociedad industrial, los valores tradicionales se habían mantenido en gran parte en la vida privada, gracias a la familia en la que las mujeres mantenían la herencia ética de las civilizaciones pasadas. En las últimas décadas, los valores de la economía capitalista penetraron en la vida privada. Las mujeres entraron en la economía capitalista, adoptaron sus valores, su individualismo, su materialismo e introdujeron estos valores en la vida privada. El espíritu de la burguesía lo invadió todo. Además, el advenimiento de la edad del saber provoca una crisis de los valores de la burguesía tradicional, lo que acaba desequilibrando el conjunto de la sociedad.

En la economía capitalista tradicional, la burguesía había mantenido y desarrollado dos valores fundamentales, que eran la base de la educación pública y formaban la esencia del espíritu republicano: la nación y el trabajo.

La nación era un bien común. Los burgueses sabían sacrificar sus bienes para el bien de la nación, y los trabajadores aceptaban sacrificar mucho para el bien de la nación. En la nación todos se encontraban solidarios. Lo mismo sucedía en el trabajo: todos concordaban en la necesidad de producir. Los trabajadores aceptaban los mayores sacrificios y los burgueses daban trabajo. El trabajo era fuente de la dignidad de todos. Cada cual se identificaba por el lugar ocupado en el trabajo de la nación. Cada cual tenía un lugar reconocido, y esto era la base de la paz social, paz más fuerte que los conflictos entre trabajadores y patrones. Estos conflictos nunca amenazaban la producción.

En la economía del saber, de la comunicación, del conocimiento, etc., quedan muy disminuidos los dos valores fundamentales del etos de la sociedad burguesa: nación y trabajo.

Las nuevas elites rompen la solidaridad nacional. Entran en el mundo de la llamada globalización, que globaliza solamente a las elites y deja al margen a las grandes masas. Comunican con las elites del mundo entero, pero no comunican con las mayorías de su país. Verdaderos paraísos fiscales se construyen al margen de las grandes ciudades, que sólo dejan para irse a los paraísos turísticos que les son reservados en las islas del Caribe o del Pacífico, o a los paraísos fiscales que simbolizan tan bien la ruptura de la solidaridad. Refugiados en sus islas, las elites nada conocen de los males de las grandes ciudades. No se ensucian en contacto con el otro pueblo que vive en el mismo país. No quieren pagar impuestos. Quieren un Estado más débil, que sólo sirva para reprimir el desorden de las masas y para garantizarles los privilegios. No se interesan ni por la educación pública ni por la salud. No tienen ni idea de cómo viven las personas que están acampadas en las megalópolis, ni quieren saberlo, porque viven en otro mundo.

La consecuencia es que las grandes masas viven en inmensas aglomeraciones urbanas sin recursos, sin estructura ni proyecto de porvenir. Se hallan en una sociedad informal, que ni siquiera es una sociedad. Se sienten abandonados, ya no son miembros de nada, son rechazados, son los excluidos que ni siquiera saben de qué son excluidos. No se sienten solidarios de nada ni de nadie. No hay solidaridad nacional cuando las elites abandonan la nación y viven lejos de sus problemas.

En segundo lugar, la economía del saber destruye la solidaridad del trabajo. En la sociedad industrial anterior, el trabajo daba a los trabajadores su identidad personal y social, su dignidad. Era su razón social, la referencia para la juventud. Cada uno se preparaba para entrar en la vida de trabajo. El trabajo significaba la presencia en una asociación de trabajadores. Era el medio principal de la socialización. Daba una identidad y un valor.

En la sociedad del conocimiento, se pierde la estabilidad del trabajo, la identidad profesional. Los trabajos se hacen transitorios, diversos, sin garantía, sin significado. Ahora se trabaja para el dinero. El trabajo ahora sí realiza la crítica marxista: se hace pura mercadería. Se somete al mercado, aunque sea en gran parte informal. Pierde su dignidad. El vendedor de la calle no encuentra dignidad en su trabajo.

Tampoco el trabajo de las elites, analistas simbólicos, representa el ejercicio de una profesión. No define una clase, no confiere identidad. Es también un objeto de mercado, que vale por el dinero que permite acumular. Estas formas de trabajo no generan ninguna forma de solidaridad de trabajadores. Aun cuando no está reprimido por las nuevas leyes, el movimiento de asociaciones de trabajadores entra en decadencia porque pierde su objeto: ya no existe la dignidad del trabajador. Y por eso, los jóvenes quedan sin referencia de valores.

Nación y trabajo habían penetrado profundamente en las sociedades industriales aun en las naciones más industrializadas de América Latina. Al lado de los valores tradicionales de la familia, formaban el etos cultural. Estaban en lo inconsciente de la sociedad y animaban los comportamientos morales.

El etos es la organización inconsciente de un grupo o una sociedad. Es el elemento básico de la cultura. Es el fondo de donde proceden las normas, los valores. Es todo lo que se observa inconscientemente, el conjunto de modos de actuar que no se discute y se transmite espontáneamente. Se expresa en dichos, proverbios, símbolos, mitos, sentencias de sabiduría popular. Es lo evidente en la conducta social. No es una moral natural, porque la naturaleza no existe, pero es lo que hace la unidad de una cultura. Es lo que mantiene unida a una sociedad, porque integra a todos los miembros en el conjunto.

El etos es la base de toda ética, porque sería inútil enseñar una ética que no estuviera inspirada en el etos de la sociedad. Sería hablar en el aire, sin ser escuchado. La ética no parte de una filosofía ni de una reflexión racional. Una ética puramente racional no entra en el tejido de la vida.

El problema actual de la ética es que en la sociedad occidental se está destruyendo el etos. Ya no hay fundamento para una ética. Toda ética permanece teórica, o bien despierta emociones, pero penetra en los comportamientos. Estos obedecen siempre más a la dinámica del mercado, lo que significa que ya no son éticos, no tienen referencia ética.

CRISIS DE LA EDUCACIÓN

La meta de la educación siempre ha sido la transmisión del etos de la comunidad. La educación tradicional comunicaba los valores tradicionales de la familia. En la época burguesa, la educación pública, republicana, trasmitía el respeto a la nación y al trabajo. La escuela era preparación para entrar como trabajador en un puesto de trabajo, y como ciudadano en la nación democrática.

En la economía del saber, ya no hay etos, no hay valores comunes y todo el etos antiguo se disipa, se disuelve. No hay más educación. La familia ha dejado de educar en la inmensa mayoría de los casos, porque los padres de familia no saben qué es lo que pueden o deben trasmitir a sus hijos: los abandonan a sí mismos. Les dan bienes materiales e instrucción, pero no les dan valores y sus comportamientos no comunican etos.

Las escuelas son cada vez más, centros de preparación para el mercado. Preparan a los jóvenes para vencer al mercado. Sin embargo, en la competición la gran mayoría ya sabe desde el comienzo que son los perdedores. Para ellos la educación no ofrece nada: la escuela sólo ayuda a los que van a vencer en el mercado del trabajo. Para los otros todo lo que se enseña es inútil, porque nunca lo usarán. Los alumnos aprenden ciencias y técnicas que nunca podrán aplicar. Y no reciben ninguna preparación para la vida verdadera que tendrán que vivir.

La sociedad ha dejado de comunicar valores, porque ya no tiene valores fuera del mercado. No hay educación pública. Incluso los Estados dejan que la enseñanza pública entre en decadencia porque la ven sin objeto. La tarea de preparar buenas técnicos del saber será mejor asumida por institutos particulares más integrados en el mercado.

Pues la economía del saber o del conocimiento valora un solo conocimiento, que es el conocimiento del mercado. Las nuevas técnicas de información y comunicación permiten acumular y usar millones de informaciones, pero todo lo que se comunica se refiere al mercado. Son informaciones para seleccionar y orientar la producción.

Para crear u orientar el mercado, para dar a los capitales los mejores rendimientos. Las nuevas técnicas y las invenciones científicas benefician a los que saben aprovecharlas económicamente: a los que saben hacer de una invención una nueva mercadería: tal es el saber de la nueva era económica. La educación prepara para usar las técnicas de comunicación y saber competir en el mercado. No enseña valores que sólo podrían perturbar el juego del mercado.

Es verdad que en las escuelas todavía se hacen exhortaciones moralizantes, pero estas permanecen sin efecto, porque no tienen raíces en un etos presente en la juventud. Son puras palabras sin efecto en la práctica, porque en la práctica ya no hay estructura social fija, y los jóvenes siguen las solicitaciones del mercado. Actúan en la lógica del mercado y no en la lógica ética.

Todos saben que mucho más importantes para la juventud son los mensajes difundidos por la TV : pasan más tiempo mirando TV que en la escuela y lo que difunda la TV es mucho más interesante. Ahora bien, la TV difunde el modo de vivir de la clase alta.

El etos de la clase alta es el narcisismo. Las personas no tienen referencias en sí mismas, sino en la imagen que proyectan. De allí la necesidad de poder consumir para poder existir. Su necesidad de consumo responde a la necesidad de la economía que debe producir productos siempre de más alto valor, más sofisticados y más caros. Las masas introyectan el ideal de las elites, que queda para ellas en el nivel de los sueños. Sin embargo, los sueños despertados por la TV lo más importante de la TV es la publicidad - despiertan el deseo de consumir, lo que explica los robos de los jóvenes.

Ante la ruina del etos y la vanidad de los discursos moralizantes, ante la prioridad absoluta dada a la economía, al mercado, y ante la ascensión de una nueva elite globalizada, físicamente separada de la mayoría de la población, ¿qué hacer para reconstituir una ética, no sólo teórica sino enraizada en un etos cultural nuevo, en un sistema de valores nuevo?

DEBILIDAD DE LAS IGLESIAS

Poco se puede esperar de las Iglesias consideradas como entidades históricas concretas. La Iglesia católica y las Iglesias protestantes son, históricamente, muy débiles para reaccionar. Multiplican las predicaciones moralizantes, pero en la práctica no convencen a nadie y nada cambia. Al contrario, los problemas se agravan.

En primer lugar, la Iglesia católica y las demás Iglesias llamadas históricas cayeron en el cautiverio suburbano. Gran parte del sistema institucional católico está instalado en los barrios de la clase dirigente, al servicio de las nuevas elites. Gran parte del clero, de los religiosos y religiosas, las burocracias parroquiales y diocesanas están siempre más asociadas a los estratos más altos, a pesar de Medellín y de todos los cambios que solo afectaron a una minoría hoy desprestigiada. Varios de los movimientos más poderosos de los seglares están implantados en el mundo de los paraísos elitistas. Actúan al servicio del narcisismo elitista, cultivan los valores y solucionan los problemas de la clase dirigente. Gran parte de su estructura educacional está al servicio de la misma clase y trasmite los mismos valores, cultivando el narcisismo, aunque con la cobertura de discursos moralizantes que no tienen efecto visible.

La Iglesia instalada en el mundo moderno se moderniza. Adopta las técnicas de comunicación, los valores, el consumo, la burocracia de la clase dirigente sin que esa inculturación logre cambiar algo del modo de vivir de la clase alta ni inculcar actitudes de solidaridad.

La solidaridad se halla en las obras asistenciales a las que la clase dirigente ofrece ayuda para corregir los defectos que dicen transitorios' del nuevo sistema económico. Pues la nueva clase es extraordinariamente optimista y orgullosa. Afirma que la nueva economía promoverá a toda la población. Promete a todos el nivel de consumo de los actuales paraísos residenciales: todos tendrán vacaciones en el Caribe y todos tendrán su plata en las Islas Bahamas. Mientras tanto, reconocen que la evolución actual crea víctimas y encargan a las Iglesias la tarea de corregir los efectos negativos del sistema económico. La Iglesia suburbana acepta ese rol que le confiere un estatus importante en la nueva sociedad.

Al mismo tiempo, la Iglesia católica entró hace 20 años en una fase de recentración. Se concentra en sus problemas internos, reafirma su identidad histórica por una revitalización del pasado. Se cierra al mundo exterior. Es verdad que multiplica los llamados a la evangelización del mundo, pero son llamados voluntaristas sin ninguna repercusión práctica porque toda la práctica de la Iglesia la aparta del mundo y la encierra en su pasado, haciéndola ajena a la cultura moderna. La Iglesia católica tomó partido por una contracultura antimoderna que la protege contra la contaminación del mundo, pero la aparta cada vez más de la vocación social.

Las Iglesias pentecostales buscan refugio en un fundamentalismo moral que es también la base de una contracultura antimoderna. Todos estos fundamentalismos contribuyen a mantener a las masas populares en una cierta estructura ética: son un fermento de orden y estabilidad. Son, a la vez, señal y factor de la división profunda de la sociedad. Con ellos las masas populares se defienden de la contaminación de la permisividad de la sociedad. Sin embargo, no está claro que los fundamentalismos puedan engendrar una nueva ética a la búsqueda de una nueva sociedad. Solucionan lo más urgente, que es sobrevivir en medio de la anomia general, pero no tienen mensaje para el futuro. Además, muchas Iglesias fundamentalistas están a la espera del fin del mundo y de un juicio final inminente.

LA CONSTRUCCIÓN DEL PORVENIR

Dada la debilidad del Estado y el desinterés de las Iglesias refugiadas en su propia identidad, la responsabilidad por el porvenir está en manos de los voluntarios. Serán movimientos y organizaciones no gubernamentales y no eclesiales, abiertas a todos, animados por una preocupación ética dominante, capaces de liberarse de las estructuras económicas nuevas, independientes del nuevo sistema de valores.

Partirán de una apreciación crítica de la nueva sociedad instalada por las nuevas elites sociales y de la ideología del mercado integral que trata de legitimar los privilegios exorbitantes de esta nueva elite.

La masa de los excluidos nunca tendrá fuerza suficiente para contestar el nuevo sistema. Si en la sociedad burguesa la clase obrera organizada no tuvo fuerza para cambiar la sociedad, mucho menos la tendrá el mundo desintegrado, desmoralizado de la economía informal en las megalópolis. Podrían contribuir y apoyar organizaciones populares que logren constituirse en medio de circunstancias tan adversas, pero la gran masa no tiene capacidad ni siquiera para darse cuenta de lo que está sucediendo: están acampados en las ciudades, pero no son ciudadanos.

Los constructores de una sociedad nueva aparecerán entre los hijos de las nuevas elites. La generación actual de las nuevas elites está demasiado orgullosa para cambiar algo del sistema. Cree que el camino de la llamada globalización traerá felicidad para todos. No acepta contemplar los desmentidos evidentes de la realidad, pero sus hijos serán diferentes. Algunos podrán distanciarse del mundo creado por sus padres: conociendo el sistema desde adentro, podrán usar sus recursos para cambiarlo. Pero tendrán que romper radicalmente con él. Tendrán que suprimir las fronteras y ver lo que pasa en el infierno que sus padres dejaron formarse al lado de su paraíso. Tendrán que seguir la dinámica de los médicos sin fronteras y ser los ingenieros sin fronteras, y los analistas sin fronteras.

En otros tiempos, San Bernardo llevaba a los hijos de la aristocracia a sus monasterios. Hoy día Dios no manda a los monasterios, sino a las ciudades: allá estará la nueva Jerusalén que los antiguos buscaban en el monasterio. Allá los esperan las tareas de mañana. Tendrán que dejarlo todo, dejar los paraísos en los que habrán sido educados para irse al desierto, al encuentro de un mundo desconocido y bárbaro que es el mundo de sus conciudadanos que no conocían y que sus familias temían.

No fundarán nuevas Órdenes militares ni religiosas sino organizaciones abiertas, ecuménicas, al margen de los partidos políticos, unidas entre sí por el proyecto de una nueva ética. No se construye una sociedad sólo por la economía, la policía, las instituciones políticas: se necesita un etos común, una base introyectada en lo inconsciente colectivo, fundamento de valores y de normas de conducta social. No basta anunciar una nueva ética teórica, si ella no llega a ser asimilada por la espontaneidad, si no se transforma en la normalidad de las relaciones sociales.

En el proyecto ético, ni la nación, ni el trabajo volverán a ocupar el rol ni la importancia que tuvieron en la época de las mismas burguesías. La nación aún será una referencia importante, un valor positivo, pero no tendrá la fuerza convocatoria que tuvo en el pasado: la economía global y sobre todo la nueva cultura universal de la TV la relativizaron de modo irreversible. En cuanto al trabajo, nunca más será lo que fue, fuente de la identidad personal y social, factor principal de socialización, señal de la dignidad humana. Basta con observar la decadencia de la celebración del 1º de mayo, para constatar la decadencia de la ideología del trabajo. La sociedad de mañana necesitará otros valores, otras áreas de valor para mantenerse.

Teólogo, escritor y filósofo belga, nació en 1923. Sacerdote secular. Doctorado en teología en la Universidad de Lovaina en 1950. Actualmente radicado en el Nordeste de Brasil, en Joao Pessoa (Estado de Paraíba).


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