V Asamblea General
Buenos Aires, 19-25 de febrero de 2007
www.clai.org.ec

Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas



Ser Iglesia evangélica (y católica) - La Iglesia visible y la Iglesia invisible
Dr. Pablo Ardiñach

Es preciso que hablemos de la Iglesia visible y la Iglesia invisible. La Iglesia visible es la que percibimos todos, la que se identifica como tal, que se presenta en sus edificios y con sus autoridades y miembros. Es la Iglesia pasible de ser medida con herramientas sociológicas, analizada como cualquier otra entidad humana. Es la Iglesia que se constituye como una organización y que desarrolla su misión en forma visible y concreta. Podemos decir que es la Iglesia institución, con las posibilidades y limitaciones que esa condición implica para su vida. Obviamente, no la podemos confundir con el edificio que vemos en los barrios el edificio es el templo, no la Iglesia-: es la comunidad visible, que cualquiera puede observar y analizar en sus virtudes y defectos. Desde el momento en que somos nosotros mismos los que la formamos, sin duda se encontrarán en ella muchas cosas que habrían podido y podrían hacerse mejor.

Otra dimensión es la que llamamos la Iglesia invisible. Es la Iglesia de Cristo, la que está allí donde dos o tres se reúnen en su nombre; la Iglesia que se define por sí misma, porque no puede ser reducida a ninguna expresión humana. El Espíritu Santo actúa donde él quiere y no puede estar atado a nuestros gustos, modelos, pensamientos ni a nada en lo que queramos encerrarlo. No se limita a edificios, culturas, denominaciones, idiomas, ni a ninguno de nuestros límites naturales. Donde está el Espíritu está la Iglesia de Cristo. Pero también hay una definición opuesta, tan importante como la otra: la Iglesia invisible es la Iglesia que no está, aunque nos hallemos en la más prestigiosa catedral de la ciudad o junto al más renombrado predicador, si es que el Señor no aprueba lo que allí se está llevando a cabo. La Iglesia invisible es la verdadera Iglesia, la que no se funda en nuestras habilidades es más, se funda a pesar de nuestras conductas e inhabilidades- sino en la gratuita y generosa gracia de Dios.

Uno de los milagros más cotidianos y menos percibidos que Dios nos concede es su presencia invisible en la Iglesia visible que hombres y mujeres conformamos. Con esto queremos decir que la Iglesia invisible se hace presente en el mundo a través de la Iglesia visible. Cuando la Iglesia predica, educa, crea vínculos entre las personas, comparte la fe y los sacramentos, entre otras cosas, está haciendo visible una realidad mucho más profunda que es invisible y trasciende lo que podamos hacer nosotros. Uno podría decir que la tarea de cada miembro es hacer visible aquella dimensión de la presencia de Dios que es y será invisible a los ojos.

Dos elementos nos ayudarán a comprender mejor la naturaleza de la Iglesia :

1. Esta doble dimensión de la Iglesia (ser visible e invisible) es una afirmación de la fe. Debemos tener presente que para quienes miran la Iglesia desde fuera, la única Iglesia que perciben es la visible. Y con todo derecho evaluarán a la Iglesia por sus conductas visibles. Es un error más o menos común el de acusar a quienes señalan errores de la Iglesia de que no la entienden, o que como no aceptan a la Iglesia o el evangelio- la evalúan sin tener en cuenta su verdadera dimensión. Es cierto que la correcta comprensión de lo que es la Iglesia en su sentido profundo e invisible se hace desde la fe misma, y que prescindiendo de esa fe no se llegará a percibir la dimensión final del proyecto de Dios en ella. Pero no es justo reclamar que adhiera a nuestra fe quien observa objetivamente lo que sucede en la Iglesia , para así eludir una crítica que puede ser legítima. No cabe duda de que cuando se critica a la Iglesia de buena fe, se la ayuda a mejorar y a crecer y los cristianos debemos recibir esas críticas y analizarlas cuidadosamente. Y cuando se recibe una crítica desde otros horizontes o con otras intenciones, han de ayudarnos a comprender cómo nos ven y cómo lo que nosotros muchas veces creemos que es lo justo y correcto, resulta que no lo es.

2. Lo anterior nos lleva a reconocer que Dios no da a su Iglesia un cheque en blanco para que lo llene a su gusto. La Iglesia invisible de Cristo se manifiesta visiblemente en la Iglesia que conformamos las personas, siempre y cuando cumpla con su vocación y sea fiel al evangelio, que es su fundamento. Cuando deja de cumplir esa misión, podrá tener cartel de Iglesia pero no será más que la cáscara vacía de un fruto ya seco. La Iglesia siempre estará debajo de Cristo y no por encima de él. Si pretende dominarlo y poner palabras en su boca, no solo estará alejándose de su condición de Iglesia sino que dejará de ser ese producto genuino y noble que Dios espera que sea.

De más está decir que cada vez que en una Iglesia particular hay un acto de corrupción, un delito o un atentado contra la dignidad de las personas, se lesiona la totalidad de la Iglesia. Es así, porque esa Iglesia visible es percibida como la única Iglesia. Y está bien que así sea, a fin de que recibiendo golpes, la Iglesia se purifique de errores y la verdadera Iglesia pueda, allí donde esté, resplandecer con más brillo. Quizás uno de los actos más vergonzosos ocurre cuando la Iglesia oculta el delito para no dañar la imagen de la Iglesia . Cabe hacernos una pregunta: si no se puede ocultar el pecado a los ojos de Dios, que es lo que verdaderamente debe importar a la Iglesia , ¿de quién más que tenga algún valor para el creyente, se puede ocultar?

Ser Iglesia evangélica y católica

Cuando se leen documentos de las distintas Iglesias, se puede percibir que la Iglesia Católica se refiere a sí misma como la Iglesia mientras que las Iglesias evangélicas se expresan diciendo que somos parte de la Iglesia . Ambas formas de hablar expresan cómo las distintas Iglesias se entienden a sí mismas pero, a la vez, cómo esas distintas Iglesias entienden su relación con las demás.

La forma católica que comparten con las Iglesias Ortodoxas- privilegia el sentido de la catolicidad de la Iglesia. Se expresa en los términos en que lo hacen los credos apostólicos y no tiene reparos en decir que ellos son la Iglesia de Cristo. Este concepto que supone un juicio negativo hacia las demás Iglesias cristianas- con el tiempo se ha ido transformando más en una cuestión conceptual, y hoy se puede entender en el sentido de que la Iglesia es siempre Iglesia completa, Iglesia indivisa. De todos modos, en esta tradición quedan resabios de exclusivismo y cierta idea de que los otros cristianos adolecen de un déficit respecto de la salvación. Este concepto se refuerza por la afirmación de la sucesión apostólica como un criterio de validez y de continuidad de la fe, y por la permanencia de la Iglesia histórica en Roma desde los primeros tiempos de la Iglesia primitiva.

Las Iglesias evangélicas también llamadas protestantes- se perciben a sí mismas como una porción de la Iglesia de Cristo. Ellas reconocen que hay otras Iglesias distintas, con tradiciones y costumbres diversas, con aspectos teológicos que las distinguen unas de otras, pero que no llegan a ser lo suficientemente serios como para considerarlas excluidas de la extensa Iglesia de Cristo. Las Iglesias evangélicas privilegian en su experiencia la continuidad del testimonio de fe de los creyentes y la sucesión histórica de la proclamación de la Palabra dada por el Espíritu Santo, que levanta testigos donde él lo desea. La sucesión apostólica, tal como la entienden las Iglesias Católica y Ortodoxas no es vista como un criterio válido, pues se considera que permite una manipulación de la acción del Espíritu al vincularlo mecánicamente a decisiones humanas que pueden responder a otros intereses y que son, en muchos casos, discutibles. En ese modelo, la cadena de la fe se transforma en una cadena física y humana, y su misma historia muestra que muchos de sus eslabones no fueron dignos de transmitir ninguna santidad y menos aún, de representar a Cristo. De aquí que las iglesias evangélicas reconozcan, en la proclamación genuina de la Palabra , la sucesión histórica del Espíritu y encuentren en la expresión ser parte de la Iglesia una forma más afín a su experiencia histórica y espiritual y una forma que hace justicia a la inclusividad del Espíritu que supera nuestras concreciones humanas.

En nuestra opinión, es preciso detenernos unos momentos en ambos conceptos. Es obvio que las dos formulaciones pueden reclamar fundamentos históricos y teológicos ancestrales, y de hecho lo hacen. Incluso si uno indaga en los textos del Nuevo Testamento, va a encontrar textos que llevarán agua a uno u otro molino según dónde se busque y cómo se lo interprete. Creemos que hay elementos valiosos en ambas posturas y elementos que deberían mitigarse. Por un lado, la afirmación de que somos la Iglesia tal como lo hace la Iglesia Católica- debe dar cuenta de qué significa ser la Iglesia de Cristo, en relación con todas aquellas otras Iglesias que a lo largo de todo el mundo predican el evangelio, bautizan, comparten la cena del Señor y tienen sus mártires de la fe. ¿Es posible ser verdadera Iglesia Cristiana desconociendo esa otra contundente realidad eclesial que vive y expresa la fe fuera de la comunidad Católica Romana? Al afirmar que las Iglesias no católicas tienen un déficit para la salvación porque están separadas de Roma, se está poniendo en evidencia un déficit de la Iglesia Católica para discernir la acción del Espíritu Santo más allá de ella misma y en espacios que ella no puede controlar. Así revela que está cerrada a esa parte de la acción de Dios y se pone al margen de buena parte de lo que el Señor está promoviendo hoy en el mundo.

Las Iglesias evangélicas se sienten una parte de la Iglesia. Esta fragmentación también tiene sus problemas, porque la voluntad de Jesús y por la cual oró explícitamente- es que todos sean uno; como tu Padre en mi y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste (Juan 17:21). Las Iglesias evangélicas hemos tomado algo a la ligera esta cuestión, sin percibir que lo que está en juego al considerar la unidad de la Iglesia es la conversión del mundo. De modo que en tanto somos una parte, estamos en infracción, al menos, frente al deseo explícito del Señor en aquel día en que levantó los ojos al cielo y se expresó de esa manera. El testimonio bíblico es claro respecto a que la unidad de la Iglesia es deseable y esperada por Dios, mientras que las diferencias son siempre entendidas como producto de la rebeldía humana. En el lenguaje que venimos utilizando, deberíamos decir que la Iglesia invisible es la Iglesia unida, mientras que la Iglesia visible es la que está fraccionada y en cierto sentido, en busca de su identidad plena con Cristo. De modo que lo que las Iglesias evangélicas deben contestar es cómo se expresa en su misión y ministerio esa voluntad de Cristo de que seamos una sola Iglesia. Cómo se expresa la catolicidad (universalidad) de la Iglesia en su vida y mensaje, cuando en ellas el vivir separadas de otras Iglesias parece que se ha constituido en la manera natural de vivir la fe.

A veces no se ha percibido desde la fe evangélica la importancia de este aspecto. Nuestro origen como Iglesias nacionales en Europa o como Iglesias en disidencia luchando por practicar la fe en medios hostiles, nos ha impedido percibir esa carencia en nuestro testimonio. Nacimos como Iglesias que necesitaban diferenciarse del resto de la cristiandad y eso ha impreso una característica en nosotros que es preciso autocriticar para que no termine por ser por exceso- un lastre que nos inmovilice. Esta situación se ha descripto como si las iglesias evangélicas adolecieran de cierto déficit eclesiológico que les impide valorar ser parte de un todo mayor. Pero a nuestro criterio, ese déficit no es esencial sino práctico, y debe superarse, no por modificación de la comprensión de la Iglesia , sino por el aprender a percibir la dimensión universal de nuestra condición de Iglesia. Es preciso que las iglesias evangélicas entiendan que cuando invitamos a la fe cristiana, a la conversión a Cristo, no estamos haciendo esa invitación desde una parte de la Iglesia , sino desde la Iglesia indivisa, única, de la cual Cristo es la cabeza. Convocamos al mundo a la totalidad y a la plenitud de Cristo, - no a un fragmento de él- porque Cristo no se divide. En este sentido, cada Iglesia cada denominación- es la verdadera Iglesia de Cristo, sin que eso signifique que las demás no lo sean.

En esta perspectiva, es preciso reflexionar sobre el hecho de que las Iglesias evangélicas son también católicas desde el momento en que participan de la realidad de ser la Una , Santa, Católica y Apostólica Iglesia de Jesucristo en el mundo, tal como lo afirmamos cada vez que recordamos el credo de Nicea y encontramos en él una formulación ancestral y genuina de la fe en el Señor.


Comentarios

Envíenos tus comentarios acerca de ese artículo - nilton@clai.org.ec

 

 
El Consejo Latinoamericano de Iglesias es una organización de iglesias y movimientos cristianos fundada en Huampaní, Lima, en noviembre de 1982, creada para promover la unidad entre los cristianos y cristianas del continente. Son miembros del CLAI más de ciento cincuenta iglesias bautistas, congregacionales, episcopales, evangélicas unidas, luteranas, moravas, menonitas, metodistas, nazarenas, ortodoxas, pentecostales, presbiterianas, reformadas y valdenses, así como organismos cristianos especializados en áreas de pastoral juvenil, educación teológica, educación cristiana de veintiún países de América Latina y el Caribe.