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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas |
Saramago y la Utopìa Por En una breve visita que hizo en agosto de 2005 a La Habana para la presentación de su libro el Evangelio según Jesucristo , el portugués José Saramago, premio Nobel de literatura, expresó su convicción de que la utopía debe ser desarraigada del lenguaje de la izquierda, porque, según él, "ha traído más mal que bien". Y finalizó su comentario con un "¡abajo la utopía!". Resulta llamativo que un hombre que milita en las filas del partido comunista, y que asiste al Foro Social Mundial, un lugar en el que se dan cita todos y todas las que claman por otro mundo posible, se exprese en estos términos. Leída en el contexto europeo, después del desengaño del campo socialista y de haber vivido un trágico siglo XX agotado de guerras en nombre de supuestos altos ideales, con una manipulación de sueños utópicos, es explicable este rechazo. Sin embargo, Saramago ha de disculparnos por hacer desde América Latina, y desde los ambientes cristianos populares, algunas críticas a su drástica posición antiutópica. Porque nos preocupa que su postura sirva para llevar el agua al molino de aquellos que proclaman el fin de toda utopía; para decir, en otras palabras, que debemos conformarnos con el mundo al cual hemos arribado: un mundo globalizado por una economía de mercado que dicta las leyes sobre la vida y la muerte de los pueblos. Este mundo de exclusión masiva, que está poniendo en peligro el equilibrio ecológico del planeta por promover un consumismo irresponsable, es desafiado por los humildes de la tierra, los que predican desde diferentes sectores "un nuevo cielo y una nueva tierra, donde mora la justicia". El Evangelio según Jesucristo , de Saramago Con esta premisa en la mente nos aproximamos a una lectura de su Evangelio según Jesucristo, ingeniosa perspectiva de la vida de Jesús presentada como el drama de un hijo de una familia de Nazareth enfrentado a un destino trágico. En dicha obra, Jesús sufre la suerte de ser escogido por un dios maquiavélico que lo convierte en un sorprendente hacedor de milagros que atrae a la multitud, solo para conducirlo luego hacia la muerte -como cumpliendo un fatídico oráculo-. La muerte es el camino escogido por este dios egocéntrico que ha decidido que con un mártir como bandera puede extender su reino por toda la Tierra. Por supuesto, el lector se identifica con este Jesús condenado por su Padre a una muerte cruel, y rechaza a ese dios con delirios de grandeza. Y, ?cuál es el papel que me has dado en tu plan?,. -El de mártir, hijo mío, el de víctima, que es lo mejor que hay para difundir una creencia y enfervorizar una fe . ¿Es legítimo leer esta versión de Saramago como un reflejo de su rechazo a todo sacrificio en nombre de una utopía? Esta es una pregunta abierta. No queremos forzar el texto, pero hay en él, indudablemente, un contraste entre el camino que quiere seguir el Jesús de Saramago, sin otras pretensiones que vivir su vida en la mayor paz posible, aceptando las condiciones y las posibilidades que se le ofrecían en la inquiera colonia romana del siglo primero, y el dios perturbador y ambicioso de poder universal, que estropea groseramente su tranquilidad. Al menos respiramos el mismo talante de repudio hacia lo trascendente, hacia los sueños utópicos que, ciertamente, producen mártires. ¿Y no es cierto que los mártires han sido las banderas que han arrastrado a los pueblos en sus luchas? Por otra parte, no olvidamos la frase de los primeros cristianos, "la sangre de los mártires es semilla de la iglesia". Es un hecho histórico que el camino de la libertad se ha abierto solo con sacrificios de vidas muy valiosas; esta constatación es parte del realismo en que se mueven las utopías. Los frutos de las utopías, constata Saramago en esta novela, se hallan solamente en ese vasto campo donde reinan el dolor y la muerte. El diálogo entre el hijo y el padre continúa con una pregunta de Jesús: Entonces, dime, en nombre de todo lo que dices ser, cómo será el futuro después de mi muerte, qué habrá en él que no habría si yo no hubiera aceptado sacrificarme a tu insatisfacción, a ese deseo de reinar sobre más gente y más países. Contesta dios: .Para empezar por alguien a quien tú conoces y amas, el pescador Simón, a quien llamarás Pedro, será, como tú, crucificado, pero cabeza abajo, y crucificado será también Andrés,.. Y el libro continúa con una lista de tres páginas llenas de nombres y de las formas más crueles y truculentas de muerte de los seguidores de Jesús. Pero esto no es más que el preámbulo de los cientos de sacrificios humanos que más tarde serán causados por la propia iglesia cuando se convierta en la institución oficial del imperio. A estos seguirán las guerras de religión por el surgimiento del Islam; luego, las sangrientas cruzadas por la reconquista de los lugares sagrados de la Palestina. En fin, una historia de muerte y destrucción, producto del afán de seguir una utopía sin que nada positivo se obtenga de ello. Esta es la visión que tiene Saramago y que, sin lugar a dudas, estimula a un mayor escepticismo acerca de la marcha de la historia. Evidentemente, la violencia endémica que ha padecido la humanidad, para Saramago, tiene su origen en las utopías, lo cual no es un hecho comprobado científicamente. René Girard es quien con más erudición ha explorado la génesis de la violencia en la historia humana, y no defiende esta tesis. Pudiéramos pensar que en ocasiones las ambiciones de poder y riqueza, la exacerbación del nacionalismo y el orgullo de raza han levantado la bandera de falsas utopías para justificar sus guerras de agresión y su afán de 'limpieza' de sangre. En realidad, detrás de cada conflicto se esconden miserias humanas que nada tienen que ver con la utopía que aspira a la existencia de un mundo mejor. Sin embargo, una mirada más esperanzadora pudiera surgir si contempláramos el conjunto de la historia humana como el de las aguas de un río que buscan su camino en medio de obstáculos; dichos obstáculos algunas veces detienen la marcha del río y hasta lo hacen retroceder; entonces el río acumula energías hasta que sus aguas un día desbordan con fuerza y violencia. Por supuesto, esta violencia no es imputable a la malignidad de las aguas, sino a los impedimentos que pretendieron detener su marcha. El Evangelio nos ayuda a ver la otra cara de la moneda. Al oír Juan en la cárcel los hechos de Cristo, le envió dos de sus discípulos a preguntarle: ¿Eres tú aquel que había de venir o esperaremos a otro? Respondiendo Jesús, les dijo: Id y haced saber a Juan las cosas que oís y veis. Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados y a los pobres es anunciado el evangelio; y bienaventurado el que no halle tropiezo en mí. Sabido es que Juan anduvo anunciando el comienzo de una nueva era, el tiempo mesiánico llegado el cual todos los caminos torcidos se enderezarían y se establecería un nuevo orden en la Tierra. Era él un predicador de la utopía del reino de Dios anunciada anteriormente por los profetas; del mundo de justicia y paz añorado por todos. Este reino irrumpiría -según Juan- como un fuego que abrasaría todo lo malo, como un hacha que cortaría todo árbol podrido. Pero la proclamada crisis no se producía, el Mesías andaba mansamente sobre la Tierra y Herodes, el corrupto tirano, había echado a la cárcel a Juan, donde le esperaba su ejecución. No es extraño que los muros de la fría cárcel hayan inquietado al insigne predicador del reino mesiánico, que las dudas le corroyeran en su soledad. Nada de lo que había anunciado se estaba cumpliendo, todo lo contrario: el malvado se pavoneaba en su trono, mientras el profeta se pudría en el cautiverio. Las condiciones del mundo no sugerían ningún drástico cambio, el paradigma de Juan entró en crisis. Por esto no le quedó al profeta del desierto otra alternativa que enviar sus preguntas al mismo Jesús. Es interesante que la respuesta de Jesús no consistiera en un discurso, ni en una exhortación religiosa. El mal es una realidad tan innegable que no sirven las palabras para interpretarlo racionalmente. Solo existe una respuesta posible: mostrar los hechos que están ocurriendo que, en sí mismos, son esa respuesta. Lo importante para Jesús son los seres humanos, las víctimas, los que sufren en este mundo. Por esto se limitó a invitar a los mensajeros de Juan a ver y oír el testimonio de los enfermos y de los pobres que estaban siendo curados y listos para vivir una nueva vida. Es como si Jesús le hubiera dicho a Juan: "Si, es cierto que estás en la prisión y que el malvado Herodes está en el trono y que el mundo está dominado por el poderoso Imperio Romano, pero una cosa es cierta: a pesar de todo eso, ha entrado en el mundo la semilla de la resurrección, de la transformación de una realidad de muerte en una realidad de vida. Tu paradigma de cambio e instauración violenta no ha funcionado, pero la utopía del reino sigue vigente. La semilla está sembrada en la tierra, callada y oportunamente dará su fruto". El paradigma de Juan era apocalíptico; el de Jesús, realista, aun cuando le costó la vida. Ambos paradigmas eran utopías de un mundo nuevo, ambos eran radicales. Juan se concentraba en la ira contra el mal, Jesús en el amor a las víctimas del mal, en la compasión. Juan se fijaba en lo grandioso, Jesús hablaba de la semilla pequeña que produce mucho fruto. Los paradigmas cambian, las utopías no Lo que queremos decir es que los paradigmas pueden resultar errados, pueden fallar los modelos que pretenden crear un mundo mejor, pero la utopía no muere porque es inherente a la condición humana. Los paradigmas cambian por otros que responden con mayor eficiencia a la realidad histórica. Quisiera ilustrarlo con la experiencia que ha vivido mi generación. Recuerdo los años convulsos de los 60 y 70, cuando una ola revolucionaria recorría toda América Latina y parecía que el triunfo del socialismo estaba a la vuelta de la esquina. Los grupos guerrilleros en las montañas, las células de acción en las ciudades, los sectores populares desencantados de las promesas de la Alianza para el Progreso abrazaban las ideas radicales. Se pensaba que se podía reproducir el modelo de la toma del poder, la implantación de la dictadura del proletariado y las consiguientes fórmulas económico-sociales. Los héroes del momento eran el Che Guevara y para los cristianos, de modo particular, era inspirador el ejemplo del sacerdote guerrillero Camilo Torres. La mística revolucionaria movilizaba a miles de jóvenes militantes en todo el continente. Pero la contraofensiva no se dejó esperar. Golpes de Estado, instauración de regímenes militares, torturas y desaparecidos: la historia es conocida. La última derrota fue la revolución sandinista en el 90. Hasta la teología de la liberación fue reprimida por los militares y desautorizada por la jerarquía religiosa. Siguió una época de depresión, de desmovilización y crisis ideológica. Muchos luchadores se refugiaron en la vida privada, en la tranquilidad sin compromiso, o se convirtieron en empresarios. Actualmente vivimos otro momento esperanzador. Lo sentí cuando viajaba de Venezuela hacia Cuba, en un avión lleno de gente humilde, era un puente aéreo por medio del cual miles de personas, en su mayoría mayores, venían a operarse de la vista en hospitales cubanos. Se notaba que era la primera vez que subían a un avión, y estaban muy emocionados. Se trataba de la que se ha llamado "misión Milagro", nombre con fuerte sabor bíblico. En aquel momento habían sido operadas 10 mil personas; en el momento en que escribo estas páginas, pasan de cien mil. Y se prevé que se llegará al millón, no solo con pacientes de Venezuela, sino de otros países latinoamericanos. Personas pobres, muchos indígenas, para los cuales habría sido una verdadera utopía en otros tiempos hacerse una intervención como estas, ahora obtienen gratuitamente este beneficio. También se logró alfabetizar a más de un millón de venezolanos. Salud y educación promovidas como un derecho para todos es sin duda la garantía de contar con el favor popular. Pues cuando yo veía a estos felices campesinos y lo que significaban políticamente todos estos programas sociales, me decía a mí mismo: lo que no pudieron lograr los guerrilleros lo está logrando el nuevo ejército de médicos y maestros convertidos en misioneros para los excluidos de la tierra. ¿No es acaso que un nuevo paradigma está en marcha? Ya no hay fusiles, solo medicinas y libros. En aquel momento, en el avión, recordé el texto de Mateo, "Digan a Juan lo que ven y lo que oyen". Un nuevo paradigma se percibe en el horizonte latinoamericano, desde los desheredados y marginados de siempre, una nueva esperanza se levanta. Porque los paradigmas cambian, pero las utopías no mueren. No podemos renunciar a la Utopía No estamos hablando exclusivamente de grandes acontecimientos en el campo del desarrollo humano, ni de grandes metas. Las utopías están presentes en el microcosmos de cada grupo, de cada familia y hasta de cada individuo, como dice Leonardo Boff, ¿Qué sería del ser humano si no tuviese utopías, sueños, deseos, fantasías e imaginaciones sobre sí mismo, su familia, sus hijos y sus hijas, su profesión, su ciudad, su país, el planeta Tierra y la vida más allá de la vida? Sería apático, amorfo, resignado, desalentado, un semimuerto caminando por ahí. La utopía le hace irradiar, crear, proyectar y tener fuego interior. y la gran utopía social. El tejido social se anuda y se fortalece con los logros pequeños de las vidas que conforman el conjunto. El heroísmo anónimo por realizar metas familiares es una riqueza que engrandece a la comunidad y abre pequeñas brechas hacia el futuro de todos. La creatividad, la imaginación, el florecimiento de dones artísticos de diversa índole han sido provocados por la búsqueda de soluciones económicas. No hay divorcio entre la necesidad de atender la vida cotidiana y los sueños mayores. El águila y la gallina Leonardo Boff ha trabajado esta idea en la reflexión que provoca la sugestiva metáfora de James Aggrey del Águila y la Gallina , que resumiremos como sigue: Un campesino fue a la selva cercana en busca de un ave salvaje que pudiera tener en su finca. Encontró un aguilucho y lo puso en el gallinero. El ave aprendió a comer maíz igual que las gallinas y a escarbar en el suelo. Un día, vino un naturalista a visitar al campesino, y observando al águila dijo al campesino que el ave era un águila. Pero este le contestó que no, que ya había adquirido todas las costumbres de la gallina y que ya no era águila. Decidieron hacer una prueba, y el naturalista la puso en su brazo y levantándola la estimuló a volar, pero esta se fijaba más en el suelo donde picoteaban las demás aves. El naturalista quiso hacer una segunda prueba y al otro día subieron a la azotea de la casa, para el mismo intento, pero el águila seguía mirando hacia el corral, y no extendió sus alas. Parecía que el campesino tenía razón. Pero el naturalista insistía, y al otro día salieron de la ciudad, lejos de las casas de los hombres, a lo alto de una montaña. Allí, el naturalista la sujetó firmemente en dirección al sol, para que sus ojos pudieran ver la claridad y se llenaran de la inmensidad del horizonte. Entonces, el águila abrió sus potentes alas, lanzó el típico kau-kau, y comenzó a volar hacia las alturas, cada vez más alto. hasta confundirse con el azul del firmamento. Y James Aggrey concluye: -¡Hermanos y hermanas, compatriotas! ¡Fuimos creados a imagen y semejanza de Dios! Pero ha habido personas que nos hicieron pensar como gallinas. Y muchos piensan que, efectivamente, somos gallinas. Pero somos águilas. Por eso, compañeros y compañeras, abramos las alas y volemos. Volemos como las águilas. Jamás nos contentemos con los granos que para escarbar nos arrojaron a los pies. Para Boff, todos tenemos una dimensión-gallina y una dimensión-águila dentro de nosotros. La dimensión-gallina es el sistema social imperante, nuestra situación existencial, nuestra vida cotidiana, los hábitos establecidos y el horizonte de nuestras preocupaciones Y la dimensión-águila, los sueños, los proyectos, los anhelos, los ideales y las utopías que, aunque frustrados, nunca mueren dentro de nosotros, porque siempre vuelven a resucitar. Para Boff, ambas dimensiones son parte, no solamente de la realidad de los individuos, sino de toda la vida del planeta, son inseparables una de otra. La primera protege y defiende la vida inmediata, responde a necesidades del contexto; la otra extiende su mirada a lo lejos, vuela. Todos llevamos dentro estas dos dimensiones. Conclusión Desde una lectura evangélica y latinoamericana nos atrevemos a decir a Saramago que seguimos caminando con nuestros sueños y nuestras esperanzas en que un mundo diferente es posible. Construyendo las comunidades solidarias que creen, construyen y cantan a la vida, siguiendo aquello de "Mantengamos firmes, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió". Porque la utopía no está muerta entre nosotros, resplandece en el horizonte invitándonos a caminar.
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El Consejo Latinoamericano de Iglesias es una organización de iglesias y movimientos cristianos fundada en Huampaní, Lima, en noviembre de 1982, creada para promover la unidad entre los cristianos y cristianas del continente. Son miembros del CLAI más de ciento cincuenta iglesias bautistas, congregacionales, episcopales, evangélicas unidas, luteranas, moravas, menonitas, metodistas, nazarenas, ortodoxas, pentecostales, presbiterianas, reformadas y valdenses, así como organismos cristianos especializados en áreas de pastoral juvenil, educación teológica, educación cristiana de veintiún países de América Latina y el Caribe. |
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