
EL BOSQUE DE LA EDUCACIÓN TEOLÓGICA
José Duque
¿Qué tienen que ver el bosque tropical y la educación teológica? Pues bien, en este corto ensayo deseo mostrar la relación de estos dos componentes como parte de una misma realidad. Esto lo intento mezclando una aproximación a la realidad ambiental con una metáfora. El marco donde introduje estas ideas fue el Congreso Ecuménico, en el cual participaron más de cien estudiantes de teología en representación de todos los continentes y de una gran variedad de iglesias, de nacionalidades, de etnias y razas. Los organizadores se esmeraron porque la participación de mujeres y varones fuera equilibrada. Por lo tanto, dicho Congreso constituyó una de las experiencias ecuménicas más profundas para quienes participamos en él, un modelo de encuentro que todo estudiante de teología debiera experimentar alguna vez en su vida. El aprendizaje que lograron los y las estudiantes durante la convivencia social, el estudio, la espiritualidad y el encuentro cultural marcará, sin duda, su vida para siempre. En todo este encuentro del Congreso de compartir para desarrollar la sabiduría, también participaron 48 exponentes de las áreas de la cultura, la teología y de muchas ciencias humanas.
Resumo así las ideas que compartí en el Congreso Ecuménico: la primera fue una corta mirada panorámica sobre la educación teológica en América Latina y el Caribe. Esta idea, que no incluyo en este resumen, la limité, sobre todo, a partir de las Asociaciones de la región, como la Asociación de Seminarios Teológicos Evangélicos (ASTE), la Asociación de Instituciones Teológicas (ASIT), la Comunidad de Educación Teológica Ecuménica Latinoamericana y Caribeña (CETELA), la Asociación Latinoamericana de Instituciones Evangélicas de Teología (ALIET) y la Asociación de Escuelas Teológicas del Caribe (AETC). La segunda idea que compartí, aprovechando que estábamos en Brasil, contexto ideal para pensar en el significado de la amazonía para la humanidad y para toda la creación, fue la de introducir el tema de la realidad de los bosques tropicales, su impacto y amenazas. Una tercera idea fue la realidad nefasta de la deforestación como contaminación ambiental, natural y cultural. Seguidamente recalcamos en la idea de que es posible revertir el proceso de deterioro, si asumimos la tarea profética, teológica y pastoral de hacerlo. Finalmente, llamo la atención por medio de una metáfora de los viveros de la educación teológica para recrear el bosque de Dios.
Los bosques tropicales
Como sabemos gracias al trabajo científico, los bosques tropicales, que sobrepasan los mil millones de hectáreas, han requerido de millones de años para desarrollarse y proporcionar un hábitat equilibrado, no solo para la flora, sino también para la fauna y con ella, para todas las formas de vida, incluida la de la humanidad. En América Latina y el Caribe, los bosques tropicales constituyen una franja que cubre desde el sur de México hasta la amazonía boliviana. Es decir, paralela a la línea ecuatorial. Estas selvas, predominantemente lluviosas, albergan hasta 300 distintas especies de árboles por hectárea y algunos de sus árboles tienen alturas de hasta de 70 metros . Pero los bosques tropicales no solamente son vegetación, entre ellos existe también la mayor biodiversidad del planeta. La fauna alberga en ellos gran variedad de insectos, aves, mamíferos, reptiles y anfibios. La amazonía, como zona tropical, considerada el mayor pulmón del planeta tierra, también posee las cuencas acuíferas más abundantes del globo terráqueo. Los bosques tropicales son también el mayor de los sofisticados, aromáticos y coloridos jardines, por lo tanto estos son una maravilla no cuantificable de la creación.
Una maravilla amenazada
Pero los bosques tropicales están siendo destruidos aceleradamente por una racionalidad perversa, es decir, irracional. En América Central ya han sido talados el 60% de los bosques tropicales, sobre todo para destinar tierras al cultivo de pastos destinados a la ganadería para exportar carne para hacer hamburguesas en los Estados Unidos. Según los científicos, entre 1960 y el 1990, es decir en solo treinta años, se exterminó el 20% de todos los bosques tropicales del mundo. Pero los científicos estiman que a ese ritmo, la destrucción para el año 2004 alcanzaría el 50% de esos bosques. Es decir, que en aproximadamente 50 años se destruyó la mitad de las fuentes de vida que habían requerido millones de años para desarrollarse. Con esta irracional conducta estamos destruyendo una maravillosa casa, cuya construcción ha sido un regalo de gracia para la humanidad.
Causal destructiva
Está ampliamente demostrado que la deforestación constituye una de las causas directas más destructivas del mundo verde y animal. Pero la deforestación tiene muchas causas, entre las cuales podemos destacar el modelo económico que centró su prioridad en producir para exportar. Esta razón instrumental dio rienda suelta a la exportación de la ganadería y de la agricultura, tanto como de las maderas. Este vino a ser el modelo para el Tercer Mundo, que incluía explotar y exportar sus recursos naturales. Esa fue la receta para el desarrollo: explotar y exportar para crecer económicamente. Entonces se abrieron las puertas para explotación y exportación de minerales y de las reservas petroleras. Pero la deforestación también se rellenó con monocultivos, acompañados de sus respectivos abonos químicos y plaguicidas que han contaminado el aire y las cuencas hidrográficas. Insistimos en que ese modelo de explotación está sustentado en una causa subyacente, cual es la razón instrumental para animar el consumismo y la acumulación. Es decir, con este modelo de producción, la sustentabilidad de la vida ya no fue una prioridad; para la razón instrumental, la prioridad se orientó hacia la tasa de ganancia. Con esto, el criterio ético crítico se retiró de la mesa de negocios y también se retiraron de ella los criterios de justicia, equidad, sustentabilidad y dignidad de la naturaleza entera y del ser humano.
La razón instrumental ha creado también una conciencia pasiva en los individuos y en las instituciones sociales. Las iglesias han sido pasivas, los gobiernos han sido pasivos, la sociedad en general ha sido pasiva. Para la educación teológica, lo peor es que también los seminarios son pasivos. Quizá hay algo más que pasividad, no hay pastoreo, hay un claro descuido y abandono de las responsabilidades pastorales para con el prójimo y para con la creación. Debido a este descuido y pasividad, la contaminación natural y cultural sigue haciendo estragos casi irreparables. Pero ¡Ay de los pastores de Israel, que se apacientan a si mismos! ...No fortalecisteis las ovejas débiles, ni curasteis la enferma; no vendasteis la perniquebrada, ni volvisteis al redil la descarriada... (Ez. 34: 2ss).
Contaminación de la naturaleza y de las culturas
La destrucción de los bosques por la lógica de la razón instrumental ha producido efectos desastrosos, casi irreparables. Podemos decir que la deforestación produce una grave contaminación, tanto en la naturaleza como en las culturas. Por ejemplo, para los pueblos que han habitado los bosques tropicales por siglos, la deforestación implica la pérdida de sus culturas. Al quebrarse el equilibrio en los bosques, se quiebra la cultura de los pueblos que han tenido los bosques como su casa; esto significa que se acaba con las formas de alimentación propias, que se pierde la medicina natural que han desarrollado, se cambia el uso de los recursos energéticos acostumbrados se extinguen sus propias lenguas y las expresiones espirituales de sus cultivadas tradiciones. Entonces, quebrada la cultura en los bosques, estos pueblos están obligados a emigrar hacia las ciudades, donde la contaminación cultural aumenta en términos de desempleo, desnutrición, prostitución, hacinamiento y complejos de inferioridad.
La contaminación cultural también impacta en la región y no solo en los pueblos que viven en los bosques. Sin bosques no se puede conservar el agua, se erosionan los suelos, aparecen las plagas, proliferan las enfermedades. Además, al disminuirse los drenajes se producen inundaciones o sequías prolongadas. Todos estos males no se agotan en lo local, sino que la deforestación y la contaminación cultural también producen impactos extremadamente negativos en el ámbito global. Según los científicos, la deforestación y la contaminación están produciendo acelerados calentamientos climáticos. Además, múltiples formas de vida tanto en la flora como en la fauna están condenadas a la extinción.
Pero la contaminación cultural producida por el criterio del lucro, no solo destruye los bosques: también está produciendo catástrofes sociales sin precedentes. En América Latina, la contaminación cultural se extiende ahora hacia los países ricos, con oleadas de emigrantes; según los últimos datos, en los Estados Unidos viven once millones de indocumentados, quienes ahora alzan su voz para pedir justicia y gritar: no somos terroristas. Esto sucede, porque en la región acumulamos 220 millones de pobres. También en nuestra región, acumulamos casi cien millones de indigentes. Y si sumamos la población catalogada como pobre más la población indigente hablamos de más del sesenta por ciento de la población total de la región. Esto es, de casi dos tercios de nuestra población total. Se dice que en América Latina y el Caribe tres de cada cinco niños trabajan y lo hacen en condiciones insalubres, aunque debieran estar en la escuela.
La contaminación cultural incluye también la discriminación étnica, racial, de género, de generación y, por supuesto, la discriminación de clase. Pero un dato más trágico aún es que en el sistema capitalista neoliberal actual se niega la sensibilidad solidaria a favor de los y las pequeñitas. Se niega la solidaridad y toda posibilidad alternativa en favor de la enorme población marginada y excluida. Es más, se niega la solidaridad y se abre la posibilidad de transformarla en una fuerza diabólica'. De esta manera, además de talar caobas, cedros, taguis, arrayanes, ceibas y demás distinguidas variedades de árboles, la deforestación cultural ha talado árboles-profetas como Francisco Chico Mendes, o como Monseñor Arnulfo Romero y miles y miles de árboles mártires ecologistas, educadoras, defensores de los Derechos Humanos y pastores y pastoras en todos los ministerios que claman justicia y paz para la integridad de la creación. Porque la contaminación cultural, además de talar bosques, reprime, excluye, margina y explota.
Revertir el proceso de destrucción: Una buena noticia y una tarea
La situación que acabamos de esbozar a medias, es crítica y caótica pero no es definitiva. Porque según los científicos, hay una buena noticia que consiste en saber que no solo es posible frenar el ritmo de contaminación y destrucción de la naturaleza y con ello el de la humanidad, sino que también se puede revertir. Esto significa, como punto de partida, aceptar que la precariedad del medio ambiente natural y cultural no se halla fuera de nosotros, que nosotros somos arte y parte de tal desequilibrio. Así que es necesario, para empezar a frenar y revertir tal situación, aceptar que somos parte del problema; entonces, debemos empezar a pensar y organizar proyectos con los cuales solucionarlo. En ese sentido, entendemos que se trata de un proyecto que se encamina a recrear un enorme bosque natural y cultural que recupere los espacios tropicales, así como los polares. Es decir, no se trata de un proyecto para salvar solo el trópico, sino de un proyecto que incluya la integridad de la creación.
Sin embargo, la creación del bosque cultural que está en nuestro horizonte es un proyecto ético que requiere empezar con viveros y huertas a lo largo y ancho de la desolada región. Para ello hay que empezar a buscar en las raíces de las culturas indígenas, raciales, mestizas y cristianas las semillas que aún permanecen esperando un vivero para brotar hacia la vida.
Los viveros de la educación teológica
Afinando nuestras visiones de fe, podemos ver en el ambiente ecológico actual de nuestra región, la conformación de múltiples viveros nuevos. Se trata de novedosos y diversos viveros o huertas orientadas hacia el cultivo de otro bosque tropical, con el cual se logre limpiar la contaminación ambiental, biológica y cultural, para recrear la integridad de la vida de la creación. En el horizonte de estos esperanzadores viveros, similares a las huertas del Edén, se perfila el cultivo de una vegetación paradisíaca, como señales, anticipos y primicias de los cielos y tierra nueva anunciada desde la antigüedad por los profetas como aquella que citó Isaías: Porque yo crearé nuevos cielos y tierra nueva; y de lo primero ya no habrá memoria (Is. 21:17ss)
Los viveros sobre los que atestiguamos, de donde nace la mayor diversidad de árboles, incluidos el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal (Gn. 2:9) porque este es un bosque de libertad creado para crecer, multiplicar y fructificar hasta llenar toda la tierra. Será allí donde se albergará, alimentará y sostendrá en plena salud toda clase de especies vivientes de los reinos vegetal, animal y mineral, que en su conjunto conformarán el soñado bosque de la vida. El bosque de Dios.
En este bosque de la vida volverán a fluir en todas las direcciones ríos cristalinos, enormes humedales y mares majestuosos, donde se zambullirán alegres peces de todos los colores, tamaños y especies, incluidos los grandes monstruos marinos. La belleza y la felicidad de este bosque tropical nuevo constata la justicia y el equilibrio logrados con creces en ese medio, por el fruto del amor. En ese ambiente no se oirán nunca más voces de llanto, ni clamores desgarradores, no habrá más tristeza, ni dolor. En su medio no habrá jamás huérfanos, viudas, refugiados, ni desplazados; tampoco habrá emigrantes ni exiliados; mucho menos, nadie que trabaje en vano. La niñez jugará placenteramente con todas las fieras y serpientes, y nadie saldrá lastimado. Los ancianos compartirán la sabiduría y vivirán como los días de los árboles. Este será un bosque repleto de flores, aromas, sabores y sonidos maravillosos; en él no habrá frío ni calor, y la desnudez será un adorno. El amor será más dulce que la miel, y su dulzura permanecerá para siempre.
Tales viveros no son otra cosa que semilleros de tierra fértil, digamos altares donde el culto cultivará la cultura de la vida plena. Cultivará la cultura basada en el equilibrio, la tolerancia, la equidad, la justicia, es decir, el amor. De la misma manera, el conocimiento allí cultivado redundará en sabiduría, porque se trata de un saber sabio que da sabor a la vida. Sí : los viveros son semilleros conocidos en la educación teológica como seminarios , donde los seminaristas y las seminaristas son las semillas de la simiente de Abraham cargados de fe. Estos vienen a ser como árboles plantados a las orillas del agua, donde echan sus raíces y un follaje frondoso, y donde la sequía pasará inadvertida (Jer. 17: 7ss). Así que cada seminarista tiene, cual árbol frondoso, un lugar en el bosque de la vida para dar mucho fruto, porque El fruto del justo es árbol de vida (Pr. 11:30).
Los seminarios serán, entonces, los lugares de donde saldrán árboles suficientes para irradiar de vida toda la faz de la tierra que ha sido llevada al caos y confusión y oscuridad por encima del abismo(Gn. 1:1). Los seminarios, institutos y facultades de teología se han constituido en sementeras para que de nuevo produzca la tierra vegetación: hierbas que den semillas y árboles frutales que den fruto según su especie (Gn.1:11). En este bosque de Dios, la diversidad de especies incluye como mínimo, aquellas que resultan de la condición de género, etnia, raza, confesión, nación, generación.
Pero para que los viveros produzcan árboles que den frutos cada uno según su especie, hay que erradicar también la idea equivocada del mono-cultivo. El monocultivo excluye la biodiversidad y causa los mismos efectos que los de la deforestación. En la historia de la humanidad se han desarrollado muchos monocultivos culturales, engendros de dogmatismo y sectarismo: fascismos, nazismos, fundamentalismos, racismos, machismos Por esto, los viveros de la educación teológica son seminarios con espíritu ecuménico, capaces de conformar el más variado y fecundo de los bosques: el bosque de la vida abundante y plena.
Eso sí, entre los árboles del bosque tropical, en cuanto son de diversas especies, ninguno de ellos se destacará por ser cabeza, ni centro, ni elite, ni mayor entre los demás de la flora; porque todos por igual tendrán la tarea, o de renovar el oxígeno, o de proporcionar la alimentación o la energía. Otros estarán allí para sanar, otros esparcirán las aromas, es decir, la arboleda en su conjunto equilibrará el más complejo y sustancioso hábitat. Eso sí, un árbol en soledad no hace un bosque, el bosque tropical lo constituye una múltiple variedad de especies que viven en comunión, es decir, que hacen comunidad. En ese bosque se restablecen múltiples relaciones de reciprocidad, como aquella de contribuir a la fecundación y expansión de las semillas, lo cual en muchos casos se da gracias al trabajo de los insectos y otros animales, los cuales las transportan de un lugar a otro.
Advertida está toda la arboleda que ha salido de los viveros restauradores del bosque de Dios, de que, mientras se logre el equilibrio definitivo, aún tendrá que afrontar tempestades, ciclones, huracanes y tormentas. Tendrá que lidiar con ellos, pero ya no serán una amenaza para el bosque, porque la fuerza de la comunión de este las controlará. No, estas inclemencias del tiempo no destruirán el bosque de Dios; al contrario, vendrán como insumos de energía, tanto para reacomodar el hábitat como para fortalecer la resistencia de los macizos troncos y dotarlos de las cualidades que los vuelven aptos para cuidar la integridad de la creación.
Así pues, los viveros serán como semilleros, es decir los seminarios donde se cultiven sabiamente las seminaristas y los seminaristas, que con su formación recrearán y cuidarán pastoreándolos, los nichos ecológicos, la sociedad sustentable, el prójimo, en especial los y las pequeñitas, como también su propio cuerpo. Allí, en el nuevo bosque de la aldea global, gracias al pastoreo mutuo, se moverá el Espíritu trascendiendo todas las formas de vida para despertar los más transformadores sueños utópicos.
Los viveros del bosque de Dios son, entonces, los seminarios ecuménicos, capaces de cultivar la Gracia en la integridad de la creación. De estos seminarios saldrán las semillas para cultivar los bosques de vida donde se pastoreará la humanidad y la integridad de la creación. Cada seminarista, hombre o mujer, es un árbol de la vida. Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas que da su fruto a su tiempo y tiene su follaje siempre verde, pues todo lo que él hace le resulta (Sal. 1:3)
Este es, pues, el reto de la educación teológica: convertir las escuelas teológicas en viveros para recrear el bosque de Dios: el bosque de la vida.
Boff, L. Op. cit. PP. 133-155.
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