V Asamblea General
Buenos Aires, 19-25 de febrero de 2007
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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas



 

LAS IGLESIAS COMO RESERVAS ÉTICAS:
OBSERVACIONES, PUNTUALIZACIONES, DESAFÍOS

Leopoldo Cervantes-Ortiz

Escándalos financieros, sexuales y mediáticos; complicidades con gobiernos corruptos, candidatos o políticos confesionales implicados en situaciones comprometidas, así como declaraciones relacionadas con los recursos de procedencia ilícita, forman parte de una larga lista de casos en los que las diversas iglesias cristianas son puestas en entredicho por sus posturas y sus prácticas éticas, aunque todo lo enlistado sucede simultáneamente a las consabidas y predecibles declaraciones acerca de temas como el aborto y la eutanasia. Los escépticos de siempre dirán que eso ha sido una constante en los dos milenios de cristianismo, y los optimistas alegarán que no es posible dejar de atender la parábola evangélica sobre el crecimiento simultáneo del trigo y la cizaña al interior de las comunidades. Lo cierto es que se respira un ambiente bastante escaso de autocrítica hacia el comportamiento ético de las iglesias y confesiones cristianas, pues se asume, a veces con superficialidad, que el discurso y la retórica triunfalistas pueden esconder las carencias y la falta de responsabilidad ante los problemas éticos. De ahí que estudiosos de la ética como Fernando Savater se mofen abiertamente de los representantes de Dios en el mundo y los califiquen de verdaderos dolores de cabeza para los espíritus incrédulos, pues siempre nos sugieren y ordenan lo que tenemos que hacer de acuerdo con su nivel de poder (Los Diez Mandamientos en el siglo XXI. México, Debate, 2004, p. 17).

Hace poco, a propósito del obispo Maccarone, quien tuvo que dejar su puesto a causa de un escándalo sexual, el sociólogo argentino Hilario Wynarczyk escribió un editorial que desde el título plantea muy bien uno de los dilemas de las iglesias en relación con la ética: ¿Es más importante el compromiso social que el moral? (www.alcnoticias.org, 31 de agosto, 2005). Luego de exponer algunos pormenores del asunto, Wynarczyk acerca ambos aspectos para resaltar la forma en que, tradicionalmente, las iglesias pasan por alto cuestiones morales de sus miembros o sus dirigentes, y no solo de ellos, mientras atacan con singular coraje los énfasis sociales que no consideran convenientes, especialmente si están teñidos con alguna dosis de izquierdismo comprometedor. Esto salta a la vista en el caso mencionado, pues Maccarone ha sido un obispo preocupado por la justicia social en su región, y los sectores conservadores no encontraron mejor manera de deshacerse de él que exhibir sus debilidades privadas. El matiz ético salta a la vista, según Wynarczyk, porque parte considerable del pueblo y el clero católico, le atribuyen importancia de segundo orden al aspecto sexual y moral, frente al compromiso social. El compromiso crítico frente a la sociedad y sus desbalances es más importante en la escala de valores cristianos para el público y los sacerdotes que adhieren a esta postura. Wynarczyk incluye también en esta postura indulgente a buena parte de la opinión pública, pues resulta que es más importante cumplir con el segundo mandamiento evangélico (amar al prójimo como a sí mismo) que cumplir con el sexto de los diez mandamientos mosaicos (no fornicar), especialmente tipificado en el derecho canónico con relación a los clérigos.

Independientemente de los entretelones y consecuencias de este caso específico, resulta notoria la doble moral con que muchas iglesias asumen su presencia en el conflictivo mundo sociopolítico. En el campo protestante, por ejemplo, la ya larga tradición moralizante de carácter individualista contenida en el discurso de las diversas iglesias se ha visto comprometida desde hace unos cuarenta años con las acusaciones de complicidad o indiferencia ante las injusticias y desajustes que enfrentan las sociedades en su conjunto. Una de las reacciones de estos grupos hacia los altos índices de corrupción política ha sido la intención abierta de muchos dirigentes, sobre todo pentecostales o neopentecostales, de participar en la lucha política mediante partidos confesionales que ingenuamente pretenden estar más allá del bien y del mal. Los testimonios, desgraciadamente, no han sido muy edificantes, sobre todo en países como Guatemala, Nicaragua, Brasil o Perú. En otros países, la timidez con que estos nuevos políticos ha considerado dicha participación se ha visto complementada con el ofrecimiento, rayano en el cinismo, de un voto cautivo al mejor postor ya establecido, esto es, a partidos políticos interesados en engrosar sus preferencias de cualquier manera.

Por otro lado, si se detiene la mirada en el comportamiento ético de las dirigencias hacia su propia membrecía. es posible detectar la manera silenciosa en que son pisoteados los derechos humanos en muchas comunidades cristianas, pues en nombre de la autoridad y de la imagen institucional, se margina, ofende y persigue a grupos disidentes que no encuentran espacios para el desarrollo y divulgación de sus posturas. Algo similar podría decirse respecto de los ministerios femeninos, que no encuentran todavía acomodo en numerosas iglesias, algunas acicateadas por el ejemplo de sus comunidades hermanas presentes en otras latitudes. Así, hace falta subrayar la necesidad de una autocrítica ética, sistemática y persistente, que atraviese todos los niveles de las iglesias y confesiones con el fin de asumir posturas congruentes dentro y fuera del espacio propio, además de obtener o rescatar con ello una autoridad moral que siempre se esgrime en momentos críticos, a veces sólo con la idea aparente de ufanarse de ser portadores de un mensaje cuya validez nadie discute, pero cuya efectividad real está lejos de cumplirse.

Acaso uno de los factores que influyen en las posturas eclesiásticas enunciadas en el punto anterior sea la carencia de solidez en la discusión ética en el ámbito de la educación teológica. Ante esto, la idea de que las iglesias son o deberían ser reservas éticas obliga a revisar los componentes éticos que caracterizan (o caracterizaron) alguna vez a las tradiciones cristianas presentes en América Latina. En su artículo provocador Adiós, ética protestante, el profesor luterano brasileño Oneide Bobsin se pregunta acerca de la vigencia de aquel estereotipo que durante tantos años se aceptó como una realidad, sobre todo a partir de las tesis expuestas por Max Weber: que la ética protestante (particularmente calvinista) constituye uno de los pilares de la prosperidad capitalista y el énfasis supremo en el trabajo. Bobsin ataca, sobre todo, la idealización y simplificación de las tradiciones religiosas que están detrás de las afirmaciones weberianas, pero apunta hacia el hecho innegable de que actualmente la inmensa mayoría de las iglesias cristianas no católicas ha sucumbido ante el embrujo de la llamada teología de la prosperidad, verdadera razón de ser de muchos creyentes hombres y mujeres, y auténtico postulado ético que rige sus vidas. Bobsin concluye así: Hoy, con todo, el espíritu del capitalismo no precisa más de ahorro y del ascetismo intramundano. El placer del consumo toma el lugar del ahorro; el hedonismo desbanca a la austeridad; el trabajo pierde espacio ante la magia y especulación financiera. En fin, el capitalismo contemporáneo separó definitivamente la ética protestante y el espíritu del capitalismo. Cabe, entre tanto, una nueva pregunta: ¿la teología de la prosperidad' será la edición neoliberal de la ética protestante de nuestro tiempo?.

Estas reflexiones podrían ubicarse también en el contexto del debate sobre la teología de la liberación en el campo protestante latinoamericano, pues tal parece que hoy la teología de la prosperidad, como otras ideologías de moda en otros momentos, se ha adueñado del imaginario ético de muchas comunidades protestantes como una forma de sustitución de la preocupación social de la teología liberacionista de años pasados, ante la cual muchas denominaciones cristianas reaccionaban con una violencia, real y simbólica, inusitada, nada comparable ante los embates de otros movimientos o corrientes que obtenían carta de naturalización con facilidad asombrosa. De ahí que a la pregunta de Bobsin habría que agregar la preocupación por los contenidos de la educación teológica y cristiana: ¿cómo se enseña la ética en relación con las ideologías o creencias dominantes que se imponen con autoridad y peso específicos en la vida y práctica de las comunidades?

Antiguamente, muchos estudiosos descalificaron la teología latinoamericana en ciernes como una ética social que no merecía el calificativo de teología nueva, es decir, con un nivel académico aceptable en el terreno de las teologías respetables. Hoy, cuando este movimiento se ha sedimentado con los años, cuya influencia se deja ver desde el lenguaje, parece no advertirse que su impacto ha sido, efectivamente, de carácter ético. Por esto, resulta sospechoso que muchos seminarios e instituciones de educación, semilleros de pastores y teólogos y teólogas, ignoren y no promuevan el estudio y la promoción de una ética contextual que intente responder frontalmente las acometidas ideológicas que en diversas oleadas invaden a las comunidades. Los nuevos pastores y pastoras requieren de un rigor ético, teórico y práctico que vaya más allá de los consabidos lugares comunes del discurso evangélico, pues su efectividad se ha visto mermada ante el peso abrumador de las costumbres y hábitos mentales impuestos por la globalización y la dictadura del libre mercado. Si todas las formas de relaciones y comportamientos humanos están contaminadas por esta omnipresencia, hace falta revisar con sabiduría el contenido ético de la educación teológica y cristiana para que se constituya también, en un espacio de resistencia moral y espiritual.

Debe quedar claro, entonces, que los aspectos sociopolíticos y económicos de la ética cristiana no pueden ni deben divorciarse de la promoción de aquellos valores que, aun cuando vehiculados por la tradición y situados en el ámbito de la individualidad, se constituyen en reconocibles como esencialmente evangélicos, debido a su praxis comunitaria ligada a las diversas tradiciones cristianas presentes en América Latina. De este modo, no importará decir adiós a la ética protestante en cuanto esta sea solo un recuerdo o una imagen estereotipada, aunque ahora también brille por su ausencia en las comunidades evangélicas, justamente las que debían promoverla y experimentarla. Lo verdaderamente valioso seguirá siendo el hecho de que se sigan formando personas y comunidades piadosas sí, pero a causa de dicha piedad, también solidarias, respetuosas de los derechos de los demás y defensoras de la paz, la justicia y la igualdad.

Por lo expuesto anteriormente, la reserva ética de las comunidades cristianas (y evangélicas, en particular) no constituye un depósito inamovible con el paso de los años. Es, más bien, un conjunto de valores históricos, arraigados bíblica y teológicamente en el legado de la tradición que arranca del Antiguo y Nuevo Testamentos y que ha encontrado expresión en la praxis de comunidades concretas, lo cual no significa que estas nunca cometieran errores sino, por el contrario, que siempre buscaron la pertinencia del Evangelio de Jesucristo en relación con su situación humana específica. Lo verdaderamente problemático es, como siempre, la urgencia de ser pertinentes respecto a ambos elementos de la cotidianidad, esto es, a la fe y a la coyuntura social. En este sentido resulta fundamental un discernimiento moral que filtre adecuadamente los asuntos para no trabajar únicamente los temas polémicos o suponer que estos constituyen las verdaderas pruebas para la elección ética.

Hace falta que las iglesias, comenzando con sus dirigentes, pero sin dejar de considerar a cada uno de sus miembros, ejerciten su responsabilidad ética mediante una mayor madurez del discernimiento colectivo, pues desgraciadamente el individualismo, aún presente en la mentalidad de muchas comunidades y confesiones, compromete el ejercicio responsable del criterio. Roy H. May, profesor en la Universidad Bíblica Latinoamericana (UBL) en Costa Rica, explica que la comunidad moral es el eje central de la preocupación ética en el ámbito eclesiástico y, además, la cuestión clave para nuestros tiempos, puesto que nuestras sociedades están marcadas por la exclusión: crece la pobreza y la brecha entre ricos y pobres se ensancha; las mujeres, los indígenas, los negros y otros, todavía no disfrutan de una participación justa en los frutos sociales únicamente por su condición de género o raza; se limpian' las calles de niños asesinándolos; la democracia no se extiende a una participación plena de todos y todas en la toma de decisiones.

Ante este panorama, el papel de las iglesias sigue y seguirá siendo un desafío permanente.

 

 

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