|
|
POR UNA NAVIDAD CON SENTIDO
Víctor Rey Riquelme
Hoy la Navidad sufre una gran distorsión de su real sentido. Cuando pensamos en la Navidad , vienen inmediatamente a nuestra mente Santa Claus, los regalos, y toda la fiebre consumista que gira en torno a esta festividad. Urge hoy encontrar su verdadero sentido, y compartirlo entre los cristianos y cristianas y vivirlo con los más empobrecidos, los más vulnerables y los que se encuentran sin esperanza.
Hemos comenzado el tercer milenio, las expectativas y la realidad de nuestros pueblos en América Latina siguen estando marcadas por los signos de la anti-vida y, por ende, los de los anti- valores, los del anti-reino. Las profundas desigualdades sociales, las contradicciones socioeconómicas y la desesperanza de los más necesitados marcan el paso de los inicios de este tercer milenio latinoamericano.
La experiencia de los pastores en la fría noche de Navidad vuelve a convertirse en realidad para nosotros y nosotras, hoy. Nuestro mensaje y acción pastoral debe estar cargada de mucha esperanza. El pueblo latinoamericano desea escuchar buenas noticias, noticias que construyan, estimulen e impulsen la vida plena. Hoy queremos escuchar las buenas noticias que sean de gozo para todo el pueblo. Pero esa noticia ya se ha echado a rodar por nuestra América, que proclama “hacer nuevas todas las cosas”. Así, avanzando contra las tinieblas, la luz verdadera sigue su curso fulgurante que nada ni nadie puede detener. De esta manera conciben los autores bíblicos el anuncio del Evangelio de Jesucristo por los caminos del Mundo. Pablo habla de la dinamita de Dios de la cual él no se avergüenza. Juan habla de la “luz que brilla... y la oscuridad no ha podido apagarla”. Lucas narra la épica de un avance incontenible contra viento y marea, en el mundo grecorromano del siglo I.
Esta buena noticia no es sólo un sistema de ideas que se contrapone a los sistemas de ideas hoy vigentes en el mundo. No es una ideología más en el supermercado intelectual del momento. Es un poder, una forma de vivir y plantarse frente al mundo, una comunidad que trasciende barreras. Para recuperar el sentido vigoroso de un estilo de vida evangélico, hay que sacar el Evangelio de manos de los vendedores profesionales que lo han vuelto un inocuo producto comercial, que se ofrece al mejor postor. Dondequiera un ser humano que invoca el nombre de Cristo, se atreve a vivir por él, se esfuerza por practicar sus demandas de amor, justicia, servicio y arrepentimiento; alza sus ojos con esperanza y vence el temor, allí está avanzando el Evangelio.
A partir del siglo I, siglo tras siglo, vivir el evangelio ha sido una aventura que ha probado las promesas del Dios de Abraham, Isaac, Jacob, Jesucristo y Pablo. Hoy sigue siendo así. La atmósfera de nuestro tiempo es otra. La oposición de afuera y las traiciones de adentro han cambiado de rostro. Jesucristo es el mismo, hoy, ayer y siempre y por ello hay que entender cómo vivir el Evangelio eterno en nuestro tiempo.
La Navidad nos recuerda la vida de Jesucristo y el estilo de existencia que Él vino a inaugurar, y nos hace reflexionar en todo ello. . La reflexión nos pone en guardia contra los apetitos económicos erigidos en deidad. Aprendemos a sospechar también: “Dónde ustedes tengan sus riquezas, allí también estará su corazón”, “No se puede servir a Dios y al dinero”. Vivir el Evangelio y el espíritu de la Navidad es vivir primero la libertad respecto de la idolatría materialista de los apetitos económicos. Es hacer de Jesucristo el Señor, y entrar a un género de vida que ve lo económico como un campo en el cual se pone en práctica la obediencia a Dios, el dador de todo lo que el ser humano posee. Cuando nos damos cuenta que nuestros propios apetitos invaden nuestros pensamientos y palabras, relativizando lo justo y auténtico de nuestros proyectos más amados, descubrimos también que Cristo puede renovar nuestras vidas y purificarlas para que den fruto. El hombre nuevo con su hambre de sed y justicia ya empieza a manifestarse en la disposición a cambiar nosotros mismos, para que el mundo cambie.
Rescatar el verdadero sentido de la Navidad es vivir el Evangelio hoy, no cayendo en la trampa del mercado. El problema con la ideología del libre mercado es que nos hace aceptar su utopía como un axioma, que no necesita demostración. Es decir, como el único camino aceptable hoy, el de la Economía de Libre Mercado. Según esto, nuestra vida y nuestra acción no sirven para nada, a menos que estén al servicio de esa ideología. Con este mismo criterio se juzga la historia de la Iglesia , la historia del mundo y aun la de Jesucristo. No caer en esa trampa, no aceptar esa utopía, esa idolatría del mercado como un axioma, ni tampoco aceptar como “científico” un análisis que, por un lado, se alimenta de la opresión de los más pobres y por otro, reduce al hombre y la mujer a seres que solo sirven para consumir. Por lo tanto, ante todo debemos proclamar que la norma que juzga la vida y la acción de hombres y mujeres no es el éxito ni la cantidad de cosas que se poseen, sino el designio de Dios revelado en Jesucristo. Descubrimos también que para que las acciones humanas tengan valor y eficacia no necesitan ser exitosas. La vida es mucho más que la economía. La fidelidad a Dios se da dentro de una variedad inmensa de marcos de servicio.
Una buena noticia para el mundo de hoy que trae la presencia de Jesús en esta Navidad, es que se acaba el temor. Hoy vivimos bajo el signo del miedo y esta parece ser la característica más notoria de nuestra época. La mentalidad de los hombres y mujeres del siglo I estaba plagada de temores: a las potencias espirituales de los aires, a los principados y potestades, a los espíritus elementales. En medio de ellos, el Evangelio era el anuncio de la victoria cósmica de Cristo, que ponía en evidencia la debilidad de estas fuerzas que aterrorizaban a hombres y mujeres. Hoy en día, los temores tienen otros nombres, pero son muy parecidos en sus efectos sobre el corazón de los hombres y mujeres sin Cristo. Los medios de comunicación modernos han ido desarrollando una jerga que conjura el temor y la sensación de fatalismo, ante los cuales hombre y mujer parecen impotentes. Hoy se tiembla ante las fuerzas oscuras que dominan el mercado de valores, ante los sistemas políticos-militares, ante las mafias de todo signo, que parecen obrar con impunidad y crecer como pulpos infernales.
El Evangelio que Cristo nos ha traído, y que recordamos en Navidad, sigue siendo el Evangelio de la victoria de Dios sobre todo aquello que se opone a su designio, que es el bien y la vida abundante para hombres y mujeres. Cierto que esa victoria pasó por el sufrimiento de la cruz; pasó por la agonía, por la soledad y por lo que, a todas luces, parecía el fracaso y la impotencia del justo contra la maldad del mundo.
La buena noticia del Evangelio es negarse a permitir que los temores que sobrecogen a los hombres y mujeres de hoy nos atemoricen también a nosotros. Es poner la mira en Cristo, alzar la vista y vivir en obediencia a su ejemplo, con gozo y confianza en la victoria final, cualquiera sea el curso de la peripecia del hoy. Jesús, Pablo y Pedro nos enseñaron que esta manera de vivir el Evangelio no es la arrogancia insultante frente al verdugo, ni la búsqueda masoquista del sufrimiento. En nuestro tiempo, implica la desmitologización de todas las idolatrías modernas y poderes terrenos, en el entendimiento de estas fuerzas dentro de su limitada dimensión humana, o quizás aun en su exageración demoníaca. Pero, esto implica también el propósito de seguir haciendo aquello que entendemos que es el bien, aunque ello acarree la persecución o la amenaza. Por esto, la buena noticia de la Navidad y lo que le da sentido es la de que nada nos puede separar del amor de Dios en Cristo, pues ese amor ha triunfado para siempre.
Victor Rey Riquelme, es chileno, pastor bautista, coordinador de Visón Mundial en Chile
|