Desentrampando símbolos  y cuerpos
Un ejercicio constante desde las Teologías feministas

María Cristina Ventura Campusano

El quehacer teológico de las mujeres parece estar constantemente marcado por lo que aquí llamo desentrampar. Un desentrampar que se realiza en varias direcciones, pero principalmente, desde las propias bases de esta teología:  lo religioso como sistema de producción y conexión simbólica,  y lo social como sistema donde se desarrollan las relaciones de forma material; lo que no significa que lo religioso esté separado de lo social, sino que se hallan en constante interacción. O más bien, que el uno produce al otro.

El ejercicio de desentrampar símbolos y cuerpos

Desde el ejercicio de desentrampar entiendo los símbolos como los signos que tienen significado desde los espacios y tiempos en que se producen, pero que, al mismo tiempo,  superan dichos espacios y tiempos. El lenguaje humano, por ser limitado, por ser una aproximación de la realidad, necesita de los símbolos para poder expresar lo que está más allá de las palabras, lo que sólo podemos decir de manera aproximativa; nuestro lenguaje es interpretación de lo que se vive. Por eso, si afirmo que me siento flotando en el espacio, no significa que esté flotando. El lenguaje simbólico surge de una experiencia deseada que representa al mismo tiempo la dificultad para expresar lo que se siente.

Estoy hablando de desentrampar, que sugiere pensar que lo simbólico,  que tantas veces constituye nuestra experiencia  cotidiana, que marca nuestras relaciones,  está envuelto en trampas, en interpretaciones engañosas que  intentan ser la última y única palabra acerca de las comprensiones de la realidad. Símbolos religiosos y sociales relacionados,  por ejemplo,  con la sexualidad, con las imágenes de Dios, etc., que necesitan ser deconstruidas. ¿Y para qué deconstruir,  o mejor, desentrampar? Es sano poder entender lo que continuamente pasa, deconstruir y,  al mismo tiempo,  construir nuevos sentidos que permitan experimentar que las interpretaciones sobre los hechos no pueden ser fijadas.

Hablo también de desentrampar los cuerpos, porque al fijar sentidos también se fijan cuerpos, se clausuran cuerpos, se invalidan cuerpos  en los espacios y tiempos más remotos. Los significados son lenguajes que no sólo atraviesan los cuerpos de las personas, sino que se vuelven cuerpos. Sin embargo, si es verdad que el cuerpo trae marcas de su historia, es siempre un lenguaje que ha de  interpretarse. Puedo ver a alguien, y al detener mi mirada puedo aproximarme a una interpretación de cómo está esa persona. Pero para tener una idea más acabada de ella,   necesito también conocer algo de su  historia. Como bien señala Ivone Gebara, “mi cuerpo es atravesado y construido por lenguajes diferentes que son, al mismo tiempo, viejos lenguajes que vienen desde lo más arcaico de la humanidad y que necesitan ser interpretados por cada generación”. (Antropología religiosa, lenguaje y mitos. Buenos Aires: Católicas por el Derecho a Decidir, 2005, p.14).

Teologías feministas – atrevido ejercicio de desentrampar

Desde esa tarea interpretativa de símbolos y cuerpos sugiero pensar en la teología feminista como en un ejercicio de desentrampar,  y reconocer, al mismo tiempo, el encuentro con la acción de deconstrucción de lenguajes y prácticas patriarcales que posibilitan cada día el aniquilamiento de millones de mujeres en el mundo, y principalmente en América Latina. Con todo, entiendo el desentrampar como una acción que va más allá de un simple descomponer: la de hacer evidentes las máscaras con las que fueron construidas las cosas, los lenguajes, los discursos, los cuerpos.

Es una tarea que conlleva riesgos. El riesgo de pretender que se están tomando en consideración todos los deseos de libertad de las mujeres, sin antes definir su libertad  como limitada. Por esto, no viene mal señalar  que lo que puedo dar a través de este ensayo es una parte reducida de la interpretación que hago, a través de mi historia de mujer, viendo y sintiendo las historias de otras mujeres con las cuales me identifico en mis determinantes de género, clase y etnia. Determinantes que,  entre otros,  definen mis identidades, procesos complejos de significados. Además, esa identidad siempre multifocal ha sido marcada también por el cristianismo hegemónico.

Para pocas es secreto que esta experiencia cristiana para las mujeres pasa en gran medida por el entrampamiento de símbolos y cuerpos y que se manifiesta en un primer momento por el aniquilamiento de la palabra femenina. Esta realidad nos hace recordar textos comoYo les he dado tu Palabra, y el mundo les ha odiado,
porque no son del mundo, como yo no soy del mundo.
No te pido que les retires del mundo sino que les guardes del Maligno.
(Jn 17,14-15)

En este momento, no es nuestro interés hacer un análisis del texto citado. Sin embargo, al escucharlo posiblemente nos recuerde que el cuarto evangelio, aun dentro del mundo patriarcal al que pertenece y el lenguaje androcéntrico con el que está escrito, presenta a las mujeres y sus roles de forma más amplia dentro de las personas que respondieron al evangelio.
Pienso en lo interesante de este texto en diálogo con la realidad vivida por la mayoría de las mujeres que deciden poner en práctica el ejercicio de la palabra dentro de las comunidades cristianas. Sin querer hacer analogías entre el texto de Juan y la realidad de las mujeres, llama mi atención la oposición,  presente en el texto,  entre “palabra” y “mundo”. Y, al mismo tiempo, recuerdo a Rubem Alves cuando afirma:
“El secreto del lenguaje no es primeramente aquello de lo que habla, antes bien, quien lo habla... El acto de las personas de hablar y entender una lengua común indica que participan de una misma estructura de valores. Los valores vuelven la comunicación posible, dan significación a las palabras”.

El texto del evangelio de Juan me coloca en ese mundo de relación entre palabra, quien la habla o la ejecuta y quien la escucha. Sin embargo, la realidad presentada parece indicar que la comunicación no estaba siendo posible, pues los valores que contiene parecen haber sido amenaza para quien escuchaba esas palabras. En el texto aparece una relación directa entre palabra y odio del mundo. La estructura de valores entre las partes parece ser diferente. Entonces, no hay entendimiento. Y eso puede ser causa de violencia, de  expulsión.

Prestando atención al lenguaje patriarcal

El lenguaje patriarcal define a las mujeres y a las niñas y niños como personas sin poder o,  lo que es lo mismo, como personas sin palabra, definición que va en contra de la afirmación “y el verbo se hizo carne”. Carne y palabra, cuerpo y verbo son realidades primordiales de todas las personas. A los seres humanos nos caracteriza esta constitución fundamental de ser cuerpo-palabra, cuerpo que se expresa en lenguajes y es,  al mismo tiempo, lenguaje.  Las  palabras nos construyen y las construimos. Y esto abarca también el lenguaje gestual, pues el lenguaje es palabra aunque no se pronuncie. Toda comunicación humana está inscrita en una estructura lingüística, incluso el lenguaje corporal.

Si el lenguaje patriarcal construye cuerpos, la religión patriarcal afirma de manera general, “lo femenino como dependiente de lo masculino”, no sólo históricamente sino también en la simbología religiosa. Por ejemplo, en el comienzo fue la diosa, no el dios. El triunfo del patriarcado y el monoteísmo sofocó el brillo inicial de las diosas prehistóricas.

A pesar de su desplazamiento, el simbolismo de las diosas subsiste,  no sólo en las religiones o mitologías aún vigentes,  sino también en los pliegues de nuestro inconsciente colectivo. Podemos encontrarlas bajo diversas manifestaciones: la Mahamaya de los Puranas,   la creadora, conservadora y destructora de los seres;  la Diosa de los antiguos minoicos asociada a la paloma, al delfín, a la serpiente y al toro;  la Sarasvati de los  Vedas, regente de los ríos, es Maat en Egipto, siempre inexorable, Inanna en Sumeria, que dona a los hombres códigos de conducta traídos del cielo; es Yemanyá la reina de los océanos en las religiones afrocubanas y brasileñas. Ellas representan otra historia de la creación y del poder de lo creado.

Desde el punto de vista simbólico, la usurpación de la figura femenina por parte del monoteísmo es una muestra más de la tarea aniquiladora. El cristianismo, se apodera de la experiencia de una variedad de pueblos con sus culturas y creencias propias, para establecer un único Dios y su único Hijo como único camino de verdad y salvación. Para lograrlo,  aceptó el desplazamiento de la figura de la Diosa con sus poderes sobre la fertilidad y dadora de vida, valores que desaparecieron frente a la imagen del único Dios.

En la mayoría de las culturas antiguas, el tema de vida y la muerte era un verdadero misterio. Como el surgimiento de la vida, esto es, el nacimiento, se daba a partir de una mujer,   todas las personas tenían la certeza de que su vida pasaba por el cuerpo de una mujer. Por tanto, las mujeres eran consideradas creadoras de vida. Sus cuerpos femeninos simbolizaban lo que vivían cotidianamente. Esto explica la existencia de  gran cantidad de figuras de barro en las que se expresa el cuerpo de la madre con los órganos de fertilidad, pechos, útero, caderas muy pronunciados. La mujer era la Gran Madre. La Gran Madre no se opone a la sexualidad, envuelve lo masculino y lo femenino. En algunas civilizaciones asiáticas y en grupos originarios de América Latina, la genitalidad femenina y la masculina son consideradas sagradas. Ahora bien,  

¿Qué pasó después de la imposición de un único Dios Padre?

En primer lugar, cabe recordar,  aunque duela hacerlo, algunas palabras de los “padres de la Iglesia”, por ejemplo, de Tertuliano, quien se refirió a las mujeres en general como  “la entrada del mal”, o Agustín, que opinó que las mujeres no son hechas a la imagen de Dios. Santo Tomás de Aquino, en la expresión misógina más violenta,  afirmó que las mujeres son como hombres no completos. Nada de esto es desconocido. Sin embargo, se debe enfatizar en que la religión patriarcal a través de este discurso ha soportado y perpetuado el patriarcalismo.

En segundo lugar, las mujeres no solamente han sido excluidas de la decisión de hacer, sino que tampoco han tenido roles esenciales en la creación del pensamiento. Bajo la realidad del patriarcado, que pasa a ser la única referencia en la memoria histórica,  el sistema simbólico y su aparato conceptual han sido desarrollados por hombres, sin dejar de lado la colaboración de mujeres que en realidad funcionan para falsificar la propia imagen y experiencia. Esto se muestra muchas veces en la trampa en que caemos al intentar analizar la situación: conseguimos nombrar la usurpación, pero no hemos sido libres para usar nuestro poder para nombrarnos a nosotras mismas. Así, el mismo poder del cuerpo de la mujer como único ser humano capaz de garantizar la vida, es nombrado por nosotros desde interpretaciones androcéntricas. Y con esto, no pretendemos una exaltación de la maternidad, sino más bien una exaltación de la capacidad de garantizar la vida, de reproducir la vida, más allá de procrear o no.

Desentrampar discursos y mitos

Es tarea impostergable el desentrampar,  por un lado, el mito de la caída, que es una farsa cuando existe una imposición de la palabra de Adán al nombrar los animales y la mujer. Las mujeres debemos estar atentas y entender que la imposición de las palabras ha sido tomada como adecuada y normal. Por esto, hay que impulsar el que,  como mujeres,  creemos nuestras palabras: palabras de mujeres negras, de mujeres de los pueblos originarios, de mujeres en las academias,  pues sería un error escuchar o reafirmar el nuevo discurso de las mujeres cuando ellas hablan palabras de hombres.  

Cuando las nuevas palabras lleguen a ser palabras de las mujeres,  provocarán acciones que den pistas para la resolución de sus problemas. Es lo que Mary Daly llamó ‘el método de liberación-contratación-exorcismo’, un proceso en el cual los “otros” –las mujeres– escuchan y hablan sus propias palabras.

Lo dicho hasta este momento me ayuda a reflexionar sobre la teología feminista como invitación a tener presentes las palabras de las mujeres sobre lo divino. Como afirma María Pilar Aquino “otro presupuesto subyacente al teologizar de la mujer es la afirmación de su plena calidad humana mediante el uso de la palabra como instrumento que permite expresar la auto-comprensión de su identidad peculiar,  en cuanto sujeto de pleno derecho”. Esta misma autora nos explica que con la palabra se permite deslindar lo conocido en relación con otras cosas igualmente conocidas. Sin embargo, las mujeres se atreven a hacer uso de la palabra en un mundo que muchas veces parece recibirlas con enojo, incomodidad y violencia.

Desentrampando caminos

La teología feminista remite a acciones atrevidas en un medio caracterizado y definido por identidades “naturales”, universalismos y hegemonías, donde se construyen cuerpos, como afirma Tania Navarro Swain, los cuerpos “verdaderos”: “verdaderas mujeres”,  seductoras, bellas, tiernas, calladas, imágenes que identifican seres marcados en femenino. Y, “verdaderos hombres”, machos empedernidos, corazones secos, músculos túrgidos, inteligentes, con facilidad para decir lo que quieren y piensan:  imágenes marcadas en masculino.

 Partiendo del principio de que la construcción de cualquier sistema de signos representa un acto político, la teología feminista dentro de ese sistema de “normalidades” se coloca como una contrapropuesta, también política, que desafía, cuestiona y propone nuevas miradas y nuevas prácticas de relación entre las personas y con la divinidad. En este sentido, la teología feminista es el lugar de la palabra de las mujeres. Palabra que les fue negada, que le he negada, y,  por lo tanto,  es vista como desafiante, desestabilizadora, incomoda.  Por esto, la teología feminista tiene que ver con la resistencia y el poder de las mujeres y el sistema simbólico que forma este mundo en el que vivimos  es un poder que tenemos que desentrampar.  

Dentro de los abordajes que enfatizan la cuestión teológica feminista, encontramos aquellos que hacen una teología feminista crítica de la liberación. Con esto van más allá de identificar lo divino como masculino y femenino. Están preocupadas por la crítica a todo el sistema religioso patriarcal,  base de la teología tradicional o de la teología de la liberación.

Están también las que, sin poner tanto énfasis en la cuestión de la crítica a la propia teología, están preocupadas por las maneras diferentes de nombrar a Dios, Padre y Madre, sugiriendo con su aporte la importancia de la palabra de la mujer. Dejar de pensar en la diversidad dificulta el  momento de cuestionar los sistemas hegemónicos. La propuesta, entonces, radica en prestar atención a la realidad diversa en la que se construyen y manifiestan discursos y prácticas sociales.

Hablar de teología feminista nos obliga, me obliga a invitarlas a desentrampar nuestros pensamientos y prácticas monolíticas, para pensar, hablar y vivir lo divino en plural. No se trata de teología, sino de teologías. Existe una pluralidad de corrientes. Ubicamos nuestro abordaje dentro de lo que llamamos teologías feministas críticas latinoamericanas. Además, somos conscientes de que las corrientes feministas en América Latina han recibido la influencia de las teorías feministas norteamericanas y también de las europeas. Desde tales realidades quiero proponer la acción de desentrampar

María Cristina Ventura Campusano  es Dra. en Ciencias de la Religión – Teóloga-Biblista Feminista- Profesora en la Universidad Bíblica Latinoamericana, San José, Costa Rica.

 

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