Editorial

En mayo de este año, Benedicto XVI, pontífice máximo de la Iglesia Católica de Roma, inauguró las labores de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe en Aparecida, Brasil. En la nación de más católicos y más pentecostales en el mundo, representantes de la Iglesia Católica Romana han orado, conversado, debatido y dialogado sobre los desafíos urgentes que su fe confronta en el nuevo siglo y milenio que recién se inicia.

No es difícil percibir la necesidad de vientos y ánimos de renovación. Pero, ¿hacia dónde? El intenso debate en el seno de la Iglesia Católica Romana sobre la cristología de Jon Sobrino, nos ha revelado una vez más que  la discusión teológica tampoco pierde fuerza. La censura romana a Sobrino y la pronta y contundente respuesta crítica por parte de aproximadamente cuarenta teólogos y teólogas, en una publicación con el significativo título Bajar de la Cruz a los Pobres: Cristología de la Liberación, son indicaciones claras de que los diálogos y debates al interior de las iglesias sobre la fe y la liberación humana integral retienen urgencia y centralidad.

Este CELAM más una vez dio muy poco espacio a la voz de las mujeres, de los pobres como agentes de transformación, de las comunidades afro descendientes y indígenas.
 
A pesar del poco espacio en las estructuras de las iglesias,  las tres fuentes matrices originales del afán teológico por la liberación transcurren por un proceso de reforzamiento: 1) la persistencia tenaz de la pobreza y la desigualdad socioeconómica, incrementadas por la globalización neoliberal, 2) la resistencia de los excluidos y empobrecidos, que reclaman un orden social alterno y distinto, 3) la recuperación continua de la desafiante tesitura profética y evangélica de la fe cristiana motivadora de cambios sociales. Los pueblos latinoamericanos, marcados por siglos de conquista y colonización, pero también por la hondura e intensidad de su fe cristiana, mantienen viva su esperanza.
 No es una intuición totalmente nueva ni original. Ya lo había vislumbrado genialmente, en el siglo diecinueve, el cubano José Martí.

“¡Son como siempre los humildes, los descalzos, los desamparados, los pecadores, los que se juntan frente a la iniquidad hombro a hombro, y echan a volar, con sus alas de plata encendidas, el Evangelio!”

Luis N. Rivera-Pagán

 

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