UNA QUIJOTADA FEMINISTA
Don Quijote de la Mancha en los albores de la cuestión de género

Rodolfo Míguez

¿A cuántas personas conoces que sepan quién es Don Quijote de la Mancha? Seguramente serán tantas que la pregunta parecería impertinente, y que sería más adecuada, formulada exactamente al contrario: ¿cuántos no sabrán quién es Don Quijote? Sin embargo, ¿de cuántos te consta que han leído la obra El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha? Aquí la cosa se complica y la pregunta se vuelve impertinente,  por incómoda.  Este clásico de Cervantes que se ha traducido a todas las lenguas modernas tiene el raro privilegio de ser conocida por casi todo el mundo , aunque casi nadie lo ha leído.

Quisiera compartir una nota dedicada a una trama singular del inolvidable clásico castellano. Me refiero a la trágica novela de Grisóstomo y Marcela. Una historia de rebeldía femenina, de la que Don Quijote fue testigo hace cuatro siglos.

UNA NOVELA PREÑADA DE NOVELAS

Esa novela que cuenta Cervantes en medio de Don Quijote de la Mancha –sí: leíste bien, una novela en medio de otra novela- fue lo primero que se tradujo de la historia del Quijote a otra lengua. El hecho de que esta historia de marcado feminismo haya sido elegida para hacer conocer el Quijote allende los Pirineos, en lugar del  episodio de inefable polisemia de los molinos de viento, o  el de impagable comicidad de la vela de armas,  ya dice mucho.

Don Quijote de la Mancha es una larga novela que  contiene en sí,  intercaladas,  otras novelas,  como parte de los recursos literarios empleados por su autor. En la primera parte publicada en 1605,  hay cinco novelas breves que, entre todas, ocupan más de la mitad del texto. y son: una novela pastoril (la que nos ocupa);  una novela sentimental: “Juan Pérez de Viedma, Clara y Don Luis”;  una novela bizantina con dos historias tejidas entre sí: “Cardenio y Luscinda” y “Fernando y Dorotea”;  una novela psicológica:“El curioso impertinente”;  una novela morisca: “El cautivo y Zoraida”,  y otra novela pastoril: “Eugenio, Leandra y Anselmo”.

Cervantes fue muy criticado por este recurso, por considerarse que con él menguaba la unidad estética de la obra, se distraía  al lector, se cambiaba el espíritu llano y cómico de la acción central,  etc. Ni lerdo ni perezoso, don Miguel se defendió a pluma limpia en la continuación de su obra. Te aliento a leer el capítulo III de esa segunda parte y verás lo que pone en boca del personaje Sansón Carrasco;  de allí salta al capítulo XLIV y entenderás sus razones.  Dígase lo que se diga, hay que darle a Hans-Jörg Neuschäfer la derecha cuando afirma que nadie antes de Cervantes ha entretejido episodios con tanto arte como él lo ha hecho en el Quijote. Y si nos resistimos a creer a este gringo, por lo menos creámosle a Borges que habiendo todas las ediciones posibles del Quijote,  reverenció la inspiración impar de Cervantes.

MARCELA

En el año 1609, la  españolísima Marcela fue la primera excusa editorial para que el Manco de Lepanto pudiera ser leído en otro idioma, a la sazón,  el francés. Y a través de sus labios las mujeres iberoamericanas tienen el primer alegato feminista servido en bandeja. La historia es simple,  pero cautivante,  y está narrada entre los capítulos XII y XIV de la primera parte de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.
Todo comienza al mejor estilo chisme-de-café entre un grupo de pastores de cabras,  cuando uno de ellos dice: “¿Saben lo que ha pasado?”. Por supuesto que la justificación para el relato de la historia que empezará a contarse está dada por la presencia de Don Quijote, en medio del espontáneo auditorio. Dicho de otro modo: porque él lo escucha, lo escucharemos nosotros.

En boca del cabrero Pedro,  pone Cervantes la presentación del tema: “¿Saben lo que ha pasado compañeros? Murió esta mañana Grisóstomo y se murmura que ha muerto de amores por aquella endiablada pastora, moza de la aldea. Marcela, la hija de Guillermo el Rico, esa que se anda en hábito de pastora. Y el pueblo anda alborotado. Mañana vienen a enterrar a Grisóstomo con gran pompa y será cosa de no perderse”.

Y de eso se trata: del  entierro de un tal Grisóstomo, atildado astrólogo, músico y poeta, estudiante de Salamanca que,  cautivado por la belleza de Marcela,  deja todo su lustre y se hace pastor para seguirle el rastro entre los campos. Pero todo fue en balde, y eso es lo que el pueblo no perdona a Marcela y,  menos aún, porque ese desaire al amor suplicado por un hombre se había hecho cosa repetida en la historia de esta mujer. “Hay un bosque entero de hayas –dice alguien del pueblo- que en las cortezas de los árboles tiene grabado el nombre de Marcela.”. Pero ella seguía soltera.
Ahora bien, en medio de ese servicio fúnebre y haciendo  honor al deseo del muerto, Ambrosio su amigo del alma se dispone a quemar todos sus poemas. Pero Vivaldo, un testigo póstumo de este amor fallido, le arrebata algunas hojas. Así salva la “Canción Desesperada” de Grisóstomo. (Entre paréntesis: por supuesto que Pablo Neruda tuvo como inspiración esta ”Canción Desesperada” para cerrar sus célebres y juveniles “20 Poemas de Amor...”.)
El caso es que cuando termina de escucharse esa “Canción Desesperada” aparecerá Marcela por encima de la peña donde estaba cavada la sepultura. Ella se presenta para dar la cara y explicar (“cuán fuera de razón van todos aquellos que de sus penas y de la muerte de Grisóstomo me culpan”) de igual a igual, sin sentirse ni más ni menos que nadie por ser mujer.

RETRATO DE UNA MUJER FUERTE

La cuestión de género es uno de esos lugares teológicos duros e ineludibles para la Iglesia de hoy. Génesis 3 (en el Edén), Génesis 16 (Sara vs. Agar) y Génesis 34 (Dina violada y vengada), son tres textos preciosos para leer sinópticamente con la historia a que nos estamos refiriendo y para meternos en los laberintos de tres temas de envergadura: la mujer como depositaria-de-la-culpa, mujeres contra mujeres y mujeres que no tienen voz. La historia de Marcela puede hacer crecer nuestra teología porque nos hace pensar y nos sorprende, muy especialmente si la contextualizamos.

¡Cuánto hace pensar esa  inolvidable escena en la que ella aparece desafiante delante de todos, aun sabiendo que la tratan de “endiablada”, de “pastora homicida”, de “fiera”. A los hombres de aquel pueblo no se les quedó ningún epíteto soez en el tintero: desde “arrogante” de corazón de “mármol”,  hasta  encarnación de la “ingratitud”.  Pero ella reta al status quo sin pelos en la lengua y lo hace con una altura que merece ser escuchada. Hasta ese momento del texto cervantino (y éste de este artículo) en el que ella toma la palabra, hemos oído hablar de Marcela a los hombres, pero ella no es quien ellos dicen.

Para destruir esta imagen, para ser ella misma, para recuperarse en su verdad,  habla y dice:
“Yo conozco que todo lo hermoso es amable, mas no alcanzo que por razón de ser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama. El verdadero amor ha de ser voluntario y no forzoso. Así como la víbora no merece ser culpada por la ponzoña, tampoco yo merezco ser reprendida por ser hermosa. Yo nací libre y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos. Los árboles de estas montañas son mi compañía, las claras aguas de estos arroyos mis espejos: con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosura. A los que he enamorado con la vista he desengañado con las palabras, y si los deseos se sustentan con esperanzas, no habiendo yo dado alguna a Grisóstomo, antes le mató su porfía que mi crueldad. Él quiso porfiar contra la esperanza y navegar contra el viento, ¿qué mucho que se anegase en la mitad del golfo de su desatino? El que me llame fiera y basilisco déjeme como cosa perjudicial y mala, el que me llame ingrata no me sirva, el que desconocida no me conozca, quien cruel no me siga, que esta fiera, este basilisco, esta ingrata, esta cruel y esta desconocida ni los buscará, servirá, conocerá ni seguirá de ninguna manera”.

A continuación agrega el relator: “Y en diciendo esto, sin querer oír respuesta alguna, volvió las espaldas y se entró por lo más cerrado de un monte que allí cerca estaba, dejando admirados, tanto de su discreción como de su hermosura, a todos los que allí estaban”.

Ahí la tienen a ella y su argumento, pero detrás de todo hay un secreto aún no mencionado...

UN PENSAMIENTO DE AVANZADA

El pensamiento de avanzada es el del propio Cervantes. Porque el secreto de tanta libertad proclamada y vivida al máximo, la clave de tanta liberalidad y desenfado era uno y uno solo: la independencia económica de Marcela.

Si leíste atentamente la cita que transcribí al comienzo, recordarás que Marcela era hija de Guillermo. Éste era el hombre más rico de aquellas tierras, al que aplasta una desgracia: su esposa muere al dar a luz a Marcela. Tan grande es la tristeza de ese hombre que al poco tiempo también él muere y así su hija queda como única heredera de su inmensa fortuna bajo la tutela de un tío suyo sacerdote, que la mantuvo escondida de las miradas ajenas en razón de su deslumbrante belleza e incalculable riqueza. Pero un día ella decidió irse de su hogar haciéndose pastora y su hermosura quedó al descubierto, empezando a ser pretendida por una multitud de cabreros, hidalgos y hasta de “ricos mancebos” que se hacían pastores para “arrastrarle el ala” (dicho cervantino). Sin embargo nadie logra conquistarla.

Explica la especialista compatriota Graciela Mántaras que este planteo de Miguel de Cervantes Saavedra a esta altura de su obra,  trata claramente de un enfrentamiento de género en el cual un hombre no puede aceptar y ni siquiera concebir que una mujer pueda negarse indefinidamente a la sujeción”.
El mensaje que recibimos, entonces, es bien moderno, pues cuenta la historia de tal modo que queda claro que todos fracasaron,  porque ella no necesitaba a un hombre para ser mantenida.
Para contextualizar todo esto,  piensa que estamos en el siglo XVII, el de Sor Juana Inés de la Cruz por ejemplo. Ella, dueña de otro espíritu no menos libre pero sí más real  para hacer lo que en su alma escuchaba como llamado-imperativo-de-ser, entra al convento. No tenía otra opción una mujer de aquel tiempo, pues la alternativa era dejarse elegir por un marido o escoger la vida del convento.

¿Cómo se explica semejante alegato feminista salido de la pluma de un hombre de aquel momento y aquella cultura? He aquí un dilema para los estudiosos. Algunos han sugerido la hipótesis (para nada descabellada,  históricamente hablando) de la posible e inconfesable homosexualidad de Cervantes. Otros, simplemente, lo atribuyen a su genialidad. Sea como fuere,  el mundo tendría que esperar a la década de los años sesenta del siglo XX para que las Marcelas empezaran a ser legión, y se atrevieran a vivir la vida que  deseaban vivir.

Cervantes cierra la dramática y breve novela de Grisóstomo y Marcela con un episodio verdaderamente desopilante, narrado al comienzo del cap. XV en el que Rocinante es el protagonista.
“Sucedió pues que a Rocinante le vino en deseo de refocilarse con las señoras facas y saliendo, así como las olió de su natural paso y costumbre, sin pedir licencia a su dueño, tomó un trotico algo picadillo y se fue a comunicar su necesidad con ellas. Mas ellas, que, a lo que pareció debían de tener más ganas de pacer que de él, recibiéronle con las herraduras y con los dientes, de tal manera que a poco espacio se le rompieron las cinchas, y quedó sin silla, en pelota. Pero lo que él debió más de sentir fue que, viendo los arrieros la fuerza que a sus yeguas se les hacía, acudieron con estacas, y tantos palos le dieron que le derribaron malparado en el suelo.”

A Rocinante no le fue mejor que a Grisóstomo.

UNA GOLONDRINA NO HACE VERANO

Fue Adolfo Bioy Casares el que dijo que uno es indudablemente más rico después de la lectura,  y Fernando Savater -el español-  el que repite todavía: “El libro es uno de los grandes instrumentos de precisión que ha inventado nuestra cultura. Es una herramienta interactiva, portátil”.  Todo esto se comprueba después de asomarnos al universo de Marcela, esa mujer embriagada de libertad pero lúcida,  que llenó la cabeza de aquel hombre que es muy posible que la haya soñado por primera vez antes de darle vida sobre el papel, estando todavía en prisión.

Para terminar, permíteme volver a lo del comienzo: ¿quién no conoce ese dicho popular con el que titulo esta última sección del artículo? Sin embargo, ¿quién sabe que pertenece, justamente, a la historia de Grisóstomo y Marcela y que es el mismísimo Don Quijote el que lo dice?

En fin, una golondrina no hará verano pero ayuda, y aquella ignota pastora manchega de arrolladora belleza, aquella amazona de la Sierra Morena ya es una de ellas, para siempre. En verdad que, por decir lo que dijo trescientos años antes que Virginia Wolf o Simone de Beauvoir merece que le tributemos todos los homenajes posibles, tanto a ella como a su padre. Por supuesto que no hablo de Guillermo el Rico.

 

Rodolfo Míguez.  Pastor de la Iglesia Metodista en Trinidad (Uruguay)

NEUSCHÄFER, Hans-Jörg. “La Ética del Quijote”.

MÁNTARAS, Graciela. “La Pastora Marcela: Una Mujer Reivindica su Libertad”.

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