La Biblia nos llama a la reflexión, nos invita a confrontarnos con la violencia y descubrirla como parte de nuestra naturaleza humana. Todos somos por naturaleza violentos y los somos mucho más de lo que imaginamos o queremos aceptar. Nos resulta fácil ver y condenar la violencia ajena, pero a la nuestra propia, intentamos justificarla, convencidos que es tan solo indignación (.)
La violencia, como dice René Girard, aparece como una fuerza indestructible, una fuerza de la naturaleza y de la vida, que se puede rechazar pero nunca destruir. No la contraemos por accidente sino que la recibimos de la vida misma. Y ella es necesaria y saludable porque da dinamismo a la vida, equilibrando todos los aspectos que hacen a ella. Pero cuando esta fuerza vital que es la violencia, sufre una ampliación vital, entonces ya no sirve a la vida sino que engendra muerte (.)
Los profetas del exilio, portavoces de la voluntad de Dios, fortalecieron a un pueblo vencido, humillado, deportado en Babilonia, proclamándole un Dios de amor, de misericordia, de perdón, y de compasión, un Dios que traerá la salvación, no por medio de la coacción, sino por la compasión; no alzándose hasta la sima de su poder terrorífico, sino descendiendo hasta la humildad. Y esta enseñanza se entrelaza con el evangelio que proclama al Mesías esperado no como un triunfador que aplasta brutalmente a sus enemigos, sino que se humilla obedeciendo hasta la muerte, y muerte en la cruz.
Este Mesías que nos presentan los evangelios es totalmente espontáneo en sus reacciones violentas y en sus impulsos de ternura y compasión. Frente a los escándalos del mundo, la injusticia de la sociedad, la hipocresía de los fariseos, el dominio del dinero y el mercantilismo de los vendedores del templo, que explotaban la credulidad pública, Jesús usó el látigo y un vocabulario agresivo y violento.
Pero por otro lado, los mismos evangelios nos presentan a un Jesús que en momentos de tentación se aparta para reflexionar, para orar, para buscar la voluntad de Dios. Y esta reflexión madura, sobre los peligros del poder, le permiten no ceder al triunfo personal, al propio poder, sino seguir la voluntad del Padre (.)
A la luz de la Biblia podemos ver que el problema de la violencia está enraizado en el modo de usar el poder, y por eso denuncia enérgicamente la violencia de los poderosos, la violencia ejercida contra el débil, el asesinato alevoso y premeditado, la violación, el juicio que tuerce el derecho en contra de la víctima, el maltrato a las viudas, huérfanos y extranjeros, el abuso del poder del rey, la opresión al pobre y necesitado.
En las manos de los poderosos la violencia parece legitimizarse, escapar de toda sanción. Es por medio de la violencia que se asegura el poder y es por el poder que se reconoce la supuesta inocencia se la violencia. Y la Biblia desenmascara este mecanismo demostrando que la impunidad del poder en la que incita la injusticia (.)
El poder y la violencia, son temas de ayer y de siempre, pero en este momento de la historia de la humanidad son temas de relevante importancia, ya que de cómo se los aborde en la práctica, dependerá nuestra vida. Por eso es importante que la iglesia tome el rol de los profetas, que cada creyente profetice exaltando a Aquel a quien le pertenece el Reino, el Poder y la Gloria. Tendiendo redes de solidaridad, uniendo esfuerzos en permanente reflexión y búsqueda de la voluntad de Dios, a fin de no ser seducidos y atrapados en la vorágine del poder. De esta manera nuestra voz podrá encauzar esta fuerza vital que todos llevamos dentro, y que es violenta, dinámica, lejos de la autodestrucción, y cada vez más cerca de la plenitud.
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