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UNA VOZ DESDE LAS IGLESIAS -
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La situación latinoamericana actual es de una profunda crisis humana que se ha manifestado recientemente de manera dramática en Argentina, donde la población se ha lanzado a las calles con sus cacerolas a expresar ante sus gobernantes y ante el mundo entero que ya no aguanta más las privaciones, la corrupción, la irresponsabilidad y el hambre; que exige la eliminación del mecanismo sacrificial de la deuda externa, en gran medida causante de la crisis; y que denuncia la insensibilidad de las clases dirigentes y de los organismos internacionales.
La situación argentina es una muestra más de la situación en la que viven a diario mas de 200 millones de latinoamericanos. Más de la mitad de la población de nuestro subcontinente vive en condiciones de pobreza.
El crecimiento de la pobreza, la exclusión y la miseria, producto del aumento del desempleo, del subempleo, la inestabilidad laboral, y la quiebra de miles de pequeños y medianos negocios y empresas, son el pan de cada día en nuestras naciones. La crisis afecta a todos. A quienes viven en extrema pobreza y que sobreviven gracias a milagros cotidianos, a quienes tienen que trabajar jornadas de 12 horas diarias para poder sustentar a sus familias; a quienes trabajan bajo el temor de ser despedidos en cualquier momento, o a quienes difícilmente pueden dormir tranquilos pensando cómo salvar de la quiebra su pequeño negocio, su finca o su propia vivienda.
La privatización de la educación, de la salud, de los servicios públicos, la eliminación de los sistemas estatales de pensiones y de seguridad social, presentados por los gobiernos como las grandes soluciones a las deficiencias de tales servicios, no sólo no han resuelto los grandes problemas, sino que han agravado el panorama de creciente incertidumbre económica, porque al ser entregados a empresas con ánimo de lucro, se han convertido en negocios muy rentables y también de alto costo para los usuarios con capacidad de pago. Las mayorías nacionales quedan excluidas de tales esquemas de negocios.
La vida diaria del latinoamericano se transforma profundamente, producto del impacto de este modo de vivir, en el cual las mejores energías humanas deben destinarse a la lucha por la sobrevivencia. Ante la pérdida de estabilidad económica, ante la creciente precariedad e incertidumbre, ante un futuro cada día más incierto y amenazante, crece la búsqueda desesperada de salidas a la situación de crisis, aumentan las migraciones, la prostitución, la economía del rebusque, y también los negocios ilícitos y de alto riesgo como el narcotráfico, el tráfico de armas y la delincuencia.
Ante este panorama, una postura frecuentemente asumida por las Iglesias es la de refugiarse en su propia seguridad, de aislarse de los problemas y de limitar su solidaridad solamente a sus propios miembros, olvidándose de las demás personas que sufren. Esto evidentemente no es el testimonio del Evangelio de Jesucristo y del Reino de Dios que somos llamados a dar, como nos lo encarga el mismo Señor Resucitado en Lucas 24,47: "Que se predique en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados a todas las naciones".
Para el latinoamericano, cada día la vida es más insegura y azarosa. El pobre no tiene dónde dormir, el rico tampoco puede dormir tranquilo, y la clase media menos, ahogada por el crédito. Cada uno se refugia en sus espacios propios, unos en sus favelas, donde intentan protegerse de las bandas; otros se refugian en sus búnkers; otros en sus condominios cerrados, protegidos por empresas de seguridad privada. Campos y ciudades son cada día más inseguros.
Todo este panorama trágico provoca la condena enérgica y el juicio de Dios, ya que Él desea para sus hijos e hijas vida en abundancia. Nuestra indignación como creyentes se hace eco de este enojo de Dios.
En este contexto de creciente guerra económica, de inseguridad, de violencia cotidiana, lo que se pierde día a día es la confianza entre los seres humanos, y se debilita la sociabilidad misma. La tendencia es a constituir un mundo del sálvese quien pueda, un mundo en que el hombre sea lobo del hombre, un mundo en que cada cual busque salidas propias sin importar qué tenga que hacer, y por encima de quién tenga que pasar, o a quiénes tengan que olvidar.
El resultado de todo esto es un mayor encierro personal, un individualismo cada día mayor; una pérdida de valores humanos de convivencia, respeto mutuo y solidaridad tan importantes en la vida de una sociedad sana. La crisis de la familia tiene mucho que ver con todo esto. Para los padres es cada día más difícil mostrar a sus hijos una vida éticamente coherente con los valores del Evangelio.
Nuestras iglesias han sido desafiadas por esta grave situación, que cada día es más grave y generalizada. A menudo acompañan a algunas de las personas o comunidades víctimas de esta crítica situación. Pero también a menudo se encuentran desbordadas por la fuerza de los hechos. Otras veces logran experiencias exitosas de impacto local, pero sólo durante algún tiempo. Muy pocas son las experiencias de desarrollo local que logran estabilizar la situación económica de las comunidades y hacerlas sostenibles en el tiempo.
Una de las causas principales de toda esta crisis que viven nuestras comunidades y naciones, es la imposición en toda América Latina del modelo neoliberal, que si bien en sus inicios surge como modelo económico, se ha convertido hoy en día en un proyecto de sociedad, un proyecto que ha transformado profundamente nuestras sociedades en los últimos 30 años.
Para enfrentar hoy la pobreza, la miseria, la violencia, la insensibilidad y la creciente infelicidad de la mayoría de la población, el Evangelio nos demanda una clara protesta y denuncia frente al proyecto neoliberal, tan profundamente destructor de la vida humana y de la vida social en América Latina.
En términos bíblicos, la pobreza no es ningún ideal, sino una situación trágica que debe ser superada. Nadie tiene el derecho de imponer sacrificios a las personas o a grupos humanos enteros, alegando de que son pruebas necesarias de parte de Dios, pues la Sagrada Escritura nos indica claramente que Dios ha terminado con todos los sacrificios, ofreciéndose a sí mismo como dador de la Vida y no de la muerte.
El neoliberalismo es la doctrina de los grandes capitales internacionales y de determinados grupos de poder local. Existe una minoría de la población latinoamericana que considera que la sociedad progresa mejor si funciona como un inmenso negocio. Se nos dice que en la medida en que todos los miembros de la sociedad comprendan esto y actúen en correspondencia, cada uno obtendrá sus beneficios y la sociedad entera prosperará. Parece algo muy sencillo. El mercado se presenta como el espacio en el cual todo lo que se desea puede ser obtenido y el mecanismo gracias al cual cada uno puede obtener lo que desee, siempre y cuando obre con eficiencia. La sociedad termina convertida en un inmenso mercado, en el cual todos los seres humanos, convertidos en mercaderes, en negociantes, venden algo a cambio de algo e intentan obtener beneficios de dicho intercambio.
El neoliberalismo es un fundamentalismo de mercado, y finalmente una idolatría al mercado, porque tiene una fe ciega en que el mercado es el que hace posible la vida social y el progreso de todos, de una manera misteriosa y paradójica que puede resumirse en la formula: "la mejor forma de ayudar al prójimo es buscando el interés propio, es siendo un buen competidor y ofrecer un buen producto, con calidad y eficiencia"; en el mercado, la mejor manera de realizar el altruismo es el egoísmo. Cuanto más te ames a ti mismo y sólo a ti mismo, más estarás ayudando, sin saberlo, gracias al mercado, a los demás. Tan fuerte es esta ideología del mal que ha llegado a influenciar algunas iglesias para estructurar diversas "ofertas" de servicios o apoyos supuestamente evangélicos.
En el neoliberalismo, la salud es negocio y ya no un servicio social, menos un derecho humano, una necesidad humana universal. Tampoco la educación, o la atención a los niños, a los ancianos, es responsabilidad social, pública o estatal. Exige que el Estado renuncie a su responsabilidad social y se retire de todas sus funciones y deberes para con la ciudadanía derivados de su responsabilidad para con el Bien Común. Estas funciones sociales deben ahora ser atendidas por empresas eficientes que cobren por sus servicios y obtengan de dicho servicio utilidades. El resultado es que las mayorías que no tienen dinero para pagar los altos costos de la salud privada quedan condenadas a la muerte, que todos aquellos seres humanos que por diversas razones no pueden pagar la educación o conseguir sus propios medios de vida, quedan abandonados a su propia suerte.
Al hacer también de la política un negocio, el neoliberalismo ha degradado la política, ha promovido la corrupción y la mentira para obtener votos y consensos, compra y venta de conciencias, y ha hecho de la política un arte de negociantes que ya no se preocupan más que por obtener beneficios para sí mismos y sus socios. Al degradarse la política y convertirse en medio de enriquecimiento propio y desentenderse del Bien Común, del bienestar de todos los miembros de la nación, del cuidado de las riquezas naturales y humanas de los países, y de la suerte de las generaciones futuras, nuestras naciones quedan a la deriva y convertidas en botín para los depredadores.
Incluso la cultura y el deporte han caído en manos de los nuevos mercaderes y negociantes. Y con ello aparece la amenaza de su desaparición como actividades humanas con fines y sentido propios. Ahora el sentido se los da su potencial de brindar utilidades a los nuevos empresarios de estos campos.
También muchos espacios de la vida religiosa han terminado permeados por esta lógica mercantil, cuando toma sus propias formas religiosas y teológicas en propuestas como la de la teología de la prosperidad, de acuerdo con la cual la medida del arrepentimiento y de la gracia la dan la prosperidad económica y material del creyente.
Los únicos valores a promover en la sociedad neoliberal son los valores del mercado y del buen mercader: saber qué ofrecer en qué momento, aprovechar cualquier oportunidad que se presente, saber vender y saber comprar, saber engañar, saber mentir, saber convencer. La verdad abre paso a la retórica. Y con ello, a la banalización de la vida social, de las relaciones humanas, y su consideración en términos monetarios. Cuando hoy hablamos de crisis de valores, no podemos dejar de lado cómo toda la población, incluidos los evangélicos, nos sentimos compelidos a aplicar este modo de relación con el otro. Se trata de la promoción de una espiritualidad que para poder imponerse debe destruir las tradiciones, creencias, culturas y espiritualidades que privilegian la vida humana por sobre todo otro valor.
Para el neoliberalismo, la naturaleza y el ser humano son objeto de lucro. El trabajo es considerado un costo de producción, las capacidades humanas, capital humano, y la naturaleza, objeto de explotación. El resultado es la insensibilidad, la dureza de corazón y la idolatría.
Para el neoliberalismo, todas aquellas personas que no puedan insertarse en este nuevo mundo de negociantes, son una carga para la sociedad. Sólo los eficientes merecen sobrevivir en esta competencia sin fin, porque ayudar a todos aquellos que no han sabido valerse por sí mismos en la competencia, sería darles un privilegio que los demás competidores no han recibido. Por eso el neoliberalismo se autoproclama como reino de la igualdad. Proclama el fin de los privilegios. Así como el rico paga sus servicios, el pobre debe pagarlos también. Cada ser humano debe poner al servicio de sí mismo sus capacidades y ventajas. Vivir gracias a ello. Vivir por sí mismo. Y no depender de nadie más. El neoliberalismo se autoproclama como una sociedad en la que cada uno responde por sí mismo, y por ello se proclama como una sociedad de responsabilidad individual.
Así el neoliberalismo invierte todos los valores de igualdad, solidaridad, libertad y responsabilidad. Invierte también la relación entre capital y trabajo y separa uno de otro, de manera que desestimula la producción y la laboriosidad promoviendo la usura, el ocio y la especulación financiera.
En esta guerra unos entran con todo su poder y riqueza, y otros, la mayoría, entran con toda su pobreza e impotencia. Objetivamente, el resultado es que los ricos se hacen más ricos y los pobres, más pobres. Los fuertes aplastan a los débiles. Como en la guerra, unos ganan y otros pierden. En esta guerra ganan las minorías del poder y pierden las mayorías nacionales. Ganan los grandes poderes internacionales y transnacionales, y pierden los países pobres, los pueblos y los grupos sociales más débiles, así sean mayoritarios.
Así, por un lado, el cacerolazo de Argentina es la respuesta de los seres humanos afectados directamente por este modelo destructor, deshumanizante e idolátrico. Es la exigencia de los seres humanos a ser tratados como tales y no como mercancías, como objetos o como desechos. Por el otro, la crisis del medio ambiente es la respuesta de la naturaleza que exige ser tratada con respeto y cuidado. Las miles de acciones de solidaridad, de construcción de un mundo más fraterno y humano, aparecen como la respuesta del Dios de la Vida.
A pesar de la crisis de las alternativas, la esperanza y la resistencia al fundamentalismo neoliberal se hacen presentes en todas nuestras sociedades. Podemos afirmar, entonces, como evangélicos, que callar corresponde a desoír el clamor de los que sufren.
Crece en nuestras sociedades el rechazo al neoliberalismo, a pesar de que no se cuente con la capacidad de vislumbrar alternativas claras y posibles y de implementar modos distintos de vida, dada la elevada concentración del poder en manos de los beneficiarios de la globalización, la fragilidad de nuestras democracias y el control de los medios de comunicación social, que hacen todo lo posible por impedir el cambio necesario.
Al mismo tiempo, muchas de las iglesias en América Latina han venido acompañando la resistencia a este orden neoliberal y con muchos proyectos económicos y sociales alternativos orientados por criterios de solidaridad, ayuda mutua, hermandad y respeto a la vida humana y al ser humano como criatura divina y no como medio de lucro.
En este sentido, todas las iglesias en América Latina estamos desafiadas a unir esfuerzos con todas aquellas fuerzas sociales que confrontan el neoliberalismo e intentan construir modelos renovados y verdaderamente humanos de convivencia. Estamos desafiadas a fortalecer las acciones de resistencia, denunciar la escandalosa crisis humanitaria que vive el continente, al tiempo que servir de puente a la conformación de un nuevo pacto social y político en beneficio de los más débiles y en general de todos, en beneficio de toda vida humana amenazada.
Los problemas en la América Latina de hoy, como la pobreza, la deuda externa, el intento de profundizar el neoliberalismo en el continente por medio del Area de Libre Comercio para las Américas (ALCA), y asociado a ello, la tendencia a la disolución de los vínculos de sociabilidad, la perdida de valores, la sensibilidad y la solidaridad, reclaman de todos nosotros urgente e inmediata atención.
¿Es la pobreza, la desigualdad y la destrucción acelerada del medio ambiente algo que debemos aceptar pasivamente, confiando en que las fuerzas ciegas del mercado nos proporcionaran por sí solas el mejor de los mundos posibles; o bien debemos hacernos eco del Dios de la Vida que hoy se indigna frente al sacrificio de millones de sus hijos e hijas a causa del pecado de la avaricia de unos pocos?
Equipo Asesor
Programa de Fe, Economía y Sociedad
Quito, Ecuador, 21 de enero de 2002
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