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ESTUDIO EXEGÉTICO–HOMILÉTICO 093 - Diciembre de 2007
Instituto Universitario ISEDET
Aut. Prov. Nº 1340/01
Es un servicio elaborado y distribuido por el Instituto Universitario ISEDET
Buenos Aires, Argentina
Este material puede citarse mencionando su origen
Responsable 24.12.2007: Néstor Míguez
Lunes 24 de diciembre, Natividad del Señor o Nochebuena (Blanco)
Salmo 96; Isaías 9:2-7; Tito 2:11-14; Lucas 2:1-20
El nacimiento de Jesús se produjo en Belén, una aldea prestigiada por ser el lugar del nacimiento de David, pero que en ese momento era apenas un pueblito insignificante, olvidado. Nace en medio de la imposición burocrática del censo, que muestra claramente quien tiene el poder político y económico en ese momento. Pero si la aldea es pobre, el nacimiento ocurre en un lugar todavía más pobre. Es el lugar del excluido, del que no tiene lugar en los alojamientos del sistema. Es el Dios que se ensucia, por eso necesita pañales; es el Dios que se ensucia con la historia de los desalojados, con los que duermen en los pesebres. En el pesebre se reclina el primer hijo de la nueva creación.
El relato de un pastor de Judea
¿Dónde encontró “Lucas” la historia de los pastores? No lo sabemos. Pero podemos poner en juego la imaginación y buscarle un origen. No es una exégesis estricta, pero cómo ya lo he hecho en otros estudios, propongo reconstruir un relato “posible”, imaginable, que nos ayude a ver nuevos ángulos de una historia ya conocida. Recordemos que, cuando Lucas escribe su Evangelio ya ha ocurrido la “guerra de los judíos”, y que los cristianos de Judea han tenido que emigrar, probablemente algunos fueran a la misma Roma.
[Aprovecho mi ubicuidad de autor y me traslado en espacio y tiempo para escuchar la entrevista que Lucas le hace a este anciano emigrante. Estoy en Roma, en los bajos fondos del Trastévere. Es el año quinto del Imperio de Tito. Es una pieza húmeda y maloliente. El idioma es un arameo rudo, que “Lucas” apenas logra entender. A mi me salva ser el tercero omnisciente.]
El que habla es un pastor de ovejas. Estaba desdentado, el rostro conservaba las huellas de la larga exposición a la intemperie. Una barba blanquecina, rudamente cortada a navaja. Los ojos eran apenas dos líneas entre los pliegues del rostro. Sin embargo conservaban un brillo renegrido. Seguramente tenía menos edad que el prematuro envejecimiento me había hecho pensar. El hombre comienza su relato:
“Teníamos un rebaño de ovejas en Judea, pocos animales. Mi abuelo trabajaba para un patrón, pero mi padre, con algunos hermanos del Camino de Jesús, había logrado formar su propio rebaño. En la guerra se perdió todo. A mi padre lo mataron los romanos, aunque en realidad solo quería esconderse para salvar al rebaño. A Mamá y a mí, y a mis hermanas, los hermanos nos llevaron al norte, nos cobijaron allí un tiempito, y después nos vinimos a Roma.
Yo esto lo escuché de niño. El abuelo todavía vivía, allá en el campo, en Judea. El abuelo no sabía mucho precisar la época, pero se acordaba que se corrían rumores de un nacimiento maravilloso ocurrido cerca, un hijo del sacerdote Zacarías. Era verano y el rebaño dormía en los montes, al aire libre. El abuelo todavía era joven y le tocaba cuidar los animales en la vigilia de la noche. Sabe como es eso, se quedan varios, siempre hay uno que ha logrado hacerse de un odre de vino para pasar la noche, arrimados junto al fuego, contando sus cuitas, burlándose de los patrones.
Mi abuelo, contaba, se había quedado dormido cuando alguien dio la alarma a la mitad de la noche; entonces vieron a lo lejos algunos hombres que venían bajando. Venían envueltos en un resplandor. Al principio les dio miedo. Creyeron que eran soldados, y que la luna llena brillaba sobre sus armaduras y por eso parecían de luz, o quizás fueran fantasmas. No se sabe a quién temerles más, si a los soldados o a los fantasmas. Después se dieron cuenta que eran ángeles. Eran ángeles que estaban vestidos de blanco, y con la luz fuerte de la luna sus ropas parecían plateadas.
Cuando se acercaron los ángeles se dieron cuenta que no venían del monte sino directamente del cielo. La noche se volvió día, dice mi abuelo. Fue todo una maravilla. Los ángeles los enviaron a la aldea. Allí vieron aun niño recién nacido, envuelto en pañales, recostado en un pesebre. Se les anunció que era el descendiente de David que traía la liberación de su pueblo, la restauración de Israel. Por fin la liberación, por fin Dios volvía a darles lugar a los pobres de Israel. Volvieron alabando a Dios.
Pero el tiempo pasaba, le abuelo envejecía, y todo fue quedando atrás. Después que volvieron de Belén no se enteraron de más nada, como si hubiera sido una ilusión. No lo contaban, porque tenían miedo de que se burlaran de ellos. ‘Cuentos de pastores, mentiras de borrachos’, dirían [los pastores tienen fama de ladrones, borrachos y mentirosos]. Recién mucho tiempo después, cuando mi abuelo ya era anciano y Papá le contó que Jesús había sido crucificado en Jerusalén y que había resucitado, recién ahí el abuelo comenzó a contar la historia y a decir que él lo había conocido cuando nació. Que no se acordaba del nombre del niño, pero que los ángeles le habían dicho que nacía el Mesías Señor. Mi abuelo ponía una voz grave cuando repetía las palabras: “—No tengan miedo. He aquí les doy nuevas de gran gozo...”. Murió poco tiempo después, mi abuelo, concluyó el hombre. A todo esto Lucas ha refinado el relato: --“Había pastores en la misma región, que velaban y guardaban las vigilias de la noche...”
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