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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas |
LA ECONOMIA EN EL LIBRO DE JOELCarlos A. Dreher
Este estudio nació del desafío de intentar presentar la economía en el Libro de Joel, como un abordaje inicial para una discusión metodológica acerca de la lectura bíblica, en el Encuentro Internacional de Biblistas patrocinado por el Consejo Mundial de Iglesias, celebrado en São Paulo, Brasil, a finales de julio de 1991. Me gustaría haber encontrado espacio para desarrollar algunos aspectos, muchos de ellos impulsos recibidos en la discusión del tema en aquella ocasión, antes de pensar en publicarlo. No obstante, arriesgo proponerlo aquí prácticamente inalterado, como una contribución para la discusión de un período de la historia de Israel y de su reflexión teológica, acerca del cual hemos trabajado poco todavía. En el abordaje que sigue, busqué primeramente resolver las cuestiones referentes a la datación y estructura literaria del Libro de Joel, lo que, en gran parte, implica ya determinar su interpretación. Se trata, sin duda, de una materia controvertida y complicada. Más que una certeza última, hay aquí una propuesta de cómo interpretarlo. La segunda parte se ocupa del tema de la economía, buscando bosquejarla a partir de los elementos contenidos en el propio texto. El telón de fondo histórico para aquella época del dominio persa es bastante oscuro y desconocido. Habría sido interesante poder contar con elementos más consistentes al respecto. Aun así, arriesgo algunas consideraciones que anoto a modo de conclusiones al final.
1. El Libro de Joel: datación y texto (1) 1. 1. Datación Buscando puntos de contacto entre el Libro de Joel y la historia política en general, se percibe que en Jl. 4, 1-3 es propuesta la caída de Jerusalén en el 587 a . C., así como la deportación de buena parte de su población. No obstante, los babilonios no son mencionados en el libro, lo que lleva a creer que aquel desastre ya cuenta como recuerdo remoto. Esto es confirmado por la alusión explícita y natural al templo (1, 9.14.16; 2,17; 4,18), reconstruido en el 515 a . C. Además de eso, en 2, 7. 9 ya se cuenta con los muros de la ciudad, lo que presupone que la tarea llevada a cabo por Nehemías en el 455 a . C., también ya pertenecía al pasado. Para un límite posterior nos auxilia el texto de 4, 4, donde es presupuesta una alianza político-mercantil entre las ciudades fenicias de Tiro y Sidón con las ciudades filisteas, lo que nos sitúa en el final del período persa. En el 343 a . C., Artajerjes III destruyó Sidón, que después de eso no parece haberse aliado más a Tiro. Sidón se sometió sin resistencia a Alejandro, mientras que Tiro resistió por siete meses, siendo tomada sólo con el auxilio de la flota sidonia, que participó en la conquista con cerca de 200 navíos. A la par de esto, la mención de los griegos en Jl. 4, 6, que los presupone distantes y alcanzables únicamente con la mediación de los fenicios y filisteos, indica que los acontecimientos del 332 a . C. todavía son cosa del futuro. Si acatamos el amplio consenso de que 4, 4-8 representa un añadido al Libro de Joel (2), los datos expuestos nos permiten situar el texto más antiguo antes del 343 a . C. Mirando hacia el campo de la historia interna de Jerusalén, se percibe que el liderazgo de la comunidad es ejercido por los ancianos (1, 2.14; 2,16) y los sacerdotes (1, 13; 2, 17). El rey y la corte están totalmente ausentes del texto. Eso solamente sería posible en un período pre-exílico, si 1, 2. 5-14; 2, 15-17 no indicaran que todas las capas de la población son convocadas a oír, a lamentarse y a hacer penitencia (compárese con Jon. 3, 6s). Durante la monarquía, los ancianos tenían apenas un papel subordinado a la corte. Ya en la reconstrucción del templo son los representantes responsables de la comunidad de Jerusalén (Esd. 5, 9; 6, 8. 14), inicialmente bajo el gobernador persa (Esd. 6, 7), hasta que, después de Bagoas, el sumo sacerdote pasa a dirigir la gerousia. Estamos , pues, en medio de la constitución de la comunidad pos-exílica, llamada por Josefo teocracia. Además de eso, la mención de oferta de manjares y libación (1, 9. 13; 2, 14), así como la designación de los sacerdotes como servidores de Yahvé y servidores del altar (1, 9. 13; 2, 17), apuntan igualmente hacia la comunidad pos-exílica tardía. No por último, el lenguaje de Joel se encuentra en gran dependencia de los profetas anteriores. Muchos pasajes se presentan como citaciones parciales o totales de otros libros (compárese especialmente 2, 13b-14 con Jon. 4, 2; 3, 9). Todo esto lleva a concluir que la datación del libro corresponde a la época de la comunidad cultural intacta de los tiempos posteriores a Esdrás y Nehemías, más específicamente al período de la primera mitad del siglo IV a. C.
1. 2. El texto Dejo de lado las discusiones más antiguas en torno de la unidad del Libro de Joel. Acompaño a Wolff (3) en la visión unitaria del conjunto, tomando como añadido únicamente 4, 4-8, que interrumpe el flujo del texto entre 4, 3 y 4, 9, y tal vez aun el final, 4, 18-21, visto como un agregado, posiblemente del mismo Joel. Wolff parte de la constatación de que el capítulo 2 no habla de una dificultad igual o semejante a la expresada en el capítulo 1. En tanto los versículos 1, 4-20 se refieren a una catástrofe económica ya ocurrida, 2, 1-17 apuntan a un desastre futuro y definitivo sobre Jerusalén, del cual al principio no existe posibilidad de escapar (cf. 3b, 11b). Este desastre futuro es visto a la luz de la catástrofe ya ocurrida. Esa relación es confirmada por las siguientes observaciones: a) El capítulo 1 se refiere, en una convocación a la lamentación, y en oraciones de lamentación subsecuentes, constantemente en formas perfectas, a dificultades pasadas. Los versículos 2, 1-17 dirigen la atención, en un grito de alarma y de llamado al arrepentimiento, solamente a dificultades todavía por venir. b) El capítulo 1 habla de una catástrofe económica fuera de lo común, causada por una plaga de langostas. Los versículos 2, 1-17 no hablan más de langostas, sino de un ejército enemigo devastador y nunca visto. Como consecuencia de ello, la oración de 2, 17 no habla más de alimentos, como las lamentaciones de 1, 16-20, sino de la relación entre el mundo de los pueblos y el pueblo de Dios, de la cual no se hablaba en el capítulo 1. c) El capítulo 1 se concentra en observaciones acerca de la naturaleza. El capítulo 2 remite fuertemente a elementos de la tradición de la descripción del enemigo en las profecías sobre el Día de Yahvé. No obstante, los dos bloques están interrelacionados. El desastre económico poco común ya ocurrido (capítulo 1) es presentado como preanuncio (1, 15) de la desolación escatológica inminente de Jerusalén, ya anunciada por los profetas y reformulada por Joel. El tema del Día de Yahvé liga los dos bloques y permite sospechar de la unidad del libro, pues las indicaciones escatológicas se encuentran en varios lugares (1, 15; 2, 1s. 10s; 3, 3s; 4, 14ss) (4). En 2, 18-19a. 21-27 la situación económica de Jerusalén es retomada, ligándose al capítulo 1. Los capítulos 3 y 4 guardan silencio a este respecto. Eso podría llevar a la conclusión de que los capítulos 1 y 2 presentan una profecía históricamente situada, mientras que los capítulos 3 y 4 apuntarían hacia una visión puramente escatológica. En ese caso, sin embargo, también la relación entre 2, 1-17 y el capítulo 1 caería por tierra. No se puede, no obstante, dejar de observar que las promesas de reconocimiento a Yahvé paralelas en 2, 27 y 4, 17, interrelacionan los dos bloques mayores. Además de eso, ya en 2, 19b-20 ocurre un anuncio anticipado del alejamiento de la catástrofe escatológica. Por otra parte, contemplando el testimonio conjunto del libro, se verá que entre 2, 17 y 2, 18 acontece un viraje radical no sólo del capítulo 2, sino de todo el libro. Es ahí que se da el paso de la lamentación a las palabras de atendimiento. A partir de este centro es perceptible una interesante correspondencia entre las dos partes. A la lamentación sobre la presente carencia de víveres en 1, 4-20, corresponde la promesa de su alejamiento en 2, 21-27. Al anuncio de la catástrofe escatológica de Jerusalén en 2, 1-11, corresponde la promesa de su rescate en 4, 1-3. 9-17. Al llamado a la conversión a Yahvé como necesidad presente en 2, 12-17, corresponden el derramamiento del Espíritu y la salvación en Sión como necesidad escatológica en 3, 1-5.
2. 18, 19b-20 1. 4-20 2. 1-11 2. 12-17 2. 21-27 3. 1-5 4. 1-3, 9-17 De esta forma, el Libro de Joel presenta dos partes principales. Sin embargo, no se las puede separar en autorías distintas, ni tampoco como expresiones de momentos distintos. Una cuestión fundamental es que una calamidad presente evoca el tema del Día de Yahvé, delante del cual la comunidad cultural de Jerusalén se juzgaba protegida por la práctica ritual que desarrollaba. La calamidad actual por sí ya muestra que eso no es verdad, y recuerda las palabras de Amós, Sofonías y otros acerca de aquel día, del cual Jerusalén no escapará a no ser por una real conversión a Yahvé, en la cual no se razgue únicamente las vestiduras sino el corazón (2, 13). Entonces, ¡quién sabe!, Yahvé se volverá y se arrepentirá (2, 14). Sólo a partir de ahí es posible otro futuro, un futuro como el descrito en 2, 19-4, 17. Tal futuro no traerá solamente cosechas abundantes (2, 21-27), sino también el derramamiento del Espíritu de Yahvé en toda carne (3, 1-5), y el juicio de Yahvé sobre todos los pueblos. A partir de estas constataciones, para efectos de análisis veo una estructura del libro, representada en las siguientes cuatro partes con sus respectivas subunidades:
1, 1-20: La catástrofe económica v. 1: Encabezado vv. 2-3: Introducción-Convocación de los enderezados v. 4: Motivación: las terribles langostas vv. 5-14: Invitación a la lamentación (4 subunidades, definidas por enderezados distintos) vv. 5-7: A los borrachos vv. 8-10: A la virgen. vv. 11-12: A los labradores vv. 13-14: A los sacerdotes vv. 15-20: Lamentación
2, 1-17: El Día de Yahvé viene sobre Jerusalén vv. 1-11: Alarma y descripción del enemigo vv. 12-14: Exhortación al arrepentimiento vv. 15-17: Instrucciones cúlticas-penitencia
2, 18-3, 5: Nueva vida para los que invocan a Yahvé 2, 18: Yahvé se compadece 2, 19-3, 5: Promesa de liberación 2, 19-27: Restauración de la tierra 3, 1-5: Derramamiento del Espíritu
4, 1-3. 9-17: Juicio sobre los pueblos vv. 1-3: Anuncio del castigo a los pueblos vv. 9-14: Exhortación a la lucha vv. 15-17: Caos sobre el mundo de los pueblos Yahvé habita Sión 4, 4-8 y 4, 18-21 son considerados agregados. 2. La economía en el Libro de Joel
Para un análisis de la economía reflejada en el Libro de Joel, dos subunidades son especialmente ricas en informaciones: 1, 4-20 y 2, 19-27. La primera describe la catástrofe ocurrida; la segunda promete la restauración de la tierra. Lamento y sueño hablan expresivamente de subsistencia, de comida proveniente de la producción agrícola. Es hacia ahí que dirijo mi atención inicial, complementando el análisis de la economía rural con los datos esparcidos por el resto del libro. El capítulo 1 nos presenta una economía arruinada. La causa parece ser doble: una plaga de langostas devastó los campos (v. 4; cf. 2, 25), seguida de una sequía que arrasó con lo que eventualmente quedara (v. 10, 12, 17, 19, 20). Los versículos 2, 19-27 hablan de la restauración de esta economía devastada, y, en algunos momentos, de esperar una hartura hasta entonces no habida. ¿Cuál es la producción básica en el texto de Joel? Lugar relevante tienen las plantas perennes. Sumadas la designación genérica árboles (del campo), las especies específicas y su producto, encontramos 23 referencias. Son añadidas 8 más si tomamos en cuenta el trabajador, el instrumento de trabajo, el local de procesamiento y los consumidores. Dentro de todas estas referencias, la vid viene en primer lugar. Tres veces es mencionada la planta (1, 7. 12; 2, 22). Otras tres veces como vino, aunque no fermentado (1, 10; 2, 19. 24). Dos veces como mosto (1, 5; 4, 18). Dos veces como vino (1, 5; 4, 3). Son citados aun los viñateros (1, 11), los borrachos (1, 5) por causa del vino, y los lagares (2, 24; 4, 13). A estas 14 referencias podríamos sumar otras tres, en el caso de que se tuviese la certeza de que las libaciones (1, 9. 13; 2, 14) eran hechas con vino. Podrían ser realizadas con aceite de oliva, que es otra planta perenne de la que se debe resaltar su presencia. Tres veces se habla del aceite nuevo, producido en la cosecha del año (1, 10; 2, 19. 24), aparte de indicarse el lagar, lo mismo que para el vino (2, 24), para su procesamiento. En tercer lugar aparece la higuera (1, 7. 12; 2, 22), seguida del granado, de la palmera y del manzano (1, 12). De manera generalizada se citan también los árboles del campo (1, 12. 19; 2, 22), con su fruto (2, 22) y el instrumento de podar (4, 10). Al lado de las plantas perennes se presenta el cereal. Nueve veces es referido de manera directa. Súmense a ellas otras nueve, teniendo en cuenta el trabajador, los instrumentos de trabajo, el local de procesamiento, el almacenaje y los consumidores. El trigo (1, 11; 2, 24) y la cebada (1, 11), son mencionados explícitamente. Debe ser también a ambos que se indica con los términos cereal (1, 10. 17; 2, 19) y simientes (1, 17). Claramente a ellos es la referencia la mies (1, 11; 4, 13). Además de éstas, hay todavía la mención de graneros y silos (1, 17), labradores (1, 11) y las eras (2, 24). Dos instrumentos de trabajo ligados a los cereales también son mencionados: la reja de arado (4, 10) y la hoz (4, 13). No por último, se debe recordar el consumo del cereal, ciertamente presente en las oblaciones u ofrendas de manjares (1, 9. 13; 2, 14). Los términos más genéricos como comida (1, 16; 2, 23), pueden referirse tanto a las plantas perennes cuanto a los cereales. Por ese motivo no los consideramos. Pero no podemos olvidar aquí las referencias a los campos (1, 10-11) y a la adamah (1, 10; 2, 21) como tierra propia para el cultivo de los cereales. Todavía un tercer grupo de referencias necesita ser señalado. Se trata de los animales. Ahí tenemos el término genérico para el ganado, al lado del cual son mencionados específicamente los bueyes y el ganado pequeño, esto es, ovejas y cabras (1, 18). ¿Serán los animales del campo una referencia económica (1, 20; 2, 22)? En todo caso, son igualmente importantes la referencia a la leche (4, 18), al pasto (1, 18) y a los pastos de la estepa (1, 19-20; 2, 22). Toda esta producción campesina está en dependencia del agua, tanto de la lluvia (2, 23), como la de los riachuelos (1, 20; 4, 18) y de las fuentes (4, 18), y de que no ocurran plagas devastadoras como la de langostas (1, 4; 2, 25). A pesar de haber todavía otros detalles económicos en el texto, es importante que nos detengamos un poco en los datos hasta aquí presentados antes de proseguir. En la economía agraria que estamos visualizando, salta a la vista el predominio de la fruticultura sobre los demás sectores. Y eso parece corresponder exactamente a las condiciones agrícolas de Judea a partir del siglo V a. C. Me permito a esta altura una cita bastante amplia de Hans Kippenberg (5), para aclarar la cuestión:
El mapa del Diccionario Bíblico-histórico nos informa que la provincia de Judea, durante la dominación persa, se encontraba casi totalmente en la región montañosa de Judea. Solamente en el nordeste, ella se extendía un poco por la planicie del Jordán. Allí era posible el cultivo del campo también mediante irrigación, mientras que en la región montañosa predominaba el cultivo de la tierra por aguas de lluvia. Este tipo de cultivo de la tierra produce generalmente rentas menores, toda vez que no es posible una irrigación regular. Las laderas escarpadas de las montañas en el este imposibilitaban el aprovechamiento de la tierra. Las condiciones en la dirección de las planicies costeras eran mejores, ya que allí la diferencia de nivel es suave. Aquí, no obstante, la calidad de la tierra es otra. Mientras la tierra roja, rica en hierro, es principalmente adecuada para el plantío de cereales, en la tierra calcárea sólo se desarrollan plantas de raíces profundas como el olivo, la vid y la higuera. Tenemos una palabra del profeta Ageo que brinda un esclarecimiento sobre el cultivo de la tierra en el tiempo de los aqueménidas. Como el templo aún continuaba en ruinas, así lo explicó el profeta en el final del siglo VI: Yahvéh mandó una sequía sobre la tierra y sobre los montes, sobre el trigo, sobre el mosto y sobre el aceite nuevo, sobre todo lo que el suelo produce (Ag. 1, 11). Del mismo modo, trigo, viñas y olivos son citados en el siglo V (Nm. 5, 11 y 13, 15) como las principales plantas útiles en la región montañosa en Judea. Debe todavía ser recordada la crianza de ganado, que en las condiciones de la región montañosa de Judea era muy favorable. A esta altura queremos tratar de dos relatos del tiempo del dominio griego (siglo II a. C.), ya que ellos presentan situaciones diferentes. De un trozo de Eupolemo (siglo II a. C.), citado por Eusebio, se desprende que la Galilea, Samaria, Moab, Amón y Galaad, eran consideradas proveedoras de cereales, en tanto que Judea suministraba aceite y otros productos. La carta de Aristeas, que procede de la misma época, acentúa que los habitantes de las montañas debían ser muy aplicados en la agricultura para poder tener gran beneficio (Aristeas, 107). Los esfuerzos en la agricultura son enormes, y su tierra está densamente plantada de bosques de olivos, de trigo y legumbres. Además de eso hay todavía vino y mucha miel; frutas e higos ellos tienen en abundancia. Allí encontramos también toda especie de animales y pastos para ellos (Aristeas, 112). Partiendo de estos dos textos, J. Jeremias tiene la impresión de que los terrenos calcáreos en la estrecha cercanía de Jerusalén, eran más apropiados para el cultivo de olivos, trigo y viñas. Este juicio me parece ser correcto. Al mismo tiempo se plantea la pregunta de si tal vez en la región montañosa de Judea, entre los siglos V y II, el campo se transformó en bosques de olivos y viñas. Aunque los indicios no sean suficientes, la posibilidad no puede ser descartada. Las plantaciones de olivos podían ser hechas en terrenos que no eran muy ventajosos para el cultivo del trigo. Ellas exigían menos trabajo que el cultivo del campo. Por lo menos es lo que afirman los agrónomos latinos, que calculaban la relación de una persona para cada 6, 25 hectáreas de campo, pero una para cada 7, 5 hectáreas de plantaciones de olivos. Terrenos cuya producción era inferior a la relación de 1:4 (plantío/cosecha), producían más provecho si eran aprovechados como bosques de olivos o como viñedos. Por otra parte, este uso de la tierra exigía riqueza, ya que los olivos sólo dan ganancia 10 años después de plantados. Aparte de eso, el productor de olivos estaba obligado a vender su producto a cambio de alimentos, mientras que el agricultor producía en general, él mismo, su mantenimiento. Si un campo era usado para éste o aquel cultivo, dependía tanto del factor riqueza, como del factor trueque... Tanto el progreso habido en Atica, como en Italia, nos enseñan que el tipo de aprovechamiento de la tierra dependía de otros factores: de la existencia de una aristocracia que dispusiese de dinero, así como de la posibilidad de intercambio de los derivados de la aceituna, y del vino, por trigo. Al menos este segundo factor ya existía en el tiempo de Nehemías. Nehemías (10, 32) supone que los pueblos de la tierra quiere decir los habitantes de Palestina, exceptuando aquellos que volvieron del exilio vendían en Jerusalén, al lado de mercaderías, también trigo, este último tal vez como consecuencia del uso de un tipo de trigo que creciera más de prisa. Quizá se pueda deducir que la producción de trigo de la región montañosa de Judea no fuese suficiente para la alimentación de la población. Si esta suposición fuese verdadera, entonces la población judaica estaría obligada a producir productos agrícolas o manufacturados de los que regiones productoras de excedentes de trigo tuviesen necesidad, y usándolos como mercadería de trueque trajesen más trigo del que la tierra jamás podría producir. Tales productos serían derivados de la aceituna, y vino. Las afirmaciones de Eupolemo y de Aristeas podrían ser interpretadas así. Podrían servir como prueba de la evolución económica de la región montañosa de Judea. Sin embargo, estos indicios son muy débiles para confirmar esta hipótesis (6).
La hipótesis de Kippenberg, aparte de poder encontrar apoyo en el análisis de la economía agraria detectada en Joel, podría arrojar aún otras luces sobre el texto. Por un lado, nos ayudaría a entender la mención de labradores y viñaderos (1, 11). Es interesante que en las únicas otras dos veces en que el 'ikar y el korem son mencionados juntos (II Cr. 26, 10; Is. 61, 5), representan a trabajadores rurales sin tierra (cf. también Am. 5, 16). Están, pues, en una relación de dependencia. Y su terrible lamento, expresado en Jl. 1, 11, sería perfectamente comprensible: las langostas y la sequía acabarán con cualquier perspectiva de cosecha. Para el trabajador asalariado el hambre ha de ser más clamorosa, frente a la perspectiva del desempleo. ¡El labrador se cubre de vergüenza; el viñador grita desesperado! Es el fin de la degradación del trabajador. Bien diferente ha de ser el lloro del borracho (1, 5) y de los sacerdotes (1, 13), que ya no cuentan con el fruto del trabajo ajeno. Esta oposición de consumidores y productores asalariados correspondería igualmente a la transformación ocurrida en la agricultura. El incremento de la fruticultura por parte de una población mejor situada, y resultante de una economía mercantil necesaria en la búsqueda del cereal, ciertamente habrá llevado al empobrecimiento creciente de los sectores marginados. Por otro lado, la hipótesis nos llevaría a preguntar por la corrección de entender Jl. 4, 4-8 como añadido. ¡Así como otrora se vendían niños por meretrices y niñas por vino (4, 3), se podría partir para la comercialización de empobrecidos en el creciente mundo esclavista del Mediterráneo (4, 6)! Ya en tiempos anteriores, ocurrió una situación semejante (cf. Ne. 5, 1-5). No obstante, a pesar de lo tentadoras, tales ideas todavía tendrán que permanecer cautelosamente como hipótesis. Ahora bien, si ya por la mención de labradores y viñadores tenemos que suponer una sociedad dividida en clases, el mundo agrario expresado en Joel no puede ser visto más como una sociedad tribal. Pero no es éste el único argumento para ello. La sociedad judaica de los tiempos de Joel cuenta ya con el templo. Explícitamente él es mencionado en 1, 9. 14; 2, 17; 4, 18 (cf. también 1, 13=casa de vuestro Dios). Aparte de ello, tenemos la mención a los sacerdotes en 1, 9. 13; 2, 17. Y es en relación a este templo y a estos sacerdotes que parece dirigirse la crítica irónica de Joel. Tres veces (1, 9. 13; 2, 14) el texto enfatiza que la ofrenda de manjares y la libación han sido cortadas al templo. En la tercera ocasión parece resaltar la ironía, al proponer que tal vez Yahvé se arrepienta y deje que ocurra una oblación, y una libación. Parece ser claro que la ofrenda de manjares u oblación, es una ofrenda vegetal (7). Igualmente la libación, aunque también pueda ser hecha con agua, ciertamente habrá sido realizada con vino o aceite (cf. por ejemplo, Ex. 29, 40). En este caso, pese a que en el texto de Joel puedan representar una parte del todo de los rituales sacrificiales, no deja de ser significativo que ambas formas sean totalmente dependientes de los productos consumidos por las langostas y arrasados por la sequía. No hay productos de los campos para esta práctica sacrificial. Las langostas y la sequía no liquidarán únicamente la economía agrícola. ¡Minarán también, si no destruirán, la economía del templo! La sociedad agraria de los tiempos de Joel es, pues, una sociedad tributaria del templo. Eso corresponde exactamente a las determinaciones de las reformas administrativa y cúltica de Esdras y Nehemías, que encontramos claramente expresadas en Ne. 10, 28-39 (cf. especialmente vv. 32 2, 35-37, 39). No se puede dejar de notar, en este contexto, que a partir del viraje radical del Libro de Joel en 2, 18, sacerdotes, sacrificios y templo desaparecen de nuestra vista. Hay, sí, todavía una referencia al templo en 4, 18. No obstante, allí él apenas aparece como el local de donde emana una fuente de agua para regar el valle de las Acacias. ¿Una ironía más? En lugar de sacerdotes, sacrificios y templo, Joel anuncia un pueblo de profetas en el cual se incluyen esclavos y esclavas (3, 1-5). ¿Estaría proponiendo Joel el fin de una teocracia tributarista? Además de la economía agraria y el templo, Joel conoce la ciudad. Su referencia más clara es visible en 2, 7-9. Ella tiene muros. Tiene, por consiguiente, status político. Ciertamente, todavía es un centro administrativo subordinado al imperio persa. No obstante, el libro guarda silencio acerca de su función. Es como si no interfiriese en la economía. Pero es en ella que se concentra el ataque devastador del enemigo, que vendrá en el Día de Yahvé (2, 1-11). ¿Permanecerá ella a salvo? La segunda parte del libro presenta con mucha fuerza el cuadro de la economía agraria devastada. Habla también de que el enemigo que viene del norte será alejado y aniquilado (2, 20). Sin embargo, así como no habla más de sacerdotes, sacrificios y templo, tampoco habla más de muros y de ciudad. Sí es evidente que se menciona a Sión (2, 23; 3, 5; 4, 16. 17. 21) y a Jerusalén (3, 5; 4, 1. 6. 16-17. 20). Sólo que allí habita Yahvé con su pueblo, un pueblo de profetas, libre para siempre de todos los pueblos que lo subyugarán (4, 1-4). No veo motivo para no incluir ahí a los persas. A partir de Sión y de Jerusalén, Yahvé es refugio y fortaleza de su pueblo (4, 17). ¿Es la misma ciudad? ¿Aún tiene muros? ¿O es una Jerusalén como la preconizada otrora por Sofonías (Sf. 3, 11-13)?
3. Concluyendo El análisis del Libro de Joel nos permitió verificar con claridad que, alrededor del 400 a . C., Judea presenta una economía basada en la agricultura y en lo pecuario. Se destacaba ahí el énfasis en la fruticultura, especialmente en la producción de vino y aceite. Es posible que el incremento de estos productos se haya dado a partir del siglo V, en función de la necesidad de poder comercializarlos en trueque por cereales de poca productividad en la región. En una economía de este tipo, no es difícil imaginar la existencia de ricos y pobres. La situación de calamidad motivadora del libro, nos permitió igualmente verificar la interferencia del templo y de su cuerpo de funcionarios en la economía agraria. El templo se sustenta de los productos del campo. Estamos, pues, en condiciones de afirmar, tan sólo a partir de estos elementos, que nos confrontamos con una sociedad tributaria. Sería enriquecedor poder determinar la influencia de la tributación persa en la zona en esta época. Ciertamente tendríamos entonces claramente la visión de una sociedad doblemente tributaria. Permanece asimismo abierta la pregunta por el papel del templo y de la ciudad, en tanto centro administrativo, en la recaudación de impuestos para el gobierno imperial. En todo caso, la historia anterior nos permite algunas consideraciones más. Tanto Esdras como Nehemías emprenderán sus reformas en Judá de común acuerdo con las autoridades persas. Desde el punto de vista de las reformas administrativas emprendidas por Nehemías, hay que considerar que una Jerusalén fortificada y repoblada realzaba la administración y el comercio imperiales (8). A pesar de algunas medidas saneadoras de graves problemas sociales (Ne. 5), Nehemías fortaleció el control administrativo e ideológico ejercidos por la ciudad y el templo sobre la población (Ne. 10). La actuación de Esdras consagró la propuesta. Al introducir el Libro de la Ley como base para el derecho civil y religioso con el beneplácito del imperio, hizo de la ley de Dios la ley del rey, y de la ley del rey la ley de Dios (cf. Ed. 7, 26). Esa combinación entre política persa y autoridad religiosa judaica, habría de garantizar por mucho tiempo una situación de estabilidad en la región. La ideología del templo y de la ley garantizaban tanto la teocracia judaica como el poderío persa. La fe, aparentemente imperturbable, en el templo y en la ciudad santa, se estremece en tiempos de Joel al ocurrir una calamidad. Las langostas y la sequía ofrecen la oportunidad de desenmascarar al templo y a su personal. Ahora es posible percibir la ideología sustentadora del sistema. Es tentadora la idea de proponer más que eso a partir de algunos otros elementos contenidos en el texto. La perspectiva de que el templo no es inalterable parece permitir una nueva esperanza. Con el templo puede caer la ciudad, y con ambos, el propio imperio. Importante es que después de caídos, no se volvieran a levantar más. Y eso únicamente es posible sin sacerdotes que intermedien la palabra y la acción de Yahvé. Para ello es preciso que haya una noción del profetismo, de la cual hasta los esclavos participen. Cuando los labradores y los viñadores profeticen, entonces no habrá más imperios, ni templos, ni especialistas de la religión, ni explotación de una clase sobre otra. Pero todo eso es un sueño apocalíptico, y quien sueña de esa forma sólo puede parecer borracho (Hch. 2, 13. 15).
1. Me baso aquí principalmente en las conclusiones de Hans Walter Wolff, Biblischer Kommentar Altes Testament XIV, 5, Dodekapropheton-Joel. Neukirchen-Vluyin, 1968. 2. Cf., además de Wolff, Sellin-Fohrer, Introdução ao Antigo Testamento, v. 2. Edições Paulinas, São Paulo, 1978, pág. 645. 3. Wolff, op. cit., págs. 5ss. 4. En diálogo con Severino Croatto, me llamó la atención una propuesta de interpretación distinta. El tema decisivo para Joel no serían las langostas, sino los invasores. Todo el bloque del capítulo 1 hasta 2, 11 estaría centrado en la estructura política. El capítulo 1 sería la descripción de los invasores, conocidos de la historia de Israel pasada, comparados ahí con la acción devastadora de las langostas. El capítulo 2 pasaría a hablar de Yahvé como un Dios guerrero, que comenzaría ahora a contratacar. La referencia al Día de Yahvé en 2, 1-11 estaría, entonces, en relación directa con el juicio sobre las naciones en el capítulo 4. El tema de 2, 1-11 sería, así, la descripción del ejército de Yahvé, cuya acción se dirige contra las naciones. En este caso, no obstante, sería necesario considerar 2, 12-17 como un agregado. Sin embargo, además de retomar la invitación a la lamentación en clara correspondencia con 1, 5-14, el llamado a la conversión contenido en 2, 12-17 tiene igualmente una clara relación con el derramamiento del Espíritu en 3, 1-5, los que me parecen motivos suficientes para considerar 2, 12-17 como parte integrante del Libro de Joel. Ahora bien, en este caso todo su contenido solamente tiene razón de ser si 2, 1-11 se refiere a una calamidad que está por venir sobre el pueblo. Este pasaje tiene como tema, sí, el Día de Yahvé, pero, al igual que en Am. 5, 18-19 y Sf. 1, 7-18, este día se abate sobre el propio pueblo de Dios. 5. Kippenberg, H., Religião e formação de classes na Antiga Judéia. Edições Paulinas, São Paulo, 1988. 6. Ibid., págs. 42-45. 7. Cf. Rendtorff, R. Studien zur Geschichte des Opfers im Alten Israel. Wissenschaftliche Monographien zum Alten und Neuen Testament, v. 24. Neukirchen-Vluyin, 1967, págs. 197s. 8. Gottwald, N. K., Introdução Socioliterária à Bíblia Hebraica. Edições Paulinas, São Paulo, 1988. |
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