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«MIS HIJOS Y YO CAMINAREMOS EN LA ALIANZA DE NUESTROS PADRES» (1 Mc 2,20)Confrontación entre el Campesinado Judío y el HelenismoSandro Gallazzi
Resumen Este trabajo analiza lo que significó el helenismo y los cambios sociales que provocó este fenómeno. Se estudian las formas de convivencia y de convivencia en la diáspora judía y del Templo de Jerusalén en relación al mundo helenista. Se busca profundizar sobre la resistencia de los campesinos de Judea, las mayores víctimas de la implantación forzada del proyecto helenizante en Jerusalén, que la llevó directamente dentro del mercado griego. La «casa» es el lugar de la resistencia, generadora del proyecto y de la mística que animaban la lucha popular. Esta lectura a partir de los oprimidos nos ayuda a tomar una postura profética frente a los 500 años de historia latinoamericana, marcada por la gran resistencia india, negra y popular a la dominación europea.
Introducción Es siempre útil usar los textos bíblicos para iluminar nuestro presente y, a partir de nuestro presente, procurar iluminar y dar sentido a los textos bíblicos. La Sagrada Escritura nos ayudará, de este modo, conocer la «palabra de Dios» que es hablada «hoy», aquí y ahora, en nuestra, por nuestra y para nuestra Afroamerindia. El estudio de los textos sagrados nos deberá ayudar a realizar la tarea profética, junto a nuestras comunidades, de continuar anunciando la palabra, en la búsqueda sincera de descubrir «quién es nuestro Dios», «dónde está» y «qué quiere». Por esto quiero dar mi contribución en este momento importantísimo en el que vivimos la explotación, la opresión, y la dominación que nuestra América va experimentando desde que, hace 500 años, los europeos comenzaron a considerarse los señores absolutos de nuestras tierras, de nuestros productos, y de nuestras vidas. ¡E hicieron esto en nombre de Dios y de su Evangelio! Hoy se busca encubrir y hasta olvidar esta verdad hablando de los «valores» que esta «evangelización» dejó plantados en el corazón latinoamericano; valores como fraternidad, capacidad de compartir, hospitalidad que son propios del mundo indígena y del mundo africano y que nuestro pueblo consiguió conservar, a pesar de la «evangelización» del hombre blanco. Lo que esta evangelización buscó implantar, por largos siglos, fue la pasividad, el conformismo, la aceptación acrítica de toda dominación, el mesianismo barato y la alienación mágica. ¡Sean hechas y alabadas las debidas excepciones! Y hoy quieren llamar esto «encuentro de culturas». No fue encuentro, fue choque, fue conflicto en el cual una cultura buscó siempre dominar y destruir a la otra. Pero no consiguió acabar con ella porque la capacidad de resistencia de nuestros pueblos fue mayor que la fuerza destructora de los colonizadores. En este trabajo quiero volver atrás en el tiempo, más de dos mil años, para reflexionar sobre otro «choque cultural»: cuando el helenismo quiso imponerse como la única manera de vivir y de pensar. A pesar de su aparente victoria, no supo silenciar definitivamente la resistencia de los campesinos judíos.
El Helenismo No es tarea fácil, en un trabajo como éste, describir exhaustivamente un fenómeno tan complejo y multiforme como fue el «helenismo». Voy a limitar esta presentación a algunas características que considero más significativas. El término helenismo deriva de «hélade» (= Grecia) e indica toda una manera de vivir, de construir relaciones sociales, de hacer cultura, de organizar la sociedad que comenzó a ser «exportada» por los griegos a partir del siglo V antes de Cristo y que se impuso, con fuerza cada vez mayor, después de la derrota del imperio Persa por parte de los ejércitos griegos de Alejandro el Grande, en el 331 a .C.
1. La «Polis » Tal vez sea ésta la característica política más importante del helenismo. El mundo griego no se constituyó a partir de un gran reino, sino a partir de una articulación de «ciudades libres». Cada ciudad (polis) tenía su organización autónoma a nivel político y económico. Las eventuales disputas entre ciudades eran provocadas por la búsqueda de hegemonía comercial. Cada ciudad era diferente de otra: en una, había un consejo popular, en otra, dominaba un tirano; en una, la aristocracia estaba en el poder, en la otra, había un rey; pero cada una defendía celosamente su autonomía. Palabras de uso común como política y democracia tienen su raíz en esta forma de organizar la sociedad. La ciudad, y en la ciudad, los hombres libres, son los elementos centrales de la política helenista. El campo, los campesinos, la mujer, el esclavo, son los elementos periféricos: los que no deciden, los que no cuentan, los que no valen nada, ni siquiera merecen ser considerados. El surgimiento del imperio griego, sobre las cenizas del imperio persa, se debe esencialmente a una lucha iniciada por los griegos con el objetivo de defender la autonomía política, y sobre todo comercial, de sus colonias en Asia Menor, amenazadas por los persas. La fuerte democracia en las ciudades no consiguió producir un «estado» fuerte y fue sustituida por el sistema monárquico-imperial, más apto para un control «universal» del mercado. A partir de entonces «ciudad» e «imperio» van a convivir en el mundo helénico, pero el palacio del emperador estará al servicio de la ciudad y no al contrario, sobre todo en Grecia, en las zonas en las riberas del Mediterráneo y en las grandes rutas comerciales donde las ciudades griegas se fueron multiplicando. El rey cobrará el tributo, el peaje, la tasa sobre la sal, el per cápita' (1 Mc. 10,29-45)... pero eso en las regiones y ciudades que no habían alcanzado el estatuto de ciudad libre. Las ciudades libres continuaron gozando de la autonomía. 2. El Emporio Si la ciudad libre fue el eje de la organización política del helenismo, el eje de su organización económica fue el «mercado libre». El comercio ya no era controlado por el palacio, como en las épocas precedentes, sino era «libre» y controlado por las ciudades. Cada ciudad griega era un mercado, era un emporio, donde todo era posible comprar y vender. Apoc. 18,12s. nos da un testimonio de lo que podía ser este mercado: Cargamentos de oro y de plata, piedras preciosas y perlas, lino y púrpura, seda y escarlata, todo tipo de madera perfumada, de objetos de marfil, de madera preciosa, de cobre, de fierro, de mármol, canela y especies aromáticas, perfumes, mirra e incienso, vino y aceite, flor de harina y trigo, bueyes y ovejas, caballos y carros, esclavos y vidas humanas... La riqueza del mundo griego, provenía no del producto en sí, sino de su valor comercial, de su capacidad de cambiar mercadería, de su facilidad de ser comprado o vendido. La circulación de la riqueza, más que la acumulación de la misma en los tesoros palaciegos, era el factor generador de más y más riqueza, a su vez siempre recolocada en circulación. El palacio, con su estructura imperial, tenía la función de mantener libre el flujo autónomo de las mercancías en las carreteras, garantizar más y más «mercados», luchar contra las diferentes formas de «piratería» que podían perjudicar la libre comercialización del producto. El Estado no controlaba el mercado, sino que estaba al servicio del mercado libre de las «ciudades».
3. Las «Colonias» Es bastante evidente que el pequeño territorio griego era incapaz de producir en cantidad suficiente para abastecer un mercado, que estaba siendo cada vez mayor. Como también es evidente que el emporio griego no podía limitarse a comercializar únicamente productos griegos. De allí un fenómeno interesante: casi todas las ciudades griegas se reproducirán como «colonias» fuera de Grecia. Estas colonias tenían la función de ampliar el volumen de los productos a ser enviados a la matriz y también servían de avanzada para la apertura de nuevos mercados y la integración de enteras regiones al mercado helenista. Escuchemos algunos testimonios de Herodoto, historiador griego: * Tera... se preparaba para partir de Esparta para fundar una colonia (Cirene) (IV, 147). * Fundaron en su territorio las siguientes ciudades: Lepreo, Macistos, Frissa, Pirgeos, Epios, Núdios... (IV, 148). * Picia (adivina) le respondió de fundar una ciudad en Libia... (IV, 150). Dentro del Estado, o de los estados oficialmente constituidos, existía así una organización, una red autónoma de ciudades y colonias, casi una institución paralela, generalmente más poderosa y ciertamente más rica que el propio Estado. En el mundo helenista los comerciantes de las ciudades y de las colonias, tenían un poder mayor que el de los propios reyes.
4. La Conquista de los «Mares» Esta manera de organizar la sociedad llevó al mundo helenista a priorizar el control de los «mares». En las tierras el poder estatal podía llegar a imponerse, o cuanto menos atrapar, de alguna forma, la «libre iniciativa» de los comerciantes griegos: peaje, tributo, concesiones... todo eso era controlado por el rey. En los mares, por el contrario, el comercio se podía desarrollar con libertad y autonomía, perjudicado solamente por los eventuales «piratas» que asaltaban los barcos de carga griegos, o por la injerencia de los fiscales de algún puerto, si el mismo no era una ciudad libre. Es necesario entonces, tomar en cuenta el crecimiento progresivo del «mercado libre»: vendedores y compradores aumentan en número, en poder, en espacio alcanzado, geográfica y económicamente. Esto provoca más de un problema. Veamos.
5 . El «Latifundio Esclavista» Para atender las exigencias de un mercado que está aumentando, es necesario aumentar el producto de manera significativa. El antiguo modo de producción «tributarista» que tenía en su centro económico el palacio del rey, o el templo de algún dios, quedó obsoleto e incapaz de producir lo suficiente para el mercado, o de garantizar la libertad de la economía. El helenismo empuja hacia un nuevo modo de producción más sofisticado, más perfeccionado, más capaz de abastecer el mercado que crecía. Se trata del «latifundio esclavista». El trabajador de la tierra no es más el dueño de la misma, ni de ella saca su sustento. Trabaja en la tierra en la que es comprado como esclavo y que, por eso, no decide ni cuánto, ni qué plantar. No tiene una mayor relación con el producto, que pasa a ser exclusivamente del amo; el amo tiene el único deber de alimentar su esclavo para que continúe en condiciones de producir. La esclavitud significa que el trabajador no es más que un instrumento de trabajo, como el arado, la hoz, azadón. Como cualquier herramienta, puede ser vendido o comprado, puede ser jugado fuera. Y esto sucede en el latifundio, donde varios esclavos, dirigidos por capataces y administradores, producen de manera más eficiente, no lo que ellos necesitan para alimentarse a sí mismos y sus familias, sino lo que el mercado decide comprar, o vender. Para los campesinos, el helenismo es sinónimo de esclavitud y de apropiación indebida de sus tierras y su trabajo.
6. El «Materialismo» Filosófico Para quien conoce un poco de mitología griega llena de dioses y semidioses, lo que vamos a decir ahora puede sonar algo extraño. Es necesario, por lo tanto, afirmar que el helenismo tiene como elemento básico una filosofía «materialista». Es oportuno explicar en qué sentido estamos haciendo tal afirmación. El Olimpo griego, lleno de dioses, continúa existiendo. Los dioses continúan siendo los «patronos» de las ciudades, naciones y profesiones. La «religiosidad popular» continúa explicando la historia como fruto de sus relaciones, de las disputas y de los amores de los dioses entre sí y con la humanidad. Los clásicos griegos, el teatro griego, manipulan los dioses como quieren, dándoles proyección humana: ellos aman, odian, se casan, se celan, adulteran, asesinan... Dioses que son como los hombres, hombres que se transforman en dioses, o semidioses... Si nos está permitido, podríamos decir que ésta continúa siendo la «religión de Estado». El mercado internacional es libre, por eso, produce también su «fe».
Los grandes filósofos de los siglos V y VI a.C., Sócrates, Platón, y sobre todo Aristóteles (éste fue el educador de Alejandro el Grande), teorizarán, poco apoco, con una filosofía más moderna, más «internacional», en la cual dios (uno sólo) quedará cada vez más aislado en el «cielo». Él será el punto de partida y el punto de llegada de toda la creación, pero no tendrá nada que ver con el desarrollo de la historia. El nunca más interferirá en la historia, pues, si así fuera, mostraría estar, de alguna forma, necesitando de los hombres, limitando de esa manera su «infinitud, eternidad, etc». Es en este sentido que estamos hablando de filosofía materialista. Para explicar los conflictos dentro de la historia, el pensamiento griego no necesita más de dios. El hombre y su natural «dualismo» basta para eso. El «conflicto» está dentro del hombre. Los elementos constitutivos del hombre, el «alma» y el «cuerpo», están en conflicto y este conflicto explica todos los demás. Como en el hombre, este mismo dualismo existe en la sociedad entre «sabios» e «ignorantes», en la casa, entre «hombre» y «mujer», en la naturaleza, entre «humanos» y «animales» y así siguiendo. Y si, en el hombre, el orden natural de las cosas sólo es respetado cuando el alma «espiritual» gobierna el cuerpo «material», también en la sociedad, en la casa, en la naturaleza, las cosas funcionan solamente si el sabio gobierna al ignorante, si el hombre gobierna a la mujer, si los humanos gobiernan a los animales. Lo contrario sería depravación, aberración, sería ir en contra de la inmutable y definitiva «ley de la naturaleza». Si el cuerpo como el instinto y las pasiones dominan la inteligencia y la voluntad del alma, tendremos los abusos, las violencias, el desorden moral. De la misma manera, si los trabajadores se sublevaran contra los patrones, las mujeres contra los hombres, etc. Es importante atinar para esta novedad: la filosofía griega. Para el helenismo la presencia del esclavo, del explotado, del súbdito dominado, lejos de ser un error o un abuso, es «normal», es «natural», hace parte del orden natural de las cosas. Desde siempre y para siempre. Aristóteles enseñaba: los esclavos deben ser esclavos, porque no son hombres. Es bueno para el esclavo ser esclavo, porque, sin gobernante, no se sabe gobernar. Su única virtud es no faltar al trabajo. El Estado sólo debe servir a los hombres libres: la rebelión contra el gobierno constituye la peor cosa. No importa si el gobierno es bueno, o malo. No cabe duda que esta filosofía es la que mejor sirve para legitimar y garantizar el nuevo orden de la polis, del mercado internacional y del latifundio esclavista.
La Alianza entre Judaísmo y Helenismo El fenómeno del helenismo es prácticamente contemporáneo al fenómeno de la diáspora (dispersión) de los judíos. Por lo menos, desde el punto de vista cronológico, los dos se difundieron y crecieron en la misma época. No tenemos mayores noticias de los conflictos entre estos dos mundos que, probablemente, deben haber convivido pacíficamente, a pesar de algún limitado conflicto, siempre provocado por la extrañeza de las costumbres judías y nunca asumido por los poderes constituidos del Estado, o de las ciudades (en la época romana los conflictos tienden a aumentar, pero por motivos que no corresponde analizar aquí). Desde la época persa el mundo judío de la diáspora se acostumbró a vivir de acuerdo y en armonía con el «imperio». La carta de Artajerjes, recordada en el cap. 7 del libro de Esdras, es un contundente testimonio de esta actitud política. La ley de Dios y la ley del rey no son incompatibles, por el contrario, llegan hasta a confundirse una con la otra (Esd. 7,26). Esta actitud de dependencia y de colaboración no cambió cuando los griegos conquistaron el trono imperial. Flavio Josefo recuerda que Alejandro fue recibido con todos los honores, en Jerusalén, por el sumo sacerdote Jadus (AJ 11, 317-339). Hay más: los judíos de la diáspora tenían como una de las mayores fuentes de subsistencia, el comercio. El helenismo, con su base comercial, sirvió para el enriquecimiento de muchos judíos y de muchas comunidades judías en las ciudades situadas a lo largo de las rutas comerciales. Alejandría, Antioquía, Tarso, Corinto, Efeso, Tesalónica,... son lugares donde el helenismo y el judaísmo siempre anduvieron juntos. En Alejandría de Egipto los libros sagrados de los judíos serán traducidos al griego, el idioma de la «oikumene» helenista. La mayoría de los libros deuterocanónicos y de los apócrifos fueron escritos directamente en griego. La relación entre los judíos de la diáspora y el mundo helenista andaba tan bien que no tenemos ninguna noticia de que hayan sufrido algún problema durante la guerra de los Macabeos. Mientras en Judea sucedían duros combates, ninguna solidaridad provino del mundo de la diáspora a los combatientes macabeos, y ningún conflicto nacionalista explotó en las ciudades donde griegos y judíos convivían tranquilamente. El segundo libro de los Macabeos será escrito justamente para estimular también a los judíos de Alejandría a celebrar la fiesta de la Dedicación, memoria de la lucha macabea y que probablemente interesaba poco a los correligionarios de Egipto. A punto ya de celebrar la purificación, os escribimos: Bien haréis también en celebrar estos días. El Dios que salvó a todo su pueblo y que a todos otorgó la heredad, el reino, el sacerdocio y la santidad, como había prometido por la Ley, el mismo Dios, como esperamos, se apiadará pronto de nosotros y nos reunirá de todas partes bajo el cielo en el Lugar Santo; pues nos ha sacado de grandes males y ha purificado el Lugar (2 Mc. 2,16-18). Es evidente que el sueño de una gran reunión de todos los judíos en Jerusalén, que aparece en estas líneas, no pasa de ser una utopía anacrónica y nunca realizada. Esta «amistad» entre judíos y griegos va más allá de una buena relación de convivencia. En muchos casos se trata de una verdadera «alianza».
1. Al servicio del Imperio En varias oportunidades los judíos se colocaron claramente al servicio del imperio griego. Su conocida fidelidad es recordada oficialmente por el rey Antíoco III: «Estoy convencido de que los judíos serán buenos guardianes de nuestros intereses, a causa de su piedad hacia Dios, y sé que mis antepasados conocieron su fidelidad y su obediencia irrestricta a las órdenes recibidas... a ellos les prometemos que podrán vivir de acuerdo con sus propias leyes» (Aj 12,147-153). Los propios textos de los Macabeos nos recuerdan esta actitud: (Judas) les enumeró... la batalla contra los Gálatas en Babilonia, cuando entraron en acción todos los ocho mil judíos junto a los cuatro mil macedonios, y cuando los macedonios se encontraban en apuros, los ocho mil derrotaron a los ciento veinte mil... (2 Mc. 8,20). Jonatán le envió a Antioquía tres mil guerreros valientes, y cuando llegaron, el rey experimentó gran satisfacción con su venida. Se amotinaron en el centro de la ciudad los ciudadanos, al pie de ciento veinte mil, y querían matar al rey. ... El rey llamó entonces en su auxilio a los judíos, que se juntaron todos en torno a él y luego se diseminaron por la ciudad. Aquel día llegaron a matar hasta a cien mil... y salvaron al rey... Los judíos alcanzaron gran gloria ante el rey y ante todos los de su reino (1 Mc. 11,44-51). Simón le envió dos mil hombres escogidos para ayudarle en la lucha, además de plata, oro y abundante material (1 Mc. 15,26). Los «jefes» de Jerusalén (los mismos jefes guerrilleros, cuando llegaron al poder) nunca dudaron de ponerse al lado del rey. Salieron del Lugar Santo sacerdotes y ancianos del pueblo para saludarle amistosamente (a Nicanor) y mostrarle el holocausto que se ofrecía por el rey (1 Mc. 7,33).
2. La «cabeza» de los griegos No se trata solamente de estar al servicio del imperio. Puede ser que la correlación de fuerzas desfavorable a los judíos hasta justifique esta actitud. Es verdad que hay páginas en algunos textos, que muestran cuánto el pensamiento griego consiguió penetrar el mundo judío. No es solamente un fenómeno lingüístico, o la asimilación de conceptos y modos de decir, explicables, naturalmente, por las relaciones descritas. Se trata de una verdadera asimilación de una manera de pensar, no sólo extraña, sino totalmente en contradicción con el modo de pensar judío. Sirve para este efecto el ejemplo de la legitimación de la superioridad del trabajo «intelectual», sobre el trabajo «manual», explicada en Eclo. 38,24-39,11. Para el redactor de estas páginas es lo más normal afirmar que: La sabiduría se adquiere en las horas de esparcimiento aquél que está poco ocupado se hace sabio. El agricultor, el carpintero, el herrero, alfarero, los trabajadores no pueden adquirir sabiduría. Su trabajo es importante y hasta necesario, pero: No pueden ser consejeros, ni sentarse en la asamblea o en el tribunal para discutir la justa sentencia. No exponen su doctrina, y su decisión y no entienden de proverbios. Ésta es la cosa más normal, porque su «preocupación» es el arado, los bueyes, el establo; su «esfuerzo» es terminar su tarea material. ¿Cómo podrían ellos transformarse en sabios? Por el contrario, quien puede dejar de trabajar, puede también dedicarse al conocimiento, al estudio, a la investigación y obtener así sabiduría. La sabiduría presta su servicio a los grandes y se presenta delante de los jefes. Su relación con los poderosos es lógica y su contacto directo con Dios es garantizado: Dios les dará inteligencia, Dios les hará hablar palabras sabias, Dios guiará sus consejos prudentes, Dios les comunicará su doctrina y enseñanza. Además de «rico», él será «sabio» y «guiado por Dios». Dios y el trabajador no tienen nada en común, en esta perspectiva legitimadora de las clases. Una tendrá el poder, una gobernará, y la otra tendrá que callar. Síntoma de esta «cabeza de griego» que entró en el mundo judío es también todo lo que se dice de la mujer en el libro del Eclesiástico (ver, por ejemplo, Eclo. 25,13-26,18; 42,9-14). No se trata solamente de un «machismo» que lo encontramos presente en muchas páginas bíblicas. Se trata de la teorización de las relaciones internas a una casa que es considerada exclusivamente como «casa del hombre». El hombre es la referencia final para juzgar la bondad de la mujer, sea el marido, padre o hijo. Mujer recatada, laboriosa, no celosa y sobre todo callada es la mejor cosa que el hombre pueda encontrar. Y si es bonita, mejor todavía. Al contrario, mujer celosa, mujer habladora esto es la peor desgracia, hasta peor que una sublevación del pueblo (intolerable para los griegos). Si no obedece al dedo y a mirar, es mejor separarse de ella. Esta posición de dependencia y de total sumisión, va siendo legitimada a partir de la certeza que el hombre, por malo que sea, será siempre mejor que la mejor de las mujeres. La afirmación griega asume connotaciones bien judías cuando se llega a teorizar que: Por culpa de la mujer entró el pecado al mundo, por causa suya todos morimos (Eclo. 25,24). La pirámide está así trazada en el interior de la casa, donde se intenta reproducir el conjunto de las relaciones sociales, aceptando, a partir de nuestro hogar, toda la dominación que está afuera. Son relaciones sociales en las cuales está claro que el gobernante controla su pueblo con su «elocuencia», porque es Dios el que confiere su majestad al soberano (Eclo. 10,1-5). Son relaciones sociales en las cuales los ricos y pobres no pueden ni deben mezclarse, y sabio es cautivar la simpatía del rico, sabiendo que el pobre, sólo por el hecho de serlo, será despreciado, rechazado, desconocido (Eclo 13). Son relaciones sociales en las cuales el pueblo debe apresurarse a postrarse con el rostro en tierra, mientras el sumo sacerdote, triunfante y poderoso, circundado por los demás sacerdotes, se empina hierático y majestuoso (Eclo 50,1-21). Es la propia mentalidad griega que invadió la clase dominante judía. Por eso el segundo libro de los Macabeos, que narra los acontecimientos a partir de la ciudad y del templo, afirma en su comienzo que el problema que causó la guerra no fueron los abusos y las opresiones de los griegos. Por el contrario, todo lo que tenía relación con los griegos, todo estaba marchando muy bien. Mientras la ciudad santa era habitada en completa paz y las leyes se observaban a la perfección, gracias a la piedad y al aborrecimiento del mal del sumo sacerdote Onías, sucedía que hasta los reyes veneraban el Lugar Santo y honraban el Templo con magníficos presentes, hasta el punto de que Seleuco, rey de Asia, proveía con sus propias rentas todos los gastos necesarios para el servicio de los sacrificios... (2 Mc. 3,1-3). Es una situación ideal, de gran amistad, que solamente será quebrada por la disputa interna a causa del control de los mercados de la ciudad. Totalmente diferente será la relectura histórica hecha por los campesinos judíos que en 1 Mc. denunciaron que a partir de Alejandro, a partir del inicio oficial de la dominación griega, se «multiplicaron los males sobre la tierra» (1 Mc. 1,9). En seguida veremos el por qué. El conflicto entre el Helenismo y el Pueblo de la Tierra Si el judaísmo oficial convivió tranquilamente con el helenismo dominante, lo mismo no se puede decir de los campesinos de Judea. La montañas de Judea nunca interesaron mucho al mundo griego. Lo que allí se producía era insignificante para su mercado. Los griegos ya habían construido sus ciudades y colonias a lo largo de la costa mediterránea, en Galilea y en la decápolis, la antigua Basá (existían más de 30 ciudades griegas en estas áreas). La Judea siempre interesó más a los Tobiades transjordanos, del desierto (Ne. 13,4-9). Ellos estaban ligados a la clase sacerdotal dominante y, por largo tiempo, se encargaban de pagar el tributo que Judea debía al Estado griego y de este modo mantenían, de cierta forma, bajo su control. Lejos de participar en el mercado griego, Judea estaba más relacionada al mercado árabe, más tradicional y anticuado. Hasta que este «equilibrio» se sostuvo en los campesinos, lo mismo que oprimido, se mantuvo tranquilo.
Los «antioquenos de Jerusalén» Esta situación cambió cuando la aristocracia sacerdotal de Jerusalén comenzó una dura disputa interna por el control del mercado urbano (2 Mc. 3,4). A partir de allí hubo una ruptura entre el grupo «helenizante», que quería llevar a Jerusalén dentro del mercado griego, y el grupo más conservador que quería continuar manteniendo el control del mercado en la forma antigua, ligado al templo. La disputa entre estos dos grupos está muy bien narrada en el cap. 4 de 2 Mc. Lo que nos interesa en este momento, no es tanto la transformación que sufriría la ciudad de Jerusalén con la victoria del grupo helenista: gimnasio, teatro, efebia, gerusia, deportes y todo lo que significaba el modo de vida griego... Lo importante para nosotros, es recordar que la transformación de Jerusalén en ciudad libre griega, significaría para los campesinos la pérdida de sus tierras, transformándose en latifundio y pérdida de su libertad, pues fácilmente podría convertirse en un esclavo insignificante para ser vendido en las plazas de las ciudades más cercanas. Los campesinos judíos sabían que ellos serían considerados, no solamente «impuros» (como ya lo eran para el judaísmo), sino más bien «no gente». Este proceso fue acelerado por la intervención del rey Antioco IV Epifanes, que tomó partido por el grupo helenizante y, también, quiso determinar con el oro (mercado) del templo de Jerusalén, del cual necesitaba con urgencia, inclusive para pagar una deuda de guerra con Roma contraída por el padre. Eran 60 mil kilos de plata que el rey debía a los romanos. Una forma de pago era vender los judíos como esclavos a los mercaderes de las ciudades de la costa. 2 Mc. recuerda que el precio de los esclavos bajó tanto que 30 kilos de plata bastaba para comprar 90 esclavos judíos, cuando el precio de mercado llegaba a 30 kilos por esclavo (2 Mc. 8,10s). La intervención de Antíoco fue tan violenta y tan descabellada (1 Mc. 1,20-64) que llegó a la profanación del templo y a la prohibición de las prácticas de la Ley. Eso provocó la reacción no solamente de los campesinos que se vieron amenazados en sus vidas, no solamente de los sacerdotes conservadores que estaban perdiendo su poder, como también de todos los «piadosos», de todos los hombres que les importaba vivir según la costumbre de la ley. La guerra macabea fue posible, justamente, por la unión de estas tres fuerzas: la casa de los campesinos, el sacerdocio conservador y la sinagoga de los Asideos (los piadosos). La casa de los campesinos mantuvo el liderazgo de la coalición. La casa: el lugar de resistencia El pueblo de la tierra, en nombre del Dios del país, para garantizar su tierra y su libertad, resistió a este sistema que legitimaba y, mucho peor, consideraba «normal», «natural» e «inmutable» la existencia de ricos y pobres, de esclavos y señores, de oprimidos y opresores. El pueblo de la tierra sabía que él sería pobre, esclavo, oprimido, más todavía, mucho más de lo que ya era. Donde el pueblo de la tierra encontró su fuerza, su coraje para organizarse, resistir y luchar. La raíz más profunda está en el campo, en el monte, en la «casa de los padres». Este permaneció como el único espacio «libre», donde el pueblo consiguió conservar la memoria de la «alianza de los padres», la memoria de un proyecto que se mantuvo firme, a pesar de las presiones del judaísmo oficial del templo y de la sinagoga y a pesar de las transformaciones provocadas por el helenismo triunfante. La casa es el nuevo sujeto histórico que se levanta contra toda dominación. Esta es la versión del primer libro de los Macabeos. La guerra se hará a partir de la casa de Matatías y de sus cinco hijos (1 Mc. 2,1-5). En el momento de la provocación (1 Mc. 2,15-28), esta casa estará «reunida» y nadie se «aproximará a ella», nadie se pondrá del lado del rey. La actitud de los griegos es dividir el grupo, enalteciendo a Matatías por encima de los demás, tratándolo de «jefe glorioso y grande en esta ciudad». Matatías, por su lado, responde como «jefe de casa»: yo, mis hijos y mis hermanos caminaremos en la alianza de nuestros padres. (1 Mc. 2,17-20). Es la casa contra la ciudad. Frente a todas las naciones, frente al reino del rey, se yergue la casa, la familia, el clan. Es la casa de Matatías contra el mundo. La casa de los padres. Una casa reunida alrededor de la alianza. El templo fue profanado, los muros de la ciudad fueron destruidos... y lo que ahora podemos ver, podemos comprender algo que por siglos quedó escondido detrás de la ley, ritos, sacrificios: es la casa, la casa de los padres, la casa del pueblo de la tierra, en la cual se camina según la alianza y en el culto-servicio a Yavé. Aquí está el aliciente y la posibilidad de liberación. «Matatías y sus hijos»; más tarde «Judas y sus hermanos». Estos son los héroes de las hazañas contra la dominación de los griegos. La mística de la casa: ley, alianza y tierra libre Desde los tiempos de la implantación forzada del judaísmo por Esdras y Nehemías la «casa» fue un lugar de resistencia. En ella se enseña una contraideología al proyecto hegemónico del templo. La profecía reducida al silencio por la ley del templo y por los «rabinos», intérpretes oficiales y únicos del libro sagrado, encontró en la casa, su manera de sobrevivir, a través de las «novelas», de los «cánticos», de la «sabiduría» de la casa. Libros bellísimos como el de Rut, de Jonás, de Job, de manera simple y casi teatral, reaccionan a los esquemas legalistas, racistas y dominadores contra el pueblo de la tierra. Estos libros adquieren aún más sentido en el ambiente helenista. Quien leía el libro de Rut, no podía aceptar una sociedad donde la tierra, el pobre y la vida fuesen sometidos a la ley inhumana del mercado griego. ¿Cómo podía aceptar la existencia de la esclavitud quien meditaba las palabras de Job 24 que denunciaban la brutal explotación del hombre y de su casa? La mística del campo, tan presente en el Cántico de los Cánticos, se opone frontalmente a la lógica de la ciudad. En la ciudad era imposible, para los dos apasionados protagonistas, poderse encontrar, poderse amar. En el campo, por el contrario, ellos podían vivir sus pasiones en medio de la abundancia y en sintonía con la belleza de la naturaleza. Era imposible aceptar pasivamente la convivencia con el imperialismo griego, después de haber leído y celebrado el texto de Ester. Pero sobre todo el libro del sabio «qohélet» denunciaba, a partir de la cocina, a partir de la olla vacía en la casa del pobre, que de nada el trabajo de los esclavos, o los estudios de los sabios, o la experiencia de los ancianos,... todo era vanidad, cuando el pobre no podía gozar de los bienes de esta vida, cuando el pobre no tenía de qué comer, de qué beber. Esta es la verdadera «porción» que Dios concede al hombre. En este filón rico de oro de la sabiduría y de la fe de la casa, ponen sus raíces textos que, contemporáneos a la guerra macabea, nos muestran cuál es la mística que alimentó esta lucha.
a. La fe de la madre y la fe de la casa La confrontación entre el proyecto helenista y los campesinos judíos produjo una de las páginas más emocionantes de la literatura sagrada: el capítulo 7 del segundo libro de los Macabeos. Los dos protagonistas están allí, uno frente al otro: de un lado el rey, con todo su poder opresor; del otro lado la «madre» rodeada por los «7 hijos» (la plenitud del pueblo). En el momento que no se ve salida: en este momento es que la muerte es la única alternativa para los justos, se yergue alto el grito de quien cree en la vida. La madre hace de su propia experiencia materna, de su vientre, el lugar teológico de donde nace por la primera vez, la inquebrantable fe en la resurrección. En los labios y en el corazón de esta mujer está la misma fe de las parteras, que por amar la vida, desobedecieron al Faraón. Es la misma fe de Miriam que baila glorificando la victoria de la vida, la del Mar Rojo. Es la misma fe de Raab, de Rut, de Ana... Es una valentía viril, igual en todo a la de los hombres que combaten, pero es un raciocinio de mujer: Yo no sé cómo aparecísteis en mis entrañas, ni fui yo quien os regaló el espíritu y la vida es el Creador del mundo, el que modeló al hombre en su nacimiento y proyectó el origen de todas las cosas, os devolverá el espíritu y la vida con misericordia... No temas a este verdugo, antes bien, mostrándote digno de tus hermanos, acepta la muerte, para que vuelva yo a encontrarte con tus hermanos en la misericordia (2 Mc. 7,22s.27-29). Éste será el último legado teológico del A.T. que nos dejará la casa: estar también al lado del asesinado, muerto por ser fiel a Dios y al pueblo. A él Dios le devolverá la vida y la vida plena. La historia de Jesús, pobre y asesinado, que resucita de los muertos, confirmará luego la fe de la casa, la fe del pueblo. Y aquí justamente está la diferencia con la filosofía helenista: la fe en la resurrección no nace de la cabeza de algún intelectual que saca conclusiones lógicas, de un raciocinio construido en su escritorio. La fe en la resurrección no es sólo una creencia en la inmortalidad de un alma que los filósofos consideraban espiritual. Esta es una fe de una madre que contempla el suelo encharcado por la sangre de los hijos, de los mártires, de los que mueren combatiendo contra el opresor o que fueron fríamente asesinados por mantener su fidelidad a la ley y a la alianza. En esto la mujer descubre que el Dios de la vida no fue derrotado por la muerte. Su fuerza, su poder vivificador van más allá de las barreras físicas de un cadáver. Dios es y será siempre Dios de la vida, también después de la muerte. b. El «antimesianismo» de la casa de Judit Esta fe profunda nos permite conocer mejor un aspecto de la mística de la casa. El capítulo 8 del libro de Judit nos conduce en esta dirección. Frente al poderío enemigo que desde hace 34 días asedia Batulia, frente a la falta de agua, el pueblo grita su desesperación: Ya no hay salvación para nosotros.., seremos esclavos, pero salvaremos la vida... (7,24-28). Los jefes quieren postergar la descarga de 5 días. Ellos todavía creen que es ese plazo. El Señor Dios nuestro volverá su compasión hacia nosotros, porque no nos ha de abandonar por siempre (7,30). Agotado este plazo, en el 40º día la ciudad será entregada al enemigo. El pueblo perdió la esperanza y está viendo los acontecimientos como un inevitable «castigo de Dios». El pueblo perdió su fe en la Misericordia. Los jefes esperan escatológicamente (40 días es un número escatológico) que Dios llegue para hacer algo. Ellos creen en la Misericordia, pero sólo allá, sólo después, solamente ligada a una intervención milagrosa de Dios. En la casa de Judit, mejor dicho en la «tienda» de Judit, no se piensa de esta forma. Reunida con los jefes de la ciudad, Judit reacciona radicalmente frente a estas dos actitudes. Reacciona frente a la actitud de falta de fe del pueblo, pues el único pecado que podría apartarnos de Dios, es que nosotros nos apartemos de él por la idolatría. Reacciona a la actitud escatológica de los jefes, pues no se puede juzgar, obligar, o programar la acción de Dios. Según Judit la tarea de los jefes era convencer al pueblo de que nosotros mismos somos responsables de nuestra historia. Sus vidas dependen de nosotros y sobre nosotros se apoyan las cosas sagradas, el Templo y el altar (8,24). Y, finalmente, a los jefes que no entienden el mensaje y que piden interceder a Dios para que envíe mágica y milagrosamente la lluvia, Judit les responderá:Voy a hacer algo que se transmitirá de generación en generación entre los hijos de nuestra raza... Visitará el Señor a Israel por mi mano (8,32s.). La fe en la resurrección lejos de ser fuente de una espera alienante que -se puede alcanzar sólo al fin de los tiempos, o por intervención mágica de Dios, es el verdadero resorte que impulsará hacia la lucha. Yo voy a hacer algo, ya ahora, dado que todavía no están agotados los 39 días que tenemos a disposición, en nuestras vidas. Yavé visitará a Israel, sí, pero será por mi mano. El Salvador no llegará mañana y no será en la figura del rey, ni del sacerdote, ni del profeta. Salvador somos cada uno de nosotros, hoy, ¡ahora y (¿por qué no?) será una mujer! c. El Testimonio de Caleb, en la Asamblea El 2º capítulo del primer libro de los Macabeos termina (2,49-70) más de una vez dentro de una casa, donde una familia está reunida en el momento más sagrado de escuchar las últimas voluntades, las últimas palabras, la última bendición del anciano padre que está para morir. Al morir, Matatías deja su mensaje. En este momento de insolencia, ultraje, destrucción y cólera es necesario tener: a. «Celo» para la Ley; b. «Dar la vida» para la Alianza de los Padres. Más de una vez la memoria de la casa vuelve a los grandes del pasado: Abraham, José, Fineas, Josué, Caleb, David, Elías y, al mismo tiempo sabe «actualizar» esta memoria con la presencia de Ananías, Azarías, Misael y Daniel (El libro de Daniel, contemporáneo al animador de la guerrilla, ya está incorporado en la memoria teológica de la casa de Matatías). De todos estos grandes son recordados la valentía, la fidelidad, la resistencia a la prueba, la rectitud. De ellos es recordado el gran celo. Todas estas son virtudes importantes en este momento de lucha. Pero todas estas son virtudes enaltecidas también en el mundo griego como signo de un buen gobierno de alma espiritual, sobre el cuerpo material. La novedad está en el corazón literario de este quiasmo. Está en la memoria de Caleb, recordado por su testimonio en la asamblea que le garantizó la promesa de la posesión, como herencia, de la tierra. Y este testimonio fue incentivar al pueblo a no tener miedo de los poderosos enemigos: Subamos, y conquistaremos el país, porque sin duda podremos con él (Núm. 13,30). En el corazón de la mística de la casa continúa estando presente la tierra. Una tierra que nos fue dada como herencia y que nosotros debemos defender, sin miedo, delante de los enemigos y de los poderosos. La bendición del anciano que se va a juntar a los antepasados cuida este proyecto. La ley, la alianza, la fidelidad... todo esto es importante, pero en el corazón continua vivo el proyecto de la defensa de la tierra, de la justicia, de la igualdad, tan amenazadas por el proyecto helenista, contra el cual el campesinado de Judea se rebeló. Las Semillas de la Resistencia El helenismo ganó, a pesar de las victorias guerrilleras, a pesar del heroísmo de los combatientes y de los mártires. El «corazón orgulloso», causa de todos los males, que el redactor de 1 Mc. encontró en Alejandro el Grande, iniciador oficial del helenismo, será encontrado también dentro de la propia casa de Simón, el último comandante y el primer jefe religioso-militar-político del pueblo (1 Mc. 1,3 = 1 Mc. 16,13). La dinastía Asmonea , de los descendientes de Sión, llegará a ser más helenista que los primeros helenizadores contra los cuales la guerrilla combatió. La «casa» que tanto luchó en defensa de su proyecto de vida, más de una vez será aplastada por el palacio asmoneo, por el templo judío y por el mercado griego-romano. El frente que se unió en la lucha contra el helenismo se desmembrará en centenares de fragmentos, grupitos, partidos. La literatura apocalíptica tomará aliento y hablará de un mundo con el cual no se puede convivir, pero también contra el que no se puede luchar... sólo se podrá esperar la intervención de Dios que destruirá definitivamente el imperio del mal, pero esto mañana, en la escatología, en el fin de los tiempos. De esta forma se implantará definitivamente el Reino de Dios. Sin embargo, las semillas de resistencia permanecerán en la casa de María, de Isabel, de Pedro y Andrés, de Santiago y Juan, en la casa de Leví el publicano. Jesús de Nazaret será un fruto más de esta casa. En la casa será la propuesta de Jesús, no el templo, tampoco el palacio. Pero una casa diferente, donde los lazos de sangre serán sustituidos por la decisión de hacer la voluntad del Padre (Mc. 3,3 1-35), donde Jesús y su evangelio quieren estar por encima del padre, madre, hermano y hermana (Mc. 10,29s.). Una casa construida no sobre arenas inseguras, sino sobre la roca de quien no dice: Señor, Señor. Sino que hace la voluntad del Padre que está en los cielos (Mt. 7,24-27). Estas semillas de resistencia será el elemento de ligazón entre el mundo judío y el grupo de Jesús. Allí Jesús encontrará la fuente, las raíces de su proyecto, un proyecto que será llevado adelante no por la fuerza de las armas, no por alienantes esperanzas futuras, sino por la acción de los pobres que, movidos por el Espíritu, buscarán la justicia y por eso serán perseguidos y hasta muertos: Por querer que los mansos posean la tierra de verdad, por querer que los afligidos sean consolados, por querer que los que tienen hambre y sed de justicia sean saciados... De ellos es el reino de Dios. Hoy, en esta nuestra América, después de 500 años de dominación y sufrimiento, los mansos son sacados de sus tierras, los afligidos continúan llorando, y los que tienen sed y hambre de justicia, no encuentran alimento para saciarse. Hace quinientos años que el nombre de Jesús va siendo hablado en esta tierra, pero nunca como hoy nuestro pueblo está sufriendo aplastado por una dominación brutal e inhumana. También porque el imperio supo una vez más coaptar y comprar el templo. Hoy, como antes, sólo nos sobra la «casa», la casa del indio, del negro, del caboclo, del obrero, de la mujer, del pobre. No una, sino centenares de casas donde todavía se acredita y se busca el Reino de Dios y su Justicia. Aquí, hoy como antes, está el aliciente y la posibilidad de liberación. El imperialismo capitalista es hoy triunfante, pero todavía no consiguió destruir nuestra esperanza. Sandro Gallazzi , Caixa Postal 12 , 68.900 Macapá - AP , Brasil
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El Consejo Latinoamericano de Iglesias es una organización de iglesias y movimientos cristianos fundada en Huampaní, Lima, en noviembre de 1982, creada para promover la unidad entre los cristianos y cristianas del continente. Son miembros del CLAI más de ciento cincuenta iglesias bautistas, congregacionales, episcopales, evangélicas unidas, luteranas, moravas, menonitas, metodistas, nazarenas, ortodoxas, pentecostales, presbiterianas, reformadas y valdenses, así como organismos cristianos especializados en áreas de pastoral juvenil, educación teológica, educación cristiana de veintiún países de América Latina y el Caribe. |
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