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RESEÑAS

 

MÉTODO HISTÓRICO-CRÍTICO de Martín Volkmann, Friedrich Erich Dobberahn y Ely Éser Barreto César. San Pablo: CEDI, 1992 (Serie de lecturas de la Biblia - 4), 92 p.

Hace algunos años el Programa de Asesoría a la Pastoral, del Centro Ecuménico de Documentación e Información de São Paulo, Brasil, viene realizando un trabajo de hermenéutica bíblica que en vista de subsidiar a agentes de pastoral y biblistas que actúan en el ámbito de la pastoral de comunidades de base. Es una iniciativa que quiere rescatar, entre otras, la importancia de la hermenéutica de los reformadores del siglo XVI, como también sus continuaciones en la ciencia bíblica hasta los días de hoy.

Como resultado de ese esfuerzo, ya fueron publicados los volúmenes 1,2 y 3 de la serie Lecturas de la Biblia, que trajo contribuciones sobre cada uno de los reformadores, respectivamente, Lutero, Calvino y Wesley.

Acaba de salir el volumen 4 de la serie, que trata del Método Histórico-crítico. Es un libro que trae contribuciones de tres especialistas del área bíblica: Martín Volkmann y Friedrich Erich Dobberahn, ambos profesores de la Facultad de teología de la Iglesia Evangélica de Confesión Luterana de Brasil, en San Leopoldo/RS, Brasil, y Ely Éser Barreto César, biblista y profesor de la Universidad Metodista de Piracicaba/SP, Brasil. El libro es producto de un seminario, realizado en 1990, que estudió el origen del Método Histórico-crítico, su desenvolvimiento y su instrumentalización, particularmente, en América Latina.

Me acuerdo bien de las dificultades que sentí, en relación a la aplicación del Método Histórico-crítico, cuando estudiaba teología en San Leopoldo/ RS. Mí primer ensayo exegético fue sobre la parábola del tesoro encontrado en el campo (Mateos 13, 44-46). Que sufrimiento. Primero, es necesario un buen conocimiento del griego, después se necesita conocer el alemán, o por lo menos inglés, para proceder al estudio histórico del texto, ya que no hay prácticamente nada en las lenguas ibéricas. Si el estudiante todavía consi­guiera un cierto dominio del hebreo y arameo, tanto mejor. Se suponía que con estos instrumentos, se podría hacer una buena exégesis, paso imprescin­dible para una buena prédica (homilía).

Digo esto para situar de qué forma, aquí en Brasil, y también en América Latina, muchos teólogos de mi generación fueron introducidos en los secretos de la exégesis y del Método Histérico-crítico. Las exigencias eran grandes y el esfuerzo para alcanzar algún resultado, enorme. Esto nos marcó profundamente. Fuera de aspecto, habla otro tan importante como el primero. Veníamos de una experiencia comunitaria donde no era común el uso de la crítica histórica de la Biblia. Era como si, de repente, tuviéramos que dejar todo lo que habíamos oído y aprendido, para entrar otro modo de tratar la Biblia, ahora más «científica».

Creo que esta experiencia caló fondo en muchos e hizo que asumiéramos el uso del Método Histérico-crítico con muchas reservas. De cualquier forma el aprendizaje de ese método fue importante, resultando de ahí todo un esfuerzo por leer e interpretar la Biblia con fe, sí, pero también con ojos abiertos para su contexto histórico, la forma de su lenguaje, las caracterís­ticas de los diversos autores, en fin, las diferencias, contradicciones y mensajes que recorren todo el texto bíblico.

En este libro que paso a reseñar, los autores nos ayudan a comprender cómo surgió este método, cuáles fueron las ramificaciones que él posibilitó para la investigación bíblica y como nosotros, en América Latina, lo pasamos a usar y a cuestionar.

Martín Volkmann trata, pues, del Origen del Método Histórico-crítico. Dice el autor que la investigación bíblica recibió un impulso renovador a partir de la Reforma Protestante del siglo XVI. Y esto por dos razones: La reforma es un movimiento que tiene su origen en el estudio de la Escritura y es la comprensión que tienen los reformadores de la Escritura, lo que determina todo el desenvolvimiento posterior de la hermenéutica bíblica. Se destacaron ahí los estudios y escritos de Lutero. De él procede la afirmación que la Biblia necesita ser interpretada a partir de sí misma. Con esto, Lutero desautorizaba la tradición o el magisterio eclesiástico como instancia que determina ‘la comprensión de la Escritura. Estas afirmaciones y esta con­centración en las sagradas escrituras son de una importancia tremenda en la investigación Bíblica. Pues ellas abren la posibilidad para la crítica teológica e histórica, en relación con los escritos que compone la Biblia. Si los reformadores, y ahí se incluyen también Calvino y Wesley, no pueden ser tenidos como los iniciadores del Método Histórico-crítico, ellos sin embargo forjaron los primeros conceptos que más tarde redundarán en el surgimiento de ese método.

Volkmann aborda el retroceso del principio reformador ocurrido en la ortodoxia luterana, que ya comenzaba con la Fórmula de Concordia (1580), luego después de la muerte de Lutero. La ortodoxia luterana, con la preocupación de resguardar el principio de la sola escritura, acabó generando la idea de la inspiración verbal de la Escritura. Quien conoce las comunidades protestantes, puede evaluar el mal que este concepto ya causó. Por la inspiración verbal identificó Biblia y Palabra de Dios, cayendo en el dogma de la infabilidad de la Biblia, el Papa de papel. Otra consecuencia desastrosa fue la pérdida de la historicidad. Para la ortodoxia, la historia, al final de cuenta poco importaba. La Escritura quedó así, impermeable a cualquier lectura histórica. Su contenido, establecido por el Espíritu Santo, fue tenido como sagrado, intocable y eternamente igual.

Desde temprano, algunas voces se hicieron oír contrarias a estas amarras doctrinarias. Tenemos las investigaciones de Illyricus (1567), Grotius (1583-1645), Simon (1638-1712), Bengel (1734), Wettstein (1693-1754) y otros que dirigieron sus estudios para un punto: era necesario realizar una lectura histórica de la Biblia.

Fue el siglo XVIII, sin embargo, con los cambios en el campo de la ciencias históricas, que dio la oportunidad al surgimiento del Método Histórico-Crítico. Su primer formulador, Johann Semler (1725-1791) rompió con la tradición de la ortodoxia, formulando su punto de vista a partir de sus premisas:

1. Palabra de Dios y Escritura no son idénticas, porque no todo lo que está en el Canon nos interesa de la misma manera; 2. El propio Canon no es una grandeza pura y debe ser sometido a crítica. De ahí porque cada uno de los libros que lo componen debe ser visto en su inserción histórica y como testimonio de esa historia pasada.

Se ve el objetivo del nuevo método: adaptar la hermenéutica bíblica a los moldes de la ciencia de la época, leyendo la Biblia como un documento histórico. Y como el análisis histórico sólo es posible si es crítico, el método quedó conocido como histórico-crítico.

Se puede presumir sus problemas, entre los cuales, está la identificación sin más entre Espíritu Santo y razón humana. Pero el gran desafío para la lectura bíblica en clave histórica estaba lanzado. Y fructificó.

Friedrich Erich Dobberahn profundiza la cuestión en su artículo Sobre la historia del Método Histórico-crítico. Comienza diciendo que el nuevo concepto de ciencia surgido en el siglo XVIII (Kant), trajo implicaciones directas para la ciencia histórica, originando una nueva manera de investigar el pasado por medio de un análisis crítico y criterioso de las fuentes. El autor muestra a Eichhorn (1752-1827) como el primero en asumir una actitud crítica frente a las fuentes literarias bíblicas.

Más adelante, Dobberahn muestra cómo la exégesis pietista de Francke (1663-1727) intentó superar el encuadramiento de la lectura bíblica realizado por la ortodoxia protestante. Francke apuntaba para la praxis reformada de entender la Biblia. Apela a un sentido místico que remonta a la tradición medieval, pero que ahora pasa a ser visto como conteniendo un sentido cristológico. Y hace una distinción entre núcleo e involucro. Núcleo sería el conocimiento de Jesucristo, la verdad escondida; en cuanto, involucro, seria la historia exterior de la letra y de los vocablos. Una de las consecuencias de esa distinción fue diferenciar entre sentido espiritual y místico, de tal modo que el último quedo reservado a los «renacidos» o «convertidos. Así, Francke resumió piedad y teología, desvalorizando esta en beneficio de las obras de piedad. Esta línea se hace sentir hasta hoy en las comunidades protestantes.

Semler, en seguida, dio un paso decisivo al considerar la Biblia como un documento históricamente situado. El destacó el derecho teológico de la investigación científica de los textos bíblicos. Definiendo el término querigma, el situó «por detrás de las palabras» el elemento racional, ético y moral de la fe cristiana. Con esto la Biblia ganó nuevamente importancia para la vida de sus contemporáneos.

Schleiermacher (1768-1834) rescata después, la hermenéutica del entender. Y sólo puede verla en el diálogo como en el modo propio de «creer y comprender». Para él existe una interrelación entre el macro y el microcosmo, por la cual el universo se refleja en la individualidad de cada ser. Afirma, entonces, que los autores del Nuevo Testamento hablan a partir de su conciencia cristológica. Es Cristo quien aparece en los textos de ellos como «célula germinativa» que conduce a la formación del Nuevo Testamento. A esas alturas el análisis histórico-crítico es elemento indispensable. Es el que permite afirmar que el pensamiento y el discurso en épocas distantes no son idénticos. Y así, el intérprete debe saber distinguir y encontrar en el diálogo entre su modo de creer y existir y aquel de los textos bíblicos, el puente que une a ambos.

Strauss (1808-1874) radicalizó la aplicación del análisis crítico-histórico, pues procuró demostrar que, como instrumento profano, el método carece de intención teológica.

Strauss demostró cómo la aplicación rigurosa del método, descubre las ficciones dogmáticas del texto bíblico, lo que acabó ayudando a comprender la historia de los dogmas en la cristiandad primitiva y en la Iglesia Antigua.

Ya en 1831, Baur da un paso más descubriendo las contradicciones profundas en la tradición de la primera comunidad cristiana. Baus mostró que no hay una unidad y armonía primordial, sino varias tradiciones en juego. Con esto, él hizo necesario incluir en la exégesis histórica los resultados de la historia de las religiones. Baur, como hegeliano, entendía historia como la «auto-explicación del espíritu absoluto de Dios», y el ser humano participa de ese «absoluto» a través de su conciencia. Consecuencia de eso, se desarrolló una concepción liberal individualista del cristianismo, adaptada a la ideología del progreso dialéctico de la historia universal. Se destacó un «protestantismo cultural» que tuvo su formulación clásica en Harnack (1831-1930).

En 1900, Troelisch irá a insistir en la «irreversibilidad» del modo histórico de pensar, así como en la relatividad absoluta de todas las normas de la fe cristiana. Adoptando la crítica histórica, el teólogo cristiano necesitó adoptar una nueva postura delante de las tradiciones y de su autocomprensión, de tal modo que la tradición no significa más un punto fijo. Lo cierto ahora solamente es la postura crítica de aquel que juzga la tradición. Troelisch trajo también un nuevo concepto: el principio de la analogía. Esto es, el historiador parte de su propia experiencia de realidad para verificar lo que era verdad y lo que era posible y lo que era imposible y a-histórico. En ese sentido, debe dejarse guiar por la correlación entre analogía y crítica, esto es, por los hechos históricamente ocurridos. En la línea de la filosofía idealista alemana, estos exegetas, de cierto modo, se dejaron seducir y asimilar por la ideología del protestantismo cultural.

Pero con la Primera Guerra Mundial (1914-1919) ocurrió una revolución. Surgen nombres como Karl Barth (1886-1968) y Rudolf Bultmann (1884-1976) que revolucionaron la investigación bíblica.

Barth, por su parte, no estaba contra el método en sí, pero se volvió contra lo que llamaba «abuso idealista y reaccionario de ese método». Barth señala sus límites y defiende que el mecanismo de la crítica histórica no puede hacer olvidar la preferencia y auto-eficacia de la revelación divina «en la Palabra». Estamos pues delante de la Teología de la Palabra que tuvo grandes repercusiones en toda teología bíblica después de los años 20. Barth afirmaba que la dinámica escatológica de la Palabra divina por detrás de las palabras humanas no puede más ser asimilada o comprendida donde la tradición de la fe es medida por la norma de lo existente. Por una razón cristalina: en totaliter aliter (totalmente otro), la dimensión escatológica del actuar divino, no puede ser expresada dentro de las categorías de la «historia de la muerte», de nuestra historia profana. Afirmando la divinidad exclusiva de Dios, Barth, sin embargo, pecaba por insinuar una posible división entre el sentido espiritual de la Palabra de Dios y el análisis histórico del sentido literal.

Bultmann, en polémica con Barth, formuló su programa de desmitologización del Nuevo Testamento. El se basaba en tres aspectos: La interpretación existencial, el análisis de las formas literarias, como «formas sociales» y el concepto de «pre-comprensión». Bultmann asumió la tradición iluminista, llegando a formulaciones, a veces, muy próximas de Feuerbach. Así, los testimonios del Nuevo testamento son expresiones y formas de hablar históricamente condicionadas, por tanto, mitológicas. Como tal, deben pues ser leídos. Afirma que es el propio Nuevo Testamento que no intenta comprobar la facticidad histórica de las imágenes mitológicas que usa. Y que su interés es transmitir, por medio de esas imágenes, contenidos, querigmas de la nueva realidad en Cristo. Por último, destaco que es absurdo que el exegeta haga callar su subjetividad e individualidad para alcanzar un conocimiento objetivo. Para él, la pregunta por la salvación pasa necesariamente por la esencia de cada individuo. No es por casualidad, que se critica en Bultmann el hecho de que su método introduzca al individualismo existencial.

Peter Stuhlmacher, en los años 70, llama la atención de dos cambios importantes. Primero, el cambio en la comprensión de lo que es la realidad histórica y segundo, la necesidad de una teología bíblica, que esclarezca la relación entre Antiguo y Nuevo Testamento. La exégesis histórica-crítica debe preguntarse por el lugar de la humanidad en esa historia, o sea, repensar conceptos como liberación y gracia, salvación y reconciliación, pecado y perdón. La necesidad de una teología bíblica resulta pues, de nuevas Investigaciones, en relación a las primeras comunidades de proveniencia judaica y helenística. Esta división pasó a ser cuestionada desde el descu­brimiento de los rollos de Qumran de tal modo que Antiguo y Nuevo Testamento aparecen estrechamente relacionados. Un ejemplo es suficiente:

La Cristología fue pensada y proclamada en términos de las tradiciones del Antiguo Testamento, lo que exige la teología bíblica.

El último artículo de Ely Éser Barreto César, bajo el titulo El Método histórico-crítico hoy, partiendo de los estudios de Maurice Goguel (año 30), avanza algunos ejemplo de carácter subsidiario del método histórico-crítico.

Constata que, en el caso de Brasil, el abordaje histórico-crítico no se volvió popular. La lectura bíblica protestante se caracterizó por ser fragmentada, literalista tendiendo a desvincularse de la historia concreta. El retoma los estudios de Bultmann («historia de las formas») y llama la atención sobre la importancia de la contribución de Oscar Cullmann («historia de la salvación»), que tuvo varias obras traducidas al portugués. Cullmann trabajaba con el presupuesto de sus concepciones distintas de historia: la de los hombres y la de la salvación, marcada por las intervenciones directas de Dios. Esta dicotomía sólo tendrá solución en el «eschaton», en el juicio divino.

Mientras tanto, vivimos las dos realidades, la secular y la santa, dialécticamente Cullmann acuñó las expresiones «Ya-ahora» y «todavía-no» para explicar la presencia ambigua de los signos del Reino de Dios en el mundo. Cullmann ayudó a los exegetas protestantes brasileños a radicalizar, principalmente a partir de los años 60, la perspectiva política del Reino de Dios hasta el momento de ruptura. Este ocurre con la introducción del análisis sociológico que incorpora el uso de instrumental dialéctico al trabajo teológico. Aumenta la crítica al concepto de dos historias superpuesta por la adopción del concepto de secularización de la revelación que radicalizó el concepto de encarnación.

César menciona la contribución decisiva dada, en América Latina, por el Movimiento Iglesia y Sociedad, principalmente a partir de los años 60. Sobresale en el comienzo el nombre de Richard Shaull como su formulación latinoamericana de la teología de la revolución. A partir de una reinterpretación del Reino de Dios, la fe pasa a ser encarada como proceso encarnacional en la historia, descubriendo su inmenso potencial político. Es la teología de lo político que se va esbozando. A partir de una cierta apropiación del método histórico-crítico, se camina con el concepto dialéctico de historia para la lectura sociológica.

En ésta, el presupuesto innovador es el lugar epistemológico asumido por el exegeta: el de la solidaridad con el del pobre. El Éxodo aparece como llave hermenéutica, reforzada por los estudios de Norman Gottwald (Las tribus de Yavé). La Biblia, en América Latina, gana una importancia nueva e innovadora siendo percibida como memoria histórica de los pobres. Si el nombre «lectura sociológica» es o no adecuado todavía se discute. Pero una cosa parece definitivamente clara para la exégesis bíblica latinoamericana: no es posible hacer hermenéutica bíblica que se pretenda «crítica» y «científica» abstrayéndose de la comunidad de los pobres, de las comuni­dades étnicas, negra e indígena, o de los sectores oprimidos, como las mujeres, los desempleados, las niñas y niños de la calle, los aposentados, los enfermos, los mendigos y así por delante. La tarea de la exégesis ganó así un nuevo desafío: colocarse, con su saber específico, al servicio de la pastoral y de la nueva acción evangelizadora del pueblo de Dios. Con tal alianza -que nuestra historia recién está mostrando esto-, posibilidades nuevas e instigantes se colocan para los estudiosos de la Biblia. Ya no se aíslan más en los escritorios serios de estudio, sino ganan las calles, las plazas, los centros de entrenamiento, los grupos bíblicos, las comunidades de base y ven con raro entusiasmo, la Biblia siendo reapropiada por los pequeños y reescrita por aquellos a quien ella originalmente se destinaba. Palabra y vida en la vida y en las palabras simples del pueblo.

Este pequeño libro es recomendable a todo aquel que se interesa en profundizar el tema de la hermenéutica bíblica. Sirve como una óptima introducción al estudio de un tema no muy simple, de verdad, pero que abre, a través de una bien escogida bibliografía, para estudios posteriores.

Roberto E. Zwetsch
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