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“ERA UN NIÑO”

Anotaciones sobre Oseas 11

Milton Schwantes 

Oseas 11 innova teológicamente. El profeta parte de la tradición del éxodo. No obstante, su relectura altera esta memoria en puntos significativos. Por un lado, los libertos son llamados “hijos”, son presentados como niños. Por otro lado, el testimonio sobre el Dios del éxodo tiene las marcas de la madre, de la mujer. Es evidente que en este particular, Oseas está en diálogo creativo con las tradiciones religiosas que nosotros acostumbramos designar como cananeas.

Hosea 11 makes a theological innovation. The prophet takes his point of departure from the Exodus tradition. However, his re-reading alters his historical memory at important points. On the one hand, the freed slaves are called “sons” and represented as children. On the other hand, his testimony about the God of the Exodus bears the marks of a mother, of a woman. It is evident that at this point Hosea is in creative dialogue with the religious traditions that we are accustomed to call “Canaanite”.

Todo seguía su curso normal en la reunión. Habíamos cantado. Ya habíamos orado. La reflexión bíblica fue muy creativa. La reunión de la Comunidad parecía ir tomando su rumbo en dirección al final. Era bonita. Pero no fuera de lo común. Fue cuando Marta tomó la palabra: “Gente, ¡es demasiado pesado para mí! ¡No puedo callar! Es demasiado duro. Allá en casa todos estamos sin empleo. Ahora, yo también fui despedida. No tenemos más pan...”. Sus palabras conmovedoras hicieron fluir las lágrimas. Y aquella reunión de la Comunidad tomó una nueva dirección. Sí, las palabras, los gritos, las lágrimas, cambian las cosas, alteran las vidas.
Oseas está lleno de palabras nuevas. De frase en frase se va de sorpresa en sorpresa.
Es posible que en una primera lectura ni lo percibas. Tal vez ni te des cuenta de los relámpagos que ahí aparecen repentinamente. Y eso no es de extrañar. Después de todo, estás delante de un texto que ya tiene casi tres mil años. Son muchos años.
Cuando le preguntas a tu madre: “Dime, ¿por qué mi tía tiene ese modo triste?”, generalmente la respuesta es una larga historia: “Oye, hija mía, eso viene de lejos. Aconteció, cuando éramos...”. Y así sigue la historia. La explicación lleva tiempo.
Y la Biblia es mucho más antigua que la edad de tu tía. Precisa de ciertas explicaciones. Sin embargo, después que las tienes, ya entiendes. Aun cuando la Biblia tenga muchos años, está ahí, junto a ti, se parece a tu tía: ya de más edad, pero siempre interesante.
Permíteme, pues, presentarte a Oseas 11.

 

1. Meditación y poesía

Este capítulo tiene más la forma de una meditación. No se parece tanto al habla pública. Normalmente, los textos proféticos surgían de la siguiente manera: el profeta hablaba y obraba en público y, después, su palabra y acción públicas resultaban en un texto. También hay indicios de eso en el capítulo 11. Por ejemplo, el v. 8 está dirigido a un “tú”: “¿Cómo podría abandonarte, Efraim?”. Pareciera que el profeta tiene la mirada puesta en alguien, en este “tú”, interpelándolo. No obstante, en general, el capítulo habla de un “él” o “ellos”, que en este caso son “Efraim” e “Israel”. El texto se refiere a “él”/“ellos”, si bien éstos no estaban allí presentes.
Aquí se ve que el texto es, de hecho, más meditativo. Reflexiona sobre el pasado y el futuro de “él”, del niño que amé, del pueblo.
La traducción queda así:

Cuando Israel era niño, yo le amé.
Y de Egipto llamé a mi hijo.
Cuando los llamé, se alejaban de mí;
sacrificaban a los Baales,
y a los ídolos quemaban incienso.
Con todo, fui yo mismo quien enseñé a Efraim a andar,
tomándole en mis brazos.
Mas no comprendieron que yo los cuidaba.
Con cuerdas humanas los atraía,
con lazos de amor,
y era para ellos como quien alza a un niño contra su rostro,
me inclinaba hacia él,
lo alimentaba.
Retornará a la tierra de Egipto.
Asur será su rey,
pues se han negado a convertirse.
Y la espada devastará en sus ciudades,
lo aniquilará y lo destruirá.
Y lo devorará por causa de su planes.
Y mi pueblo está preso en su apostasía:
gritan hacia Baal, pero (éste) jamás los levantará.
¿Cómo habría de abandonarte, Efraim,
cómo entregarte, Israel?
¿Cómo habría de abandonarte como a Admá,
y tratarte como a Seboyim?
Mi corazón se contornea dentro de mí.
Mi compasión se conmueve.
No ejecutaré el ardor de mi ira.
No volveré a destruir a Efraim.
Pues, yo soy Dios y no hombre,
en medio de ti yo el Santo,
y no vendré con furor.
Caminarán en pos de Yahvéh.
Como león él rugirá.
Sí, él rugirá.
Y temblando vendrán los hijos del mar (occidente).
Temblando vendrán como pájaros de Egipto,
y como palomas de la tierra de Asiria.
Y yo los haré morar en sus casas.
¡Oráculo de Yahvéh!

Es una meditación en la forma de poesía. Traté de presentar la traducción de modo que se perciba algo de este ritmo poético. Digo “traté”, porque la poesía hebrea difiere bastante de la nuestra. En aquellos tiempos se tenía un gusto poético diferente al nuestro. Pero, de toda manera, ahí tenemos poesía, una meditación poética.
La profecía, en general, es poesía. Encanta a la gente con lo nuevo. Y para un buen encanto, conviene una bella poesía. Así también, Oseas 11.

2. En una hora especial

No es cualquier hora la que transforma la meditación en poesía, la que da rima a las ideas. La poesía no se ajusta a un contenido cualquiera. No tendría sentido esperar poesía de la boca de un general, rima de la meditación del opresor. La poesía busca lo nuevo, lo que libera. Por eso, los opresores siempre andarán en persecución de los poetas. Su  lanzamiento es especial.
Y en el momento de nuestro profeta Oseas, de hecho, era bien especial. Finalmente, 500 años de historia llegaban a su fin dramático, catastrófico. Toda una experiencia de siglos estaba en peligro.
Con Oseas 11 estamos alrededor del 725 a. C. en Israel (en el norte). La invasión asiria ya cobró sus víctimas. En el 732, parte del pueblo del norte, de Israel, fue deportada. Algunos territorios habían sido convertidos en provincias asirias.
Y los reyes de Israel continuaban portándose como antes, oprimiendo a su propio pueblo, derramando sangre sobre sangre, en el lenguaje de Os. 4, 2. Y, además de maltratar a sus súbditos campesinos, fomentaban prácticas religiosas alienantes. La idolatría y la injusticia andaban de la mano, bajo la conducta de los reyes.
Estos reyes nacionales de Israel y la avalancha invasora de los asirios, echaban al pueblo por tierra, destrozaban la vida. Una historia de prácticamente 500 años era cegada. Era aplastada por las botas asirias y por la corrupción de los reyes israelitas.
En efecto, hacía 500 años había comenzado un proyecto nuevo (alrededor del 1200 a. C.) en aquellas montañas palestinenses. Hebreos venidos de Egipto y pobres de otras tantas partes, se habían agrupado en tribus para hacer aparecer algo nuevo, una experiencia social en la cual las Rajabs (Jos. 2-6), los labradores (Jos. 13-19), en fin, los desheredados, tuviesen una posibilidad de vida.
Déboras y Gedeones se levantaron en defensa de las tribus, con éxito. Pero, finalmente, los reyes, esos mini-faraones, volvieron. Primero mansamente, luego mostrando todas las garras, como ocurrió con Salomón. Tales reyes se convirtieron en señores. Aun así, la gente sabe resistir. Depone a uno y a otro. Los consideran como zarza sin valor (cf. Jc. 9, 15).
No obstante, cuando asomaron los asirios, este imperio avasallador, ya no hubo como resistir. Eran tan totales, que masacraban totalmente. Eran cual “tempestades en el desierto”. “Recordaban un huracán” (Is. 5, 28).
Y los reyes nacionales, esos imbéciles, todavía contribuían, con sus tontas políticas, a aumentar la ira de tal huracán. Era el fin. El pueblo era dispersado entre otros pueblos, desparramado por Egipto y Asiria (Os. 11, 5). La espada “devastaba” (11, 6) o, diciéndolo en los términos usados por el propio profeta, “danzaba matando” en las ciudades y por todas partes.
Esos 500 años eran ahora desvanecidos en el polvo. Era como si todo volviese a Admá y Seboyim (11, 8). Ahora, estas dos ciudades eran mencionadas paralelamente a Sodoma y Gomorra. Israel y su experiencia tribal, ese proyecto alternativo, estaba por ser convertido en Sodoma y Gomorra, en desierto y sal.
¿Y ahora?
En esta hora de juicio y huracanes el profeta va en busca de lo nuevo. En poesías y meditaciones se lanza a la primavera.


3. Denuncia y amenaza: ningún retroceso

Sin embargo, no retrocede. No es que ahora las profecías anteriores dejen de tener validez. Por el contrario: las denuncias hechas y las amenazas previstas son reafirmadas.
La denuncia es la de que “se alejaban de mí” (11, 2). Sí, “se negaron a convertirse” (v. 5). Al encaminarse por tales extravíos, se fueron a los Baales y a los ídolos. Esta denuncia de la idolatría, en nada es disminuida. A lo nuevo no se llega, pues, sin enfrentarse con la falsedad y los engaños patrocinados por quien no respeta al pueblo.
Y la amenaza es dura. Y hasta despiadada. Llega a ser irónica, sarcástica: “La espada danzará/destruirá en sus ciudades” (v. 6). Quien no fuese víctima de la muerte, lo será del destierro. Tendrá que vivir en Egipto y en Asiria, esas sedes de la esclavitud, esas “casas de esclavos”. Peor aún: Efraim e Israel se parecerán a Admá y a Seboyim (a Sodoma y Gomorra). Por lo tanto: ningún retroceso. La amenaza a los poderosos vale, de hecho. La profecía no retrocede. Quien sacrifica a los Baales, ¡está cavando su fosa! 
No se trata, pues, de desmentir o de retroceder, sino de avanzar, de partir hacia nuevos comienzos.

4. “De Egipto llamé...”

El agua buena y fresca se busca en un pozo bueno, antiguo. Y el éxodo, he aquí el pozo de las tradiciones. Oseas va a este pozo de toda la historia libertadora de Israel. Va a los orígenes, a los tiempos de “niño”. Y de ahí le vienen las aguas buenas, frescas, que dan fuerza para seguir andando.
Oseas es uno de aquéllos en quien viven las memorias del éxodo. Se sabe en la sucesión de Moisés, el profeta que hace subir a los hebreos de la casa de servidumbre (12, 14). Promueve la memoria de los mandamientos que constituyen espacios de liberación (4, 2). Oseas es uno de los más típicos teólogos del éxodo, de la liberación.
Además, éste es el propio núcleo de las memorias de las tribus del norte, de Israel. Por allá, la fiesta anual más popular era la de la pascua, conmemorada en las familias. En esta ocasión, una vez al año, se recordaba toda la historia de la liberación de la opresión faraónica. Al recordarse del éxodo, Oseas se muestra buen hijo de su gente.
La liberación era, en los tiempos antiguos, la propia cuna del pueblo. Las tribus de Israel se entendían como descendientes de aquéllos que habían resistido al faraón, alrededor del 1200 a. C. Y ahora, 500 años después, Oseas recurre a la fuerza de esta misma memoria para bosquejar perspectivas para el futuro.
Básicamente, nuestro capítulo es agua de la fuente del éxodo. Representa una relectura de esta memoria.
Y esta relectura es de verás creativa. Ahora, veamos.

5. ¡Un niño — un hijo!

En rigor, el éxodo, aquél de los tiempos de Moisés, no se acostumbraba interpretar con categorías como “niño”, “hijo”. Se hablaba más bien de “hebreos” e “Israel”. Son éstos los envueltos en la liberación. Pero, “niños”, “hijas”...
Es la intuición profética de Oseas la que crea este tipo de abordaje del éxodo. También se refiere a “niñas” e “hijos” en otros capítulos. Recuerdo 2, 1, donde se habla del nuevo Israel en las categorías de los “hijos del Dios Vivo”. Además, también ahí en esa expresión el término “hijo” es relacionado con Dios, como en nuestro capítulo: “mi hijo”, esto es, “hijo de Dios” (11, 1).
Actualmente, estamos habituados a hablar en estos términos. No obstante, en los tiempos de Oseas era algo nuevo designar a Israel como “hijos de Dios”.
Por lo que se ve, Oseas va creando en su poesía. Va releyendo el éxodo como liberación del Israel-niño. Y con eso da un paso decisivo. Pues, todo lo que sigue, en cierto modo deriva de este primer paso innovador, el de haber aplicado a Israel las categorías del “niño”, de la “hija”.
Hecho este comienzo, se abren nuevos paisajes.

6. “Enseñé a caminar”—“tomé en mis brazos”

Interesante: ¡la liberación se dio en el aprender a caminar! En el abrigo del abrazo. ¡Qué bonito! ¡Qué sorpresa!
Digo bonito y sorpresa, porque allá, en el éxodo mismo, no se habla nada de eso. El éxodo se hace posible después de mucha lucha, de mucha organización. Incluso fue necesario armarse para hacer frente a la persecución del faraón (Ex. 13-14). Y, después, el propio mar tuvo que abrirse para que se pudiese pasar, huir. No, el éxodo, aquel antiguo, no fue con abrazos y aprender a andar.
¡Pero, ahora, sí! En este recomienzo, cinco siglos después, el éxodo es de ese modo: andando y abrazando. Es más del modo del niño, que del guerrero que encara al propio faraón. Ya el niño se da por satisfecho si aprende a andar, si recibe un abrazo.
Mirando bien, en este nuevo éxodo a la manera de Oseas, no sólo cambian los “liberados”, los adultos que viran a niños, a pequeñitos, a hijitos. Ahí, ciertamente, ocurre una transformación profunda.
Cambia también el “libertador”, Yahvéh. El tiene más la manera de madre, que se toma el tiempo para la enseñanza de las “pequeñas cosas”, como el andar. Tiene facciones de abrazo maternal. ¿No te parece?


7. “Lo alimentaba”

En el desierto, la cuestión era el alimento. Los textos del Exodo se refieren a agua, maná y codornices (Ex. 16-18).
En la relectura de Oseas, el escenario es otro. Pues, desde el comienzo introducirá a Israel como “niño”, como “hija”. Luego, su “maná” ya es otro.
Es más de la manera que la madre amamanta a su hijo. Al menos, es lo que el v. 4 da a entender.
En verdad, este v. 4 requeriría mucha discusión. Basta con que usted compare diferentes traducciones, para darse cuenta de las dificultades que envuelven este versículo. Pero, a pesar de las evidentes dificultades para la traducción, no me parece haber mucha duda de que en este v. 4 efectivamente se hace referencia a la amamantación del niño. Es lo que, además, está en el propio flujo de los versículos anteriores.
Sin embargo, no me parece que el versículo quiera insistir propiamente en el acto de amamantar. Lo menciona al final: “lo alimentaba”. Pero, antes de llegar al “alimentar”/amamantar, da énfasis mucho mayor y más detallado al cariño y a las caricias de la madre a su hijo. Los “jala” cerca de sí. En este caso con “cuerdas” y “lazos” que, a mi modo de ver, representan poéticamente los brazos y manos. Después acerca el niño al rostro, lo que alude al beso. Y todavía se inclina a él, invirtiendo la dirección: en el inicio es la madre la que jala”; en el final es el propio niño el que “jala”, el que hace que la madre se incline y lo alimente.
Nuevamente no sólo el “liberado” es otro, sino que también el “liberador” cambia de fisonomía. El “liberado” se vuelve cada vez menor: en el inicio, es un niño. Después, es una criatura aprendiendo a andar. Por fin, es un bebé de pecho. Y el “liberador”, en el inicio es todavía el que saca de Egipto, pero enseguida ya se parece a una madre dedicada a “pequeños” cuidados. Y, finalmente, es la madre que da de mamar. ¡Qué relectura del éxodo!
Sí, los asirios dominaban los caminos, los campos, las plazas. Era difícil celebrar el éxodo a la manera antigua, con mares abriéndose y opresores ahogándose espectacularmente en las aguas. Los espacios de éxodo eran otros. Alguien podría llamarlos “pequeños”. Eso de aprender a caminar y ser amamantado, era algo “pequeño”.
Con el v. 4 se completa lo que fuera iniciado en el v. 1. Allá, en el v. 1, Israel era hecho “niño”. En eso estaba implicada toda una relectura, una resignificación del éxodo. Y ésta llega a completarse en el v. 4 con el “lo alimentaba”. Y, así, el v. 5 comienza algo nuevo, lo que también indica que la intuición iniciada en el v. 1 llegará a realizarse.
Sin embargo, Oseas aún no se da por satisfecho con este primer encaminamiento meditativo y poético. Vuelve al asunto de forma diferente, con menos figuras, con más densidad conceptual, en los vs. 8-9.
Estos versículos no dicen otra cosa que los vs. 1-4. Están, pues, en continuidad con ellos. De este modo, impresionan, como cautiva la plasticidad de los versículos iniciales.

8. “Cómo...”

En los versículos iniciales, vs. 1-4, se decía algo nuevo, se delineaba un nuevo éxodo. En los versículos que ahora nos interesan, ya va prevaleciendo la crítica a uno de los elementos de las tradiciones exodiales.
El juicio sobre los injustos e idólatras, sin duda, es uno de los elementos del éxodo. Así lo formula la versión más antigua que tenemos del milagro junto al mar, preservado en el cántico de María: Yahvéh “arrojó al mar caballo y caballero” (Ex. 15, 21).
Y este sentenciamiento de los idólatras, de las élites de Israel, también lo tenemos en nuestro capítulo 11: “La espada devastará sus ciudades” (v. 6). Y justamente eso es evaluado críticamente en los vs. 8-9. Estos versículos ponen límites a la ejecución del juicio contra los opresores.
En rigor, la cuestión no es que los idólatras no mereciesen el sentenciamiento. Este es incluso reafirmado (vs. 5-7). Lo que está en cuestión es el límite. Israel y Efraim no pueden volverse Admá/Seboyim (Sodoma/Gomorra), para siempre borrados de la historia.
No obstante, al poner límites al furor, al juicio, también entra en crisis el propio furor. Por un lado, Oseas entiende que Dios “no volverá a destruir a Efraim” (v. 9). En este caso, una primera destrucción es admitida. Pero, por otro lado, las afirmaciones también son bastante categóricas: Yahvéh “no vendrá con furor”, “no ejecutará el furor de su ira” (v. 9). En estos casos, la propia destrucción es cuestionada. ¡No corresponde a la santidad de Dios!

9. “En medio de ti, yo el Santo”

La santidad es, pues, el término más adecuado, de acuerdo con el v. 9, para testimoniar lo divino. ¡El es Santo! He aquí lo que de más maravilloso se puede decir de Dios.
Sin embargo, esta santidad —sí, justamente ella— no se relaciona con la destrucción, la violencia, el miedo. Y esto no deja de ser extraño. Después de todo, en general, cuando la Biblia se refiere a la santidad de Dios lo hace mediante escenas de susto, de miedo. Es el caso del propio Moisés, no sabedor de estar en un lugar santo (Ex. 3). La santidad genera temor. Expresa poder, temblor y, no por último, violencia.
Pero, en nuestro Oseas, precisamente no es así: el Dios “Santo” no es un Dios castigador, sino amigo. El no es “hombre”, como se lee en el mismo v. 9. Y, aquí, “hombre” no es simplemente sinónimo de humano, porque eso el hebreo lo expresaría de modo diferente, como se lee en el propio original del v. 4. En nuestro caso, “hombre” es más bien equivalente a violento, bruto, macho. Y el Dios “Santo” no es un tal “hombre”. Esta es la cuestión.
Esta manera de Oseas testimoniar a Dios, la podemos entender bien a partir de los vs. 1-4. A la luz de aquellos versículos, incluso es obvio que Yahvéh no se defina como “hombre”, sino como “Santo”, como no destructor, cariñoso, que es la manera de la buena madre.
Por otra parte, otras dos formulaciones oseánicas lo reconfirman:

10. “Mi corazón” — “Mi compasión”

Es que el propio “corazón” de Dios se decidió por un nuevo camino. Este “corazón” es el lugar de las decisiones. No es el lugar de las emociones, como en nuestra cultura. En la Biblia, “corazón” es sobre todo racionalidad.
Yahvéh tomó, pues, una nueva dirección, orientación. Meditando de esa manera, el profeta Oseas nos presenta nuevos contenidos teológicos. Percibe de una nueva manera la presencia de Dios entre nosotros. Y esta nueva manera, justamente pone en crisis aquel concepto de un Dios que tiene conflictos, furores, destrucciones, violencias, como lugares privilegiados para testimoniar la presencia de lo “santo”. Oseas prefiere en cambio el aprender a andar, el abrazo, el dar de mamar, como gestos típicos para el testimonio de la presencia de Dios.
No obstante, eso no solamente es cosa de “corazón”, en el caso de una decisión voluntaria y racional. Es también lo que propone la emoción, o en el lenguaje de Oseas, en el v. 8, la “compasión”.
Hay quienes traducen esta palabra “compasión” por “entrañas” (como lo hace la Biblia de Jerusalén). Y me parece que eso sería muy interesante. Pero, en este caso, se tendría que alterar el texto hebreo. Por eso, me quedo con “compasión”, aunque sé bien que, obviamente, la sede de esta “compasión” de Yahvéh, que hace vibrar su santidad en una nueva dirección es, precisamente, abajo del “corazón”, o sea, son las entrañas. Estas son los “órganos” de la emoción.
Sin duda, una nueva experiencia de Dios se esboza en esta poesía de Oseas. Algo profundamente nuevo despunta en el horizonte: una mayor auto-crítica en relación a la violencia; un modo más “santo”, esto es, humano, próximo, “pequeño”, cotidiano, de testimoniar a Dios; el desafío de no centrar las imágenes de Dios en el “hombre”, sino más bien en quien da de mamar.
Ahora bien, ¿de dónde viene esta capacidad auto-crítica de nuestro profeta? ¿De dónde le vienen estas nuevas luces, estos relámpagos iluminados?


11. De dónde...

En verdad, no lo sé. Ha de pertenecer al ámbito del misterio de la revelación. Son las sorpresas que Dios nos reserva.
Sin embargo, incluso tales sorpresas tienden a tener mediaciones. Y las de Oseas no parecen ser tan oscuras.
Por una parte, todas estas imágenes usadas para describir el “nuevo éxodo”, para viabilizar esta fascinante relectura de la liberación, son bastante conocidas. Hacían parte del mundo cultural en el cual la profecía de Oseas estaba enraizada.
Son las imágenes que tendían a ser aplicadas a las divinidades cananeas. Ellas eran justamente madres y compañeras, responsables por las “pequeñas” cosas de la vida diaria. Eran muy próximas a las personas. Y Oseas conocía muy bien esta religiosidad. Estaba casado con Gómer, “una mujer dada a la prostitución” (1, 2), alguien que había participado de los ritos de iniciación sexual y de fertilidad, tan típicos de las divinidades cananeas. Y de este ámbito provienen, a mi modo de ver, las imágenes que Oseas usa en la relectura del éxodo y del concepto de Dios en este capítulo.
¿Precisamente él, que tanto combatió la idolatría? ¡Sí, precisamente este profeta, Oseas! Pues, para él, la crítica a la idolatría no es una condenación simplista de otras expresiones religiosas. Su denuncia de la idolatría siempre va de la mano de su grito contra la opresión. El trata de desmontar los ídolos que alientan la explotación. Su preocupación no es únicamente combatir otras manifestaciones culturales y religiosas.
En esta óptica, Oseas no sólo denuncia los ídolos; él también denuncia el propio culto a Yahvéh, transformado despiadadamente, en los templos, en instrumento de expoliación de los productos de los campesinos.
Estas duras críticas a la religión usada, sea con colorido yahvista, sea con ritos cananeos, para la opresión, no impiden que Oseas valorice el culto a Yahvéh, como de hecho lo hace, o que asuma elementos de la cultura religiosa cananea. Es lo que tenemos en el capítulo 11.

12. “En sus casas”

Hay futuro. Esta relectura del éxodo promovida por Oseas en nuestro capítulo, tiene una meta práctica, concreta. Hay futuro para el Israel-niño, a pesar de todas las ruinas traídas por los reyes, a pesar de la masacre asiria.
Y esta esperanza es formulada también en los términos del éxodo. Salidos de las garras de Egipto y debajo de las botas asirias, el pueblo vuelve, a semejanza de lo ocurrido en los tiempos de Moisés.
Vuelven “temblando”, igual que en los tiempos pasados. En el desierto, el pueblo vivía con miedo, temiendo pasar hambre, sed.
Retornan a las casas, mejor dicho, a “sus casas”. Ahora, la casa es el símbolo del proyecto tribal. Y ya que vuelven a “sus casas” parece que retoman, precisamente, la historia anterior.
Pero, entonces, ¿no existe nada nuevo? En parte, no. Pues la vida en “casa”, en clan, en tribu, era lo mejor y lo más digno que se había elaborado en la historia de Israel. El tribalismo se vuelve modélico. Por eso, el nuevo éxodo desemboca en él.
No obstante, hay también algo nuevo. Lo que ocurrió con los hebreos y Moisés tuvo connotación particular, local, restringida. Ahora, no. Lo nuevo agitará el mundo entero: el mar, esto es, el occidente, Egipto, Asiria. Estos eran, en la boca del pueblo, los horizontes de la vida, del mundo. Todo él estará incorporado en el nuevo éxodo. Los horizontes del mundo, “temblando”, van a convergir en la vuelta, en el éxodo liberador.
Sí, nuevo también es este éxodo de las utopías, porque en el ya no prevalecerá el brazo de la violencia, aun cuando sea liberador, sino el abrazo del lazo del amor, del abrigo, de las compasiones. En este otro éxodo, las cosas “pequeñas” del diario caminar, del alimento cotidiano, serán las santidades divinas.
Y eso es “oráculo de Yahvéh”. Y, mira que los dichos, palabras, gritos, lágrimas, cambian las cosas, alteran las vidas, día a día.


Finalmente, menciono algunas de las publicaciones que me ayudaron en el estudio de Os. 11, y que me orientaron en la definición de varios detalles, arriba no mencionados expresamente, pero implícitos entre líneas:

Andersen, Francis I.-Freedman, David Noel. “Hosea. A new translation with introduction and commentary”, en: The Anchor Bible, vol. 24. New York, 1980.
Buss, Martin J. “The prophetic word of Hosea. A morphological study”, en: Beihefte zur Zeitschrift fur die Alttestamentliche Wissenschaft, vol. 111. Berlin, 1963.
Jeremias, Jörg. “Der Prophet Hosea”, en: Das Alte Testament Deutsch, vol. 24/1. Vandenhoeck & Ruprecht. Göttingen, 1983, págs. 138-147.
Mays, James Luther. “Hosea. A commentary”, en: The Old Testament Library. Philadelphia, 1969.
Mejía, Jorge. “Amor, pecado, alianza. Una lectura del profeta Oseas”, en: Teología: estudios y documentos, vol. 1. Buenos Aires, 1975.
Pixley, Jorge. “Oseas: una propuesta de lectura desde América Latina”, en: RIBLA (Costa Rica) Nº 1 (1988), págs. 67-86.
Sampaio, Tânia Mara Vieira. Mulher: uma prioridade profética em Oséias. Disertación de maestría. São Bernardo do Campo, 1990, 322 págs. (véase en especial págs. 224-305: “A hermenêutica de Deus em Oséias”).
_____________ “A desmilitarização e o resgate da dignidade da vida em Oséias”, en: RIBLA (Brasil) Nº 8 (1991), págs. 70-81.
Schökel, Alonso-Sicre Díaz, J. L. “Profetas II”, en: Grande Comentário Bíblico. São Paulo, 1991, págs. 887-951.
Schüngel-Straumann, Helen. “Gott als Mutter in Hosea 11”, en: Tübinger Theologische Quartalschrift, vol. 166. Tübingen, 1986, págs. 119-124.
Wolff, Hans Walter. “Dodekapropheton 1. Hosea”, en: Biblischer Kommentar Altes Testament, vol. 14/1. Neukirchen, Neukirchener Verlag, 1965 (2a. ed.), págs. 246-265 (traducción al inglés: “Hosea. A commentary on the book of the prophet Hosea”, en: Hermeneia. A Critical ans Historical Commentary on the Bible. Philadelphia, 1986).
________ “Oseas hoy. Las bodas de la ramera”, en: Nueva Alianza, vol. 93. Salamanca, 1984.
Zwetsch, Roberto E. “‘Misericórdia Quero’. Oséias fala para a América Latina dos pobres”, en: Mosaicos da Bíblia, vol. 5. São Paulo, Centro Ecumênico de Documentação e Informação, 1992, 12 págs.

 

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