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JESUS EN LA VIDA COTIDIANA

Néstor O. Míguez

 

Este artículo busca leer el Evangelio desde la experiencia
cotidiana de un grupo de animadores de comunidades de base de los barrios del Gran Buenos Aires. La narrativa marcana de la vida de Jesús (Mc. 6-8) es examinada desde la óptica de la historia social de su tiempo, y se hace relevante desde y para los pobres de las villas de las ciudades latinoamericanas.

This article is an attempt to read the Gospel from everyday's life experience of a group of leaders of popular biblical circles in the outskirts of Buenos Aires. Mark's narrative of Jesus' life (Mc 6-8) is examined through the lenses of the social history of his time, and is made relevant for and from the life of poor people of the "misery villages" of Latin American cities.

 

Este artículo se presenta con menos rigor y aparato que otras entregas de RIBLA, y quizás repita cosas que muchos conocen. En su lugar, por la forma en que surgió, cuenta con la participación y la experiencia de los hermanos y hermanas que compartieron el taller de lectura popular de la Biblia del COBI, en Buenos Aires, los días 23 y 24 de mayo 1. Es sobre las experiencias de su día a día en los barrios y villas de los que proceden, vividas a la luz de la fe, que aparece esta imagen del Jesús del pueblo, rescatado en su propia cotidianidad. El texto base del trabajo fue el Evangelio de Marcos, capítulos 6, 7 y 8.
El taller comenzó con dramatizaciones que pusieron en evidencia las situaciones de todos los días: en el transporte público, en un negocio, a la salida de los chicos de la escuela, en la “cola” de los jubilados que van a cobrar su mísera pensión. Con el dramatismo y esa genialidad para el humor con que el pueblo relata aún sus más dolorosas experiencias, se habló de la miseria, de la enfermedad, del hambre, de la falta de solidaridad, de la desorientación, del desprecio vivido y de la frustración de las esperanzas. Los problemas del alcoholismo, de las drogas, del desempleo, volvieron a resonar, no desde las frías estadísticas o el relevamiento aséptico del periodista, sino desde el drama con que lo vive la familia, el barrio, desde la historia de vida contada por la víctima. Vimos también las respuestas de nuestra gente: las respuestas comunitarias, las actitudes individualistas, la evasión. Sobre esa base comenzamos a reconstruir el Jesús del pueblo, el Jesús de la vida cotidiana.

 

1. Claves de lectura

Alguien ha ido tomando notas. Otros contarán esta experiencia al llegar de vuelta a sus comunidades, y se pasarán la voz. Hasta que algún otro, dentro de un tiempo, recoja esta memoria y diga: “¡Oh, qué interesante!”. Y guarde las notas, y escriba lo que pueda recuperar de lo que fue dicho. Y dentro de muchos años vendrá un tercero y se preguntará cómo sería la vida en estos barrios, qué problemas debían confrontar, y cómo se intentaba darles solución. Y quizás trate de reconstruir desde estas notas qué pasaba con nuestra gente, qué fuerzas los movían.
Así fueron surgiendo nuestros Evangelios. Gente del pueblo fue relatando lo que le pasaba, y lo que pasaba, especialmente en torno de uno que se llamaba Jesús de Nazareth. Lo decían como testimonio, como experiencia, como convicción. Al contar esta historia de Jesús mostraban los problemas y la forma en que la gente actuaba frente a las situaciones de la vida cotidiana.
En la palabra de estos Evangelios, entonces, no se refleja sólo lo que hizo Jesús, que es lo que estamos más acostumbrados a leer, sino que también se nos muestra las situaciones de vida de la gente de su tiempo, cómo trataba o no de solucionar sus problemas, cómo eran sus actitudes, similares a las que nosotros descubrimos en nuestra propia realidad.
Claro que eran tiempos distintos. Seguramente quien recogiera dentro de dos mil años los apuntes de este encuentro entenderá algunas cosas y otras no. Porque son muy nuestras, muy reales, pero para descubrirlas hay que conocer por la experiencia lo que significan, hay que captar los secretos del lenguaje cotidiano.
Jesús se mueve en un ambiente rural, con aldeas pequeñas. Si bien la región suroccidental de Galilea, donde estaba Nazareth, era una zona muy poblada, cada aldea de por sí era pequeña: oscilarían entre los 500 y 2000 habitantes. Las aldeas estaban ubicadas con cierta proximidad. La tierra de los valles era fértil y la agricultura era el principal recurso. Muchos aldeanos, sin embargo, trabajaban para otros. Las tierras, originalmente propias, las habían perdido a  manos de prestamistas y banqueros de la ciudad por alguna mala cosecha o un año de enfermedades, cuando no por la excesiva carga de impuestos. Los habitantes de las grandes ciudades y los favoritos del Estado romano se habían apropiado de la mayor parte de la tierra cultivable. La desocupación rural había crecido, y la gente se desplazaba de una a otra aldea en busca de trabajo y sustento. Este panorama hay que tenerlo presente cuando leemos los Evangelios y notamos las masas de personas que se desplazan de aldea en aldea, siguiendo a Jesús, y cómo pasaban hambre. O que se estacionaban en las plazas aldeanas a la espera de algún trabajo temporario (Mt. 20: 1-16).
Por lo mismo, las enfermedades eran una verdadera tragedia. Tener un familiar enfermo era entrar en el círculo de endeudamiento, que normalmente acababa con la propiedad y la vida familiar. La medicina era un lujo de los círculos del dinero y el poder. La cantidad de milagros de curaciones de Jesús, hay que leerla también contra este trasfondo.
Para el gobierno de la región esto no era preocupación. Lo importante era quedar bien con Roma, verdadero centro del poder. El poder era ejercido discrecionalmente por los que gozaban del favor del “primer mundo”, que era Roma. Herodes depende de Roma, de ser reconocido por el Emperador. El contraste entre la fastuosidad y la corrupción de las cortes provinciales romanizadas y la miseria y el endeudamiento del pueblo, es otro dato inescapable a la hora de interpretar los Evange-   lios.
Debe tenerse presente la cuestión de la naturaleza. La naturaleza era la fuente de alimentación y vida, pero también podía ser el gran enemigo. Lluvias excesivas o sequías, plagas y tormentas, inesperados cambios de clima, podían modificar la situación de una familia, de una aldea, y transformarlas de un año a otro o de un día a otro, de labradores de su propia tierra en siervos de un señor de la ciudad que les hace labrar la tierra, que antes les pertenecía, pero ahora para beneficiarlo a él.
Nos han acostumbrado a leer la Biblia en la búsqueda del “mensaje teológico”. Leerla desde “afuera”, “objetivamente”, para interpretar “qué enseña y cómo debe pensarse” el texto bíblico. Y hemos olvidado incorporar efectivamente nuestra propia experiencia como pueblo, nuestra propia vida cotidiana a la lectura. La lectura que hacemos en estos talleres recupera la Biblia desde nuestro lugar de vida. Hemos sido arrojados a la vida como parte de pueblos pobres, sin poder. Somos parte del mundo postergado, de los humildes, de la gente que tiene que ganarse el pan de todos los días a como puede. Los protagonistas de estas historias bíblicas son esa misma gente, nosotros mismos. Por eso leemos estos relatos desde allí; no nos damos el lugar del teólogo que interpreta desde su “erudición” (que tampoco es ajena a intereses de clase). Tomamos el lugar del pueblo, del pueblo que va acompañando a Jesús a lo largo de todo este relato, y nos preguntamos desde nuestro lugar y experiencia qué pasaba, de qué manera esos problemas son nuestros problemas y cómo los enfrentamos nosotros. Ya habrá ocasión de aprovechar también, desde esas preguntas, el aporte de los estudiosos.

 

2. Lectura de algunos textos propuestos

No es posible brindar el análisis de los tres capítulos estudiados. Lo que transcribimos aquí son los elementos aportados para y en la discusión de algunos de los pasajes claves en estos tres capítulos.

 

2.1. ¿No es éste el carpintero? (Mc. 6:1-6)

El primer pasaje que leemos es el que comienza nuestro texto. Si bien los otros evangelios sinópticos, más elaborados en este sentido, hablan de Jesús como el “hijo del carpintero”, Marcos señala que Jesús se había ganado la vida en su pueblo trabajando como cualquiera. ¿Cómo trabajaría un carpintero en una pequeña aldea de Galilea? Muchas de las ilustraciones de cuadros y estampas nos han desorientado. La carpintería con todo su instrumental para muebles finos, con gubias y formones variados y banco completo que aparece en los dibujos de la infancia de Jesús, sólo existían en los palacios y en las grandes ciudades.
Pero Nazareth era una aldea pequeña, con casas de adobe, con los techos formados por cañas y ramas entrelazadas y cubiertas de barro. Su mobiliario era, con suerte, una mesa baja. Se comía sentado en el piso y se dormía sobre esteras que se enrollaban durante el día. ¿Qué trabajo podría tener un carpintero allí? De vez en cuando arreglar una mesa, poner en escuadra una puerta o un marco de ventana, hacer o reparar algún utensilio de labranza u hogareño de los aldeanos. No alcanza para mantener una familia. Entonces probablemente haría como tantos otros: armar un atadito con las herramientas esenciales (una sierra, una escofina, un martillo, unas tenazas, algunos clavos, una punta) y salir a recorrer las aldeas ofreciéndose en las plazas a la espera de algún trabajo.
¿Dónde habría más trabajo? A la orilla del mar. Reparar los botes de los pescadores. Seguramente Jesús salía de recorrido y pasaba largos días a la orilla del  mar reparando los botes, haciendo un remo, colocando un palo de vela. En esa tarea cotidiana conoció a su gente y su territorio. En ese espacio se moverá después con conocimiento y libertad.
Pero, entonces, viene la pregunta asombrada de la gente de Nazareth:

¿Cómo es que éste, que conocemos como carpintero, que sabemos de qué familia viene, que nació, creció y trabaja entre nosotros, de repente aparece como sabio y obrador de milagros? ¿Cómo es que hace seis meses estuvo en la plaza encolando la pata de la mesa, y ahora aparece como un milagrero? ¿Cómo va a ser un sabio, si es el que me hizo esta escalera medio floja? Si nosotros lo conocemos a él, a su mamá. María; si sus hermanos trabajan igual que nosotros...

Eso es lo que la gente está diciendo. El carpintero de Nazareth no puede ser un gran personaje, porque es uno más de los artesanos de pueblo que van de aldea en aldea voceando su oficio en las plazas... Si hasta hace un tiempo pasó diciendo: “¡Carpintero, carpintero! a la busca de trabajo, y hoy pasa diciendo del Reino de Dios...
Y es que a ellos, como a nosotros, se nos enseñó que la gente común no puede ser importante. Esto es parte de lo que los poderosos nos han hecho creer a lo largo de siglos. Que sólo ellos hacen la historia. Que el carpintero de Nazareth, el afilador que pasa chiflando su oficio, o el plomero que me arregla el desagüe de la casa, nunca pueden ser los protagonistas de la historia, y menos los artífices de la salvación. Para tener la sabiduría y el poder hay que estar en palacio, no en la aldea.
Ya en este relato hay todo un preguntarse: ¿quién es el elegido de Dios? Es este carpintero, uno cualquiera del pueblo. El que me puso en escuadra la ventana que se había fallado, el que está lijando ese palo para terminar el remo del pescador: ese es el Hijo de Dios, el que tiene sabiduría y poder para hacer milagros; está en el pueblo, es del pueblo; no nos viene de afuera, los conocemos: su mamá y sus hermanos están entre nosotros.
Así también cuando habla en la sinagoga. La sinagoga no es el edificio sino la reunión. Muchas aldeas no tenían edificio para celebrar su asamblea, su sinagoga de los sábados se celebraba a campo abierto. Era la reunión del pueblo para tratar las cosas cotidianas, resolver cuestiones comunes y estudiar la Palabra de Dios. Podemos imaginarlas como las reuniones de nuestras comunidades... Y allí aparece éste, que había sido el carpintero del pueblo, y empieza a decir una palabra distinta y la gente se asombra. Juan, Pedro, María, dicen: “Escuchémosle, porque está hablando con sabiduría”, sin embargo algunos otros se encogen de hombros: “Y quién es éste, si era el carpintero?”.
Aquí empezamos a ver lo que significa la fe: la posibilidad de recibir la Palabra de Dios en lo que dice mi hermano, otro del pueblo, el igual. Descubrir al protagonista de la historia de Dios en el humilde trabajador de mi barrio.
De allí que cuando envía a sus discípulos por las aldeas (Mc. 6:7-13), Jesús les ordena que no lleven nada para el camino. Les está señalando que deben confiar en su propio pueblo. Si ellos están al servicio de la gente, ésta los recibirá. No transformar el “ser discípulos” en una profesión que los aísla de la gente, sino en una misión que los integra. Los obliga a convivir en medio del pueblo. Vayan y quédense en la casa donde los reciban: usen la hospitalidad del pueblo, no se aíslen, no se pongan aparte. Los obliga, de alguna manera, a jugar su mismo juego: ser el portador de la esperanza divina sin separarse de la vida cotidiana de su pueblo.

 

2.2. La muerte de Juan el Bautista (Mc. 6:14-29)

Los participantes del encuentro señalaron el contraste entre la vida del pueblo, que no tenían pan, y el banquete de Herodes. La vida cotidiana del pobre es distinta de la del poderoso. Sus preocupaciones de cada día: qué comer, cómo curarse, dónde conseguir el sustento, son distintas de las que se viven en palacio. Allí se dispone de la arbitrariedad del poder. Lo cotidiano en palacio son los juegos del poder y las intrigas.
En el palacio, por el capricho de una joven, se mata a una persona. El poder hace lo que quiere con la vida de aquellos que el pueblo ama y respeta. No hay consideración de justicia o dignidades que no sean la propia soberbia. Es un texto que nos motiva en la consideración de las violaciones a los derechos humanos, a la dignidad del pueblo. Los que tienen el poder disponen hacer callar a los profetas. En el fondo, Herodes  mata a Juan porque puede matarlo, porque para él la vida de Juan vale menos que su orgullo frente a sus secuaces (v. 26). El poder arbitrario de los que gobiernan es un dato de la vida cotidiana del pueblo (Mc. 10:42-44).
Vale la pena detenerse un poco en la figura de Juan. Porque representa uno de los movimientos que perduraban en la conciencia de las gentes humildes: el movimiento profético. Mientras que la profecía había “desaparecido” para los círculos oficiales del judaísmo, es evidente que para el pueblo común seguía siendo un movimiento vivo: por eso Jesús mismo es considerado profeta (Mc. 8:28). Es necesario insistir sobre esto, porque cuando se estudia el judaísmo del tiempo de Jesús tiende a reflejarse el judaísmo oficial (que veremos más adelante), y a considerar ese el “ambiente judío” de Jesús. No obstante, la cultura y la religiosidad judías eran mucho más variadas de lo que esa imagen monolítica nos ofrece. Junto al judaísmo oficial había un judaísmo popular del que nos han quedado mucho menos huellas históricas (justamente por su carácter popular y no literario), y lo que nos queda generalmente proviene de fuertes antagónicas. Entre las fuentes que nos permiten entender algo del ambiente popular de Jesús están, como dijimos al principio, los registros de los mismos evangelios.
En los evangelios aparecen huellas de la importancia que había adquirido el movimiento de Juan el Bautista entre las gentes comunes: lo suficiente como para atraer la mirada censora de los fariseos de Jerusalén y de los soldados 2. Flavio Josefo, ese ambiguo historiador de los judíos, también lo destaca. La crítica de Juan a la inmoralidad de Herodes había llegado al palacio y había significado su cárcel (vv. 17-18). La naturaleza social y fuertemente ética del movimiento del Bautista parece, por lo testimonios bíblicos y extra-bíblicos, más allá de toda duda. Es, algo muy actual, un profético fiscal de la corrupción del poder. Su mensaje, que también tendría un fuerte tono escatológico (apocalíptico), al estar en Lucas (3:7-9) marca su encuadre profético. Pero también debe señalarse su poder convocante para el pueblo, lo que es recordado por Jesús (Mc. 11:32).
¿Por qué y cómo es que el pueblo común auspicia un liderazgo como el de Juan, y por qué lo asimila a los profetas? Esto solamente es posible si la memoria del mensaje profético está presente en el seno del pueblo, y la vigencia del movimiento se actualiza en su figura. Mientras la religión oficial se afirma en la ley o en la tradición, la religiosidad cotidiana de las gentes comunes recupera la imaginación profética. Juan es una señal de otra comprensión de la simbólica divina en el judaísmo, la que anida en los sectores populares, en los iletrados que no podían dedicarse al estudio sesudo de la ley. Sin embargo ellos eran capaces de reconocer en la figura de Juan (y en otras similares, como eventualmente también en Jesús), la fuerza de la presencia revelatoria del Dios de los humildes. Y por eso le seguían.
Es en ese marco que Juan denuncia la corrupción moral del poder. Desde su inserción en el pueblo, como su profeta. No debemos pensar en Juan, como muchas veces se lo ha pintado, como un “actor de reparto” de la historia de Jesús, el “francotirador” moralista del desierto. Juan no es un solitario: es la expresión de todo un movimiento, de una religiosidad vigente en el pueblo. Tiene discípulos, y sus seguidores alcanzan al judaísmo de la diáspora (cf. Hch 18:24-25). Expresa una experiencia de fe que no se afirma en los círculos oficiales del poder, o en la conciliación con las fuerzas de ocupación romana, sino que los desafía desde la tradición profética, desde la autoridad que le confiere su liderazgo popular. Es en esta comprensión de la fe de Israel que Jesús se bautiza, en medio del pueblo que reconoce a Juan. La vida cotidiana del pueblo estaba marcada por su lucha contra el hambre y la enfermedad, su exposición a los caprichos y corrupción del poder, su opresión por la ocupación romana y el endeudamiento ante la aristocracia: esto aparece en el mensaje de Juan. Y muestra las expectativas de la religiosidad de las gentes comunes, que por eso lo hacen su profeta.


2.3. Teología de la pureza y teología del don

Para entender mejor a Juan quizás debamos adelantarnos unos versículos y observar lo que ocurre en el capítulo 7. Allí se genera una discusión entre Jesús y los fariseos y escribas venidos de Jerusalén. Esta referencia no es casual. Los que cuestionan son los que representan la élite ciudadana, los encargados del control ideológico, provenientes de la gran ciudad.
El tema original es el alimento. Nuevamente una preocupación central de la vida cotidiana. La tradición quiere controlar la forma de alimentarse, someterla a un rito vinculado con una ideología, la de la pureza. ¿Qué era ser puro? La pureza no era únicamente una cuestión ritual o higiénica, como a veces ha sido explicado. También tenía un contenido social. Expresada como una cuestión religiosa, terminaba siendo una diferenciación social.
¿Cómo había surgido esta idea de la pureza? En la teología judía, entre varias líneas que pueden señalarse, aparecen dos que vamos a destacar: la teología de la pureza y la teología del don. La teología de la pureza corre por estas líneas: la vida del ser humano se consigue y mantiene a costa de otras vidas. Dentro de la vida siempre hay algo de muerte; por ejemplo, para poder vivir debemos alimentarnos matando animales y plantas. Todo aquello que trae aparejada la muerte dentro de la vida se constituye en impureza, hace de la persona algo impuro. En la misma línea se explica la impureza de la mujer al menstruar: ese derramamiento de sangre es vida que se pierde.
Los alimentos había que purificarlos, de allí los ritos que acompañan a la alimentación; entre otras cosas, debe evitarse comerlos con las manos sucias. Así, el ser humano estaba pasando permanentemente de un estado de pureza a uno de impureza. Para reconquistar la pureza había que realizar ciertos ritos que nos limpiaran a los ojos de Dios, para que Dios nos devuelva la vida. De allí las abluciones, los lavamientos rituales, las ofrendas, los sacrificios donde las propias faltas eran depositadas en un animal expiatorio, que por lo tanto debía morir. Con estos ritos el ser humano volvía a ser puro, y entonces podía honrar a Dios.
Esto se transformó en una cuestión social, porque esos ritos separaban a los puros de los impuros. Para realizar todos los ritos y sacrificios hay que tener conocimiento, tiempo y dinero. Hay que poder detenerse en medio del trabajo, hay que disponer de los elementos para cumplir con las abluciones, etc. El que está trabajando todo el día en la tierra, entra en contacto con el abono de los animales, etc., no puede ser puro. Ciertos oficios quedan excluidos. Las enfermedades hacen impuros. Sólo aquellos que disponían de tiempo y ciertos conocimientos, y desempeñaban determinados oficios, podían asegurarse la pureza. O si no había que ofrecer sacrificios, que generaban un no pequeño comercio (Mc. 11: 15-17). Así pues, los miembros del pueblo vivían en un estado de permanente “impureza” y eran, por lo mismo, “pecadores”. Por eso, cuando leemos que Jesús se juntaba con los pecadores no tenemos que referirnos a personas “moralmente malas” o éticamente despreciables. Para los fariseos los pecadores eran aquellos del común del pueblo, que por desconocimiento, por sus oficios manuales, por la enfermedad o su pobreza que los mantenía al borde de la muerte, eran siempre impuros. Era una cuestión social. Los que somos gente común del pueblo somos los pecadores. Los santos del fariseísmo están en otro lugar.
Por otro lado, existía la llamada “teología del don”. También reconoce que la vida es un regalo de Dios (don), y que para mantenerla nos apropiamos de otras cosas que Dios ha creado. Por ello estamos permanentemente en deuda con Dios. A Dios le debemos todo, le debemos la vida y lo que nos permite mantenerla. Lo que somos, lo que nos alimenta, lo que vestimos, todo se lo debemos a Dios. Obviamente, el rico le debe más a Dios, el pobre menos. En este otro entendimiento la cuestión se pone al revés. Se es más deudor a Dios, cuanto más uno dispone.
Pero, ¿cómo le pagamos, ricos o pobres, esa deuda a Dios? No hay forma de devolverle a Dios lo que tomamos. La teología de la pureza decía: le pagamos a Dios purificando los bienes mediante la consagración (Mc. 7:10-13). En cambio, la teología del don dice:

Ya que no podemos devolverle a Dios nada, porque todo lo que tenemos ya es suyo, lo que debemos es extender este don a nuestros hermanos más necesitados. Aliviar nuestra deuda con Dios es preservar la vida del hermano débil, pues el hermano también es un don de Dios. Le pago mi deuda a Dios en la persona de mi hermano necesitado. Y no debo cobrarle por ello, porque es una devolución a Dios de aquello con lo que él me bendijo (ver, por ejemplo, Is. 1:11-20, entre muchísimos textos proféticos en esta línea). Esto está también a la base de la oración del Padrenuestro 3.

Esta teología del don nutre toda la corriente profética y se expresa ya en el libro del Deuteronomio, donde la ofrenda del diezmo no se entrega al sacerdote, sino que se usa en un banquete donde se invita a todos, reservando un diezmo de cada tres exclusivamente a los desamparados, huérfanos, viudas, extranjeros y los sacerdotes sin heredad (Dt. 14:22-29). Si leemos la predicación de Juan el Bautista en Lc. 3:1-15, o el Sermón del Monte de Jesús (Mt. 5-7), veremos claramente cómo ellos explican y aplican la teología del don, y no la de la pureza.
Por eso decíamos que para poder entender claramente a Juan, hay que ubicarlo en la línea profética y en la teología del don, que era una teología muy popular. El pecado de los ricos de palacio, su corrupción, su adulterio, su banquetear mientras el pueblo pasa hambre, no es simplemente “una inmoralidad”, o un adulterio como el que se comete en la aldea (Jn. 8:1-11), y que Jesús puede perdonar. El pecado del rico es blasfemia, es negación de Dios, es supremo desconocimiento del don de Dios. Por eso el pueblo tiene a Juan el Bautista por profeta, por eso ve su autoridad como proveniente de Dios: es el que expresa al Dios que defiende la vida del pobre, al Dios del don frente al dios de los sacrificios.

 

2.4. ¿Qué hace al hombre impuro? Mc. 7:1-23

En esta misma línea hay que ver a Jesús. Por eso también Jesús es visto como profeta, y pese a la incredulidad de su propia aldea, gana popularidad en toda la región. Este texto tiene que ver con una de nuestras dramatizaciones: la de la cola de los jubilados. El mandamiento: “honra a tu padre y a tu madre”, era la “ley de jubilaciones” de la antigüedad. Es el mandamiento de cuidar a los ancianos. Es parte de la cadena del don:

...aquellos que te nutrieron en tu infancia, cuando no podías mantenerte por vos mismo, merecen que ahora, cuando ellos ya no tienen fuerzas, vos los cuides.

Así pasará a su vez contigo. Por eso este mandamiento tiene premio: para que te vaya bien y se alarguen tus días en la tierra. El deber de cuidar a nuestros ancianos, de respetar su dignidad, es parte de la teología y de la ética del don.
No obstante, en la época de Jesús se había establecido, desde los círculos sacerdotales, otra norma, la de la pureza.

Yo me consagro a Dios, y todo lo que tengo está consagrado a Dios, lo uso yo ahora, pero es ofrenda para Dios.

De esta manera se ganaba pureza. Y si los padres eran ancianos y no tenían de que vivir, se podía decir:

Yo no puedo sostenerlos, porque no puedo dar a los seres humanos lo que ya he consagrado a Dios.

La teología de la pureza, el consagrar a Dios —esto es, declarar sucesores al Templo y a los sacerdotes (Mt. 22:14)—, había destruido el mandamiento que los obligaba a mantener a sus padres ancianos. Es la confrontación entre dos perspectivas de la vida: una dice que para agradar a Dios, hay que rendirle culto; la otra dice que para rendirle culto a Dios, hay que ser solidario con el hermano que necesita, en este caso, tus mayores. El descuido por los ancianos por parte de nuestras sociedades, el uso de los fondos sociales y jubilatorios para pagar la deuda externa, son hoy la expresión de la confrontación entre estas dos tendencias.
Los círculos oficiales del judaísmo (saduceos y fariseos) mantenían estas teologías de la pureza (si bien con ciertos desacuerdos entre ellos). El culto a Dios estaba en el cumplimiento de la ley y en los sacrificios del Templo: así se mantenía puro el ser humano. Jesús rechaza esta teología desde la experiencia del don. Lo que Dios ha creado y que nosotros comemos no es lo que nos hace impuros; lo que nosotros le hacemos a nuestros hermanos cuando nos abusamos de ellos, o cuando nos olvidamos de sus necesidades, es lo que nos hace pecadores. Y eso es la experiencia cotidiana del pecado y la redención, más allá de las abstracciones y teologías.

 

2.5. La curación de la hija de la mujer sirofenicia
(Mc. 7:24-30)

Este es un episodio importantísimo, porque en todo el Evangelio, cada vez que Jesús discute con alguien lo desarma; pero esta mujer le “ganó la discusión” a Jesús. La única persona que se confronta airosa con Jesús en una discusión es una mujer extranjera. Si había alguien que no tenía ninguna importancia para un maestro judío ortodoxo, era una mujer gentil y con una hija endemoniada.
Sin embargo, esta mujer le arrancó un milagro a Jesús porque le demostró que la teología del don que ella expresaba, era más generosa que la que Jesús le exponía. Jesús expresa: “si uno tiene pan, lo tiene que compartir con sus hijos, no puede dárselo a los perritos”. No obstante, la teología del don de la mujer va más allá: “pero aún los perritos esperan que, aunque sean sobras, algo quede para ellos”. Aun lo que algunos consideran sobras, para otros es la vida. Algunos viven de lo que tienen, otros de lo que les dan, otros de lo que se tira. Esta es también una experiencia cotidiana para nuestros pueblos, desgraciadamente. Jesús percibe esto inmediatamente: “Por esta palabra se salva tu hija”.
En la sensibilidad de Jesús, esta mujer pagana (en el sentido estricto de la palabra: la que vive en el “pago”, en las afueras de la ciudad) le muestra toda la razón que da el dolor. Esto cambia el lugar de la mujer en toda la comprensión de Jesús. Porque además esta vecina de Tiro, cuyo nombre ignoramos, apela a Jesús desde su ser mujer, desde su ser madre. No pide algo para ella, lo pide para su hija. Aquí no es el tema de la pureza, ni que la mujer se salvará engendrando hijos, como dicen las cartas deuteropaulinas. Aquí la mujer se salva porque fue capaz de mostrar una visión mucho más generosa. Porque fue capaz de “no achicar” ante la respuesta de Jesús. Es una madre del pueblo, de esas que nuestro pueblo conoce, que van adelante cuando se trata de la vida de sus hijos.
Este episodio es muy rico porque rompe el prejuicio antifemenino no desde el hombre, sino desde la mujer. Una mujer que obliga a romper varios prejuicios porque se demuestra capaz de sostenerse frente a Jesús. El dolor la ha golpeado en su hija; ella sale a buscar lo que sabe que será su remedio. No importa que sea mujer. No importa que aquél a quien tiene que apelar sea un extranjero que quizás la desprecie (no olvidemos que el extranjero, en este pasaje, es Jesús). Lo que importa es su hija. Aguanta un argumento que puede sonar despreciativo. Y reclama una generosidad que sabe que Jesús no podrá negarle. Desde la propia mujer sale el argumento que modifica la concepción, que rompe el prejuicio.

 

2.6. Jesús camina sobre las aguas (Mc. 6:45-52)

Volvemos un poco atrás para ver el episodio de Jesús caminando sobre las aguas. Recordemos que las fuerzas naturales eran vistas como caprichosas, peligrosas. La sequía, las plagas, los fuertes vientos y las tormentas eran enemigos de la gente, que ponían en riesgo sus sustento. Por otro lado, en la mentalidad judaica el mar era visto como enemigo, como el depósito de las fuerzas de la ira, del mal. Era el lugar maligno y tenebroso. Del mar venían sus enemigos. Las tormentas marinas (aun las del Lago de Genesaret) eran un oscuro presagio.
Este milagro de Jesús caminando sobre las aguas, muestra otra forma de relación con la naturaleza. No desde el temor, sino la posibilidad de la armonía, del encuentro con las fuerzas naturales. Podemos decir que es el “milagro ecológico” de Jesús. El pudo caminar sobre el mar, sobreponerse a sus fuerzas amenazantes, calmar la tormenta. Mientras el viento huracanado les impedía a los discípulos seguir remando, él pudo llegar a la otra orilla fácilmente. Si bien el milagro contiene además un fuerte simbolismo,  manifiesta la comprensión de una relación distinta de Jesús con la naturaleza, relación distinta que se ve también en la forma en que calma el hambre con la multiplicación de los panes.
Era posible en la creación entenderse de otra forma con la naturaleza. Tiene que ver también con la experiencia cotidiana. La gente veía que una tormenta le destruía la cosecha; la tormenta era un enemigo, la naturaleza una fuerza oscura y amenazadora, un enemigo misterioso que crea miedo. El capricho de la naturaleza y el hambre, estaban relacionados. La injusticia y la opresión aumentaban este efecto. Sin embargo, Jesús distingue entre ambos. Es posible establecer una relación creativa con la naturaleza. Si bien el acto es milagroso, anticipa la idea de que la naturaleza no es su enemiga, sino el lugar donde el humano actúa. Es en medio de las fuerzas de la propia naturaleza donde se manifiesta la salvación. Calmando la tormenta, multiplicando el alimento.


2.7. El que quiera venir conmigo... (Mc. 8:34-38)

Salteamos varios textos muy ricos, y que fueron muy inspiradores en nuestro taller. No obstante, los límites de este artículo nos imponen pasar ahora al último que hemos tratado.
Este texto se nos ha interpretado “desde la teología” como una invitación al auto-sacrificio. Seguir a Jesús significa dolor, y uno tiene que esta dispuesto a soportarlo. Y esto es interpretado en la línea de la teología de la pureza. Los fariseos tomaron su venganza... lograron que en la teología oficial de nuestras iglesias muchas veces Jesús haya sido interpretado en la línea de la pureza. Es esto lo que está diciendo Jesús, nos enseñan, que debemos entregar nuestras vidas como un sacrificio purificador.
En la teología del don y de la deuda, lo que Jesús está diciendo es:

Esta lucha es también la de todos ustedes. El don del amor de Dios que yo extiendo no se puede completar sin entregar algo, sin finalmente entregarlo todo, hasta la propia vida. Ustedes comparten esta lucha también en la cruz. No es el sacrificio el que nos va a salvar. Tampoco es poder tenerlo todo. Es luchar hasta el fin.

Frente a la interpretación que propone que el dolor salva y redime, la experiencia cotidiana nos dice que el dolor nos hunde y desespera. No, lo que redime es la lucha, la perseverancia, la consecuencia. Jesús no va a la cruz porque quiere sufrir ni por tonto. Va por su lucha, por su coherencia. Aquí esta la diferencia. El que toma su cruz no aguanta por tonto cualquier cosa, sino que participa de su acción liberadora, de su lucha. Entonces Jesús dice:

...al que no se avergüence de participar en mi lucha, yo le voy a reconocer en mi reino; el que se avergüenza de acompañarme en este camino, cuando venga el reino quedará excluido.

Todos sabemos que esta lucha se va a definir a nuestro favor, porque Dios no abandona ni desampara a los que le siguen.
Cuando Jesús fue crucificado y después resucitó, la gente ya comenzó a entender que Dios estaba actuando. Porque a Jesús no lo dejó en la tumba. Entonces podemos seguir esta lucha hasta la cruz. Porque si nosotros participamos de esta lucha, participaremos también de esta resurrección.
Es muy importante que este pasaje sea visto dentro de la teología del don, de la teología profética y mesiánica de Jesús. No desde la perspectiva farisea de la pureza. Por eso insistimos en leer el Evangelio no desde los teólogos, sino desde la experiencia cotidiana del pueblo. Pensemos en Jesús como lo experimentó la mujer cuya hija fue curada: alguien que en realidad actuó por su fe y su pujanza. No es el dolor de la mujer lo que le consigue su deseo, no es la compasión de Jesús ni el sufrimiento redentor de su hija. Es su fuerza para seguir adelante. No veamos el milagro de la multiplicación solamente para decir: “¡Ah... es el Hijo de Dios!”; veámoslo como lo recibió ese pueblo hambriento, que ve que uno de los suyos le da el pan que la injusticia le niega, y allí descubre nuevamente el don del Dios de los pobres.
Estas aclaraciones únicamente pretenden ayudar a ver cómo era la vida del pueblo en ese tiempo, para que nosotros las leamos desde nuestra propia vida cotidiana. Las cosas no son exactamente iguales. Los mecanismos sociales son distintos, si bien producen también resultados de injusticia y opresión. Como Jesús actúo en medio de la vida cotidiana de su pueblo, se propone actuar, con los que tomamos su cruz, en medio del nuestro.
El encuentro permitió volver a representar los mismos cuadros de “diagnóstico” del primer día, pero ahora pensando como sería con Jesús presente en ellos. Y esto nos permitió abrirnos nuevamente a la esperanza, porque nos muestra que el Dios del don puede seguir haciéndose presente en nuestra vida de todos los días.

Néstor O. Míguez
Camacuá 282
1406 Buenos Aires
Argentina

1 Debo agradecer a todos los hermanos del “COBI” (Colectivo Bíblico), encuentro de grupos, movimientos e instituciones que aportan a la Lectura Popular de la Biblia en Argentina, que procura coordinar esfuerzos y difundir las actividades que se están realizando en este campo; especialmente al hermano y amigo Padre Florencio Mezzacasa, que llevó el registro de este encuentro, sobre cuya memoria se elabora este trabajo.
2 Sobre esto, ver mi análisis de Lc. 3:14-15 en RIBLA 8, págs. 21-24.
3 Por lo que es mucho más significativo mantener la traducción de “perdona nuestras deudas como nosotros perdonamos a los que tienen deudas con nosotros”, que se enraíza en esta teología de la gracia de Dios, que la propuesta de “Perdona nuestras ofensas...”, que se acerca más a la teología farisaica de la pureza, y le quita su dimensión económica y social.

 
El Consejo Latinoamericano de Iglesias es una organización de iglesias y movimientos cristianos fundada en Huampaní, Lima, en noviembre de 1982, creada para promover la unidad entre los cristianos y cristianas del continente. Son miembros del CLAI más de ciento cincuenta iglesias bautistas, congregacionales, episcopales, evangélicas unidas, luteranas, moravas, menonitas, metodistas, nazarenas, ortodoxas, pentecostales, presbiterianas, reformadas y valdenses, así como organismos cristianos especializados en áreas de pastoral juvenil, educación teológica, educación cristiana de veintiún países de América Latina y el Caribe.