
LA PRUEBA DE LOS OJOS, LA PRUEBA DE LA CASA, LA PRUEBA DEL SEPULCRO
Una clave de lectura del librode Qohélet
Ana Maria Rizzante Gallazzi
Sandro Gallazzi
En este ensayo sobre Qohélet, se busca situar la lectura de este libro en el contexto de la sociedad greco-judaica para descubrir cómo el pueblo, a partir del mirar crítico de la mujer, sabe resistir a toda dominación desde su cotidianidad, desde la experiencia de sus ojos, desde su mesa.
En la primera parte se da una rápida pincelada para conocer mejor el fenómeno del helenismo, la “novedad” que se venía afirmando bajo el sol.
En un segundo momento se intenta definir quién es la Qohélet que produjo este texto.
Siguen tres pasos en los cuales se busca profundizar la crítica que Qohélet hace de su sociedad a partir de la aplicación de tres pruebas: la prueba de los ojos, la prueba del sepulcro, la prueba de la casa.
Profundizando este último punto se descubre cuál es la auténtica y perenne propuesta de Qohélet, verdadera alternativa al proyecto judeo-helenista que estaba oprimiendo al pueblo de Judea.
Inthis essay we want to put the reading of the book of Qohelet in the context of the greek-jewish society, in order to discover how the people —in the critic eye of the woman— could resist to a total domination, starting from his everyday life, the experience of his own eyes and of his dining table.
In the first part we say just something to know better the phenoment of hellenism, the “newness” wich was coming out under the sun.
Then we try to determine who is Qohelet who wrote this book.
After this we quote 3 passages in order to deepen the understanding of the critic done by Qohelet of this society in 3 tests: the test of the eyes, the test of the sepulchre and the test of the house.
Studying this last point we can discover which is the authentic and perennial proposal of Qohelet and this is a true alternative to the jewish-hellenist project that was opressing the people of Judea.
1. Todo nuevo bajo el sol
Parece un refrán de música popular que se repite constantemente. Primero parece cansar, después tiene ritmo, entra por debajo de la piel, penetra las fibras de los músculos y nos posee, nos invade, nos hace balancear.
“¡Todo es hebel, es viento, es ilusión, es nada!”.
Viento... vanidad... humo... neblina... niebla..., todo parece pero no es, no llega a completarse, no se realiza.
Hebel, como Habel, Abel, el hijo de Eva y de Adán cuyo nombre no es explicado, que no llega a completar su vida porque encuentra en el camino el Caín que lo mata.
Si existe un hebel, es porque hay un Caín. Si todo es hebel, es porque es la hora de Caín. Necesitamos descubrir, ¿quién es el Caín que transforma todo en “vacío de los vacíos”?
Sabiduría, trabajo, felicidad, riquezas, dolor, envidia, juventud, política... todo es hebel, vacío, humareda, nada de nada (1, 14; 2, 1. 11. 17. 19. 21. 23. 26; 4, 4. 8. 16; 5, 6. 9; 6, 2. 4. 9. 12; 7, 6. 15; 8, 10. 14; 9, 9; 11, 8. 10...).
Y la Qohélet, en esta misma línea, nos repite (¿con pesimismo?, ¿con realismo?, ¿con excepticismo? Cada uno puede decir lo que quiera, pues ya dijeron de todo): ¿“nada nuevo hay bajo el sol”? (1, 9; 2, 11).
Bajo el sol no hay “novedad”, no hay “provecho-lucro-ventaja”. Lo nuevo, lo que se espera, lo que los profetas preconizaron, lo que nos hace vivir, esperar, creer... el lucro, el provecho, el resultado de nuestro afán, de nuestra fatiga, de nuestra vida... no existen, son ilusión.
¿Por qué? Porque bajo el sol existe el hebel (4, 7).
Lo que existe, en verdad, bajo el sol, es servicio, trabajo, fa-tiga, fatiga del corazón, sabiduría, maldad, injusticia, opresiones, lágrimas, violencia, graves males, riquezas, errores de los gobernantes...
Porque, bajo el sol, todo depende del acaso, del tiempo (9, 11); porque no da para comprender todo lo que está aconteciendo (8, 17).
El sol... no solamente el astro de la luz que asiste impasible a los sufrimientos de la historia, sino sobre todo, el sol, el símbolo del imperio ptolemaico, del imperio greco-egipcio que desde Alejandría gobernaba Jerusalén, que gobernaba la pequeña y pobre Judea. En boca de la Qohélet judía, las palabras “bajo el sol” significan un siglo de opresión, de dominación, de pesada tributación.
El sol del imperialismo griego, capaz de matar cualquier esperanza en lo nuevo. El sol del mercado esclavista, capaz de arrancar todo “provecho” de la mesa del trabajador. Peor aún que el castigo divino del Génesis, que a pesar de todo dejó que, de la fatiga, el hombre pudiese sacar su sustento (Gn. 3, 17).
Bajo ese sol, es interesante ver cómo la Qohélet irónicamente continúa insistiendo en que, ¡nada hay nuevo! Nada nuevo, justamente en el momento en que el mundo mediterráneo estaba asistiendo a poderosas transformaciones, en todos los niveles, producidas por la gran modificación operada en la sociedad a partir del mercado griego.
1. 1. Un nuevo imperio
Un imperio producido y al servicio de la poderosísima red económica creada por las “ciudades-polis” griegas. Un imperio capaz de garantizar la libre circulación de las mercaderías sobre mares y caminos, rumbo a los mercados abarrotados de las ciudades y de las colonias griegas, verdaderos “emporios” donde todo era vendido, comprado, comercializado, libremente.
Nuevas costumbres, nuevas modas, nuevas exigencias, nuevos modelos de comportamiento, estaban siendo estimulados y fortalecidos a partir de los intereses de ese nuevo mercado.
El mundo estaba cambiando esencialmente, y el sol imperial supervisaba para que todo aconteciese con orden, sin piraterías, sin bandidaje, sin revueltas populares o conflictos mayores.
1. 2. Un nuevo modo de producción
Es el ‘amal (afán) que está siempre en la boca de la Qohélet. Es el trabajo duro, fatigoso, sin resultados, sin “provecho” (1, 3).
Es el “esclavismo” como nuevo modo de producción, consecuencia de las nuevas relaciones que se vienen estableciendo. Es el esclavismo, único modo de producción capaz de calmar el hambre, la voracidad del mercado libre de las ciudades griegas.
Es la búsqueda del “provecho”, del lucro por encima de todo, y a partir de todo. Lucro para pocos, a expensas de la explotación de la mayoría.
1. 3. Una nueva antropología
Para sustentar y legitimar esta nueva realidad socio-económica, se hacía necesaria una nueva manera de pensar. Es la famosa “lógica” de los griegos, basada en una antropología inmutable y determinada.
El hombre dividido, la casa dividida, la sociedad dividida... todo deriva de la natural división del hombre en alma y cuerpo.
El alma debe dominar y gobernar el cuerpo... la inteligencia y la voluntad deben gobernar los instintos y las pasiones... el hombre debe gobernar a la mujer y a los hijos... los sabios deben gobernar a los brutos... los patrones deben gobernar a los esclavos... los aristócratas deben gobernar a los plebeyos... la ciudad debe gobernar al campo... etc.
¡Es la ley natural que nadie puede cambiar! ¡Ni los dioses!
1. 4. Una nueva sabiduría
Esta fue la “sabiduría” del helenismo. Saber organizar las razones de un comportamiento eterno e inmutable. Una sabiduría basada no en preceptos “divinos”, sino en leyes “naturales”, lógicas, conocibles y, por eso, inmutables. Una sabiduría capaz de explicarlo todo, de ordenarlo todo, de legitimarlo todo.
Una total novedad, esta sabiduría de características bien definidas, era: de los hombres y no de las mujeres; del rico y no del trabajador; del patrón y no del esclavo. En fin, una sabiduría al servicio de los grandes, fruto del estudio, del conocimiento, un verdadero don de los dioses.
Creemos importante proponer en este momento la lectura atenta de Sirácida 38-39, para verificar cómo estos conceptos de la clase dominante habían penetrado el ambiente intelectual judaico.
1. 5. Un nuevo culto, una nueva ley, un nuevo templo
Como si no bastasen las novedades del mundo helenista, la Qohélet debía también aguantar las novedades dentro del mundo judaico.
El cuarto y el tercer siglo antes de Cristo, asistirán a la consolidación, en Judea, del esquema teocrático-sadocita que comenzó con el proyecto de Esdras. En el centro de la sociedad, el nuevo templo y el renovado sacerdocio sadocita, concentrando en sus manos todos los poderes. Un sacerdocio único, exclusivo, majestuoso, consagrado, mediador necesario entre un Dios cada vez más alejado y un pueblo siempre pecador.
Como instrumento, una nueva “ley” cada vez más divinizada, legitimada como producto de Yahvéh, escrita con sus propios dedos y entregada a Moisés en el Sinaí. Una ley detallista, capaz de hacer comprender las diferencias entre puro e impuro, entre sagrado y profano, según el orden de Ez. 44, 23. Una ley, no obstante, que permitía al buen judío convivir tranquilamente en paz con cualquier trono, con cualquier palacio, inclusive el trono y el palacio del sol griego.
Como instrumento de concentración de la renta, un nuevo ritual, complicado, de sacrificios, votos, ofrendas espontáneas, ofrendas obligatorias, diezmos, etc., que servían para expoliar económicamente y dominar ideológicamente a un pueblo hecho impuro por la ley y que, por eso, debía pagar por su constante necesidad de purificación.
1. 6. Un nuevo Dios
Tanto el mundo helenista, como el mundo judaico, su aliado, producirán una nueva imagen de dios, o de dioses (¡cuánta ironía en los “tus creadores” de 12, 1!).
Un Dios lejano, etéreo, eterno y celestial, totalmente trascendente; un “dios de los cielos”. Un Dios supervisor de la naturaleza, espectador de la historia y, según los judíos, juez de las acciones de las personas. Un Dios cuya acción salvífica queda reducida a retribuir el bien con el bien, y el mal con el mal.
Por una puerta diferente, más teológica que naturalista, el judaísmo llegaba a las mismas conclusiones del helenismo clasista: el rico, el patrón, el gobernante, eran los sabios, los justos, los buenos, y por eso bien retribuidos por el Altísimo. El pobre, el siervo, el súbdito, eran los bobos, los pecadores, los malos. Por eso vivían en la fatiga y en la inutilidad, sin sacar “provecho” de nada.
Ni Dios, ni el sol, permitían que la pobre Qohélet pudiese sacar provecho de la vida y del trabajo. A final de cuentas, desde los tiempos de Esdras, ¡la ley de Dios era la ley del rey (Esd. 7, 26)!
¡Todo era novedad! Cualquiera podía ver que el mundo estaba cambiando. No obstante, la Qohélet insiste: nada nuevo hay bajo el sol. ¿Por qué?
2. “La” Qohélet, “el” hijo de David
¿Quién es la Qohélet? La palabra, en hebreo, es claramente femenina. En el texto, sin embargo, las seis veces que aparece es usada siempre en masculino, excepto en 7, 27, donde el texto masorético conserva el femenino: “ella habló, Qohélet”. En los otros casos, es “hijo de David” (1, 1), es “rey de Israel, en Jerusalén” (1, 12), “él habla” (1, 2; 12, 8), es “sabio y enseña al pueblo... estudia e investiga” (12, 9), “procura inventar palabras... y escribe” (12, 10).
Así pues, prevalece la imagen de un viejo sabio que estudia inclinado sobre libros, que busca la verdad, la enseña y la escribe. ¡Un maestro! ¡Un rey!
Ahora bien, esta imagen tiene sus “peros”. En efecto, esta “figura” es producto del primer versículo del libro y de los últimos seis. Si sacamos esta “cáscara”, claramente redaccional, lo que queda es alguien que “habla”. ¡Nada más!
Tenemos sí la alusión al rey, también en 1, 12, y un rey parecido a Salomón (por las obras realizadas), a pesar de haber tenido este rey muchos predecesores (!) (1, 16; 2, 9). No obstante, valdría la pena hacer la comparación de este texto, 1, 12-2, 26, con un texto contemporáneo: 1 Cr. 28, 1 - 2 Cr. 9, 31, que narra las obras de Salomón.
Allá, en el cronista, un Salomón grande, bendecido, feliz, majestuoso, sabio, profundo, sin ningún defecto.
Allá, en el cronista, un Salomón que trabaja, construye, amontona riquezas enormes, administra con inteligencia, no oprime, y recibe reconocimientos y honores internacionales.
Aquí, una irónica autocrítica de un rey profundamente decepcionado, cuya actividad toda, cuya sabiduría toda, cuya vida toda, son única y exclusivamente “nada... humo... vacío... hebel” (¡solamente en este texto, esta palabra es usada 9 veces!).
Nada da sentido a este rey. Ni el estudio sabio de todo lo que existe bajo el cielo; ni el hecho de ser mejor y mayor que los otros; ni la alegría y los placeres. Las grandes obras (incluso el templo de Jerusalén), los jardines, los huertos y las albercas, no sirven para nada.
Poseer siervos, ganado, plata y oro, mujeres y mujeres, no mejora nada. Tampoco el satisfacer todos los deseos de los ojos, o saber la di-ferencia entre el sabio y el necio. Todo es “vanidad”.
¡Cuánta ironía en este “Salomón” hastiado, frustrado, mal con la vida! Ya aquí, en estas palabras sarcásticas y desacralizantes, se disuelve en humareda insignificante el mito de Salomón, que el segundo templo había construido y sacralizado para legitimarse a sí mismo.
Y esto desde el comienzo. En la historia general de la Qohélet la experiencia de Salomón es redimensionada, reducida a hebel, rechaza-da.
Qohélet no es más que una persona que está presente en la reunión (qahal). Qohélet, participio presente femenino del verbo qahal, en la forma normal (nunca es usado en la Biblia en esta forma). No es ni la forma pasiva/reflexiva “reunirse”, ni la forma fuerte “reunir”. Es simplemente alguien que está allá, que está presente. No es el predicador, no tiene tareas en la reunión. Es un simple miembro, justamente lo que sería una mujer en la sinagoga judía. Una mujer que debería permanecer callada. Una mujer obligada a escuchar, o, a lo sumo, a “hablar con sus botones”.
Aquí, no obstante, habla. Tres veces: una, al comienzo (1, 2); otra, al final (12, 8), para dejar su marca registrada, emparejando todo lo que es obligada a oír, a ver, encerrando todo dentro de su refrán “hebel hebelim”: ¡vanidad de vanidades! Y una tercera vez (7, 27), oponiéndose violentamente a quien habla mal de las mujeres, y poniendo a éstas y a los hombres en una misma cesta.
Nos parece correcto y gustamos pensar en Qohélet como una mujer, ciertamente no la única, descriptiva de las y de los “demás”, del “pueblo en general”, de las que no son autoridades, ni civiles, ni militares, ni religiosas. ¡Una “qohélet cualquiera”, pero que un día toma coraje y habla! Del mismo grupo que un día cantó el “cantar de los cantares” y que ahora, después de un siglo de opresión heleno-judaica, es obligado a gritar: “vanidad de vanidades” (por otra parte, así comenzaría este libro si quitamos el claramente redaccional 1, 1).
Los esquemas estructurales del helenismo triunfante y del judaísmo servil, lejos de ser aceptados pasivamente por el pueblo pobre de Judea, son puestos en discusión, criticados, cuestionados, destruidos.
Eso es hecho por una Qohélet cualquiera, por un pueblo humilde, tal vez sin mucho estudio, sin gran capacidad dialéctica, quien sabe si por grupos de mujeres, las mayores víctimas del esquema dominante, pero que saben “lo que es bueno” y no ceden en esto.
Eso es hecho, no con grandes argumentaciones filosóficas ni con largos discursos lógicos, sino aplicando a la novedad de la dominación helénico-judaica, la prueba de la vida común, la prueba de lo cotidiano. Una triple prueba: la prueba de los ojos, la prueba del sepulcro, la prueba de la casa.
3. La prueba de los ojos: “pero yo vi”
Los ojos de la Qohélet están abiertos, atentos; son ojos que no se hartan de ver, y que nunca pueden ser saciados (1, 8). Y los ojos no engañan, no permiten ilusiones. La realidad se impone. Una realidad que cuestiona todo lo nuevo que está aconteciendo bajo el sol.
He observado cuanto sucede bajo el sol y he visto que todo es vanidad y atrapar vientos (1, 14).
3. 1. La crítica del nuevo imperio
La denuncia contra el nuevo imperio es profunda e inapelable, igual a la de los antiguos profetas, los antiguos videntes, capaces de cuestionar, de criticar con coraje y vehemencia.
Bajo el sol del rey egipcio lo que los ojos agudos de la Qohélet ven es: “...en el lugar del derecho, he aquí el mal; en el lugar de la justicia, he aquí el mal” (3, 16; Mq. 3, 1s).
El mal puede ser “visto”, porque vemos las opresiones que se hacen bajo el sol: son las lágrimas de los oprimidos, sin nadie que los consuele. Podemos ver la violencia en la mano de los opresores, y nadie consuela a las víctimas (4, 1).
Tan grande es la experiencia de opresión, que la Qohélet nos invita a no maravillarnos al ver en la región (¿Judea?) la opresión del pobre y la violencia contra el derecho y la justicia. Eso no es fruto de algún corazón malvado o cruel. Es producto del sistema en cuanto tal. Es un mal estructural provocado por la organización piramidal de la sociedad griega, en la que quien está en la cima explota a quien está abajo, en una reproducción incotrolable de la violencia del sistema. Eso cualquiera lo puede ver (5, 7). Es lo mismo que Qohélet dice cuando afirma haber visto bajo el sol, que el hombre domina a otro hombre para hacerle mal (8, 9).
Este sistema se repite, se reproduce sin fallas. El día en que alguien, pobre y sabio, salga de la cárcel y suplante al rey viejo y necio (¿se refiere a alguna revolución específica, o a la substitución del viejo sistema persa por el nuevo sistema griego?), será acompañado y aplaudido por todos los seres vivos. Sin embargo, no por eso la dominación acaba, y los que vendrán después no se podrán regocijar en él (4, 13-16). También esto es vanidad y atrapar vientos.
Una denuncia más: quien está en el poder es ciego: pone a los necios en la cima, y a los que la merecen los deja abajo (10, 5s). Con qué ironía la Qohélet ridiculiza la ideología griega según la cual únicamen-te los sabios deben gobernar. El poder es ciego y tonto. ¡El sabio es tonto!
Bajo el sol, ¡sólo vacío y humo!
3. 2. La crítica al nuevo modo de producción
También el mercantilismo helenista y la esclavitud son escudriñados por los ojos atentos de la Qohélet. La denuncia es clara y profunda:
3. 2. 1. El “‘amal”, esta nueva manera de “trabajar”,
es “hebel” (2, 11)
Es correr detrás del viento, es perder todo provecho. Es la ruptura violenta entre el ser humano y el producto de su trabajo. El producto no pertenece más al productor.
No obstante tanto trabajo, él va a morir desnudo... Nada podrá llevar de su ‘amal (5, 15). La persona trabaja para poder comer, sin embargo su hambre nunca queda saciada (6, 7).
Lo mismo quien tiene todo para poder estar bien, quien tiene riquezas, bienes y honores, no por eso come. Quien va a disfrutar es el extranjero (6, 1s).
Este es el mal que se ve bajo el sol.
3. 2. 2. El provecho del “‘amal” es de quien viene después,
es de otro (2, 18s)
Es la ruptura de la identidad de la “casa” como unidad productiva. La casa no controla más ni la herencia, ni al heredero.
La casa es substituida por el latifundio esclavista que revienta los lazos familiares, las relaciones educativas (¿quién puede decir si quien va a ganar con mi trabajo será sabio o necio? (2, 19)), y los esquemas económicos de corresponsabilidad, distribución y repartición.
Hasta el hombre que no tiene a nadie que sustentar, ni hijo, ni hermana, no puede parar de trabajar: “...¿para quién me fatigo...?” (4, 8).
Es un trabajo fruto de la envidia del hombre contra su prójimo (4, 4).
3. 2. 3. La consecuencia del “‘amal” es un corazón
desesperado (2, 20s)
Es la ruptura, por dentro, de la propia identidad de la persona como tal, del trabajador como tal.
Ni toda su sabiduría, su inteligencia, su habilidad (todas las cualidades del “corazón”), le van a garantizar la “porción” (el símbolo de la justa distribución). Esta será de otro, justamente de quien no practica el ‘amal, de quien no trabaja.
¿Qué “provecho” obtiene de haber trabajado para el viento? (5, 15).
3. 3. La crítica de la nueva sabiduría
Los ojos de la Qohélet examinan con atención otro fenómeno característico del mundo greco-judaico. Los filósofos de un lado y los escribas del otro, son los “sabios” que tratan de tener respuestas, recetas, soluciones, explicaciones, para todo y para todos. Nunca como en este momento, la sociedad como un todo exalta y enaltece la sabiduría.
Qohélet también va por este camino. No esquiva el hacer funcionar el “corazón” (órgano de la sabiduría), pero nunca acepta cerrar los ojos. ¡El corazón de la Qohélet, ve!: “...mi corazón vio la abundancia de la sabiduría y del conocimiento” (1, 16).
Pero, inmediatamente, lo que los ojos descubren es que, junto con la sabiduría, existen y siempre conviven la necedad y la locura, y si es verdad que la sabiduría parece sacar más “provecho” que la necedad, la conclusión es que todo eso también es hebel, es nada.
Nada resiste a los hechos. El gran ejemplo de sabiduría que Qohélet “ve” bajo el sol helenista, es decisivo. Si el sabio fuese pobre, puede, con su sabiduría, incluso salvar una ciudad débil de un rey grande y poderoso, sin embargo nadie se va a acordar de él. La sabiduría del pobre es despreciada, sus palabras no son oídas (9, 13-16).
Aunque se diga que la sabiduría es mejor que la fuerza, que los gritos de quien gobierna a los necios, que las armas de guerra, no podemos olvidar que un grano de necedad daña toda la sabiduría, así como una mosca muerta daña un vaso de perfume precioso (9, 16-10, 1).
Si pensamos en el “orgullo” de la “novísima” sabiduría griega, podremos entender mejor el sarcasmo irónico de la Qohélet:
...mucha sabiduría produce mucho fastidio, mucha ciencia aumenta la tristeza (1, 18);
...el hombre no consigue comprender el inicio y el fin de las obras de Dios (3, 11);
¿Cuál es el provecho que el sabio obtiene más que el necio?... (6, 8);
Muchas palabras, mucho hebel... (6, 11);
El corazón de los sabios es una casa de luto,
el corazón de los necios es una casa de fiesta (7, 4);
La opresión vuelve loco al sabio,
la corrupción destruye el corazón (7, 7);
...buena es la sabiduría si hubiese una herencia... (7, 11);
No seas exageradamente justo, ni demasiadamente sabio:
¿por qué destruirte a ti mismo? (7, 16);
...el corazón del sabio conoce tiempos y modos...
pero es grande el mal que pesa sobre el hombre,
porque no sabe lo que va a acontecer
y ninguno explica lo que va a ser (8, 5bs);
Contemplé toda la obra de Dios:
el hombre no descubre el sentido
de lo que acontece bajo el sol.
Por más que se canse en su búsqueda,
nada descubrirá.
Y si el sabio quiere conocerlo,
tampoco va a poder encontrarlo (8, 17);
...el hombre no sabe si Dios lo ama, o lo odia (9, 1);
Así como tú no sabes el camino del viento,
ni cómo se forman los huesos en el vientre de la mujer encinta,
así tampoco sabes las obras de Dios (11, 5).
¿De qué vale, entonces, tanta sabiduría? Aun sabiendo que es mejor ser sabios que necios (2, 13s; 4, 13; 7, 5; 10, 12-15), la sabiduría no ayuda en las cosas decisivas de la vida.
Ni el nacimiento ni la muerte; ni el presente ni el futuro; ni la opresión ni todo lo que existe bajo el sol; ni a Dios ni a sus obras... La sabiduría no explica nada. Ni siquiera me da la certeza de la realidad más importante: Dios, ¿me ama o me odia?
La sabiduría no garantiza lo “bueno”. Qohélet saca la conclusión más crítica. Para eso ella precisará inventar una palabra que únicamente en este libro de la Biblia es usada: “La búsqueda de la sabiduría es la opresión que Dios dio a los hijos del hombre para oprimirlos con eso” (1, 13; 3, 10).
Buscando una asonancia con el verbo ‘anah (oprimir), Qohélet inventa el término ‘inian: el trabajo fastidioso, cansador pero inútil, que no sirve para nada, que sólo produce ilusiones (ver: 4, 8; 5. 2. 13).
En 2, 23 este trabajo llega a ser igualado al hebel, a la nada. Y no es un trabajo cualquiera. Es el trabajo y la fatiga “del corazón”, el trabajo del sabio (1, 13; 2, 22s; 3, 10; 8, 16). ¡Este tampoco tiene prove-cho!
Si el sol maltrata al hombre con el ‘amal, el duro trabajo del esclavo, el cielo maltrata al hombre con el ‘inian, el inútil trabajo de la sabiduría. ¡Todo es vanidad!
3. 4. La crítica al nuevo Dios
Así como la mentira del nuevo modelo económico no resistió a la prueba de los ojos de la Qohélet, de la misma manera la teología de la retribución, legalista, estrecha e individualista, creada a imagen y semejanza de los intereses de la clase sacerdotal dominante en el templo de Jerusalén, no escapa a su mirar desenmascarador.
...yo vi al justo morir en su injusticia, y al perverso prolongando sus días en la perversidad (7, 15).
...yo vi a los perversos recibir sepultura y entrar en el reposo, y los que frecuentaban el Lugar Santo fueron olvidados en la ciudad, donde hicieron el bien (8, 10).
A todo esto, Qohélet pone asimismo su sello personal: “eso también es nada” (8, 10c).
La vista, dicho sea de paso la misma vista del viejo Job, se vuelve penetrante. No percibe solamente el momento de la muerte o de la sepultura; ella va directamente a la vida como un todo, a lo cotidiano:
Yo vi bajo el sol, que el premio no siempre es de los más ligeros, ni la victoria es de los valientes. Tampoco el pan es de los sabios, ni la riqueza de los hábiles, ni el triunfo es de los inteligentes... (9. 11).
Y he aquí la constación final: “No hay hombre justo sobre la tierra, que haga el bien y no peque” (7, 20).
Esta conclusión que saca Qohélet parece negar la teología popular de la providencia, no obstante, es la síntesis de la experiencia histórica del pobre que puede ser ligero, valiente, sabio, hábil, inteligente, y que, aun así, no consigue resultados: “...todo depende del tiempo y del acaso” (9, 11c).
Este “acaso” (por otra parte, esta palabra también es exclusiva de la Qohélet, y viene de una raíz que transmite la imagen de una invasión, de una imposición), nada tiene que ver con el “hecho” de los griegos. Es sobre todo el acontecimiento imprevisto e imprevisible, que cambia nuestra vida y que no depende de nuestra voluntad.
En 6, 2, Qohélet llega a escandalizar por la aparente contradicción: “El ser humano a quien Dios da hartura, bienes y honra... Dios no le concede que de eso coma...”. La voluntad de Dios no puede ser controlada. ¡La teología de la retribución deja de tener sustento y fundamento teológico!
Profundamente irónica, la Qohélet concluye: ¡“No seas demasiadamente justo...” (7, 16)!
3. 5. La crítica al nuevo templo
Si la teología de la retribución pierde su fuerza, el que se debilita es el propio templo, que se sustentaba sobre ella y, sobre todo, comía. Y Qohélet llega a esto, en el corazón mismo del escrito, en la parte que muchos exégetas acostumbran presentar como la estructuralmente central: 4, 17-5, 6.
El Levítico pontificaba respecto del sacrificio por el pecado, inventado para alimentar al templo: “Cuando alguno peque, sin saber, contra uno cualquiera de los mandamientos... llevará su sacrifico... así el sacerdote hará expiación por él y por su pecado, y éste le será perdonado” (Lv. 4-5). Y el sacrificio ofrecido: oveja, buey, palomas o harina, es “santo de los santos”, alimentación exclusiva de los sadocitas.
Qohélet, la impura, la pecadora que debía alimentar a los sacerdotes para poder participar de la vida social, critica con vehemencia, llamando a todo eso: “...el sacrificio de los necios, que hacen el mal sin saber” (4, 17). Y remata: “Nunca digas al ministro de Dios: ¡fue sin saber! ¿Quieres que la ira de Dios se derrame sobre tus palabras...?” (5, 5b).
¡Anda despacio con Dios! Cuidado cuando entres en el templo... Cuidado con las palabras que hablas... Cuidado con los votos y promesas... Cuidado con el celo excesivo (aquí también es usada la palabra ‘inian, el trabajo inútil impuesto por Dios): pueden crear ilusiones.
¿Cuáles son estas ilusiones, estos sueños de que habla Qohélet en 5, 2. 6? ¿Ilusiones que son fruto del demasiado celo y de muchas palabras? Creemos que sea justamente la teología retribucionista, fruto de la ilusión de que nuestro celo y nuestras palabras pueden traer la bendición y la salvación. Parece también la crítica que hacía Jesús (Mt. 6, 5-8). Y la ilusión mayor: la de pensar poder controlar la acción de Dios (8, 17).
El segundo templo se construye alrededor de un “santo de los santos” sagrado, inaccesible a quien no fuese sumo sacerdote; un “santo de los santos” separado por un velo grande y pesado... pero un “santo de los santos” completamente vacío, sin arca, sin propiciatorio, ¡sin nada!
El “santo de los santos” era un “nada de los nada... humareda de las humaredas... vanidad de las vanidades”, para usar el juzgamiento de la Qohélet. Y la muerte de Jesús en la cruz produce, como primer efecto salvífico, un velo razgado, para que todas las ilusiones sean desenmascaradas, para que todos sepan que el santo de los santos, ¡es el vacío de los vacíos!
De todas las realidades sagradas y teológicas, queda apenas el antiguo, popular, profundo, deuteronómico, “temor de Dios” (5, 6b).
4. La prueba del sepulcro
La prueba de los ojos custionó, criticó, puso en duda, desenmascaró. La prueba del sepulcro derrumba, destruye, inutiliza.
La base ideológica de todo el esquema/estructura helenista era la novedad antropológica del dualismo alma-cuerpo que fundamentaba, explicaba y justificaba todo dualismo, conflicto y división existente en la humanidad, en la naturaleza y en la sociedad.
La Qohélet usa muy poco la palabra nefech que, normalmente, nuestras biblias acostumbran traducir por “alma”, “vida”. Y, cuando la usa, le da el más tradicional y “materialista” significado hebreo de pescuezo, garganta, manzana de Adán. En cuanto éste se mueve, la persona está viva.
Por eso Qohélet habla de “garganta insatisfecha” (6, 7), de “camino vacío de la garganta” (6, 9). Y la cosa más triste es una garganta/vida que no engulle, no come, no se harta de bienes (4, 8; 6, 2. 3). Eso también es hebel, humo, atrapar vientos (6, 9b). La saciedad de la garganta/vida es lo que viene de la mano de Dios (2, 24). Esta será la última prueba, de la cual vamos a hablar más tarde.
Si quisiéramos completar lo que venimos diciendo, deberíamos señalar que el lugar de la sabiduría, de la decisión, de la voluntad, lo que los griegos llamaban el alma, para Qohélet es el corazón (casi 40 veces en nuestro texto). Ahí Dios “colocó la eternidad” (3, 11). Aun así, este “corazón” nada tiene de espiritual. Es algo bien humano, bien de esta tierra, que muere junto con la gente.
Unicamente en 12, 7 tenemos la lectura hebrea de la persona humana: polvo/espíritu: “antes de que el polvo vuelva a la tierra, a lo que era, el espíritu vuelva a Dios que lo dio”.
Sólo que aquí no se habla de alma, de vida eterna, de cielo. Aquí se habla del fin, del sepulcro. Después de eso, no hay nada más. Todo debe acontecer “antes”.
“En los infiernos (seol) a donde tú vas, no hay obra, ni proyecto, ni conocimiento, ni sabiduría alguna” (9, 10). Este es el último mensaje de la Qohélet. El corazón debe ser saciado, alegrado, satisfecho, antes de este momento, antes del fin (11, 9-12, 8), mientras la garganta todavía se mueve.
La muerte pasa a ser, entonces, la prueba más poderosa para descubrir ilusiones, para derrumbar sueños, para desenmascarar engaños. No se puede dejar para el más allá la plenitud de nuestra vida.
Incluso, ni la “memoria” permanece. Para los judíos de esta época, la memoria de generación en generación era una forma de los justos vencer a la muerte, y una manera de distinguir entre justos y perversos, pues la memoria de estos últimos desaparece para siempre (Sal. 112, 6; Pr. 10, 7; Sir. 39, 9; Sb. 4, 1; Jb. 18, 17s; 24, 20).
Qohélet no cree en este paliativo. Según ella, no persiste la memoria de los antepasados, ni va a quedar la de aquellos que vendrán después (1, 11). “Ni la memoria del sabio ni la del necio van a durar para siempre. Después de algunos días todo es olvidado” (2, 16). La afirmación llega a escandalizar: “El sabio y el necio mueren del mismo modo” (2, 16b). Y nada se gana con pensar en un premio futuro: no lo tienen (9, 5).
Delante de la prueba de la muerte, la gran división entre sabios y necios, constitutiva de la nueva antropología helenístico-judaica, no se sustenta ni se justifica.
Todo acontece igualmente a todos.
Lo mismo acontece al justo y al perverso,
al bueno, al puro y al impuro,
al que sacrifica y al que no sacrifica,
al bueno como al pecador,
al que jura como al que teme el juramento (9, 2).
Y Qohélet continúa. Ella va a aplicar la prueba del sepulcro al trabajo para descubrir que ni el mismo concepto de “herencia”, tan caro al antiguo Israel, se sustenta más. Si los patriarcas, bendiciendo a sus herederos, entregándoles la herencia, pensaban vencer de alguna forma a la muerte, ahora eso es hebel, vacío (2, 18s).
Y llega a escandalizar cuando la prueba del sepulcro ridiculiza el orgullo antropocéntrico de los griegos, igualando a hombres y animales:
Lo que acontece a los hombres, acontece a los animales,
lo mismo les acontece:
muere el uno como el otro,
y todos tienen el mismo soplo de vida.
Ninguna ventaja tiene el hombre sobre los animales.
Todo eso es hebel/nada.
Todos van al mismo lugar:
vienen del polvo y al polvo vuelven.
¿Quién sabe si el espíritu de los hombres va para arriba,
y el de los animales para abajo, a la tierra? (3, 19-21).
La nueva antropología griega recibe de esta manera un golpe definitivo. A partir de esto la Qohélet hace afirmaciones que llevan a los biblistas a considerar este libro como obra de un pesimista, cuando, en verdad, lo que se cuestiona aquí y se contesta es una ideología super-optimista que quiere encubrir las fallas del sistema.
Toda dictadura, todo sistema opresivo, es ufanista y triunfalista. No soporta el sarcasmo ni el ridículo. Por eso es bueno, en este momento en que el helenismo triunfa, escuchar la voz de esta Qohélet cualquiera, ironizando y contestando:
Mejor los muertos que los vivos, y más felices que los muertos, los que ni llegaron a nacer y no vieron el mal que se hace bajo el sol (4, 2s; 6, 3s).
Para ella, el día de la muerte es mejor que el día del nacimiento... el luto mejor que la fiesta... la tristeza mejor que la alegría (7, 1-3). Un perro vivo es mejor que un león muerto (9, 4).
Lo cotidiano ayuda a percibir la inseguridad y la precariedad de la vida. Es alguien que cae en el hoyo que él mismo hizo; otro es mordido por una cobra, cuando derrumba una cerca; uno, sacando piedras, es herido por ellas, y otro se corta al partir la leña (10, 8s).
La vida del hombre no pasa de unos “pocos días de hebel/humareda, vividos como una sombra”, y el futuro, después de la muerte, ninguno lo conoce (6, 12). “Nadie tiene poder sobre la muerte” (8, 8).
Mientras los escribas y los filósofos se pasaban distinguiendo entre sabio y necio, entre puro e impuro, entre sagrado y profano, entre espiritual y material, la Qohélet, con su profunda sabiduría, de lo quiere hablar es de la vida y de la muerte. Justamente, quien ama y da la vida, sabe y puede afirmar que es mejor ni siquiera nacer, que vivir la vida que nos es impuesta bajo el sol y el templo.
5. La prueba de la casa
Nada resistió el análisis y la denuncia de la Qohélet. Sus ojos no se dejaron engañar por las apariencias triunfalistas del helenismo victorioso, ni del judaísmo sacralizado. La dura realidad de la muerte la ayudó a derrumbar, a nivelar toda diferencia, toda división.
Ni el mercado, ni el templo. Ni el palacio, ni la ciudad. ¡Queda la casa! La única realidad que la Qohélet aún consigue, aunque parcialmente, controlar. La casa, con su lógica, con su proyecto. En eso, Qohélet no cede.
No queremos adentrarnos aquí en la espinosa cuestión de la estructura literaria del libro de Qohélet (cada estudioso expresa su propuesta, sin que una concuerde en un ciento por ciento con la otra), sin embargo es evidente que el eje del texto consiste en las 7 repeticiones que, a manera de refrán, nos dicen finalmente lo que Qohélet halla que es bueno y mejor, lo que puede saciar la “garganta” y el “corazón”: 2, 24-26; 3, 12-13; 3, 22; 5, 17-19; 8, 15; 9, 7; 11, 9-10.
A final de cuentas, eso fue lo que la Qohélet quiso hacer desde el comienzo, si bien no siempre con éxito:
Decidí en mi corazón, entregar mi cuerpo al vino y mi corazón a la sabiduría, y entregarme al desvarío hasta ver lo que es bueno para los hijos de los hombres bajo el cielo, durante los pocos días de sus vidas (2, 3; 6, 12).
Una por una, entonces, estudiaremos estas pequeñas perlas, para profundizar el mensaje y conocer la propuesta de la Qohélet.
5. 1. Esto viene de la mano de Dios (2, 24-26)
Nada hay mejor para el ser humano
que comer, beber,
y que su garganta vea lo bueno de su trabajo.
Yo veo que esto viene de la mano de Dios.
Pues, sin él, ¿quién puede comer,
quién se puede alegrar?
Al hombre bueno él da sabiduría, conocimiento y alegría,
al pecador él da la fatiga de juntar y amontonar
para dejárselo todo al bueno delante de Dios.
También eso es hebel/vacío, atrapar vientos.
Y esto Qohélet lo dice después de haber cuestionado toda la búsqueda que hace “Salomón” para descubrir lo que es bueno para los seres humanos bajo el cielo.
Y lo bueno no se encuentra en la sabiduría ni en los placeres. No está en las construcciones, en los huertos o en las albercas. Ni está en poseer esclavos, ganado, oro y tesoros. Ni en las muchas mujeres, ni tampoco en satisfacer todos los deseos.
La búsqueda salomónica de la sabiduría y de las riquezas, concluye en la certeza de que todo es hebel/humo/vanidad: el trabajo produce desazón y el corazón no descansa ni siquiera de noche (2, 23). De nada aprovecha todo eso, si la olla sigue vacía, si el vaso sigue seco.
Así pues, a la “sabiduría” de Salomón, Qohélet contrapone la prueba de la cocina, de lo cotidiano. La “bendición” de Dios, el “don de la mano de Dios”, está en las pequeñas cosas de todos los días: un plato de comida gustosa, un vaso lleno. Vienen a la memoria las bendiciones sencillas del Deuteronomio: “...bendito el fruto de tu vientre... bendito tu cesto y tu amasadera... benditos tus graneros...” (Dt. 28, 2ss). En esto consiste la acción de la mano de Dios.
No obstante, si bien es verdad que la iniciativa es de él, que solamente con él podemos comer y encontrar alegría, también es verdad que el proyecto de Dios —lo poco que de él podemos conocer—, es que mi garganta/nefesh/vida pueda ver lo bueno que viene de mi trabajo/’amal. El derecho del trabajador de poder comer de su trabajo es, junto con la alegría y una mesa abundante, señal de los tiempos nuevos (Is. 62, 8s).
Frente a toda la novedad que está apareciendo, delante de tantas conversaciones y escritos, Qohélet se aferra a la certeza básica que le viene de los antiguos profetas. Sólo es bueno lo que llena el plato del pueblo. Lo demás es hebel/humo/ilusión.
Y el mayor hebel, la mayor mentira, es decir que solamente el bueno puede comer, es afirmar que el pecador debe trabajar para que el justo coma (v. 26). Este es el extremo de la doctrina sadocita sobre la retribución, que hacía del rico un justo y, necesariamente, del pobre un pecador, que podía por eso ser explotado.
Qohélet distingue:
—Lo “bueno” es que el trabajador pueda comer de su ‘amal/trabajo.
—El hebel es pensar que quien come del trabajo ajeno sea bueno, y que quien se fatiga sin poder comer sea malo y pecador.
5. 2. Lo que Dios hace, dura para siempre (3, 12-15)
Yo sé que lo bueno para ellos (los seres humanos)
es ser alegres y tener el bien en sus vidas;
y también que todo ser humano coma, beba
y vea el bien de su trabajo.
Sé también que todo lo que Dios hace
dura para la eternidad,
sin que nada sea añadido o quitado.
Y Dios hace eso para que ellos le teman.
Lo que es, ya antes fue;
lo que será, ya es:
Dios renueva lo pasado.
Esta vez, el asunto en debate es el “tiempo”. Esta parte se inició con el trozo quizá más conocido de nuestro texto:
Su tiempo el nacer,
y su tiempo el morir;
su tiempo el plantar,
y su tiempo el arrancar lo plantado.
...
su tiempo la guerra,
y su tiempo la paz (3, 1-8).
Todo parece determinado, escrito, decidido. La vida parece ser un juego con cartas marcadas. Ni el ‘amal, el trabajo esclavo impuesto por el mercado, ni el ‘inian, la fatiga incomprensible impuesta por Dios, son de algún “provecho” para el trabajador, para el ser humano (3, 9s).
El tiempo es el gran límite, el gran enemigo que bloquea, que cercena la eternidad que Dios puso en el corazón del ser humano (3, 11). La eternidad en el corazón y el tiempo en la historia. Es la contradicción de lo incomprensible, del no sentido.
Esta “filosofía” determinista e inmutable, esta filosofía típica del ambiente greco-judaico, debe pasar por la criba de la mesa. Qohélet hace este servicio. Repite, casi al pie de la letra, lo que ya habló anteriormente: lo bueno es comer, beber, disfrutar lo bueno que viene del trabajo. Es alegría, es vida buena. Es don de Dios.
Ya dijo eso antes, no obstante vale la pena repetir, insistir. Y aquí Qohélet se supera. La eternidad es justamente eso. Lejos de ser un concepto abstracto, la eternidad pasa a ser la historia. Lo que Dios hace, dura para siempre. Y lo que Dios hace es dar al ser humano comida, bebida, felicidad y alegría.
Nada de más eterno que una mesa abundante y una vida buena, que, según los profetas, son señales de la victoria definitiva de Yahvéh (Is. 25, 6). ¡Eso fue, eso es, eso será!
Incluso ahora, en medio de la dureza de la opresión greco-judaica, Qohélet sabe que Dios no cambia ni modifica su proyecto. Dios ha de renovar, una vez más, lo que ya pasó. Si hay una cosa que no cambia bajo el cielo, es la voluntad divina de vernos felices, reunidos alrededor de una mesa puesta y llena.
5. 3. Esta es su porción (3, 22)
Yo vi que no hay cosa mejor
para el ser humano que poderse alegrar en sus obras.
Esta es su porción.
¿Quién podrá hacerle ver lo que será después de él?
La muerte es el telón de fondo de esta afirmación. Una muerte que iguala, en su realidad, al justo y al perverso. No sólo eso: iguala a los hombres y a los animales, sin diferencias, sin ninguna ventaja para los seres humanos.
Ya dijimos que ésta es quizá la página más sarcástica de la Qohélet. No da para dejar la recompensa para un mañana celestial. El ser humano debe poderse alegrar por sus obras, y eso hoy, ya, mientras vive.
Esta repetición asume aquí una nueva definición. Lo que antes era llamado don de Dios, es definido ahora como “porción”. La palabra que Qohélet usa es una palabra que antiguamente sirvió para definir la parte de la tierra que era de cada uno. Era sinónimo de herencia, suerte, propiedad, etc.
Memoria de una época en que el criterio era la repartición conforme a las necesidades (Nm. 33, 53s), el uso de esta palabra es una crítica profunda al proyecto concentrador del latifundio esclavista de los griegos. Puede parecer una valoración exagerada del pasado, sin embargo, ¡cómo hace bien la seguridad de la debida “porción” para todos, en contraste con la novedad del “provecho/lucro” de unos pocos mercaderes griegos!
Lo bueno va a seguir siendo la “porción”. Unicamente así el ser humano se podrá alegrar de verdad. Y hoy, ya. Lo que viene después, ¡nadie lo sabe!
5. 4. Dios le hinche el corazón de alegría (5, 17-19)
He aquí lo que yo vi:
lo mejor para el ser humano es comer, beber
y ver lo bueno del trabajo
con que se fatigó bajo el sol,
en los pocos días de vida que Dios le da.
Esta es su porción.
Y el ser humano a quien Dios concede
riquezas y bienes y la posibilidad de comer de ellos,
y recibir su porción y alegrarse de su trabajo,
esto es don de Dios.
Porque no se preocupará mucho
los días de su vida,
pues Dios le hinche el corazón de alegría.
Todo parece repetirse. Parece que Qohélet no consigue decir otra cosa. Es el mundo que pasa por el filtro de la cocina, de la olla, de la barriga que quiere comer.
El contexto de la afirmación de Qohélet, es un asunto central de nuestro libro: la injusticia y la futilidad de las riquezas. Para Qohélet, como para los antiguos profetas, no hay duda sobre el origen de las riquezas: la opresión y la robadera, la dominación y la explotación son tan comunes, que no necesita maravillarse... todos explotan al campesino, comenzando por el rey (5, 7s).
Y este proceso de explotación está destinado a no tener fin, pues la riqueza nunca se harta, nunca se basta, nunca es completa. Cuanto más rico es alguien, más tiene que dividir sus riquezas con parásitos y aduladores. La riqueza no da descanso, no da paz, no da saciedad (5, 9-13).
Aún más, Qohélet observa también la fragilidad de la riqueza basada en el mercantilismo y no en la producción. Cualquier cosa puede hacer desaparecer todo: una tempestad que hunde el navío, una banda de piratas que roba y asalta, un incendio que quema el emporio, un hijo necio... y el heredero quedará sin herencia.
Las riquezas y los afanes no dan “provecho”. Son hebel/nada. Esa es la clave interpretativa del texto. Lo mejor es el plato y el vaso lleno, es ver lo bueno del trabajo, ahora, aquí, durante nuestra corta vida. Esta es la porción.
Eso ya fue dicho, eso es el meollo de la cosa. Y ahora, como de costumbre, Qohélet agrega algún otro pormenor. Los bienes que vienen de Dios y no de la opresión, poseen tres cualidades:
—pueden ser comidos, pueden saciar la boca;
—garantizan la “porción”;
—producen el gozo por el trabajo.
Este es el don de Dios. Justamente lo contrario de lo que acontecía en el mundo helenista.
Y Qohélet concluye: así se terminan las preocupaciones, porque Dios hinche su corazón de alegría. Esta es la hartura más profunda: la de la garganta y la del corazón. Dios consigue hacer lo que ninguna riqueza hace: saciar, hartar, completar la boca y el corazón.
Este corazón alegre es justamente lo contrario de las tinieblas, del enojo, de las enfermedades y de la indignación que reinan en la vida de quien tiene que “fatigarse para el viento” (5, 15s). Por eso la sabiduría de la Qohélet enseña: “Mejor un puñado de descanso, que dos manos llenas de fatiga. Esto es hebel/vanidad” (4, 6).
5. 5. La compañía de su trabajo (8, 15)
Yo exalté la alegría
porque no hay otro bien para el ser humano bajo el sol
que comer, beber y alegrarse.
Eso lo va acompañar en su trabajo
en los días de vida que Dios le da
bajo el sol.
Una por una, Qohélet va evaluando todas las propuestas que le son hechas por la sociedad greco-judaica.
Esta vez, el problema es del judaísmo. Está en cuestión la teología de la retribución, sustentáculo económico del templo, legitimación ideológica de la pirámide socio-política.
Los ojos de la Qohélet ya “vieron” que eso no funciona: vieron las exequias de los perversos, vieron la impunidad de las obras malas, vieron los largos días de los injustos, en tanto que los buenos no prosperan (8, 10-12a). Por eso Qohélet cuestiona lo que la sinagoga y el templo enseñan: “el bien sólo para quien teme a Dios, el mal para quien no le teme” (8, 12b-13).
Este es el mayor hebel/mentira de todas:
He aquí el hebel/mentira sobre la tierra:
los justos cosechan como si fuesen malos,
y los malos reciben como si fuesen justos.
Yo digo que eso es hebel/mentira.
¡Cómo resuena lleno de intrepidez y libertad este grito de la Qohélet: “¡yo digo que eso es mentira!”, frente a los dogmas, las verdades, las certezas, de la sinagoga y del templo!
Nos acordamos de Jesús: “oísteis que dijeron... pero yo os digo” (Mt. 5, passim).
La mayor certeza de los escribas y de los saduceos es hebel, vacío, humo, vanidad, nada.
Y continúa: “Yo exalto la alegría...”. ¿Con qué autoridad pronuncia Qohélet esta palabra de uso exclusivamente litúrgico, y que siempre se refiere a Dios y a sus obras, como objeto de alabanza y exaltación (Sal. 63, 4; 106, 47; 117, 1; 145, 4; 147, 12; 1 Cr. 16, 350?
Este es un micro-salmo de lo cotidiano. Es el salmo de la alegría. Una alegría que brota frente a una mesa llena. Una mesa llena y alegre que debe “acompañar” al trabajador todos los días de su vida. Es un derecho de él, de quien trabaja, sin subterfugios ideológicos, sin alienaciones ultraterrenas. La mesa del trabajador nunca debería estar vacía, ni triste.
Y eso aun bajo el sol (que marca aquí su presencia), aun debajo del imperialismo más “civilizado”, y al mismo tiempo el más brutal, el más deshumano, capaz de considerar la cosa más lógica y más normal del mundo que la mesa del trabajador esté vacía y triste. ¡Eso nunca!
5. 6. Tu pan, tu vino, la mujer que amas (9, 7-10)
Anda, pues, y come con alegría tu pan,
bebe con corazón feliz tu vino,
porque a Dios ya de antemano le agradan tus obras.
Blanca en todo tiempo sea tu ropa,
que nunca falte el ungüento sobre tu cabeza.
Goza la vida con la mujer que amas,
todos los días de tu vida vacía/hebel,
que él te dio bajo el sol,
en estos días vacíos/hebel.
Esta es tu porción
por la vida y por el trabajo
que te afana bajo el sol.
Todo lo que a tu mano esté hacer,
hazlo mientras tuvieres fuerzas,
porque en los infiernos/seol donde tú vas
no hay obra, ni proyectos,
ni conocimiento, ni sabiduría.
Hasta aquí Qohélet hablaba del “ser humano/‘adam”, casi que reflexionando, filosofando, hablando de terceros. Ahora la exhortación se hace apremiante, personal; es un “tú” directo, en una conversación casi de una madre con su hijo.
El problema de la muerte, mezclado con el de la retribución, vuelven a ser cuestionados por la Qohélet. Sólo que, esta vez, ella ataca la cuestión más por el ángulo griego que por el judaico.
La muerte tiene un poder nivelador gigantesco. Alcanza a todos, sin excepción, sin distinción. Por eso el corazón del hombre está lleno de mal bajo el sol. De cualquier manera, todos mueren; entonces, ¿por qué vivir bien? Esta es la lógica “inmoral” de la muerte (9, 2-3). Esta es la lógica “inmoral” de quien predica un premio después de la muerte, y no se preocupa de hacer la justicia durante la vida:
Los muertos no tienen ningún salario,
su memoria es olvidada.
Sus amores, sus odios, sus celos,
desaparecieron;
no tendrán más “porción”
en todo lo que se hace bajo el sol (9, 5s).
La “porción” debe ser recibida aquí, durante esta vida fugaz, en estos días vacíos y cortos.
Esto trae felicidad y alegría. Y el rostro de Dios recupera su di-mensión de misericordia, de gratuidad. Dios no es un juez que va a esperar a tu muerte para emitir su frío juzgamiento. Por el contrario. El Dios de la Qohélet es alguien al que “de antemano le agradan tus obras” (7b).
Por eso no bastan ya más el pan y el vino. Debes tener más: una ropa blanca, un ungüento perfumado en la cabeza, estar dispuesto y preparado para una fiesta. Y una mujer que tú amas, con la cual gozar la vida. ¡Esta es la porción que trae felicidad!
Es verdad que la vida es hebel; es verdad que tus días son hebel. El trabajo, las obras grandiosas, el poder, la sabiduría, la pureza, los sacrificios del culto, todos ellos no tienen poder de derrotar, de llenar el hebel, la nada, el vacío. Un pan, un vaso de vino y una mujer amada, ¡sí!
5. 7. Sea feliz tu corazón (11, 9-10)
Alégrate, mozo, en tu juventud
y sea feliz tu corazón en los días de tu juventud.
Anda en los caminos de tu corazón y en la visión de tus ojos.
Y sabe que Dios, por eso, te va a juzgar.
Aparta de tu corazón el disgusto,
y ahuyenta el mal de tu carne,
porque juventud y primavera
son hebel/un vacío.
Qohélet llega al fin. Ahora se dirige a un misterioso “mozo” (esto no quiere decir que no valga para las mozas). Casi diría “mi hijo”. Un poco como Juan en sus cartas: “hijitos”...
Al joven que la escucha, Qohélet ahora no le habla más de pan y de vino. La felicidad la debe alcanzar el corazón. Ya desde la mocedad. Para eso Qohélet revela el secreto decisivo: sigue siempre tu corazón y tus ojos, sin olvidar que Dios va a pedir cuentas.
La ley no es la norma última, sea ella del templo o del palacio, pero sí, tu corazón y tus ojos. ¡Cuánta libertad ya doscientos cincuenta años antes de Jesús!
Nos debemos apresurar a apartar lo que hace sufrir el corazón y la carne, sin esperar, sin tener demasiada paciencia. O la gente trata de vivir como piensa y quiere, con el idealismo más puro de la juventud, o la gente termina pensando como vive, justificando, aceptando y siendo cómplices de la opresión y de la injusticia, que dejan siempre vacía la cocina de la casa del pobre.
Sin olvidar el “condimento”: el antiguo, patriarcal “temor de Dios”, que debe iluminar el camino del corazón y la visión de los ojos (3, 14; 5, 6; 7, 18).
6. El ritmo de la vida
Por esta sabiduría, el libro de la Qohélet sobrevivió al templo judaico y al palacio griego, y era leído en la gran fiesta de la alegría, en la fiesta tal vez más importante del post-exilio, la Fiesta de las Tiendas. Una fiesta que el templo intentó intervenir y rellenar de mil ritos y sacrificios (Nm. 29, 12-38; Lv. 23, 33-43), pero que nació como alegre celebración popular de la vendimia, del vino nuevo, del mosto exhube-rante.
Era una fiesta de la luz, del agua, de la felicidad sencilla del pueblo. Una fiesta en la que todos dejaban la ciudad y volvían a vivir en tiendas, armadas en el campo, rememorando el “camino” de Dios con su pueblo en el desierto. Un camino en el que el pueblo aprendió cuál era el proyecto de Dios, aprendió a servir a Yahvéh (Ex. 16-18).
Lección que las Qohélet de la vida nunca olvidarán y continuarán, como continúan, transmitiendo, con sabiduría, a los hijos e hijas. Es la lección profunda y verdadera que nos viene de aquellas que siempre estuvieron, con fe y con coraje, del lado de la vida. Y quieren una vida plena, abundante, harta, completa y realizada. Una vida “eterna”. No una corta vida de Abel.
Y, en nombre de esta vida, enfrentan a Caín: nos ayudan a descubrir, desenmascarar, criticar con vehemencia todo y cualquier proyecto opresor. Ellas siempre supieron guardar en su corazón la receta de qué “es lo bueno”.
Jesús aprendió de este modo. Y la Fiesta de las Tiendas lo va a encontrar en el templo, desafiando el poder sacerdotal (Jn. 7-8). Allí él se yergue y grita: “¡Si alguien tiene sed, venga a mí y beba!... Yo soy la luz del mundo, quien me sigue, no caminará en las tinieblas”.
Allí, mientras los sacerdotes y fariseos lo encuadran entre el “pueblo maldito que no conoce la ley”, él va a devolver el templo y todo su espacio a la mujer adúltera. En la próxima Pascua, ¡van a tener que matarlo! Y de este modo él se hace el grano de trigo enterrado para producir fruto, se torna el pan y el vino participados dentro de la casa, proyecto perenne de una vida fraterna, de una vida “abundante”.
Y la danza de la vida continúa con un ritmo nuevo, un ritmo vibrante, irresistible, envolvente. El ritmo festivo de quien descubrió que el hebel, el viento, la ilusión, la nada, son vencidos por lo que es bueno: el pan, el vino, la mujer que se ama.
Ana Maria Rizzante Gallazzi
Sandro Gallazzi
Caixa Postal 12
68.906-970 Macapá-AP
Brasil.
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