
LAS UVAS DEL VECINO
Carlos A. Dreher
Dt. 23, 25-26 presentan dos leyes únicas y originales, que hablan de las uvas y de las espigas, de la viña y de la mies del prójimo. En la búsqueda de sus destinatarios anónimos, se llega a los “protegidos de Yahvéh”, los pobres. El proyecto deuteronómico en defensa de los pobres se va revelando a partir de ahí, y lleva a descubrir que, frente a la pobreza, hay que perseguir dos perspectivas: la solidaridad inmediata, que quiere mitigar el hambre; y el proyecto de reintegración de los marginados en la sociedad, devolviéndoles el acceso al medio de producción. La vida está por encima de la propiedad. En el seguimiento de cerca de la práctica de aquellas leyes a través de los tiempos se llega a Jesús, y se descubre que no sólo las confirma, sino que las coloca por encima de lo sagrado. La vida está por encima del altar y del sábado. Es preciso redescubrir estas dos máximas para nuestra vida cotidiana.
The Neighbor’s Grapes
Dt. 23, 25-26 introduces two unique and original laws which speak of the neighbor’s grapes and grain, vineyards and grainfields. In the search for those anonymous ones being addressed “Yahweh’s protected ones”, the poor are encountered. From here the Deuteronomic project begins to be uncovered revealing, in relation to poverty, that two perspectives will be pursued: the inmediate solidarity which seeks to reduce hunger, and the project of reintegrating the marginalized into society, giving back to them the means of production. Life is more important than property. The practice of these laws through time is traced until Jesus where it is discovered that he not only confirmed them, but that he put them above the sacred. Life is more important then the altar and the Sabbath. It is necessary to rediscover these two precepts for our daily life.
1. El hambre de cada día
Nada más común a lo cotidiano que la comida y la bebida. Es de estas necesidades básicas, por lo demás las más fundamentales, de la persona humana, que brota toda la economía. Las personas trabajan para comer y beber. Es necesario comer y beber. Se puede vivir sin una serie de otras cosas. Sin comer y beber, en cambio, se muere. No es por casualidad, pues, que un recién nacido, inmediatamente después del primer llanto, se pone instintivamente a mover los labios, ejercitando la succión. Y buscará el seno materno incluso por sobre la ropa. Ahora que le han cortado el cordón umbilical, su sobrevivencia pasa por la boca. Nadie precisó explicarle esto. Nació sabiéndolo. Sin mover la boca en busca de comida y bebida, está predestinado al fin.
En el Tercer Mundo esta unanimidad de lo cotidiano viene siendo cada vez más percibida por su opuesto: el hambre. La no-comida y la no-bebida son el rostro más trágico del día a día. Me marcan todavía las figuras esqueléticas, incluso mal cubiertas de piel, de los niños y adultos de Somalia, vistas en fotografías publicadas en una revista brasileña recientemente. Con toda certeza, los modelos que posaron para aquellas fotos ya no viven. “La muerte los liberó de la tragedia diaria”.
Extraña ironía esa de la “muerte que libera”. Se halla tanto en la boca de las personas, que llega a parecer evangélica. No, la muerte no libera. Antes bien, es el último enemigo a ser vencido (1 Cor. 15, 26). En Cristo, la muerte ya está vencida. Y, si esto es verdad, también su aliada más próxima, el hambre, requiere ser vencida.
Sin embargo, mucho antes de reducir las personas a piel y hueso, el hambre comienza a matar. No es novedad la situación de subnutrición de las poblaciones latinoamericanas, asiáticas y africanas. Aquí se muere “de vejez antes de los treinta, de emboscada antes de los veinte, y de hambre un poco cada día” (João Cabral de Melo Neto, Morte e Vida Severina).
Aquí, el hambre, la no-comida y la no-bebida, es lo cotidiano de los cotidianos. Y eso me llevó a pensar en “las uvas del vecino”.
2. Dos leyes muy interesantes
En Dt. 23, 25-26, se encuentran dos leyes muy interesantes. Dicen:
Cuando entres en la viña de tu prójimo,
comerás uvas, según tu deseo, hasta saciarte,
pero no las cargarás en tu cesto.
Cuando entres en la mies de tu prójimo,
arrancarás espigas con tu mano,
pero no meterás la hoz en la mies de tu prójimo.
Son dos leyes únicas. No encuentro nada del mismo género en los diferentes códigos legales. Sin duda, podríamos ponerlas junto a leyes semejantes en el tipo de formulación, lo mismo que en algunos aspectos del contenido. No obstante, tanto en su forma cuanto en aquello que expresan, son de hecho sui generis.
También las siento dislocadas del contexto. Están aisladas. Lo que les antecede (vv. 22-24), tiene como asunto el cumplimiento de votos; lo que les sigue (24, 1-4), trata del divorcio. No veo asociación entre las temáticas. Tal vez, nuestras dos leyes cupiesen mejor entre las diversas prescripciones de carácter humanitario en 24, 5ss, cuya correlación es bastante suelta. O, por asimilación a la temática agraria, podrían ligarse más fuertemente a 24, 19-22.
Entre sí, las dos leyes tienen mucho en común. Casi que se repiten en forma y contenido. La formulación inicial es idéntica, respetada la pequeñísima diferencia entre “viña” y “mies”. Y tal identidad formal podría llevar a pensar que pertenecen a una lista más amplia que contemplase, como mínimo, también el olivar. Este es, por ejemplo, el caso en 24, 19-21, donde se tiene el campo de cereal, el olivo y la viña, en un esquema de forma y contenido semejante al nuestro.
A pesar de algunas diferencias menores, también la segunda parte de cada una de ellas tiene el mismo contenido. En sí, “comer uvas, según el deseo, hasta saciarse”, tiene el mismo significado que “arrancar espigas con la mano”. ¿Qué otra intención se podría tener al arrancar espigas en campo ajeno, a no ser para comerlas?
Por último, la tercera parte tiene correspondencia en cada una de las leyes. Las uvas son cargadas en el cesto para ser depositadas en el lagar, donde tendrá inicio el proceso de fabricación del vino. La hoz es el instrumento utilizado para realizar la cosecha de un campo maduro, cuyas espigas serán llevadas a la era para ser desgranadas.
Las dos leyes se corresponden en la forma. Repiten el mismo tipo de contenido. Tienen, pues, el mismo género.
Observándolas más de cerca, se percibe que cada una contiene dos instrucciones. La primera, expresada de modo afirmativo, asegura a alguien el derecho de comer de la viña/mies ajena. Equivaldría a decir: “Si tienes hambre, toma y come”. La segunda prohíbe. Pone límites. “¡No cargarás las uvas en el cesto! ¡No meterás la hoz en la mies!”.
Tales instrucciones son absolutas. No preven casos en los cuales no se pueda comer uvas o cereal en campo ajeno. Asimismo, no dan margen a casos en que se pueda llevar uvas o cereal, sacados de campo ajeno, para la casa. No hay discusión. No hay casuísmos. Siempre se puede comer. Nunca se puede llevar.
Evidentemente, nuestras leyes se originaron en el ambiente agrario. Hablan de productos de la roza. Las uvas y el cereal son situados en su origen, en la viña y en el rozadero. Sin embargo, hablan de la viña y del rozadero del prójimo. Hablan de las uvas y del cereal del vecino. Pero, y esto es interesante, las leyes no se dirigen al prójimo, al vecino, al propietario de las uvas y del cereal.
¿Quiénes son, entonces, los destinatarios de estos mandamientos? “Cuando entres... comerás... no cargarás... arrancarás con la mano... no meterás la hoz”. ¿Quién es este “tú”, diferenciado del prójimo?
La formulación en segunda persona, tanto singular como plural, es bastante típica de la legislación, especialmente para las leyes de carácter absoluto. Sobre todo en el Deuteronomio, con su estilo parenético, esto es, en forma de predicación exhortativa, se propone un interlocutor directo en relación a Dios. Algunas veces, el plural y el singular incluso pueden confundirse en la indicación del destinatario (cf., por ejemplo, 8, 1s; 10, 12ss; 11, 1s; etc.). Pueblo e individuo se confunden. Los muchos “tús” componen el mismo “ustedes”, el pueblo con el cual el Señor hace alianza en el Horeb (5, 2; cf. 18, 15s). En este sentido, la legislación parece estar dirigida a todo Israel, y, por su medio, a cada israelita en particular.
Sin embargo, las diferentes leyes permiten redescubrir el ambiente del cual provienen a través del vocabulario que utilizan. A partir de ahí se puede comenzar a percibir un número más bien diversificado de destinatarios. Así, por ejemplo, en Dt. 20, el destinatario es el personal del ejército; en Dt. 15, la persona en condiciones de prestar dinero, o de comprar esclavos por deudas; en Dt. 16, 18ss, los jueces y los funcionarios públicos. Y a todos estos grupos distintos, la palabra siempre les es dirigida en segunda persona.
3. Los protegidos de Yahvéh
En la búsqueda por elucidar los destinatarios de nuestras dos leyes, pienso que otro pasaje nos pueda ayudar. Ya lo referí antes. Se trata de Dt. 24, 19-22. Veamos.
Cuando en tu campo siegues la mies, y en él olvidaras un manojo de espigas, no volverás a buscarlo; para el forastero, el huérfano y para la viuda será; para que el Señor Dios te bendiga en toda obra de tus manos.
Cuando sacudieres tu olivo, no lo removerás después; para el forastero, para el huérfano y para la viuda será.
Cuando vendimies tu viña, no la rebuscarás después; para el forastero, para el huérfano y para la viuda será.
Recordarás que fuiste esclavo en la tierra de Egipto, por lo que te ordeno hacer esto.
En estos versículos, el destinatario es siempre el propietario, sea del campo, del olivar o de la viña. Y los beneficiados por la legislación son claramente otro grupo: el forastero, el huérfano y la viuda. Son los protegidos de Yahvéh. En un buen número de otros pasajes del Deuteronomio son también mencionados (cf. 10, 18; 27, 19; sin el forastero, 24, 17; acrecentado con el levita, 14, 29; 26, 12s; incluyendo al levita, el esclavo y la esclava, 16, 11. 14. Véase aún que 27, 19 habla explícitamente del “derecho del forastero, del huérfano y de la viuda”).
A este grupo de protegidos de Yahvéh, que ahora ya incluye el levita, el esclavo y la esclava, se añaden todavía los pobres y humillados. Y es interesante observar que los términos se concentran en Dt. 15 (vv. 4, 7, 9, 11), el capítulo que se refiere a los esclavos y a su remisión; y en Dt. 24 (vv. 12, 14, 15), exactamente el capítulo en el que se encuentra el pasaje antes referido.
Lo que tales protegidos de Yahvéh tienen en común es el hecho de no tener acceso a los medios de producción, o estar a punto de perderlo. El forastero está desgarrado de su grupo. No tiene acceso a la tierra fuera de su tribu o de su clan de origen. Tiene derecho a trabajo y a hospedaje, pero siempre será dependiente, a no ser que sea reintegrado en su grupo. La viuda es mujer. No tiene derechos de ciudadanía. Solamente tendrá acceso a la tierra mediado por un varón. Esto significa que deberá volverse a casar, o esperar a que un hijo varón garantice su sustento. El ejemplo clásico para esta situación es la historia de Noemí y Rut. El huérfano (niño) tendrá que esperar a la mayoría de edad, un riesgo serio toda vez que puede no sobrevivir hasta este plazo, o no tener ya nada cuando llegue esa hora, puesto que hay personas trasladando los mojones de posesión de la tierra (Dt. 19, 14; compárese con Pr. 23, 10). Si fuese niña, tendrá que esperar la suerte de casarse. Sin dote, esto será difícil. El levita está destinado a no tener propiedad. Dependerá siempre de otras personas, si bien en trueque de servicios religiosos.
Un poco diferente es el caso del pobre (ebion) y del humillado (ani). De acuerdo con Dt. 15, aparte de otros pasajes, pienso que sean personas que todavía tienen acceso a la tierra. Pero por poco tiempo. Por su endeudamiento, están a un paso de la esclavitud. Van vendiendo lo que tienen para garantizar la vida: mujer, hijos, derecho de posesión. Y cuando llegan a tal punto, están en el fin. Sólo les queda servir al vecino por un buen tiempo, hasta que venga el año de la remisión.
En vista de eso, no es de extrañar que el esclavo y la esclava sean invitados a participar de las fiestas de Pentecostés y de los Tabernáculos (o tiendas de enramadas). Con certeza son pobres endeudados, o mujeres vendidas a cambio de deudas, que descendieron a lo más bajo de la escala social.
4. Los destinatarios de Dt. 23, 25-26
Luego de esta digresión respecto de los protegidos de Yahvéh, es necesario volver al texto de Dt. 24, 19-22. Ahora bien, si de un lado están los “propietarios”, esto es, aquellos campesinos aún bien situados que tienen campo, olivar o viña, y de otro, al menos en tres de sus representantes, los protegidos de Yahvéh, sería de imaginar que toda la propuesta deuteronómica caminaría en esta dirección. De un lado están los campesinos que tienen acceso garantizado a la tierra, y de otro los campesinos y campesinas empobrecidos.
Vuelvo ahora a nuestras dos leyes. ¿A quién se dirigen? ¿Quiénes son los “tús” a los cuales se destinan?
Imagino que sean toda esa gama de gente: forasteros, huérfanos, viudas, levitas, esclavos, esclavas, pobres y humillados. Son, sin duda, aquellos que más sienten hambre. ¿Quién más tendría motivo para entrar en viña, olivar o campo ajeno para tomar lo necesario para su necesidad inmediata?
En algunos comentarios observo que se tiende a afirmar que nuestras leyes se dirigen al viajante que, de pasada, sintiendo hambre, se adentre en los campos a la orilla del camino. Me comienzo a convencer de que Dt. 23, 25-26 no está preocupado con el tránsito. ¡Está preocupado con el hambre! Está preocupado por garantizar la sobrevivencia de los protegidos de Yahvéh.
Indudablemente, también personas de pasada tendrán el mismo derecho. A final de cuentas, si pasan por una aldea distante de la suya, ciertamente tendrán el mismo derecho que cualquier forastero. Este también habrá sido, al menos en parte, el caso de Jesús y de sus discípulos, como se describe en Mc. 2, 23-28 y paralelos, textos de los cuales tendremos que hablar más adelante. No obstante, sería necesario imaginar un tránsito bastante intenso por los caminos, callejuelas y senderos de Palestina en los tiempos del Deuteronomio, e incluso antes de él, para llegar a la fijación de leyes de este tipo.
¿Por qué? Porque las leyes van naciendo de la práctica de vida de las comunidades que las determinan. No existe razón para elaborar una ley para cuestiones que aún no se experimentó. La experiencia, y generalmente la experiencia negativa, es la que va a generar la legislación. Al determinar “no matarás”, la ley ya presupone que alguien haya asesinado a otra persona. Si ninguno matase, el mandamiento no tendría necesidad de existir.
Lo mismo ha de valer para las uvas del vecino y para su cereal. El derecho de comerlos habrá brotado de la necesidad sentida por los que tenían hambre. La resistencia de los vecinos habrá llevado a establecer el derecho en términos legales. Los hambrientos tienen el derecho de comer. La sobrevivencia precisa estar por encima de la propiedad. En la misma dirección apuntan las otras leyes en favor de los protegidos de Yahvéh que mencionamos arriba.
5. La sobrevivencia está por encima de la propiedad
La ley existe —o por lo menos debería existir— para reglamentar la vida en una sociedad. Ahora bien, “sociedad” es una palabra que presupone la existencia de socios, iguales, que se asocian entre sí en función de intereses comunes. Para que una “sociedad” sea merecedora de este nombre, los socios requieren respetar y garantizar los derechos unos de los otros. En el momento en que un socio irrespeta los derechos del otro, la sociedad ya dejó de existir.
Más que cualquier otro animal, el ser humano es un ser gregario. Necesita del grupo para sobrevivir. Solo, es débil. No hace frente a la naturaleza. Precisa de otros seres humanos para enfrentarla. Precisa de sociedad.
He aquí por qué la sobrevivencia, por sí misma, es una cuestión fundamental de la sociedad. Es por ella que las personas se organizan. Como socias, consiguen garantizar la subsistencia de la vida material. La economía únicamente funciona en sociedad. La consecuencia es que la sociedad requiere, antes que ninguna otra cosa, garantizar la sobrevivencia de los individuos que la componen.
Es posible que esta lógica tan natural y tan humana, estuviese presente en los orígenes de Israel. Sin embargo, más que ella, con certeza la experiencia de no-socios en Egipto, como esclavos del faraón y de su pueblo, hecha por los hebreos, ha de haber marcado el surgimiento de aquella nueva sociedad. Y tanto más la revelación de un Dios que oye y ve la aflicción de los esclavos, y que desciende para liberarlos, habrá solidificado este principio: la vida está por encima de todo. Tal vez sea éste el principal motivo para que, más tarde, el Deuteronomio sea tan insistente en recordar la esclavitud en Egipto y la liberación promovida por Yahvéh (cf. especialmente 5, 6.15; 6, 12.21ss; 8, 14; 11, 1ss; 13, 5.10; 15, 15; 16, 1.12; 24, 18.22; 26, 5ss, entre otros).
El Israel emergente parece haber desarrollado su proyecto de sociedad a partir de su teología. Esta partía del acontecimiento fundante del Exodo.
Eramos esclavos de Faraón en Egipto, sin embargo Yahvéh nos sacó de allá con señales y con prodigios, para llevarnos y darnos la tierra (Dt. 6, 21ss).
Es esto lo que los padres, en el futuro, deben contar a los hijos cuando éstos preguntasen por la razón de cumplir la ley. Para entender la ley es necesario comprender que Yahvéh no da solamente la libertad, sino que la garantiza con la dádiva de la tierra. Es decir: para Yahvéh sólo hay libertad, si hay acceso al medio de producción. La libertad únicamente es garantizada, cuando se garantiza la producción de la vida material. Sin comida y bebida, no hay libertad. No hay vida. Y para garantizar libertad, tierra, comida y bebida, vida para todas las personas, es preciso guardar la ley de Yahvéh.
Recordando el Exodo, toda persona que guarda la ley va a recordar que, lo que tenga, no lo tiene por propio mérito. Desde la libertad hasta la vida, ¡todo es dádiva de Yahvéh! Por eso, en última instancia, nada es propiedad de ninguno; todo es propiedad de Yahvéh (cf. Dt. 6, 10s; compárese con Lv. 25, 23).
Consecuencia lógica de esta propuesta es, entonces, que “no haya pobres en medio de ti” (Dt. 15, 4). Si todo pertenece a Yahvéh, inclusive la tierra de agricultura, no hay por qué alguien no tenga acceso a los medios de producción, ni por qué no tenga garantizada su subsistencia.
No obstante, por más ideal que la sociedad israelita pueda haber sido en sus inicios, las contradicciones existentes en su medio crecerán con el pasar del tiempo, en dirección a conflictos sociales. El desarrollo de las fuerzas productivas, el descubrimiento de nuevas técnicas de producción, llevarán a un crecimiento económico infelizmente desigual. Ya antes del surgimiento de la monarquía, pero cada vez más fuertemente en su tiempo, el ideal igualitario se deshacía. Ahora había pobres, más y más pobres, que se iban volviendo esclavos. Ya el Código de la Alianza (Ex. 20, 22-23, 19) lo atestigua (cf. Ex. 21, 2-11).
El Deuteronomio parece haber comprendido el problema y detectado sus causas:
...cuando hayas comido y te hayas saciado, cuida de no olvidarte de Yahvéh que te sacó del país de Egipto, de la casa de servidumbre (Dt. 6, 11b-12).
Una barriga llena demás, lleva a su dueño a olvidarse de Yahvéh como aquel que lo sacó de Egipto. Hasta puede, quizá, recordarse de Yahvéh de alguna otra forma. Pero olvida su característica fundamental. Y ahí todo se puede perder. Debido a ello, es necesario legislar en favor de los pobres. Pienso que especialmente el Deuteronomio muestra preocupación por eso.
Estoy convencido de que el Deuteronomio tiene su origen en el norte, en el reino de Israel. Su propuesta debe haber brotado del medio campesino y de círculos proféticos. Junto a la unicidad de Yahvéh y de la exigencia por su culto en un solo lugar, el Deuteronomio busca evitar el empobrecimiento y la consecuente esclavización del campesinado. El combate a la idolatría es reflejo de esto. Unicamente Yahvéh, que te sacó de Egipto, de la casa de servidumbre, es capaz de garantizar la sobrevivencia del campesinado, cada vez más duramente obligado a tributar. Tal experiencia no es nueva en los tiempos de Amós y de Oseas. Venía ya desde Salomón, pasa por Ajab y desemboca en Jeroboam II. La fuerza de las armas, el comercio internacional y el lujo en la corte, tuvieron sus máximas expresiones bajo estos reyes. Son cosas que llevan al pueblo de vuelta a Egipto. Por eso es preciso limitar el poder del rey (Dt. 17, 14-20). Una monarquía constitucional, temerosa de Yahvéh y de su ley, evitará la masacre definitiva de los pobres.
Si en la monarquía los conflictos sociales se agravan, es necesario repensar los orígenes, a partir de los que ahora más sufren. La experiencia campesina sabe que la pobreza lleva a la esclavitud. Y la esclavitud representa pérdida de derechos, pérdida de ciudadanía. Es preciso, pues, descubrir mecanismos que eviten el empobrecimiento o que, al menos, mitiguen la pobreza, a fin de evitar el mal peor y último: la degradación de la esclavitud.
El campesino también sabe que todo comienza cuando le faltan la comida y la bebida. Los motivos para eso son varios. En el principio, están ligados a los conflictos del ser humano con la naturaleza. Una zafra puede fracasar debido a condiciones climáticas adversas. La sequía, la demasiada lluvia, las plagas, pueden ser, entre otras, causantes de hambre. Y pueden causar más daños a unos que a otros.
Pero hay también adversidades que atañen al individuo en sus condiciones físicas. Enfermedades, heridas, deficiencias temporales o constantes, llevan a una persona a producir mucho menos que en condiciones normales.
Incluso en una sociedad de iguales, en la cual cada hombre tiene acceso a los medios de producción, tales conflictos con la naturaleza llevan a muchos al empobrecimiento. Y, ciertamente, ya en sus orígenes Israel enfrentaba problemas de este orden.
Los conflictos sociales, sin embargo, van a aumentar considerablemente estos problemas. Aquí, antes de hablar del Estado, se deberían tener en cuenta los conflictos interpersonales. Las riñas y disputas, no pocas veces llevan a perjuicios personales. Las heridas o la muerte, disminuyen la capacidad del grupo agredido. Pero también el agresor enfrentará dificultades. También Caín se ve en aprietos. Al huir a otra tierra, se vuelve forastero, sin derecho de acceso al medio de producción.
Tampoco se debería olvidar aquella contradicción clamorosa que, ya en los tiempos más remotos, negaba a las mujeres y a los niños la participación en la ciudadanía. Desde antes del Estado, las mujeres y los niños sufrían la discriminación en relación a los hombres adultos. El acceso al medio de producción les era negado.
No obstante, el advenimiento del Estado, indudablemente, complicará mucho más estas relaciones ya problemáticas. Los tributos, cada vez más pesados, forzaron a todos los tributantes a una condición crecientemente difícil para garantizar la comida y la bebida para sí y su familia. El vino, el aceite, los cereales y los animales, tendrán que ser traspasados al rey y a la corte en cantidades siempre mayores. Y, con certeza, la situación se agravará para aquellas personas alcanzadas por conflictos naturales e interpersonales.
Ahora bien, ya antes del advenimiento del Estado, Israel buscaba resolver el problema mediante mecanismos que garantizacen la comida y la bebida a todos, incluso los que se empobrecían debido a conflictos naturales e interpersonales. Entre otros, parece que la costumbre reflejada en nuestras dos leyes hacía parte de estos dispositivos. Si la tierra es propiedad de Yahvéh, sus frutos están a disposición de todas las personas. Nada más natural, pues, que quien tiene hambre se adentre en los campos de otros para saciarla. Ni siquiera se necesita legislar al respecto. Esto es lo normal. Con certeza, por lo tanto, la costumbre reflejada en Dt. 23, 25-26 es más antigua que la fijación de las leyes.
El hecho de que únicamente el Deuteronomio las fijara, me lleva a lanzar la hipótesis de que los tiempos de la monarquía habían hecho olvidar, o al menos poner en duda, la práctica acostumbrada en el pa-sado. En los tiempos del Código de la Alianza, la cuestión todavía no se planteaba. Ahora es necesario retomar la costumbre y garantizarla en términos de legislación. ¿Qué habrá acontecido para llegar a tanto?
Ciertamente los avances tecnológicos, como parece haber sido el caso con la introducción del buey como animal de tracción del arado en la agricultura palestinense, propiciaron el enriquecimiento de unos y el empobrecimiento de otros. La barriga llena, aliada a la perspectiva de mantenerla, lleva a apenas acordarse de Yahvéh. Conduce también a la quiebra de la solidaridad. El año de la remisión comienza a parecer más complicado, al igual que el perdón de las deudas (cf. Dt. 15). La idea de posesión va dando lugar al ideal de propiedad privada. La presión de los tributos, incluso favorece esto. Teniendo mucho es más fácil pagar al Estado, no teniendo más que cargar con los pobres.
Por otro lado, el propio Estado, como siempre, privilegió los intereses de la clase más poderosa. Defendió los bueyes y persiguió a los esclavos fugitivos. Estableció como orden los anhelos de los ricos.
A partir de esto no es difícil imaginar que el derecho de comer uvas y espigas en el campo ajeno, haya pasado a ser visto como robo por los propietarios. Los pobres, los forasteros, las viudas y los huérfanos, necesitaban ser mantenidos lejos de las viñas y de los sembrados, a fin de que no perjudicaran la producción. La antigua buena costumbre se va perdiendo entre mil nuevas razones. Las relaciones de parestesco van dando lugar a relaciones de clase. Y ahí el derecho consuetudinario, esto es, el derecho que brota de las costumbres, ya no tiene valor. Lo que valen son las leyes del Estado. Lo que no está escrito es obsoleto, retrógrado, conservador. Obstaculiza el progreso.
Es exactamente aquí que reencuentro el ideal deuteronómico. Círculos campesinos y proféticos elaboran un nuevo proyecto de ley, un nuevo proyecto de constitución en defensa de los pobres, con base en la fe en Yahvéh, liberador de esclavos. Ni Yahvéh, ni el acontecimiento fundante del Exodo, son obsoletos. Tampoco puede serlo el derecho de los pobres.
Es cierto que el ideal deuteronómico solamente llegará a alcanzar validez a partir de la Reforma de Josías en el 621 a. C., y, aun así, por poco tiempo. La muerte del rey constituyente en el 609 a. C. y la reconquista del poder en Palestina por parte de fuerzas internacionales, rápidamente pondrán fin al proyecto, aparte de que se puede dudar de su éxito total incluso bajo el mismo Josías. No obstante, el Deuteronomio parece querer legalizar una buena costumbre que se había perdido: el derecho a la vida está por encima de la propiedad.
6. El otro lado de la ley
Es claro que la legalización del derecho de comer uvas y espigas del vecino no quedó sin reacción. Lo expuesto hasta aquí apenas informa respecto a la primera parte de las dos leyes.
Cuando entres en la viña/mies de tu prójimo, comerás/arrancarás con tu mano uvas/espigas, según tu deseo, hasta saciarte.
Hasta aquí tenemos el derecho de los pobres. Después de esto hay un “pero”. Es a partir de este “pero” que se descubre la reacción de los propietarios.
Pero no las cargarás en tu cesto.
Pero no meterás la hoz...
Existe una limitación al derecho de los pobres. A fin de cuentas, ellos ya participan de las fiestas (Dt. 16, 11. 14) y recogen las sobras de las cosechas (Dt. 24, 19ss). Hay que cuidar que no asuman toda la producción. Hay que evitar el saqueo.
Esta interpretación negativa en relación a los propietarios, no obstante, no es necesariamente la única para la parte final de nuestras dos leyes. Es perfectamente lógico que quieran garantizar el equilibrio de la sociedad. Si partimos del presupuesto de que el proyecto deuteronómico se origina en círculos campesinos, es evidente que también estará preocupado por garantizar la sobrevivencia de aquellos ciudadanos que tienen acceso al medio de producción y todavía no se empobrecieron. También estos campesinos están expuestos a los conflictos con la naturaleza y a los tributos del Estado. Están, pues, igualmente amenazados. Pueden, en cualquier momento, llegar a la misma situación en que se encuentran los protegidos de Yahvéh.
Si, ahora, agregamos el otro presupuesto de que las leyes nacen de la experiencia de vida de las comunidades que las elaboran, entonces percibimos que nuestros versículos buscan frenar una práctica existente. ¡Alguien se está llevando uvas y cereal a casa! Y, aparentemente, lo está haciendo basado en el derecho anterior de comerlos para saciar el hambre.
Por último, hay un tercer agravante. Nuestras leyes no definen expresamente a sus destinatarios. La generalidad puede, entonces, llevar a pensar en cualquier persona. Quien quiera que sea, aun no siendo pobre, se ve en el derecho de cargar para casa el sudor del vecino. Y no se puede tomar la única ovejita del vecino, para hacer un churrasco para nuestras visitas (cf. 2 Sm. 12, 1-4). Aquí llegamos ya al robo, y se requiere pararlo.
Esto significa que nuestras leyes también quieren garantizar la sobrevivencia del vecino. También él necesita de comida y de bebida. Tiene condiciones de producirlas, y es justo que coma de su pan y beba de su vino. En sí, es éste el derecho que se quiere para todas las personas. Es justo que quien está en dificultades sea amparado por quien está mejor situado. Es justo comer de las uvas y de las espigas del vecino hasta matar el hambre. No es justo despojar al que trabaja de lo que él produce para sí. No es justo comer uvas y espigas de los otros, sin tratar de plantarlas y cultivarlas teniendo condiciones para hacerlo.
Toda esta reflexión presupone una sociedad de personas iguales. Y es así que el Deuteronomio parece imaginar su proyecto. Piensa en una sociedad campesina. Todas las personas trabajan la tierra. Viven en clases y en tribus, a las que pertenece el medio de producción. La tierra no es propiedad particular. No se puede comercializarla. No se puede especular con ella. Es un bien común, necesario para la sobrevivencia de todos. Tiene una función social fundamental.
También una sociedad así tiene contradicciones. Hay viudas, hay huérfanos, hay forasteros, hay pobres. Es preciso resolver su situación. El objetivo último es reintegrarlos al grupo, en igualdad de condiciones. Para esto existe el levirato, existe el rescate, existe el año de remisión, los mecanismos reguladores de la igualdad. Sin embargo, ellos solos no resuelven todo el problema. Por eso, junto a ellos, es necesario practicar la solidaridad. Ella es la base de la sobrevivencia. El derecho de los pobres es lo que mejor la expresa.
No obstante, se requiere evitar el otro riesgo. El robo puede llevar a todos a la pobreza. Cualquier campesino puede llegar a este punto. No se puede permitir que el proceso sea acelerado mediante la expropiación. Por eso, come, bebe, hasta saciarte, pero no lleves el producto ajeno a tu casa. Tu vida, y la vida de tu vecino, dependen de eso.
7. La sobrevivencia está por encima de lo sagrado
La práctica de nuestras dos leyes parece haber persistido por largo tiempo. Las vamos a reencontrar mucho más tarde, ya en el Nuevo Testamento. Jesús y sus discípulos todavía hacen uso del derecho de los pobres. Mc. 2, 23-28 y sus paralelos, nos informan al respecto.
Jesús y sus discípulos atraviesan unos sembrados en día de sábado. Los discípulos, al pasar, toman espigas. En seguida son criticados por los fariseos: “¿Por qué tus discípulos hacen lo que no es permitido los sábados?”. La censura no se debe al hecho de coger espigas. Se debe al hacerlo en sábado.
Esto significa que los fariseos admiten la práctica de Dt. 23, 25s como correcta. Tomar espigas en campo ajeno es perfectamente legal y justo. El viajero, y en consecuencia el forastero, lejos de su clan o tribu de origen, tiene el derecho de saciar el hambre. Esto es normal. Lo anormal está en no respetar el sábado. Es día de descanso. Día de no realizar ningún trabajo. Y eso está correcto. No veo a Jesús poner en duda esta verdad. Guardar el sábado es fundamental.
Pero he aquí una radicalización del sábado que se va volviendo peligrosa. Su sacralización, para los opositores de Jesús, está por encima de todo. Y, aunque la ley de Dt. 23 no lo mencione, coger espigas en sábado es realizar un trabajo. Por eso, es sacrilegio.
Para Jesús, sin embargo, la vida está por encima del sábado. La vida está por encima de lo sagrado (cf. Mc. 3, 1-6 y paralelos). Y esto por una simple razón: “el sábado fue hecho para el ser humano, y no el ser humano para el sábado”. Sí, lo sagrado es dádiva de Dios para la vida del ser humano. Lo sagrado no puede esclavizar a éste. Lo sagrado no debe llevarlo a pasar hambre.
En este contexto, es interesante observar que los fariseos que se oponen a Jesús ya deberían saber eso a partir de los ejemplos de su historia. Ya en el tiempo de los macabeos, Matatías decidirá que más importante que guardar el sábado es defender la vida (1 Mc. 2, 29-41). No es posible dejarse matar por los enemigos por guardar el sábado. Y los asideos, de los cuales se derivaron posteriormente los fariseos, los apoyaron después de esta decisión (cf. 1 Mc. 2, 43ss).
La vida está por encima del sábado. La vida está por encima de lo sagrado. El ejemplo que Jesús utiliza lo define bien. Lo va a buscar en David. No el David rey, sino el David fugitivo de Saúl, que poco después se convertirá en jefe de un bando de empobrecidos marginados (cf. 1 Sm. 22, 2). Jesús recuerda 1 Sm. 21, 2-7.
Estando en fuga, David llega a Nob. Se presenta al sacerdote Ajimélek, quien dirige aquel santuario, con una mentira: el rey lo ha enviado en una misión especial y secreta. No existe noticia de tal decisión de parte de Saúl. Aparte de eso, por la narración anterior, más bien David ya cayó en desgracia delante del rey, y se halla en fuga. Dicha la mentira David pide pan al sacerdote, quien le replica que únicamente tiene panes sagrados, los panes de la proposición, o de oblación, puestos semanalmente sobre el altar, delante de Yahvéh. Como David le afirma que tanto él como sus hombres —no hay tales hombres, pues David está solo— se encuentran en estado de pureza sexual, Ajimélek le da los panes. La historia de 1 Sm. no lo indica, no obstante Jesús recuerda que, conforme Lv. 24, 9, solamente los sacerdotes podían comer de este pan.
En la narración de 1 Sm. 21 no se censura a David por lo que hizo, ni a Ajimélek. Por el contrario, en la secuencia narrativa, en 1 Sm. 22, 6ss, Saúl mandará matar a los sacerdotes de Nob, entre ellos Ajimélek, no por el sacrilegio, sino por traición a los intereses del rey. El único en escapar será Abiatar, quien se refugiará junto a David, convirtiéndose más tarde en uno de los celebrantes en el santuario de Jerusalén. El punto de vista de las narraciones es totalmente favorable a David. De la misma forma lo interpretará Jesús.
Se observa, pues, también aquí, que saciar el hambre, garantizar la vida, está por encima de lo sagrado, encima de las prescripciones religiosas. David come el pan del sagrario sin que Yahvéh se rebele contra él. Por el contrario, Yahvéh lo preserva y lo protege en su condición de fugitivo. Aquí el mismo Yahvéh es el vecino, del cual se comerán las uvas y el cereal. Y el “buen vecino” no lo ve con malos ojos. Desde David, hasta Jesús, la sobrevivencia es lo que hay de más sagrado.
8. Resumiendo y buscando perspectivas
Dos leyes interesantes, pero aparentemente dislocadas de su contexto, nos fueron llevando a un abanico mucho más amplio de informaciones sobre la vida social del pueblo de Dios en diferentes épocas de su existencia. La búsqueda de sus destinatarios nos fue haciendo ver toda una gama de otras leyes que pretendían reglamentar el equilibrio entre las personas en aquella sociedad. El proyecto deuteronómico en favor de los pobres, los protegidos de Yahvéh, se fue revelando a partir de las uvas del vecino. Al perseguir la práctica de aquellas leyes en tiempos posteriores, llegamos hasta el Nuevo Testamento.
En el conjunto, dos tesis estrechamente correlacionadas se impusieron: la vida (sobrevivencia) está por encima de la propiedad; la vida está por encima de lo sagrado. Tanto para Yahvéh cuanto para los autores del proyecto deuteronómico, hay que evitar cualquier amenaza a la vida de su pueblo. El ideal es garantizar una vida digna a todas las personas; la comida y la bebida producidas con el propio sudor, a partir de la tierra a que se tiene derecho. El empobrecimiento, por las varias razones que pueda tener, requiere ser evitado, o al menos minimizado, a fin de que la vida se imponga. En esta lucha, ni siquiera lo sagrado —el altar o el sábado— pone límites a lo más importante: la garantía de sobrevivencia. Hasta Dios cede su pan al fugitivo hambriento.
Nuestras dos leyes se sitúan en el ámbito de la solidaridad. Es preciso asistir a los pobres, saciando su hambre, porque no tienen otra forma de hacerlo. Perdieron el acceso a los medios de producción, o están en vías de perderlo. Su vida se encuentra duramente amenazada.
En estas leyes, la solidaridad se expresa en el derecho de comer las uvas y el cereal que otros plantaron. Quien plantó debe permitir que los protegidos de Yahvéh se adentren en sus campos y en sus viñas, y coman hasta saciarse. Tomar el fruto ajeno para comerlo, no es un robo. Es un derecho, sobre todo de los pobres. El robo solamente existe cuando se lleva el producto ajeno para la casa.
Sin embargo, nuestra reflexión nos mostró otras formas de solidaridad. Así, los pobres pueden tomar las sobras de la cosecha. Los productores, a su vez, deben dejar sobras en función de los protegidos de Yahvéh. Estos son también invitados naturales a las comidas festivas. Se debe prestar liberalmente a los pobres. En suma, es deber dar pan a los pobres. Dios mismo asume esta propuesta.
Fundamental, no obstante, es que la propuesta deuteronómica no se queda en la solidaridad asistencial. Esta matiza la pobreza, evita la muerte, pero en definitiva no resuelve el problema social. La asistencia, sola, no garantiza la sobrevivencia. Se requiere un mecanismo más fuerte para garantizar el equilibrio social. Es preciso reintegrar a los pobres en la producción de la subsistencia de la vida material.
Aquí percibimos, aunque no hiciéramos un análisis pormenorizado de la cuestión, que el año de la remisión (Dt. 15) buscaba la solución definitiva. Cada siete años las deudas debían ser perdonadas y los esclavos liberados. Ahora bien, de hecho, sólo hay perdón de las deudas y liberación de los esclavos, si los deudores y los esclavizados fuesen reintegrados en la posesión de los medios de producción. Por más que Dt. 15 no lo afirme explícitamente, no hay otra manera de entenderlo a partir de los derechos de ciudadanía en Israel. En aquella sociedad, un sin-tierra será siempre un no-ciudadano, será siempre alguien a ser esclavo de otros.
Cuando recuerdo Lv. 25, que propone el jubileo cada 50 años, veo que las reacciones a la propuesta deuteronómica deben haber sido enormes. El jubileo multiplicó siete por siete. Extendió a lo irreal y a lo imposible la práctica de la remisión. En 50 años, difícilmente un esclavo, un endeudado, un pobre, todavía estará vivo, con un promedio de vida de 30 años que parece haber sido lo normal en la Palestina de aquellos tiempos. Si en verdad se quiere reintegrar a los pobres a los medios de producción, entonces hay que privilegiar Dt. 15. Lv. 25 se quedará, ciertamente, apenas en la buena voluntad.
Pero estamos en el Deuteronomio, un proyecto campesino. Este quiere garantizar la vida a todos los campesinos, quiere pobres mejor situados. Por eso la solidaridad se tiene que componer de dos elementos: la asistencia en tiempos de crisis y una solución definitiva para la pobreza. En aquella sociedad, marcadamente campesina, ésta última únicamente será alcanzada por una “reforma agraria” cada siete años. Redistribuir la tierra, el medio de producción, de manera que todos vuelvan a tener su pedazo de suelo, es la única forma de garantizar la primacía de la vida sobre la muerte de modo definitivo.
Si vuelvo ahora a mirar hacia nuestra situación brasileña, latinoamericana y caribeña, tercermundista, veo mucho que aprender de aquel proyecto deuteronómico. No soy especialista en economía, política o sociología. Sin embargo, no hay manera de no ver la miseria aquí presente, que grita diariamente. La comida y la bebida son lo cotidiano de los cotidianos en nuestras tierras, y lo son por su contrario. La no-comida y la no-bebida, junto a la no-salud, la no-escuela y toda una gama de otras formas de no-vida, son el día a día de dos tercios, cuando menos, de nuestras poblaciones. No es necesario mirar fotografías de somalíes para comprender esto. Basta con salir a la calle. Solamente no lo ve quien no quiere ver. Un corazón embrutecido, normalmente ciega los ojos.
Incluso surge la pregunta de si aún podemos llamar esta tragedia “sociedad”. Los no-socios son la mayoría hace mucho tiempo. Y crecen diariamente en número, empujados a la degradación de la marginalidad por la ganancia y por la insensibilidad de los otros. No es de extrañar si, de cuando en cuando, los no-socios, por ejemplo, saquean supermerca-dos. Mucho menos es de extrañar que ocupen tierras improductivas. ¿Roban? ¿O hacen valer los derechos de los protegidos de Yahvéh, a su manera?
Está claro: nadie quiere ser asaltado; nadie quiere que otros se lleven para la casa lo que es suyo. No obstante, esta situación sólo se altera si los vecinos dejan comer sus uvas.
Es interesante notar que en el sur de Brasil, entre los pequeños agricultores, el derecho a las uvas del vecino todavía está bien vivo. Ocurre más con naranjas que con uvas. Pero se halla bien presente el proverbio: “Tomar para comer, no es robar”. Es preciso evitar que este valor se pierda, entre los rumbos que nuestro mundo va tomando. Aún más: se requiere llevarlo a hacer parte de los valores de todas las personas.
En el hambre hay que ser solidario. Bien sé que el así llamado asistencialismo no lo resuelve todo. Y sé que es totalmente combatido por muchas personas honestamente preocupadas por la miseria. Sin embargo, sin solidaridad la muerte se impone más rápidamente.
Pienso que la solidaridad asistencial es fundamental. No se puede dejar de practicarla. Es preciso dejar a los pobres comer de las uvas del vecino. Es necesario compartir el pan, aminorar el hambre, aplazar la muerte. Es lo mínimo que se puede hacer en una situación tan calamitosa. Las comunidades cristianas necesitan avivar y reavivar esta práctica de la solidaridad. Es su deber asistir a los protegidos de Yahvéh. No hay nada más sagrado que eso, ni altar ni sábado. Por otra parte, la ausencia de esta práctica significa, por sí sola, la bancarrota de la comunidad cristiana. Si deja de ser comunidad del amor, deja de ser comunidad de Jesucristo.
No obstante, la solidaridad asistencial no puede ser la única forma de práctica cristiana. No hay cómo satisfacerse con la limosna, lo mismo que con la repartición. Sopas, guarderías y hospitales no son suficientes, por más meritorios que sean. Se necesita más.
Se requiere encontrar una solución definitiva. No tenemos la práctica de la remisión. No tenemos la práctica de la reintegración de los protegidos de Yahvéh a los medios de producción, de manera que puedan, dignamente, producir ellos mismos su pan. Y, “una limosna a un hombre sano, o lo mata de vergüenza o vicia al ciudadano” (Luis Gonzaga).
¿Qué hacer, entonces? Es preciso buscar soluciones políticas. Al igual que aquellos campesinos que elaboraron el proyecto deuteronómico, es necesario elaborar propuestas, proyectos, leyes, que busquen la solución definitiva. La reforma agraria es, sin duda, una de ellas. Ciertamente no es la única, toda vez que ya no somos sociedades solamente rurales. En el campo y en la ciudad se requiere encontrar mecanismos que reintegren a las mujeres y hombres a los medios de producción, mecanismos que reintegren a todas y a todos en la sociedad, una sociedad merecedora de este nombre.
Es preciso hacerlo como ciudadanos, como conjunto de ciudadanos. No se puede hacerlo simplemente orando, y esperando en la buena voluntad de los políticos. Es necesario envolverse políticamente en esta búsqueda, desde la comunidad, pasando por las asociaciones de vecinos y por los sindicatos, hasta los partidos políticos. Votando por el proyecto, exigiendo el proyecto a quienes resultaron electos, comprometiéndose con el proyecto. Al menos hasta que la solución definitiva sea alcanzada. Cruzarse de brazos ante los intereses de los protegidos de Yahvéh, es cruzar los brazos al mismo Yahvéh. Como diría el Deuteronomio: “Maldito aquel que tuerce el derecho del forastero, del huérfano o de la viuda. Y todo el pueblo dirá: Amén” (Dt. 27, 19).
Las uvas del vecino son una solución importante, pero temporal y provisoria. No se debe abandonarla por esto. Sin embargo, más que ellas, es importante el año de la remisión. La solidaridad en el hambre de hoy y la solidaridad en la búsqueda de una solución definitiva, son las dos formas que el Deuteronomio propone, en nombre de Dios y para su gloria. A nosotros sólo nos toca imitarlo.
Sin duda, la solución definitiva será lenta. Muchos intereses buscarán ponerle obstáculos, pues personas y grupos ciertamente se sentirán amenazados por una propuesta que dé derechos iguales a todos. El camino será largo. Y por eso mismo, en cuanto la solución definitiva no llega, hay que ser solidarios con los hambrientos, dándoles, al menos, acceso a nuestras uvas.
Carlos A. Dreher
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