
EDITORIAL
URGE LA SOLIDARIDAD
Ricardo Sepúlveda Alancastro
Tomar la Palabra en serio supone consecuencias lógicas e ineludibles. Si seguimos creyendo que Dios habla, que sigue vivo a través del testimonio de las Sagradas Escrituras, es porque esa evidencia nos toca hoy, ahora, en esta historia que estamos viviendo. Renunciar a ello sería restar fuerza operativa a una Palabra que se nos dirige, estaríamos entreteniéndonos, burlándonos del tesoro. Sería un ridículo, como un anillo de oro en jeta de cerdo.
Esta Palabra que se nos dirige no debe ser manipulada bajo ningún contexto, pero mucho menos en América Latina y el Caribe. La lucha se hace cada vez más dura para los pobres de nuestras tierras. Cada minuto apremia, urge la solidaridad entre todos y todas los y las que vivimos en esta parte del mundo. La solidaridad es la consecuencia más urgente de la Palabra. Es esa comunidad de intereses y responsabilidades de hermanos y hermanas que sabemos nos unen siglos de historia común. Nuestra fe no puede descansar, la Palabra sigue ahí, llamando a la vida, la vida sigue ahí, desacreditando la Palabra.
En este número de RIBLA acentuamos esta consecuencia de la Palabra: la solidaridad. Urge corregir errores que se han venido cometiendo con la Biblia en nuestras manos. Tiene ella el reto siempre mal cumplido y hasta olvidado de defender la vida. ¡Qué fácilmente hemos venido oprimiendo por obligar nuestras “verdades” de salvación! ¡Qué fácil caer en la trampa de hacer de nuestras convicciones escudo de nuestra espada! Eso entre los conquistadores europeos hace 500 años, pero también entre los que defienden hoy un sistema económico que se levanta prepotente y orgulloso amparado por los “grandes de esta tierra”. Y mientras la Palabra sigue clamando que la gloria de Dios es que la persona humana viva con todo lo hermoso que supone ser criatura humana y divina, las consecuencias de este sistema satánico no se hacen esperar. En un lado del mundo, individualismo, lujo desmedido, sordera, ceguera, insensibilidad, falta de solidaridad. En el otro lado, hambre, miseria, y también individualismo y falta de solidaridad.
Para este paso a la solidaridad parece necesario retomar con seriedad la Palabra de Dios, desde el Génesis hasta el Apocalipsis. Este último debe ir cobrando cada vez mayor fuerza en la hermenéutica latinoamericana.
El verdadero templo de Dios es la persona. Y aquella que sufre, que es marginada a la vera del camino, olvidada a su miseria y a su dolor, es también y con mayor celo divino, templo de Dios. No puede haber reformas sin poner como centro la vida del ser humano. Todo lo demás es mentira, contrario a la voluntad de Dios, merece el ojo profético que defienda al oprimido. Ayuda igualmente el no ceder ante el cansancio y pedir fuerzas para ser fieles al reto siempre nuevo de la Palabra.
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