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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas



 

¿POR QUE CONSULTARON A JULDA?

Sandro Gallazzi

 

 Este trabajo intenta descubrir la importancia de la profetisa Juldá, que representa la crítica sutil del deuteronomista a la reforma de Josías. Para alcanzar este objetivo estudiamos al “pueblo de la tierra” que puso a Josías en el trono, y preguntamos cuáles son los ligámenes entre Juldá y la familia de Godolías en el momento crítico del conflicto con Babilonia. Eso nos ayuda a descubrir el verdadero sentido de las palabras de Juldá y del grupo que ella representa. Ninguna reforma tiene futuro si en su centro está la gloria del templo, y no la vida del pueblo.

Thisarticle attempts to discover the importance of the prophet Huldah, who represents the deuteronomist’s subtle criticism of the Josiah reform. To reach this objetive, we study the “people of the land” who put Josiah on the throne. And we ask what are the connections between Huldah and the family of Gedaliah at the critical moment of the conflict with Babylon. A comparison with the Chronicler’s redaction helps us to find the true meaning of Hulda’s words. No reform has a future if its center is the gloria of the temple and not the life of the people.

 

2 R. 22 narra que el rey Josías, informado de que había sido hallado un libro durante los trabajos realizados en el templo de Jerusalén, mandó “consultar a Yahvéh respecto de las palabras de este libro que fue encontrado”. Una misión oficial, constituida por el principal de los sacerdotes, el secretario del rey y otros tres dignatarios, se dirigió entonces hasta la casa de la profetisa Juldá.
¿Por qué este grupo tan selecto fue a consultar a Yahvéh por boca de esta mujer? ¿Por qué no fueron con Jeremías o con Sofonías, ambos contemporáneos del rey Josías (Jr. 1, 2; Sf. 1, 1)? O, más todavía, ¿por qué no consultaron a las decenas de “profetas” que hacían parte de la corte y que eran consultados normalmente por los reyes (cf., por ejemplo, 1 R. 22, 5-6)?
La pregunta no se debe al hecho de que Juldá sea mujer, pues la Biblia conoce varias “profetisas”, como Mirian (Ex. 15, 20), Débora (Jc. 4, 4), Noadía (Ne. 6, 14), Ana (Lc. 2, 36). El hecho es que Juldá es la única profetisa cuya presencia quedó registrada durante el período monárquico.
No hay duda de que esta pregunta incomodó antes a exegetas de mucho más categoría que yo. Pero, por lo que me es dado saber, ninguno ha presentado una respuesta más profunda que afirmar que probablemente eso aconteció porque “ella vivía cerca del templo, donde su esposo era sacristán” 1.
Bien, la dirección de ella es conocida: vivía en la “segunda ciudad”, o en la “Jerusalén baja”, de acuerdo con el Cronista. Ciertamente no era el barrio más próximo al templo, pero, a final de cuentas, ¡la Jerusalén de Josías no era una ciudad como São Paulo para que tengamos problemas de distancias!
Habrá quien diga que es absolutamente irrelevante responder a esta pregunta, y que solamente una visión machista no consideraría “normal” la profecía de una mujer, que es inútil intentar responder cuando nadie estaba allá para ver, por lo que sólo da para formular hipótesis...
Todo eso puede ser verdadero, no obstante lo que me incomoda es el hecho de que el deuteronomista hable de Juldá justamente aquí, cuando se narra la aparición del libro más importante para él: el Deuteronomio.
No me parece haber duda de que se trata del Deuteronomio, aunque el Cronista coloque su inevitable variante. La expresión “libro de la ley” es usada exclusivamente aquí, en 2 R. 22, 8, y en Dt. 28, 61; 29, 20; 30, 10; 31, 26; Js. 1, 8; 8, 34. En todos estos casos se habla del Deuteronomio y, en tres de ellos, se habla explícitamente de las “maldiciones” en él contenidas (Dt. 28, 61; 29, 20; Js. 8, 34).
Juldá es quien, en nombre de Yahvéh, ¡da “autoridad” al libro del Deuteronomio! Juldá, el Deuteronomio y el deuteronomista, deben ser explicados juntos. La una es incomprensible sin los otros, y viceversa.
Es en esta perspectiva que voy a intentar dar mi respuesta a esta interesante pregunta: ¿por qué consultaron a Juldá? Sin embargo, voy a tener que dar una vuelta un poco larga. Espero que el lector y la lectora me acompañen, y durante la caminata, me cuestionen, me critiquen, me ayuden a acertar.
1. Juldá y el pueblo de la tierra

¿Por qué comenzar con esta cuestión? Porque Josías es el exponente de este grupo. El fue colocado en el poder por el pueblo de la tierra cuando apenas tenía 8 años (2 R. 21, 24; 22, 1). ¿Quién reinó hasta que Josías cumplió los “18 años”? ¡El pueblo de la tierra!
El pueblo de la tierra no puso a Josías en el poder para enmendar los estragos del pésimo gobierno de Manasés y de su hijo Amón. Por el contrario. El pueblo de la tierra reaccionó contra quien mató a Amón. Al colocar a Josías en el trono, perseguía dos objetivos claros: primero, mantener la continuidad de la dinastía davídica; segundo, continuar, como grupo, en el poder.
Por otra parte, éstos siempre fueron los objetivos de sus intervenciones “políticas”. Fue lo que sucedió cuando el pueblo de la tierra se rebeló contra Atalía y puso a Joás, de 7 años, en el poder (2 R. 11). Así será con Joacaz (2 R. 23, 30-32), el último momento de poder del pueblo de la tierra. Después Babilonia intervino. El pueblo de la tierra, con su proyecto nacionalista, siempre estuvo junto al trono davídico. Desde aquel día del cisma, cuando Israel se separó de Judá (1 R. 12, 20).
Pero, ¿quién es el pueblo de la tierra? Vamos a un rápido excurso:

 

1.1. El “pueblo de la tierra”

La expresión “pueblo de la tierra” debe ser vista (en estos textos y en los paralelos del Cronista) como identificadora de un grupo social bien específico. Esta expresión designaba, en aquella época, al conjunto de los ciudadanos que, poseyendo una tierra, gozaban de todos los derechos cívicos. A ellos también competían deberes particulares, uno de los cuales era el servicio militar (Jr. 52, 25).
Según Jorge Pixley, el término “pueblo de la tierra” identificaría “a los hombres principales de las ciudades de provincia” 2. Parece claro que la expresión, antes del cautiverio en Babilonia, simplemente indicaba a alguien que poseía y usaba una tierra teniendo en consideración todos los efectos jurídicos de ahí derivados, lo que equivale a llamarlo “propietario”. ¡Nada más!
El término no tiene, por ejemplo, ninguna connotación religiosa. Nunca, ni una vez siquiera, esta expresión aparece en el libro de los Salmos. Las referencias litúrgicas en el Levítico y en Ezequiel no llegan a alterar el cuadro, pues son textos claramente post-exílicos, cuando la expresión ya había adquirido otro sentido.
Por otra parte, el término en sí no dice de qué manera el “propietario” llegó a poseer la tierra. Así pues, puede ser bastante erróneo concluir automáticamente que alguien del pueblo de la tierra sea un campesino. Puede muy bien ser un gran propietario.
Es posible que en un momento de organización social más igualitaria, quizá en la época tribal, todo agricultor haya sido parte del “pueblo de la tierra”. No obstante, también es verdad que después del surgimiento de los que “juntan casa a casa y campo y campo” (Is. 5, 8), de los que “deseaban las tierras y las tomaban” (Mq. 2, 2), la expresión pueblo de la tierra terminara identificando a los “nuevos” propietarios, una clase dominante que mediante abusos y con la connivencia de jueces corruptos, se apoderó de toda la tierra. Son los que “quieren habitar sólo ellos en medio de la tierra” (Is. 5, 8). A pesar de la violencia utilizada para adquirir una determinada tierra, ellos son los propietarios “legales” de la misma y, por eso mismo, “pueblo de la tierra”.
De ahí que cuando cuenta la historia de la sucesión dinástica en Judá, el deuteronomista muy probablemente usa esta expresión para designar a “hacendados opresores” 3 interesados en mantener su poder y su política filo-egipcia.
El hecho de que el texto utilice la expresión no significa en absoluto que el narrador comulgue con los métodos, los objetivos y la teología de ese grupo. Es bueno recordar que el libro de Josué, el de los Jueces y los dos de Samuel, no hacen referencia a este grupo, y ni siquiera usan la expresión pueblo de la Tierra. Y esos son los libros fundamentales de la historia deuteronomista. En ellos se encuentran verdaderamente las memorias claves y el proyecto deuteronomista 4.
De todos modos, un profeta como Jeremías, quien tiene que ver mucho con el deuteronomista, cuando habla del pueblo de la tierra se refiere a gente que está oprimiendo y masacrando al pueblo. El pueblo de la tierra aparece siempre asociado a reyes, ministros y sacerdotes, quienes combatieron a Jeremías, con el cual está Yahvéh; no escuchan la palabra de Yahvéh, porque son idólatras (Jr. 1, 18; 37, 2; 44, 21).
El pueblo de la tierra será enviado al cautiverio porque no respetó el compromiso de liberar a los esclavos, y nunca más tener esclavos judíos (Jr. 34, 8-22). Ellos, pese a ser propietarios de tierras, moran en la ciudad y tienen que sufrir hambre durante el cerco impuesto por Babilonia (Jr. 52, 6).
Ezequiel igualmente asocia el pueblo de la tierra a los reyes y a los príncipes (7, 7). Ellos son al mismo tiempo pueblo de la tierra y “habitantes de Jerusalén”, y serán castigados justo con la ciudad (12, 19).
En todos estos textos es evidente la asociación del pueblo de la tierra con el grupo dominante que no escucha al profeta y que, por eso, será castigado. Los motivos presentados por Jeremías, son: la idolatría y la no devolución de la libertad a los esclavos. ¡Dos mandamientos esenciales para el Deuteronomio!
Por todo lo anterior, me gustaría cuestionar la común afirmación de que el pueblo de la tierra es yhavista y davidista. ¿Lo será?
Respecto al yhavismo, tenemos la acusación explícita de los profetas quienes denuncian su idolatría, y tenemos asimismo su práctica política de apoyar la dinastía davídica como un todo, fueran los reyes idólatras o no.
En cuanto al hecho de ser davidista eso puede ser verdad, pero no en el sentido de apoyar un ideal de ejercicio de la monarquía encarnado por David, sino sobre todo en el de apoyar un davidismo centrado en Jerusalén y en el palacio.
La expresión “pueblo de la tierra” solamente es utilizada en el Sur, en Judá. En el Norte, esta categoría no aparece 5. Explico: en el Norte, en el reino de Israel, el conflicto del campo contra la ciudad siempre estuvo presente. El campesinado nunca aceptó la existencia de un sistema opresor. Siempre enfrentó a la ciudad. El profetismo campesino, radicalmente contra el Estado opresor, es una producción del Norte.
En Judá, por el contrario, el campo siempre estuvo del lado de Jerusalén, de su palacio y de su templo. Judá fue la única tribu que se solidarizó con Roboam después de la muerte de Salomón, y siempre mantuvo esta posición 6.
Es difícil evaluar todos los motivos sociológicos de esta diferente toma de posición política entre los dos Estados: ¿la presencia monotribal favoreció la estabilidad del Sur, y la politribalidad del Norte favoreció la diversificación? ¿La larga hegemonía de las tribus del Norte en la época de los jueces, dejó una memoria más marcada de justicia social y de fuerza popular que en el Sur?
No puedo descender a más detalles, por lo menos no en este ensayo. Un factor, sin embargo, debe ser tomado en cuenta. Un texto del cual no hay por qué dudar de su autenticidad, 2 Crónicas, nos dice que Roboam construyó ciudades fortificadas: Belén, Etam, Técoa, Bet-Sur, Sokó, Adul-lam, Gat, Maresá, Zif, Adorayim, Lakis, Azeká, Sorá, Ayyalón y Hebrón. En estas ciudades Roboam puso como responsables a sus propios hijos con sus innumerables mujeres, además de soldados, víveres y armas (2 Cr. 11, 5-12. 23) 7. Otras ciudades fortificadas fueron construidas por Asá (2 Cr. 14; 1 R. 15), y por otros reyes.
Todo esto nos lleva a suponer que el palacio davidita ejercía un control muy bien articulado sobre toda Judea y que, recíprocamente, el apoyo del “campo” a la “ciudad” estaba así asegurado, impidiendo cualquier tentativa de subversión popular.
Mi hipótesis es que el “pueblo de la tierra” es justamente esta presencia del palacio davidita sobre la región como un todo, por medio de nobles, soldados y funcionarios. Estos, con el transcurso de los años, pueden muy bien haberse apoderado de campos y tierras abusando de su poder y de su fuerza. Aprovechándose de las dificultades y las deudas de los agricultores, se convirtieron así en los “únicos habitantes de la tierra”.

 

1.2. Los “habitantes de la tierra”

La expresión “habitantes de la tierra” es usada varias veces por los profetas para designar a quienes se hicieron dueños de las tierras mediante abusos y violencias. Este es el conflicto del cual surgió Israel. Israel nació en la lucha contra los “habitantes de la tierra” (Jos. 13, 21. Ver también Jos. 2, 9. 24; 7, 9; 9, 24). La memoria de esta lucha contra los habitantes de la tierra será la motivación de la opción final de fidelidad a Yahvéh: por eso serviremos a Yahvéh, pues El es nuestro Dios (Jos. 24, 18).
El Israel “sin tierra” nació en el momento en que, confiado en Yahvéh, luchó contra los habitantes de la tierra, los reyes y los príncipes, quienes habitaban las ciudades de la planicie y tenían carros de hierro (Jos. 17, 16; véase igualmente 2 Sm. 5, 6). Estos son los “cananeos” (ver asimismo Jc. 1, 32-33 y 1 Sm. 27, 8), símbolo de las “naciones” de las que habla el Deuteronomio y que son las “enemigas” de Israel.
Dt. 7, 2 y Jc. 2, 2 hacen un interesante paralelismo y equiparan las “naciones” a los “habitantes de la tierra”. Con ellos es imposible cualquier alianza. En esta misma línea, los profetas retoman la expresión “habitantes de la tierra” para designar al grupo que oprime y explota a los campesinos (Os. 4, 1-3; Sf. 1, 18; Ez. 7, 7; Jr. 6, 12-15; Is. 26, 21). Particularmente interesante es el texto Is. 24, 4-6, donde el paralelismo “pueblo de la tierra” y “habitantes de la tierra” es inmediato y directo.

 

1.3. El “pobre de la tierra”

El polo opuesto a “habitantes de la tierra”, a “pueblo de la tierra”, es el “pobre de la tierra”: aquel que debido a la opresión y a los abusos ha perdido su propiedad, ha perdido su condición de pueblo de la tierra y tiene que venderse como esclavo, o trabajar como asalariado, o procurarse otra tierra donde poder hacer su vida.
Es a estos pobres de la tierra a quienes se refiere Amós cuando denuncia que son comprados por un par de sandalias, y que los habitantes de la tierra quieren eliminarlos (Am. 8, 4-8). A ellos el “vástago de Jesé” les hará justicia (Is. 11, 4). Ellos son empujados fuera del camino y obligados a esconderse (Jo. 24, 4). No obstante, solamente ellos buscan a Yahvéh para realizar su orden (Sf. 2, 3).
Hay gentes con dientes como navajas y mandíbulas como puñales que quieren suprimir al pobre de la tierra (Pr. 30, 14), sin embargo éstos experimentarán la salvación de Dios (Sal. 76, 10), y de ellos es la promesa fundamental: ¡los pobres poseerán la tierra como herencia! (Sal. 37, 11; Mt. 5, 4).
Respecto al pueblo de la tierra, los habitantes de la tierra, irán al cautiverio de Babilonia; los pobres de la tierra, en cambio, permanecerán en Judea, o retornarán de las tierras vecinas adonde habían ido a buscar su sobrevivencia (véase Rut). Recibirán viñas y campos, en las que harán cosechas abundantes (Jr. 39, 10; 40, 11-12).
¡Y de esta manera, los “pobres de la tierra” vuelven a ser, para todos los efectos, “pueblo de la tierra”!

 

1.4. Los “pueblos de la tierra”

Después del cautiverio, los exiliados quieren sus tierras nuevamente. Entonces entran en conflicto con los pobres de la tierra, ahora ya pueblo de la tierra por ser propietarios. El conflicto será ideologizado y transformado en conflicto entre: los Hijos de Israel (los exiliados) versus los Pueblos de la tierra (los judaítas). Pero éste ya es asunto de otro trabajo.

 

2. Juldá y Godolías

Después de este excurso un tanto largo sobre el “pueblo de la tierra”, volvamos ahora a Juldá. Y para llegar a ella, esta vez vamos a andar del final al comienzo, partiendo del momento en que, después de la destrucción de Jerusalén, el pueblo pobre de la tierra recibió viñas y campos por manos del comandante babilonio Nebuzaradán. En aquel momento se constituyó en Judea una unidad política de los campesinos alrededor de Godolías, en Mispá (Jr. 40, 5-7).
Un pormenor interesante llama la atención en la narración de estos acontecimientos: casi todas las veces que el texto se refiere a Godolías, agrega: “hijo de Ajicam, hijo de Safán”, o simplemente “hijo de Ajicam” (Jr. 40, 5. 6. 7. 9. 11. 14. 16; 41, 1. 2. 6. 10. 16. 18). Esto es extraño: una genealogía tan corta, y siempre repetida. ¿Por qué?
Parece claro que el texto no quiere que olvidemos quién es, de dónde viene este tal Godolías. Con certeza habrá sido un noble, probablemente alguien del pueblo de la tierra, pero inmediatamente ligado a los “pobres de la tierra”, él y sus padres.
Ajicam, el padre de Godolías, intervino para proteger y salvar a Jeremías (Jr. 26, 24). Safán, el abuelo, secretario de Josías, es mencionado cuando se produce el descubrimiento del Deuteronomio: él es quien lee el libro al rey. Junto con su hijo Ajicam, es otro de los dignatarios que va a consultar a la profetisa Juldá.
Godolías, los pobres que quedaron en la tierra, y Jeremías, son ligados de este modo a Juldá por medio de la familia de Safán, Ajicam y Godolías. Por otra parte, en esta familia hay más gente ligada a Jeremías. Miqueas, primo de Godolías, también es nieto de Safán. Es él quien realza las palabras de Jeremías, escritas y leídas por Baruc. Relata a los príncipes las palabras de Jeremías y los convence de llevarlas hasta el rey. Sólo que esta vez el rey no da valor a la profecía, y quema todas la páginas que Baruc escribiera por mandato de Jeremías (Jr. 36, 11-26).
Todo esto nos hace suponer que en medio del pueblo de la tierra habría existido un grupo que, pese a que también participaba del poder, no era cómplice de las prácticas opresoras de palacio, teniendo mayor sensibilidad para escuchar las palabras del profeta.
Interesante en este sentido es el papel de los “ancianos de la tierra” quienes, contrariando a los sacerdotes y profetas, no concuerdan con la condenación a muerte de Jeremías. Recurren a la memoria del profeta Miqueas, cuyas palabras contra Jerusalén y contra el templo (muy parecidas a las de Juldá), traen a recuerdo de la asamblea.
Miqueas, Safán, Juldá, Ajicam, los ancianos de la tierra, Jeremías, tal vez Sofonías, Godolías... me parece que hay una ligazón, una corriente de pensamiento, quien sabe si un grupo político: el grupo de los pobres de la tierra que consiguió el apoyo de un sector de los propietarios contra la política oficial del palacio y del templo de Jerusalén, y de los demás grandes propietarios del campo.
Y Juldá es la portavoz de este grupo, quien da autoridad a las palabras del Deuteronomio y liga la propuesta de los pobres de la tierra con las palabras del libro de la ley, y se situá decididamente contra la ciudad y el templo, las causas de la opresión que pesaba sobre los más pobres.

 

3. Juldá y la reforma de Josías

Se suele decir que después de haber escuchado las palabras de Juldá, el rey Josías habría iniciado la reforma deuteronómica. Varios textos justifican esta afirmación (2 R. 23, 3. 21. 24).
Permanecen, no obstante, algunas preguntas importantes:
¿Qué trabajos estaban siendo realizados en el templo antes de que se descubriera el libro de la ley (2 R. 22, 3-7)? Según el Cronista, la reforma fue efectuada antes del descubrimiento del libro (2 Cr. 34, 3-7).
¿Cuál es la novedad de la respuesta de Juldá en comparación con las palabras de los profetas relatadas en el capítulo anterior, en 2 R. 21, 11-15?
¿Qué hizo Josías que ya no hubiese sido hecho por Ezequías, su bisabuelo? Es interesante comparar 2 R. 18, 5 con 2 R. 23, 25. En realidad, ¿en qué consistió la reforma de Josías?
Me parece posible establecer una unidad redaccional en el bloque que va de 2 R. 21, 10 hasta 23, 27, a pesar de que esta no sea necesariamente una unidad literaria.
En el comienzo tenemos una profecía, atribuida a los profetas en general, contra Jerusalén y Judá, que serán medidas con el cordel de Samaria y el plomo de Ajab. Como razón se afirma algo genérico: “hicieron el mal delante de mí” (2 R. 21, 10-16). En el medio hallamos la profecía de Juldá, contra “este lugar y sus moradores” (¿el templo? ¿la ciudad?). La causa es la quema de incienso a otros dioses (2 R. 22, 15-20). Finalmente tenemos la profecía del propio Yahvéh, que es claramente contra Judá, Jerusalén y la casa. Serán rechazadas por causa de las provocaciones de Manasés (2 R. 23, 27).
Entre una profecía y otra se habla de la inútil buena voluntad de Josías, su reforma litúrgico-templar-sacerdotal y su lucha, incluso violenta, contra la idolatría. La profecía del deuteronomista cuestiona justamente esta reforma: el templo. Para el Deuteronomio éste era únicamente “uno” de los aspectos a ser tomado en cuenta, y no necesariamente el más importante.
El resto del libro del Deuteronomio no llegó a ser puesto en práctica por el rey. Después de la muerte de Josías el “pueblo de la tierra” continuó con la plata y el oro. ¡Las relaciones sociales no cambiaron! 8. Y si no se modifican las relaciones sociales, de nada sirve hacer una reforma litúrgica. La bondad de Josías no iba a limpiar las provocaciones de Manasés, ni la sangre inocente que él derramó hasta enchir Jerusalén de un extremo a otro.
Al observar la reforma en su lenguaje de profecía, la sabiduría de Juldá testimonia radicalmente: ¡la reforma de Josías nunca fue una reforma verdaderamente deuteronómica! Sólo que por una vez será la voz de una mujer la que denuncie que el mundo no puede ser visto a partir del templo.
Del mismo modo que Ana, antes de la monarquía, y como Judit, después del exilio, la palabra de la mujer, la palabra de Juldá, resume “toda” la profecía: la de los profetas y la de Yahvéh.
En lo que respecta al Deuteronomio, Juldá solamente garantiza la veracidad de las maldiciones contra quien no lleve hasta el fin el proyecto de justicia contenido en aquellas páginas.
Podríamos decir que Juldá es como una encrucijada donde se encuentran diferentes caminos: el profetismo campesino anti-Estado del Norte (Amós y Oseas), alrededor del cual probablemente nació el primer esbozo del libro del Deuteronomio; la voz de los “pobres de la tierra” que denuncia los abusos de las autoridades y del pueblo de la tierra (Miqueas y Jeremías); la voz del grupo yhavista del pueblo de la tierra (¿Isaías? ¿Godolías?) que no fue cómplice de la política opresora de los reyes de Judá, y que encontró en Josías un simpatizante; y, sobre todo, la voz de las mujeres que desde siempre se ubicaron contra el templo y su instrumentalización por parte del poder, y que deben haber tenido un peso significativo en el grupo deuteronomista.
Juldá es el juzgamiento final de la monarquía y del templo: ¡todo eso debe desaparecer tragado por la ira terrible de Dios!
Restan, pues, los que fueron fieles al Deuteronomio como un todo: los pobres de la tierra, la profecía y un grupo de la nobleza, la familia de Safán y después de Godolías. Esos creyeron en el libro, tanto en el libro descubierto en el templo como en el libro de los profetas Miqueas y Jeremías (véase Jr. 36). No osaron separar ni reducir los dos.
A la luz de las palabras de Juldá podemos valorar y juzgar lo que está aconteciendo, por ejemplo, en las iglesias. Sus proyectos no es raro que se alíen con el poder. Permanecen en la ambigüedad. Por un lado, se habla de nueva evangelización y, por otro, se bendice y legitima el faro a Colón, en Santo Domingo, construido con la opresión, la sangre y la miseria de millares de pobres dominicanos. Un faro símbolo de una evangelización tan vieja e inhumana, que hace 500 años convive con los intereses de una pequeña minoría violenta y lucradora, que nunca encontró ruín defender los intereses envilecededores de un mercado que continúa sometiendo a América Latina y el Caribe a las garras de los países ricos y poderosos. Estos países, luego de chupar hasta la última gota de nuestra sangre, nos cierran ahora de manera racista sus fronteras, por lo que hemos acabado siendo considerados la escoria de la humanidad. El silencio cómplice es, cuando menos, vergonzoso. Es por eso que la nueva evangelización no pasa de palabras vacías e insignificantes, incapaces de cambiar, de reformar, de renovar. Para que Dios no deje caer nuestras palabras en el suelo, necesitamos luchar por la justicia y por la vida.
¡La lucha para y por el templo, nunca va a parar en nada!

Sandro Gallazzi
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1. Traduction oecuménique de la Bible (TOB). Du Cerf, 1980.
2. Pixley, Jorge. História de Israel a partir dos pobres. Petrópolis, 1989, pág. 56 (edición española: Historia sagrada, historia popular: historia de Israel desde los pobres (120 a C. a 135 d. C.). San José, DEI-CIEETS, 1989).
Sin embargo, en los textos sacerdotales, y en los demás textos del Cronista, esta expresión, generalmente transformada en “pueblos de la tierra”, será usada para indicar todas las personas no israelitas que, por eso, no tienen casi ningún derecho civil por lo que pueden ser considerados ciudadanos de segunda categoría.
En los textos post-exílicos esta expresión sirvió para designar también a los “judíos” que se opusieron al proyecto de quienes volvieron del cautiverio. Pasó a tener una clara connotación de desprecio: los pueblos de la tierra serán equiparados a los paganos (Gn. 23, 7. 12. 13; 42, 6; Nm. 14, 9; 2 Cr. 32, 13. 19; Esd. 3, 3; 4, 4; 9, 1. 2. 11. 14; 10, 2, 11; Ne. 9, 10. 24. 30; 10, 29. 31. 32). En este mismo sentido deben ser leídos Dt. 28, 10; Jos. 4, 24; 1 R. 8, 43. 53. 60; Sf. 3, 20; Est. 8, 17, sólo que en estos textos los “pueblos de la tierra” tendrán la alegría de conocer quién es Yahvéh.
Es probable que Lv. 4, 4; 20, 2. 4; Ez. 45, 22; 46, 3 y Jos. 12, 24, mantengan la misma connotación de un “grupo” bien específico, como en los textos que estamos estudiando.
Asimismo, Ag. 2, 4; Zc. 7, 5; Dn. 9, 6 designan un grupo específico, únicamente que esta vez se trata de la clase baja, así también en 2 R. 25, 12.
Solamente en Ex. 5, 5 “pueblo de la tierra” designa a todos los israelitas.
3. Pixley, Jorge, op. cit., pág. 61.
4. Puede muy bien, no obstante, tener razón Gerhard von Rad cuando afirma en su Teología del Antiguo Testamento: “es difícil imaginar que la redacción deuteronomista de los libros de los Reyes y de los Jueces sea el resultado de un mismo trabajo” (São Paulo, ASTE, 1973, vol. 1, pág. 333). ¿Eso justificaría el no uso de esta frase fuera de los libros de los Reyes?
5. La expresión “guibor hail” (“los valientes”, “los fuertes para la guerra”), probablemente sea el equivalente israelita del judaíta “pueblo de la tierra”.
6. Pixley, Jorge, op. cit., pág. 77.
7. ¿Sería este el motivo de que muchas madres de reyes viniesen del interior?
8. Ver también Jr. 3, 10-11; 6-7; 11, 1-14, textos que denuncian claramente la inutilidad de una reforma que no llegó a ser una verdadera renovación de la alianza del Sinaí. Cf. Pixley, op. cit., pág. 79.  .

 
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