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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas



 

LA MUJER EN LA TRADICION DEL DISCIPULO AMADO

Elisa Estévez

Resumen

Análisis del papel preferencial que tiene la mujer en el cuarto Evangelio. Encuentro de Jesús con la samaritana, a quien se revela en forma personal y es constituida misionera. La confesión mesiánica de Marta, más importante que la de Pedro, es el fundamento de una Iglesia construida sobre el testimonio apostólico de una mujer. María de Betania anuncia la muerte y resurrección de Jesús. María Magdalena, enviada a evangelizar a los 12, es el primer y más destacado testigo de Jesús resucitado. La madre de Jesús, es la discípula que recorre el camino desde Israel (Bodas de Caná) hasta la Iglesia (al pie de la cruz). El artículo invita a repensar la eclesiología desde la mujer.

Abstract

Analysis of the preferential role which women have in the fourth gospel. Encounter of Jesus with the Samaritan: he reveals himself to her in a personal way, and makes her a missionary. Martha's confession of Jesus as Messiah more important than Peter's is the basis of a church built on the apostolic testimony of a woman. Mary of Bethany announces the death and resurrection of Jesus. Mary Magdalene, sent to evangellize the twelve, is the first and most outstanding witness of the resurrected Jesus. The mother of Jesus is the disciple who follows the path from Israel (the wedding at Cana ) to the Church (at the foot of the cross). The article invites a rethinking of ecclesiology from the point of wiew of women.

 

Introducción

A lo largo de la historia, la Palabra de Dios ha sido fuente de Vida para todos aquellos que se han dejado seducir por su misterio. Iniciamos hoy un diálogo con los textos de la tradición juánica que están referidos a mujeres. Desde nuestro contexto latinoamericano, marcado por el sufrimiento y el dolor, pero a la vez, abierto a la esperanza, al compromiso y a la vida más allá de la muerte, queremos establecer un diálogo liberador con la Biblia. En este kairós, donde la mujer irrumpe en la historia consciente de su opresión secular, y a la vez consciente de su tarea insustituible en la construcción de una historia nueva y fraterna, queremos aportar nuestra reflexión, nacida del convencimiento de que la Palabra puede acompañar de un modo singular este proceso.

1. Contextualización histórica de la tradición del Discípulo Amado

La certeza de que el Crucificado está vivo (Hch. 2,32) fue decisiva para la formación de la Iglesia. Después del desconcierto y el sentimiento de fracaso de la primera hora (Lc. 24,17-24), los discípulos y discípulas de Jesús se reunieron de nuevo en torno al Resucitado. A la luz de su amor iniciaron la conformación de una comunidad que quería seguir las huellas de su Maestro y que se disponía a dar testimonio de su vida y de su muerte.

No obstante, este acontecimiento fundante no generó un movimiento uniforme, sino que dio origen a la constitución de distintos grupos que expresaron su fe con categorías diversas, y que no siempre estuvieron exentos de tensiones y conflictos. Por tanto, asistimos desde el origen de la Iglesia a la existencia de diversas tradiciones que, desde su peculiar puesto en la vida (establecido por coordenadas espacio-temporales, culturales, económicas, sociales...), intentaron dar respuesta a las expectativas, deseos y necesidades de los creyentes a la luz de la fe en el Resucitado.

R. E. Brown 1 ha distinguido tres épocas sucesivas a partir de la muerte y resurrección de Jesús: época apostólica (segundo tercio del siglo I), período sub-apostólico (último tercio del siglo I), y período post-apostólico (empieza a finales del siglo I). Los cristianos de la primera época contaban con la seguridad que les daba la permanencia aún entre ellos de testigos oculares del acontecimiento Jesús . Sin embargo, una vez que éstos desaparecieron se resquebrajó dicha seguridad y las primeras comunidades afrontaron el desafío de seguir caminando de un modo diferente. Hacerse como comunidad y construir el Reino de Vida desde la nueva situación creada por la muerte de los apóstoles y en fidelidad a los orígenes, exigió de ellos respuestas creativas. La Iglesia naciente afrontó este desafío y acogió, con dificultades, pero en apertura al Espíritu presente en las comunidades, la pluralidad de tradiciones que surgieron.

De este modo, dentro del período sub-apostólico distinguimos la existencia de cuatro grandes tradiciones: la paulina, la del Discípulo Amado, la de Pedro y, finalmente, la de Santiago. Como podemos darnos cuenta a esta última etapa corresponden la mayor parte de escritos de Nuevo Testamento, con excepción de las cartas auténticas de Pablo.

En el caminar de la Iglesia del siglo I, la tradición del Discípulo Amado desarrolló un pensamiento teológico sin precedentes 2. Esta comunidad concibió su fidelidad a los orígenes vinculada estrechadamente al seguimiento. Ser discípulo/a de Jesús se convirtió para ellos/as en el núcleo de su espiritualidad encarnada.

 

2. Las mujeres en el cuarto Evangelio

Un recorrido por los textos de esta tradición nos revela la audacia de la comunidad juánica al referirnos su concepción del papel de las mujeres dentro de la estructura eclesial. Su actitud aparece reflejada en algunos episodios: la madre de Jesús (Jn. 2,1-12; 19,25-27), la samaritana (Jn. 4,1-42), Marta (Jn. 11,17-37), María (Jn. 12,1-8) y María Magdalena (Jn. 20,1-18) 3.

La valoración que esta tradición tiene de las mujeres es inseparable del desarrollo de su pensamiento acerca del Hijo único del Padre, del amor como vinculación definitiva y permanente con El, así como de su peculiar teología sobre el Espíritu, abogado y maestro de todo creyente. Por otra parte, el reconocimiento de las mujeres como discípulas cualificadas del Maestro, está ligado asimismo al momento histórico-social-religioso en el que esta tradición se desarrolla, tal y como veremos en el análisis de los textos.

 

2.1. La samaritana (Jn. 4,1-42)

El cuarto Evangelio nos va introduciendo progresivamente en el misterio de Jesús. En una dinámica de encuentros y signos milagrosos sucesivos, El se va revelando a aquellos con los que se encuentra 4; sin embargo, no todos alcanzan a comprenderle. Frente a su persona no existen posturas neutras: o uno confiesa su fe en El, como la samaritana (Jn. 4,15.19.25.42); o rechaza abiertamente su testimonio, como los judíos (Jn. 12,37).

En el capítulo 4, Juan nos aporta datos muy importantes para conocer los orígenes de la comunidad juánica. La escena se desarrolla en Samaría, concretamente en Sicar, donde muchos de los habitantes de aquel pueblo creyeron en Jesús... (4,39). No existe ninguna narración semejante en los sinópticos. Más aún: en éstos Jesús se muestra contrario a que sus discípulos proclamen el Reino entre los samaritanos (Mt. 10,5). En Lucas, tampoco los samaritanos quieren recibirlo (Lc. 9,52-55). La explicación hay que buscarla en los orígenes de la comunidad del Discípulo Amado (de mediados de los años cincuenta hasta los ochenta). En esta primera fase aparece un primer grupo constituido por judíos (algunos de ellos discípulos de Juan Bautista) que creyeron en Jesús como el Mesías davídico; y un segundo grupo, a) constituido por judíos que se manifestaban en oposición al culto del Templo y que aceptaban algunos elementos del pensamiento samaritano, y b) constituido también por algunos samaritanos convertidos.

La fusión de estos dos grupos trajo como consecuencia el desarrollo de una cristología centrada en la pre-existencia de Jesús, lo que condujo al enfrentamiento con los judíos de la sinagoga (se sintieron amenazados en su concepción monoteísta), y a su posterior expulsión de la misma 5. En este estadio la comunidad juánica se vivió como un todo en lucha con los de fuera 6.

La existencia desde el principio de grupos tan diversos conformando el tejido comunitario propició igualmente la aceptación no traumática de convertidos gentiles. La teología, como reflexión de la fe hecha por esta comunidad, tuvo necesariamente que ser más abierta, con más capacidad de acoger lo distinto y, sobre todo, más preparada para abrir caminos a la inculturación de la fe en otras culturas distintas a la judía. Este hecho favoreció también, desde nuestro punto de vista, la importancia que se da a las mujeres en esta tradición, puesto que el interés de este grupo de creyentes está puesto en hacer inteligible el mensaje de Jesús a toda persona, sea cual fuere su condición.

El contexto anterior de Jn. 4,1-42 7 nos ofrece algunas claves de comprensión del mensaje central de este texto. En primer lugar aparecen los judíos (2,18-20), incapaces de captar el significado profundo de su actuación en el Tempo. En el fondo se niegan a creer en El. En segundo lugar aparece la figura de Nicodemo, que ciertamente no entiende a Jesús (3,10). Su fe necesita todavía madurar 8. En tercer lugar, la samaritana representa un paso más en el camino de la fe. Aún no confiesa a Jesús como el Primogénito del Padre en quien aparece su gloria, no obstante acoge su Palabra, se deja interrogar por ella (¿Será el Mesías?, 4,29) y se dispone a anunciarla (Vengan a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho, 4,29).

El relato de la samaritana gira en torno a la declaración de Jesús en 4,10: si conocieras el don de Dios.... En el diálogo establecido con la mujer va revelándose a sí mismo como ese don, que lleva a la salvación a quien cree en El.

Ahora bien, ¿quién es esta mujer tan singular? La narración de Juan nos aporta algunos datos. Se trata de una prostituta (4,18), es decir, una mujer marginada por la sociedad de su tiempo en razón de su condición de pecadora pública. Samaritana de nacimiento (4,7), sufre una nueva discriminación en relación al pueblo judío por pertenecer a un pueblo de herejes (4,9). Por tanto, se trata de una mujer cuatro veces marginada: por su condición de mujer, por su forma de vivir, por el grupo cultural al que pertenece y por la religión que profesa.

Pues bien, es a esta mujer concreta 9 a quien Jesús elige (15,16) como portadora de un mensaje de salvación para su pueblo. La misión entre los samaritanos se debe en primer lugar a ella (4,39). Ella siembra la semilla que otros cosecharán posteriormente (4,34-38). En el Evangelio de Juan la construcción de la Iglesia universal no tiene como protagonistas exclusivos a varones, sino que este servicio es compartido asimismo por mujeres concretas. Así parece desprenderse del uso que Juan hace de la expresión por medio de la palabra... (4,39.42). Se repite nuevamente en 17,20, pero esta vez aplicada a los discípulos. O sea, la comunidad de Juan cree en la complementariedad del hombre y la mujer en el trabajo misionero 10.

¿Por qué la elige Jesús? ¿Qué encuentra en ella para conferirle la misión de anunciarle? En sintonía con la teología juánica creemos que en ella se dan los rasgos del verdadero discípulo de Jesús, tal como aparecen descritos en el capítulo 15. La unión del discípulo con su maestro viene expresada con la imagen de la vid y los sarmientos. Sólo quien permanece unido a la vid puede dar frutos de vida. Con una imagen semejante aparece descrito el discipulado incipiente de la samaritana: ella está dispuesta a beber del agua que Jesús le da, la cual ha de convertirse en ella en un manantial del que surge la vida eterna (4,14).

Históricamente, hay que tener en cuenta igualmente que la comunidad juánica se abrió en un segundo momento a un mayor contacto con los gentiles (en torno al año 90 11). Esto significó un enriquecimiento mayor de su pensamiento con perspectivas más universales.

La samaritana es portadora de un mensaje de salvación que rompe con los límites impuestos por el judaísmo. En su diálogo con Jesús aborda una cuestión que nos parece esencial para la inculturación de la fe en nuestro contexto latinoamericano: ¿hasta qué punto el Evangelio está vinculado a las expresiones de fe de una determinada cultura? (4,20). La respuesta de Jesús abre un espacio de libertad y de crecimiento en la fe que no está sujeto a condicionamientos de tipo cultural (4,21) 12.

 

2.2. La confesión mesiánica de Marta (Jn. 11)

El diálogo que Jesús mantiene con Marta (11,17-27) forma parte del último y más importante signo que Jesús realiza en el cuarto Evangelio. Aquí El se revela como resurrección y vida (11,25) para todo el que cree en El 13.

Por su parte, Marta, en apertura radical a la Palabra del Señor, se deja conducir por El hasta llegar a una aceptación total de su misión como generadora de vida en abundancia para todos/as. Su fe va creciendo hasta alcanzar la madurez del verdadero discípulo/a. Para ello tiene que superar conceptos arraigados en ella desde antiguo. En un primer momento descubre que no es suficiente su fe en Jesús como quien tiene el poder de realizar milagros (11,22). Tampoco es adecuada su fe como mujer judía que considera la resurrección como una realidad futura 14 (11,24). Guiada por el mismo Jesús llega a descubrir y acoger sin reservas el núcleo de la fe cristiana: la resurrección empieza a acontecer en Jesús mismo (Yo soy), y desde El es comunicada a todos los creyentes. La mujer cree y, por ello, se le posibilita la entrada en una Vida nueva que no se agota mientras ella permanezca unida a quien es la Vida por excelencia. El evangelista la convierte de este modo en modelo para todos aquellos que quieren seguir a Jesús, en contraste con los miembros del Sanedrín que se niegan a creer en los signos que hace Jesús, buscando por ello su muerte (11,45).

Nos detenemos en la confesión de fe que hace Marta. Una confesión que encuentra su paralelo en Mt. 16,16-17. Los sinópticos la ponen en boca de Pedro. La mayor parte de las tradiciones presentes en la Iglesia del siglo I acentuaron el papel preponderante de los Doce (y especialmente el de Pedro), como maestros autorizados que aseguraban la fidelidad con los orígenes. La tradición del Discípulo Amado relativiza esta función magisterial en favor de una concepción que acentúa, en cambio, la importancia insustituible del discipulado 15. La garantía de estar enraizados firmemente en la Persona de Jesús viene dada no por elementos extrínsecos por ejemplo maestros autorizados, sino por la calidad del seguimiento que se tenga. Es significativo el hecho de que en el cuarto Evangelio no encontremos el término apóstol. Este ha sido sustituido por el de discípulo. Todas aquellas personas que se han encontrado con Jesús y están dispuestas a caminar detrás de El, se constituyen en garantes de la tradición del Resucitado.

Si analizamos las afirmaciones reservadas a Pedro en la tradición juánica, nos encontramos con que ninguna llega al nivel de esta mujer de Betania. En Jn. 6,68-69 Pedro confiesa a Jesús siguiendo un modelo judío: tú eres el Santo de Dios, una confesión que no termina de reconocer la mesianidad y divinidad de Jesús.

La confesión que Pedro hizo en Cesarea le valió el ser llamado dichoso por Jesús y el ser reconocido por la Iglesia naciente con autoridad. El cuarto evangelista no pretende negar este reconocimiento, sino que re-sitúa a Pedro colocándolo en la fila de los seguidores de Jesús. Su importancia vendrá dada, no por ser autoridad, sino por su adhesión a una persona. Marta, una mujer trabajadora (12,2), destaca por su gran fe, y su experiencia marca el camino para quien quiera seguir al Señor. Su condición de mujer no la excluye de ser reconocida como modelo de fidelidad para los creyentes. Sin embargo, ¿por qué la Iglesia posterior restó importancia a la confesión de fe de esta mujer, cuando es la misma que los sinópticos ponen en boca de Pedro?

 

2.3. El gesto profético de María (Jn. 12,1-8)

Un análisis del contexto próximo de este relato (resurrección de Lázaro y entrada triunfal de Jesús en Jerusalén) nos sitúa claramente en un ambiente pascual. La clave de interpretación de la unción de Jesús en Betania la encontramos en 12,7. Jesús mismo da luz al acontecimiento vivido: el gesto de María anuncia prolépticamente la sepultura de Jesús, inseparable, por otra parte, de su Resurrección.

A diferencia de los otros relatos de Juan donde aparecen mujeres, aquí no existe ningún diálogo entre Jesús y la mujer. Sólo nos queda el gesto realizado por ella como palabra reveladora. Entra en escena improvisadamente. El evangelista no necesita presentarla. Previamente nos había ya dado algunos datos: Jesús la amaba (11,5) y era hermana de Marta y Lázaro (11,1).

El amor de Jesús, experimentado por esta mujer en distintas ocasiones y, de un modo singular, en la resurrección de su hermano Lázaro, la mueve a realizar un gesto gratuito de amor. Ella encarna a todos los que aman a Jesús con corazón sincero y agradecido 16. El amor como vinculación personal con Jesús es la señal de los auténticos discípulos. La unión es tan profunda que, con este gesto, María anticipa el hecho fundante de la fe de la Iglesia: la muerte y la resurrección del Hijo amado del Padre. Su gesto es anuncio y testimonio anticipado para el resto de los comensales del amor entrañable del Padre. Al secar con sus cabellos los pies de Jesús, queda empapada del mismo perfume, es decir, queda envuelta en ese misterio de amor que ha de ser Buena Noticia para todo el que cree 17. También la casa , símbolo de la comunidad creyente, experimenta la presencia permanente del resucitado 18. Una vez más la mujer es reconocida con el más alto grado por parte de la tradición del Discípulo Amado: su vinculación al Maestro por medio del amor es lo que la confiere su dignidad y su igualdad en la estructura comunitaria.

 

2.4. María Magdalena, el apóstol de los apóstoles (Jn. 12,10-18)

El texto de Juan nos describe la búsqueda de María Magdalena. Una búsqueda que nace del amor profundo que esta mujer siente hacia su Señor. Jesús se deja encontrar por ella y le da a conocer el significado pleno de su glorificación y filiación divina, así como de la nuevas relaciones fraternas inauguradas en su persona (20,17). Como en otras ocasiones, el evangelista nos presenta la adquisición de este nuevo conocimiento como un proceso al que la mujer se siente impulsada a consentir.

El relato nos presenta a María Magdalena con las mismas credenciales con las que Pablo justifica su apostolado 19: por un lado, nos narra su encuentro personal con el resucitado y, por otro, el encargo que recibe de El de anunciarlo a sus hermanos. Ciertamente Pablo recibe el encargo de anunciar el Evangelio a todo el mundo, en tanto que María es enviada al grupo de los discípulos. No obstante, no podemos olvidar que en esta comunidad había ya personas provenientes del ámbito griego y del samaritano. Los estrechos límites del judaísmo estaban superados. Consecuentemente, la misión de esta mujer aparece como preludio de la misión universal de la Iglesia.

Nos interrogamos por la relación, descrita en el contexto precedente (20,1-9), de María Magdalena con Pedro y el Discípulo Amado. Por una parte, María Magdalena parece reconocer la autoridad de estos dos hombres en la primera comunidad, puesto que aun llegando primero al sepulcro y viendo rodada la piedra no entra, sino que va a comunicárselo a ellos (20,1-2). Pero, por otro, no es a ellos a quienes es concedido el encuentro personal con el resucitado, sino solamente a ella. Del Discípulo Amado se dice que vio y creyó (20,8). El es testigo del acontecimiento de la resurrección, sin embargo ella es testigo de la persona del resucitado (20,16); y por eso puede anunciarlo, y alentar de este modo, a la comunidad replegada en sí misma por el miedo a los judíos (20,19).

A María le es concedido este regalo porque permaneció a la espera del encuentro. El deseo tan fuerte de El la condujo en medio del dolor (20,11) y la ignorancia (20,13) a continuar la búsqueda hasta que hallara al amor de su vida (Ct. 3,1-4) 20. Su interés no está centrado en un lugar vacío, por muy significativo que pueda ser, sino en una persona a la que se siente ligada de un modo exclusivo.

María reconoce a Jesús cuando se siente llamar por su propio nombre 21. Al reconocerlo, ella le da el nombre Rabboni, Maestro, y por ende se reconoce a sí misma como discípula dispuesta a recibir de El un nuevo saber acerca de Dios. María pertenece al grupo de los que viven en estrecha relación de amor con Jesús al mismo nivel que los Doce, y que por ello participan de un conocimiento mayor del misterio del Padre. El Hijo Mayor es el único que conoce al Padre (3,13), y que puede darlo a conocer a los suyos.

El contenido del mensaje que María debe transmitir a los discípulos tiene una gran densidad. Ella es portadora de unas palabras que iluminan de un modo definitivo lo acontecido en Jesús, su muerte y resurrección. Asimismo esclarecen las enseñanzas de los discursos de despedida. La glorificación de Jesús en la cruz como el Hijo único del Padre ha significado para ellos un nuevo nacimiento que es obra del Espíritu (3,5; 19,30.34), y que los constituye en familia de hermanos, hijos de un mismo Padre (20,17).

En síntesis, María Magdalena es la encargada de certificar ante los hermanos que lo que Jesús había dicho que se cumpliría, se ha cumplido.

Ante este hecho no podemos menos de preguntarnos, ¿cómo es posible que la Iglesia haya relegado siempre a un segundo plano a esta mujer a quien Jesús privilegió haciéndola mensajera de una realidad decisiva para el caminar de la primera comunidad?

En realidad nos topamos con diversas causas. Algunas en razón de la secular infravaloración de la mujer. Y otras en razón del uso que los ambientes gnósticos 22 hicieron de este Evangelio, y en particular de este texto. María Magdalena llegó a ser considerada como el testigo más destacado de la enseñanza del Señor resucitado 23. Creemos que el miedo de la Iglesia naciente a identificarse con pensamientos heréticos pudo influir, entre otras razones, para relegar a esta figura femenina, por otra parte, tan central en la tradición del Discípulo Amado.

 

2.5. La madre de Jesús (Jn. 2,1-12; 19,25-27)

La madre de Jesús aparece ligada significativamente al inicio (2,1-12) y al final del camino de Jesús (19,25-27). Aunque se trata de pasajes muy distantes uno del otro, están estrechamente relacionados como veremos a continuación.

En la boda de Caná, el evangelista narra el primer signo 24 realizado por Jesús, cuyo significado profundo se expresa en el v. 11: así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en El.

María ocupa en este pasaje un lugar central. En ella aparece representado el pueblo que desea la llegada del Reino de Amor, esto es, la plenitud de la salvación 25. Su función no se halla determinada por el hecho de ser la madre física de Jesús, sino que su figura aparece reinterpretada en términos de seguimiento 26. En esto, Juan sintoniza con los sinópticos (Lc. 8,19-21).

María aparece como intermediaria entre Jesús y los invitados a la boda. Por un lado, ella advierte a su Hijo de la necesidad de la gente. Sus palabras son sólo una insinuación. Jesús, por su parte, reclama que su misión viene del Padre, y pareciera que no va a suceder nada. No obstante, la comunión de amor con el Hijo le hace pronunciar a María unas palabras que expresan su fe en El: Hagan lo que El les diga. De este modo indica a los servidores el camino del encuentro con Jesús: en clima de escucha y de confianza en su palabra. Por tanto, María aparece reflejada como la madre que se pone al servicio del Reino. También ella acoge la palabra de su Hijo, y a partir de ese momento se dispone a hacer lo que El diga.

Al pie de la cruz (19,25-27), el evangelista nos narra un acontecimiento generador de vida para el grupo de creyentes en Jesús. Ahora sí que ha llegado la hora (13,1). Estamos asistiendo al cumplimiento del signo de Caná: ha llegado el momento de la salvación definitiva.

En esta escena María aparece rodeada de varias mujeres y del Discípulo Amado. Esta vez es Jesús quien da inicio al diálogo. Sus palabras van dirigidas a ella y al discípulo a quien tanto quería. El significado de este diálogo es confirmar que esta mujer, su madre, forma parte de la comunidad de sus seguidores. Además de madre, pasa a ser discípula.

Ella es la primera creyente: así es primera en recorrer aquel camino que lleva de Israel (viejas bodas del mundo) hasta la iglesia (donde la recibe el discípulo amado que es signo de todos los discípulos). Esto significa que en la iglesia, comunidad del discípulo amado, el cristiano ejemplar y modelo de todos los creyentes ha sido y sigue siendo una mujer, la madre de Jesús 27.

Conclusión

La experiencia de vida y compromiso de la comunidad juánica nos invita a releer nuestra historia de hombres y mujeres con otras claves. En primer lugar, nos alienta a una revisión profunda para ver si el amor se encuentra en la base de nuestra organización eclesial como criterio decisivo en la distribución de tareas y servicios.

El amor genera igualdad y ésta se manifiesta, no en discursos perfectamente elaborados, sino en gestos concretos que la hacen creíble. Por ejemplo, la praxis concreta de las mujeres en el cuarto Evangelio contrasta con muchas de nuestras realidades: iglesias llenas de mujeres, pero dirigidas casi exclusivamente por hombres. Igualmente se impone revisar los criterios de selección de los textos para la liturgia o para el uso pastoral, pues muchas veces reflejan el carácter secundario que se le atribuye a la mujer en la Iglesia.

El compromiso en la construcción del Reino de Vida es asumido corresponsablemente por hombres y mujeres. Como hemos visto en los textos es un trabajo complementario, donde no se dan discriminaciones en razón del sexo. ¿Sucede así en nuestras comunidades?

La tradición juánica insiste en la vinculación personal con Jesús como base y fundamento de la Iglesia. Haber situado ahí el cimiento nos libera de viejos prejuicios que sitúan al hombre por encima de la mujer. La posibilidad de amar y ser amado no es privilegio de ninguno de los dos sexos. Quien ama es capaz de permanecer a pesar de cualquier circunstancia adversa, y de esto entendemos especialmente las mujeres. Por otra parte, el amor es la principal garantía de una inculturación del Evangelio en fidelidad a la tradición de Jesús.

Desde el principio las mujeres hemos comprendido este mensaje contenido en el Evangelio de Juan. Relegadas de los servicios de la Iglesia que tienen que ver con la autoridad y la enseñanza, hemos introyectado el seguimiento como clave fundamental en nuestro camino de liberación. A partir de aquí hemos desarrollado una espiritualidad de la resistencia que se mantiene hasta hoy. Como la de los pobres, nuestra resistencia es para tener vida y vida en abundancia (Jn. 10,10). Caminar tras las huellas del Maestro, en sintonía con su querer y con su hacer, nos fortalece en la decisión de seguir luchando por abrir nuevos espacios de participación para todas las mujeres en la sociedad y en la Iglesia. Unidas a los dolores y las esperanzas de los marginados y los empobrecidos, unimos nuestras fuerzas en la construcción de un mundo más humano y más justo para todos/as.

 

Elisa Estévez
6a. Calle 2-42, Zona 1
01001 Guatemala
Guatemala

 

1 R. E. Brown, Las Iglesias que los Apóstoles nos dejaron. Bilbao, 1986, pág. 15.

2 Si comparamos el cuarto Evangelio con los evangelios sinópticos, nos damos cuenta inmediatamente de las diferentes maneras de presentar a Jesús que tienen uno y otros. Igualmente si analizamos la eclesiología subyacente con el resto de los escritos del Nuevo Testamento, Como dice J. Ernst en: Juan, retrato teológico. Barcelona 1992, pág. 20.

3 No nos detendremos en el relato de Jn. 7,53-8,11, porque se trata de un añadido posterior y no juánico (R. E. Brown, La comunidad del discípulo amado. Salamanca, 1991, pág. 181.

4 En el caso de los signos milagrosos... se reconoce que el milagro que subyace es del mismo tipo que el que se encuentra en los evangelios sinópticos... La diferencia narrativa juánica no procede del milagro, sino de la explicación del milagro por medio de un diálogo teológico interpretativo (R. E. Brown, La comunidad..., op. cit., pág. 29).

5 A partir de la conversión de los samaritanos (capítulo 4), el conflicto con los judíos recorre todo el Evangelio de Juan.

6 Por este motivo se vio motivada a reformular algunos conceptos, como por ejemplo el de Israel, que a partir de este momento incluirá a todos aquellos que creen en Jesús.

7 R. E. Brown, La comunidad..., op. cit., pág. 183.

8 A lo largo del Evangelio lo encontramos en otros momentos (7,50; 19,39), donde ciertamente notamos el fortalecimiento de su adhesión a Jesús, una vez que hubo superado el miedo que le inmovilizaba.

9 Ciertamente, la samaritana es símbolo de su pueblo, pero esto no oculta el hecho de que se trata de alguien bien concreto que precede a los apóstoles en su trabajo misionero (X. Pikaza, La mujer en las grandes religiones. Bilbao, 1991, pág. 179).

10 R. E. Brown, La comunidad..., op. cit., pág. 183.

11 Período en el que fue escrito la mayor parte del Evangelio de Juan.

12 Conferencia Episcopal de Guatemala, 500 años sembrando el Evangelio. Guatemala, 1992, pág. 36.

13 D. Michel, Fe, en: Diccionario teológico del Nuevo Testamento. Salamanca, 1990, II, pág. 183.

14 L. Coenen, Resurrección, en: Ibid. Salamanca, 1987, IV, pág. 92.

15 R. E. Brown, La comunidad..., op. cit., pág. 186.

16 N. Calduch, La fragancia del perfume en Jn. 12,3, en: Estudios Bíblicos 48 (1990), pág. 249.

17Ibid., pág. 251.

18Ibid., pág. 256.

19 1 Cor. 9,1-2; 15,8-11; Gál. 1,11-16. Cf. R. E. Brown, La comunidad..., op. cit., pág. 184.

20 C. Bernabe, Transfondo derásico de Jn. 20, en: Estudios Bíblicos 49 (1991), págs. 209-228.

21 Gesto característico del Buen Pastor que conoce personalmente a cada una de sus ovejas (Jn. 10,3).

22 Las cartas (año 100) dan testimonio de una escisión dentro de la comunidad juánica que culmina con la ruptura total de los grupos que se han creado, alrededor del siglo II. La mayor parte de quienes integraban la comunidad juánica se orientaron hacia el gnosticismo, en tanto que apenas un grupo minoritario se integró en la gran Iglesia, aceptando la necesidad de maestros autorizados que guiasen los destinos comunitarios.

23 R. E., Brown, La comunidad..., op. cit., pág. 185.

24 Lo central del signo es que nos remite al que lo realiza. Cf. D. Hofius, Milagro, en: Diccionario..., op. cit., IV, pág. 92.

25 I. Gebara-M. C. L. Bingemer, Maria, mãe de Deus e mãe dos pobres: Um ensaio a partir da mulher e da América Latina. Petrópolis, 1988, pág. 94. Existen diferentes motivos dentro de la narración que nos introducen en este ambiente mesiánico: tres días (2,1); el contexto de la boda; seis tinajas frente a la abundancia de vino; el término hora (2,4).

26 R. E. Brown, La comunidad..., op. cit., pág. 191.

27 X. Pikaza, op. cit., pág. 178.

 

 
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