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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas |
J. Loza, Las palabras de Jahve. Estudio del decálogo. México D. F., Universidad Pontificia de México, 1989, 388 págs.Este estudio sobre el decálogo, de un biblista mexicano que también ha enseñado en Jerusalén, comienza preguntándose si tiene sentido investigar un tema tan trabajado. Justifica su empresa notando la carencia de una publicación castellana que ofrezca una exégesis detallada en ese campo. El primer capítulo de la obra se ocupa de establecer un texto hebreo confiable. El autor presta atención a las versiones de los LXX y la Vulgata. Brinda confianza al papiro de Nash, un testimonio del siglo II a. C. que contiene conjuntamente el decálogo y el shema. El autor pretende luego ofrecer una traducción castellana. Sólo llega a dar una especie de equivalencia literalista interlinear que, en algunos pasajes, cae en aberraciones gramaticales (cf. la traducción a Ex. 20, 4-17 en las págs. 28-30). Un panorama de la historia de la investigación sobre el decálogo es el tema del segundo capítulo. No se ocupa de la exégesis tradicional, sino solamente de la exégesis moderna a partir del siglo XIX. Reseña y critica los principales trabajos. Pone atención particular a la investigación sobre los géneros literarios de la ley israelita. Aquí acepta globalmente, aunque sin considerarla unívoca, la categoría de “derecho apodíctico”. El contexto literario inmediato donde ha sido colocado el decálogo se discute en el capítulo tercero. Aunque el autor admite la imposibilidad de resolver las cuestiones referentes al origen del decálogo, presupone la hipótesis de un “decálogo primitivo”. La versión de Dt. 5,6-21 sería exílica y deuteronomista. En cambio, el texto de Ex. 20, 17 es claramente previo, pese a que en su contexto inmediato parezca secundario y resultado del trabajo redaccional. Admite que el decálogo es inseparable de un estrato relativamente antiguo de la perícopa del Sinaí. Se arriesga a afirmar que ésta provendría del reino del Norte y, no obstante la crisis de la teoría documentaria, la ve como parte de la fuente elohista. El capítulo cuarto ofrece una comparación de los textos (Ex. 20, 1-17 y Dt. 5,6-21). El autor trata de explicarlas diferencias de formulación y los elementos propios que cada tradición ha añadido. Analiza también la relación que guardan entre sí los dos pasajes. Termina rechazando la hipótesis poco matizada de que el decálogo sea un texto de tradición deuteronómica. Siguiendo el procedimiento convencional del género literario de los comentarios lingüístico-exegéticos, el autor dedica el capítulo quinto a explicar cada línea del decálogo. Es la parte medular de su trabajo y quizá la más útil. Aborda los problemas planteados por el texto en orden a explicar su significación religiosa, así como a sacar algunas conclusiones sobre la formación del decálogo. Además del estilo claro, aunque un tanto prolijo en la fraseología, cabe resaltar el tono sobrio y matizado de las posturas exegéticas. Un ejemplo es la interpretación del octavo mandamiento. Se recuerda que A. Alt resucitó una antigua tradición que traducía el verbo hebreo gnb como “raptar” en lugar del convencional “robar”. Frente a esta opción filológica, el autor presenta los argumentos que se barajan para cada uno de esos significados. Y concluye que no se tienen los elementos suficientes para optar por una interpretación y excluir la otra. Es encomiable el esfuerzo del autor por situar las formulaciones del decálogo en la historia de la revelación bíblica, como el mejor medio para avanzar hacia su adecuada comprensión. Sin embargo, aborda la historia casi eludiendo la conflictividad presente en los diversos contextos socio-políticos donde se produjo y reprodujo el texto. El último capítulo examina las citas y relecturas del decálogo. Lo ubica en el conjunto de la Escritura para captar la significación religiosa que tiene en el período constitutivo de la revelación. Presta atención particular al profeta Oseas, que refleja el mismo contexto de alianza común al Éxodo y al Deuteronomio. Considera Os. 4, 2 y compara Os. 12, 10 y 13, 14. Muestra cómo varios pasajes de Jeremías (por ejemplo 7,9; 5, 19; 13, 10) usan una fraseología similar a la del Deuteronomio. Del N. T. estudia Mc. 10, 17-22 y paralelos, donde se cita al decálogo, y también discute otras relecturas como Mt. 5; Rm. 7, 7; 13, 9. Termina con una reflexión sobre la reinterpretación que Jesús y los autores del N. T. hacen de la ley mediante el doble mandamiento del amor. El libro se cierra con una sección de bibliografía e índices, como corresponde a un trabajo científico de su talla. El trabajo no pretendía ofrecer un aporte original. Recoge con fidelidad una información bastante completa de lo escrito sobre el decálogo por la exégesis académica que se practica en los ambientes universitarios. Desde la perspectiva de los lectores latinoamericanos, en este punto radica su fuerza y, paradójicamente, también una de sus debilidades. El estudio se deja encerrar en la lógica de ese “club caro y exclusivo” que es la exégesis científica nordatlántica. Aborda la Biblia como un documento de la historia de la cultura, si bien religiosa, y no como la palabra del Dios vivo que nos interprela desde los rostros del pobre. Si el autor hizo el esfuerzo por ubicar los textos en el contexto histórico-religioso de su producción, ¿por qué no tener en cuenta el lugar histórico social donde se lee la palabra de Dios?, ¿por qué no responder a las preguntas que, en sus comunidades cristianas, plantean los pobres que luchan por su liberación? Es una tarea que se puede hacer, y con suficiente rigor científico. A los lectores latinoamericanos nos interesa también, y en gran medida, una “inteligencia de la Escritura” consecuente con nuestra experiencia humana y creyente. Las listas bibliográficas son bastante completas. Tienen la desventaja de no ser sistemáticas. Varios libros podrían haberse excluido, o por lo menos no omitir artículos de revista con estudios sobre el decálogo como los de W. Kessler (1957), A. T. Patrick (1964), J. P. Hyatt (1965), J. Botterweck (1966), H. Haag (1967), A. Jepsen (1967), M. Weinfeld (1973). Entre las casi cuatrocientas obras citadas, aparte de sí mismo, el autor apenas menciona a dos autores de América Latina y el Caribe. Si los biblistas latinoamericanos y caribeños se leyeran unos a otros, su interpretación de la Biblia sería menos dependiente. La edición y presentación tipográfica del libro están bien cuidadas. No obstante, algunas distracciones dactilográficas necesitan corregirse como sigue: pág. 29, columna izquierda, v. 12: eliminar “a” en la frase “a tu Dios”; Aunque el autor dirige su estudio a lectores no especialistas, el lenguaje técnico y los conocimientos exegéticos presupuestos restringen la obra al medio académico. No obstante, el trabajo cumple con creces su otro objetivo, el de ofrecer un estudio sobre el décalogo suficientemente informado y preciso desde el punto de vista exegético. La temática seleccionada es relevante, la metodología, consistente, y la argumentación, rigurosa. En suma, J. Loza ofrece un instrumento actualizado para los estudiantes de habla castellana que desean profundizar sobre un tema significativo para la práctica de los cristianos. El libro se puede solicitar directamente a su editorial: Victoria 98, Tlalpan 14000, México, D. F. Armando Noguez |
El Consejo Latinoamericano de Iglesias es una organización de iglesias y movimientos cristianos fundada en Huampaní, Lima, en noviembre de 1982, creada para promover la unidad entre los cristianos y cristianas del continente. Son miembros del CLAI más de ciento cincuenta iglesias bautistas, congregacionales, episcopales, evangélicas unidas, luteranas, moravas, menonitas, metodistas, nazarenas, ortodoxas, pentecostales, presbiterianas, reformadas y valdenses, así como organismos cristianos especializados en áreas de pastoral juvenil, educación teológica, educación cristiana de veintiún países de América Latina y el Caribe. |
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