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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas



 

 

 

REDENCIÓN Y VIOLENCIA: EL SENTIDO DE LA MUERTE DE CRISTO EN PABLO
Apuntes hacia una relectura

 Leif E. Vaage

El presente artículo enfoca el sentido de la muerte de Cristo, como evento salvífico, en las cartas paulinas. Primero se revisan varios problemas levantados por tal discusión en el contexto latinoamericano. Después se describe el desarrollo del pensamiento teológico de Pablo en cuanto al lugar que habrá tenido la muerte de Cristo en el proyecto de Dios para redimir a la humanidad, con base en el testimonio de 1 Tesalonicenses, 1 y 2 Corintios, Gálatas, y Romanos. Se nota que al comienzo de su ministerio apostólico, a Pablo no parece haberle interesado este tema, sin embargo, luego va reflexionando con mayor interés sobre este elemento de la vida de Cristo, quizá por su propia experiencia que se hacía cada vez más difícil. En conclusión, se pregunta por el sentido concreto que este aspecto del pensamiento paulino podría tener actualmente en América Latina.

This article discusses ¡he meaning of Christ’s death as a saving event in the letters of Paul. After rehearsing a number of the difficulties associated with such a discussion in the context of Latin America, the development of Paul’s understanding of the place of Christ’ s death in the project of God to redeem humanity is traced through 1 Thessalonians, the Corinthian correspon­dence, Galatians and Romans. It is observed that at the beginning of his apostolic ministry, Paul appears to have had no real interest in this theme, but subsequently came increasingly to focus on this aspect of the life of Christ, perhaps as a response to Paul’s own increasingly difficult situation. Finally, questions about the ultimate meaning of this aspect of Paul’s thought in Latin America are raised in conclusion.

 

0.            Introducción

0.1. Vida y muerte. De eso se trata cuando hablamos de la redención en Cristo según Pablo. Es la misma contradicción que se da, por ejemplo, si nos ponemos a reflexionar sobre el proceso de la reproducción humana o su sustento por la comida. No hay, parecería, ninguna vida sin que haya muerte.

0.1.1. En algún momento, como todos sabemos, el haber vivido significa tener que morir. Para comer carne, alguien tiene que haber matado primero a otro ser animal para que después se pueda disfrutar del sabor de su cadáver. Más de una vez en la historia humana a la madre embarazada el dar a luz le ha costado su propia vida. El embarazo siempre le quita el dominio de su propio cuerpo a la madre, mientras el feto se esté nutriendo y creciendo. A la hora del parto se realiza una separación definitiva —tipo muerte— del bebé de su madre, igual que la muerte en sí nos separa a todos definitivamente de la vida anterior.

0.1.2. Además, todas estas experiencias —el morirse, comer carne, estar embarazada, dar a luz— se llevan a cabo siempre con cierta violencia, aunque no sea siempre muy pronunciada. Sin embargo, parecería que la vida humana, tal como la conocemos, estuviese inevitablemente involucrada desde su comienzo en —por lo menos, algunos— procesos de muerte.

0.1.3. Digo esto, no porque me guste ni porque me parezca lo mejor que se pudiera, sino porque así es. Vivimos en un mundo tanto biológico como social, construido en la actualidad con base en la muerte. Cualquier esfuerzo por liberarnos de este mundo de la violencia biológicamente programada y socialmente institucionalizada para así alcanzar un reino de la vida plena, el que los cristianos solemos llamar el reino de Dios, no “pisará tierra”, como se dice, sin que entren “cuerpo y alma” en el acertijo de esta problemática. El ser “redimido” sería, en este caso, haber logrado “manejar mejor” la muerte.

0.2. Puede que esté hablando demasiado fuerte, que no hay que confundir tan fácilmente los distintos niveles de la muerte y la violencia que se viven. El caso, por ejemplo, de un anciano que fallece con setenta años “de vejez”, no es igual que el de un niño que muere “antes de tiempo” por malnutrición o falta de medicinas. El comer carne no representa todo lo que es la comida. El embarazo no le quita la vida a cada mujer encinta, ni le ocupa toda la vida. Sería mejor en este caso hablar de la molestia y el dolor, inclusive el riesgo y el peligro, pero no tan sencillamente de la muerte. Además, después del parto, hay todavía muchas maneras de relacionarse entre el bebé y su madre, en cambio la muerte en sí nos deja sin opción alguna.

0.2.1. Tampoco hay que confundir los procesos biológicos que aún no podemos controlar o prevenir, con los procesos socio-políticos que sí está en nuestras manos poder cambiar. Puesto que la redención en Cristo nos ha provisto un “mejor manejo” de la muerte, queda todavía por definir si esto se ha dado por medio del sacrificio o de la sabiduría, y la solidaridad que se viene realizando. Son visiones bastante distintas.

0.2.2. Hay asimismo distintos niveles de la violencia. El empujar no es igual que el pegar, y el pegar no es igual que el cortar o crucificar. Si bien es cierto que a veces la vida nos obliga a insistir o a hacer algunas cosas “a la fuerza”, la fuerza que se aplica en estos casos, y la manera como se impone, puede variar significativamente.

 

1.         El contexto latinoamericano-peruano

1.1. Por todas partes de América Latina desde la conquista europea de este continente, hay una experiencia común de violencia estructural-internacional. En cada país se ha vivido el proceso de la imposición y la extensión de un sistema económico-político opresor, y también la reacción constante de resistencia a su total dominio. A la vez, es distinta la situación histórica de cada región. Existen particularidades muy importantes que tomar en cuenta, aunque se comparta el mismo trasfondo de explotación ajena y exterminio planificado, y se anhele la misma solución de una vida plena para todos, especialmente los excluidos y condenados de antemano a una muerta prematura.

1.2. En este artículo escribo pensando en particular en el caso concreto del “Perú hirviente de estos días”, donde la violencia y la muerte parecen haberse convertido casi en un estilo de vida . El concepto común y corriente de la redención que se maneja en este contexto, se da en la frase “sálvese quién —y cómo— pueda”. Entre el terrorismo del Estado y el terrorismo subversivo; los repetidos golpes económicos que el pueblo peruano ha venido sufriendo; el auge correspondiente de la delincuencia y el narcotráfico; el colapso generalizado de todos los proyectos políticos “lícitos”, con el resultado no tan sorprendente de un retroceso al modelo tradicional del caudillismo, o sea, la dictadura no militar, sin hablar del llamado “pozo de resentimiento”, esto es, el odio y la desconfianza que constituyen el trasfondo socio-psicológico del diario vivir, se ha creado una situación en la cual el deseo de imaginarse una solución global y consistente a estos problemas, que sería además libre de todos los conflictos agudos que en la historia humana han solido costar sangre, parece poco concreto.

1.3. Ya ha habido muertos —muchos muertos— en el camino hacia un Perú diferente, buscando en este país el cambio y un mejor estar para todos. A fin de cuentas, ¿cuál es el sentido que deberíamos dar al doloroso “sacrificio” de tantas vidas en este proceso? Si tal destino no fue “necesario” en sí u “obligatorio”, como el pago de una deuda. ¿cuál es el “valor” teológico preciso que de todos modos hay que darle a la entrega de estas vidas? ¿En qué medida y cómo debe o puede interpretarse el hecho de tantos muertos como parte del proceso de la redención actual del pueblo peruano?

1.4. Si a estos muertos les negamos cualquier valor “soteriológico”, si estamos apenas dispuestos a reconocer en ellos un destino trágico, seguramente lamentable, pero sin mayor sentido teológico, no me parece una respuesta adecuada, porque así se le quita a esta lucha por la vida cualquier posibilidad de entender, como elemento integral, el costo real de la misma búsqueda. Por otra parte, es claro que por tal reconocimiento no queremos sugerir que de todos modos tiene que haber un muerto para que las cosas cambien. Sólo insistimos en la necesidad de darle algún valor salvífico a la violencia sufrida por quienes vienen buscando su libertad y bienestar, para no creer que la sangre que ya se ha gastado en este camino carece de sentido .

2.         El contexto paulino

2.1. Pienso que Pablo en sus cartas a las primeras comunidades cristianas, escribía desde una situación parecida. Por lo menos el proyecto misionero de Dios dentro del cual el menor de los apóstoles se ubicaba a sí mismo, tenía, como parte integral de su memoria colectiva, la muerte bastante violenta de un tal Jesús. No se pudo pasar por alto u olvidar que el poder de la resurrección, ofrecido en el nombre del mismo Jesucristo y vivido por el espíritu identificado con su renovada presencia en la iglesia, solamente se había dado por medio de esta muerte. Así que Pablo se veía cada vez más obligado a definir con mayor precisión el sentido particular de este acontecimiento.

 

3.         El tema de la redención

3.1. El tema de la redención se ubica en Pablo dentro de la problemática más amplia de la “soteriología” paulina. Hay que interpretar el discurso de Pablo sobre la redención dentro de sus reflexiones más articuladas acerca de la salvación en general, donde el ex-fariseo trata de responder a la llamada “condición humana” y los problemas que expe­rimentamos para realizamos como personas en nuestro estado actual. El problema principal, según Pablo, a raíz de todos los demás problemas que tenemos que enfrentar en la vida es, para ir al grano, el poder del pecado que, entre otras consecuencias, acarrea la muerte como signo indudable de que estamos mal.

3.2. Las buenas nuevas que Pablo proclama en Cristo deben dar respuesta a esta condición de no (poder) ser lo que quisiéramos y deberíamos ser. La “redención” es, pues, apenas una de las múltiples metáforas que emplea el menor de los apóstoles para explicar cómo es que ahora podemos salir de esta situación de cautiverio existencial.

3.3. El lenguaje griego de la “redención” proviene del mundo antiguo de la guerra y la esclavitud. Corresponde al aparato legal-diplomático elaborado en la antigüedad para recuperar a los presos y otras personas cuya libertad y hasta vida misma, de lo contrario, quedaba en manos ajenas. En resumidas cuentas, la redención era el “pago” que se tenía que hacer para así liberar a quienes habían sido capturados o domina­dos por otros .

3.4. Ahora bien, hay que preguntar si es, o cómo es que, según Pablo, la redención realizada por Cristo también debe entenderse como un tipo de “pago’, el cual, de acuerdo con la lógica cultural del mundo antiguo mediterráneo, había que pagar para así “salvar” a las personas cuya liberación y bienestar se procuraba. Así de todos modos se ha interpretado con frecuencia el discurso paulino sobre la redención en Cristo. Pero, en este caso, ¿a quién se tuvo que pagar la cuenta, y por qué con sangre? Porque ésta no era la costumbre general de la redención en la antigüedad. Tal práctica tenía como una de sus metas principales el tratar de evitar la pérdida de más vidas.

3.5. Como ya se mencionó, la redención no es la metáfora más común en el vocabulario soteriológico de Pablo. El menor de los apóstoles parece preferir los conceptos más jurídicos para exponer el status favorable de quienes ahora estamos en Cristo. Especialmente conocido, por ejemplo, es el complicado tema de la justificación por la gracia.

3.5.1.      Sin poder discutir aquí este tema, hay que aclarar por lo menos un aspecto. ¿Cuál fue el trasfondo cultural que daba su sentido particular a la metáfora de la justificación en el contexto específico del mundo antiguo mediterráneo? En resumidas cuentas, fue la práctica socio-política del “padronazgo”.

3.5.2.      A Dios se lo imaginaba como el gran padrón o “padre de familia” universal que pronto vendría a visitar su tierra y a hacer justicia en ella. Según la vivencia popular, tal visita implicaría tener que presentar se ante el mismo “señor” en su despacho para revisar el caso de cada uno. Dios sería un tipo de juez a quien no se le escapa nada. Si no fuera por la gracia, la merced y la comprensión que nos había prometido mostrar a todos los que nos identifiquemos con la causa de su Hijo, no habría manera de salir impune de esta “revisión global” de cada persona.

3.5.3.      Desde tal perspectiva, según la supuesta lógica paulina, la redención realizada en Cristo por nosotros correspondería al resultado dado en nuestro favor del temido juicio divino contra la humanidad Conforme a esta interpretación de Pablo, Cristo nos ha garantizado la salvación, es decir, la impunidad, de modo que no hay que preocuparse por lo que podría venir. Ya sabemos que Dios nos quiere, que no buscará castigamos, que al final no nos creará ningún problema.

3.6. No es quizá la imagen más agradable de Dios que se podría tener. No obstante, llama la atención la plena confianza que manifiesta Pablo ante un futuro tan amenazante para muchos. ¿Cuál fue la base de esta esperanza que probablemente no habrá parecido la más “racional” a muchos?

3.6.1.      Aquí entra en juego el significado para Pablo de la muerte de Cristo. Leamos, por ejemplo, lo que escribe en Rm. 5, 8.10:

Pero Dios prueba que nos ama, en que, cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros... si Dios, cuando todavía éramos sus enemigos, nos puso en paz consigo mismo mediante la muerte de su Hijo, con mayor razón seremos salvados por su vida, ahora que ya estamos en paz con él.

Parece que, para Pablo, es la muerte de Cristo más que nada la que nos permite confiar sin duda alguna en el firme compromiso de Dios para con nosotros.

3.6.2.      Pero, ¿cómo puede ser esto? ¿Cómo es posible que la ejecución político-represiva de un tal Jesús —la crucifixión, muerte cruel, sin embargo de ninguna manera única, pues otros también en la antigüedad habían pasado por la misma experiencia— pueda servir como fundamento principal de la fe, a la cual tan poéticamente Pablo da expresión en Rm. 8, 38-39? Es decir,

...nada podrá separamos del amor de Dios: ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los poderes y fuerzas espirituales, ni lo presente, ni lo futuro, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra de las cosas creadas por Dios. ¡Nada podrá separarnos del amor que Dios nos ha mostrado en Cristo Jesús nuestro Señor!

O            sea, del amor representado por excelencia en la cruz.

 

4.         Tesalonicenses

4.1. Es interesante que el tema de la muerte de Cristo no tuviera mucha importancia para Pablo al comienzo de su ministerio. En 1 Tesalonicenses se refiere sólo una vez (5, 10) a la crucifixión de Jesús como símbolo de la salvación. En otra parte de la misma carta (1, 9-10), en un resumen de la predicación original de Pablo en la ciudad de Tesalónica, aunque se note que Jesús “fue resucitado de entre los muertos”, de modo que tuvo que haber fallecido primero, la redención se dará solamente cuando el Hijo de Dios en su retomo desde los cielos “nos rescate [rhuomenon] de la ira que está por llegar”. Así que la muerte de Cristo aún no era para Pablo un acto salvífico en sí. Este se proyecta para cuando llegue el resucitado en un próximo futuro.

4.2. De la misma forma, en 1 Ts. 4, l3ss no hay ningún “beneficio” alcanzado por la muerte de nadie. El fallecimiento no anticipado de varios hermanos de la iglesia tesalonicense había llegado como una sorpresa total, creando cierta consternación entre estos primeros cristianos y aparentemente también en Pablo. Si los mismos compañeros ya se habían “dormido” (muerto) antes de la segunda venida de Cristo, ¿cómo iban a poder participar de la redención que les había prometido Pablo en el nombre del Señor?

4.3. La respuesta que da Pablo en 1 Ts. 4, l3ss a esta perplejidad es bastante sencilla. Los muertos en Cristo resucitarán primero y, junto con los que todavía estén vivos, subirán a encontrarse con el Señor arriba “por las nubes” para estar con él para siempre. No se nota en esta “solución” al problema de la muerte “prematura” de los hermanos tesalonicenses, ningún presentimiento de la posición tomada por Pablo con posterioridad en su primera Carta a los Corintios (1 Cor. 15, 36.50ss), donde la muerte se entiende ahora como parte “natural” del proceso de transformación del ser humano, y por ende un paso imprescindible para alcanzar la vida nueva, esto es, el cuerpo humano resucitado y glorificado.

 

5.         1 Corintios

5.1. En 1 Cor. 1,23 y 2,2, Pablo pone como base de su interpreta­ción del evangelio cristiano la memoria de “Jesucristo, y éste crucificado”. Sabe muy bien que tal enfoque será para unos todo un escándalo, y para otros una enorme tontería.

5.1.1.      El contexto literario de esta afirmación, dos veces repetida al comienzo de la carta, hace ver que uno de los motivos principales de 1 Corintios fue el contrarrestar otra interpretación diferente y, al parecer, bastante atractiva del evangelio cristiano. Esta otra interpretación, en contra de la cual escribe Pablo, presentaba al mensaje cristiano como un tipo de conocimiento privilegiado de una elite espiritual, o sea, como sabiduría “gnóstica”. Pablo se opone a esta visión del ser cristiano. Insiste en que la opción cristiana sea primero la identificación con la cruz de Cristo. Por ello, en 1 Cor. 1, 17 se contrasta esta creencia con la sofia logou que amenaza con vaciar el símbolo de la cruz de su poder.

5.1.2. Sin que aún sepamos cómo, es evidente que Pablo llegó a ver en la muerte de Cristo una expresión muy apta, si no la más indicada, del esfuerzo hecho por Dios para salvarnos. Tal muerte significa ahora para él una suerte de sabiduría (véase 1 Cor. 1, 24) que no tiene nada que ver con las palabras y los razonamientos usualmente tomados por persuasivos. La cruz de Cristo constituye la mejor “demostración de espíritu y poder” divino-redentor (1 Cor. 2, 4). Según Pablo, la cruz de Cristo es donde Dios ha hecho patente la estupidez de la sabiduría de este mundo (1 Cor. 1, 20-21). La supuesta tontería de Dios resulta más sabia que [la sabiduría] de los seres humanos, de igual modo que el punto más débil de Dios tiene más fuerza que [lo más fuerte] de los seres humanos (1 Cor. 1,25).

5.1.3.Tal estilo de obrar por parte de Dios no debe sorprender a los corintios, dice Pablo, porque si no fuera así, ¿cómo es que Dios los eligió a ellos?, quienes antes no habían sido gran cosa en el mundo, ni muy sabios, ni poderosos, ni “nobles” (1 Cor. 1, 26) . De no ser la verdad, esta afirmación sería un insulto grave. Además, representa el punto clave en el argumento teológico que el apóstol viene desarrollando en los primeros capítulos de 1 Corintios. El status social original de los destinatarios de esta carta se toma como otra muestra de la soterio-lógica divina constatada por la cruz de Cristo.

5.1.4. Pablo hace recordar que antes los corintios no eran considerados como “gente fina”. No pertenecían a la clase social legalmente libre en la antigüedad de cualquier peligro de ser sometida a la tortura o a una ignominia semejante, como la cruz, castigo reservado para los esclavos y otras personas sin derecho alguno. Si esto no le importó a Dios, es decir, si El optó por escoger, como pueblo suyo, a los llamados “vulgares” (agene) y “asquerosos” (exouthenemena) del mundo antiguo, totalmente “sin presencia” (1 Cor. 1, 28) en el escenario de la vida social, ¿cómo es, se pregunta Pablo, que ahora los corintios podrían tener vergüenza o reírse o no reconocer en su manera de predicar el evangelio una correlación directa entre el estado anterior socio-espiritual de los corintios y la cruz de Cristo como instrumento de salvación? Porque tal muerte no era precisa­mente el modo más honorable de morir, de igual forma que los corintios no habían disfrutado anteriormente de un status muy “honorable” de vivir.

5.2.En 1 Corintios, Pablo se defiende ante cargos de incompetencia apostólica. Era la conclusión agresiva que unos “hermanos” habían sacado del hecho evidente de que Pablo no era un buen hablador o “intelectual-teólogo”. Además su forma de ser era culturalmente despreciada, dado que trabajaba con las manos (1 Cor. 2, 3). Para responder a estos prejuicios, el menor de los apóstoles tuvo que insistir, como ya se ha indicado, en la plena y estrecha coherencia entre su mensaje centrado en la cruz de Cristo y la historia personal de los corintios. Era esa misma cruz la que mejor simbolizaba la opción de Dios por la humildad, tanto respecto al objeto de su favor, esto es, los “humildes”, como a su método de redimir por medio de la “humillación”.

5.2.1.Esta opción de Dios por la humildad, de acuerdo con Pablo, tenía el fin adicional de humillar a los que se suponían sabios y fuertes. Sería más o menos la misma estrategia que Sócrates, el conocido filósofo antiguo griego, había empleado al hacer el papel de tonto entre sus compatriotas para así evidenciar la ignorancia total de quienes creían saber algo, y ni siquiera sabían que no sabían nada. De esta forma se procuraba poner en cuestión a lo supuestamente establecido y su presumido derecho de imponerse (1 Cor. 1, 28). Sin embargo quedaba, en el caso cristiano, por definir cómo era que la crucifixión de Cristo lo pudo hacer. ¿Cuál fue el “mecanismo” que hizo posible que la muerte de un tal Jesús fuera capaz de tanto?

5.3. En 1 Cor. 1, 30, Pablo agrega tres palabras más a su com­prometida correlación entre (la cruz de) Jesucristo y la sabiduría divina. Estas son los términos: justicia (dikaiosyne), santidad (hagiasmos), y re­dención (apolytrwsis), que deben ayudar a precisar el carácter específico de lo realizado “en Cristo Jesús”. Pero ahí se queda. La conclusión que saca de inmediato en 1 Cor. 1, 31 vuelve al tema del orgullo, y al deber cristiano de únicamente enorgullecerse en el Señor.

5.4. En 1 Cor. 2, 6ss hallamos de nuevo el tema de la sabiduría especial “espiritual” del evangelio cristiano. A la vez el problema particular de la predicación paulina se deja de lado, para trabajar más el problema de fondo que era el status particular de Pablo como apóstol, y la necesidad de aclarar algunas cosas en cuanto a su liderazgo en esta capacidad. No obstante, en 1 Cor. 2, 8 se hace un comentario de importancia para nuestra investigación, aunque tampoco aquí se elabore más el significado preciso de la afirmación.

5.4.1. Me refiero a la declaración de que “si los líderes de este eon hubieran sabido” el misterio representado por la cruz de Cristo, que ahí se había escondido como tesoro clandestino la sabiduría de Dios, hecho de propósito para que así “nosotros” alcanzáramos la gloria, “no habrían crucificado al Señor de la gloria”. ¿Cómo es que por la crucifixión de esta persona, la preeminencia socio-cosmológica de “los líderes de este eon” se puso en peligro?

5.4.2. Un hombre fue matado. Terminaron con “el Señor de la gloria”. Ahora este homicidio no sólo amenaza con traer venganza —la ira veniente del padre celestial de Jesucristo—, sino que además, según Pablo, fue el mecanismo no percatado, la estrategia oculta, el arma secreta por la cual Dios hizo tumbar a la cúpula de poder mundial, y por supuesto a todo lo que depende de ella. De esta forma los cristianos, al decir de Pablo, ya podemos disfrutar del espíritu de Dios y de la vida que él anima, aunque aún apenas en parte.

5.4.3. Pablo no dice directamente que Cristo tuvo que morir para que pudiéramos tener acceso a estos beneficios. Pero, ¿qué habría pasado si “los líderes de este eon” se hubiesen dado cuenta del asunto y no eliminan al Señor de la gloria; si se hubiesen limitado al uso menos absoluto represivo del encarcelamiento, el exilio, la frustración, la fatiga; si hubiesen dejado que el joven Jesús pasara la vida luchando por cambios que siempre quedaran en el horizonte?

5.4.4. Claro, lo mataron, y después se da la creencia paulina de que a través de este acto bastante violento se había realizado “por nosotros” la voluntad de Dios “desde lo más antes posible”. No se dice que Dios quería esta muerte, ni que la requería. Pero sí, a fin de cuentas, se piensa ver en lo acontecido un medio no previsto de salvación .

5.5. En 1 Cor. 6, 20 y 7, 23, se usa dos veces el mismo lenguaje técnico de la redención de esclavos. Se dice que “ustedes fueron comprados por un precio” y por eso hay que portarse de acuerdo con la voluntad del nuevo Señor comprador, y no como si ahora estuviesen libres de cualquier compromiso u obligación.

5.5.1. ¿Cuál es este “precio” (time) que se pagó? Pablo no lo es­pecifica. Lo único importante para él en ese contexto es subrayar el hecho de que con el evangelio cristiano los corintios no habían recibido ninguna libertad sin responsabilidad, sino que desde el momento en que estuvieron liberados deberían haber tomado en cuenta y haberse conformado a la voluntad de quien pagó la cuenta de su redención, o sea, de quien asumió el costo de este proceso. Todo lo demás lo deja en el aire, no obstante que ahora nos parezca imprescindible precisar cuánto cuesta, y aún más importante, a quién se le va a cobrar la sangre derramada por esta libera­ción.

 

6.         2 Corintios (5, 14-21)

6.1. En 2 Cor. 5, 14-21 el sentido de la muerte de Cristo se profundiza más, reflexionando ahora sobre el “ministerio de la reconcilia­ción” que tenemos, según Pablo, todos los cristianos. La situación concreta que da impulso a este discurso es el conflicto, más fuerte que nunca, entre el apóstol y los “hermanos” corintios que cuestionaban su estilo de liderar.

6.2. Pablo niega tener que presentarse o hacerse recomendar de nuevo a los corintios (2 Cor. 5, 12). Espera ya tener presencia en su conciencia (5, 11). Y así, sin mayor transición lógica, empieza a explicar una vez más su forma de entender el amor de Cristo que agarrados nos mantiene sujetos a todos los cristianos.

6.3. El concepto del amor de Cristo que Pablo trata de desarrollar en 2 Cor. 5, 14-2 1, depende por su coherencia y fuerza de la interpretación (krinantas) que da el apóstol al hecho de que, en Cristo, “uno murió por todos” (5, 14). Para Pablo, la consecuencia más importante de este acontecimiento es que “así (ara) se murieron todos” (5, 14). De este modo se toma la muerte física de Cristo como la causa directa de la muerte existencial-simbólica de todos los demás (¿cristianos?), la cual es simultáneamente el comienzo de un nuevo estilo de vivir que debería distinguir a los que ahora estamos “en Cristo”.

6.4. La muerte de Cristo ha creado, de acuerdo con Pablo, las condiciones objetivo-subjetivas indicadas para cambiar de forma radical la ética socio-política de los seres humanos ¿no sólo cristianos?). Esto es posible por haber descalificado de plano todo lo que se podría entender de lo contrario como parte de la vida “normal”, o sea “normativa”, es decir, “según la carne” (kata sarka). Hasta el mismo Jesús histórico, a quien Pablo llama “Cristo según la carne”, no va a ser tomado ahora como punto de referencia clave para definir el ser cristiano, aunque antes fuera así. Si uno está “en Cristo”, insiste Pablo, combatido por todos lados, quiere decir que ya pasó la vida anterior, que todo tiene que ser definido de nuevo, pues ya formamos parte de una nueva creación .

6.5. La muerte de Cristo nos llevaría a la agonía originaria del mundo, el parto primordial del universo humano, la creación primaria. Nos pone ante el reto y la obligación de imaginarnos, y con base en esta imaginación de procurar la realización de una nueva “síntesis” llamada por Pablo la “reconciliación”, que sería la superación de todas las con­tradicciones que han “rayado” el orden anterior, por ejemplo, el pecado, la muerte, la división faccionaria.

6.6. En 5,19, Pablo declara que Dios estuvo en Cristo el crucifica­do —igual que ahora nosotros estamos en él— “reconciliando el mundo consigo mismo”, —igual que “por medio de Cristo” (dia christou) se nos ha entregado el mismo ministerio de la reconciliación (5, 18)—. De modo que para Dios, la muerte de Cristo fue también un momento significativo de cambio. Ya no piensa más en recordar y hacer pagar todos los “delitos” (paraptwmata) que se habían dado en su contra y la falta de respeto por su voluntad hecha evidente en la historia humana, y que antes se imaginaba que tendrían que ser cancelados “en persona”, como un tipo de deuda, para poder empezar de nuevo.

6.7. “Por nosotros”, dice Pablo, “a quien no sabía nada de pecado, lo hizo pecado, para que llegáramos a ser la justicia de Dios en él” (5,21; véase también Rm. 8, 3-4). Según Pablo, con Cristo se borró la cuenta, se expulsó el mal elemento, se nos quitó la causa principal de los enfrenta­mientos antagónicos entre todo el mundo, inclusive Dios. Más precisamente, fue la cruz de Cristo, la condena a la muerte del declarado inocente hecho pecador, la que posibilitó este cambio tan radical de escena. ¿Qué pasa aquí?

6.8. La interpretación “ortodoxa” de 5, 21 propone la siguiente lectura del pasaje. En resumidas cuentas, Dios se habría pagado a sí mismo con la muerte de su único Hijo, Jesucristo, el precio horrible, pero inevi­table, de la vida de una persona sin culpa alguna por los cargos acumula­dos contra la humanidad. Entre los muchos problemas morales que tiene esta interpretación de la “propiciación” por Cristo, no sólo se da el hecho de que va en contra de cualquier imagen liberadora de Dios, sino que además carece del todo de lógica. Porque propone que debido a un concepto absolutamente rígido de la justicia, Dios habría autorizado o, peor aún, colaborado en el homicidio de su único Hijo, permitiendo que se matara a quien no tenía nada que ver con el asunto para resolver otro problema. El juez supuestamente pegado a la letra de la ley habría intervenido en el presente caso, terminando por cometer un crimen propio. No me parece .

6.9. Otra interpretación de 5, 21, ve en el mismo pasaje un uso particular del esquema expiatorio de la religión-política antigua medi­terránea. Para eliminar del cuerpo social un mal que lo venía afligiendo, pero no se dejaba localizar en un determinado agente o sustancia, había que buscar una víctima apropiada “sustitutiva”, quitársela y de esta forma “sanar” el malestar prolongado. El discurso de 5,21 sería otro instante más de esta lógica bastante común en la antigüedad (y ahora también), que veía en la violencia “selectiva” enfocada como corte quirúrgico —tipo ampu­tación—, la única manera de “darle solución” a un estado de crisis ge­neralizado. Tal mentalidad sería supuestamente el trasfondo cultural que Pablo aprovechó para darle un sentido salvífico a la muerte de Cristo .

6.10. Lo que no cabe muy bien en esta interpretación, o que aún queda por definir, es la relación precisa que existe entre la declaración en 5, 19 de que “Dios estuvo en Cristo reconciliando el mundo consigo mismo”, y 5, 21 de que “hizo pecado” a quien no sabía nada de pecado. Si leyéramos las dos afirmaciones en conjunto, sería que Dios, estando en Cristo, se hizo pecado a sí mismo, quien antes siempre se había mantenido a distancia de cualquier acto sospechoso.

6.11. Es interesante la curiosa falta de especificidad en la construcción retórica de la primera parte de 5, 21. Quién hizo pecado a quién, no se define claramente, depende de la lectura que uno quiere darle. Lo que sí se dice de manera explícita es que fue “por nosotros”, que eso pasó para que así “nosotros” pudiéramos llegar a ser quienes ahora incorporemos la justicia de Dios.

6.12. En 2 Cor. 5:14-21queda constatada por la muerte de Cristo la revolución en los valores sociales que se ha dado en la vida de Dios mismo, un cambio profundo y radical en las prioridades “éticas” del Padre celestial, quien ya no reclama más los privilegios de su status cosmológico, sino que ha optado por los valores de la solidaridad y el acompañamiento.

6.13. En 5,19 Pablo dice que en Cristo fue Dios mismo —en Flp. 2, 6, Cristo “en la forma de Dios”— quien compartió la realidad que sufren todos los que se han visto condenados de antemano a una muerte violenta antes de su tiempo. Únicamente así la cruz de Cristo podría expresar el amor de Dios hacia nosotros. De este modo Dios se manifiesta en contra de cualquier vida “divina”, segura con todo, al costo del su­frimiento de la llamada “masa perdida”.

 

7.         Gálatas

7.1. En su carta a los gálatas, más que en los escritos anteriores, Pablo hace referencia repetida a la cruz de Cristo. En esta comunicación apostólica se emplea asimismo con frecuencia el lenguaje de la redención. El tema de la muerte salvífica de Cristo se enfatiza tanto en Gálatas, quizá por la polémica que caracteriza la carta en general contra cualquier intento de “obligar a los no judíos a vivir como si lo fueran” (Gál. 2. 14). Al igual que en 1 Corintios, Pablo recurre en Gálatas a la cruz de Cristo para resaltar lo que le parece lo más esencial del evangelio cristiano.

7.2. Sin embargo, en Gálatas la cruz de Cristo no representa ya la opción de Dios por la humildad tanto como en 1 Corintios, sino que revela un modo opuesto al cumplimiento de “la ley” para salvarse. Este tema resulta tan importante para Pablo en Gálatas, que lo pone en primer plano en el saludo introductorio a la carta:

...gracia y paz sean con ustedes de nuestro padre Dios y el señor Jesucristo, quien se entregó [a la muerte] por nuestros pecados para liberarnos [exeletai] del presente eon malo según la voluntad de nuestro padre Dios (1,4).

En la última parte de la carta se subraya el mismo tema una vez más, para que no se olvide que la cruz, y sólo la cruz, debe ser motivo de orgullo de los seguidores de Cristo, porque fue “por la cruz de nuestro señor Jesucristo” que “el mundo me ha sido crucificado, y yo igual al mundo” (6, 14). De esta forma se trata de fundamentar la convicción firme de Pablo de que no fue necesario, y más bien fue un error fatal, el intento de los gálatas de confundir y, peor aún, reemplazar la promesa de su evangelio con otra práctica.

7.3. En 2, 19-21 la muerte de Cristo, de acuerdo con Pablo, descalifica, como medio de salvación, lo que él llama “la ley”, o sea, el sistema cultural dominante del pueblo judío antiguo. Para Pablo, quien se haya identificado con la muerte de Cristo, ha sido “crucificado con Cristo” (2, 19), lo cual implica haber negado a la ley cualquier poder de definir la vida del cristiano.

7.3.1. La muerte de Cristo podría parecer un suicidio. Cuando no es por obligación, como a veces se hacía en la antigüedad, el suicidio representa el acto final, y por eso innegable, de negación del mundo contextual, inaceptable para la víctima. Así también exclama Pablo desde la cárcel en su Carta a los Filipenses: “para mí la vida es Cristo, y la muerte es ganancia... por un lado quisiera morir para ir a estar con Cristo, pues eso sería mucho mejor para mí” (Flp. 1,21.23). Sin embargo, no se deja morir. De igual forma que la muerte de Cristo no representa para Pablo apenas un rechazo conducente al “mal” de este mundo, sino que forma parte de una estrategia para cambiar la vida, también en su caso Pablo reconoce que “a causa de ustedes es más necesario que siga viviendo” (Flp. 1, 24).

7.3.2.      Es “por la fe del hijo de Dios quien me amó y se entregó [a la muerte] por mí”, dice Pablo, que ahora podemos vivir (Gál. 2,20). Si la justicia, o sea la vida para todos, se hubiera podido alcanzar de otro modo, si no fuera casi inevitable que se tuviese que pasar por esta experiencia muchas veces violenta de la confrontación y la reacción, entonces Cristo, según Pablo, murió “en vano”, por gusto, por nada entregó la vida.

7.3.3.      Lo que da a la muerte de Cristo su poder salvífico es que, por un lado, no deja lugar a duda que el modo “oficial” de mejorar las cosas, el que Pablo llama “la ley”, sigue siendo para muchos, sostiene el mismo apóstol, todo un engaño. Por otro lado, la muerte de Cristo se vuelve ejemplo paradigmático, testimonio que define el camino que seguir, símbolo político, acto conmovedor, pauta de vida por su manera de enfrentar la injusticia.

7.4. En 3, 13 y 4, 5 Pablo afirma dos veces que Cristo nos ha “comprado” la libertad, pagando el precio necesario para que salgamos redimidos. En 4, 5 esta declaración forma la última parte de un breve sumario mítico del evangelio cristiano. Según Pablo, antes andábamos esclavos de las estructuras dominantes de este mundo (ta stoicheia tou kosmou, 4,3). Después, en el momento indicado (to plerwma tou chronou), Dios mandó a su Hijo para vivir entre “nosotros”, los seres humanos, “quien nació de una mujer, que estuvo sujeto a la ley”, igual que nosotros, para que de esta forma “rescatara [exagorase] a quienes estuvieran sujetos a la ley”, es decir, “para que consiguiéramos ser tratados [igual que él] como hijos [e hijas de Dios]” (4, 4).

7.4.1.      En 4, 5 no se menciona el modo preciso del rescate que efectuó el Hijo enviado de Dios, pero sí en 3, 13 se habla más sobre este detalle: “Cristo nos liberé de la maldición de la ley, haciéndose él mismo maldición por causa nuestra”. Lo mismo que en 2 Cor. 5, 21, donde “[Dios] lo hizo pecado” para así acabar con el problema del pecado, en Gál. 3, 13 Cristo se hace maldición para así quitárnosla. El símbolo más fuerte de esta lógica contradictoria es la cruz, el “árbol” (xulon) del que quien se cuelgue es objeto de oprobio (epikatarato).

7.5.En 3, 13 la muerte de Cristo sirve para constatar que la salvación otorgada “en Cristo” no puede requerir la observación de la ley judía, puesto que la manera en la que El murió, según esta ley, lo hace un condenado sin remedio. Para Pablo, no es posible ver en el Cristo crucificado a quien nos da la vida contra toda condena, y, a la vez, seguir insistiendo en la validez o, peor aún, abogar por la vigencia soteriológica del sistema político-religioso que condenó a Cristo a la muerte.

7.5.1.En la muerte de Cristo, según Pablo en Gálatas, el criterio “legal” pierde toda su autoridad para definir quién tendrá derecho a recibir de la herencia de Abraham y de este modo disfrutar del patrimonio del pueblo de Dios. La promesa hecha por Dios al patriarca desplazado, de que todos sus descendientes serían elegibles para recibir todos los beneficios que podría dar el padre celestial, se ha abierto ahora a todos los pueblos de la tierra. La primera manifestación de esta apertura escatológica es el “espíritu” divino que se viene repartiendo libremente sin criterio cultural (Gál. 3, 14; véase también Gál. 3, 1) o privilegio social (1 Cor. 1, 26ss) a todos los que hayan optado por estar “en Cristo”.

 

8.         Romanos

8.1. Pasemos al último escrito paulino: la Epístola a los Romanos. En esta carta-tesina teológica, el apóstol de los gentiles trata de presentar un resumen o bosquejo más o menos detallado de su evangelio. Se aprecia aquí el lugar que finalmente llegó a tener la muerte de Cristo en el pensamiento soteriológico de Pablo.

8.2. Veamos primero, en términos muy generales, la estructura del argumento de Rm. 1, 18-8,39 .

1, 18-3, 20      Problema: la condición humana —“estamos mal”
3,21-26           Respuesta: la justicia de Dios por la fe de Jesucristo
3,27-4, 25       Consecuencia: excluido todo orgullo
5, 1-5              Resultado: tenemos paz/acceso al favor
5, 6-11            Fundamento: Dios nos ha constatado su amor
5, 12-21          Explicación: así por un hombre...
6, 1-7,25         Realidad: lucha permanente
8, 1-39            Porvenir: la vida en el espíritu

8.3. Un texto clave para cualquier discusión del tema de la redención en Pablo es Rm. 3, 2 1-26: la “respuesta” al problema del pecado y la culpabilidad universal cuya descripción se acaba de dar en 1, 18-3, 20. En 3, 21-26 se recoge mucho de lo que ya hemos visto en las cartas paulinas anteriores. Por ejemplo, en 3, 22 se dice que la justicia de Dios se ha manifestado por la fe de Jesucristo, sin que la ley entre en juego. Al igual que en Gál. 2, 20-21, Pablo declara vivir “por medio de la fe del Hijo de Dios”, cuya muerte habría sido por nada (dwrean) en caso de que la justicia [de Dios] se realizara “mediante la ley”. En Rm. 3, 24 leemos que ahora estamos “libres” de cualquier cargo (dikaioumenoi), sin tener que pagar nada (dwrean), por el “favor” (charis) que Dios nos ha hecho llegar mediante la “redención” (apolytwsis) que se realizó “en Cristo Jesús”; al igual que en 2 Cor. 5, 21, se dice que hemos llegado a incorporar la justicia de Dios (dikaiosyne) porque en Cristo se borró la cuenta de cualquier deuda de honor que pudiera impedirlo. En Rm: 3, 25, como en Gá.l. 4, 4, Dios propone a su Hijo para efectuar el requerido arreglo.

8.3.1. No obstante, en Rm. 3, 25 la cosa se complica por el lenguaje sacrificial que se emplea al hacer referencia a la muerte de Cristo. Especialmente problemático ha sido el término hilasterion, que se suele traducir como acto, instrumento, o lugar de “expiación” o “propiciación”. En este caso, la muerte de Cristo habría sido interpretada por Pablo como el sacrificio compensatorio hecho por Dios a sí mismo para de esta manera poder pasar por alto los pecados, que de lo contrario estaría obligado a juzgar.

8.3.2. Es el mismo problema hermenéutico que encontramos en 2 Cor. 5, 21, sólo que ahora en Rm. 3, 25 se da a nivel del vocabulario mismo del versículo. Nótese además la frase, “en o por su sangre”. Cristo murió, dice Pablo, para dar evidencia (endeixis) de la justicia de Dios. Es difícil evitar la conclusión de que el menor de los apóstoles terminó su andar teológico, pensando sobre la muerte de Cristo del mismo modo que en Flp. 2, 17 reflexiona sobre el posible fin de su propia vida: “sacrificado como libación para completar la ofrenda y servicio de la fe” de los filipenses .

8.4. En Rm. 5, 6-11, la muerte de Cristo sigue siendo para Pablo el acto revelador por excelencia de la voluntad de Dios. A nivel de las fórmulas, no hay nada nuevo. En 5, 6, por ejemplo, leemos que Cristo murió “por los malos”. En 5., 8, lo mismo pasó “por nosotros”. En 5, 9, quedamos justificados “en o por su sangre”. En 5, 10, andamos recon­ciliados con Dios “mediante la muerte de su Hijo”.

8.4.1. En 5, 6-11 no es el hecho de la muerte de Cristo lo que le llama la atención a Pablo, sino cuándo ocurrió. Es la “coyuntura” de la crucifixión la que hace que tal evento sea tan significativo para él, la que le permite ver en la cruz de Cristo la mejor expresión del amor de Dios. Porque la muerte de Cristo, afirma Pablo, se produjo “cuando nosotros éramos incapaces de salvamos” (5, 6); “cuando todavía éramos pecadores” (5, 8); “cuando todavía éramos sus enemigos” (5, 10). Tal entrega de la vida se opone a la experiencia más común de que:

No es fácil que alguien se deje matar en lugar de otra persona. Ni siquiera en lugar de una persona justa; aunque quizás alguien estaría dispuesto a morir por una persona verdaderamente buena. (Rm. 5,7)

8.4.2.      Este amor tan excepcionalmente manifestado en la cruz de Cristo, es lo que lleva a Pablo a la conclusión de que tal muerte sólo se había podido producir “por nosotros”, de acuerdo con la voluntad de Dios. Cristo tiene que haber muerto de propósito divino, para que el carácter “sin límite” de su compromiso con nosotros se haga evidente. Si la muerte de Cristo no se hubiese dado como parte integral de la decisión de meterse en el juego por el poder y por la vida de su tiempo —un riesgo asumido, hasta término lógico de ésta opción—, si hubiese pasado apenas a causa de un accidente o como resultado de la ingenuidad, no podría representar el decidido “amor al prójimo” que por el contrario pretende incorporar.

8.5. En Rm. 5, 12-21. Pablo intenta explicar cómo es que lo acontecido en Cristo puede tener tanta trayectoria. Por eso hace en estos versículos la comparación, bastante audaz, entre la historia del crucificado y las consecuencias de lo acontecido en Adán.

8.5.1.      Lo que nos interesa en este texto es la evidente convicción de Pablo de que ha habido personas en la historia humana cuyo actuar particular ha conllevado o creado condiciones de vida (y muerte) muy significativas para todos. En 5,19 se menciona de manera específica la “desobediencia” de Adán y la “obediencia” de Cristo, como los elementos “motores” de la transformación universal que ambos impulsaron (el primero para mal, el segundo para bien). En el caso de Cristo, fue su compromiso firme e invariable con el proyecto de “rescate” que le había encargado Dios el que, según Pablo, lo llevó finalmente a la cruz, un destino que asumió y del cual no se desvió.

8.5.2.      En cualquier guerra, tal como el conflicto ontológico-­sistémico que Pablo describe en 5, 12-21 entre los dos “superpoderes” de la muerte/el pecado y la vida eterna/la justicia divina, es siempre posible, de acuerdo con el estado del proceso, que un determinado error o acción particular, como el fallecimiento o la entrega heroica de una vida, se interprete después como la clave responsable de la derrota o el triunfo eventual de los antagonistas. De esta forma, en 5, 12-21 la muerte de Cristo se representa como parte del paso decisivo en la lucha por la vida de los “redimidos”, hijos e hijas de Dios.

8.5.3.      Estamos en guerra, dice Pablo, una guerra quizá no percibida por todos, una guerra no “legal”, como durante el período desde Adán hasta Moisés, una guerra “sucia”, “de baja intensidad” se podría decir, pero de todos modos evidente e innegable por todos los muertos que se han dado, y que no se habrían dado si no fuera así. A nosotros, según Pablo, presos de esta guerra, nos ha rescatado Cristo a costo de su propia vida.

8.6. Por eso, quizá, Pablo enfatiza tanto en Rm. 6, 3-11 la identifi­cación profunda del cristiano con la muerte de Cristo en el rito bautismal: “al quedar unidos a Cristo Jesús en el bautismo, quedamos unidos a su muerte” (6, 3); “por el bautismo fuimos sepultados con Cristo, y morimos” (6, 4); “nos hemos unido a Cristo en una muerte como la suya” (6, 5); “lo que antes éramos fue crucificado con Cristo” (6, 6); “nosotros hemos muerto con Cristo” (6, 8). Tal identificación nos lleva ahora, afirma Pablo, a vivir de otra manera: “para ser resucitados y vivir una vida nueva” (6,4); “para que el poder de nuestra naturaleza pecadora quedara destruido y ya no siguiéramos siendo esclavos del pecado” (6, 6); “muertos respecto al pecado, pero vivos para Dios en unión con Cristo Jesús” (6, 11). La lógica de este cambio es bastante sencilla: “Porque, cuando uno muere, queda libre del pecado” (6,7), y de cualquier otra cosa que pudiera mantenemos “enganchados” del sistema pecador, de la obligación y la “vida muerta”.

8.6.1.      En el bautismo, dice Pablo, nos hemos despedido simbólico­-políticamente de este mundo pecador/de muerte, confiados en que pronto compartiremos la otra vida manifestada en la resurrección de Cristo, una vida libre de temor, de odio, de resentimiento, de tanta falta de satisfacción. Esta vida todavía no la disfrutamos en su plenitud. No obstante, de acuerdo con Pablo, ya disfrutamos de su “espíritu”, el “adelanto” del nuevo orden que nos ha sido dado en la vida cristiana compartida, y que se expresa como presentimiento, ánimo, anticipación, guía, semilla de otro reino.

8.7. Lo que hace de la muerte de Cristo uno de los símbolos más aptos de la vida cristiana, en cuanto “liberada” del poder del pecado y de la muerte, y por ello capaz de enfrentarse sin miedo o temor al porvenir, es la relación que tiene para Pablo la imagen de la cruz con la “espiritualidad” de lucha y perseverancia, que en Rm. 8 se presenta como la base del proyecto cristiano. Con este tema de la nueva vida por el espíritu de Dios, Pablo concluye el argumento teológico que viene desarrollando desde 1,18 (hasta 8, 39). Lamentablemente, es un tema que aquí no podemos profundizar más .

9.         Conclusión

9.1. En este trabajo hemos investigado varios aspectos del tema de la redención en Pablo, en especial la relación que podría tener la expresión de los beneficios de vivir ahora “en Cristo” con la experiencia, tanto antigua como contemporánea, de la violencia social. El enfoque particular ha sido, pues, el sentido de la muerte de Cristo en Pablo.

9.1.1.      Llama la atención que al comienzo de su ministerio itinerante, Pablo no pusiera ningún énfasis especial en la crucifixión de Cristo, y que su reclamo posterior de este dato como eje principal de su interpretación del evangelio cristiano, variaba bastante respecto a la explicación precisa que le daba. Parece que Pablo fue meditando poco a poco, aunque siempre con mayor intensidad, sobre el sentido de esta muerte, tal vez por la correspondencia que él habrá sentido cada vez más fuerte, entre su propia experiencia histórica como cristiano, y el destino final del proclamado redentor. La redención realizada “en Cristo” había costado sangre, del mismo modo que el ministerio de la reconciliación que Pablo practicaba le iba “sacando el jugo” de su vida.

9.2. Parece que a Pablo nunca se le ocurrió preguntar si en un determinado contexto socio-político sería posible hablar de un uso cristiano de la violencia, para llevar a cabo la redención de personas esclavizadas por la muerte y el pecado y acabar de esta manera con un sistema “inter­nacional” de estructuras hostiles a su bienestar, y no sólo de la violencia sufrida. Porque la interpretación que a veces se hace de la postura paulina en este aspecto, es que únicamente la violencia sufrida tenía para Pablo un poder redentor. Los consejos políticos, por ejemplo, que de vez en cuando se dan en sus cartas (ver, entre otros, 1 Ts. 4,.9-12; Rm. 13, 1-7), no son muy prometedores en este sentido para una lectura más radical del evangelio cristiano, sin hablar de posturas “revolucionarias” .

9.3. La violencia como un medio posible de salvación, parece ser en Pablo una característica del difunto Cristo crucificado y de quienes estamos en él. No se nota en el discurso paulino sobre la redención, ninguna indicación acerca del derecho u obligación de la víctima de opresión y abuso de defenderse a sí misma y a los suyos, como pueda. Solamente parece afirmarse el valor del martirio.

9.3.1.      Desde este punto de vista, el sentido de la muerte de Cristo para Pablo sería apenas un instante más de la violencia injustamente sufrida por los “justificados”, sin que se detenga ni por un minuto la violencia “normalizada” de todos los días. Así parece.

9.3.2.      Es un problema. Tal postura de “paciencia divina” se da en parte por el horizonte apocalíptico nunca abandonado, dentro del cual el menor de los apóstoles iba reflexionando sobre el sentido de su evangelio, y particularmente de la muerte de Cristo, esperanzado en que de pronto interviniera Dios de modo absoluto en la “desconstrucción” del orden reinante. La redención ya realizada por Cristo en la cruz sería, pues, en ese entonces universalmente reconocida y completada. Pero, ¿hasta cuándo se puede o debe esperar?

9.4. De Pablo no nos ha llegado ninguna reflexión sobre el proyecto socio-político detrás del Cristo crucificado, o sea, el actuar comprometido que no se terminó dejando a Jesús así no más colgado de la cruz —el hombre que Pablo llama “Cristo según la carne”—. A la vez, Pablo insiste en que la violencia sufrida por esta persona no fue ni una mera tragedia ni aceptable como tal. El sentido de su muerte —fluctuante en el recuerdo, profundo y oscuro como el pozo del cual se toma agua fría, siempre entintado con dolor— depende totalmente del proyecto redentor lanzado por Dios dentro del cual ocurrió.

9.5. En sí, la muerte de Cristo no vale nada para Pablo. Ella no es “buena” como tal. Para que no haya sido simplemente en vano, requiere de la nueva vida de quienes asuman por el bautismo y el espíritu de Dios la trayectoria histórica de esta muerte, y que no se dejen conformar a este eon con sus prácticas esclavizadoras en su manera de pensar y portarse. Solamente así se dará por medio de ella la redención final de todos los pueblos de la tierra.

 

Leif E. Vaage
75 Queen’s Park Crescent E.
Toronto, Ontario M5S 1K7
Canadá

Se trata en este artículo de un ensayo en el sentido más estricto de la palabra. Es un intento, a veces bastante tentativo, de encontrar una respuesta a la pregunta, ¿cuál es la relación entre el mensaje de la redención en Pablo y la violencia de la cruz?, sin poder saber de antemano hasta qué punto las siguientes reflexiones, mayormente exegéticas, serán útiles o no al lector. Pero sí creo que es casi inevitable que los temas de la redención y de la violencia se toquen, y que uno vaya definiendo el aporte particular que (no) ofrece el pensamiento paulino a este problema estrechamente ligado al diario vivir latinoamericano.

Escribo pensando en el Perú, sin embargo no pretendo dar ninguna respuesta teológica global a la problemática socio-política peruana. No soy la persona indicada para hacer este trabajo, obviamente necesario. Escribo más bien desde las serias dudas e inquietudes personales que el proceso peruano me viene creando. ¿Dónde cabe, si es que cabe, el discurso paulino sobre el poder salvífico de la cruz de Cristo en este país, donde ya se llevan más de trece años de prolongada guerra sucia? ¿Qué sentido tiene aquí y ahora la convicción de Pablo de que fue en Cristo el crucificado que se ha dado a conocer la redención de la humanidad? Tomo la frase, “el Perú hirviente de estos días”, del libro de Alberto Flores Galindo, Buscando un inca: identidad y utopía en los Andes. Lima, Instituto de Apoyo Agrario, 1988 (3a. cd.), 345-389.

En el caso particular de Cristo, el sentido deseado fue experimentado por Pablo precisamente en su visión no esperada del resucitado, y por el espíritu que lo acompañaba. Hoy, ¿cómo es que se vive esta visión y se disfruta del mismo espíritu en medio de los procesos actuales de muerte?

Véase, por ejemplo, Wilfred Haubeck, Loskauf durch Christus: Herlcunft, Gestalt und Bedeutung des paulniischen Loskaufmotivs. Giessen-Basel/Witten. Brunnen/Bundes-Verlag, 1985,7-135. En el mundo de Pablo no existíaun concepto de la redención “gratis”, esto es, sin costo alguno. Puede que una persona saliera redimido sin haber pagado nada personalmente. Sin embargo alguien lo tiene que haber hecho, porque de lo contrario no era por “redención” que se había efectuado la liberación, sino de otro modo.

Se presupone en este artículo el resultado de una serie de investigaciones sobre el orden original en el que las cartas paulinas “auténticas” fueron escritas, y la evolución o desarrollo correspondiente del pensamiento teológico paulino. Véase John C. Hurd, Jr., “The Sequence of Paul’s Letters”, en Canadian Journal of Theology 14 (1968), 189-200. En resumidas cuentas, el orden es: 1) 1 Tesalonicenses, 2) 1 Corintios, 3) Filipenses, 4) 2 Corintios, 5) Gálatas, y 6) Romanos.
Es importante saber que tal orden se basa principalmente, es decir, exclusivamente, en el testimonio de las cartas mismas y no en la historia contada por el libro de los Hechos de los Apóstoles. La razón es simple. El autor de los Hechos, al igual que el evangelio de Lucas, no nos provee ningún reportaje periodístico sobre la vida de Pablo, sino una perspectiva teológica, la cual, a través de la lógica narrativa que prosigue, trata de representar el sentido —y no tanto el orden original— de su actividad apostólica.

La última palabra es, en griego, eugeneis.

La palabra” medio” de salvación no se usa aquí con un sentido sacrificial ni sacramentalista, sino sólo para indicar que para Pablo algo pasó en la muerte de Cristo que cambió la realidad en la que ahora todos vivimos. Este cambio se produjo, se puede decir, mirando atrás, “por medio de” la crucifixión, a través de este acontecimiento, o sea, a causa de ella. Es muy importante reconocer que tal conclusión únicamente se saca como lectura de la historia anterior, no como plan de acción en el presente ni como propuesta para el futuro.

Es conocido que Pablo casi no transmite nada de lo que los evangelios relatan acerca de la vida “histórica” de Jesús. A Pablo no le parece interesar lo que “ya pasó”, se preocupa más bien por lo que está pasando ahora, y por lo que se suponía que estaba por pasar en un futuro próximo. La vida “normal” sería la vida antes de la muerte y la resurrección de Jesús, la vida “bajo la ley” —esto es, la vida “normativa”—, la vida que aún no gozaba del espíritu escatológico de Dios, el que Pablo pensaba que por fin ya se había entregado a todos los que estamos “en Cristo”.

Según mi colega en la Comunidad Bíblico-Teológica, el reverendo Pablo Barrera: “Esta interpretación ‘ortodoxa’ resulta idónea y necesaria para la lógica del proyecto neoliberal, de la ‘pacificación’ y de la lucha contrainsurgente. A saber: hay que matar para vivir; es inevitable matar para pacificar u obtener nuevos créditos”. Aprovecho este comentario para agradecer a Pablo por haber leído este artículo en borrador, y por haber hecho una serie de observaciones tanto críticas como constructivas. No tiene él ninguna culpa por el resultado final.

Véase Bradley H. McLean, Scapemen and Scapebeast Soteriology in the Letters of Paul. Ph. D. diss., University of Toronto, 1989; “Christ as a Pharmakos in Pauline Soteriology”, en Society of BiblicalLiterature 1991, SeminarPapers (Eugene H. Lovering, ed). Atlanta (GA), Scholars, 1991, 187-206, especialmente 193-195.

Los temas de la muerte de Cristo y la redención, únicamente aparecen en este primer bloque de Romanos (1. 18-8, 39).

Véase también Rm. 8, 32. En contra de esta interpretación, véase, por ejemplo, Elsa Tamez, Contra toda condena: la justificación por la fe desde ¡os excluidos. San José, DEI, 1991, 126ss; McLean, ‘The Absence of an Atoning Sacrifice in Paul’s Soteriology”, en New Testament Studies 38 (1992), 531-553, especialmente 545.

En Rm. 8, 23 se espera gimiendo en el espíritu de Dios con toda la creación, “la liberación [apolutrwsis] de nuestro cuerpo”.

No digo que tiene que haber un uso cristiano de la violencia. Solamente digo que a Pablo nunca se le ocurrió preguntar si lo habría. El pastor luterano alemán Dietrich Bonhoeffer, en su libro sobre la ática cristiana, habla del momento clave cuando el cristiano comprometido deja de preocuparse por su (falta de) inocencia, o sea, su posible culpabilidad, y empieza a ocuparse más bien del bienestar del prójimo. Es ahí donde surge el interrogante de si ¿no sería posible, y hasta necesario, reconocer en un contexto determinado y momento particular (como Alemania durante la Segunda Guerra Mundial), uniiso cristiano de la violencia para de este modo “redimir” al otro de una situación cada vez más intolerable?

 

 
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