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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas



 

 

SOLIDARIDAD, GOELAZGO Y PARÁBOLA

Las parábolas, expresión y escuela de goelazgo
Gonzalo M. de la Torre Guerrero

Las parábolas son una expresión del acontecer de Dios en Jesús, y también del acontecer de Dios en el ser humano. Dios acontece siempre que el ser humano se apropia la forma divina de obrar: entregarse a sí mismo. La esencia del goelazgo es exactamente ésta: entregarse a sí mismo para rescatar a un hermano de sus carencias. Las parábolas son la experiencia de Jesús en este sentido: en sentirse poseído por Dios, porque va adquiriendo mayor conciencia de la necesidad de la entrega y de la solidaridad con los oprimidos para transformar el mundo. Es precisamente aquí donde se palpa la fuerza revolucionaria del cristianismo, con su capacidad de atacar de frente a la sociedad insolidaria y con su posibilidad de formar un ser humano y una sociedad nuevos: solidarios, igualitarios, fraternos. A nivel histórico, la parábola recoge todo el proceso del goelazgo: la superación de la carne y de la sangre por la alianza, como medio para considerar a otro ser humano como hermano, y el fracaso del goelazgo oficial del A.T., enredada en la estructura egoísta de la monarquía. A nivel cultural, la parábola toca el esquema mental simbólico personal y social, y desde aquí crea capacidad estable de goelazgo. A nivel social, la parábola denuncia y desmonta el esquema mental que alimenta a la sociedad insolidaria, incapaz de liberar al ser humano, y expresa una clara solidaridad con las víctimas de la insolidaridad social. A nivel eclesiológico, la parábola es una escuela de formación del hombre solidario y liberador, que va a configurar a la iglesia. A nivel teológico, la parábola recupera a Dios como goel del oprimido. A nivel moral, trabaja en la formación del comportamiento del discipulado como liberador de sus hermanos. Y a nivel escatológico, la parábola enfrenta el conflicto que nace entre insolidaridad y goelazgo, hablándonos del tiempo del Reino —el tiempo del goelazgo— como algo definitivo y último. Por todo lo anterior, las parábolas se constituyen en inspiración o fuente de una pedagogía, una sociología, una eclesiología, una teología, una moral y una escatología de la liberación.

The parables are an expression of God happening in Jesus and also of God happening in the human being. God happens when­ever the human being takes on the divine way of working: delivering oneself up to one self. The essence of goel ship is ex­actly this: to deliver one self up to oneself in order to rescue a brother or sister from his or her needs. The parables are Jesus experiment in this: in sensing himself possessed by God because he is acquiring greater consciousness of the need for this deliv­ering-up and of solidarity with the oppressed in order to change the world. It is precisely here that we get in touch with the revolutionary force of Christianity, with its capacity for frontal attack against a society that lacks solidarity and with its ability to shape a new human and a new society: marked by solidarity, egalitarian, fraternal. At the historical level, the parable brings together the whole process of goel ship: the overcoming of flesh and blood by the Covenant, as a means for regarding ¡he other human being as a brother or sister; also the failure of the official goel ship of the O. T., stuck in the egoist structure of the monarchy. At the cultural level, the parable impinges on the mental schemes of individuals and society and thence creates a stable capacity for goel ship. At the social level, the parable denounces and dismantles the mental scheme that supports the society without solidarity which is unable to liberate the human being and expresses a clear solidarity with the victims of society’s lack of solidarity. At the ecclesiological level, the parable is a school for the formation of the person-in-solidarity, the liberating person who will give the Church its character. At the theological level, the parables bring back God as the goel of the oppressed. At the moral level, the parable works to form the behavior of discipleship as that which liberates one’s brothers. And at the eschatological level, the parable confronts the conflict which arises between non-solidarity and goel ship, speaking to us of the time of the kingdom —the time of goel ship— as something de­finitive and ultimate. Through all of this, the parables constitute, in their inspiration or source, pedagogy, sociology, an ecclesiology, a theology, a morality and eschatology of Lib­eration.

Introducción

No estamos acostumbrados a ver en las parábolas los contenidos bíblicos de liberación. Se puede decir que en ellas está ausentes las palabras “liberar, liberador, liberación”, que en el A. T. aparecen unas 116 veces. Sin embargo, aquí intentamos demostrar que la idea fundamental de la liberación o “goelazgo” (de la raíz hebrea ga’al = liberar) está presente en las parábolas y no de una manera accidental, sino de una manera fundamental, esencial.

Por lo mismo, no seguiremos el camino de la filología o la semántica, sino el del análisis bíblico-teológico. En el A.T. la raíz ga’al significa “rescatar”, re-comprar (re-dimir, que viene del latín red-émere = volver a comprar), re-adquirir y, por lo mismo, liberar a alguien de una situación negativa o de la pérdida de algún derecho. Esto lleva a pensar que el significado fundamental de este verbo, exclusivamente bíblico, pueda ser «restaurar», es decir, volver a una situación anterior que se ha perdido.

En el camino teológico-bíblico que seguiremos, trataremos de dejar en claro que lo básico del goelazgo es la solidaridad o unión vital que nace entre dos seres (persona y persona, grupo y persona, grupo y grupo), hasta llegar a identificarse el uno con el otro. Es la identificación la que lleva a la solidaridad, y es la solidaridad la que hace nacer el goelazgo. Por eso creemos que donde esté la solidaridad, está profundamente, esen­cialmente presente el goelazgo, así no existan los signos o expresiones verbales correspondientes.

 

1.         El goelazgo nace de la solidaridad

1.1.         La solidaridad que nace de la carne y de la sangre

Pese a que el tema del goelazgo es original del A. T., el N. T. va a hacer de él uno de sus ejes claves. Por eso, una vez más, afirmamos que para llegar a percibir las verdaderas dimensiones de los temas neotesta­mentarios se necesita partir siempre del A. T. Jesús nos va a liberar por su muerte y resurrección. Por lo mismo, El será considerado siempre el verdadero liberador de los seres humanos. Su liberación será definitiva. Aunque la realiza como Hombre, su resurrección lo revela también como Dios.

En el A.T., antes de la existencia de Israel, se constata el fenómeno antropológico de la solidaridad entre los miembros de un grupo, de un clan, de una tribu. Sabemos que los grupos que llegaban a convenirse en clan o tribu, partían siempre de la realidad de la carne y de la sangre, esto es, de la familia biológica. Aquí se constituían los lazos fundamentales que le iban a dar cohesión al grupo original que, en torno a los mayores, iría nucleando a los hijos, a los nietos, a los bisnietos, y a todos aquellos que éstos iban ligando a lo largo de su propia historia. Esto es lo que muestran textos como Ex. 20, 5 y 34, 7, cuando hablan de que el celo de Dios se prolonga de padres a hijos, hasta la tercera y cuarta generaciones. En la carne y en la sangre se percibe siempre un vínculo casi irrompible. El vínculo de la carne y de la sangre es un punto de partida que crea algo común, algo idéntico, algo único. Porque tener una sangre común significa tener una vida común. Como tener una misma sangre significa tener una misma vida, para terminar convencidos de que tener una única sangre es tener una única vida. Todo esto es lo que lleva a los miembros del grupo familiar a identificarse unos con otros.

Esta identificación antropológica, familiar y social hace nacer, como fruto espontáneo, la solidaridad entre los miembros de una misma familia. Es la familia la que primero sintió, y con toda la fuerza de la propia sangre, la necesidad de vengar al hermano asesinado: “La tierra no queda expiada de la sangre derramada más que con la sangre del que la derramó” (Nm. 35, 33). Todo esto lo vivieron y sintieron hondamente los grupos nómadas, previos a Israel, los cuales más tarde le darán a Israel su propia y autónoma existencia. Estos grupos llegaron a instituir el Go’el Haddam, el Rescatador de la Sangre, es decir, el Vengador del Hermano. Cuando alguien era asesinado, era obligación rescatar su sangre, cobrándola en la vida del asesino. Y esto era obligación de los que quedaban vivos: el hijo, el hermano, el primo o pariente cercano varón (2 S. 14,11; Nm. 35,12; etc.).

Lo que nos interesa, al analizar esta realidad, es ver el punto de partida de una solidaridad ciertamente llevada al extremo, pero que fue utilizada por grupos primitivos que, a partir de la sangre, llegaron a vivir la solidaridad, con todas sus consecuencias. Hacerse hermano en la carne y en la sangre no necesitaba otro rito que el del parto natural. Este, además de toda la carga sagrada que tenía, por estar ligado a la sangre, estaba lleno de la bendición de la divinidad que, en cada nacimiento, aumentaba el número de los miembros de la familia. Es por eso que ser estéril es una maldición para la persona y para el grupo (15. 1, 2-7; Jb 18, 15; Gn. 30, 23). En la expresión «ser hueso y carne» de otro (Gn. 29,14; 37, 27; 2 5. 19, 13-14) hallamos concentrada toda la fuerza de la solidaridad que nace de la sangre.

1.2.         La solidaridad que nace de la alianza

Históricamente sabemos que los grupos primitivos del Cercano Oriente crecían no sólo por generación biológica, sino también por la alianza o pacto que se hacía entre determinado grupo y quien deseaba pertenecer a él. Y esta alianza se hacía entre grupos y personas (por ejemplo 2 S. 5, 1-3; 2 R. 11,4-8; Gn. 21,22-32; 26,26-32), o entre grupos y grupos (Jc. 9, 2; Am. 1,9).

La institución de la alianza es una de las creaciones más bellas del mundo nómada, creación que heredará el pueblo de Israel. Ella daba la posibilidad de que una familia, un grupo, una tribu, un pueblo creciera sin estar sometido a los procesos lentos de la carne y de la sangre y al reducido mundo de los lazos e intereses de la estricta consanguinidad. Crecer por alianza significaba incorporar al propio grupo la historia y los valores culturales del recién llegado. Lo más bello de la alianza era que creaba unos lazos tan o más fuertes que los de la misma sangre, ya que la unión se daba en tomo a una causa: salvar la propia vida, buscar en compañía de otros la libertad, defender los bienes fundamentales de las personas y de los grupos, etc. Por eso no nos debe extrañar que los mismos derechos que se adquirían por pertenecer a la familia biológica, se traspasen ahora a la familia por alianza. La alianza tenía el mérito de ir más allá de la propia historia, para aceptar también la historia de los otros; de ir más allá de la propia cultura, para hacer propia también la cultura del otro; de ir más allá de los accidentes de la existencia humana (color de la piel, sexo, ritos, etc.), para hacer un grupo variado y rico en todos estos accidentes que son valores de vida, porque la hacen plural.

Por eso no nos extrañe que para la mentalidad teológica israelita fuera necesario que el mismo Dios se hiciera miembro del pueblo en un pacto, con todas las consecuencias que esto traía para la imagen que se quería mantener de Dios. Es hermoso ver cómo Dios, en Gn. 15,1-20, se adapta al ritual de las alianzas: sacrificar víctimas, recoger su sangre, hacer un camino con las partes de las víctimas sacrificadas, pronunciar palabras de automaldición si se llegaba a ser infiel al pacto, recordar la historia, poner condiciones mutuas, etc. Recordemos que este ritual de dividir las víctimas es el que genera la expresión “cortar el pacto”, equivalente a “hacer un pacto”. Con la hermosa mediación de la alianza, Israel pudo y supo crecer, más aun, fue la alianza, la unión en tomo a una causa, la que le dio vida al mismo Israel, cuando descubrió que del poder de Egipto sólo se podía liberar si los diversos grupos sometidos por el sistema tributario egipcio se unían entre sí. Son significativos los testimonios que quedaron en la Biblia sobre las alianzas de grupos entre sí para formar el Israel original (el pacto de Guilgal de Jos. 4), y para que este Israel original creciera por la incorporación de nuevos grupos (Gn. 34: pacto de Siquem; Jos. 9: pacto de Gabaón; 2 S. 5:pacto de Jerusalén).

1.3.         La solidaridad de la persona1idad corporativa

La personalidad corporativa es una de esas realidades tan profundas que sorprenden por el simple hecho de que grupos primitivos hayan llegado a vivir lo que hoy aparece como un gran descubrimiento, como una meta necesaria para la humanidad, si quiere sobrevivir. Fue una característica nuclear de la comunidad israelita el sentirse actualizada en cada uno de sus miembros. Y, así mismo, hizo parte del esquema mental simbólico de cada persona israelita el sentir que ella también actualizaba la comunidad y que, o en su virtud o en su pecado individual, quedaba siempre comprometida la comunidad entera. Para bien o para mal, se hacía cierta la frase de Mt. 27, 25:“su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos”. Esta personalidad corporativa, que nos hace ver los matices de la solidaridad que le va a dar vida al goelazgo, está igualmente recogida en la conocida frase de los nómadas árabes: “Nuestra sangre ha sido derramada”, cuando alguien toca la vida de uno de los miembros del grupo. Es por eso que los elementos que caracterizan a los individuos, son asimismo elementos que caracterizan a la comunidad: todo el pueblo tiene una sola alma (Nm. 21,4: «El alma del pueblo se impacienta»). El pueblo, como si fuese una persona, tiene sus sandalias y vestidos (Dt. 29, 4). El juicio de cada hijo es el juicio de la tribu (Gn. 49)...

Luego, no debe extrañarnos que un individuo represente la totalidad. O, como en el caso de Moisés, que sobre él recaiga la responsabilidad de todo el grupo (Nm. 11, 11-14). O, al contrario, que por el pecado de un individuo se castigue a todo el pueblo, sobre todo si él tiene un cargo significativo (2 S. 24, 10ss.). El ritual del «chivo expiatorio» tiene como trasfondo la personalidad corporativa, toda vez que los pecados de todo el pueblo son recogidos y expiados, de una forma complexiva, en una víctima que representa a todos y que es sacrificada por el bien de todos. Pertenecen a esta idea de la realidad corporativa del pueblo las expresiones “libro de la vida”, por la que se trata de indicar que en una sola y misma realidad (la del libro de la vida) se encierra la realidad variada de todos los amigos de Dios (Sal. 69, 29; Is. 4, 3; Dn. 12, 1; Ap. 3, 5), y “la bolsa de la vida”, que expresa la unidad de todos los amigos de Dios: su vida es conservada en una misma «bolsa» (1 S. 25, 29).

1.4.         El valor del goelazgo

En conclusión: los caminos que llevan a la solidaridad y al goelazgo son variados en Israel. Pero esta variedad persigue un solo fin: hacemos ver y palpar la necesidad de que alguien ejercite en el pueblo el goelazgo. Y éste es ejercido tanto por un miembro de la familia humana como por el mismo Yahvéh, su Dios, que hace parte del grupo. Lo importante es que las funciones del goel no vayan a faltar en el pueblo. Esto significaría su muerte.

Podríamos decir que el goelazgo estaba hecho para alimentar el proyecto alternativo del éxodo, proyecto que, a su vez, había nacido para contrarrestar el proyecto opresor faraónico. La esencia del proyecto del éxodo —el proyecto tribal— era la igualdad, la solidaridad, la fraternidad. Una sociedad concebida en estos términos no podía aceptar la desigualdad que nace de la carencia de algunos de los derechos fundamentales del ser humano. Por eso el goel debía rescatar los bienes fundamentales como la tierra (Lv. 25, 24ss.) y la habitación (Lv. 25,29ss.); los bienes que el sistema religioso vigente hacía propiedad de la divinidad (Lv. 27); las mismas personas, cuando perdían su libertad (Lv. 25,47ss.), o cuando eran asesinadas (Nm. 35,12); y la mujer estéril, cuando su marido había muerto sin dejar descendencia (Rt. 4, 1ss.).

El objetivo clave del goelazgo era sencillamente humanizar, devolverle al ser humano su dignidad, aliviar su dolor, disminuir en la sociedad el sufrimiento y sus causas. En la mentalidad de los profetas, todo buen israelita debía convertirse en goel de sus hermanos, o estar dispuesto a serlo. La aparición de la monarquía fue, en realidad, un hachazo a las raíces del goelazgo, por ser una sociedad totalmente contraria a la del éxodo, en igualdad y solidaridad. Esto lo entendió bien el pueblo. Por eso, en plena monarquía, casi en un gesto desesperado de esperanza, le recuerda al rey su imposible deber: ser el goel de los pobres (Sal. 72, 13-14).

Por lo tanto vale la pena, siquiera como resumen y a nivel peda­gógico, que veamos cómo las mismas acciones que, por deber, debe ejercitar el goel humano, las ejerce también el Goel divino, quien hace parte del grupo:

Clase de rescate

El goel humano

El Goel Yahvéh

De la sangre

Nm. 35, 12-27; Dt. 19,6.12

Ex. 4, 22-23; Dt. 32,41-43

De la libertad

Lv. 25,48-54

Ex. 6, 6; Is. 63, 9

De la tierra

Lv. 25, 24-28

Dt. 26, 9

De la esterilidad

Rt. 4, 1-14

Is. 54, 1-8

A pesar de que el goelazgo nace de la experiencia humana, Yahvéh se convierte en modelo de goel en el A. T. El pueblo lo sintió así, como goel. Lo mismo acontecerá con Jesús, más tarde, en el N. T.

 

2.         Jesús, recreador del goelazgo y de la Alianza

2.1.         El fracaso del goelazgo en el A.T.

El A.T. nunca perdió el horizonte del goelazgo. Lo mantuvo vivo en el ejemplo de Yahvéh como Goel, que fue objeto de reflexión profunda en el libro del profeta Isaías. El Déutero-Isaías (Is. 41, 14; 43, 14; 48, 17 y 49, 7) convierte la palabra goel en un título específico de Yahvéh. Otro tanto hace el Trito-Isaías (Is. 59, 20; 60, 16 y 63, 16). Lo mismo sucede con los salmos (Sal. 19, 15 y 78, 35).

Sin embargo, la práctica del goelazgo en Israel parece haberse ido enfriando. Sabemos que el esquema monárquico (en el fondo, el mismo esquema faraónico, el de la desigualdad), reasumido por Israel en la monarquía, es todo lo contrario al papel que debía desempeñar el goel. La monarquía se basa en la desigualdad: el pueblo es la clase social inferior a esa clase intermedia de los poderosos funcionarios y protegidos del rey, y a esa clase superpoderosa, lindante con el ámbito divino, formada por el rey y su corte.

La monarquía, para poder sobrevivir, necesariamente tenía que emplear la fuerza y así eliminar a los que la cuestionaban. De ella nunca estuvo ausente el derramamiento de sangre. La tierra, que en la experiencia del éxodo había sido devuelta al pueblo, es convertida de nuevo por la monarquía en propiedad de la corona (1 S. 22, 7). La libertad, objeto preferencial del goelazgo, vuelve a ser lesionada por la corte que crea la servidumbre en el pueblo (1 S. 8, 17; 1 R. 5, 27-32). ¿Todos estos datos para qué? Para ver cómo el sistema económico tributario, presidido por un faraón o por un rey, impide el ejercicio del goelazgo, ya que ejercerlo se convertía en un cuestionamiento a la corte, al rey, quien ya era aceptado como el «Hijo de Dios» (Sal. 2, 7-8).

2.2.         En busca de una sociedad y de un hombre solidarios

La sociedad que Jesús heredó era una sociedad insolidaria. El modelo monárquico que la había caracterizado, desde el siglo X a. e. c., había llegado a ser una lucha de tres poderes del mismo estilo que buscaban afianzarse cada uno a costa del pueblo. En Palestina, en el tiempo de Jesús, estos tres poderes estaban vivos: el poder absoluto romano, que era el invasor de turno; el poder de la familia herodiana, que mantenía a Palestina dividida en varias pequeñas monarquías, llenas de corrupción y codicia, y cimentadas en el más atroz derramamiento de sangre; y el poder del sanedrín, detentado por los saduceos, vendidos al poder romano que les garantizaba su continuidad.

Jesús siente la injusticia de este modelo de sociedad que se palpa en la explotación, en la opresión y en la alienación del pueblo, y siente también que la existencia de ese modelo injusto de sociedad no puede ser voluntad de Dios. Y termina sintiendo en sí mismo un llamado a ponerse al servicio de una nueva causa: la de una sociedad contraria a la existente, solidaria, igualitaria, fraterna, y quiere comunicar a los hombres de su tiempo y de su tierra el proceso que él ha venido experimentando en relación al Dios inspirador de este compromiso. El argumento de su causa es muy simple: Dios es el único Padre de todos y, por lo mismo, todos los hombres son y deben portarse como hermanos, como goeles, pero sabiendo que la misericordia hay que acentuarla, con todas sus consecuencias, ahí donde se encuentra más débil, más herida, más ignorada: los hermanos empobrecidos o marginados a quienes se les niegan los derechos más básicos.

Es cierto que Jesús va a fustigar con energía a la sociedad de su tiempo. No va a ahorrar críticas contra ella. Pero, sobre todo, va a poner de manifiesto su maldad, su capacidad de destrucción y de creación de muerte y de dolor. Y va a descubrir la raíz que la alimenta. Por eso esta sociedad se enfurece contra Jesús, campesino y galileo, laico y sin poder, profeta y conciencia diáfana de la justicia, subversivo del orden existente, aunque con el candor del desarmado que convence apenas con base en su testimonio.

Jesús sabía que para establecer una sociedad nueva se necesitaba un Hombre Nuevo. Y también era consciente de que el Hombre Nuevo no se genera por sí solo, sino que en parte es fruto de la sociedad que lo rodea. Por ello rompe el círculo vicioso de la teoría, que siempre se enreda en quererle poner primacía y tiempo a las cosas, por ejemplo, si en orden al cambio, primero es la sociedad o es el individuo. Jesús, sencillamente, ataca ambas cosas al mismo tiempo.

2.3.         Las parábolas, mediación para lograr una sociedad y un hombre solidarios

Todo esto lo decimos para ver el valor de las parábolas en la praxis de Jesús. Las parábolas no son una teoría. Son precisamente la expresión de la práctica de Jesús, el fruto de la misma. Ellas no nacieron como resumen de los contenidos doctrinales de Jesús, sino que fueron la praxis cálida y fresca de lo que él hizo para convencer a los hombres acerca del camino que debían emprender. De ahí que ellas traen, en la frescura de la cotidianidad, la toma de posición más avanzada sobre Dios, la sociedad y el hombre.

Creemos que las parábolas lograron, y siguen logrando, crear sociedad y hombres solidarios, sociedad y hombres «goélicos», debido a la fuerza simbólica que encierran. Ellas son la expresión de las experiencias más hondas de Jesús. Y estas experiencias giraron siempre en tomo al proceso de posesión que Dios Padre fue realizando en el interior de Jesús, máxima expresión del acontecer del Reino. Pero también ellas clarifican su filiación divina, el acople total de la voluntad de Jesús con la voluntad del Padre. En la medida en que el Padre fue reinando, adueñándose de su interior, en esa medida se le escaparon a Jesús las parábolas, el fruto más bello, la expresión más diáfana de lo que es el reinado de Dios, su proceso activo de reinar en el hombre y en la sociedad.

Es por eso que las parábolas son una expresión del equilibrio que se debe mantener frente a la historia. En el presente histórico de Jesús no solamente se dejó sentir la carga que traía el pasado, sino que sobre él gravitó asimismo la fuerza que podía ser el futuro, siempre con base en lo que supo realizar Jesús en su presente. En consecuencia, en sus parábolas Jesús sabe recoger lo mejor del pasado, aquello que resumía la verdadera identidad del viejo Israel. En este sentido, no tenía Jesús por qué ser novedoso. La experiencia del éxodo —el verdadero punto histórico del comienzo de Israel como pueblo— había dejado en la memoria colectiva experiencias extraordinarias de goelazgo, o sea, de igualdad, de solidaridad, de fraternidad. Y Jesús, a lo largo de su vida, no hace otra cosa que recoger este pasado para mantener viva la identidad del auténtico Israel, que no debía darse por terminada, puesto que debía pasar al mundo entero como el mejor patrimonio de su historia.

Pero, Jesús también presenta propuestas de futuro: su utopía. Y esto lo hace desde su presente, desde su propia experiencia. Las parábolas son la expresión más elocuente del presente de Jesús. Y la praxis de ese presente se convirtió en utopía para sus discípulos, y sigue siendo utopía, después de veinte siglos, para los que siguen soñando y trabajando por una sociedad y un hombre nuevos, sin la injusticia y los egoísmos que pre­dominan en la sociedad actual.

La parábola es una expresión simbólica. Es decir, revela la ine­narrable experiencia de Dios que aconteció en Jesús. Por su forma narrativa captaba de tal manera la atención del oyente y le exigía una lógica tal de aplicación que, éste, desnudo y desarmado frente a ella, no tenía más remedio que o aceptar su contenido, o reaccionar con rabia contra el que la pronunciaba. Daremos testimonio en las páginas siguientes de esta lucha simbólica que se daba entre la parábola y el oyente de Jesús. Será siempre un elemento esencial de la parábola el choque simbólico que acontece entre dos mentalidades: la de Jesús, hombre solidario, y la de su oyente, hijo de una sociedad insolidaria. Y el fruto positivo de este choque será el hacer que, de nuevo, sea posible en la sociedad la aparición de hombres “goeles” como Jesús, que lleguen a rescatar al hermano oprimido con base en la entrega de su propia vida.

Mientras la solidaridad no quede introyectada dentro del hombre, esto es, no haga parte de su mundo cultural, es inútil pensar en una nueva sociedad o en un nuevo hombre. El “Hombre Goel” únicamente aparece cuando alguien llega a sentir como propia la opresión, el dolor, las carencias del otro, y está dispuesto a que dichas carencias desaparezcan. Es precisa­mente por esto que la parábola pertenece al mundo del goelazgo. Porque ella se orienta a denunciar la insolidaridad, y a hacer que nazca la solidaridad dentro del oyente. El goelazgo cristiano se sigue alimentando de las parábolas. Y Jesús supo expresar en ellas su capacidad de ser goel, esa que el Padre había hecho nacer en él.

Una vez más quisiéramos subrayar como algo esencial, el conven­cimiento de que las parábolas no son otra cosa que la revelación simple y diáfana que hace Jesús acerca de cómo Dios, su Padre, actúa dentro de él. Acercándonos a las parábolas, nos acercamos al mismo actuar de Dios, quien quiere siempre que el ser humano crezca en humanidad y haga de la tierra una habitación de hermanos. Y esto sólo se consigue si el ser humano aprende a ser goel de su hermano.

 

3.         Las parábolas, camino del goelazgo

3.1.         La sociedad solidaria y el goelazgo

3.1.1. El goel en la sociedad solidaria

Todos sabemos que el planteamiento de Jesús, así como es de sencillo en su formulación, es de complejo en sus implicaciones y conse­cuencias: nada menos que subviene todo el orden social y religioso de su tiempo. Y para poner en marcha esto, practica y propone el goelazgo y prepara personas para lo mismo. Para Jesús, la nueva sociedad solidaria tiene como objetivo al marginado, a los empobrecidos, a las víctimas de la insolidaridad (Mt. 5,2ss.; Lc. 6, 20ss.; Mt. 11, 2-6). Y para lograr esto no hay más remedio que vivir un Año Jubilar de Nivelación Social, no ya cada siete años, como lo proponía Dt. 15,1ss, ni mucho menos cada 49 años, como lo propuso Lv. 25, 8ss, sino un Año Jubilar de Nivelación Social «permanente», como corresponde a seres que realmente quieran ser humanos y verdaderos hijos del mismo Padre. Y como esto no era tan fácil ni tan sencillo hacerlo, Jesús propuso convenirse, despojarse de todo egoísmo y vivir de un modo nuevo las relaciones con Dios —que es el Padre de todos— y con los hombres, que son hermanos entre sí. Esto implicaba la reaparición del goelazgo y su universalización. No es Dios quien va a nivelar socialmente la tierra, por decreto divino. Esto es tarea de los hombres. Y hay que realizarla con el necesario desprendimiento de unos y con el trabajo de todos, dentro de un propósito de no acaparar lo que a otros hace falta.

Una sociedad que tenga el objetivo de nivelarse en lo social, debe moverse necesariamente en la línea de goelazgo. No hay otro camino. Sin embargo, la novedad del N. T. sobre el A.T. es que, mientras en éste el goelazgo estuvo legislado —no todo mundo era goel—, en el N.T. todo seguidor de Jesús, por el simple hecho de serlo, debe aceptar el goelazgo y sus riesgos como algo natural, incluido en el seguimiento de Jesús. El ser goel se da por descontado en el cristiano. Pertenece a su misma esencia. Es por eso que las parábolas tienen ese aire universal, ilimitado, que no se refiere apenas a Jesús o a un grupo determinado de discípulos, sino a todos los cristianos, porque todos deben ser goeles como su Maestro.

Todo el contenido teológico-social de las parábolas es de puro goelazgo. Y no nos debe preocupar la ausencia de los términos técnicos del rescate, ya que el N.T. la reserva para aplicárselos casi que de modo exclusivo a Jesús que, con su muerte y resurrección, rescató a la humanidad. Lo cierto es que Jesús, frente al goelazgo, expresó su experiencia, manifestó su mentalidad y alimentó su capacidad goélicas en y con las parábolas. Las parábolas son para la humanidad, expresión y escuela de goelazgo.

3.1.2. El diálogo inútil con la sociedad insolidaria

La gran equivocación histórica de los israelitas del A. T. fue creer que el modelo de la sociedad insolidaria, desigual, montado sobre el sistema tributario de la monarquía, era reformable. Y en este proyecto pasaron siglos, hasta que llegó el derrumbe final. Y con este mismo proyecto quisieron seguir, negociando con los poderosos de turno y alimentando en el pueblo la falsedad de la bondad de esta estructura. De ahí que Jesús no tuviera otro camino que negarle todo valor a ese modelo de sociedad heredada con la cual El no debía dialogar, siempre que se tratara de reformarla.

— Esta es la praxis que revela la parábola de los odres y del vestido viejo (Mc. 2,21-22). La sociedad insolidaria es pecaminosa en sí. Es una estructura que hay que cambiar, no reformar. Tratar de reformarla es no sólo perder el tiempo, sino desacreditar el Evangelio. Más aún: el Evangelio y ese tipo de sociedad entraran en conflicto, como entra siempre en conflicto un goel con quien tiene atrapada a la víctima que se intenta rescatar. ¿Es posible que el goel y el atrapador compartan un proyecto común?

— Así mismo, esta sociedad no se cambia con acciones externas de mera limpieza. No se trata apenas de echar los demonios que la caracterizan. La causa del mal debe ser atacada a fondo. La insolidaridad no se cura con la sola confesión —la expulsión— de los actos insolidarios. La casa —la causa que le da vida al Ma­ligno— debe ser destruida. La insolidaridad que impide el goelazgo únicamente se cura destruyéndole al Maligno aquello que lo hace vivir. Esto es lo que nos narra la parábola del Espíritu Inmundo expulsado y que regresa con siete compañeros peores que él, pues su casa —su causa— está intacta (Lc. 11, 24-26).

3.1.3. El diálogo necesario con las víctimas de la insolidaridad

— La sociedad oficial que heredé Jesús era elitista, racista, rechazadora de lo que no ofrecía ventajas, impaciente y violenta con su enemigo o su contrario, marginadora de lo pequeño o pobre, y propensa a poner el éxito en lo cuantitativo. Jesús pone su mirada en todo lo que esta sociedad rechaza. Por eso la parábola de la red barredora nos enseña cómo Dios no rechaza a nadie, cómo el Reino es oferta para esa clase de gente rechazada por la sociedad oficial. El verdadero goel no es elitista. Su acción de rescate debe estar dirigida a todos los hermanos oprimidos (Mt. 13, 47-48).

— Por eso también el mismo Jesús nos habla del respeto y de la paciencia que hay que tener con aquel que uno cree que no tiene la calidad pretendida. El verdadero goel, según Jesús, no elimina a nadie. Al contrario, está convencido de que Dios acontece en el respeto por el otro (Mt. 13, 24-30).

— En la parábola de la semillita que se convierte en árbol, Jesús nos cuenta su experiencia personal de cómo Dios asume la pequeñez del ser humano para transformarlo, para convertirlo en hombre solidario que llegue a dar cobijo a otros, así sea él mismo algo insignificante. La vocación de goel no depende de ninguna cualidad extraordinaria, sino del simple querer servir (Mc. 4, 30-32).

— En la parábola del labrador medio fracasado (gran parte de su semilla y de su trabajo se pierde), nos dice Jesús cómo Dios acontece produciendo calidad más que cantidad. Así, quien lucha por el Reino no debe desanimarse frente a los fracasos en cuanto a lo cuantitativo. Un auténtico goel debe aprender a perder. El goelazgo no es una empresa económica, ni estrictamente política. Aquí entra en juego el valor del ser humano: ser o no ser solidario con el dolor del hermano (Mc. 4, 3-8).

3.1.4. Es posible aquello que la sociedad insolidaria cree imposible

Jesús trató de animar al pueblo, dándole a conocer cómo suele acontecer el Reino dentro del ser humano y de la sociedad: de una manera diferente a lo que ocurre en la sociedad insolidaria.

— En Mc. 3, 23-27, Jesús habla de cómo el que se creía poderoso es dominado. Y nos hace entender lo imposible: que Dios reina donde antes dominaba el Maligno; que el Maligno puede ser dominado; que no es invencible; y que alguien puede apropiarse de su ajuar. De hecho, el goel más insignificante lo demuestra.

— En Lc. 13, 20-21 nos señala cómo la acción que transforma el interior del ser humano y de la sociedad es silenciosa, aunque efectiva, así como la levadura hace su trabajo en la masa. Porque Dios hace siempre su trabajo sin ruido, pero con fuerza transformadora. La transformación de la sociedad insolidaria es la acción de muchos, de muchísimos goeles silenciosos, pero efectivos.

— Y en Mc. 4, 26-29, la parábola de la plantita que crece sin que el labrador esté pendiente de ella, nos recuerda cómo la conversión a la solidaridad es una obra exclusiva de Dios, que el hombre no debe reivindicar como obra suya. Un goel se debe relativizar a sí mismo, como mediación que es.

— En Mt. 13,44—la parábola del tesoro encontrado— nos habla cómo Dios acontece como sorpresa que compromete, y cómo esto acaece en gente que no lo buscaba. ¡Dios ha acontecido fuera del ámbito oficial! Y es en este ámbito donde el ser humano recupera todo su dinamismo (“va, esconde, se alegra, vende todo lo que tiene y compra el campo...”). Definirse por el modelo de goelazgo que ofrece Jesús es encontrar un tesoro que transforma toda la vida.

— Y para que el hombre inquieto que busca transformar la sociedad insolidaria vea que también para su búsqueda y su descontento hay respuesta en el Evangelio, y para que no se vanaglorie de sus propios intentos, en Mt. 13, 45-46 (la parábola del negociante de perlas) nos recuerda cómo el nacimiento de la solidaridad y de la igualdad es sorpresa de parte de Dios y compromiso aun para el ser humano inquieto, crítico, descontento, que busca. El goelazgo vivido no se destruye, sino que adquiere nuevas razones de lucha.

— Y, finalmente, en Mc. 2, 19-20 (la parábola de los alegres amigos del novio), Jesús señala la alegría como característica permanente del Reino. La causa que defienden los goeles que siguen a Jesús, genera una alegría permanente, improgramable, diferente a la alegría programada de los seguidores de la ley.

 

3.2.         El Dios goel que anunció Jesús

3.2.1. La religión oficial insolidaria

El mayor problema con el que se encontró Jesús fue el de la religión oficial pervertida: el amor gratuito de Dios por Israel, revelado en el A. T., se había llegado a convertir, por la práctica de la ley, en amor merecido y, por lo mismo, obligatorio de parte de Dios. Ya no existía gratuidad, sino merecimiento; ya no valía la gracia, sino la recompensa. Y donde funcione el merecimiento y la recompensa, la esencia del goelazgo desaparece. La religión oficial del tiempo de Jesús ya no era la religión del tiempo del éxodo, la de la alianza, la de las tribus que pactaron en torno a una causa, la de Yahvéh, el Dios de los oprimidos, quienes fueron liberados sencillamente porque Dios se compadeció de ellos, no porque lo merecieran. De ahí que esta sección de parábolas que hablan de Dios sea tan importante.

Porque ellas son el mejor intento de Jesús por recuperar la raíz del goelazgo. Dios se define, como Dios, a partir de la gratuidad de su amor. Jesús se definirá como Dios, a partir de la gratuidad de su goelazgo, de su redención, de la entrega gratuita de su vida por los demás.

3.2.2. Dios sigue siendo goel de los necesitados

Si recurriéramos a un estilo simple, ingenuo, para hablar de Dios, así como lo hacen lis parábolas, diríamos que Jesús rescata al Dios veterano de Israel, ese Dios que tenía experiencia del goelazgo, porque lo había practicado con su pueblo. Por el contrario, Jesús deja en el olvido al Dios legalista del judaísmo de los últimos tiempos del A. T. Presentamos ahora una serie de seis parábolas en las que, según Jesús, el Dios-goel toma posición frente al ser humano oprimido.

— Lc. 15,8-10 (la mujer que busca su moneda perdida) nos presenta un Dios para quien el pecador es como si hiciera parte de ese pequeño tesoro que una mujer pobre quiere tanto. Dios le dedica tiempo y recupera al ser humano perdido, así éste no valga mayor cosa para la oficialidad judía.

— Lc. 7, 41-42 (la parábola de los dos deudores) habla de un Dios cuya acción se palpa más nítida en el modo como trata al más necesitado. El goelazgo de Dios es más espléndido en el ser humano más maleado. Por eso el rescatado llega a amarlo tanto.

— Lc. 15, 4-7(la oveja perdida) muestra un Dios para quien los “ilegales” valen tanto como los “legales”. Si se quiere, Dios les dedica más atención a los perdidos que a los buenos. Estos pere­cerán si no aparece un goel que los rescate.

— Lc. 18, 9-14a (el fariseo y el publicano) ofrece la imagen de un Dios que evalúa al ser humano según su necesidad, y no según su mérito. Para el pecador su rescate acontece en el perdón ofrecido de forma gratuita, y no en la virtud legalmente adquirida. Para el pecador perdonado, Dios siempre acontece como goel.

— Lc. 15, 11-32 (el hijo pródigo y su hermano intransigente) revela a un Dios que no quiere ejercer él solo la misericordia. La misericordia del Padre se apoya y se complementa en la mise­ricordia de los hermanos. De nada sirve que solamente Dios se comprometa a ser goel. El mundo sólo se transforma con hombres­ goeles. Las causas de la opresión siguen en manos del ser humano.

— Mt. 7, 9-11 (el padre y su hijo pequeño con hambre) habla de un Dios que debe ser definido como el mejor de los padres. Dios, por su amor al pecador, puede ser definido como la mejor forma imaginable de ser padre. Llamar a Dios “Padre”, es hacerlo el “Primer Goel” de la familia, según la mejor tradición del goelazgo.

 

3.2.3. El goelazgo y la imagen de Dios

Las parábolas que acabamos de ver no tratan de manera explícita el tema del goelazgo: ellas hablan de la moneda, de la oveja, del pecador rescatados. Lo que no debemos olvidar es el interés de Jesús por recuperar la imagen de un Dios goel. Jesús simplemente quería que los hombres recordemos cómo es en realidad su Padre, para que, practicando el goelazgo, tanto él como los hombres nos parezcamos siempre a Dios.

3.2.4. La gratuidad del goelazgo de Dios

El goel genuino realiza su papel liberador de una manera gratuita. Hacer lo contrario es ser mercenario. Y la cualidad más específica del Dios bíblico es la gratuidad de su amor. Por eso El es el modelo perfecto de goel. La gran tentación es convertir el rescate, la liberación, la entrega de la propia vida, en negocio, en intercambio de favores, en formas ocultas de compensación. Con esto, la esencia del goelazgo queda destruida. Así mismo, ejercer el goelazgo únicamente cuando el otro lo merezca, tampoco es lo propio del Dios bíblico. Este Dios va más allá del mérito. Las parábolas son la más bella escuela de esta doble gratuidad del amor. En Jesús todo se explica sencillamente porque Dios quiere dar su amor, y porque lo quiere dar de forma gratuita:.. Veámoslo en concreto:

— El amor de Dios no se mide por lo que cada uno merece, sino por lo que cada uno necesita, que es lo que Dios le quiere dar; y Dios quiere siempre darlo todo, aunque el otro no lo merezca. El Dios de Jesús es un Dios goel que da su amor gratuitamente. Por eso Jesús nos habla de un trabajador en quien se aplica el principio del genuino goelazgo: la gratuidad y no el merecimiento (Mt. 20, 1-15).

— Cuando alguien funciona con base en el merecimiento, se ubica en la vida según él mismo cree merecer. Su propio criterio se convierte en norma. El amor gratuito de Dios ya no funciona. Por tal razón Jesús habla del dueño de un banquete que reubica a sus invitados en forma distinta a como ellos mismos se ubican. La base del goelazgo bíblico queda así reconstruida (Lc. 14, 7-10).

— Jesús quería que sus seguidores —futuros goeles— aprendieran que su premio era estar al servicio del goelazgo, la causa de Dios con el ser humano. El amo de la parábola no quiere dar un premio especial a su siervo. Si la causa del amo es una causa que vale la pena, entonces vale la pena seguir siendo su siervo, seguir siendo siervo de su causa, el goelazgo, y crecer en ella. ¡Qué mejor premio! (Lc. 17, 7-9).

— El obrar para obtener méritos y premios lleva a apegarse a la ley, dado que su cumplimiento es la razón de la recompensa. Y entregarse a la práctica de la ley lleva al ritualismo, que es la apariencia del cumplimiento, sin el contenido de compromiso. Jesús quiere que el goelazgo que nace a partir de El supere la ley y el ritualismo, y vaya al compromiso. La verdadera relación con Dios se da a partir del compromiso, como el hijo que, de hecho, hace la voluntad de su padre, aunque le haya dicho que no. Goel es siempre aquel que, de hecho, rescate al hermano, así no lo pregone (Mt. 21, 28-31a).

— Moverse en razón de intereses lleva a bloquear el goelazgo, que es gratuidad. Cuando la parábola rechaza la conducta de unos invitados que no asistieron al banquete por salvar sus propios intereses, nos indica que no es Dios quien juzga y condena al ser humano con base en leyes, sino que es el mismo ser humano egoísta quien se autoexcluye de su compañía, la compañía de un goel para quien salvar el propio interés nunca justifica la falta de compromiso. Quien se rige por el propio interés, nunca llegará a ser goel (Lc. 14, 16-24).

3.3.         Los hombres goeles que quería Jesús

3.3.1. Los hombres insolidarios del sistema

El ser humano no depende del todo de la sociedad que lo cobija. Siempre tiene además —y a su favor— su propia libertad y la gracia de Dios. No obstante la sociedad que lo rodea tiene que ver, y mucho, con la formación de su esquema mental simbólico. En gran medida, el ser humano es hijo de su sociedad. Una sociedad y una religión insolidarias engendran hombres insolidarios que simplemente heredan el sistema, lo asimilan, lo reproducen y lo defienden. Y lo llegan a vivir de tal manera que les parece que no hay otra forma de concebir la sociedad. Creen que sin el modelo de sociedad existente, todo entra en caos, que es imposible vivir. Es a este hombre, víctima de su sociedad, a quien Jesús quiere rescatar. La tarea no es fácil. Jesús, en sus parábolas, trata de darnos un diseño.

3.3.2. El goel debe tener su identidad bien definida

Veamos lo que, a este propósito, nos dicen las parábolas de Jesús:

— El ser humano que se quede con el viejo esquema heredado, va a fracasar, no llegará a ser el goel que Jesús quiere. Es necesario distanciarse de las estructuras injustas, hacer una pausa, para ver si se tiene el bagaje necesario para la empresa que se va a realizar. En el fondo, es un asunto de identidad. Hay que comprobar si en realidad se tiene la capacidad de ser goel. Hay que ser como el constructor que mira si, con lo que tiene, podrá llevar a cabo su obra (Lc. 14, 28-30).

— La sociedad y la religión insolidarias matan la conciencia crítica pues se apoyan en el cumplimiento de leyes. Y, cuando no hay conciencia crítica, se desconoce fatalmente la fuerza real del enemigo que, en el Evangelio, son las fuerzas egoístas que atrapan al oprimido. Quien desee tener identidad de goel no puede desco­nocer al enemigo, sus fuerzas y tácticas. Por eso Jesús habla de un guerrero que puede ser derrotado, si no calcula y conoce la fuerza de su enemigo (Lc. 14, 3 1-32).

— La identidad del goel se define por su capacidad de hacer alianza. Esto es lo que significa la “sal” empleada en la parábola (Nm. 18, 19; Lv. 2, 13; Ez. 16, 4; Mc. 9, 50;Col. 4, 6). Y un discípulo de Jesús que no tenga esta identidad, no es un verdadero seguidor. El goel está llamado, por su entrega al hermano, a hacer acontecer a Dios en él. Y sólo hace acontecer a Dios quien tenga clara su identidad de ser solidario, de ser creador de alianza, de ser goel (Mt. 5, 13).

— Rescatar a otro significa hacerle alguna propuesta de salida de la situación de opresión en que se encuentra. No obstante, para que el otro acepte la propuesta nueva hay que comenzar por reconocerle los valores de su propia cultura, donde está su identidad original, que ciertamente puede ser enriquecida. Jesús quiere cons­truir goelazgo sobre la identidad positiva heredada (Mt. 13, 52).

— Quien asuma el papel de goel debe estar dispuesto a la crítica. El goel va a ser duramente exigido en el testimonio que debe dar. Es como la ciudad colocada en lo alto de una montaña, frente a la cual se puede tomar posición, se puede expresar opinión. Un goel debe tener una identidad puesta a prueba, debe estar abierto a la crítica razonable (Mt. 5, 14b. 16).

— En definitiva: goel es quien da a los otros todo aquello que él es. Esto lo convierte en patrimonio social, como la luz, cuya identidad es simplemente dar luz a todos los de la casa (Mt. 5, 14a.15). El goel, como la luz, es un “ser para otros”.

3.3.3. El goel debe tener su causa bien clara y definirse por ella

— El gran desafío que tiene todo goel es responder con creatividad a sus tareas de rescate, dentro de un mundo lleno de injusticias. Y en esta tarea no debe ser menos creativo que los injustos, aunque sin pagar tributo al sistema egoísta en que se encuentra. Jesús quiere seguidores goeles creativos. En consecuencia alaba la astucia y la creatividad del administrador de la parábola (Lc. 16, 1-8).

— Si se quiere ser goel al modo de Jesús, hay que establecer la propia causa con claridad: en el goelazgo del hermano necesitado.

Y esta causa casi siempre está más allá de los límites reducidos de la ley. Como en la parábola del samaritano, muchas veces hay que tomar posición clara: o por la causa de la ley, o por la del goelazgo; o por los propios intereses, o por los del pobre (Lc. 10, 30-35).

— En una sociedad en permanente conflicto, el goel debe asumir el perdón como su propia causa, ya que Dios siempre acontece a través de seres humanos .que quieran para otros el perdón y la misericordia que ellos quieren para sí. Quien no perdona, quien no sabe ser goel, se autoexcluye del perdón, de la posibilidad de ser él mismo rescatado (Mt. 18, 23-35).

— El pobre, aunque no disponga de poder, tiene en sí una gran fuerza: la que él mismo le ponga a su causa, si está convencido de la justicia de la misma. Como la viuda que, a pesar de su inferioridad social, es capaz de enfrentársele a un juez (Lc. 18,2-5). La calidad del goel dependerá de la de su causa.

— El convencimiento de la propia causa es aquello que le da fuerza al goel para salir de callejones sin salida y para ejercitar la confianza. Esta puede llegar hasta el límite, como el amigo que molesta a su amigo, convencido de su propia causa y de la calidad humana de su amigo (Lc. 11, 5-8).

3.4.         Conflicto entre goelazgo e insolidaridad

3.4.1. El tiempo de la crisis

Jesús sabía que todo aquello que le estaba sucediendo a él y que lo llevaría hasta la muerte, le sucedería también a los seguidores de su goelazgo. Era imposible que el legalismo del Centro, del Sanedrín, del Templo, permaneciera impasible ante la praxis de Jesús. Este ya había desnudado al legalismo, descubriendo su papel destructor. Y el Sanedrín se ajaría con el poder romano, y éste con el poder herodiano para, entre todos, destruir a quien intentara una sociedad goélica distinta. Cambiar la estructura social vigente era la muerte de la sociedad monárquica existente.

Las ideas más duras de Jesús, las que duelen porque llegan a fondo y tocan la raíz del problema, están en el presente bloque de parábolas. Jesús condena abiertamente a la sociedad que hace imposible el goelazgo. El sabe que su lucha es un enfrentamiento entre dos clases de tiempo: el tiempo de la sociedad insolidaria y el tiempo —su tiempo— de la sociedad igualitaria, y fraterna.

3.4.2. Las maldades de la sociedad insolidaria

a.            Pervirtió las mediaciones

El ser humano necesita de mediaciones para determinado objetivo. Sin embargo, en el uso de las mediaciones ha corrido siempre el peligro de convertirlas en objetivo final. Esto sucede cuando las absolutiza de tal manera que el objetivo final desaparece. Es el caso del legalismo, en el cual la ley —mediación—— impidió la praxis de la justicia, que era el objetivo final. En el caso de Jesús, además de lo anterior sucedió algo más: el legalismo fue atrapando, enfermando, matando o pervirtiendo, una por una, las distintas mediaciones que el pueblo israelita tenía y que estaban destinadas a ejercer el papel de defender y mejorar el cuerpo social. El legalismo dañó e inutilizó mediaciones como éstas:

— La autonomía del pueblo. La estructura judía creó un pueblo dependiente de la ley. Y al pueblo le sucedió lo mismo que a las muchachas de Mt. 25, 1-13: por no ser autónomas —por no proveerse del suficiente aceite— se quedaron fuera. La dependencia anula la vocación de goel.

— La sabiduría popular. El pueblo, temerosamente aferrado al parecer de sus legisladores, llega a no ejercitar su propia sabiduría, destinada a orientarlo frente a su vocación de goel. Les sucede como a los campesinos de Lc. 12,~54-56que ignoraban la calidad de su tiempo. Y esta ignorancia anula al goel. La calidad del tiempo que se vive es la que señala la clase de rescate que hay que hacer.

— El carisma profético. El pueblo ya no sabe responder a los profetas que lo visitan y le recuerdan su vocación de goel. Los estímulos recibidos son inútiles. Le sucede como a los niños de Lc. 7, 3 1-32: dañan el juego, porque no quieren responder a los estímulos de los otros compañeros. Ni Juan Bautista logró hacerlos goeles por el dolor de la penitencia, ni Jesús por la alegría de la entrega.

— El liderazgo natural sano. En Israel ya no hay líderes a quienes les duela de verdad la suerte del pueblo, y quieran devolverle su antiguo protagonismo en el goelazgo. Los líderes naturales no están rescatando al pueblo, ya no ven por él, como el ojo enfermo de Mt. 6, 22-23.

— La jefatura jurídica requerida por las estructuras. Tampoco ésta rescata ni guía al pueblo. Está enceguecida por sus intereses, Ella que, por vocación, debía practicar y enseñar el goelazgo, pervirtió su vocación. Así lo expresa Lc. 6,39, en la parábola del ciego que guía a otro ciego.

— Los diversos carismas de servicio. Estos se encuentran co­rrompidos por el propio interés, como el siervo de Lc. 12, 45-46 que oprime a sus propios compañeros. Este siervo no supo, o no quiso, comprender la oportunidad que tenía de ayudar —rescatar— a sus compañeros, oprimidos como él.

— La creatividad. Esta se encuentra bloqueada, anulada por el miedo y el resentimiento, como lo expresa Mt. 25, 14-28 en la parábola de los talentos. Un seguidor de Jesús amargado destruye y entierra en amargura su goelazgo, su oportunidad de entregarse a una causa con creatividad.

— Los bienes necesarios para la vida. Estos se han convertido, no en posibilidad de rescate, devolviéndoselos al hermano necesitado, sino en objeto de acaparamiento injusto, de mayor opresión, como lo dice Lc. 12, 16-20 en la parábola del rico insensato acaparador.

— La Palabra de Dios. Por obra del legalismo, la Palabra de Dios —Historia de Salvación, historia de tantos goelazgos de Dios y del hombre unidos— ya no es mediación que orienta y ayuda a discernir la propia vida. Ha sido reemplazada por la fascinación peligrosa del milagro. No le interesa para sus hermanos, aún vivos, una mediación de discernimiento —la Palabra— frente al goelazgo que hay que realizar, sino una mediación de ventaja —un milagro— frente a la condenación que hay que evitar. Por eso el rico Epulón termina pidiendo un milagro (Lc. 16, 19-31).

b.            Encegueció al judaísmo oficial

— Jesús culpa al judaísmo oficial de la situación en que ha caído el pueblo. Por tanto condena a la oficialidad judía y le anuncia su lógico final, como a un árbol infructuoso que se niega a dar frutos (Lc. 13, 6-9).

— Es que la oficialidad judía había perdido toda capacidad goélica, por su aferramiento al legalismo. Y había perdido igualmente su capacidad crítica para ver que se hallaba frente al último tiempo disponible, antes de ser juzgada como infiel al goelazgo; así como el acusado de Lc. 12, 57-59, que no quería ver la inminencia de su condenación.

c.            Asesinó al propio hermano

—Mc. 12, 1-9 nos cuenta, en parábola, el lógico final de la historia de Jesús: muere asesinado por sus propios hermanos. El goel Jesús es asesinado por su sociedad, la cual mata y matará a todo aquel que intente, por el goelazgo, cambiar la sociedad insolidaria existente.

—Y Mt. 25, 41-46 ampliará aun más la visión y nos dirá una verdad escandalosa: dejar sufrir al hermano necesitado, no rescatarlo de su necesidad, es hacerlo con el mismo Dios... Y dejar morir al hermano necesitado es como dejar morir al mismo Dios.

3.4.3. La sociedad alternativa sigue siendo posible

a.            El goelazgo sigue siendo el signo del Reino y de la sociedad alternativa

— Mt. 25, 31-40 hace uno de los planteamientos más consoladores y revolucionarios del N. T.: el Reino de Dios acontece dondequiera se practique la misericordia o el goelazgo. Lo que se enumera en la parábola son verdaderas acciones de goelazgo: rescatar del hambre, de la sed, del abandono o carencia de recursos por ser extranjero, de la desnudez, de la enfermedad, de la impotencia carcelaria... Lo que cuenta para Dios, en definitiva, es la solidaridad que se tenga con el ser humano necesitado. No obstante, dentro de una sociedad insolidaria es necesario vivir alerta para percibir el tipo de rescate que Dios pide en cada una de sus llegadas, en favor del hermano necesitado.

— Lc. 12, 35-36nos habla del tiempo de las respuestas prontas, de la apertura inmediata al amo que, en cualquier momento, llega. ¿Y este amo, cuando llegue, qué pediría? ¡ Sin duda que rescatar a los hermanos oprimidos!

— Y Lc. 12, 39 nos recuerda que el ejercicio de la solidaridad se tiene que hacer en lucha oportuna contra el sistema injusto reinante: hay que vigilar para saber percibir a tiempo la llegada del espíritu de injusticia. ¿Qué hace este espíritu? Asociar a los insolidarios, enemigos natos del goelazgo.

b.            El goelazgo tiene su propio premio

— El premio del goelazgo no es un premio cuantitativo, que beneficie intereses personales. El premio del goel está en crecer dentro de la causa que ha hecho suya. Por esta razón el siervo de Lc. 12, 42-44 es promovido a mayor responsabilidad, a mayor servicio. Siendo goel de otros, humanizando a otros, crezco yo mismo en humanidad.

— El Dios del goel no es un Dios administrador de pagas, sino un Dios que se hace compañero. Esto es lo que finalmente nos dice Lc. 12,37-38, de cómo un siervo llega a ser atendido por su propio amo. Entre un Dios goel y un hombre goel, aparece la comunión, la igualdad de la causa. Ambos pasan a ser compañeros. Y, entre compañeros, el servicio mutuo es normal.

3.5.         En qué se palpa el goelazgo de las parábolas

Todos sabemos que cada parábola está destinada a trabajar la mente del oyente o del lector. La parábola, en principio, afecta el esquema mental simbólico de quien entra en contacto con ella. Pero, desde aquí, hace siempre un doble trabajo: en primer lugar, afecta al mismo esquema mental simbólico socio-religioso; y, en segundo lugar, impulsa a la acción. Si aplicamos esto a Jesús y a las personas que entraron en contacto con él, de todas las corrientes, vemos que sus parábolas producen reacciones en torno a la liberación o goelazgo, para bien o para mal:

— Culturalmente, el viejo esquema mental simbólico insolidario y egoísta es cuestionado y combatido de manera abierta. En este caso, las parábolas necesariamente ofenden o, en el mejor de los casos, son tildadas de “utopías irrealizables”. Pero, también es posible que hagan nacer un nuevo esquema mental simbólico solidario. En este caso, las parábolas llevan a la identificación con la misma mente de Jesús; orientan, convencen y animan de tal modo, que aparecen como lógicas la persecución y la muerte por la causa que presentan. Es fundamental el rescate del ser humano en lo más profundo de su ser: su esquema mental simbólico-cultural.

— Políticamente, las parábolas cuestionaron a los contemporáneos de Jesús, y fueron una oferta de liberación frente al sistema político heredado, vertical, desigual, insolidario, no participativo. Había que rescatar al ser humano del sistema de la monarquía davídica, del sistema herodiano, del mismo sistema romano...

— Religiosamente, las parábolas llevaron a cuestionar la estructura en la que se apoyaba la religión judía, con toda su organización y sus mediaciones (sistema de purezas legales, oraciones, ayunos, sacrificios, limosnas...). Había que rescatar al ser humano de las injusticias de este legalismo.

— Socialmente, las parábolas pedían un cambio en las relaciones de los seres humanos: que se trataran como hermanos, que liberaran de su situación a los marginados. Aquí había que rescatar a los hermanos económicamente explotados, políticamente oprimidos, ideológicamente alienados.

— Personal y comunitariamente, las parábolas no hacen distinción. El esquema cultural social comunitario influye en el esquema personal; y el esquema personal, a su vez, entra en relación con el esquema social, al cual refuerza o cuestiona para un cambio. Aquí se rescatan las personas y la sociedad.

— Permanentemente, más allá del tiempo y del espacio, las pará­bolas siguen cuestionando las estructuras sociales injustas. Por eso siguen siendo el mejor instrumento para un programa de cambio tanto personal como social, para hacer posible tanto el Nuevo Ser Humano como la Nueva Sociedad.

— Pedagógicamente, las parábolas siguen siendo una escuela permanente de goelazgo. La Comunidad Primitiva vio en ellas la mejor expresión del proceso espiritual de Jesús, en su gradual entrega, hasta llegar a la muerte, por rescatar al ser humano del atrapamiento en que lo tiene su egoísmo. En la medida en que hombres y mujeres nos liberemos de este egoísmo, humanizaremos nuestra vida y humanizaremos la tierra donde habitamos. Las parábolas simplemente seguirán siendo nuestra guía y nuestra escuela de liberación.

Gonzalo M. de la Torre Guerrero
Apartado Aéreo 224
Quibdó, Chocó
Colombia

 

 

 
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