|
Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas |
EDITORIALMarcos Villamán Esta exigencia se amplía y profundiza cuando hacemos conciencia de una cierta deuda histórica con respecto al mundo negro por parte de la presencia cristiana en la región. La defensa profética que se hizo presente en tiempos de la invasión y colonización en el caso de la población indígena, no parece haber tenido ni el mismo vigor ni la misma amplitud para el caso de los negros y negras que corrieron igual o peor suerte que los indígenas a manos de un mismo sistema de muerte. A pesar de todo, la resistencia negra, conocida con una diversidad de nombres en los diferentes países latinoamericanos y caribeños, fue una respuesta típica negra a la opresión también típica de que era víctima. En este contexto, y como ocurre casi siempre con los sectores oprimidos, su religión ancestral, venida desde la Tierra lejana, fue un factor determinante para hacer posible esta resistencia. Así, esta experiencia religiosa, aunque nacida en otro contexto, lentamente se fue convirtiendo en una “religión de la resistencia” en razón del nuevo contexto en el que los hombres y mujeres creyentes tuvieron ahora que desenvolverse. Es esa religión africana en perspectiva de resistencia la que, en muchos casos, se articula de forma sincrética, en mayor o menor medida, con el cristianismo europeo. Y lo hace, como es ampliamente conocido, trayendo consigo la lógica de resistencia indicada con anterioridad, ya actuante en la simbólica religiosa de sus creencias ancestrales. De este modo, los símbolos “cristianos” fueron releídos desde los contenidos “afros” dando a luz una manera nueva de vivir el Evangelio de Jesús, en consonancia con el ser de la cultura en la que se insertaba y de la situación histórica en la que se hacía presente. Sin embargo, es preciso recordar que esta relectura del mensaje de Jesucristo por parte de las mujeres y hombres afroamericanos/as y afrocaribeños/as es realizada en relación con un cristianismo que aparecía, era percibido, y era de hecho, en su expresión predominante, parte del aparato de dominación colonial. El sincretismo no fue, entonces, el producto de un diálogo entre iguales, sino “la respuesta posible”, por parte de los y las de abajo, a la pretensión de una “imposición-despojo” cultural-religiosa que constituía parte fundamental del proceso de expoliación económica y sujeción política. De todas maneras, aquellos hombres y aquellas mujeres, en las condiciones señaladas, realizaron un proceso de relectura y apropiación de la propuesta cristiana. En esta relectura se hicieron presentes las marcas de la resistencia y de la visión del mundo que poseían. Lentamente fueron aprendiendo, a pesar de todo, a ser negros/as-cristianos/as sin desmedro de ninguna de las partes que constituían ese nuevo ser. Así, con toda la ambigüedad que es típica de cualquier experiencia humana, pero con la presencia del Espíritu que santifica, hizo irrupción un “cristianismo nuestro”, un cristianismo negro y mulato, negro y cristiano. No obstante, todavía hoy es necesario continuar reivindicando, desde la resistencia, el derecho de nuestros pueblos negros a una expresión cristiana propia. Es preciso todavía hoy, afirmar la legitimidad de un cristianismo que, profundamente anclado en el Evangelio, dé cuenta de nuestra manera propia de entender y vivir la vida, de nuestros sueños, anhelos y esperanzas. Un cristianismo que sea a la vez aliento para la lucha por la vida en las condiciones de un presente de muerte, y expresión “negra” de ese proceso de recreación de la vida y la libertad. Un cristianismo que abierto al diálogo franco con las otras diferencias, sea capaz de aportar, en ese proceso de construcción colectiva del pueblo de Dios, lo que la negritud posee como riqueza para enriquecimiento de todos y todas; así como de recibir el enriquecimiento venido de las otras construcciones culturales y experiencias cristianas. Es esto último lo que los diversos autores hacen a lo largo de cada uno de los artículos que conforman este número. El primero de ellos, “Yo oí el clamor de este pueblo”, de monseñor José Maria Pires, es una reflexión interesante, a la manera de paralelo con la experiencia de Israel, de la resistencia negra en la colonia. En el segundo, “El derecho a ser diferente (Lc. 9, 51-56)”, Paulo Ayres Mattos reflexiona, de forma sugerente, acerca del derecho a la diferencia como elemento esencial para la liberación social y personal. En el tercer artículo, “Aporte de la hermenéutica bíblica de los grandes predicadores negros”, Dennis A. King hace una importante recuperación de algunas claves de lectura bíblica de los grandes predicadores negros en la región y de algunos de sus posibles significados para el presente. “Hay zapatos viejos que hacen callos en los pies. Ensayo de relectura bíblica a partir de la realidad afro-latinoamericana y caribeña”, de Sílvia Regina de Lima Silva, es una bella y exigente reflexión sobre el derecho a la diferencia a partir de la experiencia de su propia fe y negritud. En el quinto artículo, “Pueblo negro y Biblia: recuperación histórica”, Heitor Frisotti nos introduce en una fuerte reflexión acerca del uso histórico de la Biblia como instrumento de opresión, como condición para un uso liberador en el presente al recordar el amor de Dios por los últimos y las últimas. En el sexto, Jorge Cela, en “Cuerpo y solidaridad”, nos enriquece colocándose ante estos dos conceptos-realidades entendidos como aportes fundamentales de la negritud. Por su parte, Neftalí Vélez Chaverra, en el séptimo trabajo, “Pedro Claver y los cimarrones. Luchas paralelas en Cartagena durante el siglo XVII”, desentraña la presencia histórica de Pedro Claver en el contexto de la opresión y las luchas de negros y negras. Pedro Ruqouy, en el artículo número ocho, “Haití frente al mar (Exodo 14, 1-31)”, realiza una interesante relectura del texto en cuestión a partir de la actual situación del hermano pueblo de Haití. Friedrich Dobberahn, en “Una antigua lectura alternativa a la revuelta de las tribus del norte contra la dinastía davídica después de la muerte de Salomón” con base en la tradición-extra de los Setenta, nos presenta una interesante y muy útil recuperación de la revuelta de Jeroboán, el cisma y el surgimiento de la monarquía del Reino del Norte en perspectiva de liberación. Finalmente, Marcos Villamán P., en “Resurrección y reivindicación de la vida. Elementos para una lectura afrocaribeña del texto lucano”, reflexiona sobre las posibilidades de diálogo entre las concepciones acerca de los muertos presentes en las culturas caribeñas y la concepción cristiana de la Resurrección. Quiera Dios que estas reflexiones sean acicate para la profundización en el camino de la afirmación de la vida y la liberación de nuestros pueblos negros, fundamentados en el Dios cuya causa es la Vida de todos y todas.
|
El Consejo Latinoamericano de Iglesias es una organización de iglesias y movimientos cristianos fundada en Huampaní, Lima, en noviembre de 1982, creada para promover la unidad entre los cristianos y cristianas del continente. Son miembros del CLAI más de ciento cincuenta iglesias bautistas, congregacionales, episcopales, evangélicas unidas, luteranas, moravas, menonitas, metodistas, nazarenas, ortodoxas, pentecostales, presbiterianas, reformadas y valdenses, así como organismos cristianos especializados en áreas de pastoral juvenil, educación teológica, educación cristiana de veintiún países de América Latina y el Caribe. |
|
|
|
|