
CONVERTIR EL UNIVERSO
EN UNA CASA SOLIDARIA
Elisa Estévez
Esta reflexión está encaminada a descubrir en los textos sinópticos aquellos elementos que sustentan nuestra opción por vivirnos en armonía con todo el cosmos, sintiéndonos parte de la creación, es decir, “criaturas con”. Se privilegia en el estudio el acercamiento al mundo simbólico natural de las primeras comunidades. Los símbolos de la casa, el monte, la luz y las tinieblas, nos adentran en el corazón del mensaje de Jesús: la incorporación al Reino implica tejer un entramado nuevo de relaciones con nosotros mismos, con los otros/as, con la naturaleza y con Dios.
This reflection is directed to discover in the Synoptic Gospels those elements to support our option to live in harmony with the whole cosmos, feel ourselves part of the creation, it means, “creature with”.It is favor in the study the approaching to the symbolic world of the first communitys. The symbols of the house, the mountain, the light and the darkness, go into in the heart of the message of Jesus: the incorporation to the kingdom implicate to knit a new kind of relationships with the others persons, with the nature an n with God.
Abrimos nuestro diálogo ecológico con los textos bíblicos a partir de la experiencia milenaria de nuestros pueblos latinoamericanos. Sus tradiciones, sus costumbres, su manera de relacionarse con la naturaleza, con las personas, con el universo entero, guardan la sabiduría que alimenta y alienta su caminar histórico. Queremos escuchar, en primer lugar, sus palabras generadoras de vida y portadoras de fecundidad. Aprender de ellos su entrañamiento con la naturaleza, su peculiar manera de construir la casa (oikos) en armonía con todo lo creado. Así se expresa un anciano lacandón:
Lo que la gente de la ciudad no comprende es que las raíces de todos los seres vivos están entrelazadas. Cuando un árbol majestuoso es derribado, cae una estrella del cielo. Antes de cortar un árbol, uno debería pedir permiso al guardián de las estrellas (Chan K’in K, patriarca indígena lacandón) 1.
Su experiencia de la divinidad está también entretejida con su experiencia de la naturaleza. Escuchemos la oración de un maya q’eqchi’:
Oh Dios, oh adorable señor Cerro Valle. Estoy cansado al llegar a la cumbre, a tu boca, a tu cara. ¡Tú mi madre, tú mi padre! ¡Tú venerable Cerro! ¡Tú venerable Valle! Cansado estoy en tu boca, en tu cara. ¿Acaso no es penoso que me he llegado ante ti, oh venerable Cerro Valle?
Ahí la pequeñez, la pobreza que he dicho. Oh mi supremo Padre. Ahí está la pequeñez, la pobreza frente a tu boca, frente a tu cara, ¡oh mi supremo! (Sapper, 1895) 2.
Esta herencia recibida ha sido ignorada y relegada por las llamadas culturas modernas. Sin embargo, hoy sentimos que no es posible construir nuevas relaciones interdependientes que incluyan a todo el cosmos, situándonos al margen de las culturas originarias.
Ante los desafíos ambientales que cada día van en aumento, ante las terribles desigualdades sociales, culturales, económicas y políticas que sufren las mayorías y que cuestionan radicalmente nuestros modos de vivir y de administrar los bienes de la creación, sentimos la urgencia igualmente de volver los ojos a la Palabra de Vida. Estos desafíos nos provocan a una relectura de la Biblia buscando una nueva iluminación para los nuevos problemas e interrogantes que se nos plantean.
Nuestra reflexión se centra en los evangelios sinópticos. Ciertamente en ellos no encontramos un tratado de ecología, ni tampoco pretendemos hallar respuestas técnicas al problema ecológico. Nuestra búsqueda va encaminada a descubrir qué elementos de la revelación sustentan nuestra opción por vivirnos en armonía con todo el cosmos, sintiéndonos parte de la creación, es decir, “criaturas con” 3.
1. Un Dios generador-a de vida
Los textos de los evangelios fueron gestados en el seno de una cultura, que como las de nuestros pueblos latinoamericanos, está ligada de forma estrecha a los ritmos de vida y de muerte, de nacimiento y de crecimiento, de generación y destrucción propios de la naturaleza. Esto se nos hace evidente con sólo atender al universo conceptual y simbólico en el que se mueven los evangelios sinópticos. Más aún, desde ellos nos sumergimos en una realidad vinculada de modo intrínseco al concepto de naturaleza, de cosmos, de creación: el hecho de ser criaturas. La experiencia de la debilidad, de la limitación, del ser necesitados unos/as de otros/as, ampliamente reflejada, nos aboca al Dios Corazón del Cielo y Corazón de la Tierra, que nos ha regalado la existencia en comunión con todo lo creado. Hijas e hijos del mismo Dios Padre-Madre somos enviados a crear relaciones fraternas, solidarias y justas entre nosotros/as y relaciones ecológicas con toda la creación 4.
Los evangelistas, y, por tanto, sus comunidades, valoran de tal modo los elementos de la naturaleza (el mar, el monte, el cielo, el desierto, etc.), que hacen de ellos símbolos de su experiencia del Dios encarnado en la historia humana. Por medio de estos símbolos cósmicos accedemos a un conocimiento holístico de Dios y de su Reino, y no meramente racional, como estamos acostumbrados. El símbolo nos introduce en la esfera de las imágenes, de los colores, nos conecta con nuestras emociones más profundas sin excluir la aproximación racional 5. Es un lenguaje que ha logrado articular la experiencia interior en comunión con el entorno, dotándolo de una palabra portadora de sentido.
Este modo de comprenderse y de expresarse es propio también hoy de los grupos populares, de las comunidades campesinas, de los pueblos originarios, que perciben y sienten a Dios sin necesidad de tantos discursos. La naturaleza, el mundo circundante, la creación entera es acogida como sacramento, como Palabra reveladora, como expresión del Dios vivo que llama a la vida.
Los desafíos ecológicos que se nos presentan nos hacen preguntarnos en último término por la calidad de nuestras relaciones interpersonales, intergrupales e internacionales, así como por las estructuras donde éstas se enmarcan y por las consecuencias que se derivan de nuestras acciones. Nos cuestionan igualmente nuestras relaciones con el ambiente. Nos interrogan esa concepción antropocéntrica según la cual el ser humano es señor y dueño de todo cuanto existe porque así le fue dado por Dios, equivocando el sentido profundo de los textos del Génesis 6. Y nos invitan a situarnos, hombres y mujeres, como parte de un todo, en relación interdependiente con todos los seres vivos y con la naturaleza entera. El centro del universo deja de ser el ser humano y pasa a ser la vida en comunión con todo lo creado. Se establecen, por consiguiente, relaciones de solidaridad, de fraternidad y de justicia que traen como fruto la paz, el shalom 7.
Ahora bien, ¿qué tipo de relaciones son descritas en los evangelios sinópticos?, ¿qué características tienen?, ¿en qué universo simbólico se comprenden y se explican?
2. La casa, espacio de solidaridad
y de acogida
El término ecología nos refiere en sí mismo a la concepción de casa, oikos 8. La imagen de la casa habla por sí misma. El cosmos es el hogar de todos los seres de la naturaleza, es lugar donde las relaciones son cálidas, donde las mutuas interacciones se establecen a partir de lazos de hermandad y, por tanto, de igualdad. Nada existe por sí mismo, sino gracias a relaciones interdependientes que anulan toda prepotencia.
En los evangelios aparece frecuentemente el término casa, oikos, con múltiples contenidos semánticos: hogar, familia, nación, pueblo, templo, santuario. De todas ellos nos centramos en los que dicen relación con casa, hogar, y en concreto, limitamos el estudio a Marcos 9.
¿Qué características tienen estos textos donde nos encontramos la expresión casa? ¿Qué aporte pueden ofrecer a nuestras preocupaciones ecológicas?
En la mayoría de los textos la casa aparece “como punto de llegada de un movimiento” 10. El uso de este término está cargado de significación. En realidad, es usado como figura de realidades comunitarias, más aún, como figura del Reino de Justicia y de Paz en contraposición al antiguo Israel.
Examinamos a continuación algunos de los pasajes de Marcos que nos parecen más significativos para nuestro tema.
En el pasaje del paralítico (Mc. 2, 1-11), Jesús, después de curarlo, le envía a su casa (2,11). No permanece en la casa en que está Jesús (2,1), representación de la “casa de Israel”, sino que es enviado a integrarse en una nueva comunidad, donde la fuerza y el poderío de los maestros de la ley (2, 6) queda anulada. La nueva casa introduce al paralítico curado, figura de la humanidad no israelita 11, en la esfera de la liberación. Esta nueva casa rompe los estrechos límites del pueblo de Israel y abre sus fronteras a los que quedan fuera: los enfermos, los pecadores, los recaudadores de impuestos, los que tienen una cultura diferente de la israelita, esto es, aquellos que la institución judía excluía porque se consideraba a sí misma como centro y único modelo de encuentro con Dios y con la gente.
Jesús los sienta a su mesa (Mc. 2, 13-17). En su casa 12, las puertas permanecen abiertas para todos y todas. La comida, figura del reinado de Dios, nos abre en este texto a la comunión universal. Las relaciones personales establecidas en torno a la misma mesa y marcadas claramente por el uso del vocablo oikía, establecen lazos de cercanía y de familiaridad, de igualdad y de mutuo reconocimiento.
En el pasaje del endemoniado de Gerasa (Mc. 5, 1-20) hallamos un encargo semejante al que el paralítico recibió de Jesús (Mc. 5, 19). En este personaje están representados, por un lado, aquéllos que no son israelitas, y por otro lado, aquéllos que son marginados (“tenía su morada entre los sepulcros...”, 5, 3) en razón de su limitación y de la debilidad de su ser. También aquí Jesús, una vez que le ha restituido su dignidad de persona, lo envía a su casa. Es decir, lo envía con los suyos donde, una vez curado, está en capacidad de crear nuevas relaciones y de invitar a otros/as a hacer lo mismo (“cuéntales todo lo que el Señor ha hecho contigo y cómo ha tenido compasión de ti”, 5, 19). La nueva comunidad de las hijas e hijos de Dios está formada por aquéllos y aquéllas que se han dejado tocar y sanar por el Señor, y se disponen a instaurar relaciones de fraternidad y solidaridad con todo lo creado.
La resurrección de la hija de Jairo (Mc. 5, 21-43) sucede en la casa de la niña. El lugar deja de ser espacio de muerte para dejar paso a la vida. Se anula el dominio de las autoridades religiosas judías bajo cuyo peso el pueblo, simbolizado en la niña, está muriendo, y todos/as son invitados a caminar en una nueva dirección de libertad y comunión 13.
Un tercer ejemplo que muestra la universalidad del Reino de Jesús es el pasaje de la mujer pagana (Mc. 7, 24-30). Su casa, a la que ella es enviada de nuevo, es el lugar donde ha acontecido el milagro de la liberación, es el lugar donde se ha restablecido la armonía al ser curada su hija.
A continuación nos centramos en otros dos textos (Mc. 7, 17 y 9, 28), donde Jesús se encuentra con sus discípulos/as en la casa. Esta aparece como el ámbito del compartir, del diálogo profundo que abre a la comprensión del Reino, del proyecto amoroso del Padre-Madre. La casa es el lugar para crecer en la comunicación, en el ofrecimiento mutuo; donde la intimidad y el compartir se traducen en apoyo mutuo y camino compartido.
¿Qué luces recibimos de estos textos para nuestra andadura ecológica?
Nuestra casa, el hábitat donde nos movemos y existimos en relación, es reconocida como espacio de libertad y de comunicación mutuas. En ella, todos y todas hallan acogida, nadie es excluido porque no sirve o no es útil. Es el lugar donde se restablecen las relaciones de solidaridad, donde se experimenta a Dios entrañado con la obra de sus manos, donde la vida y la salud ocupan un lugar central. Es, en consecuencia, escuela de un nuevo modo de encontrarse y de reconocerse, que necesariamente abre a una nueva relación con el resto de la creación. Las redes de solidaridad se van entretejiendo a todos los niveles: entre diferentes personas y grupos sociales, entre pueblos y naciones, entre el ser humano y la naturaleza, entre cada uno/a de nosotros/as y Dios; y se convierten en manifestación del Dios de la Vida.
3. El cuidado amoroso de Dios
hacia sus criaturas
Las imágenes de la naturaleza, contempladas tantas veces por las primeras comunidades cristianas, evocaban para ellos las condiciones y relaciones que habían de configurar la casa como el hogar de la obra creadora de Dios. En el sol, las estrellas, los caminos, el agua, el fuego del hogar, los montes, etc., encontraban reflejados los valores del Reino. La experiencia de vivirse en armonía con el cosmos les posibilitaba un descubrimiento de la naturaleza, no exclusivamente en función de su utilidad, sino también como revelación del amor del Dios Padre y Madre.
Una de las vivencias fundamentales que se recoge en los evangelios es el hecho de ser criaturas, y esto posibilita que el ser humano y todo cuanto existe estén en un plano de igualdad. Uno de los textos más sugerentes en este sentido es el de Mt. 6, 25-34 (cf. Lc. 12, 22-31).
La perícopa entera respira vida. Dios es quien da y quien sostiene la vida de todo el universo. Su preocupación por atender las necesidades básicas (comer, beber y vestir) no queda restringida al ser humano, sino que se extiende a toda la naturaleza, reflejada en los pájaros y las flores del campo (6, 26.28). El universo entero depende del cuidado amoroso de su Dios, que no descuida a ninguno. Los lirios, caracterizados por su fragilidad y corta vida, son vestidos de tal modo que “ni Salomón en todo su esplendor se vistió como uno de ellos” (6, 29).
En pocos textos evangélicos se expresa de forma tan sencilla la fe de Jesús y de sus discípulos en Dios creador: creador y soberano, pero infinitamente cercano a los hombres y a la naturaleza; creador que se reserva el secreto de la vida, pero que la dispensa a raudales a hombres mal acostumbrados, ingratos y, en consecuencia, preocupados 14.
La aproximación a este Dios creador, que hace camino con su pueblo, nos revela su predilección por los más pequeños. Se manifiesta, en primer lugar, en el acontecer diario de los campesinos y campesinas. Este texto ha nacido dentro de una comunidad portadora de la sabiduría de la tierra, que ha descubierto asimismo que lo pequeño, lo insignificante, lo que en apariencia no se nota, es revelación del Dios de la Vida. Los lirios, que hoy se abren a recibir la luz y el calor del sol y que mañana ocultan su belleza para dar paso a otros, son el ejemplo más claro para entender la confianza absoluta y radical que se pide a los/as que quieren incorporarse a ese Reino de Justicia y de Paz.
“Buscar ante todo el reino de Dios y lo que es propio de él” (Mt. 6, 33), implica acoger la vida propia, la de los otros/as y la de la naturaleza, como un regalo. No hay que leer este texto como si presentase un desprecio por el cuerpo y por las necesidades más elementales de todo ser vivo. Lejos de la intención del autor, y, por supuesto, de Dios mismo. El centro de la perícopa está en el v. 33: los que se incorporan al Reino viven de la confianza radical en el Dios providente, y la expresan en su trabajo, en sus actividades cotidianas, en su vida familiar y social, en su descanso, etc. El Reino es una tarea, pero, sobre todo, un don. Y este don sobrepasa nuestros esfuerzos y afanes, sin embargo no los excluye.
...se pueden conectar los términos ‘reinado’ y ‘justicia’ considerándolos como hendiadis. Dikaiosyne puede significar aquí la relación entre los hombres según la voluntad de Dios expresada por Jesús, las justas relaciones humanas, o bien la relación de los discípulos con el Padre según el programa expuesto por Jesús (las bienaventuranzas), es decir, la fidelidad a Dios. En uno y otro caso el reinado se hace realidad, porque una y otra vez son inseparables: la fidelidad a Dios se muestra en la fidelidad al hombre, en la labor de la comunidad en el mundo. Jesús, que ha quitado a los discípulos las preocupaciones por el objetivo inmediato, la subsistencia (6, 25-32), les recuerda el objetivo primario de la existencia del grupo, el trabajo por la paz (5, 9), la extensión del reinado de Dios (primera parte del Padrenuestro), que se verifica en la nueva relación humana. Cuando la comunidad trabaja así (5, 9), no tiene que preocuparse por su vida material; de ésta se ocupa el Padre 15.
La ecología supone una filosofía de la vida, entraña unos valores que ciertamente hallamos reflejados en las páginas evangélicas. Este texto del evangelio de Mateo (6, 25-34), y su paralelo en Lucas, nos invita a entrar en una dinámica, no de prepotencia del ser humano sobre el resto de la creación 16, sino que nos remite al origen y fundamento de toda vida, el amor gratuito y sin medida del Señor de la Vida, y por ende, nos abre a la existencia compartida.
4. El monte, espacio de encuentro
y comunicación
El encuentro de Dios con su pueblo acontece frecuentemente en el Antiguo Testamento en el monte (Ex. 13, 3; 24, 9-11). Este espacio natural se convierte en espacio sagrado, en el lugar que Dios elige para comunicarse con las personas, para hacerles llegar su Palabra y su mensaje. El Nuevo Testamento es heredero de esta tradición. Basta, por ejemplo, con detenernos en el pasaje del Sermón del Monte:
Al ver a la gente, Jesús subió al monte, se sentó, y se le acercaron sus discípulos. Entonces comenzó a enseñarles... (Mt. 5, 1-2).
Espacio sagrado para establecer una Nueva Alianza con toda la humanidad, que se expresa en un nuevo estilo de vida, reflejado en las bienaventuranzas:
En cada una de ellas existe una tensión entre la situación presente y la que está a punto de brotar: el reino se hace presente de forma germinal en los pobres, los misericordiosos...; pero Dios está a punto de instaurar definitivamente su reino, y la situación va a cambiar radicalmente. En conjunto, con un mensaje de esperanza, y una palabra de aliento, para descubir la presencia actual del reino y anhelar su llegada definitiva 17.
En las culturas originarias encontramos esta misma experiencia:
La vida la recibían muy directamente del agua, de la tierra, de los manantiales. Todo esto lo convirtieron también en representación o signos de la relación con el Dios de la vida. Hablaban de Dios como Agua, como Lluvia, como Tierra. Veían a Dios principalmente en representaciones femeninas, vitales. También representaron a Dios como Viento. El era la mediación entre la tierra que pisaban y el cielo que miraban. Entonces los montes, las llanuras y los valles los convirtieron en lugares sagrados. Señalaban un monte, delimitaban un espacio en el valle, circundaban un manantial y esos eran sus templos. En ellos se reunían para celebrar su encuentro con Dios 18.
En el monte, escenario de las grandes revelaciones divinas, Jesús elige a los Doce (Mc. 3, 13). En ellos está simbolizado el nuevo Israel, el nuevo pueblo de Dios. Desde el monte son también enviados a predicar y reciben el encargo de hacer realidad en todos los rincones de la tierra el amor y la ternura del Dios Padre y Madre (Mt. 28, 16).
En conclusión, el símbolo del monte está cargado de contenido teológico 19. Las comunidades del Nuevo Testamento perciben este espacio natural más allá de su utilidad o de su belleza. Es acogido como lugar sagrado, como espacio de comunión con la divinidad, como experiencia de la cercanía de Dios con su pueblo.
5. Luz y tinieblas, símbolos
de vida y de muerte
Por último, retomamos en los evangelios el sentido de dos símbolos antitéticos, la luz y las tinieblas 20. Desde los orígenes, todos los pueblos han asistido maravillados al paso de la noche al día. Han gozado de la luz, el calor y la vida que los rayos del sol proporcionaban a todos los seres de la creación y se han dejado iluminar y guiar por la luna en los oscuros caminos. Experiencias cotidianas que han quedado grabadas en sus corazones y que les han llevado a comprender su existencia en relación consigo mismos/as, con los otros/as y con Dios.
En el Antiguo Testamento, la trascendencia y la presencia de Dios; la luz de su rostro, su favor; es símbolo de vida y salvación, de alegría y seguridad; la palabra de Dios es luz porque guía al hombre; el hombre participa de esa luz y puede comunicarla, en particular con sus obras en favor de los demás.
En los evangelios, el simbolismo de la luz continúa el del AT 21.
La presencia de Dios es destacada por medio de la luz. Una nube luminosa y los vestidos blancos como la luz son signos, en el relato de la transfiguración (Mt. 17, 1-13), de la manifestación del auténtico mesianismo de Jesús y de su condición de Hijo amado del Padre-Madre.
La luz es igualmente signo de la vida que los discípulos y discípulas están llamados/as a repartir por el mundo. Son enviados/as a ser fermento de una nueva humanidad que se viva según el estilo de las bienaventuranzas (Mt. 5, 1-12) y que haga transparente en las estructuras de la sociedad y en la naturaleza misma el proyecto de amor del Dios, Corazón del Cielo y Corazón de la Tierra, que se derrama en ternura y nos otorga toda clase de bendiciones (Ef. 1, 3-14).
Por su parte, la tiniebla aparece en los evangelios como símbolo del mal y de la muerte. Las tinieblas representan la realidad del pueblo que se ha alejado de Dios, que desconoce los designios de su corazón entrañable, que se rige por valores opuestos a la realidad del Reino (Mt. 4, 16), y que, por tanto, vive alejado de sus hermanos y hermanas y separado de la madre naturaleza que lo acoge y sustenta.
Sin embargo, no es ésta una realidad definitiva. Cristo representa la luz que vence las tinieblas. Su luz brillará definitivamente por encima de las sombras de muerte (Lc. 1, 79), y se traducirá para toda la creación en frutos de justicia, de paz y de solidaridad.
Nuevamente la naturaleza tiene para nosotros/as una palabra reveladora. Ese nuevo estilo de vida que queremos instaurar es como la luz del sol que nos fortalece y nos vivifica, nos ilumina, nos llena de calor y de alegría.
6. Conclusión
La riqueza de los textos bíblicos es inagotable. El diálogo ecológico con ellos permanece abierto. Nuestra reflexión pretende ser una motivación para que las comunidades campesinas, los grupos populares, los pueblos originarios, etc., relean los textos bíblicos al hilo de sus experiencias con la naturaleza, rescatando los símbolos naturales desde los que se entienden, se expresan y se identifican como pueblo. Se trata de ir construyendo entre todos y todas una nueva teología bíblica más acorde con nuestras preocupaciones ecológicas.
Desde los evangelios se nos invita a hacer del universo una casa solidaria, una mesa compartida. El ser humano no es el dueño absoluto de la creación. Como los animales, las plantas, los árboles, las fuentes... recibió la existencia del mismo Creador. Ser criaturas es el vínculo fundamental del hombre y la mujer con la inmensidad de la obra creadora, y, por consiguiente, es la base sobre la que asentar un entramado solidario de relaciones.
Ya no hay lugar para seguir manteniendo una concepción antropocéntrica del universo, que genere relaciones de dominio y de opresión de unas personas sobre otras, del hombre sobre la mujer, de unos pueblos sobre otros... del ser humano sobre la naturaleza. El prurito de ser superiores y más importantes que el resto de los seres vivos ha traído consecuencias negativas para un desarrollo solidario e interdependiente. Frente al individualismo imperante y a la avidez de acumulación, el texto de Mt. 6, 25-34 (cf. Lc. 12, 22-34) nos pone de frente ante un Dios solidario con nuestra condición de criaturas y que nos invita a entrar confiadamente en la dinámica del Reino. Una dinámica ésta que hace del compartir en justicia su expresión más idónea:
La tierra es un don de Dios para todos. Por eso, el compromiso a favor de la persona implica la solidaridad y la justicia hacia quienes les está negado el acceso a la misma. No respetar la naturaleza dada por Dios, se torna en una injusticia social y económica para la vida humana, particularmente para los pobres.
En conexión con el Dios de la vida, la naturaleza y la tierra han de ser puestas al servicio de la vida. Negar la tierra al campesino o un ambiente habitable al hombre es hacerles prisioneros de la muerte. Por eso, la lucha por la justicia implica cuanto se refiere a la naturaleza, buscar un ecosistema sano para todos 22.
Es importante asimismo recuperar la dimensión simbólica del ser humano como parte integrante de nuestro propio ser y como capacidad de expresar nuestras vivencias más profundas en relación con nosotros mismos, con los/as demás y con Dios. Es urgente situarnos en una actitud diferente frente a la naturaleza, que dé cabida a la contemplación y a la sorpresa ante su belleza y su armonía. Las primeras comunidades son maestras en este sentido. Releer los textos bíblicos desde aquí puede ayudarnos a entrar en sintonía con las vivencias más profundas de nuestros pueblos y a captar dimensiones del mensaje del Reino desconocidas por nosotros/as.
Por último, los símbolos analizados están en sintonía con todas las demás palabras y acciones de Jesús. Nos urgen a caminar en la luz instaurando nuevas relaciones solidarias y fraternas con todo el universo, nuestra casa común, el hogar de todos los seres que hemos recibido la existencia del guardián de las estrellas.
Elisa Estévez
6a. Calle 2-42, Zona 1
01001 Guatemala
Guatemala
1 Agenda latinoamericana 1994.
2 C. R. Cabarrús, La cosmovisión k’ekchi’ en proceso de cambio. San Salvador, 1979, pág. 28.
3 Como afirma Víctor Codina en “Creo en la fraternidad”, en Sal Terrae (España) septiembre de 1994, pág. 619 : “Es necesaria una nueva mentalidad de fraternidad ecológica que cambie nuestro modo de pensar y de actuar sobre el cosmos, dejando ya el mito del progreso ilimitado y pasando a una mentalidad de respeto y relacionalidad que abarque la política, la tecnología, la ética, la sociología y la misma religiosidad”.
4 Nos parece iluminador el modo de expresarse de Víctor Codina: “A nivel cósmico, la fraternidad se llama ecología, salvaguardia de la creación: es respeto por toda la naturaleza, reconociendo su interdependencia relacional y la interacción entre todos los seres vivos (especies vegetales y animales) y el medio ambiente (seres inorgánicos)” (idem).
5 L. A. Schoekel, La palabra inspirada. Madrid, 1986, págs. 28-31.
6 En este sentido, el siguiente artículo puede ayudarnos a clarificar el sentido del compromiso que el hombre y la mujer adquieren en el momento de la creación: E. Estévez, “Una relectura de Génesis 1, 26-30”, en Voces del Tiempo (Guatemala) 12 (1994), págs. 25-31.
7 L. Boff, “Ecologia: política, teologia e mística”, en Curso de verao, Ano VI. São Paulo, 1992, pág. 100.
8 El término ecología está compuesto por dos palabras griegas: oikos, que significa casa, y logos, que significa discurso. Luego, se trata de la ciencia que estudia las relaciones interdependientes entre los seres vivos y su medio.
9 Oikos se encuentra en Marcos trece veces: 2, 1.11.26; 3, 20; 5.19.38; 7, 17.30; 8, 3.26; 9, 28; 11, 17 (dos veces).
10 J. Mateos, Los “Doce” y otros seguidores de Jesús en el Evangelio de Marcos. Madrid, 1982, pág. 86.
11 “El significado del paralítico está dado por la mención de ‘cuatro’ que lo llevan a Jesús. Es bien conocido el simbolismo de este número, que representa los cuatro puntos cardinales y, en consecuencia, el mundo/la humanidad entera” (J. Mateos, op. cit., pág. 105).
12 En Mc. 2, 15 aparece la expresión en su casa. Según J. Mateos: “La ambigüedad del posesivo indica precisamente que la casa es tanto de Jesús como de Leví” (Op. cit., pág. 98).
13 Ibid., pág. 93.
14 P. Bonnard, Evangelio según San Mateo. Madrid, 1976, pág. 148.
15 J. Mateos-F. Camacho, El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Madrid, 1981, pág. 74.
16 “La tierra no será más la esclava del hombre que la explota, sino la madre generosa que le brinda sus frutos para ser compartidos, desde los cálidos valles hasta las cumbres excelsas” (Estatutos del movimiento ecológico ‘Nuevo Amanecer’), en Agenda latinoamericana 1995.
17 S. Guijarro, Evangelio según San Mateo. Estella, 1989, pág. 50.
18 C. L. Siller A., “Lugares sagrados indígenas”, en Agenda latinoamericana 1995.
19 J. Mateos, op. cit., pág. 62.
20 H. Chr. Hahn, “Luz”, en Diccionario teológico del Nuevo Testamento II. Salamanca, 1990, págs. 462-474; H. Chr. Hahn, “Tinieblas”, en Diccionario teológico del Nuevo Testamento IV. Salamanca, 1987, págs. 287-294.
21 J. Mateos-F. Camacho, Evangelio, figuras y símbolos. Córdoba, 1989, pág. 77.
22 A. García-Zamorano, “La creación, reto para la humanidad”, en Voces del Tiempo 12 (1994), pág. 43.
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