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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas



 

FIN DEL MUNDO:
¿DESTRUCCION O RECREACION?
(Estudio sobre la 2 Pe. 3, 5-13)

Raúl H. Lugo Rodríguez

Para todos los ecologistas verdaderos:
tiernos con los seres humanos y con los animales

  

Este es un estudio sobre el anuncio de la 2 Pe. 3, 5-13 acerca de la destrucción del mundo actual por el fuego y su relación con los cielos nuevos y la tierra nueva de los que habla Isaías. Resaltan dos elementos: a) la transformación final del mundo significa una recreación que destruye las estructuras injustas de este mundo y recrea la armonía original entre los seres humanos, Dios y el cosmos. b) Esta recreación puede adelantarse en la lucha por la justicia y la conservación de la naturaleza, en cuanto casa común que Dios ha creado para todos.

This is a study of the announcement of 2 Pe. 3, 5-13 about the destruction of the actual world by fire and his relationship with new heavens and new earth as is foretold by Isaias. It emphasizes two points: a) the final transformation of the world means a recreation which destroys the unfaire structures of this world and recreates the original harmony between the human beings, God and the cosmos. b) This recreation can arrive sooner with the fight for justice and the conservation of the nature, which is the common home that God has created for everybody us.


Introducción

De nuevo abordamos las cartas no paulinas en el Segundo Testamento. Nos aproximaremos a un texto de la segunda carta de Pedro para tratar de dejar que la Palabra nos ilumine al problema de la destrucción de nuestro ecosistema, y para preguntarnos qué mensaje nos trae la utopía de los “cielos nuevos y tierra nueva” a este respecto.

 

1. Contexto vital de la carta

La segunda carta de Pedro es un documento muy valioso; no sólo porque es probablemente el más reciente libro del canon neotestamentario, sino además porque, al reflejar la lucha antiherética que se llevaba a cabo en las comunidades del siglo II, nos transmite los matices que esta lucha le dio al desarrollo de la cristología y de la escatología más tempranas.
La carta se presenta como un pseudoepígrafo muy complejo 1. El autor se presenta como el apóstol Pedro y usa ciertos recursos literarios para apoyar su identidad: la utilización de la forma semítica del nombre (Simeón: 1, 1), la presentación de la carta como “segunda” (3, 1) y la inserción de recuerdos personales de su convivencia con el Maestro (1, 16-18; 1, 14).
La carta se presenta como “testamento del apóstol” antes de su partida, asociándose así a la literatura llamada “testamentaria” en la que algunos colocan a la segunda de Timoteo, y se dirige a cristianos ortodoxos al mostrar su orientación antiherética.
Mención aparte merece la relación de la 2 Pedro con la carta de Judas; la primera incorpora la polémica contra los herejes que el autor de Judas trae a lo largo de toda su carta. Las razones para suponer que fue la 2 Pedro la que usó a Judas y no al revés, pueden encontrarse en cualquier manual moderno 2. Lo importante en nuestro caso es notar que la argumentación de 2 Pedro con respecto al retraso de la parusía es mucho más amplia que aquella de la carta de Judas. Es precisamente en esta sección en la que el autor de la 2 Pedro propone su visión de los “cielos nuevos y tierra nueva”. No cabe duda, sin embargo, que los dos autores enfrentan un problema común: la aparición de herejes que concentran su actividad proselitista en la acentuación del retraso de la parusía y que pretenden infiltrarse entre los hermanos de la comunidad, socavando la integridad de la fe apostólica y transformando su legítima evolución.
De la situación de la comunidad a la que escribe, la carta no nos proporciona muchos datos. Quizá valga la pena resaltar que era una comunidad sometida a varias presiones que se habían agudizado con la presencia de los herejes. Por una parte, era una comunidad en la que la vida cristiana amenazaba con reducirse a puras lucubraciones teóricas, despreciando la producción de frutos; por eso 1, 3-11 están dedicados a combatir la “inactividad” y la “miopía” de la comunidad, y a invitar a poner esfuerzo particular en el crecimiento de las actitudes que llevan a un recto obrar. En este sentido, de manera parecida a como la hace la primera carta de Juan, el autor subraya la importancia de la praxis por encima de un cristianismo desviado a lo exclusivamente teórico 3.
Otro elemento emparentado con lo anterior es que la comunidad destinataria de la carta parece dejarse llevar mucho por las elaboraciones intelectuales más novedosas: una especie de snobismo teológico que hacía a la comunidad más susceptible de desviaciones y de influencias perniciosas. A eso se refiere la insistencia del autor de presentarse como el apóstol Pedro: a las invenciones geniales de los nuevos predicadores, el autor opone la experiencia de convivencia con el Maestro y la autoridad que da el ser testigo ocular de los acontecimientos salvíficos (1 Pe. 1, 16-21).
Por último, parece que la comunidad se sentía atraída por un estilo de vida que favorecía el libertinaje. El autor insiste en varias ocasiones en la importancia de no volver a la vida anterior (1, 9; 2, 20; 3, 17), lo que indica que la atracción por una vida de permisivismo moral era una tentación que les venía de sus costumbres antiguas. Los herejes, más que por sostener una doctrina coherente y diversa a la doctrina apostólica, se caracterizaban por esa vida licenciosa que, a veces, no tenemos claro cómo y con cuáles medios, implicaba la explotación de los miembros de la comunidad que seguían sus consejos (2, 3).

 

2. Escatología y ética cristiana

La 2 Pedro es un escrito polémico,

...defensivo, circunstancial, en mayor grado aún que las [cartas] Pastorales, pone ante los ojos un caso particular de controversia, de las muchas que jalonaron el camino de las primeras comunidades cristianas 4.

Como hemos ya mencionado, la polémica se desarrolla en contra de algunos herejes que siembran confusión en la comunidad. La causa de la controversia es una mezcla de factores teóricos y prácticos, de fe y de costumbres, que amenazaban con alejar a la comunidad cristiana de la doctrina de los apóstoles y de la práctica alternativa que caracterizaba a la comunidad en medio de la sociedad.
Uno de los temas de la discusión es el del retraso de la segunda venida de Jesucristo. Este tema aparece a lo largo de toda la carta, pero se concentra de manera especial en 3, 1-13. Esta sección puede estructurarse de la siguiente manera:

a) 1-2 Memoria apostólica
b) 3-4 Ataque de los herejes
c) 5-7 Destrucción de lo antiguo por el agua y de lo nuevo por el            fuego
d) 8                  Primer argumento en contra
d’) 9 Segundo argumento en contra
c’) 10 El día del Señor y la destrucción por el fuego
b’) 11-12         Principio esperanza
a’) 13 Cielos nuevos y tierra nueva

El discurso corre con bastante fluidez: ante los ataques de los herejes acerca del retraso de la parusía, el autor de la carta recomienda a sus lectores pensar en algunos argumentos sólidos en contra, provenientes de fuentes que parecen ir más allá de la doctrina apostólica y basarse en algunas tradiciones del judaísmo tardío 5. Los dos argumentos (tres, si se piensa que el principio esperanza es también un argumento en contra de los herejes) son sencillos: a) el tiempo de Dios no se contabiliza de la misma manera que nuestro tiempo terreno, y b) Dios no hace llegar el fin porque tiene paciencia y quiere dar tiempo para que todos se salven.
El principio esperanza queda expresado en los vv. 11-12:

Puesto que todo esto se va a desintegrar así, ¡cómo tienen ustedes que ser, con santa conducta y religiosidad, aguardando y apresurando la venida del día de Dios, gracias a la cual los cielos incendiados se desintegrarán y los elementos abrasados se derretirán!

Al decir “principio esperanza” nos referimos, pues, a la posibilidad de adelantar la venida del Señor con una conducta recta. Es éste uno de los textos más claros en que se muestra la relación que existe entre la concepción cristiana de la escatología y la conducta moral de los cristianos. Sobre las posibilidades revolucionarias en tiempos de resistencia que encierra este texto hablé ya en otro trabajo 6; baste aquí decir que la escatología no fue nunca, al menos en los primeros siglos de cristianismo y en la intención primigenia de la doctrina apostólica, una evasión de las realidades temporales, sino un acicate para su transformación. Que la conducta “santa y piadosa” no se quedó en términos meramente individualistas, lo manifiesta la trascendencia social que pronto tuvo el cristianismo en relación con la superación de la esclavitud. No obstante, aun cuando el acento hubiera estado sólo en la transformación del individuo, seríamos hoy infieles a los requerimientos de Dios y al espíritu con el que la segunda carta de Pedro fue escrita, si elimináramos bajo ese argumento la dimensión social tan relevante en nuestros días.
Lo que nos interesa ahora son precisamente los versículos en los que se trata acerca de la destrucción del mundo antiguo por el agua y la destrucción del mundo actual por el fuego. Después de dilucidar este aspecto, trataremos de relacionarlo con la promesa de los “cielos nuevos y la tierra nueva” para, por último, lanzar algunas pistas hermenéuticas sobre el desastre ecológico actual y su percepción desde nuestro continente.

 

3. La destrucción del primer cielo
y tierra por el agua en el diluvio

En la sección que ahora estudiamos de la 2 Pedro (3, 1-13), aparece la mención de los herejes seductores que quieren conquistar a los cristianos presentándose como paladines de la libertad. “Pedro” ya ha escrito una carta para advertir a los seguidores de Jesús de la trampa que encierra escuchar a estos falsos maestros, y para recordarles la doctrina apostólica como norma de su fe y de su conducta.
En nuestro texto se tratará de desmentir uno de los engaños que plantean los falsos maestros: la parusía es una falsa esperanza. Con burlas, los herejes proponen dos objeciones a la autenticidad de la enseñanza apostólica acerca de la segunda venida de Cristo: por una parte, el esperado retorno no se ha cumplido todavía, y por otra parte, el mundo ha sido siempre igual y no ha cambiado en absoluto. A esta segunda objeción dará respuesta el autor en primer lugar (3, 5-7). En esta refutación tenemos preciosas noticias acerca de la concepción antigua sobre el diluvio.
En 2 Pe. 3, 6-7, la primera parte de la proposición parece suficientemente clara: es una alusión al diluvio que nos narra Gn. 6-9. En el Segundo Testamento, fuera de nuestro texto, la referencia a este acontecimiento no aparece más que en 1 Pe. 3, 20; Mt. 24, 37-39; Lc. 17, 26; y Hb. 11, 7. El acento, sin embargo, es distinto en cada una de las menciones.
Los evangelistas, por su parte, en un texto que es indudablemente paralelo, se refieren al diluvio para subrayar lo sorpresivo de la venida del Hijo del Hombre. En la carta a los Hebreos, finalmente, la mención del diluvio sirve para acentuar, en un largo párrafo sobre los modelos de fe que nos ofrece la historia de Israel en el Primer Testamento, la calidad de fe de Noé, que le mereció ser salvado en el arca de la catástrofe destructiva del diluvio.
Pero, incluso en las dos cartas de Pedro podemos notar ciertas diferencias. El juicio que la 1 Pedro hace sobre la generación del diluvio (3, 19s; 4, 6) muestra que el autor tiene una alta idea de la misericordia de Dios con los pecadores y la relaciona con el bautismo cristiano. La 2 Pedro, en cambio, ya desde 2, 5.7-9 muestra cómo el Señor tiene especial consideración para con los justos, y relaciona la mención del diluvio con la destrucción del mundo actual por el fuego, reservada para “juicio y ruina de los impíos” (3, 7). Hay, sin duda, una diferencia de puntos de vista.
De cualquier manera, es claro que la referencia al diluvio en la 2 Pedro, y en especial la expresión griega ex hydatos, hace alusión a la idea que tenían los antiguos, ya manifestada desde el libro del Génesis, de que el cielo y la tierra surgieron de entre las aguas: tanto el firmamento, con los astros, como la tierra que está debajo de él, habrían surgido de las aguas. Por eso la Nueva Biblia española (NBE) traduce de forma atinada: “originariamente existieron cielo y tierra; la palabra de Dios los sacó del agua...”.
Inmediatamente después encontramos la expresión griega di’ hydatos, que manifiesta la opinión antigua de que el agua brota debajo y alrededor de la tierra, y que el firmamento se halla suspendido entre las aguas inferiores y las superiores (Sal. 24, 2; 136, 6). Aparece así como muy importante el papel del agua, sea en el origen del mundo antiguo, sea en su subsistencia. No puede argumentarse por esto que el agua entrara en el universo de las creencias antiguas como un medio material por medio del cual el mundo hubiera adquirido consistencia; como si Dios, el alfarero, hubiera usado el agua para el moldeo de todas las cosas. El texto es claro al decir que fue la palabra de Dios la que sacó al cielo y a la tierra de entre el agua y, como traduce la NBE, “los estableció entre las aguas”. Es claro, pues, que la fuerza que puso todo en movimiento fue la palabra de Dios que aquí, como antes en el Primer Testamento, es la fuerza inagotable con que Dios crea el mundo y domina en él 7.
De la misma manera, son también la palabra de Dios y el agua las que intervienen en la destrucción del mundo antiguo. El diluvio, al que evidentemente se refiere el autor, viene evocado en el v. 6 cuando se menciona: “el mundo de entonces pereció inundado por el agua”. El diluvio se presenta, en la 2 Pedro, como una destrucción definitiva del mundo; no se trata sólo de una catástrofe pasajera causada por una inundación sino que, en la interpretación bíblica, fue el “fin del mundo antiguo” y el nacimiento de otro nuevo, el “mundo actual” 8.
En el caso del diluvio, como aparece claro en el texto del Génesis, la nueva creación no fue una obra que partir de la nada. El relato nos muestra a Noé enviando un ave para ver si regresaba o, encontrando donde posarse, se quedaba para siempre en la nueva tierra. Cuando el ave regresa, después de varios intentos, con una rama de olivo en el pico, Noé entiende que ha llegado el tiempo de estrenar el nuevo mundo. Unos siete días después, Noé mira la superficie de la tierra ya seca y, entonces, construye un altar para dar culto al Dios que lo había salvado de la destrucción y que había dado al ser humano una nueva oportunidad. El ser humano, la tierra y sus frutos, las estaciones, muestran una continuidad entre el mundo destruido por el agua y el mundo renovado que se consagra a Dios en el altar de Noé. La promesa de Dios de “no volver a maldecir la tierra a causa del hombre” es el parteaguas entre los dos mundos, el que acababa de perecer bajo las aguas y el que emergía de la acción misericordiosa de Dios. Pero, al mismo tiempo, la bendición de Dios en Gn. 9, 1-11 muestra que es, verdaderamente, un nuevo comienzo: otra vez la orden de crecer y multiplicarse, de nuevo la prohibición del homicidio y de la violencia, de nuevo la mención del ser humano hecho “a imagen y semejanza de Dios”. Puede decirse, por ello, que la mención del diluvio recuerda, en la 2 Pedro, que lo narrado por el libro del Génesis es una nueva creación en el sentido de re-creación, de transformación renovadora.

 

4. Destrucción del mundo actual por el fuego

Inmediatamente antes y después del principio esperanza, y en estrecha conexión con él, el autor de la 2 Pedro describe la catástrofe con la que el mundo actual verá su fin:

El día del Señor llegará como un ladrón,
y entonces los cielos acabarán con gran estrépito,
los elementos se desintegrarán abrasados
y la tierra y lo que se hace en ella desaparecerán...
...Ese día incendiará los cielos hasta desintegrarlos,
abrasará los elementos hasta fundirlos (2 Pe. 3, 10.12).

La idea de la carta parece ser inspirar un saludable temor al juicio futuro, resaltando lo que éste tiene de terrible y dejando de lado el lado atractivo y consolador del día del retorno del Mesías para quienes le han sido fieles. Este método fue utilizado hasta hace pocos años en nuestra catequesis, sin embargo desde hace ya buen tiempo preferimos mostrar mejor lo que hay de oferta en la vida cristiana, más que lo que en ella hay de amenaza. De cualquier forma, no podemos pedirle al autor de la 2 Pedro nuestros actuales adelantos pedagógicos e ignorar, además, que el ataque de los herejes ponía en grave peligro la fe y la vida moral de sus oyentes. Por otra parte, dijimos ya que esta advertencia de la destrucción del mundo actual a través del fuego, está íntimamente ligada al principio esperanza, tanto que en la práctica lo envuelve. Esto quiere decir que la finalidad de esta presentación, que puede parecer desagradable y hasta terrorífica, es animar a la coherencia entre la fe que se profesa y la vida cotidiana que se vive: no basta para salvarse el solo hecho de llevar el nombre de cristiano, sino que se precisa una vida que haya cumplido con fidelidad las exigencias cristianas 9.
Por otra parte, nuestro texto es el único del Segundo Testamento en el que la Escritura habla de la destrucción del mundo por el fuego. Es claro que no es una idea inventada por el autor de la 2 Pedro, por lo que trataremos de descubrir ahora sus raíces.
Un magnífico estudio de Johann Michl nos presenta los antecedentes de esta doctrina sobre la futura destrucción del mundo por el fuego 10; es de este estudio que entresacaremos los datos más relevantes para nuestra reflexión en este apartado.
En las Escrituras judías aparece con claridad el fuego como uno de los signos mediante el cual Dios se revela a su pueblo. Incluso aparece patente que los juicios de Dios se llevan a cabo con frecuencia por medio del fuego 11. Muy pronto, esta consideración del fuego físico se convierte en una metáfora para hablar de la ira de Dios. Sofonías, por ejemplo, habla de un fuego de la ira de Dios:

...ni su plata, ni su oro podrán librarlos, el día de la cólera del Señor, cuando el fuego de su celo consuma la tierra entera, cuando acabe atrozmente con todos los habitantes de la tierra (Sf. 1, 18).
Sin embargo, no parece que aquí se piense en una destrucción por el fuego físico o en un incendio del mundo —como sí parece pensar el autor de la 2 Pedro-, sino en un símbolo de la ira de Dios que se descargará sobre quienes no han sabido serle fieles. Hay una concreción progresiva de la idea de que Dios someterá a todos los pueblos en un gran juicio que repercutirá sobre el mundo entero; a ese juicio Dios se presentará rodeado de fuego (Is. 66, 15), aunque en ninguna parte se habla de un incendio del mundo. Pero sí, y esto es nota interesante, va apareciendo de forma esporádica la idea de que el mundo actual debe desaparecer para ceder el lugar a otro mejor, en especial en el Segundo y el Tercer Isaías (51, 56; 65, 17; 66, 22).
Es hasta tiempos muy posteriores, unos años antes de la llegada del cristianismo, que aparece en el judaísmo la idea de que el mundo será consumido por el fuego 12. Incluso Filón conoce esta opinión, no obstante rechaza la enseñanza estoica de una incineración del mundo 13. En la Vida de Adán y Eva (capítulo 49), después del pecado del paraíso, Miguel habría anunciado a los primeros padres que Dios descargaría su ira sobre los hombres primero mediante el agua, y luego, por segunda vez, mediante el fuego 14. Pero la idea clara de un incendio general que abrasará toda la creación aparece hasta los libros sibilinos, y ya no se sabe si el origen de éstos es judío solamente o con mezcla de ideas cristianas.
Por eso, aunque Jesús en los sinópticos habla del fuego eterno como castigo a los impíos, nunca hace referencia a un incendio del mundo. Pablo, por su parte, informa que el Señor se presentará “en medio de fuego llameante” (2 Tes. 1, 8) y que “ese día amanecerá con fuego, y el fuego pondrá a prueba la calidad de cada obra” (1 Cor. 3, 13). Sin embargo es la 2 Pedro el testimonio literario más claro de la idea cristiana de que habrá, en el juicio final, un incendio del mundo, según correspondía a ciertos conceptos contemporáneos del mundo grecorromano 15. En el origen de esta teoría parecen haber influido, además de las raíces judías que mencionamos, teorías griegas, ideas orientales persas, etc., aunque no sea válido suponer en cada caso mutua dependencia, ya que una misma creencia se puede formar en diferentes pueblos por diversas causas. De suerte que el cristianismo primitivo pudo haber recibido esta creencia de la destrucción del mundo por el fuego directamente del judaísmo que, antes, la había ya aceptado y reelaborado como conforme a su propio sistema de ideas. El cristianismo la habría unido más tarde a sus propias esperanzas de un pronto retorno del Señor.

 

5. Cielos nuevos y tierra nueva:
¿destrucción o recreación?

La promesa de los “cielos nuevos y tierra nueva” está tomada de textos del Primer Testamento. Esta mención puede ayudarnos a dilucidar —como mencionamos en el título de este apartado— si el incendio del mundo significa destrucción o recreación del mundo actual. Por último, esto nos dará pie a ciertas conclusiones acerca del actual desastre ecológico y la posición de los cristianos al respecto.
El texto a que hace alusión el autor de la 2 Pedro es el de Is. 65, 17-25, que transcribimos ahora:

Miren, yo voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva;
de lo pasado no haya recuerdo ni venga pensamiento,
más bien gocen y alégrense siempre por lo que voy a crear;
miren, voy a transformar a Jerusalén en alegría
y a su población en gozo:
me alegraré de Jerusalén y me gozaré de mi pueblo,
y ya no se oirán en ella gemidos ni llantos;
ya no habrá allí niños malogrados
ni adultos que no colmen sus años,
pues será joven el que muera a los cien años
y el que no los alcance se tendrá por maldito.
Construirán casas y las habitarán,
plantarán viñas y comerán sus frutos,
no construirán para que otro habite,
ni plantarán para que otro coma;
porque los años de mi pueblo serán los de un árbol
y mis elegidos podrán gastar lo que sus manos fabriquen.
No se fatigarán en vano,
no engendrarán hijos para la catástrofe;
porque serán la estirpe de los benditos del Señor
y, como ellos, sus retoños.
Antes de que me llamen yo les responderé,
aún estarán hablando y los habré escuchado.
El lobo y el cordero pastarán juntos,
el león como el buey comerá paja.
No harán daño ni estrago por todo mi Monte Santo
—dice el Señor—.

Algunos elementos resaltan del texto de Isaías y nos permiten hacernos una idea más o menos clara de qué significan esos “cielos y tierra nuevos”. La transformación del mundo anterior en uno nuevo tiene dos características: en primer lugar, se trata de la desaparición de relaciones humanas que producían injusticia y tristeza, desigualdad y muerte. Por otro lado, la recreación del universo abarcará todos los niveles: la ciudad, la población y su entretejido de relaciones, la naturaleza toda caerá bajo el influjo de esta acción transformadora de Dios.
El versículo 22 plantea, desde el punto de vista negativo, lo que significa la utopía isaiana en relación con el mundo que debe llegar a su fin: “no construirán para que otro habite, ni plantarán para que otro coma”; es el final de la servidumbre y el alto definitivo a prácticas de abuso en contra de los débiles. Las consecuencias de esta nueva armonía social están también a la vista: “no habrá allí niños malogrados ni adultos que no colmen sus años... no engendrarán hijos para la catástrofe”.
A propósito de esta nueva armonía en la justicia nos dice Ugo Vanni: cuando se habla de “cielos nuevos y tierra nueva”, la expresión se toma de Isaías (65, 17; 66, 22) y se refiere a la renovación mesiánica, total y radical, a la cual llegará la historia de la salvación en su último estadio de desarrollo. Cuando se dice que “en ellos habitará la justicia”, se entiende una armonía, un entendimiento, una correspondencia perfecta entre los seres humanos y Dios, entre los seres humanos entre ellos, y entre los seres humanos y las cosas de la creación. La justicia será la característica fundamental de la creación, una vez que ésta haya alcanzado su desarrollo final. Todas las injusticias de esta tierra serán entonces definitivamente superadas 16.
Los detalles positivos del mundo anterior aún permanecen presentes: la ciudad de Jerusalén, los viñedos y la vivienda digna, la fatiga necesaria del trabajo humano y el descanso que le corresponde, la utilización de los bienes que las manos del trabajador producen, etc. Me parece que todos los elementos mencionados en el texto profético apuntan a la consideración de la llegada del fin de este mundo, no como a una destrucción de todo o a un simple mejoramiento, sino a una recreación que conserva lo positivo del mundo actualmente existente, pero que lo recrea desde una dimensión nueva de justicia total y de felicidad plena. Esta recreación tiene como culminación el nuevo establecimiento de relaciones creacionales (hasta “el lobo y el cordero pastará juntos”), y la renovación de la alianza original entre un Dios que busca a su pueblo y un pueblo que responde con su vida: “antes de que me llamen yo les responderé, aún estarán hablando y los habré escuchado”. Es el reino de la armonía y la felicidad plenas.
Esta es la opinión de Spicq quien, al comentar este pasaje afirma:

Exégetas y teólogos discuten, después de San Ireneo, para saber si nuestro universo será simplemente cambiado por uno mejor, o si se tata de una recreación absolutamente nueva. Lo que sí es seguro es que el nuevo cosmos, adaptado a la condición espiritual de los elegidos, no se caracterizará por la abundancia de grandes bienes temporales o por la prosperidad simplemente material, como enseñaron el Talmud o el Islam, sino por la justicia más estable y total, aquella que resulta del reino integral de Dios (Mt. 5, 6; 6, 33; cf Is. 51, 6; 56, 1), por tanto, lo opuesto al pecado, al desorden, a la corrupción y a la vanidad (2 Pe. 1, 4; Rm. 8, 20-22). Será la salvación dentro de un estado glorioso (justicia = gloria, Is. 32, 16; 61, 3; Ps. 17, 15; Henoc 48, 1-4). Tal es la esperanza de la palingénesis (Mt. 19, 28) fundada sobre la promesa divi-       na 17.

Dos textos del Segundo Testamento refuerzan esta conclusión; nos referimos a Rm. 8, 19-23 y 1 Cor. 7, 31. Es precisamente esta esperanza en la recreación del universo entero la que constituía para los primeros cristianos el acicate para su resistencia en medio de las aflicciones (Ap. 21, 1):

En este mundo nuevo llegará por fin lo que ha sido desde el principio el anhelo de las personas buenas, o sea, una verdadera justicia, como no ha existido hasta ahora, o, en otras palabras, absolutamente todo sucederá conforme a la voluntad y beneplácito de Dios 18.

El paso del mundo antiguo al actual por el diluvio, y la reflexión sobre la destrucción del mundo actual por el fuego para el surgimiento de un mundo futuro y definitivo, nos permite esperar que la catástrofe final no será una simple destrucción o la aparición de una nueva creación que no tuviera nada que ver con la antigua, sino una transformación del mundo presente. Así lo entiende la Biblia pastoral publicada en Brasil:

No se habla propiamente del fin del mundo, sino de una transformación en “nuevos cielos y nueva tierra”: la humanidad renovada, donde se realizará un nuevo orden con justicia 19.

En este sentido, el papel de los cristianos en la conservación de lo mejor de este mundo es una aportación para el futuro de felicidad y armonía que Dios prepara para nosotros. Así, cada lucha, por pequeña que sea, por la creación de nuevos espacios de justicia y fraternidad es ya adelanto del reino futuro de armonía plena. Para decirlo con las palabras del obispo poeta, monseñor Pedro Casaldáliga, “por la fe sabemos que cada travesía es puerto”.
La lectura de este fragmento de la 2 Pedro se muestra así como un elemento válido en la reflexión acerca del futuro de la creación y de la importancia de la conservación del ambiente, creado por Dios como casa común para todos los seres humanos.

 

6. La catástrofe del ecosistema
y el futuro del mundo

Era una tarde de otoño en la plaza de la ciudad de Bonn, capital de la antigua Alemania Federal. Los domingos, el parque público principal se convertía en un enorme tianguis de trovadores y pintores, de payasos y caricaturistas. Esa tarde, que quedaría grabada en mi recuerdo, vimos venir una procesión de gentes vestidas de negro; llevaban mantas advirtiendo la proximidad de la catástrofe y un enorme reloj marcando las doce menos cinco, como señalando la urgencia de decisiones que pudieran evitarla. Sentados después en el centro mismo de la plaza, haciendo un enorme círculo, escucharon embebidos lecturas sobre la belleza de la naturaleza, junto con escalofriantes relatos acerca de la extinción de las especies animales. El lector era un joven de unos 25 años y portaba una camiseta que llevaba grabado un enorme girasol en cuyo centro había un nombre: Die Grünen, es decir, “los verdes”.
Los transeúntes se detenían para mirarlos, leer sus carteles y escuchar por algunos momentos sus lecturas. La mayoría los veía con escepticismo y una buena parte los consideraba locos. Yo también. Era el año 1982.
Durante algún tiempo mantuve esa opinión. Mi escepticismo comenzó a desaparecer cuando estos movimientos ecologistas se desarrollaron y saltaron a la palestra pública con acciones espectaculares y con definiciones políticas. Como una oleada que no puede detenerse, la conciencia de la posibilidad cierta de la autodestrucción de la raza humana y de su ecosistema fue creciendo hasta convertirse en patrimonio de todos. Algunas de las advertencias de aquellos grupos empezaron a cumplirse: playas contaminadas con petróleo o aceites químicos, pájaros muertos, bosques destruidos por las lluvias ácidas, desaparición de la capa protectora de ozono y, en el corazón de un país como México, niños que no pueden salir a la escuela en invierno por el fenómeno de la inversión térmica, fruto de la contaminación atmosférica. Aquellos jóvenes aparentemente locos habían puesto el dedo en una llaga purulenta; eran profetas de una destrucción posible, a la que estábamos colaborando todos, de manera activa o pasiva, con nuestra participación o con nuestra indiferencia.
Hoy todos los organismos internacionales se ocupan del tema. La Conferencia de las Naciones Unidas sobre el ambiente y el desarrollo, celebrada en Rio de Janeiro y llamada “La cumbre de la tierra”, han puesto de relieve la gravedad de la crisis ecológica. Hoy ya nadie piensa que la ecología es apenas asunto de Briggitte Bardot y sus osos polares, o de algunos locos que defienden a las ballenas. El mundo es nuestra casa común, creada por Dios como un jardín de vida en abundancia, y nosotros nos hemos ocupado en convertirla en un gigantesco cementerio en el que, al final, no habrá mano ninguna que coloque las lápidas.
Los obispos de Santo Domingo subrayan la responsabilidad que, en el desastre ecológico, tienen los promotores de un tipo de desarrollo que privilegia a las minorías y compromete el futuro mismo de la humanidad en aras del lucro y el consumismo. Este modelo de desarrollo provoca los actuales desastres ambientales y sociales. Una nueva mentalidad se hace necesaria: el aprendizaje de la sobriedad; la sabiduría de los pueblos antiguos; una espiritualidad que recupere el sentido de Dios creador, siempre presente en la naturaleza; una re-educación que subraye el valor de la vida; y un continuo ejercicio de la crítica ante la riqueza y el desperdicio, son sólo algunos de los elementos que conforman esta nueva mentalidad que la Iglesia está preocupada en fomentar (DSD 169-170). Como todos viajamos en la misma barca, de esta tarea nadie puede sentirse exento.
En el lenguaje bíblico de la 2 Pedro podríamos traducir esto de la siguiente manera: entre la primera destrucción del mundo por el agua y la definitiva transformación del mundo por el fuego, a los cristianos toca, junto con todos los seres humanos de buena voluntad, conservar y hacer crecer esta casa común que Dios ha creado para todos. El deterioro del ecosistema es una muestra de que los valores del Evangelio no han logrado penetrar en el complejo mundo de nuestras relaciones interhumanas y con la naturaleza. Bien dicen los obispos en Santo Domingo que hay un modelo de desarrollo que, en aras del dinero y el mercado, no tiene reparos en destruir el universo y comprometer el futuro mismo de la raza humana.
Una última paráfrasis de 2 Pe. 3, 11 podría ayudarnos a concluir esta reflexión:

En vista de la transformación final que nos espera y delante del desastre ecológico que hemos provocado todos al permitir la continuidad de un orden nacional e internacional que pisotea los derechos de los más pobres y sacrifica la naturaleza en aras del consumo y el culto al dinero, ¿cómo no habremos de comprometernos en la construcción de un nuevo orden social, sin privilegios y privilegiados, en el que la justicia no sea sólo una palabra bonita, sino una experiencia que brota del corazón y que se reglamenta socialmente? ¿Cómo no habremos de preocuparnos porque el universo que Dios creó para que fuera nuestro hogar, no se convierta en una tumba gigantesca para los seres humanos y los animales, las plantas y los demás seres vivientes? ¿Cómo no entender que la lucha por la justicia y el combate a la contaminación hacen que se apresure la llegada del reino y son ya signo de su presencia actuante entre nosotros?


7. El cuento del Padre Jorge

Era todavía muy pequeño y no podía entender del todo las pláticas del Padre Jorge. De cualquier modo su personalidad me cautivaba. Un día nos estuvo hablando del cielo. Nos preguntó cómo nos lo imaginábamos. Al terminar cada uno de dar su opinión, él nos dijo: “El cielo será una verdadera sorpresa para todos: será la absoluta novedad del amor pleno”. Y se puso a explicarnos con imágenes cómo sería el cielo. Una parte de su conversación acaparó mi atención:

...en el cielo volveremos a encontrar, transformadas, todas las bellezas de que gozamos aquí en la tierra. ¡Imagínense!, llegar allá y mirar de nuevo Chichén Itzá en su majestuoso esplender. Ah..., pero lo veremos en su ambiente natural, sin esa tala asesina del bosque que ha convertido el lugar de culto de nuestros abuelos en un espectáculo soso para turistas gringos.

Ahora, muchos años después, me sigo preguntando: ¿reencontrar Chichén Itzá en el reino definitivo? ¿Volver a contemplar transformados naranjos, hermosos y renovados pavorreales? ¿Es que mentía San Pablo al decir que “este mundo pasa”? ¿Está la creación condenada irremisiblemente a la muerte o destinada a la resurrección? ¿De qué manera afectó la resurrección de Jesús al cosmos entero? ¿En qué consiste la “liberación” que espera nuestro mundo entre dolores de parto?


No tengo respuestas para tantas preguntas, no obstante algo en este asunto me huele a vida que no se termina, a energía que se transforma sin cesar, a evolución al punto Omega de la historia y de la creación. En un mundo en el que las utopías han muerto y en el que parece que la historia no conduce ya a ninguna parte, quisiera volver a creer en aquella vieja promesa divina contenida en el libro del Génesis: “No volveré a destruir nunca la tierra”.

Raúl H. Lugo Rodríguez
Casa Cural
97820 Tecoh, Yucatán
México

1  Cfr. Vielhauert, Phillipe. Historia de la literatura cristiana primitiva. Sígueme, Salamanca, 1991, págs. 617-621.
2  Una exposición sucinta y crítica es la de George-Grelot. Introducción crítica al Nuevo Testamento. Herder, Barcelona, 1983, págs. 102-104.
3  He tratado del tema del conflicto ortodoxia-ortopraxis en la 1 Juan en el número 17 (1994) de RIBLA, dedicado todo él a los escritos de la escuela juánica. Cfr. Lugo Rodríguez, R. “El amor eficaz, único criterio (El amor al prójimo en la primera carta de San Juan)”, págs. 107-122.
4  Cfr. Alonso Schökel-Mateos. Nueva Biblia española. Verbo Divino-Cristiandad, Madrid, 1975, Introducción a la 2 Pedro.
5  Así dice el Targum de Ex. 12, 42: “los cielos y la tierra de ahora, la misma palabra los ha separado y reservado para el fuego, para el día del Juicio y de la perdición de los hombres impíos”.
6  Cfr. Lugo Rodríguez, R. “‘Esperen el día de la llegada de Dios y hagan lo posible por apresurarla...’ (2 Pe. 3, 12). (Las cartas no paulinas como literatura de resistencia”, en RIBLA 13 (1993), págs. 45-55.
7  Gn. 1; Sal 33, 6.9; 147, 15; 148, 5; Jdt. 16, 14; Sb. 9, 1; Hb. 1, 3; 11, 3.
8  De este modo lo menciona la 1 Clemente 9, 4: “Noé anunció al mundo su nuevo nacimiento”. Así también lo confiesan las tradiciones judías como el Hen (et) 83, 3-5.
9  El judaísmo tiene una idea parecida a propósito del día de Yahveh: el ansiado fin que significará bendición para el resto fiel, es retardado a causa de los pecados de Israel. Cfr. 4 Esd. 4, 38 (también aparece así en Ap. 16, 14 y Hch. 3, 19s).
10  Cfr Kuss, O.-Michl, Johann. Carta a los Hebreos. Cartas Católicas. Herder, Barcelona, 1977. En el índice de excursus de este libro aparece el título: “La doctrina sobre la futura destrucción del mundo por el fuego”, págs. 565-569.
11  Gn. 15, 17; Ex. 3, 2; 13, 21; 19, 18; 24, 17; Jc. 13, 20; Is. 29, 6; 30, 27; Ez. 1, 4. 27. Para los juicios a través del fuego están Gn. 19, 24; Lv. 10, 2; Nm. 11, 1; 16, 35; Is. 30, 33; Jr. 49, 27; Os. 8, 14; Am. 1, 4.7.10.12.14; 2, 2.5; Nah. 3, 13; Zc. 9, 4.
12  Cfr. Henoc Etiópico 1, 6; 52, 6; 4 Esd. 8, 23; 91, 9; Apocalipsis de Baruc 48, 43.
13  Cfr. De incorruptibilitate mundi 21, 27; De vita Mosis II, 263; Quis rerum divinarum heres sit 228; De specialibus legibus I, 208.
14  Así lo trae también Flavio Josefo en Ant. I, 2, 3, párrafo 70.
15  Es interesante notar que la idea del incendio del mundo aparece con claridad y frecuencia en la literatura cristiana postapostólica: Justino, 1 Apol. 20, 1.4; 45, 1; 60, 8; 2 Apol. 6, 2; Apocalipsis de Pedro 5; Taciano, Oratio 25, 6; Atenágoras, Legatio pro christianis 22, 3; Teófilo de Antioquía, Ad Autolycum II, 38; Ireneo, Adversus haereses IV, 4, 3; 20, 11; V, 292.
16  Cfr. el comentario a 2 Pe. 3, 11-13 en Vanni, Ugo. Lettere di Pietro, Giacomo e Giuda, nella Nuovissima Versione della Bibblia. Paoline, Roma 1977.
17  Cfr. Spicq, C. Les epitres de Saint Pierre. Gabalda, Paris, 1966, págs. 259s.
18  Cfr. Kuss-Michl, op. cit., pág. 564.
19  Cfr. Biblia sagrada. Novo Testamento. Ediçâo pastoral. Edicoês Paulinas, Sâo Paulo, 1986. Comentario a 2 Pe. 3, 13.

 

 
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