
“YO SERE PARA EL COMO AQUELLA QUE DA LA PAZ” 1
Ana Maria Rizzante
Sulamita, la traviesa protagonista del Cantar de los Cantares, carga en su nombre la paz. Es un proyecto, una propuesta, una profecía. Hay otros proyectos, otras propuestas para tener la paz. Sulamita presenta la suya, con osado atrevimiento y firme convicción: la paz es encontrada en los campos, al lado del amado, en la entrega total y apasionada del amor, en el encuentro de dos cuerpos que se aman: para gozar, para estar bien. Orgasmo y paz: ésta es la afirmación-propuesta de Sulamita. Los amantes saben que es así. Saben que eso debe ser buscado, conquistado, defendido, pues hay otros proyectos, otras propuestas de paz, falsas.
The Shulamite, female protagonist of the Song of Songs, bears peace in her very name. She is aproject, a proposal, a prophecy. There are other projects, other proposals for getting peace. The Shulamite offers hers, with bold daring and firm conviction: peace is found in the fields, at the side of one’s Beloved, in the total and passive surrender of love, in the meeting of two bodies which love each other: to come, to enjoy a state of well-being. Orgasm and peace: this is the Shulamite’s affirmation and proposal. Lovers know that it is so. They know that this must be sought, conquered, defended, for there are other proposals for ways of getting peace, which are false.
Proponer reflexiones sobre ecología hoy, sobre todo desde la Amazonia, da la impresión de repetir cosas ya dichas, de cansar a quien nos escucha. Las que propongo en lo que sigue, están inspiradas en la experiencia de Sulamita, la protagonista del Cantar. En su tiempo, con certeza, la ecología no se hallaba en la pauta de las discusiones, ni era un problema tan grave como se ha vuelto en la actualidad. Aun así, no se pueden leer estas poesías de amor sin respirar la vida y la naturaleza.
El Cantar de los Cantares, un cántico donde la naturaleza, la gente, las personas que se aman, se integran, se identifican, se corresponden, en una interacción que produce el grito del amor y el silencio de la paz.
Paz = Shalom: una de las palabras más conocidas de la lengua hebrea.
Paz: no una simple situación del espíritu, o la ausencia de conflictos, sino el fruto de una justicia reconstruida, de relaciones equilibradas, donde cada uno tiene lo que necesita.
Paz, como no sentir falta de nada, como contrato cumplido fielmente por las dos partes.
Paz como estar bien, fortuna, prosperidad, salud física, alegría, satisfacción.
Paz como Yavé (Jc. 6, 24 hebr.).
Lo contrario de la paz no es la guerra, sino la falta de bienestar social del pueblo. La injusticia, mucho más que las guerras, destruye la paz.
Esta visión, que parecía tan clara, quedó socavada desde los orígenes por la destrucción de Jerusalén. Aconteció lo que no debía acontecer. Yavé no garantizó el shalom de su pueblo; permitió la derrota, el exilio, la humillación. Yavé no cumplió su parte del contrato con Israel: la promesa de un trono eterno (2Sm. 7, 16) parecía definitivamente perjudicada. ¡Nunca más Israel tendría paz; nunca más shalom (Lm. 3, 17)!
A menos que...
A partir de esta situación de desesperación y de fatiga, diferentes grupos comenzaron a soñar con la reconstrucción, con el restablecimiento del shalom. La paz pasó a ser vista como la salvación que Yavé realizaría al restablecer la suerte de su pueblo.
Nacerán diferentes proyectos.
1. El proyecto de “shalom-ón”
Un nuevo David, un nuevo rey que no venga a repetir los errores de los reyes del pasado, sería el responsable, el escogido por Dios, para dar la paz a Jerusalén. En las palabras de Jeremías y de Ezequiel sentimos este sueño abierto hacia el futuro, pero con un fuerte sabor nostálgico:
Mi siervo David reinará sobre ellos; todos ellos tendrán un solo pastor, andarán en mi justicia, guardarán y observarán mis mandamientos. Habitarán en la tierra... ellos y sus hijos para siempre; y David, mi siervo, será su príncipe eternamente.
Haré con ellos una alianza de paz; será una alianza eterna. Los estableceré y los multiplicaré, y pondré mi santuario en medio de ellos para siempre... Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo (Ez. 37, 24-27).
CITA Haré brotar para David un renuevo de justicia; él ejecutará el derecho y la justicia en la tierra. En aquellos días Judá estará a salvo y Jerusalén habitada en seguridad; ella será llamada: Yavé, nuestra justicia. Porque, así dice Yavé: Nunca faltará hombre que se siente en el trono de la casa de Israel. Ni a los sacerdotes levitas faltará hombre delante de mí, para que ofrezca holocaustos, queme la oblación y haga sacrificios todos los días (Jr. 33, 15-18).
Trono y templo, re-erguidos y reconstituidos como antes.
Después de la purificación operada por Dios en el exilio, estamos listos, con un corazón nuevo (Ez. 36, 26; Jr. 31, 33), para empezar una vez más, siguiendo, no obstante, los antiguos modelos sociales editados por la monarquía davídica, mejor, salomónica.
Los primeros repatriados, con Sassabassar antes y con Zorobabel después, llevaban consigo este proyecto y encontrarán el apoyo de algunos sectores de los remanentes de Judá, cuya memoria es guardada en el libro de Ageo y, en parte, en el de Zacarías. La reconstrucción del templo de Jerusalén era la garantía del shalom restablecido (Ag. 2, 20-23; Zc. 1, 14-17).
La misteriosa desaparición de Zorobabel, después del 515, significó el fin de este proyecto. El sueño, sin embargo, quedó y traspasó los siglos. Será llamado mesianismo davídico, y será bastante común entre los campesinos de Judea.
Jesús, 500 años más tarde, será todavía proclamado como el Hijo de David, aquél que viene en nombre del Señor (Mt. 21, 9).
2. El proyecto de Jeru-Shalem
El fin de la monarquía davídica, después del 515, significó el fortalecimiento y el triunfo del grupo sacerdotal sadocita que, al lado de Zorobabel, detenta el poder en el recién reconstruido templo de Jerusalén.
Era preciso, no obstante, construir una figura que llegase a tener el mismo ascendiente de David en el medio popular, y que fuese capaz de substituirlo en el imaginario del pueblo como nuevo mediador del shalom: fue la figura del Sumo Sacerdote, sagrado, diferente, único, casi como Yavé. En él y por medio de él se realizaría el encuentro Dios-pueblo que daría la paz a Jerusalén.
La memoria de Aarón creció sobre la de Moisés, y éste fue “reducido” a legislador del Sinaí: su papel de libertador de la servidumbre en Egipto fue dejado en segundo plano. El propio David fue rediseñado como el hombre escogido por Dios para edificarle el templo. El único servicio de David, según el cronista, fue haberse puesto al servicio del templo de Jerusalén. Dígase lo mismo de Salomón y de la monarquía pre-exílica en general.
El templo era la realización definitiva de las promesas de la alianza davídica y, más aún, de la alianza mosaica. ¡Moisés y David recibieron su plena realización por el templo sadocita! La existencia de éste explicaba la elección de los dos grandes patriarcas.
Fue difícil controlar la profecía que, desde siempre, estuvo en antagonismo con el templo y el trono, y que se hallaba muy presente en la memoria del pueblo, sobre todo de los campesinos.
La palabra de Dios, la ley, quedó encerrada dentro del templo, dentro del arca, colocada detrás de un velo que no se podía traspasar y accesible única y exclusivamente al Sumo Sacerdote:
Allí vendré a ti y, de encima del propiciatorio, de en mendio de los dos querubines que están sobre el arca del testimonio, hablaré contigo acerca de todo lo que yo te ordenaré para los hijos de Israel (Ex. 25, 22).
Los querubines, que guardaban el jardín del Edén e impedían el acceso al árbol de la vida (Gn. 3, 24), guardan ahora la palabra e impiden que otros, aparte del Sumo Sacerdote, se aproximen a ella. El templo intentó así matar la profecía, arrancándola de la casa y de la boca de los campesinos:
En aquel día... removeré de la tierra a los profetas y el espíritu inmundo. Cuando alguien todavía profetice, su padre y su madre que lo engendraron, le dirán: no vivirás, porque has hablado mentiras en nombre de Yavé; su padre y su madre que lo engendraron, lo traspasarán cuando profeticen. En aquel día se sentirán avergonzados los profetas... Cada uno dirá: “¡Yo no soy profeta, soy un labrador de la tierra; fui comprado desde la mocedad!” (Zc. 13, 2c-6).
¿Falsos profetas? De cualquier forma, campesinos descalificados ¡Los pobres no pueden ser profetas! Los últimos profetas sólo van a hablar desde y para el templo.
Uno de los elementos del shalom, para este grupo, es el fin de la profecía, siempre incómoda a quien tiene el poder, en especial el poder sagrado.
El Sumo Sacerdote se transforma de este modo en sacerdote, profeta y rey. Construye un Dios a su imagen: altísimo, inaccesible, juez severo y bien masculino. Se establecen reglas, definidas hasta en los más mínimos detalles, para garantizar el nivel de acceso a este Dios: se fijan complicados rituales de purificación que permitan restablecer un shalom interrumpido por nuestra impureza.
Lo puro y lo impuro, lo profano y lo sagrado, adquieren de improviso una importancia extraordinaria (Ez. 45, 23): el shalom es individualizado. Cada uno debe ser justo, observante de todas las minucias de la ley, para alcanzar la retribución, el shalom divino en bienestar, riquezas, hartura, salud...
En esta dinámica la víctima mayor fue la mujer, impura por naturaleza y, por eso, motivo de falta de shalom en las casas, principalmente en las casas más pobres.
El sacrificio por el pecado era la única posibilidad de restablecer la ligazón con Dios, interrumpida por la impureza. ¡El templo medió de forma definitiva la paz!
3. El proyecto de la shulam-ita
Hay otra manera de alcanzar la paz, otra manera de revivir el milagro del Edén. Ni Salomón, ni Jerusalén. Ni historias legitimadoras, ni leyes severas. Un cántico.
El cántico que sale de la boca de una mujer amante, de una mujer amada. El grito de la paz alcanzada con la entrega hasta el fin, hasta el desfallecimiento, a la persona amada, en la búsqueda de lo que hace linda la vida: el sueño restaurador después del amor hecho con pasión y avidez.
Las hijas de Jerusalén, destinatarias primeras del Cantar de los Cantares, son invitadas, conjuradas, a garantizar este sueño, señal suprema de la paz alcanzada. Como el sábado, el descanso divino después de la creación, después de haber hecho todo lo que es bueno.
Un cántico de mujer para mujer. Una mujer que, lejos de ser motivo de impureza, es fuente de gozo y de descanso. El cuerpo de la mujer se yergue libre, lindo, provocadoramente puro: sus perfumes, sus olores, sus palabras y sus amores... todo es bueno, produce la paz del descanso en los brazos de la mujer amada, protegido por la complicidad llena de cariño del silencio contemplativo de las hijas de Jerusalén, que no corren detrás ni de la litera de Salomón, ni de las palabras engañadoras de los hermanos.
Un cuerpo que, más allá de cualquier legislación controladora y dominadora, busca y se entrega, procura y se ofrece, provoca y se deja seducir, porque nada hay más importante, más serio, más sagrado, más divino que pueda ser hecho, que estar juntos, estar desnudos, ser carne una del otro, sin tener ninguna vergüenza (Gn. 2, 24-25).
Sin maridos/señores, sin hijos/herederos: mujer y hombre solamente. Sin impurezas, sin dominaciones, sin opresiones, sin censuras. Sólo la libertad suprema del amor, del encuentro, de la donación, de lo lúdico, de lo inútil.
Los dos, juntos, finalmente buenos. Reconstruidos, perfectamente retribuidos, en paz: la paz. “Mi amado es mío y yo soy de él” (2, 16).
Vino, miel, leche, trigo, perfume, aceite, narciso, azucena, nardo, ciprés florido, palmera, manzanas, granadas, azafrán, canela, cinamomo, incienso, mirra, áloes, lirios, bálsamo, púrpura, manzanos... Gamos, ovejas, palomas, tórtolas, cabritas, gacelas, rebaño esquilado, después del baño... Sol, luna, Líbano, Sanir, Hermón, viento norte, viento sur, Tirsá, Jerusalén, Galaad, Damasco, Carmelo... Jardín cerrado, fuente lacrada, pozo de agua viva, jardín de los nogales, vid florecida... Oro, plata, piedras preciosas, marfil, safiros, mármol, collares, copa redonda...
Todo, toda la naturaleza, participa de este canto, de este encuentro de amor. La mujer y el hombre, con sus cuerpos ardientes de pasión, dan voz y vida a todo lo que existe. Todo lo que es bueno, todo lo que es bello, todo lo que da gusto ver, tocar, oler, lamer, adquiere sentido, tiene lugar, toma cuerpo en los cuerpos que se aman. Todo lo que existe, todo lo que Dios hizo, se condensa en esta apasionada entrega, para después explotar en un arco iris de colores y de perfumes: llamarada de Yavé.
Y la paz, el shalom, es alcanzado no en los templos, por medio de rezos y sacrificios que de nada valen, ni en los palacios, vendiéndose al poder y al oro de los reyes, ni en las casas patriarcales, donde los hermanos quieren mandar sobre el cuerpo de la mujer transformándolo en objeto de trueque y lucro.
La mujer, la Sulamita, señala el verdadero camino de la paz, rompiendo tercamente reglas y confines, barreras y cercas, en busca del camino de los pastores, de las tiendas campesinas, del abrigo en las grietas de los montes, corriendo detrás del sol, de la primavera, del amado, incansable hasta saciarse de él y saciarlo hasta quedar exhaustos.
Ni la ciudad, con sus muros y guardianes, es lugar del amor, y ni siquiera la litera de Salomón defendida por sesenta valientes armados. Lo que necesita de muros, de guardianes y de soldados armados para sustentarse, sólo puede generar incomodidad y miedo. Nunca amor. Tampoco paz.
4. El nuevo lenguaje de la profecía
“Mi viña no defendí” (1, 6), arguye la mujer amada contra los hermanos que la quieren “proteger”. “Mi viña es sólo mía” (8, 12), arguye la mujer campesina contra las pretensiones de Salomón de tener el tributo de su viña.
Viña como cuerpo de mujer, viña como tierra.
En el Cantar, los dos sentidos se cruzan, se abren uno al otro, se interpelan, se complementan. Los hermanos quieren controlar el cuerpo de la mujer para poder “venderla” con lucro a la hora del casamiento. Un cuerpo virgen de mujer es supervalorado, es una riqueza para los hermanos. Salomón arrienda su viña en Baal-Amón (Baal, como Señor, como Marido; Amón como multitud, como riqueza 2). El, señor de todo y de todos, quiere transformar la viña en riqueza.
Tierra y mujer = riqueza.
Para Sulamita, la viña, tierra y mujer, no tiene dueño, no sirve para el lucro, sino para la vida, para el placer, para el juego, para el amor. Es una nueva manera de ser frente a las cosas, la naturaleza, la tierra y la mujer. Sin querer poseerlas, simplemente gozando de ellas, dejándolas libres de vivir, de darse.
La mujer es una viña, un valle florido y una azucena en medio de él; es un jardín cerrado donde el amado entra para comer frutos sabrosos, un terreno de balsameras, un jardín de nogales. Mujer y tierra, una sola cosa: un conjunto de fertilidad, de vida, de abundancia.
Y el amor más tierno, igualitario, parejo, es la única manera de que tengamos la llave de este jardín, de la tierra y de la mujer:
Mi amado descendió a su jardín,
a los terrenos de las balsameras,
fue a pastorear en los jardines
y recoger azucenas.
Yo soy de mi amado
y mi amado es mío,
el pastor de las azucenas (6, 2-3).
Es el restablecimiento de las relaciones más verdaderas (Os. 3, 3) entre las personas a lo largo de la historia.
El mi amado/dwdi, es la misma raíz de David/dwd. El David pastor, no el Salomón de la litera de madera del Líbano. El David de los pobres, antes de tener su ciudad. A esta memoria se religa proféticamente la mujer para cantar la vida, la paz, el shalom. De cierta forma, ni siquiera necesita ser agricultor. Basta con ser pastor y viñatero; basta con vivir de lo que la tierra ya da, sin otra exigencia que la de vivir 3.
Y con eso recobra colorido el rostro de Dios que el templo había reducido a un triste color ceniciento. Nuestro Dios, el único nuestro, aunque de mil facetas diferentes. No necesita siquiera decir su nombre, porque su nombre es colectivo, está en la era y en el jardín, está en el campo y en los montes, en las alturas y en el Xeol. Gusta de fruta seca y de pasteles de pasas, de leche y de miel. Es agua, es rocío, es llovizna y es llamarada. Es pasión, es amor, es deleite, es vida.
Es Yavé, pero tiene aroma y sabor de Baal, tiene el esplendor del sol y de la luna, tiene rostro y cuerpo de mujer y de hombre que se aman. La imagen de Dios: la mujer y el hombre que se aman.
Es el paraíso, el jardín antes de la tentación ofrecida por la serpiente del poder. ¿Por qué querer ser como dioses? Este es el pecado del Sumo Sacerdote que quiere ser el único, el sagradísimo, justamente el Sumo, el excelso, el controlador de la justicia y del perdón divino, el mediador de la alianza, el ungido/mesías 4. Este es el pecado de los reyes que elevaron sus tronos y se proclamaron hijos de Dios (2Sm. 7, 14) para legitimar su poder, y se hicieron ellos también mediadores de la alianza, ungidos/mesías.
¿Por qué querer ser como Dios, si Dios es como nosotros cuando nos amamos más allá de cualquier dominación?
El templo tenía, para su uso, un aceite especial para la unción de los sacerdotes y de las cosas santas: bálsamo, mirra, cinamomo y álamo, acacia y aceite de olivo (Ex. 30, 22-24).
Ungidos, perfumados, con perfumes riquísimos y olorisísimos, con esencias de aceites de todos los tipos, son los cuerpos de los amantes que en los campos se entregan uno al otro. Es ungüento escurriendo (1, 3), igual al del Sal. 133, sobre la cabeza de Aarón; es nardo que exhala su perfume (1, 12); es bolsita de mirra entre los senos (1, 13); es monte de mirra, es colina de incienso (4, 6); el perfume de las ropas como la fragancia del Líbano (4, 11); son dedos escurriendo mirra (5, 5); los labios como mirra que fluye y se derrama (5, 13).
Esos son ahora los protagonistas, los ungidos, dispuestos para la fiesta mayor, la fiesta del amor en el jardín, así como Dios la había planeado desde el comienzo para que los dos fuesen buenos:
Yo soy de mi amado,
su deseo lo trae a mí.
¡Ven, amado mío,
vamos al campo,
pernoctemos bajo los cedros;
madruguemos por las viñas,
veamos si la vid florece,
si los botones se están abriendo,
si los granados van floreciendo;
allí te daré mi amor! (7, 11-13).
Es la victoria sobre los querubines, sea aquéllos que impedían el acceso al jardín, los querubines de Salomón, sea aquéllos que defendían el control de la palabra, los querubines del Sumo Sacerdote.
La profecía no murió. Pese a las tentativas del templo, ella tomó un nuevo rostro; vistió la ropa del canto, de la novela, del himno de amor. Sin embargo no dejó de ser profecía, de ser trabajo de vidente, de quien es capaz de ver en los cuerpos entrelazados de los amantes la síntesis más perfecta del proyecto de Dios sobre la humanidad, sobre la tierra, sobre la naturaleza, sobre la vida.
Es la ecología más profunda, aquella capaz de avistar proféticamente en la naturaleza la casa de nuestro amor.
5. El canto de la pascua
La primavera marca la reanudación de la vida en las frías tierras del hemisferio norte: el sol vuelve a brillar desde temprano y la savia de la vida, contenida durante el frío del invierno, comienza a pulsar con energía abriendo para sí caminos de fertilidad. Es la fiesta de la vida que vence a la muerte.
Fiesta de pastores que abandonan los apriscos y la hierba seca del invierno para buscar nuevos pastizales verdes y frescos.
Memoria de un pueblo que dejó tras de sí la esclavitud y pasó el Mar Rojo a pie enjuto. Fue en la primavera que vimos a Yavé combatiendo por nosotros y derrumbando en el mar a caballo y caballero, para darnos una tierra que manaba leche y miel.
Pasaje, vida que continúa, en busca del jardín florido, de la tierra sin males, cuyo camino los palacios y los templos se obstinan, desde siempre, en cerrar, señalando otros rumbos. Falsos.
Hasta el último gran conflicto, en el cual el palacio y el templo se asociaron para cancelar el camino, la verdad y la vida.
No obstante, el jardín vence. En la mañana de la resurrección María de Magdala y Jesús se encuentran una vez más en el jardín. Al abrazo que acontece, le sigue el envío.
El jardín no es ya un punto de llegada, un sueño a alcanzar. Del jardín, ya realizado, debemos salir no más expulsados, sino para invitar a todos a entrar. El jardín es la nueva casa de los que saben que el Dios de Jesús es nuestro Dios, el padre de Jesús, nuestro padre.
El jardín y el amor en el jardín no admiten celos, porque no admiten propiedad, son para todos:
¡La fuente del jardín
es pozo de agua viva
que chorrea descendiendo del Líbano!
¡Despierta viento norte,
aproxímate, viento sur,
soplad en mi jardín
para esparcir sus perfumes!
¡Entre mi amado en su jardín
y coma de sus frutos sabrosos!
Ya vine a mi jardín,
mi hermana, novia mía,
cogí mi mirra y mi bálsamo,
comí mi panal de miel,
bebí mi vino y mi leche.
¡Comed y bebed, amados,
embriagaos de amores/amados (4, 15-5, 1).
Las palabras que hasta entonces sirvieron para indicar la relación entre los amantes: ra ‘eiah’/amada y dwodi/amado, se pluralizan en este último versículo. Todos son amados. El amor se difunde, la relación se multiplica, crece. El jardín es de todos.
Fuente de agua viva, como el templo (Ez. 47, 1-12; Jl. 4, 18; Sal. 46, 5), como Jerusalén (Zc. 14, 8), como Dios (Is. 12, 3; 55, 1), como Jesús (Jn. 4, 10-14).
Mujer y hombre sujetos nuevos de una nueva Pascua, para que el jardín sea abierto a todos y en él todos puedan encontrar la vida (Ap. 22, 1-2).
6. Un Dios con rostro de mujer
Solamente una cosa más. La lectura mística de este texto, a lo largo de los siglos, vio en él el himno del encuentro entre Jesús y el alma, sumergida en la contemplación de su amor. La lectura alegórica leyó, en las páginas del Cantar, la historia del amor entre Dios y su pueblo, Israel, algo como en Ez. 16.
En ambos casos, el elemento humano era representado por la mujer/amada, y el elemento divino por el hombre/amado. Dios, el esposo; el pueblo, el alma, la esposa.
No obstante, el Cantar dice algo más. Nada de lo que se dice del hombre es exclusivo del hombre, es también de la mujer. Pero tiene cosas que son únicamente de la mujer:
—ser la fuente de agua viva, como ya dijimos;
—vigilar, junto con las hijas de Jerusalén, el sueño del amante saciado;
—ser aquélla que da el shalom, la paz.
Estas son características de la acción de Dios, y pasan por la mujer. La mujer, instrumento de la vida, del descanso y de la paz. ¡Como Dios!
Esta proclamación tiene sabor de toma de conciencia, de descubrimiento de la identidad. En el momento en que el templo, la ley y la mentalidad patriarcal cada vez más profunda legitimaban toda dominación sobre la mujer, este grito de orgullosa independencia se levanta, hecho profecía, para decirnos a todos que la Divinidad gusta de tener rostro y cuerpo de mujer. No sólo de madre, no sólo de esposa, sino de mujer. ¡Solamente! El amor dado por el cuerpo de la mujer, lejos de ser controlado en función de la maternidad, o mantenido virginal en función de la dote marital, es lugar de paz reconstruida, un shalom que ni Salomón, ni Jerusalén, nunca podrán dar. Unicamente la Sulamita.
Nota bibliográfica
En este texto están presentes las vidas y reflexiones de otras personas que inspiran y alimentan nuestra vida y nuestra reflexión. Quiero recordar tres escritos importantes:
Pereira, Nancy Cardoso. “¡Ah!... Amor en delicias”, en RIBLA (San José, DEI) No. 15 (1993), págs. 59-74.
Tamez, Elsa. Un nuevo acercamiento al Cantar de los Cantares. Los juegos del erotismo del texto (tesis de licenciatura en literatura y lingüística). Heredia (Costa Rica), Universidad Nacional, 1985, 190 págs.
Estudos Bíblicos (Amor e paixão. O Cântico dos Cânticos) (Petrópolis, Vozes) No. 40 (1993), 68 págs.
Quiero también agradecer a las amigas y a los amigos del CEBI (Centro de Estudos Bíblicos) de Goiás y del Curso de Verano-1995, en Goiânia, con los cuales tuve condiciones de probar, profundizar y enriquecer mis intuiciones, y, claro, a Sandro, dwdi en la vida y en la búsqueda, conquista de la paz.
Ana Maria Rizzante
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68906-970 Macapá (AP)
Brasil
1 Ver Ct. 8, 10.
2 Ravasi, Gianfranco. Cântico dos Cânticos. São Paulo, Edições Paulinas, 1988, pág. 141.
3 Es ésta la experiencia que hacen nuestros indios y rústicos campesinos: recoger del monte, de los ríos, de la tierra, lo que ella ofrece, conforme sus ritmos, sin violentarla para satisfacer exigencias de producción y de mercado. Extractores y agricultores lo suficiente para sobrevivir. Así hacen ellos; así les gustaría hacer, y muchos pagan con la vida el rechazo a explotar y violentar la floresta, los ríos, la tierra, con tractores, ganado, motosierras... al servicio de grandes grupos y empresas. Algunos resisten, otros se someten y aceptan la depredación. En ambos casos, no hay paz.
4 La descripción del Sumo Sacerdote Simón en Eclo. 50 es deslumbrante y, no por ca-sualidad se usa, para describir la belleza del Sumo Sacerdote, las mismas comparaciones del Cantar.
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