
Las primeras comunidades cristianas
dentro de la coyuntura de la época
Las etapas de la historia del año 30 al año 70
Carlos Mesters y Francisco Orofino
El artículo quiere mostrar como la coyuntura nacional e internacional tuvo una influencia muy grande en las varias etapas de la vida, de la organización y del rumbo de las primeras comunidades cristianas entre los años 30 y 70. El movimiento de la Buena Nueva del Reino fue iniciado por Jesús en Galilea y continuado por sus discípulos tanto en Galilea como en Jerusalén. El incidente provocado por Calígula en el 39 y la persecución promovida por Herodes Agripa hacia el 42, hicieron crecer el nacionalismo antirromano y llevaron a los judíos más abiertos a salir de Palestina y anunciar la Buena Nueva fuera de su tierra. Este fue el fin de la primera etapa. La segunda etapa está marcada por la expansión impresionante de la Buena Nueva en el mundo grecorromano y por la entrada masiva de paganos en las comunidades. En un espacio de apenas treinta años o menos, el Evangelio alcanzó prácticamente a todos los grandes centros del imperio, inclusive la capital de Roma. La coyuntura, tanto la nacional de Palestina como la internacional del imperio, cambió nuevamente en los años sesenta. La persecución creciente de los judíos por parte del imperio, la persecución de Nerón contra los cristianos en el 65, la confusión provocada por los golpes militares de los años 68 y 69 y el levantamiento de los judíos de Palestina, con la destrucción de Jerusalén por los romanos en los años 66 a 72, marcaron el fin de esta segunda etapa y obligaron a las comunidades a un nuevo comportamiento. Lo que más llama la atención es la variedad que existía de la doctrina, la organización y la vivencia de la fe de las comunidades.
The article aims to show how the national and international context had an enormous influence, in several stages, on the life, organization and direction of the Christian community between the years of 30 and 70. The movement of the Good News of the Kingdom was begun by Jesus in Galilee and continued by his disciples in both Galilee and Jerusalem. The incident provoked in 39 by Caligula and the persecution by Herod Antipas in 42 stimulated the growth of anti-Roman nationalism and led the more open Jews to migrate from Palestine and announce the Good News elsewhere. That was the end of the first stage. The second stage is marked by the impressive expansion of the Good News in the Greco-Roman world and by the massive entry of gentiles into the communities. In the space of thirty years or less, the Gospel reached practically all the great centers of the empire including the capital, Rome. The situation, both the national situation in Palestine and the international situation of the empire, changed again in the Sixties. The increasing persecution of Jews by the empire, Nero's persecution of Christians in 65, the confusion created by the military coups of 68 and 69 and the Jewish rebellion in Palestine in the years 66-72 with the destruction of Jerusalem by the Romans, marked the end of this second step and forced the communities to adopt new behaviors. What sticks out the most is the variety of doctrine, organization and ways of living the faith that existed in the communities.
Hay muchas maneras de dividir la historia en etapas. Esto depende del criterio que se adopta. En este breve artículo adoptamos el criterio relacionado con el contexto nacional de Palestina y el internacional del Imperio Romano. Así pues, tanto ayer como hoy, es la situación o coyuntura nacional e internacional la que más influye en la vida de las comunidades, tal vez más que cualquier otro criterio. Ella ayuda a entender los cambios que suceden en el mundo y en las iglesias. Por falta de análisis de la coyuntura ya se cometieron muchos errores, y todavía se cometen.
Primera etapa: de los años 30 al 40
El anuncio de la Buena Nueva del Reino entre los judíos
Es la etapa del así llamado “Movimiento de Jesús”. Son más o menos diez años. ¡Poco tiempo! Todo comenzó en el día de Pentecostés (Hch 2,1-36). O mejor, comenzó con la decisión de Jesús de anunciar la Buena Nueva en las sinagogas de Galilea después de la prisión de Juan Bautista (Mc 1,14) y con la orden dada a los discípulos de recomenzar en Galilea después de la resurrección (Mc 14,28; 16,7; Mt 28,10). Esta primera etapa, como veremos, termina con la crisis provocada por la política del Emperador Calígula (37-41) y por la persecución de los cristianos por parte del “rey” Herodes Agripa (41-44).
Los acontecimientos
Sabemos muy poco sobre este comienzo de las comunidades. Los Hechos de los Apóstoles no informan casi nada. El interés de sus primeros cinco capítulos no es tanto describir como fue la vida de las comunidades, sino más bien como fue ella y debe ser. Por motivos más teológicos que históricos, Lucas insiste en decir que el anuncio de la buena Nueva comenzó en Jerusalén (Lc 24,47.52; Hch 1,4.8). Esta insistencia en decir que todo comenzó en el día de Pentecostés, allá en Jerusalén, nos hace perder de vista la continuidad del trabajo iniciado por Jesús en las Comunidades o Sinagogas de Galilea durante los tres años de su vida pública.
Las primeras comunidades, antes y después de la muerte de Jesús, estaban atendidas y animadas por misioneros y misioneras ambulantes. Estos y éstas, a diferencia de los misioneros judíos, no llevaban nada en el camino, ni saco, ni dinero, sino que confiaban en la solidaridad del pueblo. En la primera casa en que eran recibidos, allí se quedaban, viviendo la vida del pueblo, compartiendo la comida, trabajo y salario, y dedicando una especial atención a las personas excluidas (Mt 10,8; Lc 10,9). En otras palabras, el objetivo de la predicación de Jesús y de estos misioneros y misioneras no era, en primer lugar, anunciar una nueva doctrina, más bien renovar las comunidades existentes a partir de la Buena Noticia de que el Reino ya estaba presente en medio de ellas (Mt 10,7; Lc 10,9).
En esta fase inicial, los que aceptaban el anuncio del Reino eran vistos como uno de los muchos movimientos de renovación y de contestación al interior del judaísmo. Ellos formaban pequeñas comunidades alrededor de las sinagogas, al margen del judaísmo oficial. El crecimiento, tanto geográfico como numérico, los obligó a crear nuevas formas de organización, como por ejemplo, la selección de nuevos animadores y misioneros, llamados diáconos (Hch 6,2-6). Muchos pasajes de los evangelios se refieren a estos misioneros (cf. Lc 9,1-6; 10,1-9.17-24; Mt 10,5-15; Mc 6,7-13). Después de la muerte de Jesús, la Buena Nueva se concentró más en el anuncio del Reino, manifiesto en la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús (Hch 2,23-36; 3,14-15; 4,10-12).
Su Biblia era la Escritura Sagrada de los judíos. El Nuevo Testamento, por ahora solo existía en el corazón, en los ojos, en las manos y en los pies de los cristianos. La expresión Antiguo Testamento o Antigua Alianza viene de Pablo (2 Co 3,14). Anterior a ellos, simplemente decían la Escritura (Mt 21,42; Mc 12,24). Ellos leían o releían las Escrituras con ojos nuevos, nacidos de la práctica nueva y del nuevo ambiente comunitario de fe en la resurrección, y buscaban en ellas textos que los ayudasen a entender mejor el alcance de la novedad que estaban viviendo en Cristo. Por ejemplo, los textos del Deuteronomio sobre el futuro profeta (Dt 18,15.19 y Hch 3,22), los de Isaías sobre el Siervo de Yavé (Is 53,7-8 y Hch 8,32), los de Daniel sobre el Hijo del Hombre (Dn 7,13 y Mt 24,30), algunos salmos: Salmo 2 (Hch 4,23-26), Salmos 110 (Hch 2,34), y otros. Aquí, en esta relectura cristiana de la Escritura de los judíos, está la simiente de aquello que más tarde será llamado el Nuevo Testamento. Donde las palabras de la Escritura de los judíos no eran suficientes, los cristianos comenzaban a recodar las palabras y gestos del propio Jesús, para que sirvieran de orientación y animación en el caminar (Hch 10,38; 11,16). Aquí está el comienzo de nuestros evangelios.
En esta primera etapa aparecen diferencias que ya existían en el judaísmo y que, a lo largo de los años, se fueron acentuando en las comunidades cristianas. En un extremo, estaba el grupo alrededor de Esteban, unidos a los judíos de la diáspora. Ellos buscaban una inculturación del mensaje en el mundo helenista. En vista de eso, hacían una lectura diferente de la Biblia (Hch 7,1-53). En el otro extremo, estaba el grupo de los judíos unido a los escribas y fariseos de Jerusalén, que defendían la fidelidad estricta a la Ley de Moisés y a la “Tradición de los Antiguos” (Mc 7,5; Ga 1,14). Entre estos dos extremos estaban otros grupos y tendencias: algunos ligados a las comunidades de Galilea (Cf. Mc 16,7; 14,28), otros unidos a Santiago y a los hermanos de Jesús (Cf. Mc 3,31-34; Ga 1,19; 2,9; Hch 12,17; 21,28), otros aún a los samaritanos (Cf. Juan 4,39-42). Esta variedad de grupos y tendencias revela la riqueza de la vivencia de la Buena Nueva del Reino. Revela también la fuente de las muchas tensiones y conflictos que había. Por ejemplo, en la primera persecución fue el grupo de Esteban el que sufrió y tuvo que huir de Jerusalén. A los otros no les molestaron (Hch 8,1). A lo largo de la historia, la coyuntura interna y externa acentuó estas tendencias.
El cambio de la coyuntura
La coyuntura política en Palestina cambió profundamente cuando Calígula decidió imponer el culto al Emperador como factor de unificación del imperio. Él obligaba a los pueblos a colocar la estatua del emperador en los templos de las respectivas divinidades. En el año 39, dio la orden expresa de introducirla en el Templo de Jerusalén. ¡La imagen de un emperador pagano en el Santuario Santo de la Casa de Yavé! Doscientos años antes, un decreto semejante de Antíoco Epifanes desencadenó la revolución de los Macabeos (1 Mc 1,54; Dn 9,27; 2 Mc 6,1-9). También ahora, la protesta popular fue inmediata y radical. Flavio Josefo relata algunos incidentes que sucedieron, sobre todo en Galilea. Cuando Petronio, el Legado Romano en la provincia de Siria, llegó con un ejército para ejecutar la orden del emperador, diez mil campesinos se reunieron delante del palacio en Tolemaida (la actual Aco, al norte de Haifa) para protestar. La misma protesta se repitió en Tiberíades. Petronio preguntó: “¿Ustedes quieren la guerra?” La respuesta fue: “¡No queremos la guerra! ¡Preferimos morir a ver nuestra ley transgredida!” Y Flavio Josefo comenta: “Ellos se tiraron al suelo, estiraron el cuello y dijeron estar listos para ser matados. Esto hicieron durante cuarenta días, juntos, y durante este tiempo no trabajaron en los campos, mientras que la época del año les exigía que fuesen a sembrar” (Antigüedades, XVIII 8,1-9).
Gracias a la intervención del propio Petronio y de Herodes Agripa, nieto de Herodes El Grande, la ejecución del decreto fue dejándose de lado. Al final, el asesinato de Calígula en el 41 suspendió la amenaza. En esta época, en el 39, Herodes Agripa estaba en Roma, disputando el trono de Judea con el viejo Herodes Antipas, gobernante de Galilea. Antipas perdió y fue exiliado para la Galia. Agripa recibió su territorio con el título de “Rey de Galilea”. Después del asesinato de Calígula, el mismo Agripa contribuyó para que Claudio fuese proclamado el nuevo emperador. A cambio, Claudio lo nombró Rey de toda la Palestina. Queriendo ser fiel a la política romana, Herodes Agripa intentaba reprimir cualquier movimiento de rebelión. Este es, probablemente, el motivo por el cual empezó a perseguir a las comunidades cristianas. Dice el libro de los Hechos: “El rey Herodes empezó a tomar medidas, comenzando a maltratar a algunos miembros de la Iglesia. Mandó matar a espada a Santiago, hermano de Juan, y viendo que esto agradaba a los judíos, mandó arrestar también a Pedro” (Hch 12,1-3). Después de la muerte de Herodes Agripa en el 44 (Hch 12,23), Roma intervino, cambió el régimen, y toda la Palestina pasó a ser una provincia romana, gobernada directamente por un procurador con residencia en Cesarea Marítima.
Algunas veces se confunden los cuatro Herodes que aparecen en el Nuevo Testamento:
1) Herodes, llamado el Grande, gobernó sobre toda Palestina desde el 37 al 4 antes de Cristo. El aparece en el nacimiento de Jesús (Mt 2,1). Mató a los niños de Belén (Mt 2,16).
2) Herodes, llamado Antipas, gobernó sobre Galilea del 4 antes de Cristo al 39 después de Cristo. El aparece en la muerte de Jesús (Lc 23,7). Mató a Juan Bautista (Mc 6,14-29).
3) Herodes, llamado Agripa I, gobernó sobre toda Palestina del 41 al 44 después de Cristo. Aparece en los Hechos de los apóstoles (Hch 12,1.20). Mató al Apóstol Santiago (Hch 12,2).
4) Herodes, llamado Agripa II, hijo de Agripa I, gobernó Calcis y otros territorios al norte de Galilea del 48 al 95. Aparece en los Hechos en el juicio de Pablo (Hch 25,13-26.32).
La influencia de la coyuntura sobre la vida
de las comunidades cristianas
Todos estos hechos, desde el decreto de Calígula en el 39 hasta el cambio de régimen ocurrido en el 44 después de la muerte de Herodes Agripa, dejaron profundas marcas en el pueblo judío. De repente, este se vio amenazado por el poder del imperio, ahora instalado en Cesarea, bien cerca de él, ¡en su propia tierra! Esta nueva amenaza reavivó el sentimiento antirromano, estimuló la desconfianza para con los extranjeros, hizo crecer los movimientos nacionalistas y, por eso mismo, aumentó las diferencias internas entre los propios judíos, a tal punto de hacerse casi imposible la reconciliación. Así, a partir de los años cuarenta, la rebelión contra Roma tomó fuerza, el celo por la Ley se alargaba y comenzaba a organizarse en el partido más radical de los Zelotes. Fueron surgiendo nuevos Movimientos Mesiánicos. En una palabra, a partir del decreto de Calígula, la coyuntura ya no era la misma. ¡Cambió el cuadro político!
La nueva coyuntura repercutió en las comunidades cristianas, cuyos miembros eran todos judíos, y dificultaba la convivencia entre ellos. Por un lado, se fortaleció la tendencia de los que insistían de la observancia de la Ley de Moisés y de las tradiciones judaicas. Este grupo, más unido a Santiago y a los “hermanos de Jesús”, sigue la tendencia general del pueblo judío y comienza a evitar el contacto con los extranjeros (cf. Ga 2,11-13). Ellos son los que ahora sufren la persecución por parte de Herodes Agripa (Hch 12,1-13). Por otro lado, personas como Bernabé y Pablo, seguidores de la línea de Esteban, ya no se sienten bien en la comunidad de Jerusalén. Ellos salen y buscan otro lugar para vivir y trabajar, y ahí comienzan a anunciar la Buena Nueva (Hch 9,29-30). Ellos supieron leer las señales de los tiempos. Se inició una nueva etapa. En otras palabras, la crisis provocada por el cambio de coyuntura favoreció la misión hacia fuera de Palestina.
Segunda etapa: de los años 40 hasta 70
La expansión misionera en el mundo griego
Persecuciones, cambios de coyuntura y voluntad para anunciar la Buena Nueva “a toda criatura” (Mc 16,15) llevaron a los cristianos a salir de Palestina. A partir de ahí, en poco tiempo, más o menos treinta años, la Buena Nueva se extendió por el imperio y penetró prácticamente en todas las grandes ciudades, inclusive en Roma, la capital, el “fin del mundo” (Hch 1,8). Como veremos, el levantamiento de los judíos y la brutal destrucción de Jerusalén por los romanos (70 d.C.) crearon una nueva situación que marcó el fin de esta segunda etapa.
La transición
Es el periodo de lenta y difícil transición de Oriente para Occidente, de Palestina para Asia Menor, Grecia e Italia, del mundo cultural judío para el mundo cosmopolita de cultura griega, de una realidad de mundo rural para una realidad de mundo urbano, de comunidades que surgieron alrededor de las sinagogas, esparcidas por Palestina y Siria, hacia comunidades más organizadas que surgieron alrededor de la casa (oikos) en las periferias de las grandes ciudades de Asia y de Europa.
Esta transición está marcada, por un lado, por la impresionante expansión misionera en el mundo griego, en el mundo de la “polis”, y, por otro lado, por la fuerte tensión entre los cristianos venidos del judaísmo y los nuevos que iban llegando de otras etnias y culturas. No se trataba solo de una transición geográfica y cultural de Palestina hacia la Grecia e Italia. Se trataba también de una transición interior que se debía hacer a través de un doloroso proceso de conversión. Las cartas de Pablo testimonian el enorme esfuerzo para discernir en cada momento y circunstancia, cuál era la voluntad de Dios. Las personas claves para hacer esta difícil transición fueron Bernabé, Saulo de Tarso, Aquila y Priscila, Apolo y otros. Dentro de sus propias vidas, estas personas habían pasado del mundo de la observancia de la ley que acusa y condena, hacia el mundo de la gratuidad del amor de Dios que acoge y perdona (Rm 8,1-4.31-32; Hch 4,36-37). Tuvieron que pasar de una conciencia de pertenecer al único pueblo elegido, privilegiado por Dios entre todos los pueblos, hacia la seguridad de que en Cristo todos los pueblos fueron fundidos en un único pueblo (multirracial y pluricultural) delante de Dios (Ef 2,17-18; 3,6).
Es el periodo en que las Comunidades comienzan a despertar a su propia identidad. Los primeros en percibir algo de diferente, sin embargo, no fueron los miembros de las comunidades, sino los otros. Fue el pueblo de Antioquía que comenzó a darse cuenta de las diferencias entre los judíos y los que creían en Cristo. Para distinguirlos les dio a estos el nombre de cristianos (Hch 11,26). A partir del nombre que el pueblo les dio, es la propia comunidad que comienza a darse cuenta de su identidad. El despertar de la conciencia se hace en diálogo con el pueblo que está alrededor. ¡Hasta hoy! toda conquista de identidad se hace con dolores de parto. El creciente sentimiento nacionalista antirromano de los judíos también penetraba en las comunidades cristianas y acentuaba en ellas las varias tendencias que se encarnaban en determinadas personas y lugares. Así, Santiago y la comunidad de Jerusalén se volvieron símbolo de aquellos que exigían de los paganos convertidos la observancia de la Ley de Moisés (Hch 15,5.20-21; Ga 2,12). Bernabé, Pablo y la comunidad de Antioquía se volvieron el símbolo de la apertura a los no judíos. Ellos no exigían la observancia de la Ley ni la circuncisión para los paganos que querían convertirse (Ga 2,6; Hch 15,1-2.2).
Misioneros y misioneras
Nuestras informaciones sobre este segundo periodo viene sobre todo de Hechos y de las Cartas de Pablo. Son informaciones buenas, pero muy limitadas, pues hablan solamente sobre la actividad de Pablo y sobre la expansión de las comunidades en Asia Menor y en Grecia. Poco o nada informan sobre los otros misioneros y misioneras y sobre las comunidades que, en este mismo periodo, se extendían por el Norte de África, por Italia y por las otras regiones, mencionadas por Lucas como presentes en Jerusalén el día de Pentecostés (Hch 2,9-10). Del mismo modo tampoco informan sobre las comunidades de Siria y Arabia, cuyo centro era Antioquía. La comunidad de Antioquía llegó a competir en autoridad e influencia con la de Jerusalén.
Si Lucas, en la segunda parte de los Hechos (cc. 16 hasta el 28), habla únicamente de Pablo, no es porque Pablo fuese el único misionero, sino porque Pablo, en cierto modo, es presentado como el símbolo de todos los misioneros que, en este periodo, supieron llevar la Buena Nueva por todo el mundo. De hecho, Pablo, nunca hubiera hecho lo que hizo sin la ayuda de sus compañeros de viaje, sin las personas amigas, mujeres y hombres, que lo acogían en sus casa (Hch 16,15.34; 18,3.7) y contribuían con alguna ayuda para sus necesidades (Flm 4,15-16; 2 Co 11,9). Había comunidades que lo mantenían en la fe, lo animaban con su testimonio (1 Ts 3,7-9), cuidaban de su salud y de sus heridas (Hch 16,33; 14,19-20; Ga 4,13-15) o lo defendían en las persecuciones (Hch 17,10; 19,30). El propio Lucas deja bien claro que, en muchos lugares, Pablo continuó el trabajo ya iniciado por otros misioneros. Por ejemplo, cuando llega a Corinto encuentra al matrimonio de Priscila y Aquila. Expulsado de Roma, los dos habían venido a Corinto, donde contribuían para la creación de la comunidad (Hch 18,1-4). Cuando Pablo llega a Éfeso, Apolo ya había estado allí, venido de Alejandría de Egipto (Hch 18,24-28). También en Roma ya había una comunidad antes de su llegada (Hch 28,15; Rm 1,11-15). El propio Pablo en la carta a los Romanos menciona un gran número de mujeres y hombres que trabajaban en el anuncio de la Buena Nueva y en la coordinación de las comunidades (Rm 16,1-16).
Además de estos, había otros apóstoles que, como Pablo, anunciaban la Buena Nueva. Poco sabemos de la actividad misionera de Pedro (Hch 9,32-12,17). Nada o casi nada sabemos de las actividades de Mateo, Bartolomé, Andrés, Santiago, Tomás, Tadeo, Simón el zelota y otros. También había los siete diáconos (Hch 6,5). Solo sabemos un poco de la actividad de Felipe (Hch 8,5-8.26-40) y de la de Esteban (Hch 6,8-8,2). De los otros, solo el nombre (Hch 6,5). También estaban los coordinadores y las coordinadoras de las muchas comunidades en todas estas regiones (Hch 14,23; 16,15). Finalmente, cabe recordar a los misioneros anónimos cuyos nombres solo Dios conoce. Innumerables cristianos y cristianas, jóvenes y viejos, padres y madres de familia, que anunciaban la Buena Nueva por medio de su vida, en lo cotidiano de sus quehaceres, en la casa, en la calle, en el mercado, en la lucha. Exactamente como hoy: la evangelización a través de las Comunidades Eclesiales de Base.
La condición social de los cristianos y la actuación de las mujeres
En la primera carta a los Corintios, Pablo se refiere a la condición social de los miembros de aquella comunidad: “Vean bien quiénes son ustedes: entre ustedes no hay muchos sabios, ni muchos poderosos, ni muchos de alta sociedad” (1 Co 1,26). En otras palabras, no era gente rica ni poderosa ni estudiada. Posiblemente había algunos más ricos o con posibilidades y en cuyas casas la comunidad se reunía. La mayoría, sin embargo, eran personas de los barrios pobres de Corinto. Los numerosos consejos relacionados con esclavos dejan transparentar que una gran parte de los primeros cristianos eran esclavos (1 Co 12,13; Ef 6,5; Col 3,22; 1 Tm 6,1). En la carta a Filemón, Pablo intercede por un esclavo convertido, Onésimo (Film 10). En la carta de Santiago es clara la alusión a los muchos pobres que había en la comunidad (St 2,2-9; 5,1-5). Lo mismo vale para las recomendaciones de Pablo en torno a la Cena del Señor, donde había gente que tenía mucho para comer y otros que nada tenían y pasaban hambre (1 Co 11,20-22). En la primera carta de Pedro se percibe que gran parte de la comunidad eran emigrantes y extranjeros (1 Pe 1,1; 2,11).
Dentro de la cultura de la época, la mujer no podría participar de la vida pública. Su función estaba en la vida familiar; su influencia, en la organización interna de la casa (oikos). Ella solo podía desempeñar un papel activo en la Iglesia, si ésta funcionase en el interior de las casas. Ahora bien, las comunidades fundadas en este segundo periodo se reunían no en lugares públicos, sino en las casas del pueblo: en la casa de Priscila y Aquila, tanto en Roma (Rm 16,5), como en Éfeso (1 Co 16,19); en la casa de Filemón y Apia en Colosas (Flm 2); en la casa de Lidia en Filipos (Hch 16,15); en la casa de Ninfa en Laodicea (Col 4,15); en las casas de Filólogo y Julia, Nereo y su hermana y en la de Olimpo (Rm 16,15). La creación de “iglesias domésticas” posibilitó mayor influencia y participación de la mujer.
En las recomendaciones finales de la carta a los Romanos, aparece algo sobre el lugar que las mujeres ocupaban en la vida de las comunidades. Pablo recomienda a “Febe, nuestra hermana, diaconisa de la comunidad de Cencreas. Ella ha ayudado a mucha gente y a mí también” (Rm 16,1.2). Y pide dar recuerdos a Priscila y Aquila, “mis colaboradores en Jesucristo, que arriesgan la propia cabeza para salvar mi vida” (Rm 16,3). Era en la casa de este matrimonio donde la comunidad se reunía (Rm 16,5). Manda a saludar a “María que hizo mucho por ustedes” (Rm 16,6). Manda recuerdos para Andrónico y Junia, mis parientes y compañeros de prisión, apóstoles importantes” (Rm 16,7). Además de éstas, varias otras mujeres son recordadas en la misma carta (Rm 16,12.15). Estas y otras afirmaciones muestran que las mujeres ocupaban funciones importantes en la vida y en la organización de las primeras comunidades. También el Nuevo Testamento habla con toda naturalidad de mujeres que son discípulas (Hch 9,36), diaconisas (Rm 16,1), colaboradoras en Jesucristo (Rm 16,3), compañeras o apóstolas (Rm 16,7), que se afanan por los otros (Rm 16,2.3.6.12).
Comienzo del Nuevo Testamento
En este periodo del 40 al 70 comienza a surgir lo que nosotros llamamos el Nuevo Testamento. La experiencia de vida nueva en Cristo era tan grande y los problemas vividos eran tan diferentes, que las palabras de la Escritura de los judíos ya no bastaban para orientar a los cristianos. El Nuevo Testamento surge del esfuerzo hecho para verbalizar la nueva experiencia y encontrar una solución para los nuevos problemas. En estos años Pablo y sus compañeros escriben para animar a las comunidades por ellos fundadas en Tesalónica, Corinto, Filipos y en la región de Galacia. Escriben también para la comunidad de Roma, donde Pablo nunca había estado (Rm 15,22-24). Mandan una pequeña carta para el amigo Filemón, a fin de interceder por un esclavo fugitivo. De este mismo periodo es la carta de Santiago. Estos nuevos escritos eran conservados por las comunidades y aumentados a la lista de los Libros Sagrados. Después de poco, comenzaron a considerarlos como una nueva expresión de la Palabra de Dios, junto a la Escritura Sagrada de los judíos.
Al mismo tiempo, continúa y se profundiza el esfuerzo por recoger, releer y transmitir las palabras y gestos de Jesús. Hacia el año 45 surgen colecciones de las palabras de Jesús que fueron utilizadas por los evangelistas para componer sus evangelios. Al final de esta segunda etapa, hacia el año 70, se termina la redacción final del evangelio de Marcos. Así, el Nuevo Testamento, que, antes, estaba solo en el corazón, en los ojos, en la manos y los pies, comienza a expresarse también en el papel. El nace de la nueva experiencia de Dios en Jesús. Nace de la conciencia de que Jesús vino a revelar la presencia del Reino de Dios en la vida del pueblo, sobre todo en los pobres. En Jesús todos los espacios sagrados de los judíos quedan relativizados. El es el Emmanuel, Dios-con-Nosotros.
Cambio de la coyuntura y su influencia en la vida
de las comunidades
En el 68, como consecuencia de la política centralizadora de Nerón, el imperio se debilita por las guerras civiles. En todas las partes, tanto en las provincias como en el propio centro del imperio, estallan las revueltas. Algunos pretendientes se autoproclaman emperador. Dentro del mismo año ¡Roma tuvo cinco emperadores! la confusión fue grande. Al final, venció Vespasiano, apoyado por las provincias orientales.
29 a.C. Augusto: Primer emperador: decreta la Pax Romana y el censo de
14 d.C. que se habla por ocasión del nacimiento de Jesús (Lc 2,1)
14-37 Tiberio: envió y destituyó a Pilato (26-36)
37-41 Calígula: quiere su estatua en el Templo de Jerusalén
41-54 Claudio: expulsa a los judíos de Roma
54-68 Nerón: persigue a los cristianos en Roma
68 Vindex: lidera la rebelión popular en Galia
Galba: lidera la revuelta de las legiones en España
69 Oto: lidera el golpe militar de la guardia pretoriana en Roma
Vitelio: lidera la rebelión de la legiones en Alemania
Vespasiano: lidera la rebelión de las legiones en Palestina y en Egipto
69-79 Vespasiano: emperador, su hijo Tito destruyó Jerusalén en el 70
En este contexto agitado por revueltas y golpes militares, tres acontecimientos causan una crisis muy grande en la vida de las comunidades cristianas: la persecución de Nerón en Roma (64), el levantamiento y la masacre de los judíos en varias partes del imperio, sobre todo en Egipto (66) y la revolución judía en Palestina (66) que trajo la brutal destrucción de Jerusalén por los romanos (70). Un cuarto acontecimiento más interno de las comunidades, a saber, la muerte de los apóstoles y de los testimonios de la primera generación, hizo aumentar esta crisis y contribuyó para que la vida de las comunidades entrase en una nueva fase.
Debido a todos estos factores de coyuntura internacional, judíos y cristianos pierden los privilegios conquistados por los judíos a lo largo de los años, desde los tiempos de Julio César. Por ejemplo, la exención del culto al emperador. Por eso, ahora, ellos están expuestos a las persecuciones por parte del imperio. No son persecuciones generalizadas decretadas por el poder central de Roma, sino conflictos locales con la sociedad civil. Las instituciones del imperio son movilizadas contra los cristianos con una facilidad cada vez mayor por personas que se sienten perjudicadas en sus intereses por el mensaje cristiano (Hch 13,50; 14,5.9; 16,19-24; 17,5-8; 18,12; 19,23-40). Estas mismas instituciones, por otro lado, casi no consiguen influenciarlas o moverlas los propios cristianos para defender la justicia y la verdad. Los cristianos viven la situación de una pequeña minoría sin ninguna influencia política. No consiguen mover a la opinión pública a su favor. Son gente sin poder.
La creciente resistencia del imperio contra las comunidades cristianas, la destrucción de Jerusalén en el 70 y la desaparición de la primera generación de testimonios de la resurrección colocan en crisis la identidad de muchos, producen una inseguridad muy grande y hacen que las comunidades se encierren sobre sí mismas en vista de su sobrevivencia. Así, a partir del año 70, comienza una nueva etapa marcada por la trágica separación entre judíos y cristianos. Los dos, en vez de ser juntos el pulmón de la humanidad, se vuelven dos religiones distintas, enemigas entre sí, que se excomulgan mutuamente. Después del año 70, muchas doctrinas y religiones diferentes, tanto gnósticas como mistéricas, comienzan a invadir el Imperio Romano. Señal de crisis espiritual y de inestabilidad general. Ellas también penetran en las comunidades y provocan nuevas tensiones y conflictos. Además de eso, separados de los judíos, los cristianos se vuelven blanco de persecuciones cada vez más fuerte por parte del Imperio Romano. Al final del primer siglo, bajo el gobierno de Domiciano, junto con otros cultos mistéricos, se les declara “Religión Ilícita”.
La diversidad de grupos y tendencias
Lo que más impresiona y llama la atención en estos primeros cuarenta años de la historia de las comunidades cristianas es la diversidad de grupos, movimientos, tendencias y doctrinas. Parte de esta diversidad es herencia del judaísmo: Fariseos (Hch 15,5), Joanitas (Hch 19,1-7), Prosélitos (Hch 13,43), Temerosos de Dios (Hch 10,1; 18,7; 22,12), Samaritanos (Hch 8,5-6; Jn 4,39-40), movimientos mesiánicos (Mt 24,4-5.23-24), los falsos hermanos (Ga 2,4; 2 Co 11,26), los llamados Balaamitas (Ap 2,14) desconocidos para nosotros, y otros. Una parte viene del origen diverso de las personas y de los lugares: comunidades fundadas por Jesús en Galilea, otras fundadas por Pablo, Apolo, Pedro o Cefas (1 Co 1,12), otras ligadas a Juan, a Santiago (Hch 12,9; 21,18; Ga 1,19; 2,9) y a los hermanos de Jesús (cf. Mc 3,31-35). Otra parte es fruto de la inserción en el mundo helenista y de la asimilación de su cultura en la vida de las comunidades: Nicolaítas (Ap 2,6), Gnósticos (Col 2,16-19). No es fácil reconstruir el pensamiento exacto de todos estos movimientos y grupos. Unos son aceptados con naturalidad, otros son condenados como heréticos.
Las señales de esta división interna en las comunidades aparecen hasta hoy en los evangelios, cuyas palabras se transmitían oralmente en este mismo periodo. La frecuencia, por ejemplo, con que se conservan los consejos de Jesús en vista a la reconciliación, muestra que había un problema real para preservar la unidad en medio de la diversidad: “Si tu hermano tiene alguna cosa, contra ti, conversa con él…” (Mt 18,15-16) “Si delante del altar te recuerdas…” (Mt 5,23-24). “Si ustedes no perdonasen, el Padre tampoco les perdonará” (Mt 6,14-15). Perdonar setenta veces siete (Mt 18,21-22). La orden de perdonar y de reconciliar se le da también a Pedro (Mt 16,19), a los discípulos (Jn 20,23), y a las comunidades (Mt 18,18).
Conclusión
La influencia de la coyuntura en la vida de las primeras comunidades cristianas despierta una atención mayor para el proceso histórico de nuestras comunidades y para la situación concreta que hoy nos envuelve. La atención dada a los conflictos y tensiones relacionadas con la inculturación del evangelio en el mundo helenista nos vuelve más sensibles a las culturas de nuestros pueblos y ayuda a descubrir en ellas las señales del Reino. La variedad en la doctrina y en la organización llama la atención por la pluralidad que existe en nuestras comunidades, no de errores ni de herejías, sino de riqueza en el Evangelio.
Carlos Mesters
Caixa postal 64
23900-970 Angra dos Reis - RJ
Brasil
Francisco Orofino
Estrada Mla. Castelo Branco 313 Casa 12
26252-120 Nilópolis - RJ
Brasil
|