
El reino de Dios ha llegado
Sandro Gallazzi
En este momento, en el cual parece inútil e ilusorio soñar y luchar por un mundo sin desigualdad y lágrimas, vale la pena volver a las fuentes para saciar nuestra sed con los sueños de nuestras madres y nuestros padres en la fe y realimentar nuestra esperanza. Con este deseo, este ensayo busca descubrir la “novedad” de la buena nueva del reino de Dios, en una época llena de sueños, luchas e ilusiones. Conocer mejor el contexto cultural de la época y, especialmente, el pensamiento llamado apocalíptico, nos ayuda a ver las raíces antiguas de las propuestas de Jesús y los nuevos frutos que él produce. Podremos así descubrir la lógica que nos permite continuar soñando sin caer en la alienación y en la ilusión.
At the present moment, when it seems useless and illusory to struggle for a world without inequality and tears, it is worth our while to go back to our sources to slake our thirst with the dreams of our mothers and fathers in faith and to feed our hope. With this desire, the present essay seeks to discover the novum of the Good News of the Kingdom of God, in an age full of dreams, struggles and even illusions. If we can get to know better the cultural context of the age and especially the kind of thinking known as apocalyptic, it will help us to see the ancient roots of Jesus’proposals and the new fruit which he produces. Thus we can discover the logic which will permit us to keep on dreaming without falling into alienation and illusion.
“Reino de Dios” es una expresión que, prácticamente, no está presente en los escritos protocanónicos del Antiguo Testamento.
El concepto de la realeza de Dios, evidentemente, no es novedoso: toda forma de gobierno “teocrático”, desde el estado monárquico davídico hasta el estado del templo sacerdotal pos-exílico, se legitimó como forma de ejercicio de la soberana realeza de Dios sobre Israel. Incluso el sistema tribal pre-monárquico fue visto como un don divino. Cuando los habitantes de las ciudades quisieron implantar la monarquía, la reacción profética fue clara: “ellos no quieren que yo (Dios) reine sobre ellos” (1 Sm 8,7). Este don de Dios fue cantado en varios salmos (ver, por ejemplo, Sl 47) y proclamado como fuerza presente en el “ungido” de Dios, sea éste el rey davídico o el sumo sacerdote sadoquita.
El concepto de realeza y de Ungido/Cristo/Mesías generalmente estaban unidos, sólo que el Ungido ya existía y necesitaba legitimar su poder soberano con la soberanía de Dios.
La novedad consistió en el uso de la expresión “reino de Dios” para indicar el momento ideal, mesiánicamente esperado, como llegada futura y definitiva de una situación irreversible de paz y de justicia.
Y he aquí que en las nubes del cielo
venía uno como hijo de hombre;
Se dirigió hacia el anciano
y fue llevado a su presencia.
A él se le dio imperio, gloria y realeza,
y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron.
Su imperio es un imperio eterno,
que nunca pasará,
y su reino no será destruido jamás.. (Dn 7,13-14)
¡Reino de Dios, con esta nueva connotación, es un dato típico de la teología y de la literatura apocalíptica!
Me parece importante y necesario, entonces, para entender la riqueza de la “buena nueva” anunciada por Jesús, detenernos un poco más sobre el fenómeno apocalíptico. Al final de cuentas, el anuncio de la llegada del Reino de Dios es el núcleo central del Evangelio. El Evangelio, es evangelio/buena nueva justamente porque anuncia la llegada del reino.
“Marchó Jesús a Galilea y proclamaba el Evangelio de Dios diciendo: ‘El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en el Evangelio’” (Mc 1,14-15).
Sin embargo, al hablar de apocalíptica tenemos que discutir, mínimo, tres afirmaciones que es común escuchar en nuestros medios y que provienen de nuestro contacto directo con los libros considerados apocalípticos que están en nuestras Biblias: el libro de Daniel y el Apocalipsis de Juan.
a) Es común definir como apocalípticos los textos que usan un “lenguaje” en código, constituido por símbolos y visiones. El “estilo” determina la definición. La búsqueda de textos apocalípticos se hace, normalmente, a partir del lenguaje. Por eso son considerados apocalípticos los textos de Daniel, el Apocalipsis de Juan, los pequeños Apocalipsis de los sinópticos (Mc 13; Mt 24; Lc 21,20-37), algunos textos de Ezequiel, de Joel, de Ester griego, de Isaías, de Pablo, etc. Esto no siempre es verdadero: el mismo estilo no siempre es signo de un mismo contenido, de una misma teología. Un texto puede expresar una teología apocalíptica y usar un estilo de lenguaje “común” (por ejemplo el texto griego de Ester) y, viceversa, un texto escrito en lenguaje apocalíptico puede ser que no tenga una teología o una cosmovisión apocalíptica (por ejemplo el Apocalipsis de Juan).
b) Es común escuchar que la apocalíptica tiene su origen en el momento en que la profecía pierde su “interlocutor” más común que es el estado. Con el fin de la monarquía judaica y la sumisión de Judá a los grandes imperios, sobretodo al griego y al romano, la profecía ya no sabría más a quien dirigir sus palabras de denuncia. Tendremos que discutir más esta hipótesis. Creo que no se puede afirmar que la profecía agotó su fuerza por causa de los cambios que se presentaron en el escenario internacional. No creo que la profecía haya perdido su blanco, su alcance y su fuerza y haya sido reemplazada, de un lado por la sabiduría y, del otro, por la apocalíptica, solamente porque Jerusalén dejó de ser lugar de decisión y pasó a ser “periferia”, una vez que el rey y la administración pública, blanco preferido de los profetas, estaban situados a centenas de kilómetros. Eso es válido, sobretodo, si tomamos en cuenta que la mayoría de los textos apocalípticos veterotestamentarios surgieron durante el reino de los asmoneos, justamente cuando de nuevo había monarquía y las decisiones eran tomadas en Jerusalén.
c) Es común, también, afirmar que la apocalíptica es producto de momentos de violenta crisis socio-política, cuando la historia parece tener un inevitable destino de muerte que nadie logra cambiar. La apocalíptica sería, entonces, una teología producida por los pobres y oprimidos que, reafirmando la fe en la convicción que Dios no perdió el control de la historia, alimentarían así su esperanza. El momento actual de sufrimiento es la última prueba de los justos que serán luego recompensados. El cielo, al intervenir, cambiará radical y definitivamente la historia y la salvación que llegará será definitiva.
Me parece que, también, la mayoría de los textos bíblicos fueron escritos en momentos de violenta crisis socio-política, justamente buscando dar una respuesta de fe a una historia que parecía ser de muerte y violencia inevitable.
Tengo la impresión que estamos transfiriendo para la apocalíptica una visión que es muy común en los profetas que, desde los días de Amós, proclamaron la venida del Día de Yavé, con su “visita” salvadora para unos y destructora para otros.
Estaríamos así recorriendo un camino en el cual, a pesar de diferenciar apocalíptica y profecía, acabamos identificándolas, como producto de la resistencia y de la denuncia de los oprimidos frente a la opresión.
Es necesario discutir más profundamente este asunto.
1. Reconstruyendo la historia de un conflicto
No cabe duda que la cuna de la apocalíptica es la nueva situación que se generó con la destrucción de Jerusalén. Cito las palabras de Ana María, mi compañera de vida, fe y lucha .
Sucedió lo que no debía suceder. Yavé no garantizó el xalom de su pueblo; permitió la derrota, el exilio, la humillación. Yavé no cumplió su parte del contrato con Israel: la promesa de un trono eterno (2 Sm 7,16) parecía definitivamente olvidada. ¡Nunca más Israel tendría paz; nunca más xalom (Lm 3,17)!
A menos que...
A partir de esta situación de desespero y de fatiga, diferentes grupos comenzaron a soñar con la reconstrucción, con el restablecimiento del xalom. La paz pasó a ser vista como la salvación que Yavé realizaría al restablecer la suerte de su pueblo.
Nacieron diferentes proyectos.
El problema teológico central del pos-exilio será la búsqueda de los mecanismos más apropiados para que el xalom fuera restablecido.
No es el caso retomar acá los detalles de un conflicto de grupos y proyectos que Ana María trabajó con magistral simplicidad en aquel artículo. ¡Vale la pena releerlo!
Es suficiente recordar que el grupo de los remanentes y parte de los exilados soñaban aún con el resurgimiento de la monarquía davídica (2R 25, 27-30; Ez 37,15-28; Jr 33,14-26).
La reconstrucción del templo de Jerusalén era la garantía del xalom restablecido (Ag 2,20-23; Zc 1,14-17). El misterioso desaparecimiento de Zorobabel, después del 515, significó el fin de este proyecto. El sueño, sin embargo, permaneció a través de los siglos. Será llamado de mesianismo davídico y será bastante común entre los campesinos de Judá. Jesús, 500 años más tarde, será proclamado como el Hijo de David, aquel que viene en nombre del Señor (Mt 21,9) .
Continúo usando las palabras de Ana María que resumen el momento posterior al fin de la monarquía davídica con la desaparición de Zorobabel .
El fin de la monarquía davídica, después del 515, significó el fortalecimiento y el triunfo del grupo sacerdotal sadoquita que, al lado de Zorobabel, poseía el poder en el recientemente reconstruido templo de Jerusalén. Era, sin embargo, necesario construir una figura que llegase a tener el mismo ascendiente de David en el medio popular, y que fuese capaz de sustituirlo en el imaginario del pueblo, como nuevo mediador del xalom: fue la figura del sumo sacerdote, sagrado, diferente, único, casi como Yavé. En él y a través de él se realizaría el encuentro Dios-pueblo, que daría la paz a Jerusalén.
La memoria de Aarón creció sobre la de Moisés y éste último fue ‘reducido’ al legislador del Sinaí: su papel de liberador de Egipto fue dejado en segundo plano. El propio David fue redefinido como el hombre escogido por Dios para edificarle el templo. El único valor de David, según el cronista, fue haberse puesto al servicio del templo de Jerusalén. Igual sucedió con Salomón y la monarquía pre-exílica en general.
El templo era la realización definitiva de las promesas de la alianza davídica e, inclusive, de la alianza mosaica. Un pueblo obediente, en torno al templo, al altar, a la ley y al sumo sacerdote es todo lo que Dios siempre quiso.
“En aquel tiempo se puso al frente de los aposentos destinados para almacenes de las ofrendas reservadas, de las primicias y de los diezmos, a hombres que recogiesen en ellos, del territorio de las ciudades, las porciones que la ley otorga a los sacerdotes y a los levitas. Pues Judá se complacía en ver a los sacerdotes y levitas en sus funciones. Ellos cumplían el ministerio de su Dios y el ministerio de las purificaciones, junto con los cantores y los porteros, conforme a lo mandado por David y su hijo Salomón. Pues ya desde un principio, desde los días de David y Asaf, había jefes de cantores y cánticos de alabanza y acción de gracias a Dios. Y todo Israel, en tiempo de Zorobabel y en tiempo de Nehemías, daba a los cantores y a los porteros las raciones correspondientes a cada día. A los levitas se les entregaban las cosas sagradas, y los levitas entregaban su parte a los hijos de Aarón..” (Ne 12,44-47).
Este corto texto nos ayuda muy bien a comprender cual era la “lógica histórica” del templo. Para nosotros, la “historia” comprende, necesariamente, la idea de una “secuencia temporal” de acontecimientos: algo sucede antes, algo después y lo que sucedió antes está relacionado, aunque de manera diferente, con lo que sucede después, y viceversa. Para los redactores de Ne 12,44-47, “historia”, más que una secuencia distinta de hechos, es una “sobre posición” de “memorias” que justifica y destaca solamente la “última” imagen. Conflictos, diferencias, equivocaciones, provisoriedades, propios de la historia “humana” desaparecen así en una historia inmutable. Me atrevería a decir: una “anti-historia divina” donde “mil años son como el día de ayer que pasó, una vigilia de la noche” (Sl 90,4).
Para los redactores de Ne 12,44-47, los días de Zorobabel y los días de Nehemías, son los mismos “días”. Casi los mismos días de David, de Salomón, de Asaf, que, aunque siendo “pasado”, proyectan la misma, la mismísima imagen. Aquellos días, se convierten en el escatológico “aquel día”, transformando en proyecto eterno y definitivo, un “momento de la historia”, un proyecto donde “Israel” es “todo”, sin diferencias, sin conflictos, sin sombras. Israel, aquí, tiene la fisonomía teológica del “pueblo” que se reúne alrededor de la ley y del templo, una ley preocupada por garantizar los tributos, primicias y diezmos para alimentar cantores, porteros, levitas y sacerdotes, en un templo donde se realiza el servicio de Dios y la purificación y donde suenan cánticos de alabanza y acción de gracias.
No tenemos nada de apocalíptico en este proyecto. Para los sadoquitas llegó el “fin de la historia”. Quien escribió esta “historia” la eternizó en un proyecto eterno, para todos, para siempre.
La redacción final de las memorias del Sinaí y del desierto (Ex 25-40, Levítico y Números), comprendida en una primera redacción de la historia del pueblo que iba del Génesis hasta el exilio de Babilonia, tal vez, sea el producto más interesante de este grupo que permenecerá en el poder por más de 250 años, hasta la guerra de los macabeos. Su proyecto será legitimado en el Sinaí, en las nuevas, definitivas y, ahora, inquebrantables e inmutables “tablas de la ley” que serian conservadas en el arca de la alianza.
Antiguamente, después del pecado, Dios expulsó del jardín al hombre y la mujer y colocó los querubines, míticos monstruos alados, para proteger el “camino al árbol de la vida” (Gn 3,24). Ahora, después del pecado del pueblo en el desierto, después del becerro de oro, los mismos querubines guardarán el espacio sagrado y santísimo del arca de la alianza. Sólo el sumo sacerdote y nadie más, tendrá acceso al lugar del encuentro directo con Dios. Este encuentro, después del becerro de oro, sólo será posible cuando mediado por el sumo sacerdote y por el altar de los sacrificios.
La llegada al poder del grupo sadoquita y la hegemonía de la organización sacerdotal llegaron, sin embargo después de muchos conflictos. La llamada “alianza de sacerdotes y levitas”, de la cual habla Ne 13,29 y que fue sacralizada en los libros de las Crónicas, no sucedió sin dejar heridas profundas y, de cierta manera, incurables. Vamos a conocer las más importantes.
1.1. El pentateuco de la casa
Retomo el texto de Ana María. Fue difícil controlar la profecía que, siempre, estuvo en antagonismo con el templo y el trono y que estaba muy presente en la memoria del pueblo, sobretodo de los campesinos. La palabra de Dios, la ley, quedó cerrada dentro del templo, dentro del arca, colocada atrás de un velo impasable a los demás y accesible única e exclusivamente al sumo sacerdote: “allí vendré a ti y, de sobre el propiciatorio, en medio de los dos querubines que están sobre el arca de la alianza, hablaré contigo sobre todo lo que te ordeno para los hijos de Israel” (Ex 25,22).
Decir que la profecía se agotó por no tener ni un blanco definido ni alcance político, es olvidar que los profetas siempre tuvieron, entre sus “blancos”, el templo, paralelo al palacio. El segundo templo de Jerusalén, continuó unido al palacio, pudiendo claramente despertar la reacción de los profetas.
La profecía no murió por un proceso histórico de “agotamiento”. Su muerte fue provocada, dejando una gran ansiedad en medio del pueblo. Joel había hablado, en clara contradicción a la profecía del templo: “vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, vuestros ancianos soñarán, vuestros jóvenes tendrán visiones. Hasta sobre esclavos y esclavas, en aquellos días, derramaré mi Espíritu” (Jl 3,1-2).
También Malaquías concluye su libro profetizando el regreso de Elías, asociado, nuevamente, al Moisés del Horeb (Ml 3,22-24), y el primer libro de los Macabeos, producto de los campesinos de Judá, manifestaba esta ansiosa expectativa: “en espera que viniese algún profeta y se pronunciase al respecto” (1 Mc 4,46); “desde el día en que no aparecieron más profetas en medio de ellos” (1 Mc 9,27); “hasta que surgiese un profeta fiel (1 Mc 14,41).
El hecho es que nadie más, fuera del recinto del templo, tenía autoridad para decir: “Dios me habló... diga al pueblo...”. El oráculo de Yavé, ahora, pasaba por el arca y estaba protegido por los querubines!
Ana María decía: “uno de los elementos del xalom, para este grupo, es el fin de la profecía, siempre incómoda a quien tiene el poder, sobretodo el poder sagrado. La profecía no murió, fue condenada a muerte por herética”.
“En aquel día habrá para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén una fuente abierta, para el pecado y la mancha. Y acontecerá, en aquel día - oráculo de Yavé de los ejércitos -, que yo exterminaré de la tierra los nombres de los ídolos: ellos no serán más recordados. También los profetas y el espíritu de impureza expulsaré de la tierra. Si alguien profetiza nuevamente, su padre y su madre, quienes lo engendraron, le dirán: ‘Tu no vivirás, porque hablaste mentiras en nombre de Yavé’, y su padre y su madre, que lo engendraron, lo traspasarán en cuanto profetiza. Y acontecerá en aquellos días que los profetas tendrán vergüenza de sus visiones, cuando profeticen; y no vestirán el manto de piel para mentir. Cada uno dirá: ‘No soy profeta, soy un trabajador de la tierra, pues un hombre me compró desde la juventud’ . Y si les dicen: ‘qué son estas heridas entre tus manos?’, él responderá: ‘Aquellas que recibí en la casa de mis amigos’” (Zc 13,1-6).
No creo que se pueda explicar este texto afirmando, como lo hace la Biblia de Jerusalén, que se trata de falsos profetas, como los que fueron denunciados por Jeremías o Ezequiel (Jr 23,9; Ez 13) .
Es cierto que Gilberto Gorgulho encuentra razones para identificarlos como falsos profetas, por causa de la referencia al manto de piel y a los cortes en la piel. Según él, los “amigos”, que traduce como “amantes”, son los ídolos con que el pueblo se prostituye . Esta página reflejaría el “celo de los sacerdotes de Jerusalén” .
En dirección contraria, sin embargo, va Jorge Pixley, cuando afirma que: “Zc 13,2-6 ilustra la amargura de estos círculos contra los levitas que se hacían pasar por profetas, robando así, de la memoria del pueblo humilde de Yavé, la imagen de los verdaderos profetas.”
En los dos casos, sin embargo, a pesar de diferenciar el grupo denunciado, se trataría siempre de falsos profetas.
Yo tengo algunas dudas. Al analizar atentamente el texto, podemos notar que se hace una clara distinción entre la ciudad y el campo. Para David y para Jerusalén: los pecados y las manchas encontrarán una fuente de purificación (13,1). Para el campo: los ídolos, las impurezas y los profetas deben ser expulsados, sin perdón (13,2).
Los profetas, es bueno resaltar, hablan en nombre de Yavé; trabajan en el campo, pero como trabajadores esclavos y no como pequeños propietarios (como insinúan la Biblia de Jerusalén/BJ, la Traducción Ecuménica de la Biblia/TOB y otras Biblias).
La traducción “pues un hombre me compró desde la juventud” y no “la tierra es mi propiedad desde la juventud” es fundamental en la interpretación, porque, en este caso, las manos llenas de heridas (y no el pecho como BJ) pueden ser fruto del duro trabajo y no deben ser confundidas con las heridas de las flagelaciones estáticas (justamente en la espalda), típica del profetismo baalista (1Rs 18,28), que no sabemos si aún existía con tanta fuerza como el texto lo insinuaría.
La alusión a los amantes sería, entonces, una ironía del autor sacerdotal para despertar desprecio en relación al culto de la “casa” y, así, desautorizar estas heridas señal de opresión y vida dura que legitiman la protesta profética.
Me parece evidente que se trata, nuevamente, del conflicto campo - ciudad, donde, otra vez, el campo grita proféticamente su opresión y, como los antiguos profetas, pide justicia. Solo que ahora, el templo tiene bastante fuerza como para hacer lo que los reyes no hicieron, excepto el malvado Manasés: acusar a los profetas de idólatras (para eso era suficiente no ser fiel cumplidor de la ley - Jn 7,49) y condenarlos a muerte.
El sumo sacerdote se convierte, así, en sacerdote, profeta y rey. El templo, en boca del cronista, llamará de profetas a los cantores del templo (1 Cr 25,1-5; 2 Cr 20,14; 24,20; 29,25.30). Sólo ellos profetizan.
Dos fueron las armas usadas para matar la profecía:
Primera : El libro de la ley.
Todo lo que Dios habló está allí, escrito en la tôrah y en los nebiyim. Establecer un canon (la traducción de los LXX presupone la existencia de una lista sagrada de libros), sacralizar un libro como “palabra de Dios” significa amordazar la autonomía del anuncio. Dios ya dijo todo lo que debía decir.
Leer, traducir, explicar, interpretar (Ne 8,7-8)... son los nuevos verbos asociados a la ley de Dios escrita en el “libro que está en tus manos”. Este será el trabajo del escriba, del maestro, del sabio, nunca del profeta. Quien controla el libro, teme al profeta.
Segunda: El propiciatorio.
Traer para el interior del templo la palabra/escucha directa de la voz de Dios, transformar los levitas cantores en profetas es el proceso lógico de quien se considera el mediador de la expiación y del xalom. Para poder expiar, el sacerdote tiene que saber y tiene que enseñar (talmud) lo que es puro, lo que es impuro (Ez 44,23), tiene que conocer la ley, manejarla, narrarla (hagadah), adaptarla a las nuevas situaciones (halakah), coleccionar todas las leyes transmitidas por los maestros (mixnah), traducirlas (targum), explicarlas (midrash).
La expiación exige que alguien tenga la autoridad de decir lo que es pecado: “cuando... peque y haga por descuido alguna cosa prohibida por los mandamientos de Yavé... y si fuere advertido sobre el pecado cometido, traerá como ofrenda...” (Lv 4,22-23.27-28).
La profecía, que tenía la capacidad de ver globalmente la cuestión de la justicia y las relaciones sociales, es reemplazada por una legislación que se preocupa por reglamentar el comportamiento de cada uno para que sea justo. La invitación profética: “practiquen la justicia”, es reemplazada por la preocupación del sacerdote: “sean justos”.
El cambio es evidente. El profeta, entonces, incomoda; será siempre un posible hereje que debe ser callado.
El campo, para continuar hablando, tendrá que encontrar una manera más sutil: ¡hablará por medio de novelas !
El teatro de Job, la historieta de Jonás, los poemas de Cantares, las novelas de Ester, Rut e Judit, las osadas ironías del Cohelet, son la nueva expresión de la profecía. En estos textos también se reflexiona sobre el xalom y la forma de conquistarlo, de garantizarlo.
Varias veces Ana María y yo, hemos reflexionado sobre estos textos , sobretodo en torno a los cinco textos que, en la Biblia hebrea, constituyen el pentateuco de la casa, la colección de los cinco meguilot, los “libros” leídos en las casas y en las sinagogas, durante las grandes fiestas litúrgicas: Cantares, en la pascua; Rut, en pentecostés; Cohelet, en la fiesta de las tiendas; Ester, en la fiesta de los purim y Lamentaciones, en la memoria de la destrucción de Jerusalén: Libros de mujeres, de comunidades populares, de resistencia y alternativa frente a la dominación del templo.
Lo que interesa para nuestra reflexión, recuerdo lo que escribimos en otra ocasión, en un ensayo que dedicamos a nuestro maestro Carlos Mesters . Allí hablamos sobre el mesianismo, decíamos entonces que, como nunca una mujer se puede encuadrar en los esquemas mesiánicos existentes, siempre unidos a figuras masculinas, rey, sacerdote o profeta que fuese el Mesías soñado, las mujeres afirmaron su protagonismo directo como “restauradoras del xalom”.
Desde la decisión de Débora, la madre de Israel: yo iré contigo, la mujer no espera por otro que salve, ni hoy, ni mañana. Ella asume, personalmente la causa de la liberación. Como Débora, Rut también dice: “donde tu vayas también yo iré...” Así también Ester “yo iré con el rey, a pesar de la ley, y, si es preciso morir, moriré”. Como Ester, también Judit: “yo haré algo, cuyo recuerdo permanecerá de generación en generación... ¡El Señor, por mi mano, visitará a Israel!” Como Judit, María: “he aquí la sierva del Señor, hágase en mi según tu palabra”.
El templo, por considerarse autor del xalom, alcanzado por los sacrificios reparadores del altar, negaba, como herético, cualquier mesianismo transformador.
De la misma forma, la profecía de la mujer, al considerarse autora del xalom, a través del sacrificio de su vida para el bien del pueblo, no necesitaba de esperanzas mesiánicas y recuperaba la antigua dimensión del compromiso profético: ve, yo te envío al faraón (Ex 3,10).
Nuestras esperanzas de xalom no están depositadas ni en los sacrificios reparadores del templo, realizados por el sacerdote ungido (Mesías) ni en los sueños de que otro ungido (Mesías) perfecto, que mañana nos traiga la salvación.
Ni otro, ni mañana. Yo, hoy, haré algo.
El xalom, la liberación no alcanza al pobre, mediada por otro. Ella se alcanza por la mediación del pobre. Es la síntesis profunda de Judit: “El Señor, por mi mano, visitará a Israel”.
Esta profecía continuará, también, a lo largo de los siglos. El templo no consiguió silenciar la casa de la mujer, la casa del pobre.
1.2 - El pentateuco de Samaría
Este compromiso es de quien quiere cambiar la situación. Diferente es la cosmovisión de la dinámica de quien quiere disputar el poder.
El conflicto entre el templo y la casa no fue el único. Existieron conflictos al interior del propio grupo sacerdotal: espacios fueron conquistados, otros fueron negados; grupos fueron excluidos. Una lectura atenta de los textos sacerdotales post-exílicos nos muestra, entre líneas, la existencia de graves peleas y disputas.
La ausencia casi completa de los levitas en los textos legislativos y litúrgicos del Sinaí es un signo marcante de este conflicto. La disputa de poder entre levitas y sadoquitas está presente, como telón de fondo, también, en el texto que recuerda la rebelión y el castigo de Coré (Nm 16).
“Oídme, hijos de Leví. ¿Os parece poco que el Dios de Israel os haya apartado de la comunidad de Israel para poneros junto a sí, prestar el servicio a la Morada de Yavé y estar al frente de la comunidad atendiendo al culto en lugar de ella? ... y ¡todavía se os ha antojado el sacerdocio!” (Nm 16, 8-11).
La tierra se tragará a los pretenciosos así como el mar se tragó al ejército del Faraón (Nm 16,31-35). Solamente la intercesión de Aarón podrá frenar la ira divina contra su pueblo, por causa de esta rebelión (Nm 17,6-15) y, finalmente, solo la vara de Aarón, al florecer entre todas las otras mostrará, sin duda alguna, que es el consagrado. ¡Esta vara permanecerá en el arca junto con las tablas de la ley! (Nm 17, 16-26).
Esta actitud explica, también, por qué los levitas no querían regresar de Babilonia, con Esdras (Esd 8,15-19).
Después de muchas vicisitudes, de las cuales no conocemos detalles, los sacerdotes y los levitas llegaron a un acuerdo, a una alianza que devolvió a los levitas un espacio de poder, aunque subordinado, y el derecho de comer del templo. Coré fue reintegrado en los cuadros levíticos por el cronista; cantores y porteros tuvieron sus cargos reconocidos y valorados.
Pero, no todos reaccionaron de igual forma ante este acuerdo, realizado en tiempos de Nehemías: el conflicto fue grande.
“Uno de los hijos de Yoyadá, hijo del sumo sacerdote Elyasib, era yerno de Sambal-lat, el joronita. Yo lo eché de mi lado. ¡Acuérdate de estas gentes, Dios mío, por haber mancillado el sacerdocio y la alianza de los sacerdotes y los levitas” (Ne 13,28-29).
Es el momento del surgimiento del grupo sadoquita en Saquem. Aparecen los samaritanos o, como prefiero llamarlos, los samareos. De este acontecimiento, que debe haber sido importantísimo poseemos muy pocas informaciones y no siempre de total confianza, por lo menos en cuanto a nombres y fechas.
A partir de la visión judaíta, que llega hasta nosotros, sobretodo, por Flavio Josefo, casi único relator de estos acontecimientos, estamos acostumbrados a ver la cuestión samaritana como una “ensalada” de problemas, mezclando, en una sola vasija, problemas históricos, geográficos, sociales, litúrgicos y teológicos.
El propio nombre xomeronîm/samaritanos, usado una sola vez en la Biblia, en 2 Rs 17,29, hace esta relación étno-geográfico-herética que determina nuestra visión.
Esta misma visión es reforzada a partir de los textos de Esdras y Nehemías, que generan la misma confusión, en una mezcla acrítica de cuestiones étnicas, políticas y religiosas, haciendo que el conflicto samaritano sea visto, por nosotros filtrado, como un conflicto religioso en nombre de la pureza del verdadero Yavismo.
No se trata de eso:
Me permito traducir del italiano un texto de Kippenberg que me parece muy iluminador: “La rivalidad entre Samaría y Judá, en los siglos VI-V a.C. era de naturaleza puramente política. No fueron estas tensiones las que provocaron, finalmente, la refundación de Samaría y la institucionalización del culto en Garizim, sino los conflictos internos de la casta sacerdotal de Jerusalén. También las leyendas relativas al culto del templo samaritano, la lista de los sumos sacerdotes samaritanos y el pentateuco samaritano - un texto de origen palestino presente también en la biblioteca de Qumram - testifican el carácter judío de esta comunidad.”
Más aún, hasta el primer siglo a.C., esta comunidad era llamada de “siquenita”, o “pueblo de Saquem”. Solo mucho más tarde, los adversarios judaítas dieron el nombre de samaritano a este grupo, casi como un insulto. Fue un sarcástico juego de palabras: en lugar de “xomerîm/observantes”, como el grupo considerado herético se llamaba a sí mismo, pasaron a chamarlo de xomeronîm/habitantes de Samaría.
Se trata de una comunidad sadoquita, con sede en Saquem, menos legalista y abierta a las costumbres de piedad popular y que, a partir de la invasión griega, consiguió permiso para construir su propio templo yavista en el monte Garizim. Este templo será destruido, 200 años más tarde, por Juan Hircano, en el año de 128 a.C.
Regresemos a Ne 13,28 que nos hablaba de la expulsión de Jerusalén de un sacerdote sadoquita, nieto del sumo sacerdote Eliasib, que se refugió en la casa del suegro Sanabalat, gobernador de Samaría.
La súplica de Nehemías es muy fuerte. No se trata de un caso aislado. Son ellos. Un grupo que perjudicó el sacerdocio y la alianza sacerdotal-levítica. Se trata de un conflicto interno al grupo sacerdotal.
Siquem estaba habitada por judíos desertores de su nación. La lengua envenenada de Flavio Josefo, dirá que eran “los judaítas de Jerusalén y que habían pecado contra la fe, sea comiendo alimentos prohibidos, o no observando el sábado, o cosas parecidas y, por lo tanto, se refugiaban entre los siquemitas, diciendo que se les había cometido injusticia” (AJ XI, VIII, 452).
Eran dos grupos sacerdotales y sadoquitas, reivindicando la legitimidad del culto, teniendo en común el uso litúrgico del Pentateuco y la celebración de las grandes fiestas .
En Siquem, a menos de 50 km. de Jerusalén, funcionará otro centro religioso que pretende disputar la hegemonía del judaitismo. Un grupo disidente se considera verdadero continuador del sacerdocio más auténtico y sobrevivirá a la destrucción del templo de Garizim. Encontraremos más tarde, sinagogas “samaritanas” en muchos lugares de Palestina, de la diáspora mediterránea, ¡inclusive hasta Roma! Este grupo es, creo, el creador del pentateuco, por lo menos en cuanto “penta”.
Para este grupo sadoquita que perdió la hegemonía en Jerusalén, bastaba, para legitimar sus pretensiones y alimentar sus esperanzas, la palabra de Moisés, sobre todo cuando esta palabra terminaba indicando el Garizim como el lugar de la bendición (Dt 11,29; 27,12) y el lugar de la construcción de un altar (en Dt 27,4, según el pentateuco samaritano y el testimonio de la Vetus Latina, se habla del monte Garizim e no del monte Ebal).
Cortar la historia al fin del Deuteronomio, con la muerte y la “desaparición” de Moisés dejaba mucho espacio abierto para la dimensión mesiánica del regreso al poder. Al mismo tiempo, era eliminada toda una historia que tenía, como su centro y punto de llegada, la ciudad de Jerusalén y el trono davídico. Aquellas páginas, además de estar llenas de denuncias contra el Israel del norte, tenían en David y su descendencia, su punto más alto. En aquella historia, Siquem era solo un “pasado” (Js 24) que se había vuelto lugar de “prostitución” (Jz 8,31; 9,4.6): fue, así, definitivamente, superado por Jerusalén, que, a pesar de haber pecado, podía esperar la restauración de la monarquía davídica, como fuente de esperanza (2 Rs 25,27-30).
La incuestionable autoridad mosaica otorgaba a los primeros cinco libros una importancia decisiva. Con estos se quedaron los samareos. La muerte de Moisés era el encerramiento de esta historia.
Con el corte al fin del pentateuco, Siquem dejaba de ser un “pasado” y volvía a ser “memoria”: una memoria evidentemente herética y subversiva, cuando era vista desde Jerusalén.
La teología samarea da Moisés, figura central de la profecía y modelo del taheb (aquel que regresará), el símbolo del Mesías salvador esperado, una importancia decisiva. Además de ser el profeta incomparable que en el Sinaí recibió la ley, Moisés será el tipo de profeta que restablecerá el tiempo de la dicha divina, del xalom. Esta esperanza mesiánica se concretizó en una de las más antiguas diferencias que el pentateuco samaritano presenta cuando el texto de Dt 18,18 que proclama la fe en un profeta como Moisés, siempre presente en medio del pueblo, fue anexado al decálogo, tanto en Ex 20, como en Dt 5.
El día de la gran venganza, será Moisés, el profeta, quien salvará a los que aman a Dios y aniquilará a sus enemigos. Este pensamiento se codifica en la figura mesiánica del mundo samareo: el taheb = aquel que regresará para vencer las tinieblas y traer la luz, la paz y para hacer el verdadero sacrificio según la justicia delante de Betel (= Argarizim para los samareos) y separar los electos de los rechazados (algo parecido a este “regreso” está presente en Mt 25,31).
El corte al final del pentateuco y las variantes insertadas en el texto fueron la manera del grupo sadoquita samareo de legitimar su existencia y su proyecto: ¡Moisés, la ley y el templo, sí; David, Sadoq y Jerusalén, nunca!
¡La alianza de Dios con Moisés que pasaba por el Sinaí, llegaría a ser definitiva solo en el Garizim!
La respuesta de Jerusalén no tardará. El cronista al recontar la historia del pueblo, polemizará. No es por acaso que Moisés tenga un tamaño reducidísimo en esta obra y que el Éxodo será prácticamente olvidado . La alianza davídica, y no la mosaica, es, para el cronista, la alianza central e irrevocable.
La historia del pueblo asumió su rostro definitivo en David y en la monarquía davídica al servicio del proyecto del templo y del sacerdocio sadoquita de Jerusalén, un rostro incompatible con la posición samarea.
1.3 - El Pentateuco de Henoc
Llegamos, así, a entender el contexto conflictual que generará la apocalíptica. Los griegos habían reconocido como legítimos los dos cultos: el de Jerusalén y el de Garizim. Los judaítas de la diáspora se quedaron con Jerusalén (la traducción de los LXX aceptará todo el canon del segundo templo). Todo estaba tranquillo hasta la explosión de la guerra macabea, cuya mayor causa fue, nuevamente, un conflicto interno en el grupo sadoquita.
Este contexto de guerra producirá una literatura abundante cuya mayor expresión la encontramos en los libros de Henoc que nos llegaron en lengua etíope y, con algunas modificaciones, en griego. Uso la palabra libros en plural pues, realmente, se trata de un verdadero pentateuco , formando actualmente una colección unitaria bajo el título de “libro de Henoc”. Estos libros pertenecen al canon oficial de la iglesia copta. Para las demás iglesias y para los judaítas, se trata de libros apócrifos.
A pesar de que todos ellos están catalogados como apocalípticos, en realidad no expresan la misma teología. Creo que es posible identificar, mínimo, tres estadios diferentes de pensamiento en la secuencia de estos textos.
1.3.1 - Antes de la guerra macabea
Después de los cambios sucedidos a causa de la conquista griega de Asia y Egipto, encontramos esta situación: en Jerusalén, Samaría y en la diáspora de Babilonia, Antioquía y Alejandría los judaítas, sobre todo los que están en el poder, todos ellos, aunque de formas diferentes, muy bien articulados con el comercio, el mercado y las autoridades griegas. Para ellos el mundo griego significaba progreso, cultura, oportunidades de crecimiento y de riqueza. Para el pueblo de Judá, sin embargo, las cosas no estaban tan bien ni tan tranquilas.
De un lado, el proyecto mercantilista griego estaba favoreciendo la esclavitud y el latifundio con graves consecuencias, sobre todo, para los pequeños campesinos. De otro lado, el dominio sobre esta tierra fue disputado ferozmente por los seléucidas de Antioquía y los ptolomeos de Alejandría. Cinco guerras en un siglo atormentaron las poblaciones de esta región, creando así un clima de inestabilidad y favoreciendo la explotación y la especulación que eran soportadas, especialmente, por los segmentos más pobres de la población.
Para ellos, los griegos eran la causa de la multiplicación de los “males sobre la tierra” (1 Mc 1,9). Los jefes de Jerusalén, al contrario, vivían en “paz” y gozaban del apoyo de los reyes (2 Mc 3,1-3). Creemos que los de Siquem, también.
De sus casas salió el Eclesiástico, el libro según el cual el bien siempre sería recompensado con el bien. Ellos asumieron, incluso, la propia manera de pensar de los griegos, legitimando la superioridad de los patrones sobre los esclavos, de los sabios sobre los trabajadores, de los hombres sobre las mujeres.
El pueblo de las casas campesinas, al contrario, producía el libro del Cohelet, cuestionando a fondo tanto el proyecto de los reyes griegos y su filosofía, como sus aliados sentados en el templo de Jerusalén. Para ellos la teología de la retribución y los sacrificios del templo tenían muy poco valor en cuanto que en todas las casas no hubiese comida, fiesta y paz.
Existía otro grupo, que serán más tarde conocidos como los hassidim, los “piadosos”. Era el grupo de la recién nacida sinagoga. Ellos creían en la teología de la retribución. El xalom, según ellos, vendría por la práctica rígida de todas las normas de la ley.
Este xalom, sin embargo, estaba demorando mucho para llegar. Desde hacía mucho tiempo ellos procuraban con todas sus fuerzas, ser obedientes a las leyes, normas, decretos y estatutos, pero nada indicaba que la situación mejoraría. Parecía que Dios ya no tenía el control de la historia. El problema del mal se impuso con fuerza.
Ya no servía la explicación dada por las tablas guardadas en el templo, según las cuales el mal era producto del incumplimiento de la ley, y que sólo podría ser reparado por los sacrificios reglamentados por los sacerdotes. No bastaba alegar que el mal existía por causa de los emperadores. Esdras, Nehemías y los sadoquitas de Jerusalén y de Siquem enseñaban que una de las mayores bendiciones de Dios era justamente la protección y el apoyo de los emperadores. Estos no eran enemigos. El mal debía tener otras causas. La verdad debía estar escrita en otras “tablas” que estaban en el cielo.
Este es el contexto que produjo el primer texto apocalíptico : el libro de los vigilantes, primera parte del libro de Henoc.
El mal tiene un origen extraterrenal que supera y precede la intervención y la responsabilidad humana. Haciendo un largo midrash de Gn 6,1-4, el libro de Henoc identifica el origen del mal con la prevaricación de ángeles celestiales (los “vigilantes”) que atraídos por la belleza de las “hijas de los hombres” se les unen corrompiendo su estado espiritual y les revelan los misterios del bien y del mal que debían permanecer escondidos a los humanos. De esta unión nacieron los gigantes que colmaron de mal y de muerte la tierra entera. A pesar que los gigantes se destruyeron entre sí y los ángeles vigilantes fueron encadenados por Dios, el mal continúa en la tierra porque los espíritus malos de los gigantes permanecen en la tierra empujando la humanidad a infringir las leyes. La humanidad fue así más víctima que autor del pecado: “toda la tierra se corrompió por las obras de Azazel : toda culpa debe ser atribuida a él” (Hen 10,8).
Los elegidos, sin embargo, pueden ganar el favor de Dios con la observancia de la ley y con la espera del día del juicio, cuando Dios, el “Señor de los espíritus”, hará justicia y garantizará la felicidad eterna de los justos y la maldición de los malos. Estará así, inaugurado el reino de Dios . Hasta allá, las “almas” de los justos estarán guardadas, en el valle occidental, separadas de las almas de los malos de donde saldrán para el juicio final.
El libro de los jubileos, un poco posterior al libro de los vigilantes y que también nos llegó en lengua etíope , mantiene la misma cosmovisión del origen angelical del pecado, de la historia anteriormente escrita en las “tablas celestiales”.
Haciendo un midrash de Gn 1, Ex 12, busca refundamentar, de forma más rigurosa, la observancia de la ley que ya existía antes del Sinaí. La separación entre escogidos israelitas y gentiles será definitiva e insuperable. La observancia de la ley es decisiva e Israel será restaurado, al rededor de Jerusalén y del templo, por la acción salvadora de Dios, que alcanzará solamente a los verdaderos observantes de la ley. Todos los demás, incluso israelitas, serán excluidos.
La “causa principal” de la apocalíptica, entonces, es el aparente no funcionamiento histórico de la teología de la retribución. La apocalíptica nace como tentativa de respuesta al problema del mal, en sí, que parece interminable e invencible. El origen y el fin del “mal” es la preocupación primera de esta reflexión. Todo sucede porque está escrito desde el inicio. Lo que está escrito no puede ser cambiado, sólo puede ser conocido y revelado a los “escogidos” para que puedan permanecer firmes en la observancia de la ley, esperando el día del juicio final, cuando Dios restaurará las suerte de su pueblo.
El “optimismo” histórico, la certeza del reino final, se contrapone al “pesimismo” antropológico que ve a las personas sujetas y víctimas del mal. El único remedio es el cumplimiento de la ley: continuar siendo justos, a pesar de no ver la retribución en esta vida, porque un día Dios hará justicia a los escogidos, al menos a sus almas.
Esta teología también está presente, en parte, en los primeros capítulos del libro de la Sabiduría (Sb 1-5).
Es evidente que este primer momento de la apocalíptica tenga que ver más con la sabiduría que con la profecía. En cierta forma, se trata de otra respuesta que los sabios darán a las antiguas dudas de Job.
En el momento de la represión de Antíoco VI, Epífanes, esta teología alimentará la resistencia popular produciendo grandes gestos de martirio (2 Mc 6-7). El martirio de la madre y sus 7 hijos es el punto más alto de esta teología pre-macabea.
“El rey del mundo nos hará resurgir para una vida eterna, a nosotros que moriremos por sus leyes” (2 Mc 7,9) “Aún no escapaste al juicio de Dios todopoderoso que todo lo ve... Por el juicio de Dios recibirás el justo castigo por tu soberbia” (2 Mc 7,35-36).
1.3.2 - Durante la guerra macabea
Esta teología entra en crisis en el momento en que Matatías convoca a todos los que son fieles a la ley y a la alianza de los padres a seguirlo para las montañas. El martirio de quien “muere en su rectitud” ya no parece ser la única alternativa. El campo judío que siempre celebró la necesidad del compromiso directo en favor de la justicia (cf. pentateuco de la casa), cuestiona esta actitud y pasa al protagonismo directo (1 Mc 2,29-41). Los hassidim aceptan la convocación de Matatías, entran en la lucha contra el rey Antíoco (1 Mc 2,42).
Es el segundo momento de la literatura apocalíptica: el libro de los sueños (Hen 83-90) tiene acá su origen, junto con el libro de Daniel, el libro de Judit y el texto griego de Ester.
En este momento de reflexión aparecen las siguientes dimensiones:
- La historia como un todo y no sólo su origen y su fin, vuelve a ocupar el centro de la reflexión y, dentro de la historia, lo importante no es tanto el mañana, sino el hoy en que nos encontramos. El libro de los sueños se presenta como una historia de la humanidad desde los orígenes hasta los días del autor. El resto, el futuro, es escrito por Henoc que lo ve en sueño. Los actores principales de esta historia son simbolizados por toros, becerros, carneros, ovejas y otros animales como lobos y leones.
- El mal continúa teniendo su origen extraterrenal. La primera visión es del cielo cayendo sobre la tierra que es destruida y tragada por el abismo.
“Son los secretos de todo el pecado de la tierra y como será tragada por el abismo.” (Hen 83,7)
La presencia del ángel pecador permanece, pero la falta de Adán aparece antes, de primera. Este mal crecerá hasta un primer momento que es el diluvio. La purificación no es perfecta y de la humanidad solo resta el “toro blanco” de los semitas. Pero ellos también pecaron y el pecado fue creciendo hasta provocar el segundo castigo: el exilio de Babilonia.
Las cosas no mejoraron después, pues los 70 ángeles que Dios colocó como pastores de su rebaño, también pecaron. Fue por eso que los animales feroces llegaron y devoraron las ovejas.
La lucha de Judas Macabeo, la oveja que “abrió los ojos y en ella creció un gran cuerno” (Hen 90,9), reunió a todas las ovejas, abriendo sus ojos contra los falsos pastores y contra las fieras y las aves de rapiña. Con la ayuda de Dios él venció. La tierra se abrió y se tragó a todas las fieras y los 70 ángeles, juzgados y condenados, fueron arrojados en el abismo de fuego y, junto con ellos, fueron arrojadas las ovejas ciegas que no abrieron los ojos. Ahora puede levantarse el trono y el viejo templo puede ser destruido. Uno nuevo, abierto a todos los sobrevivientes, será reconstruido para la verdadera alegría del dueño de la casa. Allí verá otro “toro blanco”: el Mesías que gobernará la tierra y tornará a todos semejantes a sí mismo.
Es evidente la actitud anti sacerdotal del grupo que elabora estas páginas. Incluso en el tiempo de la reconstrucción pos-exílica, sus “ojos estaban ciegos” y “todo el pan sobre el altar estaba inmundo e impuro”; también todos los pastores estaban ciegos e incapaces de proteger las ovejas del ataque de águilas, buitres y cuervos (Hen 89,73-90,5).
En el nuevo templo no habrán sacerdotes, altares y sacrificios, solamente la gran reunión de todas las ovejas y demás animales.
Estamos en sintonía con el libro de Judit y con el texto griego de Ester que, en su “traducción”, recibirá un ropaje de puro estilo apocalíptico , así como el libro de Daniel, escrito casi todo en estilo apocalíptico y, muy parecido al libro de los sueños. Entre el primer y el segundo momento la gran diferencia: la paz, el xalom, llegan no sólo por la acción directa de Dios sino también, por la mediación del “héroe” no divino. En todas estas obras se destaca que la práctica de la ley, incluso alabada, no basta. Es necesaria la intervención directa de Judas Macabeo, la “oveja de ojos abiertos y con gran cuerno”; necesitamos de la “mano de la mujer”, de Judit y de Ester que manifiesten la visita de Dios y del trabajo de los “iluminados” del libro de Daniel que abren los ojos de muchos y que resplandecerán para siempre como estrellas (Dn 11,33.35; 12,3.10).
Si la primera apocalíptica llevó a la observancia de la ley hasta el martirio, esta segunda compromete directamente a la lucha y el combate.
1.3.3 - Después de la guerra macabea
La victoria de los Macabeos pretendió traer al pueblo judío el sueño del xalom restaurado (1 Mc 14,4-15). Simón fue saludado como iniciador de estos tiempos gloriosos: “él consolidó la paz sobre la tierra e Israel se alegró con gran júbilo” (1 Mc 14,11).
Todo no pasó de un momento. Ya con Juan Hircano, pero especialmente con Alejandro Janeo, la suerte del pueblo se revirtió. El reino de los asmoneos se articuló perfectamente con el mundo y el mercado griego llevando a los campesinos a una situación más desesperante. Los sadoquitas, los antiguos enemigos, se convirtieron en los nuevos amigos saduceos que continuarán administrando las riquezas y el poder político y religioso, aunque de forma subalterna a los asmoneos, reyes y sacerdotes al mismo tiempo.
El grupo sadoquita que no se someterá a esta nueva situación se reconstituirá a partir de Qumram. Los hassidim, amigos y compañeros de lucha y ahora fariseos serán perseguidos violentamente y masacrados sin piedad por los asmoneos.
Los samaritanos y los galileos serán conquistados en la política expansionista de los asmoneos y el judaísmo será impuesto en estas tierras por medio de la espada y del tributo.
El frente que se constituyó junto a Judas Macabeo se fracciona ahora en decenas de grupos, con diferentes propuestas de vida y diversas visiones de la historia y del judaísmo. Sobre todo una sensación de impotencia penetra las clases más populares. El fracaso del sueño Macabeo fue como una ducha fría sobre todas las utopías. Las utopías se convirtieron en sueños. Sueños apocalípticos.
Esta es la cuna del tercer momento de la literatura y de la teología apocalíptica. Eso también mata la profecía. Mata inclusive la novela.
Así se expresa Diez Macho: “para los exégetas apocalípticos toda la historia era ‘historia damnata’ y no debían perder ni un segundo en procurar su integración y relación con la revelación.”
La historia de la humanidad no es más el lugar donde encontrar y, mucho menos, operar la salvación. Aquí no existe paz.
En este momento se producirán la mayoría de los textos apócrifos del Antiguo Testamento, aunque sufran posteriores relecturas y actualizaciones.
Regresando al pentateuco de Henoc, encontramos tres textos que salen en este momento. Tres textos, que de forma diferente, nos transmitirán prácticamente este pensamiento pesimista sobre la historia y la humanidad.
- El libro de la astronomía. Sin entrar en los detalles de la complicada composición literaria de este texto que ocupa los cap. 72 a 82 del libro etíope de Henoc, podemos notar como la preocupación ahora es la de colocar la historia de la humanidad dentro de una visión cósmica más amplia.
El estudio de la naturaleza, el descubrimiento de la lógica del movimiento de los astros, la defensa del año solar de 364 días, sirve para desmitificar la astrología clásica que hacía del movimiento de los astros la expresión de las voluntades divinas inmutables y la causa de las vicisitudes de la historia.
Dios es el verdadero “controlador” del universo que siempre obedece sus órdenes y leyes que, reveladas ahora por el ángel Uriel, pierden su sacralidad y pasan a hacer parte de la experiencia humana.
Solamente la humanidad fue incapaz de obedecer las leyes de Dios. Este es el por qué de tantos desastres en la naturaleza, el por qué de la carestía, de la sequía, de las inundaciones. Destruyendo y corrompiendo la armonía de este concierto celestial, el pecado de las personas influyó en la naturaleza y la hizo cambiar.
“En los días de los pecadores los años serán cortos, la semilla en las tierras tardará; todas las cosas en la tierra se transformarán y no aparecerán a su tiempo; la lluvia será negada pues el cielo la retendrá.” (Hen 80,2)
El pecado fue tan grande que los astros llegaron a ser llamados de dioses. Pero el pecado no es más fuerte que Dios. Sucedió porque estaba previsto. Estaba allá, escrito, desde siempre, en las “tablas celestiales”.
Los siete santos, al reorientar a Henoc para la tierra, y colocarlo delante de la puerta de su casa, le dan el plazo de un año para enseñar a todos la verdad más importante: “informa todo a Matusalén tu hijo y enseña a todos tus hijos que ningún mortal es justo delante del señor, pues él nos creó” (Hen 81,5).
El texto va más allá de la anterior afirmación de Job: “¿cómo podría el hombre ser justo delante de Dios?” (Job 9,2; Sl 14,1). No se afirma la impotencia de las personas para hacerse justas. Se afirma que así fueron creadas por Dios. De una cierta manera la causa del mal no es ni el pecado de Adán ni la desobediencia de los ángeles. ¡Por ser criatura la humanidad es pecadora! El pecado es congénito a los seres humanos. Por eso Dios “tiene mucha paciencia con los hijos de Adán” (Hen 81,3). Sólo resta “tener un corazón fuerte, enseñar la justicia a los buenos, alegrarse con los justos y desearse cosas buenas entre sí” (Hen 81,7).
- El libro de las parábolas. Este libro ocupa los caps. 37 a 71 del libro etíope de Henoc . Son tres parábolas o revelaciones que Henoc recibe e su ida a los cielos. La temática es la misma. El juicio de Dios que traerá la justicia a la tierra. Sobresale el enfrentamiento con los asmoneos en el poder y con los saduceos sus aliados. Los verdaderos malvados que serán juzgados y ajusticiados son los “reyes, los poderosos y todos los que poseen la tierra” (Hen 38,5; 53,5; 62,3.6.9) y sus aliados griegos y romanos “los que ponen como jueces a los astros del cielo, levantan la mano contra el Altísimo, pisotean la tierra... Su fuerza está en su riqueza y su fe en los dioses que sus manos forjaron... Persiguen sus casas de reunión y los creyentes que se apegan al nombre del Señor de los espíritus” (Hen 46,7).
En la primera parábola (Hen 37-44) se afirma la certeza del juicio de Dios. Es el día del Señor que llegará para separar definitivamente la humanidad destruyendo los malvados y haciendo vivir a los justos y elegidos.
La segunda parábola (Hen 45-57) nos presenta al ejecutor del juicio: el escogido, el Mesías, el “hijo del hombre” o, mucho mejor, como es llamado la mayoría de veces, “hijo del niño de la madre de todos los vivientes (Eva)” (Hen 62,7.9.14; 63,11; 69,26.27; 70,1; 71,17) . Este es el gran protagonista de esta parábola (aparece 16 veces en el texto). Es la personificación del “escogido”. El existe desde siempre, desde antes de la creación del mundo y para la eternidad (Hen 48,6). El se sentará en el trono de Dios para juzgar. “El es la vara de los justos para que en él se apoyen y no caigan; él es la luz de las naciones; él es la esperanza de los que sufren en sus corazones” (Hen 48,4).
De cierta forma, en esta figura se resumen todas las figuras mesiánicas, desde el Mesías davídico, hasta el siervo de Yavé . Todo lo que fue símbolo de las esperanzas de los pobres están resumidas en esta figura que tendrá la tarea de derrumbar de los tronos a los poderosos. Él conoce todos los misterios de la sabiduría y de la justicia. “Su gloria dura toda la eternidad y su fuerza todas las generaciones. En él habita el espíritu de sabiduría, de entendimiento, de ciencia, de fortaleza y el espíritu de los que murieron por la justicia” (Hen 49,2-3).
El viene con una misión definida: hacer perecer a los reyes y a los poderosos de esta tierra y hacer con que los justos descansen de la opresión de los pecadores (Hen 53,5-7). Finalmente, juzgará a los ángeles caídos que serán arrojados en el abismo profundo, lleno de fuego, para una ruina inagotable (Hen 55,4-56,4). Todo terminará con la conversión de las naciones (Hen 50,2-3) y la reunión de todos los hijos de Israel dispersos (Hen 571-3).
La tercera parábola (Hen 58-69) del libro de Henoc vuelve al asunto privilegiado de la apocalíptica: el origen del mal. En la primera, el texto ya había afirmado que el mal era congénito a la humanidad pues Dios habría creado tanto los espíritus buenos como los malos. “Como Dios creó una mitad de tinieblas y una mitad de luz, así dividió los espíritus humanos” (Hen 41,8). Era lo que también afirmaba la comunidad de Qumram: “El creó los espíritus de la luz y los espíritus de las tinieblas” (Reglas de la Comunidad 3,25).
La segunda repitió que el pecado era el de los poderosos que no querían reconocer el poder del Altísimo y se orgullecían de sus obras: “porque no exaltan al Señor de los espíritus” (Hen 46,6). Pero allí también se hablaba del pecado de los ángeles que “se hicieron siervos de Satán y sedujeron los habitantes de la tierra” (Hen 54,6).
En la segunda parábola también estaba presente la visión pesimista de la humanidad. Contradiciendo las afirmaciones del capítulo 24 de Sirácida, nuestro texto afirma que “la sabiduría no encontró lugar donde morar y fue a morar en el cielo. Salió la sabiduría a vivir con los hombres y no encontró una casa. Volvió entonces a su lugar y se sentó entre los ángeles. La injusticia, sin embargo, salió de su casa, encontró lo que no buscaba y habitó entre ellos, como lluvia en el desierto y sereno sobre la tierra sedienta” (Hen 42,1-3).
Esta sabiduría solo regresará con la llegada del tiempo mesiánico, por la mediación del hijo del hombre (Hen 48,1).
En contraposición a la ausencia de la sabiduría que puede salvar, la tercera parábola, nos presenta como causa de todos los males un conocimiento que destruye. El juicio divino, ejecutado por el hijo del hombre sobre los reyes y los poderosos de la tierra, será necesario “porque conocerán todos los secretos de los ángeles, la violencia de los satanes y toda su fuerza oculta, la de los magos, los hechiceros y de los que fabrican imágenes fundidas en toda la tierra... Por las brujerías que llegaron a conocer, para estos nunca habrá conversión, porque conocieron lo oculto y ya fueron juzgados” (Hen 65,6.10-11).
Los ángeles malvados que bajaron a la tierra no son responsables solamente por la contaminación de la semilla santa, sino especialmente, por la revelación de los misterios arcanos que debían permanecer escondidos. Vuelve con fuerza el pensamiento ya expresado en el libro de los vigilantes. El conocimiento que mata es justamente lo contrario de la sabiduría. Es el conocimiento de las armas y de los golpes mortales; es el conocimiento de la escritura, inclusive de la escritura sagrada “pues las personas no fueron creadas para cosa semejante: fortificar su fe con pluma y tinta” (Hen 69,10); es el conocimiento del aborto y de las artes mágicas de la medicina (Hen 69,1-13). “Por causa de ese saber perecen y por esta fuerza son consumidos” (Hen 69,11). Estos conocimientos permitieron el surgimiento de los poderosos que, con eso, oprimen a los justos que no saben defenderse.
Estar, sin embargo, de más de un lado que de otro no parece depender de nada más que de la elección de Dios. Por eso el justo es normalmente llamado elegido.
El hijo del hombre, identificado inclusive con el propio Henoc (Hen 71,14), al hacer justicia establecerá definitivamente la verdadera sabiduría sobre la tierra y el pecado desaparecerá para siempre.
- La epístola de Henoc. Es la última parte del libro etíope de Henoc y comprende los caps. 91 a 105 .
El tema del mal y del juzgamiento final continúa siendo el eje de este documento que nos es presentado como testamento de Henoc, antes de subir a los cielos por la segunda y definitiva vez; testamento dado para que “no se entristezca vuestro espíritu por causa de los tiempos” (Hen 92,2).
La historia, ya prevista en las “tablas celestes”, llegó a su penúltima etapa, llegó a la novena semana cuando “será revelado al mundo el justo juzgamiento, para que desaparezcan de la tierra todas las iniquidades de los impíos y el mundo sea entregado a la ruina eterna” (Hen 91,14). En la décima semana serán juzgados los vigilantes y habrá un nuevo cielo. Después “habrán muchas e innumerables semanas, eternas, en la bondad de una justicia y ya no se mencionará más el pecado por toda la eternidad” (Hen 91,17).
Esta certeza no puede ser colocada en duda sólo porque los justos mueren en la tristeza y en la miseria o porque los opresores mueren felizmente en su abundancia, sin ser juzgados por las iniquidades, durante su vida. La distinción se hará después de la muerte. Los injustos serán destruidos y los justos vivirán para siempre. “les juro, oh justos, que los ángeles en el cielo, recordarán su bien delante de la gloria del Grande. Sus nombres están escritos delante de la gloria del Grande. Tengan esperanza pues, antes, ustedes fueron probados con maldades y aflicciones, pero ahora, brillaréis como los astros del cielo. Brillaréis y seréis vistos y las puertas del cielo se abrirán” (Hen 104,1-2).
De las grandes exhortaciones de Henoc a sus descendientes: “mis hijos amen la justicia y caminen por ella... Busquen y escojan como suya la justicia y anden por caminos de paz para que vivan y prosperen” (Hen 94,1.4). “Esperen y no abandonen su esperanza, pues tendréis una gran alegría como los ángeles del cielo” (Hen 104,4; 96,1). “No teman, oh justos, al ver a los pecadores fortificarse y prosperar en sus caminos, ni sean sus compañeros, sepárense de su violencia, pues tendrán que ser socios de los ejércitos del cielo” (Hen 104,6; 95,3).
Es lógico que, en este contexto, una buena parte del testamento-epístola de Henoc esté ocupada por los “ayes” contra los pecadores que, de nuevo, como en el libro de las parábolas, son identificados con los poderosos y los opresores. “ay de vosotros, ricos, pues confiáis en vuestra riqueza. De ella seréis apartados porque no os recordasteis del Altísimo en los días de vuestra riqueza” (Hen 94,8).
La denuncia contra los saduceos parece evidente: “ay de vosotros, pecadores, pues vuestra riqueza os hace parecer justos, pero vuestros corazones denuncian que vosotros sois pecadores” (Hen 95,4).
Son ellos los que “comen la flor del trigo, beben en la cabecera de las fuentes y pisotean a los pobres con su fuerza”; son “los poderosos que oprimen al justo con la fuerza”; ellos provocan la violencia, usan la mentira y la falsedad, aman la iniquidad, gozan del luto del justo, construyen sus casas con la fatiga de los otros, desprecian los linderos de las tierras de los antepasados y, como el rico hacendado de la parábola de Jesús, dicen: “tenemos riqueza, propiedades y conseguimos lo que queríamos, hagamos entonces, lo que pretendemos... pues son muchos los cultivadores de nuestros campos” (Hen 97,8-9).
Y los pecadores, los poderosos, los opresores no pueden refugiarse en el determinismo de la historia, casi para justificarse por causa de un mal que es “mayor” que ellos. Ellos son plenamente responsables por todo el mal que cometieron. Sin disculpas. “Les juro, oh pecadores, que como ningún monte se hace ni se hará esclavo, y ninguna colina se hace esclava de mujer, así el pecado no fue enviado a la tierra, sino que los hombres lo crearon por sí mismos y los que lo hicieron tendrán una gran maldición” (Hen 98,4).
Estamos definitivamente en la perspectiva de la sabiduría. Mejor, como también lo afirmaba Gerhard von Rad, la apocalíptica tiene su origen en la sabiduría . Según él, la espera de la intervención salvadora de Dios no está más motivada, como en los profetas, por la desobediencia al proyecto de Dios. Por el contrario, la apocalíptica nace justamente cuando, después de un largo tiempo de fidelidad y obediencia a las leyes de Dios, nada bueno acontece para los justos y los malos continúan triunfantes y cada vez más fuertes.
El “fracaso” de la teología de la retribución llevó a la discusión del problema del mal y de su superación. La búsqueda de respuestas “lógicas” a las dudas de Job, a las dudas de los que sufren desembocó en esta literatura que, a pesar de sus diferencias e innumerables variantes, tenía, como su eje de reflexión no tanto la preocupación con la escatología o con el futuro, sino la presencia actuante del mal. Un mal tan fuerte y grande que parece ser mayor que Dios.
Toda esta literatura fue escrita para que “ustedes que sufren no tengan miedo, pues encontrarán remedio. Una luz resplandeciente brillará para ustedes y escucharán del cielo una voz de descanso” (Hen 96,3).
2 - Jesús y el reino de Dios
Es evidente la proximidad de estos dos últimos libros del pentateuco de Henoc con el Nuevo Testamento. Un estudio más profundo de estos textos nos permite conocer mejor la matriz cultural del grupo de Jesús. Corriente y Piñero encontraron al menos 97 semejanzas entre el NT y el libro etíope de Henoc , 33 en el Apocalipsis de Juan, 15 en Lucas y 8 en Mateo. Mucho menos en los otros evangelios: 4 en Juan y solamente 1 en Marcos.
Estas semejanzas literarias y de contenido, junto con la figura del hijo del hombre, llevan a los dos autores a afirmar que “la teología mesiánica de Jesús y de los sinópticos no es una novedad radical en relación con el antiguo testamento y al judaísmo helenístico, sino una continuidad con la doctrina de los círculos apocalípticos” .
No queda duda que existen evidentes conexiones entre estos escritos: la gehena, el infierno, los ángeles, los ángeles caídos, el juzgamiento final, el doble destino después de la muerte, el reino mesiánico, la resurrección... están presentes tanto en el libro de Henoc como en los evangelios. Esto es suficiente para establecer el mismo campo cultural. ¿Sería posible establecer, también, una dependencia “teológica”?
No creo que las cosas sean tan simples. Sobretodo si tenemos en cuenta que todas esas manifestaciones de pensamiento, incluso de los samareos, provenían del judaísmo de Jerusalén o de la diáspora. No es fácil atribuir todo esto a Galilea, palabra esta que, además, no tendría sentido sola, pues solamente indica “región”. Se trataba, como era conocida en Judá, de la “Gelil hagoym”, la “región de las naciones”.
Hacía muchos siglos que esta región no tenía casi nada en común con Jerusalén. Tierra de un pasado glorioso que produjo grandes jueces, como Gedeón e importantes profetas, como Elías y Eliseo, esta región poco tenía en común con el sadoquitismo de Jerusalén o de Siquem. ¿Hasta qué punto el judaísmo construido después de Esdras y Nehemías impactó y fue asumido por los pueblos de Galilea? Es difícil establecerlo.
Sabemos, con seguridad, de la presencia incuestionable del mundo griego en esta tierra, desde el Vo siglo antes de Cristo; sabemos de muchas ciudades perfectamente conectadas con este mercado, inclusive Séforis, la “capital”, situada a pocos kilómetros de Nazaret; sabemos que la región más próxima, junto al lago, llamada de Decápolis, tenía grandes ciudades griegas, contra las cuales Judas Macabeo luchó para liberar sus “hermanos” amenazados por los gentiles (1 Mc 5,9-54).
Las informaciones que tenemos nos hablan de la implantación forzada del judaísmo por parte de Juan Hircano y, sobretodo, de Alejandro Janeo que desarrolló una cruenta lucha con los pueblos de la región que resistían ferozmente a la dominación judaíta. La anexión forzada sólo pudo ser garantizada en el tiempo de la incipiente dominación romana, cuando el senado nombró a Herodes jefe militar en Galilea y este sofocó violentamente la rebelión de Ezequías. Diez años más tarde, el mismo Herodes llegará al reino, en Jerusalén, y, después, construirá Cesárea, en homenaje a los amigos romanos que lo apoyaron en esta labor y que estaban muy interesados en el vino, el aceite y el trigo de estas fértiles tierras.
Eso sucedió dos décadas antes del nacimiento de Jesús.
El judaísmo, en Galilea, era “misionero”. Es importante notar la presencia de los “escribas llegados de Jerusalén” (Mc 3,22; 7,1; Mt 15,1) y la denuncia contra los fariseos que “recorren los mares para conseguir un prosélito” (Mt 23,15). Podemos afirmar que el judaísmo de la toráh de Jerusalén era la “religión de los conquistadores”, cuando es vista desde los galileos.
También es conocido el permanente estado de subversión por parte de grupos galileos no sólo contra la dominación romana, como y sobretodo, contra Jerusalén y el sacerdocio servil allí instalado por los romanos y asumido por los saduceos.
Es normal que en esta situación de tensión y conflicto, circulasen fácilmente en medio del pueblo galileo algunas ideas apocalípticas, sobretodo las que denunciaban como pecadores a los ricos y los opresores, tanto los de Jerusalén como los gentiles a ellos unidos y anunciaban su inevitable y definitivo castigo. Este aspecto del judaísmo, que era producto de grupos que estaban fuera del poder y en la oposición, debía atraer a la inquieta población de la “región de las naciones” mucho más que el austero judaísmo oficial del templo y de la torá.
Sin olvidar la antigua tradición profética que aún debía estar viva en la memoria, en el corazón y en las tradiciones populares. Podríamos, casi con certeza, afirmar que un poco de los tres “pentateucos”, el de la casa, el de los samareos y el de Henoc, debían componer la teología popular. Ningún de ellos por sí solo es absoluto. En el pueblo es común encontrar este tipo de “sincretismo”.
Al hablar de Jesús y de su mensaje no debemos olvidar que él debía ser mucho más “galileo” que “judaíta”. Jerusalén, en las memorias de Jesús, era lugar de tentación y de opresión, a ser enfrentado sin miedo a la muerte.
De Jesús, sin embargo, no tenemos testimonio directo; sólo la relectura que las comunidades cristianas de la diáspora hicieron, después de la destrucción de Jerusalén por parte de los ejércitos de Tito . Por eso no podemos hablar de forma definitiva de la opinión y del pensamiento de Jesús.
Tenemos, sin embargo, algunos elementos interesantes, comunes tanto a los sinópticos como al posible texto del evangelio Q , que pueden ser analizados para detectar su originalidad.
2.1 - El reino ha llegado
En contradicción con la mentalidad apocalíptica común, está justamente el núcleo central del anuncio de Jesús y de los discípulos: “el reino de Dios está próximo de ustedes” (Q 20; Lc 10,9.11; T 3,2; 113).
Marcos y Mateo complementarán este anuncio y lo transformarán en Evangelio: “El tiempo está completo y el reino de Dios está próximo. Arrepiéntanse y crean en el Evangelio” (Mc 1,15; Mt 4,17).
El reino de Dios, para Jesús, no debe ser puesto más allá, al final o incluso fuera de la historia. No es algo a ser esperado mañana, sino algo que debe ser buscado desde ya, pues ya está presente. El está “próximo” no tanto en sentido de tiempo, cuanto en el sentido de espacio: está cerca. El tiempo, en verdad, se completó: no falta nada más.
Invirtiendo el mensaje apocalíptico de la espera confiante en el triunfo futuro de Dios y de los justos, Jesús nos pide “convertirnos”. Es una invitación a cambiar de cabeza, de mentalidad, una invitación a abrirnos a cosas nuevas, a una “buena nueva”. ¡Nadie espera más: el reino llegó! Es necesario creer en él.
El es de los pobres; ya, ahora: “felices son los pobres: el reino de Dios es suyo” (Q 8; Lc 6,20; Mt 5,3; T 54).
Esta presencia del reino de Dios, actuante desde ya y en la expectativa para un futuro la encontramos en dos pequeñas pero famosas parábolas. “El dijo: ‘¿cómo es el reino de Dios? ¿A qué podré compararlo? El es como un grano de mostaza que un hombre cogió y plantó en un jardín. El creció, se hizo un árbol tan grande que las aves del cielo hicieron nido en sus ramas’. También les dijo: ‘el reino de Dios es como la levadura que una mujer tomó y mezcló con tres medidas de harina, de modo que toda la masa quedase fermentada’” (Q 46; Lc 13.18-21; Mt 13,31-33; Mc 4,30-32; T 20; 96).
Las parábolas de la perla y del tesoro escondido en un campo (Mt 13,44-46; T 76; 109) expresan esta misma buena nueva. Por eso él debe ser buscado en primer lugar y antes que todo. Buscar porque es posible encontrarlo: el reino de Dios y su justicia. “Buscad el reino” (Q 39; Lc 12,31; Mt 6,33).
Esta novedad evangélica permite a Jesús decir que “el menor en el reino de Dios es mayor que Juan” (Q 17; Lc 7,18-23).
Lo nuevo ha llegado y llegó para permanecer.
2.2 - Un reino de trigo y de hierba mala
Uno de los motivos más comunes en todos los diversos textos apocalípticos, independientemente de su origen y visión teológica, es la clara y definitiva separación entre los justos y los impíos, entre los santos y los pecadores, entre los escogidos y los rechazados.
No sucede igual con Jesús. Al contrario, uno de los signos de la llegada del reino es la acogida del mismo por parte de los pecadores: sean ellos el centurión romano (Q 15; Lc 7,1-10; Mt 8,5-10), los enfermos, cojos, leprosos, sordos y hasta muertos (Q 16; Lc 7,18-23), los publicanos (Lc 7,29) y las prostitutas (Mt 21,31) y los “muchos que vendrán de oriente y de occidente para sentarse a la mesa del reino de Dios” (Q 48; Lc 13, 29; Mt 8,11).
Y, en oposición radical tanto al pensamiento del judaísmo oficial como al pensamiento apocalíptico, Jesús afirma: “No vine a llamar a justos, sino a pecadores” (Mc 2,17; Lc 5,32; Mt 9,13).
La lógica del reino que ya está presente consiste en dejar crecer el trigo junto con la hierba mala (Mt 13,24-30; T 57). Lejos del reino y hasta excluido están justamente los que pretenden fundamentar su fe en los principios de la separación y de ser justos según la ley, los que se consideran “hijos del reino” (Q 48,2; Mt 8,12; Lc 13,28). Los invitados para el banquete serán substituidos por los pobres, maltratados, ciegos y cojos (Q 51; Lc 14,15-24; Mt 22,2-10; T 64).
Y los fariseos, que se consideraban practicantes de la ley de manera rígida, son denunciados porque: “ustedes no entran en el reino de Dios y no dejan que entren aquellos que podrían entrar” (Q 34; Lc 11,52; Mt 23,13; T 39).
Caen todas las barreras entre sagrado y profano, justo e injusto, próximo y lejano, puro e impuro y, con eso cae por tierra el eje central de la teología de la retribución que, de forma diferente, era el sustento tanto del sadoquismo de Jerusalén y Siquem como del movimiento apocalíptico.
El pecado no es obstáculo para la llegada del Reino. Esta, tal vez sea la mayor novedad del movimiento de Jesús. Sólo la blasfemia contra el Espíritu no tendrá perdón. “Todo aquel que hable contra el hijo del hombre será perdonado. Pero quien hable contra el Espíritu Santo no será perdonado” (Q 37; Lc 12,10; Mt 12,32; Mc 3,29; T 44).
Por estas razones el reino de Dios pertenece, en primer lugar, a los pobres. Porque son los enfermos y los endemoniados quienes experimentan la fuerza de su llegada. Así mismo los misterios del Reino son revelados a los “pequeñitos” y escondidos a los sabios y a los doctores (Q 24; Lc 10,21; Mt 11,25).
No necesitamos más de “tablas celestiales” para conocer estos misterios, basta estar junto a Jesús (Mt 13,11; Lc 8,10; Mc 4,11), basta hacer la voluntad del Padre (Q 14; Mt 7,21; Lc 6,46; Mt 12,50; Mc 3,34-35; Lc 8,21; T 99), basta pertenecer al “pequeño rebaño” al cual Dios quiso “entregar el reino” (Lc 12,32) y, sobretodo, es necesario ser como los “niños”, alimentados por una confianza inquebrantable en la bondad del Padre (Mt 18,3; Mc 10,15; Lc 18,17; T 22).
2.3 - El reino del perdón
Otra novedad total en relación al pensamiento sadoquita y apocalíptico es la lógica conclusión de las afirmaciones precedentes. Si no existe separación entre puros e impuros, entre santos y pecadores, es porque todos somos pecadores. El único mecanismo de retribución que funciona es el “perdón”: “si perdonas los pecados a los hombres, también vuestro Padre celeste os perdonará; pero si no perdonas a los hombres, vuestro Padre tampoco perdonará vuestros pecados” (Mt 6,14-15; Mc 11,25). “Aunque él peque contra ti siete veces al día, debes perdonarlo” (Q 58; Lc 17,4; Mt 18,21-22).
En lugar de las tablas celestiales, de las tablas sacerdotales y las tablas de la torá, un orden nuevo: “pero yo les digo que amen a sus enemigos, bendigan a quienes los maldicen, recen por quien los trata mal... Así como desean ser tratados, traten a los otros... Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso” (Q 9; 10; Lc 6,27-38; Mt 6,44-48; T 92).
La intervención de Dios estará marcada por la búsqueda incesante de la oveja perdida (Q 54; Lc 15,4-10; Mt 18,12-14; T 107). Esta es la misión del hijo del hombre: “el hijo del hombre vino a buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc 19,10).
De acá la conclusión, ya clara desde los antiguos tiempos proféticos: “misericordia quiero y no sacrificios” (Mt 9,13; 12,7; Os 6,6).
Uno de los mayores mecanismos de opresión del segundo templo era justamente el “sacrificio por el pecado” para alcanzar el perdón y la pureza. Este era el soporte de todo el sistema, pues, de un lado, llenaba la mesa de los sacerdotes y, de otro, mantenía al pueblo en constante sumisión por causa de las innumerables situaciones de impureza en que vivía.
El perdón de Jesús es el primer gran escándalo que provocará su persecución: el paralítico perdonado, la mesa de los publicanos y de los pecadores, las necesidades del pobre y de los sufridores sobre la ley del sábado provocan la decisión de destruir a este hombre (Mc 2,1-3,6).
Si el pecado puede ser perdonado por nosotros, si Dios desata en el cielo lo que nosotros desatamos en la tierra (Mt 18,18), entonces ¿para qué sirven los sacrificios?
Otra conclusión es la necesidad de asumir nuestra condición de pecadores, imposibilitados para juzgar/ condenar a quien quiera que sea: “no juzguen para que no sean juzgados... ¿Cómo puedes reparar la paja en el ojo de tu hermano sin darte cuenta de la viga en tu propio ojo? ¡Hipócrita...!” (Q 10; 12; Lc 6,37.41; Mt 7,1.3; T 26).
De acá el aforismo por todos conocido: “los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos” (Q 48; Lc 13,30; Mt 19,30; Mc 10,31).
Nuestra obstinación por querer de alguna forma ser jueces de los otros nos lleva, inclusive, a interpretaciones absurdas de textos evangélicos. Es el caso de Mt 18,15-18 cuando al comentar el caso del hermano que no se arrepiente ni incluso delante de la ecclesia, se acostumbra a entender como una forma de excomunión la orden: “trátalo como un gentil o un publicano”. Además de contradecir el contexto del cap. 18, sobre todo el precedente texto de la “oveja perdida” (Mt 18,12-14), estamos olvidando que esta memoria pasó por las palabras de Mateo, un publicano que sabía muy bien cual era la manera de actuar de Jesús. El texto busca explicar quien es la “oveja perdida” que debe ser buscada por primera y afirma el poder de conversión que viene por la oración de los que están juntos en armonía en nombre de Jesús (Mt 18,19-20).
Perdón no es simplemente un sentimiento o el deseo y la capacidad de olvidar y pasar por sobre el mal recibido. Es mucho más. Es la fe en la necesidad de unión entre todos los pequeñitos. Se trata de apostar por la unión del pueblo sobre todo. Ninguna razón, ningún motivo existe que justifique la ruptura de la cadena que une entre sí a todos los que buscamos el reino de Dios.
Sin eso no es posible la intervención salvadora de Dios, no hay posibilidad de utopía, muere cualquier esperanza o, por lo menos, nuestras esperanzas no pasan de alienación. “Perdona nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores” (Q 26; Lc 11,4; Mt 6,12).
La única razón para continuar esperando ser perdonados es nuestra decisión de perdonar siempre, “setenta veces siete”.
2.4 - El reino de los que son perseguidos por causa de la justicia
La certeza de la presencia del reino y su lógica de perdón no quiere decir que ya estemos viviendo un mundo ideal y perfecto. Los signos del reino continúan siendo sofocados por opciones de muerte y de opresión. Lo que cambia es nuestra actitud delante de los acontecimientos.
No se trata de refugiarse en un grupo de electos ni en comunidades de perfectos. Tampoco se trata de estar en una situación de espera alienada.
Otro cambio evidente en relación a uno de los elementos más comunes en textos apocalípticos es el orden urgente de “expulsar los demonios”. En todos los textos que vimos, la victoria sobre los demonios o los ángeles caídos, responsables del mal y del pecado en la tierra, es siempre el último acontecimiento de la historia, antes de la proclamación del reino de Dios. Para Jesús la “expulsión de los demonios” es la lógica cotidiana, en una especie de cuerpo a cuerpo permanente, de quien busca el reino de Dios.
No viene al caso acá detallar mejor lo que debemos entender por demonios. Me parece suficiente tomarlos como la presencia de todo aquello que no permite que los pobres y los pequeñitos sean bienaventurados. El Reino sólo tiene un Señor a quien podamos servir (Q 55; Lc 16,13; Mt 6,24; T 47). La lucha contra los demonios es el mayor signo de la presencia actuante del reino de Dios.
“Si es por el dedo de Dios que yo expulso los demonios, entonces es que el reino de Dios ya llegó a ustedes” (Q 28; Lc 11,20; Mt 12,28; T 35).
Satanás caerá del cielo, justamente, por la fuerza del anuncio del reino (Lc 10,18). Pero esta lucha no sucederá sin víctimas. La persecución de quien busca la justicia del reino es signo de la presencia del mismo.
“Felices los que son perseguidos por causa de la justicia porque de ellos es el reino de los cielos” (Mt 5,10).
Este es el fruto del Espíritu dado a los pobres. Estar en el Espíritu es enfrentar los demonios. Por eso el segundo caso en que no vendrá nunca el perdón es ante la “blasfemia contra el Espíritu” (Q 37; Lc 12,10; Mt 12,32; Mc 3,29; T 44). No se trata solamente de la actitud de quien acepta valientemente el martirio a causa de la recompensa futura. Se trata de la cruz que recibe quien busca construir hoy el reino de Dios. Es fruto del enfrentamiento asumido con Jerusalén y todas las formas de poder a ella unidas: templo, palacio, almacén y cuartel.
En ningún momento, en ningún texto apocalíptico aparece la figura del Mesías como aquel que es condenado a muerte como subversivo y blasfemo. El hijo del hombre de la apocalíptica siempre es el triunfante vencedor que se sienta sobre el trono. “El hijo del hombre no vino para ser servido sino para servir y dar su vida en rescate por muchos” (Mc 10,45).
Y, como el hijo del hombre, todos nosotros no nos avergonzamos de él. El mensaje se hace urgente: “felices son ustedes cuando los odien, los rechacen, insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del hijo del hombre” (Q 8; Lc 6,22; Mt 5,11-12; T 68; 69).
“No tengan miedo de quien puede matar el cuerpo pero no el alma (Q 36; Lc 12,4; Mt 10,28).
“¿Ustedes piensan que vine a traer la paz sobre la tierra? No, no vine a traer la paz sino la espada. Vine a crear conflicto... Los enemigos de una persona son los de su casa” (Q 43; Lc 12, 51; Mt 10, 34-36; T 16).
“Quien no acepte su cruz para hacerse mi seguidor, no puede ser uno de mis discípulos. Quien quiera guardar la propia vida la perderá; pero quien pierde la vida por mi causa la guardará” (Q 52; Lc 14,27; 17,33; Mt 10,38-39; Mc 8,34-35; T 55).
Esta composición, aparentemente contradictoria, de cruz y de esperanza, de lucha y de fiesta, es el don del Espíritu , es el signo más verdadero del reino. Lo contrario es la mentira, la falsedad, la cobardía de los falsos profetas.
“Ay de vosotros cuando todos hablen bien de vosotros, pues de igual modo sus padres trataban a los falsos profetas” (Lc 6,23).
2.5 - El reino del “hijo del hombre”
Es interesante notar como los evangelios hacen un uso imprevisto, y prácticamente exclusivo, de la expresión “hijo del hombre”. Es difícil decir que eso sea producto de la diáspora o de un momento sucesivo de la reflexión cristiana. Pablo nunca usa este sujeto que, además, tampoco aparece en los Hechos y en las demás cartas . Con certeza no hacía parte del kerigma de las iglesias extra-palestinas. Estamos delante de un hecho que debe ser primitivo y, posiblemente, de Galilea.
“Recuerden cómo nos habló cuando aún estaba en Galilea: “Es necesario que el hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores, sea crucificado, y resucite al tercer día” (Lc 24,7).
Estaríamos, así, muy cerca de la memoria más antigua que las comunidades conservaron sobre Jesús. Estaríamos cerca del ambiente apocalíptico del libro de las parábolas, conservado en el pentateuco de Henoc, que también usa bastante esta expresión. Este contexto mesiánico está efectivamente presente, también, en los escritos evangélicos. Aquí, como en los textos apocalípticos, se habla de la futura “venida” del hijo del hombre y del “juzgamiento” que él presidirá, casi al cerrarse la historia.
“El hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, con sus ángeles... antes de haber visto el hijo del hombre que viene con su reino” (Mt 16,27-28).
Esta, inclusive, fue la declaración oficial de Jesús delante del Sanedrín que le preguntaba si él era el Mesías ungido y que causó su condenación a muerte: “yo les digo que, de ahora en adelante, verán al hijo del hombre sentarse a la derecha del Padre y venir sobre las nubes del cielo” (Mt 26,64; Mc 14,62; Lc 22,69).
El concepto de la “venida” futura y definitiva del hijo del hombre está presente también en muchos otros textos de los sinópticos (Mt 10,23; 19,28; 24,27.30.37.39.44; 25,31; Mc 13,26; Lc 12,40; 17, 22.24.26. 30; 18,8; 21,27.36). También encontramos este uso en los textos considerados de la fuente Q (Q 41; 60) .
Este concepto “apocalíptico” es muy bien resumido por Juan cuando afirma: “[el Padre] lo constituyó supremo juez, porque él es el Hijo del hombre” (Jn 5,27) .
Existe, sin embargo, una gran novedad. La acción del hijo del hombre ya es el signo de la llegada del reino, señal que el reino ya está entre nosotros y que el “juzgamiento” se está realizando. “El hijo del hombre tiene el poder de perdonar los pecados” (Mt 9,6; Mc 2,10; Lc 5,24). “El hijo del hombre vino para salvar lo que estaba perdido” (Mt 18,11; Lc 5,56). “El hijo del hombre es señor del sábado” (Mt 12,8; Mc 2,28; Lc 6,5).
Y, todavía más, casi todas las otras veces que, en los evangelios, se habla del hijo del hombre es para subrayar la pobreza, el sufrimiento y la persecución, asumidos conscientemente por Jesús. Eso aparece, inclusive, en aquella que, según Burton L. Mack, sería la redacción más antigua y primaria de la fuente Q y el evangelio de Tomás: “El hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Q 19; Lc 9,58, Mt 8,20; T 86).
Pero está presente, sobre todo, en Marcos y en los textos a él paralelos de los otros sinópticos. A partir de la pregunta de Jesús: “¿Qué dicen los hombres del hijo del hombre?” (Mt 16,13), inicia una nueva y diferente evangelización: “comenzó a enseñarles que el hijo del hombre debía sufrir mucho (Mc 8,31); “¿cómo fue escrito del hijo del hombre que debe sufrir mucho?” (Mc 9,12); “el hijo del hombre será entregado en manos de los hombres” (Mc 9,31); “El hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y los escribas” (Mc 10,33); “el hijo del hombre será entregado en manos de los pecadores” (Mc 14,41).
Llama la atención la referencia al hecho de que eso “estaba escrito” (Mc 9,12; 14,21; Mt 26,25; Lc 18,31; 22,22). ¿Escrito donde? No en la apocalíptica, en la cual el hijo del hombre era el justiciero del Padre, el inaugurador del reino triunfante y victorioso.
Será necesario regresar al Deutero Isaías, para encontrar palabras de sufrimiento. Es el “Siervo de Yavé”, memoria de los esclavos y de las esclavas deportados en Babilonia. Memoria de quien era considerado el “resto”, inútil y rechazado; memoria de mujeres violadas, de hijos bastardos, sin derecho ni reconocimiento; gente que parecía llena de gusanos y de los cuales todos desviaban su rostro .
Gente despreciada pero que descubrió tener en sus manos la misión que, desde siempre, Dios entregó a sus escogidos: implantar el derecho y la justicia en todas las naciones; ser la luz de las naciones; cargar el peso de los pecados de todos, dando su vida por la victoria sobre el pecado.
Gente que descubrió que, a pesar de todo sufrimiento, el “designio de Dios” sólo podría triunfar “por medio de ellos”, sólo por medio de quien era capaz de dar la vida por los otros. El reino de Dios sólo podría nacer así.
“El hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos” (Mc 10,45; Mt 20,28).
Esta es la lógica del reino que ya llegó y que es de los pobres que, obedeciendo al Espíritu, buscan la justicia y, por su causa, son perseguidos. La resurrección de la victoria sólo puede acontecer después del calvario. El reino sólo llega si alguien es capaz de dar la vida por él.
Jesús rechazó las falsas seguridades de los poderosos y de los saduceos que se contentaban con una interpretación mecanicista del pentateuco y se consideraban benditos porque eran ricos.
Jesús asumió, de la apocalíptica, la dimensión de esperanza que venía de la certeza que Dios nunca perdería el control de la historia; rechazó, sin embargo, sea la alienación de quien se consideraba el justo, el santo, el mejor, el escogido y denunció el pesimismo de quien consideraba inútil luchar para cambiar una historia maldita y ponía su esperanza en una intervención mesiánica poderosa y milagrosa que reconduciría al poder a los grupos destronados.
Jesús entró en sintonía con la memoria de la casa, de las mujeres, de los pobres que saben que la tierra, el pan, la paz y la justicia dependen de la “visita de Dios”, pero que esta visita “pasa por nuestras manos”.
Ese es el hilo conductor, que se inició en el Horeb: “ve, yo te envío al Faraón”, que pasó por la experiencia profética: “aquí estoy”, que fue condensada en la figura del siervo de Yavé: “desde el seno materno Yavé me llamó” y fue guardada en la memoria de las casas: “hoy haré algo”. Es de ese judaísmo que Jesús es heredero y continuador.
A nosotros esta misión nos es repasada: “yo los envío...”. Nosotros somos los sujetos y los constructores de este reino que sólo nacerá si nosotros, desde ya, lo gestamos en nuestras vidas y en nuestras opciones, fecundado como somos por el Espíritu Santo.
“Yo les digo: todo aquel que me declara delante de los hombres, el hijo del hombre se declarará por él delante de los ángeles de Dios” (Q 37; Lc 12,8; Mt 10,32). “Quien se avergüence de mí y de mis palabras, también el hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre delante con sus santos ángeles” (Mc 8,38; Mt 10,33; Lc 12,9; Q 37).
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SACCHI, Paolo. L’apocalittica giudaica e la sua storia. Paideia, Brescia, 1990, 374p.
Sandro Gallazzi
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DIEZ MACHO, Alejandro. Introducción general a los apócrifos del Antiguo Testamento. Cristianidad, Madrid, 1984, p.91.
Según algunos exégetas este libro sustituiría un precedente “libro de los gigantes” del cual fueron encontrados fragmentos en Qumram. En este texto el jefe de los ángeles malvados se convertiría. Esta doctrina antagónica con el pensamiento del rabinismo hace con que el libro de los gigantes fuera retirado y sustituido con el libro de las parábolas (ver DIEZ MACHO, Alejandro. op. cit. p.240).
No me parece correcto resolver la cuestión de esta diferente terminología con la hipótesis de una traducción descuidada del texto griego para el etíope, como afirma DIEZ MACHO, A. op. cit. p.233-34. El griego, también, es traducción y nosotros no tenemos el original arameo. Además del libro de las parábolas no fue encontrado en Qumram algún fragmento. Me parece que sea esta una manera de unir el concepto de juicio final al de pecado inicial (Gn 3,15). El hijo de Eva aplastará la cabeza de la serpiente.
SACCHI, Paolo. L’apocalítica giudaica e la sua storia. Paideia. Brescia, 1990. p.163.
Los caps.106-108 son apéndices de otras fuentes.
RAD, Gerard von. Teologia do Antigo Testamento. v.2. ASTE, São Paulo, 1974. p.296-303.
CORRIENTE, F. y PIÑERO, A. “Libro 1 de Henoc”. in: Apócrifos del Antiguo Testamento. Cristianidad. Madrid, 1984, p.32-33.
Aún no consiguieron convencerme los defensores del “evangelio de Q”, como ejemplo de evangelio galileo, ni las diferentes tentativas de tornar más antiguo y palestino el núcleo del evangelio de Juan. Puedo, sin embargo, admitir, aunque con alguna difcultad, que la redacción de Marcos pueda haber sido palestina y anterior a la destrucción de Jerusalén. El esfuerzo de encontrar las “ipsissima verba Iesu”, también, será siempre bastante aleatorio.
Usaré el texto escrito por BURTON L. MACK. O evangelho perdido. O livro de Q e as origens cristãs. Imago, Rio de Janeiro, 1994. p.71-100.
GALLAZZI, Sandro. “Felizes os pobres no Espírito”, in: Estudos Biblicos. Petrópolis, Vozes, 1995, p.31-36.
Solamente Hch7,56 usa este sujeto en el sentido de los evangelios, al recordar la muerte de Esteban. Ap 1,13 y 14,14 prefiere seguir Dn 7 “como un hijo de hombre” y Hb 2,6 lo usa en el sentido de persona humana, citando Sl 8,5.
En el evangelio de Tomás no hay referencias directas a la venida del hijo del hombre sino que aparecen textos unidos a este concepto (T 51; 113). Siempre, sin embargo, es subrayada la presencia actuante del reino: “el reino del Padre está extendido por toda la tierra y los hombres no lo ven” (T 113).
En Juan el sujeto hijo del hombre está casi siempre unido a los verbos “enaltecer/elevar/levantar” (Jn 3,13.14; 6,62; 8,28; 12,34) o “glorificar” (Jn 12,23; 13,31).
GALLAZZI, Sandro. “Por meio dele o desígnio de Deus há de triunfar”. In: Revista de Interpretação Bíblica Latino-Americana. Petrópolis, Vozes, 1995.
Ver la bibliografía citada al final del artículo.
RIZZANTE, Ana Maria. “Eu serei para ele como aquela que dá a paz (Ct 8,10)”. In: Revista de Interpretação Bíblica Latino-Americana, nº 21, Petrópolis, Vozes.
Prefiero seguir la traducción del texto masorético y la LXX y no la conjetura hecha por la BJ [Biblia de Jerusalén], aunque apoyada por unos manuscritos: “pues la tirra es mi propiedad desde la juventud”.
GORGULHO, Gilberto. Zacarias. A vinda do Messias Pobre. Petrópolis, Vozes, 1985, p.123.
Idem. p.121. El participio del verbo ‘ahab, en el piel, es, efectivamente, casi siempre usado con la significación de “amante”, en contraposición de marido legítimo (Os 2,7.9.12.15; Ez 16,33.36.37; 23,5.9.22; Jr 22,20.22).
PIXLEY, Jorge. A história de Israel a partir dos pobres. Petrópolis, Editora Vozes, 1989, p.101.
PIXLEY, Jorge. op. cit. p.100. Tal vez por considerar “inspirados” los autores de los himnos y cánticos religiosos (BJ. p.631, n.e).
GALLAZZI, Sandro e RIZZANTE, Anna Maria: Mulher fé na vida. São Leopoldo, CEBI, 1991.
Ademas de los artículos ya citados anteriormente, GALLAZZI, Sandro. Ester. A mulher que enfrentou o palácio. Petrópolis, Vozes, 1986; GALLAZZI, Sandro y Ana Maria. “Qohelet. “O teste dos olhos, o teste do túmulo, o teste da mesa”, in Revista de Interpretação Bíblica Latino-Americana. Petrópolis, Vozes y los textos sobre Judit.
GALLAZZI, Sandro y Ana Maria. “O pobre, o messias-ungido”. In: Reflexos da brisa leve. CEBI, São Leopoldo, 1991, p.48-59.
KIPPENBERG, Hans e WEWERS, Gerd. Testi giudaici per lo studio del Nuovo Testamento. Brescia, Paideia, 1987, p.117.
Es sugestiva la hipótesis de MAYER, J, op. cit.,p.67-69, que defiende la idea de que el pentateuco fue el elemento de composición entre el grupo sadoquita jerosolimitano e el grupo sadoquita siquemita. Habría sido este el momento de la eliminación de Josué y de la reducción del hexateuco deuteronomista y antisamaritano, para un pentateuco aceptable por ambos grupos.
Vale la pena comparar dos textos que deberían ser paralelos:
1Rs 8,49-53 |
2Cr 6,39-42 |
Escucha del cielo donde resides....
pues son tu pueblo y tu herecia, son los que hicieron salir de Egipto, de aquella hornilla de hierro.
Que tus ojos estén abiertos para las súplicas de tu siervo y de tu pueblo Israel, para escuchar todos los llamados que lancen a ti.
Pues fuiste tu quien los separaste como tu herencia, de entre todos los pueblos de la tierra, como declaraste por medio de tu siervo Moisés cuando hiciste salir del Egipto a nuestros padres, Señor Yavé |
Escucha del cielo donde resides...
Que tus ojos estén abiertos a tus oídos atentos a las oraciones hechas en este lugar
y, ahora, levántate Yavé Dios y ven para tu reposo tu y el Arca de tu fuerza!
Que tus sacerdotes, Yavé Dios, se revistan de salvación y que tus fieles se alegren en la felicidad.
Yavé Dios, no te separes de tu ungido, recuerda el amor que tiviste para con tu siervo David. |
Es evidente la sustitución de Moisés por David y el Éxodo ya no hace parte de la memoria fundante.
La compisición actual del pentateuco etíope de Henoc es la siguiente: libro de los vigilantes: cap.1-36; libro de las parábolas: cap.37-71; libro de astronomía: cap.72-82; libro de los sueños: cap.83-90; epístola de Henoc: 91-105. Es interesante resaltar como otros libros de la época asumieron la forma “pentateuca”: Salmos, Proverbios y Eclesiástico o Sirácida son, también, redactados en cinco partes.
Según algunos autores este libro puede haber sido escrito hacia el IV siglo a.C. Talvez no sea necesario ir tan lejos.
Jefe de los ángeles caídos y que después será el diablo. Ver, también, Lv 16,8.10.26.
En este texto, no siempre armónico en su pensamiento, aún no está claro si la situación definitiva se dará al fin o fuera de la historia.
Sin querer hacer alguna afirmación decisiva, es bueno recordar que el sumo sacerdote Onías III fue el último sumo sacerdote sadoquita. El fue asesinado a mando de Menelao, un usurpador (2Mc 4,34). Su hijo, Onías IV, se refugió en el alto Egipto. Esta circunstancia podría explicar la conservación de esta literatura etíope/africana por parte de un grupo que perdió el poder sacerdotal y que considera “impuro” el templo de Jerusalén. Más tarde los esenios, también, harán bastante uso de esta literatura.
GALLAZZI, Sandro. Ester. A mulher que enfrentou o palácio. Vozes, Petrópolis, 1986. En este libro procuré mostrar las caraterísticas apocalípticas del texto griego del libro de Ester y su mensaje.
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