
Volver a ser como niños, una hermosa utopía
Francisco Reyes Archila
Con este ensayo se busca profundizar en el significado de la expresión de Jesús en Marcos 10,15: “...el que no acoja el reino de Dios como un niño pequeñito no entrará en él”, ubicada en el contexto de tradición veterotestamentaria y de la sociedad esclavista/patriarcal del siglo I d.C., desde una perspectiva de una exégesis socio-simbólica. De esta manera se intenta rescatar la importancia y las implicaciones simbólicas, sociales y teológicas de esta reivindicación de Jesús, dentro del horizonte de las utopías. No podemos continuar pasando por alto esta exigencia. Tenemos que intentar vivirla proféticamente en una sociedad patriarcal como la nuestra.
With this essay an attempt is made to get deeper into the meaning of the expression in Mark 10,15, “...he or she who does not receive the Kingdom of God as a child will not enter into it”, located in the context of Old Testament tradition and of the slavocrat/patriarchal tradition of the First Century A.D., based on the perspective of a socio-symbolic exegesis. This way the intention is to recover the importance and the symbolic, sociaol and theological implications of this claim by Jesus, within an utopian perspective. We cannot continue to ignore this necessity. We must try to live it out prophetically in a patriarchal society such as our’s.
“...el que no acoja el reino de Dios como un niño pequeñito no entrará en él” (Marcos 10,15)
“Todas las personas mayores han sido, primero, niños. (Pero son pocas, entre ellas, las que lo recuerdan.)” (Antoine de Saint-Exupéry, en el Principito)
¿Por qué son pocas las personas que aún recuerdan que antes de ser adultos fueron niños y niñas? ¿Qué hemos hecho (o que nos han hecho hacer) con el niño y con la niña que aún habita en nosotros? ¿Qué hemos hecho de esa experiencia que algún día vivimos? ¿Tiene algún sentido para nosotros la exigencia de Jesús, de acoger el reino de Dios como un niño/a? ¿Cuáles son los implicaciones y consecuencias de esta exigencia de Jesús? ¿Qué piensas hacer con el niño (niña) que quiere vivir en ti su propia infancia?
Estas y otras preguntas nos llevaron a aproximarnos al texto de Marcos 10,13-16. La reflexión que queremos presentar ha sido el fruto del estudio de este texto realizado en varios talleres con algunas comunidades y grupos de animadores. En particular, brotó del esfuerzo por proponer algunas pautas hermenéuticas que contribuyeran a una lectura de la Biblia con los ojos y el corazón de los niños y las niñas, especialmente de los sectores populares. Es, si se quiere, esencial o vitalmente una intuición que ha brotado de la práctica y del esfuerzo por comprender los textos bíblicos con los ojos y el corazón de los niños y las niñas; y por encontrar solución a los grandes “callejones sin salida” o desafíos que la actual sociedad (capitalista y patriarcal) nos ha colocado o impuesto.
Ha sido una intuición que le debe mucho a varias de nuestras hermanas y hermanos que buscan leer la Biblia desde su condición de género o desde la perspectiva cultural y étnica, pero también a tantos hombres y mujeres que han intentado rescatar valores e imágenes que la sociedad ha condenado, reprimido o menospreciado y que pueden ser una alternativa para la reconstrucción de las utopías y, por tanto, de los sentidos y de las esperanzas.
1. Hacia una exégesis y hermenéutica bíblica socio-simbólica que nos ayude a reconstruir las utopías
Hay dos asuntos que queremos abordar en el este numeral. Primero, la situación de los niños y las niñas en relación con la hermenéutica y la exégesis bíblica, a partir de nuestra experiencia particular. Segundo, el papel de la hermenéutica bíblica en relación con las utopías.
1.1. La hermenéutica bíblica, los niños y las niñas
La Biblia ha sido escrita, interpretada, estudiada y enseñada (transmitida) por un tipo de adulto que, en muchos casos, ha renunciado u olvidado los valores y la experiencia propia de la niñez o, por lo menos, no los incorpora en su relación con la Biblia. La Biblia se ha leído con la mentalidad racional de un tipo de adulto que ha menospreciado y negado ciertos valores, sentimientos y experiencias propias de la infancia, como la capacidad de imaginar y de soñar, la ternura, la confianza, la transparencia, la necesidad de afecto, etc.
Las hermenéuticas racionales no nos han permitido escuchar la voz tierna y dulce de los niños y de las niñas. Así como la sociedad patriarcal los y las excluye, las hermenéuticas que beben de ese paradigma patriarcal/racional, han excluido y olvidado a los niños y las niñas; han borrado de su memoria la experiencia y los valores de la infancia. A veces, el esfuerzo se reduce a adaptar el lenguaje (en el caso de las historias sagradas o de la Biblia para niños) o buscar algunas técnicas que hagan accesible el mensaje de la Biblia a los niños y las niñas. Los métodos de exégesis racional han prestado poca atención a la situación e “intervención” de los niños de la Biblia. Cuando se hace, en la exégesis sociológica por ejemplo, se reduce a la situación social de marginación de los niños y las niñas.
1.2. La hermenéutica bíblica y las utopías
La manera como nos hemos acercado a las utopías ha estado igualmente marcado por nuestra lógica racional. Con el advenimiento de la ilustración (o de las ilustraciones) se quiso hacer de la razón, explícita o implícitamente, el centro de toda la construcción utópica . Esta visión racionalista occidental ha marcado, como con tinta indeleble, los horizontes (o propuestas) utópicos y el desarrollo de las sociedades patriarcales (llámese modernidad o posmodernidad) y concretamente el desarrollo de la sociedad capitalista.
De esta determinación racional de las utopías han bebido, incluso, las experiencias que buscaron salirse de la lógica capitalista, y que no fueron ajenas a este tipo de determinismo racionalista . Esta situación hace que al hablar de las utopías tengamos que cuestionar primeramente el paradigma desde donde hemos pensado, asumido y justificado nuestras propias utopías; y, segundo, nuestra actitud frente al potencial utópico existente en las culturas populares.
Consideramos las utopías que nos alimentaron durante las décadas pasadas (sociedad nueva, hombres nuevos, socialismo etc.) como las únicas válidas y pertinentes en el momento histórico; y de paso, desconocimos, negamos y condenamos, desde nuestra racionalidad, el potencial y el horizonte utópico presente en nuestras culturas populares.
La realidad y el tiempo se encargaron de mostrarnos la imposibilidad histórica (por lo menos, a corto o mediano plazo) de hacer real estas utopías, reconociendo, sin embargo, el carácter dinamizador y profético que estas utopías jugaron en determinados momentos, o las vidas que se entregaron (o se están entregando) en nombre de ellas. No podemos perder la memoria de estas utopías, son nuestros puntos de referencia. Se trata, por tanto, de recrearlas o redimensionarlas profundamente desde otras perspectivas y desde un horizonte más simbólico y mítico. En esa situación el futuro se nos tornó precisamente por esa imposibilidad, angustiantemente indescifrable e impenetrable. Nuestra racionalidad ya no pudo dar cuenta de la utopía, afectando nuestras prácticas colectivas y personales. Por tanto, se tornó imperiosa la necesidad de revelar o reconstruir nuevas utopías.
Ha habido otra actitud muy frecuente y que es bueno resaltar, según la cual no es posible hablar ni pensar en reconstruir las utopías. Simplemente las utopías no tienen puesto; o si lo tienen, siempre es subordinado, menospreciado, despreciado o negado con respecto a los planteamientos supuestamente científicos, racionales y objetivamente históricos; considerando las utopías como una visión ingenua, irracional, fantástica o distorsionada de la realidad. Esta visión y sentimiento afecta nuestra actitud frente a las culturas populares y a la misma Biblia.
La imposición del modelo económico “neoliberal” está sustentada en un horizonte utópico que entroniza el “libre” mercado como la única alternativa válida (“fin de la historia”). En palabras de Xabier Gorostiaga “la geocultura dominante pretende la homogeneización de las culturas desde arriba, desde los sueños e imágenes globales”, para lograrlo crea y recrea sus propios mitos y símbolos, tornando estos “sueños e imágenes” en utopías globales, que fundamentan en la práctica una globalización de la economía, de la política, del militarismo etc. Aunque pueda estar en cuestionamiento el modelo neoliberal, todavía permanecen intactas las utopías que lo alimentan y que están dando pie a nuevas propuestas económicas, igualmente globalizantes y dominantes.
Surgen o renacen igualmente nuevas propuestas y ofertas religiosas, configurando y reinstaurando “nuevos” horizontes utópicos, que orientan el sentido de la existencia humana y social, generalmente hacia un idealismo individualista, intimista, fundamentalista y metahistórico.
En otros casos, ante la falta de horizontes que alimenten la búsqueda del sentido tanto personal como histórico, el presente se convierte como en la única posibilidad de sentido, un presente marcado por una fuerte desesperanza.
¿En este contexto, podemos reconstruir o renovar nuestras utopías? Esta inquietud continúa siendo profundamente válida y vital en el actual momento histórico. Pero ¿cómo se puede hacer? ¿Será que en las culturas populares se manifiesta esta misma percepción o inquietud? ¿Cómo es que en nuestras culturas populares se han logrado mantener sus horizontes utópicos, ante tanta opresión y exclusión, históricamente hablando? ¿Será que en las culturas populares no subyace o no se manifiestan otras maneras de comprender el presente y de expresar el futuro? ¿No habría que recurrir precisamente a lo más genuino de las culturas populares, especialmente a las del mundo indígena, campesino y negro, o “volver” a las primeras etapas de nuestra existencia, para poder recrear nuestras propias utopías?
Por otro lado, ¿cuál ha sido la lectura que hemos hecho de la Biblia que no nos ha permitido la posibilidad de reconstruir las utopías? ¿No ha sido precisamente utilizada la Biblia para intentar acabar con los horizontes utópicos presentes en las culturas populares? ¿No es necesaria una nueva actitud para leer la Biblia, que nos permita rescatar y revalorar su mundo mítico y simbólico, y reconocer sus horizontes utópicos?
Somos creyentes y, en general, activistas en medio de los sectores populares y hablamos, sin embargo, de la imposibilidad histórica de crear nuevas utopías, o de la frustración de nuestros horizontes utópicos. ¿No es esta una ironía, cuando tenemos a “la mano” las fuentes (las culturas populares y el “texto” bíblico) de donde podemos beber el agua que nos permita precisamente reconstruir nuevos horizontes utópicos? ¿Por qué no hemos podido apreciar esta riqueza utópica presente en estos mundos tan cercanos a nosotros?
Ha sido precisamente esa determinación racional de las utopías la que no nos ha permitido, por un lado, percibir la riqueza de los horizontes utópicos presentes en las culturas populares y, por otro lado, la que nos ha llevado a sobrevalorar nuestras propias utopías.
1.2.1. Algunos desafíos
Se trata, pues, de leer los textos con un nuevo paradigma teórico y vital que recupere, por un lado, la centralidad de un lenguaje y una cosmovisión mucho más simbólica y que nos deje, por tanto, escuchar la voz y sentir los sentimientos de los niños y las niñas y, por otro lado, nos permita, de manera privilegiada y posible, pensar y vivir las utopías.
Esto es posible si hacemos el esfuerzo por superar la racionalidad que ha inspirado las hermenéuticas y los métodos de exégesis a los que hemos estado acostumbrados. Hay que reconocer, por un lado, la relatividad, la limitación, la incapacidad y el agotamiento de los paradigmas racionalistas (visión lógica - conceptual - objetivista) y la manera como éstos han influido en la comprensión que tenemos de la realidad, de nosotros mismos y de las utopías.
Es necesario, como consecuencia, el planteamiento de un “nuevo” paradigma hermenéutico más simbólico y mítico (como resultado de una reflexión filosófica, antropológica y epistemológica), que haga justicia a aquellas dimensiones profundas del ser humano (como es el caso de los horizontes utópicos) y que nos permita recuperar o redescubrir asuntos y dimensiones olvidas e insospechadas en la comprensión de los textos bíblicos. Sólo un nuevo paradigma que integre lo simbólico y mítico nos puede ayudar a reconstruir la esperanza y, por tanto, las utopías (horizontes de sentido). Intentaremos en este artículo ser consecuentes a este postulado. Desde esta perspectiva hermenéutica podemos acercarnos al tema de las utopías.
Lo anterior nos lleva también a hacer un replanteamiento bien profundo de nuestros mundos simbólicos, es decir, de las maneras como hemos comprendido, visto, sentido y valorado el mundo y la persona humana. Hay la necesidad, por tanto, de una conversión profunda de nuestros mundos simbólicos, que valore y acceda a otras maneras o experiencias de comprender, sentir y expresar la realidad y las utopías (no exclusivas ni excluyentes); en este sentido, tenemos mucho que aprender de las culturas populares, de las perspectivas de género y de las primeras etapas de nuestra existencia como personas (niñez).
Lo simbólico es importante, es imprescindible en la reconstrucción de las utopías, entre otras “razones”, porque puede penetrar y abarcar aquellas dimensiones o experiencias que el pensamiento racional excluye y descarta por resultar irracionales, opacas o “misteriosas” (lo afectivo, lo lúdico, lo religioso, o lo subjetivo en términos generales) en relación a su propia lógica.
Es necesario también hacer el esfuerzo por contribuir a la creación de nuevas maneras de dialogar (exégesis) y confrontarnos con el texto bíblico (hermenéutica), ante el ocaso y el agotamiento de los métodos racionales, tradicionalmente utilizados para leer y comprender la Biblia, para responder a los nuevos desafíos que brotan de los cambios históricos que se perciben en la sociedad. Se trata, por tanto, de ir más allá de la hermenéutica y de los métodos exegéticos tradicionales y racionales (los métodos histórico-críticos, los lingüísticos y también los sociológicos) insuficientes para desentrañar toda la inmensa riqueza que nos entrega la Palabra de Dios, recuperando lo mítico y simbólico, y para poder establecer, de esta manera, una racionalidad más integral y profunda .
Lo simbólico nos ayuda a profundizar en la comprensión del texto bíblico como un gran relato cargado de mitos , y, por tanto, potencialmente, como dinamizador de nuestras propias utopías, como una fuerza que nos mueve a la acción.
Los símbolos y los mitos presentes en los textos bíblicos nos permiten reconstruir especialmente la manera como esas comunidades re-hicieron o re-novaron sus utopías, es decir, la manera como las comunidades comprendieron, vivieron y sintieron su propia realidad y, a partir de esa cosmovisión, la manera como reconstruyeron sus horizontes utópicos. Creemos que el símbolo (o lo simbólico) al evocar, convocar y provocar, es un medio privilegiado, capaz de revivificar, renovar o recrear nuestras utopías.
El símbolo al provocar, deja ver en sí mismo una dimensión utópica que nos lanza hacia el futuro en una actitud de esperanza. El futuro tiene sentido, en cierta manera, como negación o idealización del drama histórico presente. La utopía nos brinda la posibilidad y la fuerza capaz de acelerar la historia hacia un “fin” donde las ilusiones, los sueños y las esperanzas de los grupos humanos sean una realidad. Sin esta provocación el presente se vuelve un sin-sentido. Ahí, el símbolo mantiene una reserva de sentido suficiente para mantener vivas las utopías.
El símbolo también convoca a la comunidad de creyentes, alrededor de la tarea de imaginar, crear y realizar sus propios sueños y utopías. Sueños y utopías que alimentan la esperanza de las comunidades y personas que hacen parte de ellas y que abarcan todas las dimensiones y todos los ámbitos de la vida. Las utopías tienen una fuerza o un dinamismo capaz de suscitar una acción, en este sentido, las utopías comienzan a ser realidad ya en el presente; ahí radica su dimensión política. Las utopías orientan y dinamizan el presente.
El símbolo al evocar vincula a la comunidad y/o grupo social a la tradición, entendida como memoria. De esta manera las utopías se sumergen en la gran corriente de las tradiciones y/o de las memorias populares, hunden sus raíces en el pasado. Entonces, es necesario recuperar las tradiciones culturales y religiosas de nuestro pueblos, ahí está la semillita de donde pueden brotar las utopías.
Sólo en la medida en que recreemos o regeneremos, comunitaria y concretamente, los mitos y símbolos que hacen parte de las tradiciones sociales, religiosas o culturales se podrá pensar en la posibilidad de reconstruir las utopías.
2. Una exégesis socio-simbólica de Marcos 10,13-16
Después de esta larga introducción pero, a mi modo de ver las cosas, necesaria, queremos introducirnos en el estudio comprensivo del texto de Marcos 10,13-16, desde la perspectiva de una exégesis socio-simbólica . Una traducción aproximada del texto podría ser:
“Y le traían niños para que los tocase; y los discípulos reprendían a los que los presentaban.
Viéndolo Jesús, se indignó, y les dijo: Dejen a los niños venir a mi, y no se lo impidan; porque de los tales es el reino de Dios.
De cierto les digo, que el que no acoja el reino de Dios como un niño pequeñito, no entrará en él.
Y tomándolos en los brazos, poniendo las manos sobre ellos, los bendecía”.
La lectura de este relato nos llevó en los talleres a hacer el ejercicio de imaginarnos la escena desde los niños y niñas, lo que éstos y éstas podrían haber sentido, pensado y actuado en una situación semejante. La imaginación nos permitió escuchar la voz ausente de los niños y las niñas. Queremos compartir la versión del relato elaborada por algunos adultos que queremos hacernos como niños y niñas:
“Hace unos días vino a nuestro pueblito un tal Jesús, un hombre joven que tenía mucha fama entre la gente de la región. Mis hermanitas y mis hermanitos pasaron todo el día diciendo: ‘queremos ver a Jesús’. Queríamos sentirlo de cerca y, si pudiéramos, jugar con él y hacernos sus amigos. Cuando supimos que él venía a nuestro pueblito nos alegramos mucho; la noche anterior planeamos con mis hermanitos y hermanitas cómo íbamos a hacer para poderlo ver, casi no pudimos dormir. De mañana salimos corriendo, sin que papá se diera cuenta, y fuimos a buscar a todos nuestros amiguitos, a muchos, sus papás, no los dejaron salir. Me acuerdo que los niños y las niñas más grandes traían de la mano a los más pequeñitos y pequeñitas. Otros eran traídos por sus madres, con la esperanza de que Jesús los tocara y les diera la bendición. Aquel día, todo mundo corría, parecía una verdadera fiesta.
Cuando llegamos donde estaba el tal Jesús. Mi hermanita más pequeña nos dijo: ¡ahí está Jesús!; nosotros no le creímos porque esperábamos ver un señor alto, de mucha barba, con una bata elegante y un poco serio; y nos encontramos un señor vestido como un campesino, era bajito y sin mucha barba, tenía una sonrisa que nos cautivó. El estaba conversando con las personas grandes. Pero unos señores, todos serios y barbudos que se llamaban sus discípulos, no nos dejaron acercar, ni a nosotros ni a las madres que traían a sus niños y niñas más pequeñitas, para que no molestáramos al maestro. Nos dio una tristeza muy grande y mucha rabia contra esos señores. Parecía que la historia de siempre se iba a volver a repetir, ¡nunca nos tenían en cuenta, que rabia!.
Afortunadamente Jesús se dio cuenta, se enojó con sus discípulos y los regañó, pero no me acuerdo que les dijo. El nos llamó y nos colocó en medio de la multitud, tomó a una de las niñas más pequeñitas, la abrazó y le colocó las manos en su cabeza. Recuerdo que después, cuando los grandes se fueron, comenzó a contarnos unas historias muy bonitas y a jugar con nosotros.
Al final, me acuerdo, ese tal Jesús les dijo algo a los discípulos y a los grandes que estaban reunidos, algo así como que si no se hacían con nosotros no entrarían en el Reino de Dios. Yo no entendí mucho lo que él quiso decirles; pero lo cierto es que pasamos un día muy alegre, por fin sentíamos que había un grande que nos tenía en cuenta, que nos contaba historias y que le gustaba jugar con nosotros.”
2.1. El contexto literario como inicio del itinerario hacia la compresión del sentido del texto
Para comenzar a adentrarnos en el mundo fascinante de la comprensión del texto, intentaremos dar una visión amplia del contexto literario en el que se inscribe este relato de Marcos.
Para esa ubicación en el contexto literario más amplio nos valemos del aporte de Carlos Bravo . El relato de Mc 10,13-16 se ubica en la tercera parte: “crisis y cambio: 8,22-10,52”, y que podríamos llamar la sección “del camino” o de “las preguntas” (ver 8,27.29; 9,11; 9,33; 10,17; 10,32; 10,46; 10,52). Hace parte de la sexta unidad: “preparación de discípulos”: 9,11-10,45; y concretamente de la subunidad de las “instrucciones 2”: los criterios de Reino: 10,2-45.
Al final de la segunda parte (Mc 8,21), después de las dos narraciones de la “multiplicación de los panes”, el Jesús de Marcos les recrimina con una pregunta: ¿Cómo, aún no entienden?. Inmediatamente después de los relatos donde Jesús anuncia su muerte, éste recrimina a sus discípulos y especialmente a Pedro (“¡Quítate de delante de mi, satanás!”); el relato concluye con la frase: “ellos no entendían esta palabra y tenían miedo de preguntarle”.
Esta falta de comprensión por parte de los discípulos y el consecuente reproche y corrección de parte de Jesús se deja percibir como hilo conductor de esta unidad literaria. A propósito, ver los relatos sobre quien puede ser el mayor, sobre el uno que echaba demonios en nombre de Jesús, sobre la transfiguración, sobre la petición de Santiago y Juan o el mismo relato sobre el “joven” rico. Esta incomprensión está simbolizada finalmente en la ceguera, que aparece en los relatos que están al inicio y al final de esta unidad literaria. Esta incomprensión se puede sintetizar en el tema de la “obstinación del corazón” (Jr 3,17; 7,24; Hch 7,54-57) que aparece en boca de Jesús cuando les dice a sus discípulos en Mc 10, 5 (ver Mc 16,14): “por la dureza de vuestro corazón”.
La dureza del corazón está determinada por la manera como los discípulos comprenden, sienten, viven y reaccionan frente a la propuesta de Jesús (o de la divinidad de Jesús) y a la propuesta de la sociedad judeo-romana patriarcal. En concreto, por la manera como los discípulos comprenden las relaciones de tipo político (sentarse a la derecha o la izquierda, ser el mayor), económico (las riquezas), de género (repudio y adulterio).
En este contexto: ¿cómo comprendemos la propuesta (condición) de Jesús de acoger el reino de Dios como un niño pequeñito o de volver a ser como niños pequeñitos para entrar en el reino de Dios? Esta es la parte propositiva de la unidad, y no se comprende si no es en relación con el tema de la obstinación del corazón, que vamos a intentar desarrollar más adelante. Por ahora, sólo constatamos la relación directa entre la actitud de los discípulos y la exigencia de Jesús de acoger el reino de Dios como un niño pequeñito.
2.2. Comprensión de algunas expresiones y gestos simbólicos presentes en el relato
2.2.1. Análisis de algunos gestos simbólicos presentes en el texto
El texto deja ver algunos gestos simbólicos, que se repiten en otros relatos de milagros: generalmente traen (Mc 8,22; 9,17-19; 10,13; 10,50) la persona (ciego, endemoniado, niños) para que Jesús la toque (Mc 8,22; 10,13), con el propósito de obtener una bendición. Esta intención trata de ser impedida (10,13; 10,48) en el primer caso por los mismos discípulos. Jesús los toca (Mc 8,23; 9,27; 10,16), tomándolos de las manos (en el caso de los niños, tomándolos en los brazos). Al final Jesús les impone las manos como señal de bendición (Mc 8,23.25; 10,16). Son relatos muy semejantes en su estructura formal. Podríamos profundizar en el relato a partir de estos gestos simbólicos, que en el evangelio adquieren un significado más teológico, sin embargo nos remitiremos sólo a algunos:
Veamos primero la actitud de los discípulos. En el relato los discípulos recriminan con un lenguaje fuerte a los que traen los niños con el fin de impedir que se acerquen a Jesús. Los discípulos, al impedir que los niños y las niñas se acerquen, ejercen sobre estos y estas, y sobre las personas que los y las traen, la violencia psicológica o simbólica, volviéndose agentes de una sociedad patriarcal que necesita del sacrificio de los niños y niñas (como de las mujeres) para poder existir. Esta actitud de los discípulos es aún más incomprensible si se tiene en cuenta el relato anterior de Mc 9,33-37 (en el contexto de la discusión de los discípulos entre sí sobre quien había de ser el mayor). Jesús les propone a los doce que: “si alguno quiere ser el mayor, será el último de todos y el servidor de todos”. Para hacerlo más comprensible, toma a un niño pequeñito y lo pone en medio de ellos (abrazándolo) y les dice: “el que acoja en ni nombre a un niño como este, a mí me acoge; y el que a mí me acoge, no me acoge a mí, sino al que me envió”.
La actitud de los discípulos “reproduce” los valores, leyes y prácticas oficiales/patriarcales (religiosas y sociales) que violentan la misma experiencia de la infancia, negando cualquier espacio para poder vivir los sentimientos y los valores propios de esta etapa de la vida.
La actitud de Jesús contrasta con la de los discípulos, el gesto de tomar los niños en sus brazos así lo demuestra (Mc 9,36; 10,16). Podemos dejar volar la imaginación para contemplar ese gesto, profundamente tierno y radicalmente profético. Con este gesto Jesús reintegra, dignifica, a los niños y a las niñas como personas y, como vamos a ver, los coloca como modelo para acoger el reino de Dios. Con este gesto Jesús está cuestionando, subvertiendo, debilitando y relativizando los valores (y las prácticas) que la sociedad patriarcal (judeo -romana) tenía por absolutos y fuertes; reestableciendo, a la vez, un nuevo tipo de valores y prácticas, que pueden contribuir a un nuevo tipo de relaciones sociales y generacionales.
En esta situación es comprensible el enojo de Jesús (esta reacción sólo está destacada en el evangelio de Marcos). Más adelante intentaremos mostrar el sentido de este gesto en el contexto de la sociedad patriarcal.
2.2.2. Análisis de algunas expresiones orales simbólicas
Simbólicamente encontramos también una expresión oral en boca de Jesús, que nos interesa también profundizar:
Dejen a los niños venir a mí, y no se lo impidan;
porque de los tales es el reino de Dios.
... el que no acoja el reino de Dios como un niño pequeñito, no entrará en él.
¿Qué significan estas expresiones? ¿Qué evocan, convocan y provocan, tanto a las comunidades que conservaron este relato y, por tanto, a las comunidades y grupos que leemos el texto hoy?
Del análisis comparativo con los otros evangelios nos llama la atención la versión de Mateo: “de cierto les digo, que si no se vuelven y se hacen como niños pequeñitos no entrarán en el reino de los cielos”. Para Marcos y Lucas el desafío es acoger el reino de Dios como un niño; en Mateo, en un sentido más amplio, es hacerse como niños pequeñitos. Lo común es “como niños pequeñitos”. Es precisamente esta expresión en la que queremos profundizar.
¿Qué significa entonces la exigencia evangélica de hacernos como niños para entrar en el reino de Dios?
Para la compresión de las expresiones es necesario remitirnos a otros textos y en concreto, a la tradición del tema de los “puros” de corazón en el A.T. en relación con el tema de la obstinación de corazón.
2.2.2.1. Los niños y niñas son el modelo de los puros de corazón
Permítanos remitirnos antes al evangelio de Mateo, al relato de las bienaventuranzas: “bienaventurados los puros/limpios de corazón, pues ellos verán a Dios” (Mt 5,8). Nos atrevemos a responder que son los niños y las niñas quienes simbolizan o representan a los limpios de corazón. Eso queda un poco más claro a partir del paralelo del texto de Marcos 10,13-16, con el Salmo 24,3-5:
Salmo 24,3-5 Mc 10,13-16
¿Quien subirá al monte de Yavé? - tomándolos en brazos (Jesús)
¿Quien estará en el lugar santo?
El limpio de manos y puro de corazón; - a los niños y niñas
El que no ha elevado su vida a cosas vanas
Ni jurado con engaño.
El recibirá la bendición de Javé - recibieron la bendición de Jesús
Y justicia del Dios de Salvación.
Hay un paralelo entre el monte de Yavé y el cuerpo de Jesús en el N.T.; el lugar santo es identificado en el N.T. con el cuerpo de Jesús, por lo menos así lo presenta el evangelio de Juan: “mas él hablaba acerca del templo de su cuerpo” (Jn 2,21). Tal vez por esta razón los discípulos no pueden impedir que los niños de acerquen a Jesús. Diríamos entonces que en el relato del evangelio, los limpios y los puros de corazón son especialmente los niños y las niñas, son ellos y ellas los y las que reciben la bendición de Jesús.
En la comprensión antropológica de la cultura hebrea el “corazón” es el lugar donde se conforman y se expresan los sentimientos, las representaciones o comprensiones del mundo que nos rodea, las decisiones y el mundo de valores (esta realidad que algunos han llamado de mundo simbólico o cosmovisión). El corazón es el lugar donde se conforma la personalidad . La infancia (tal vez por eso el énfasis en ser como niños pequeñitos) es la etapa de la formación del ser humano donde el corazón está todavía puro, no está “contaminado” por los valores (culturales, religiosos) dominantes y excluyentes de la sociedad, por los preconceptos (morales), por los prejuicios (étnicos, sexistas), por las ambiciones (políticas y económicas), por los sentimientos de poder o por ciertas precompresiones (ideologías) alienantes sobre el mundo que los rodea. Sin pretender idealizar la infancia, “como si fuera un paraíso original perdido” , en relación a otras etapas de la vida humana, nos atrevemos a pensar que es en la infancia donde se viven arquetipicamente ciertos valores, sentimientos y formas de percibir el mundo y de expresarse, que nos pueden ayudar a recuperar dimensiones humanas perdidas o despreciadas por nuestras sociedades modernas y patriarcales.
Ante la “dureza de corazón” de los discípulos, la alternativa es volver a ser como niños, es decir “puros de corazón”. Pues solo los “puros de corazón” podrán ver a Dios, sólo a los puros de corazón son revelados los misterios de Dios. En los puros de corazón no hay pecado que les impida ver a Dios. En este sentido Jesús, Dios hecho niño, nunca dejó de ser como niño; esto es posible porque pudo vivir profundamente su experiencia de hacerse niño. Aquí radica, a nuestro modo de ver, la gran novedad del Dios de la Biblia, hacerse como niño.
Para profundizar en el significado de “puros de corazón”, queremos remitirnos a otros textos:
En Jr 7,23-24 la dureza del corazón expresa ruptura con la alianza (ver Jr 11,1-17) mediante la cual Yavé es el Dios del pueblo e Israel el pueblo de Dios (Dios de Israel): “no oyeron ni inclinaron su oído; antes caminaron en sus propios consejos”. Sólo los limpios de corazón podrán morar en el templo y en la tierra que Dios dio a los padres de Israel (ver v.3.6), es decir, “si con verdad hiciereis justicia entre el hombre y su prójimo, y no oprimiereis al extranjero, al huérfano y a la viuda, ni en este lugar derramareis la sangre inocente, ni anduviereis en pos de dioses ajenos para mal vuestro, os haré morar en este lugar, en la tierra que di a vuestros padres para siempre. He aquí vosotros confiáis en palabras de mentira... Hurtando, matando, adulterando, jurando en falso, incensando a Baal y andando tras dioses extraños que no conocisteis” (v.5-7).
Practicar la justicia (ser justo) y la confianza en el Dios de Israel, se tornan en las cualidades que definen al limpio de corazón. El justo es el limpio de corazón. En el contexto de la crisis del período final del reino del sur (Judá) y de la crítica de Jeremías al templo (Jr 7; 26), la exigencia de practicar la justicia adquiere dimensiones sociales, económicas y políticas. No se puede hacerse justo o limpio de corazón, sí al mismo tiempo, se oprime al extranjero, al huérfano y a la viuda, si se derrama la sangre inocente, o se confía en palabras de mentira etc. Ser limpio de corazón es vivir una ética social diferente a la propuesta por la monarquía.
El Salmo 73 nos presenta un retrato bien interesante, contrastando la imagen de los limpios de corazón con de los impíos:
Impíos
- Envidia de los arrogantes...
- No tienen congojas por su muerte...
- No pasan trabajos como los otros...
- Ni son azotados como los demás
Por tanto:
- La soberbia los corona
- Se cubren de vestido de violencia
- Los ojos saltan de gordura
- Logran con creces los antojos del corazón
- Se mofan y hablan con maldad de hacer violencia
- Hablan con altanería
- Ponen su boca contra el cielo
- Y su lengua pasea la tierra... |
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Limpios de corazón
- Con todo, yo siempre estuve contigo;
- Me tomaste de la mano derecha...
- Me has guiado según tu consejo...
- Y fuera de ti nada deseo en la tierra...
- Mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre
- Pero en cuanto a mí, el acercarme a Dios es el bien
- He puesto en Javé el señor mi confianza..
- Para contar todas sus obras. |
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Del limpio de corazón es propio la fidelidad, la confianza, la ternura, la sencillez, la sinceridad, la libertad al referirse a su Dios; al contrario, del impío (duro de corazón) es propio la soberbia, la violencia, la ambición, la arrogancia, la vanidad, el orgullo, la crueldad, el engaño, la burla, el desprecio, la altanería con los demás seres humanos y con Dios.
Podemos ejemplarizar lo que estamos diciendo con el caso de Ananías y Safira (Hch 4,32-5,11). Ananías, junto con Safira su mujer, vendió su propiedad, pero sustrajo, con “complicidad” de su mujer, una parte del precio. Ante esta situación Pedro le recrimina: “¿por qué llenó satanás tu corazón para que mintieras al espíritu santo, y sustrajeses el precio de la propiedad?... ¿por qué pusiste esto en tu corazón? No has mentido a los humanos, sino a Dios... ¿por qué os pusiste de acuerdo en tentar al espíritu del señor” (v.3-4.9).
En el caso de Ananías es la ambición y en cierta manera la arrogancia, las actitudes que endurecen su corazón, en caso de Safira es su complicidad. Para comprender mejor este pasaje es necesario ubicarlo en el contexto de la economía esclavista y mercantil del imperio romano (simbólicamente identificado en el texto con la figura de satanás).
La propuesta de Jesús (ver Mc 6,30-45; 8,1-10), consiste en generar un nuevo tipo de relaciones económicas, basadas en el compartir (partir “a cada uno según su necesidad”, de tal manera que no hubiera “entre ellos ningún necesitado Hch 4,34-35), contraria a la propuesta de la economía esclavista, basada en la apropiación “privada” de la riqueza en las manos de una clase social latifundista y/o mercantilista. El pecado de Ananías fue haberse dejado llevar por la lógica de la economía esclavista, no comprendió en su corazón la propuesta de Jesús.
Aquí la lógica del mercado (economía esclavista) endurece el corazón del hombre, generando ambición, arrogancia, menosprecio etc. En el evangelio de Lucas encontramos otros casos que ilustran lo que queremos afirmar, el caso del fariseo (“a unos que confiaban en si mismos como justos y menospreciaban a los otros”) en la parábola del fariseo y el publicano (Lc 18,9-14), del joven rico (Lc 18,18-30), del rico en el relato del Lázaro y el rico (Lc 16,19-31); contrastan con estos personajes: Zaqueo (Lc 19,1-10), el mismo Bernabé (Hch 4,36-37).
Los niños pequeñitos y las niñas pequeñitas son pues, el ideal y la imagen del justo. Hacerse como niño o niña es hacerse justo; hacerse justo es hacerse como niño o niña. Los sentimientos, pensamientos y acciones de los niños y las niñas son profundamente transparentes. No es posible, por tanto, comprender, ni imaginarse, ni soñar, ni creer, ni entrar en el reino de Dios, si no nos hacemos como los niños y las niñas, personas profundamente transparentes en sus pensamientos, sentimientos y acciones.
2.3. Cómo comprender esta propuesta de Jesús en el contexto patriarcal de la sociedad romana y judía/oficial de la época
Comprendemos la sociedad judía y el imperio romano como sociedades patriarcales. Eso nos ayuda a comprender el relato en cuestión. Entendemos la sociedad patriarcal como una estructura social y simbólica en la que la figura del padre (varón) sobredetermina las relaciones sociales a la manera de un fundamento-ley . La comprensión de la figura de Dios padre (Yavé), de una determinada manera, se manifiesta como el centro sagrado que genera y articula el mundo simbólico (la cosmovisión o la manera como las sociedades o grupos sociales se comprenden a sí mismos y la manera como comprenden, sienten y valoran el mundo que los rodea,) y un tipo de relaciones sociales, en la sociedad judía. A partir de esta compresión se produce la identidad como pueblo, que se concreta en un corpus de leyes (patriarcales, si queremos ser consecuentes). Hay otras maneras de comprender la divinidad y que generan otro tipo de identidades, eso se puede percibir en la misma Biblia.
En las grandes sociedades patriarcales, como en las sociedades judía y romana, el hombre (varón/padre) simbolizado en la figura de Edipo (o en las figuras del rey, del vanidoso, del bebedor, del hombre de negocios o del geógrafo, del libro del principito, o en la figura del héroe), “es el nuevo hombre, el dueño individual de la sociedad productora de mercancías, separado de su familia, independiente, libre, pero atrapado por un poder sobrehumano ineludible, en una red de relaciones sociales en su crecimiento y enteramente más allá del control de sus actores” ; esta imagen del hombre/varón es posible gracias a una ruptura con el mundo simbólico matriarcal. En esta “aventura” el varón/adulto/padre también se aliena al romper su relación materna con la naturaleza y con la familia, en nombre de los intereses de una economía mercantilista y esclavista, del afán del poder político, de la ambición o de la vanidad. En el Nuevo Testamento podemos encontrar algunas figuras que simbolizan la estructura patriarcal: el rey Herodes, el rico del relato del rico y Lázaro el pobre, los “vanidosos” de los escribas y fariseos (Mt 23,5-6).
En las sociedades patriarcales, por tanto, la mujer (madre) como los niños y las niñas (hijos/hijas) simplemente no cuentan, están envueltos en un mundo sobre determinado por un tipo de relaciones excluyentes y alienantes. Estas sociedades rompen con toda posibilidad de vivir la experiencia de lo femenino y de la niñez, simplemente no hay espacios ni tiempo para vivirlas. Sería importante preguntarnos por las consecuencias sociales, religiosas y psicológicas de esta ruptura con lo femenino/infantil, tanto para los varones como para las mujeres, tanto para los adultos como para los niños y niñas.
De esta estructura patriarcal (simbólica y social) dan testimonio algunos textos bíblicos: En Mt 14,21, se dice: “y los que comieron fueron como cinco mil, sin contar las mujeres, y los niños y las niñas”; en el relato de los dos deudores (Mt 18,23-35) tanto la mujer como los hijos pueden ser vendidos, al igual que todas las pertenencias, para poder pagar las deudas; en el texto de Mt 2,13-23, en la matanza de los “inocentes”, puede estar simbolizada las consecuencias que una economía esclavista trae especialmente para los niños y las niñas menores, que son los que sufren con mayor rigor las consecuencias de la imposición de este tipo de economía. La figura del endemoniado de Mc 9,14-29, que corresponde a la del hijo (“desde niño”), va a representar de una manera simbólica la realidad de violencia que se ejerce sobre los niños y en general sobre el pueblo pobre. Es interesante que sea un espíritu mudo quien tenga poseído al niño.
Los niños y las niñas son excluidos de los diferentes niveles de la sociedad judeo-romana. El lenguaje expresa o refleja la manera como los grupos sociales comprenden el mundo y en concreto, la manera como de dan las relaciones con el otro (los prejuicios, los preconceptos etc). La discriminación de los niños, las niñas y las mujeres en el lenguaje expresa la exclusión y la violencia que se ejerce sobre éstos y éstas, en diferentes ámbitos de la sociedad.
¿En este contexto qué significa entonces la actitud asumida por Jesús, sus gestos y expresiones, en relación con los niños y las niñas?
La exigencia de hacerse como niños pequeñitos como condición para entrar en el reino de Dios o de acoger el reino de Dios como un niño pequeñito, en este contexto de la sociedad patriarcal judeo-romana, adquiere una dimensión utópica, capaz de configurar o recrear una nueva comprensión de acceso al reino de Dios y de redinamizar la búsqueda del sentido social y personal, que implica el anuncio del Reino de Dios (humanidad nueva, los nuevos cielos y la nueva tierra, la nueva Jerusalén) y, por tanto, se convierte en una fuerza que ayuda a generar un nuevo tipo de relaciones y de prácticas sociales, que incluyen de una manera dinámica a las mujeres, a los niños y a las niñas, a los extranjeros y a los esclavos, en condiciones de igualdad. Por eso las comunidades cristianas pueden afirmar que, “ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos son uno en Cristo” (Gá 3,28).
Jesús hace posible esta utopía:
Primero, relativizando y cuestionando tanto los valores sociales oficiales/patriarcal de la sociedad judeo-romana, como los “vehículos” institucionales (el templo/sinagoga y la ley) y sociales (la mesa, la casa, la tierra) que objetivan esos valores (ver Mc 2,18-22; 2,23-28; 3,1-6; 11,12-19; 13,1-2; 14,3-9).
Segundo, rompiendo de una manera simbólica y, por tanto, real con las órdenes y estructuras simbólicas y sociales que identifican (le dan sentido) a la sociedad patriarcal (relaciones jerárquicas arriba/abajo; excluyentes adentro/afuera; socio-religiosas de lo puro/impuro). Así lo va a interpretar Pablo cuando afirma: “Dios escogió lo necio del mundo para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; lo vil del mundo...lo que no es” (1 Co 1,27-28).
Tercero, proponiendo una nueva estructura social y simbólica en la que las figuras del niño pequeñito y la niña pequeñita, como de la mujer, son las que sobredeterminan unas nuevas relaciones sociales (horizontales e incluyentes) a la manera de una nueva ley que es resumida en el mandamiento del amor/ágape (Mc 12,28-34), proponiendo y creando un nuevo tipo de relaciones varón/mujer; adulto/niño; padre/hijo; padre/madre, haciendo emerger una nueva humanidad y un nuevo tipo de valores femeninos/infantiles. (Jn 8,1-11; 11,1-3; Lc 18,15-17).
Cuarto, liberando a sus discípulos de las estructuras patriarcales (manifestada en la eficacia, el ser el mayor, el estar sentado a la derecha y a la izquierda, ambición de poder etc).
2.4. Sentido teológico de la propuesta de Jesús
Jesús coloca a los niños y niñas como modelo para acoger el reino de Dios. Por la simple “equivalencia” podemos concluir que acoger el reino de Dios es como acoger a un niño pequeñito, esa es la manera más sencilla y profunda para hablar del reino de Dios. A partir del texto de Mc 9,33-37 podemos concluir también que acoger a un niño o a una niña es como acoger a Dios mismo; rechazar a un niño es rechazar a Dios mismo; la violencia que la sociedad patriarcal ejerce contra los niños y las niñas es una violencia que se ejerce contra Dios. Lo interesante es la identidad que Jesús establece entre los niños y las niñas con Dios mismo. Acoger a un niño o a una niña es acoger el reino y a Dios mismo. Sólo es posible acoger a Dios y su reino si nos hacemos como niños y niñas, ¡simplemente!. Esa es nuestra utopía.
Hay otros textos que nos ayudan a percibir toda esta riqueza teológica de hacernos como niños. La señal (semeíon) para el evangelio de Lucas del nacimiento del salvador, del Cristo, es: “encontraréis un niño envuelto en pañales, acostado en pesebre” (Lc 2,12) . La señal del ángel incluye tres elementos simbólicos: un niño (bebé), envuelto en pañales y acostado en un pesebre. De estas tres señales, la del pesebre es la que ha tenido mayor atención y reflexión en nuestro medio, por simbolizar la “opción” de Dios por nacer en medio de la pobreza (sentido social y político), es un Dios que se hace pobre. Las otras dos señales se han tenido muy poco en cuenta. El estar envuelto en pañales simboliza la radicalidad de la humanidad asumida por Dios, en toda su fragilidad, dependencia y “suciedad”. Dios que se hace plenamente humano.
El niño (bebé) es la otra señal, Dios se hace carne en un recién nacido, Dios mismo acoge la infancia; ¿por qué? ¿simplemente como consecuencia de su humanidad? ¿o es por que Dios necesitaba vivir la experiencia maravillosa de ser niño? En este sentido Jesús, Dios hecho niño, nunca dejó de ser como niño. Esto es posible porque pudo vivir profundamente su experiencia de hacerse niño. Aquí radica, a nuestro modo de ver, la gran novedad del Dios de la Biblia, hacerse como niño.
Dios mismo se pone como ejemplo, acoge la experiencia de aprender a ser niño, naciendo como niño, viviendo como niño.
En Lc 10,21-24, Jesús se regocija en el espíritu porque el Padre escondió y ocultó estas cosas (éxito de la misión de los setenta) a los sabios y entendidos, y se la reveló (apekálupsas) a los que se hacen como niños (verbo: nepías = ser como niños). La revelación (quién es el Padre y quién es el Hijo) es posible para aquel a quien el hijo se lo quiera revelar (ver v.22), por el contexto, podemos deducir que la revelación sólo es posible para aquel que se hace como niño.
La pregunta obvia es: ¿por qué la revelación pasa por los que se hacen como niños pequeñitos? o ¿por qué hay que hacerse como niños pequeñitos para entrar en el reino de Dios? ¿por qué hay que acoger el reino como niños pequeñitos, para poder entrar en él? La respuesta en el evangelio de Lucas es sencilla y profunda, como la de un niño o una niña: “si, Padre, porque así te agradó”. Parte de la respuesta está en la “gracia” de Dios, que escapa a nuestra racionalidad, simplemente a Dios le agradó así. Ese es parte del misterio de Dios. Para Mateo (5,8) porque solo a los “puros de Corazón” se les ofrece la posibilidad de ver a Dios, sólo a los puros de corazón se les revela el misterio de Dios, porque en los puros de corazón no hay pecado que les impida ver a Dios.
Otra respuesta a las preguntas anteriores está en la confianza en Dios. El Salmo 73 nos regala unas imágenes muy profundas y bonitas: “mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre... Pero en cuanto a mí, el acercarme a Dios es el bien... He puesto en Javé el señor mi confianza..” (Sal 73,26-28). Sólo los “limpios” de corazón, es decir, los que son como niños, pueden vivir esa confianza profunda en Dios. Son los niños y las niñas los que viven con mayor transparencia y seguridad esa experiencia de la confianza en las otras personas, por eso se dejan abrazar de Jesús, porque tienen confianza en él. Sólo es posible acercase a Dios y verlo si tenemos la confianza de los niños y niñas, si nos abandonamos como los hijos e hijas totalmente en los brazos de sus papás y mamás.
De esta manera se rompe con la visión del Dios padre que la sociedad patriarcal ha construido y se recrea la imagen de una divinidad marcada por rasgos maternos (femeninos e infantiles).
3. Cómo comprender esta propuesta de Jesús en el contexto patriarcal de la sociedad actual
Nos interesa destacar, sin negar las otras dimensiones, el carácter patriarcal de la sociedad capitalista, tal como lo definíamos anteriormente. Las figuras simbólicas del rey, del vanidoso, del borracho, del hombre de negocios, del geógrafo o del héroe, se recrean en las sociedades capitalistas (no excluye que esto ocurra en sociedades no capitalistas), adquiriendo rostros y dimensiones muy específicas.
De forma semejante a cualquier sociedad patriarcal, la sociedad en la que vivimos o sobrevivimos, nos quiere romper desde el principio la posibilidad de vivir la experiencia profunda de la infancia y de lo femenino, dimensiones que hacen parte de nuestro propio sentido de existir como personas y como grupos sociales, afectando (aunque de maneras diferentes) tanto a los varones como a las mujeres, a los adultos como a los niños y las niñas, a los padres como a los hijos y a las hijas, con todas las consecuencias y secuelas a nivel social (económico, político), religioso, psicológico, etc.
Así aparecen las figuras de la madre (y del padre...con relación a la figura de Edipo), del niño o las figuras del súbdito, del admirador, del pobre, del explorador (del libro del principito). Son figuras que, de una manera u otra son víctimas violentadas, abandonadas y excluidas.
Como en el libro del principito, en esta sociedad, no hay tiempo para contemplar las puestas del sol, ni para dedicarle el tiempo a una rosa o a una muñeca de trapo, ni para sonreírle a una estrella, ni para dejarse “domesticar” por los amigos, mucho menos, para conversar con los otros mil lenguajes que nos permite la imaginación y la fantasía. No hay tiempo para la imaginación ni para los sueños, no hay tiempo para jugar ni para descansar, no hay tiempo para reír ni para llorar, simplemente no hay tiempo para las cosas que son gratuitas. Nos hemos acostumbrado a una vida “adulta”, somos personas muy serias, extrañas, solas y tristes, como diría el principito, únicamente con tiempo para las cosas serias de la vida. ¡Cómo puede ser significativa en este contexto la propuesta del Qohélet : “¡Todo tiene su tiempo, y cada cosa su tiempo bajo el sol...!
En este contexto volver a ser como niños se convierte en una utopía. Sólo volviendo a ser como niños y niñas es como podemos recrear la utopía del reino de Dios. La utopía planteada por Jesús se torna nuevamente relevante y profundamente profética. Se convierte nuevamente en una fuerza y un dinamismo capaz de reconstruir la búsqueda del sentido social y personal (humanidad nueva, sociedad nueva, la felicidad, la justicia, la hermandad) y de imaginarnos una nueva manera de organizar nuestras relaciones sociales, de género, ecológicas, generacionales o étnicas, “porque son los valores de la infancia los que están en capacidad de resolver los callejones sin salida que los “adultos” nos hemos colocado al frente” . Dediquémonos a encontrar ese niño que habita en nosotros, tal vez en su ternura están muchas de las respuestas que nos ayuden a vivir realmente como hermanos y hermanas, sin necesidad de esclavizar a los otros y otras.
Hay que abrir nuestro corazón a la ternura y a la confianza propias de la niñez para poder recuperar y recrear las utopías. Es, por tanto, una invitación, para nosotros los “adultos”, a recuperar los valores que en la infancia se encuentran más libres y puros, es una invitación a asumir alegremente la experiencia de la niñez, a dejar aflorar ese niño que todos llevamos por dentro. En resumidas cuentas, a aprender a ser como niños, sin dejar de vivir lo positivo de la experiencia de ser adulto: recuperar la alegría, la ternura, el juego, la transparencia, la imaginación, la fantasía, la lealtad, el asombro, la inocencia, la sencillez, la sinceridad, la autenticidad, el sueño, la confianza, la curiosidad, la necesidad de recibir y dar afecto; aprender a ser adultos a la imagen del pequeño príncipe. ¡Cómo se asemeja la imagen del pequeño príncipe a la exigencia de Jesús de hacernos como niños y niñas!.
Es importante, para terminar, vislumbrar al menos algunas de las implicaciones que tiene la vivencia de esta utopía:
Primero, relativizar y cuestionar tanto los valores“imágenes” sociales oficiales de una sociedad patriarcal capitalista, como las mediaciones “institucionales” (el mercado, el estado, la ley, las iglesias) y sociales (la escuela, la casa, la empresa, las calles, el barrio, los medios de comunicación social) que objetivan esos valores e imágenes.
La vivencia de esta utopía supone la crítica profunda y radical a todos los niveles. Diríamos entonces que esta utopía tiene implicaciones muy profundas a nivel político, económico, eclesial y cultural. No se queda en un idealismo antropológico, ajeno las consecuencias concretas de la imposición de una sociedad patriarcal-capitalista.
Segundo, hacer una ruptura con los órdenes y las estructuras simbólicas y sociales que identifican (le dan sentido) a la sociedad patriarcal-capitalista y a las relaciones jerárquicas (arriba/ abajo) y excluyentes (adentro/afuera). Esto supone una ruptura política e ideológica (o simbólica).
Tercero, proponiendo una nueva estructura social y simbólica en la que la figura del niño y la niña, como de la mujer, sean las que generen y señalen un nuevo tipo de relaciones sociales (horizontales e incluyentes) a la manera de una nueva ley resumida en el mandamiento del amor/ ternura; proponiendo y creando un nuevo tipo de relaciones (socialización) varón/mujer; adulto/niño; padre/hijo; padre/madre; haciendo emerger una nueva humanidad y un nuevo tipo de valores e imágenes femeninas/infantiles.
Cuarto, liberándonos de las estructuras patriarcales (caracterizadas por los criterios de la eficacia, acumulación etc.), para poder ser hombres y mujeres verdaderamente nuevos y nuevas, capaces de subvertir los falsos valores de la sociedad patriarcal, y de encarnar en nosotros mismos una imagen (con sus respectivos valores y proyectos) radicalmente diferente a la del rey, del hombre de negocios, del vanidoso, del geógrafo, del bebedor o del héroe. En otras palabras, hombres y mujeres nuevos y nuevas, asumiendo y recreando nuestra experiencia de la niñez, encarnada en la imagen del pequeño principito.
Francisco Reyes Archila
Apartado Aéreo 077 183
Santa Fe de Bogotá 2
Colombia
TORRES PEDROZA, Fernando, “Los niños entre la violencia y el maltrato”, en: Revista Utopías, nº 10, Bogotá, noviembre de 1993, p.46.
BULA, Jorge, “Utopía: ¿encontrará lugar en este fin de milenio?”, en: Revista Utopías, año 3, nº 21, Bogotá, enero-febrero de 1995, p.3.
GOROSTIAGA, Xabier, “Ciudadanos del planeta y del siglo XXI”, en: Revista Utopías, nº 24, Bogotá, junio de 1995, p.44.
RAMÍREZ Z., Alberto, La hermenéutica bíblica más allá de los métodos histórico-críticos. Ponencia en el encuentro nacional de exégetas y teólogos bíblicos católicos, Bogotá, Octubre de 1995, p.9-16.
Para una compresión positiva de lo mítico y simbólico ver, por ejemplo, GARAGALZA, Luis, La interpretación de los símbolos, hermenéutica y lenguaje en la filosofía actual, Ed. Anthropos., Barcelona, 1990, especialmente p.91-108.
Sobre la fundamentación de la propuesta de un método socio-simbólico hay un material que, en el momento que se escribe este artículo, está en la etapa final de publicación. Ver REYES ARCHILA, Francisco, Hagamos vida la Palabra, aportes para una hermenéutica bíblica comunitaria (título provisional).
BRAVO, Carlos, Jesús hombre en conflicto, Ed. C.R.C., México, 1986.
MOURLON BEERNAERT, Pierre, “El hombre en el lenguaje bíblico”, en: Cuadernos Bíblicos, 2 ed., Ed. Verbo Divino, Estella, 1987.
BALTHASAR, Hans Urs von, Si no os hacéis como niños, Ed. Herder, Barcerlona, 1989, p.19.
BERIAIN, José, “El patriarcado y su simbólica”, en: GARAGALZA, Luis, La interpretación de los símbolos, hermenéutica y lenguaje en la filosofía actual, Ed. Anthropos, Barcelona, 1990, p.169.
Quisiéramos recordar la reflexión que Alicia Winters hacia de este pasaje en la II Asamblea general del CEDEBI/Colectivo Ecuménico de Biblistas, en diciembre del año 1996.
TORRES PEDROZA, Fernando, op. cit., p.46.
TORRES PEDROZA, Fernando, op. cit., p.46.
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