
LA FAMILIA DE JESUS
(Mt. 12,46-50)
Ricardo Foulkes B.
La familia de origen de Jesús, en particular su madre y sus hermanos (Mt. 12,46-50), tienen con él experiencias de tensión que nos ayudan a comprender el sentido metafórico y luego escatológico (25,31-46) de la expresión “hermanos de Jesús”.
Jesu’s family, and particularly his mother and brothers (Mt. 12,46-50), experience tension with him over the best way of conducting his ministry. Matthew enlarges the meaning of “the brothers of Jesus” both metaphorically and eschatologically (25,31-46).
Aun en nuestro confuso mundo, hay algo casi mágico en el concepto “familia”. Al menos en teoría, en ese círculo humano hallamos aceptación, afecto, corrección y apoyo. Pertenecer a una familia congenial se constituye en una esperanza universal.
En algunos respectos —por ejemplo, la genética— nos es asignada la familia. Yo no escogí, desde luego, mis ojos grises ni las orejas grandes, rasgos que comparto con mi único hermano, ni mi apellido. Pero después de alcanzar cierta edad y poder independizarnos, los humanos tenemos la opción de rechazar la hegemonía de la familia natural, o al menos aflojar su control sobre nuestras decisiones, y escoger otro grupo como nuestra unidad de apoyo.
En el siglo primero algunas filosofías y religiones ofrecieron a las personas la oportunidad de convertirse o cambiar de fe, y con frecuencia una conversión tal cuestionaba la autoridad de la familia de origen 1 y su ethos. Efectivamente, el tema aparece una y otra vez en el Nuevo Testamento (NT). Al optar por la fe en Jesús, la persona está escogiendo en efecto una familia sustituta. ¿Qué revela este vocabulario acerca de la vida cristiana?
1. La familia de origen
En Mateo, tema de este número de RIBLA, hallamos ciertas características singulares con respecto a la construcción de la obra. Por ejemplo, el evangelista Mateo 2 parece pensar en bloques de material que alternan formalmente entre narración y discursos de Jesús, constituyendo así un gran quiasmo:
1—4 Narración: nacimiento del mesías: principio del evangelio
5—7 Sermón: bienaventuranzas: condiciones de entrada en el reino
8—9 Narración: autoridad del mesías: invitación al seguimiento
10 Sermón: discurso de misión
11—12 Narración: rechazo de esta generación
13 Sermón: parábolas del reino
14—17 Narración: aceptado por los discípulos
18 Sermón: discurso a la comunidad
19—22 Narración: autoridad del mesías; invitación al seguimiento
23—25 Sermón: ayes; entrada en el reino
26—28 Narración: muerte del mesías y renacimiento3
Ahora bien, antes del capítulo 14, cuando Mateo comienza a alinearse directamente con su modelo Marcos, él se siente más libre para crear sus propias formas de expresarse, formas que tienden a asumir la tríada4. Por ejemplo, nuestra perícopa es el punto culminante de nueve unidades que constituyen los capítulos 11 —12; las ideas se desarrollan en grupos de tres como sigue:
Falta de fe/rechazo 11,2-19 12,1-8 12,22-37
Falta de fe/rechazo 11,20-24 12,9-14 12,38-45
Invitación/aceptación 11,25-30 12,15-21 12,46-505
Es evidente que al abordar esta última unidad, Mateo ha vaciado ya la mayoría de su fuente de dichos Q, con excepción del material que piensa utilizar luego en los capítulos 18 y 23—25. Regresa, pues, a Marcos y reproduce Mc. 3,31-35, un relato, como dicen los especialistas en formas literarias, “de corrección”. Vamos a reproducir a continuación la evidencia de la “triple tradición” que arroja luz sobre nuestro pasaje6:
Mateo Marcos Lucas 7
12,46-50 3,20-21 8,19-21
Luego entró en una casa, y de nuevo se aglomeró tanta
gente que ni siquiera podían comer él y sus discípulos.
21 Cuando se enteraron sus parientes, salieron a hacerse
cargo de él, porque decían: “Está fuera de sí”...
3,31-35
46Mientras Jesús le hablaba 31En eso llegaron la madre 19La madre y los hermanos a la multitud, se presentaron y los hermanos de Jesús. Se de Jesús fueron a verlo, pero su madre y sus hermanos. Se quedaron afuera y enviaron a como había mucha gente, no
quedaron fuera y deseaban alguien a llamarlo, lograban acercársele.
hablar con él. 47Alguien 32pues había mucha gente 20Tu madre y tus hermanos
le dijo: sentada alrededor de él. están afuera y quieren verte
—Tu madre y tus hermanos 33—¿Quiénes son mi madre —le avisaron.
están afuera y quieren hablar y mis hermanos? —replicó 21Pero él les contestó:
contigo 8. Jesús. —Mi madre y mis hermanos
48—¿Quién es mi madre, y 34Luego echó una mirada a son los que oyen la palabra
quiénes son mis hermanos? los que estaban alrededor de Dios y la ponen en
—replicó Jesús. y añadió: práctica.
49Señalando a sus discípulos, —Aquí tienen a mi madre y
añadió: a mis hermanos. 35Cualquiera
—Aquí tienen a mi madre y a que hace la voluntad de Dios
mis hermanos. 50Pues mi es mi hermano, mi hermana
hermano, mi hermana y mi y mi madre 9.
madre son los que hacen la
voluntad de mi Padre que
está en el cielo.
Aunque el presente artículo no enfoca directamente la composición de Marcos, la mayoría de los comentaristas católicos admiten con los protestantes que Mc. 3,20-21 tiene que leerse como parte del relato que estudiamos, y que el carácter polémico de este breve “apotegma biográfico” lo vuelve espinoso, como si Marcos tuviera alguna razón de cargar las tintas 10.
No obstante, la versión de Mateo presenta sus propias dificultades. El tono de voz es severo todavía. El versículo anterior a nuestro pasaje (12,45) sugiere que la posesión demoníaca total “le pasará también a esta generación malvada”, implicando así que el Señor ve a la mayoría de sus adversarios como reincidentes. No está claro si hemos de ver a dichos adversarios como los que creyeron inicialmente en la palabra de Jesús, abriéndose a él con prontitud, o como aquellos que empezaron de verdad la vida nueva11. No olvidemos que la perícopa que sigue a la nuestra (13,1-23), y que abre la sección central del Evangelio, es la parábola del sembrador (que se refiere a diferentes grados de éxito que puede tener el sembrador), y la subsiguiente (13,24-30), ¡la parábola de la mala hierba! Quizá para comprender esta parte de Mateo tenemos que fijarnos aún de modo más detenido en la historia del pueblo sagrado, un relato de conversiones e incesantes caídas. Estos adversarios, tanto de Jesús como más tarde de su comunidad eclesial, se dejaron poseer por el espíritu maligno a pesar de los fervientes esfuerzos de Dios por resguardarlos. Con razón son llamados pecadores reincidentes, una generación pervertida (12,45)12.
Así como el hombre y la mujer del pasado volvieron a pactar con el espíritu maligno que había salido de ellos (vv. 43-45), no hay tampoco en “esta generación” conversión que merezca el nombre. Es más, ahora les irá peor que nunca, porque lo que tienen delante no es a Jonás ni a Salomón, sino a alguien mucho más significativo.
Nuestra perícopa, entonces, concluye la gran polémica contra los enemigos del reino, no conminándolos, sino profetizando el adviento de una nueva generación dedicada enteramente a Dios13. Y los cristianos de hoy reconocemos que esta palabra dominical se pronuncia todavía ante nosotros; no estamos exentos, tras confesar a Jesús, de cumplir activa y visiblemente la voluntad de Dios (ver 7,21-23), aun cuando esto nos meta en líos con gente que amamos y queremos complacer.
A veces los textos hablan por sus omisiones. Estos cinco versículos nunca se refieren a los apóstoles o a los Doce; sólo hablan de los que se relacionan con Dios haciendo la voluntad de éste, tarea abierta a absolutamente todos los creyentes sin distingos de parentesco. “Aquí tienen...” implica un gesto que abre la puerta de la pura gracia, de la gratuidad que rige las relaciones entre maestro y discípulo. Lejos de describir una relación hipotética, esta promesa reconoce que ya existen discípulos que cumplen de manera efectiva la voluntad de Dios14. Pero, ¡atención! El texto no ha dicho que todos los oyentes en torno al Maestro sean fieles seguidores; únicamente se han abierto a escuchar con sinceridad su explicación de la voluntad divina. Que tal explicación sea autoritativa, la única, es obvio para el evangelista15.
Captamos en las palabras de Jesús al interlocutor (v. 48) cierta brusquedad. Sin dejarse llevar a los extremos de Marcos, Mateo redacta una respuesta impaciente. Como él mismo había aclarado en 10,34-37, la palabra de Jesús puede penetrar como espada en el íntimo ambiente de la familia, enfrentando a unos con otros, de manera que la unión con Jesús tiene primacía sobre la unión con el padre y la madre. Es más, ningún judío puede alegar —y esta aclaración es importante para muchos de los primeros lectores— que Dios y su voluntad sean superiores a Jesús, porque “el Hijo” es el único que nos lleva a “conocer” al Padre (Mt. 11,27), ya que éste le ha entregado todas las cosas. Por tanto, los hombres y las mujeres que se ponen a escuchar a Jesús sí aprenden cuál es la voluntad de Dios y cómo ponerla en práctica.
No obstante la brusquedad (v. 48: “¿Quién es mi madre?”) no se dirige al interlocutor, que escuchaba a Jesús hasta este mismo momento, sino de forma indirecta a la familia que osa irrumpir en las actividades de su hijo/hermano con un plan diferente. “Se quedaron afuera”, para distinguirse del círculo en torno a Jesús, porque buscaban “hablar con él” en una tertulia, o discusión acalorada, o lo que sea. Sin trasladar hasta aquí toda la carga marcana, “hablar con” lleva la connotación negativa al menos de llamarle la atención, discutir los fines y posibles peligros de dicho ministerio. Y en absoluto trae la connotación positiva de “aprender”, como en el caso de los que rodeaban al Maestro. Sí, Mateo ha creado dos grupos un poco enfrentados; el v. 49 lo explicita con su frase típica: “señalando a sus discípulos”. La frase griega tan típica de Mateo: kai ekteinas ten jeira autou epi (“y extendiendo su mano hacia”) implica la presencia de un círculo en torno a Jesús. No todos éstos, quizá, van a cerrar filas y terminar como discípulos, pero allí están, al menos, poniendo atención.
El otro círculo, recién llegado sobre el escenario, puede haber esperado una bienvenida más cordial, ¿verdad?, o cuando menos más cortés. O quizá se daban cuenta de que su “misión” caería mal con este predicador público salido hace tiempo de su hogar y ahora famoso en muchas regiones (a juzgar por las grandes multitudes mencionadas en 4,23ss.). ¿Tiene derechos la familia de un hombre público sobre las actividades de éste? ¿Sobre sus ganancias quizá? ¿Por qué dice Mateo: “hablar con él”?
No contestemos de forma intempestiva. En el mundo mediterráneo existía una tradición clara y larga de que un hombre “público” —orador, taumaturgo, médico/masajista, o filósofo, por ejemplo— ocupara los servicios de amigos, contactos influyentes, o familiares para darse a conocer16. Antes de concebir este arreglo social como una especie de manager como los que conocemos hoy, es importante recordar que en aquella sociedad no existía lo que nosotros llamamos una clase media, y para peor de males, había gran escasez de recursos naturales. Política y socialmente, entonces, hacía falta la intercesión o mediación de amistades que tenían influencia para lograr ciertos fines. Porque las clases sociales, demarcadas con claridad y con poca comunicación entre sí, tenían que definir cómo iba a funcionar el patronaje. Este surgía de la desigualdad entre las clases, como la situación en América Latina entre el peón y el patrón.
En el mismo relato de Marcos vemos cómo funcionaba el fenómeno: cuando Jesús sana a la suegra de Simón Pedro en Cafarnaum (Mc. 1,29-39), el pueblo en general se da cuenta y no tarda en llegar a la casa donde vive la sanada. Una vez terminado el sábado, traen a los enfermos de ellos, y Jesús se halla envuelto en un ministerio que le trae bastante fama. Cualquier oriundo de la región mediterránea reconocería lo que pasa: la casa de Pedro se vuelve la sede de “padrinazgo” y Pedro será el mediador del poder del taumaturgo. La prueba está en los acontecimientos de la madrugada siguiente; Jesús, habiendo salido de esa casa para orar, queda convencido de que su misión lo envía a “otras aldeas cercanas donde también pueda predicar”, y abandona el lugar de padrinazgo. Pedro, si Marcos le hubiera dado derecho de respuesta, hubiera protestado:
Pero Señor, es mucho más razonable quedarte aquí mismo en Cafarnaum; deja que la buena noticia salga por los lazos populares de comunicación, y la gente correrá para escucharte y recibir el toque de tu mano.
Quizá el ministerio de Juan Bautista había funcionado así. No obstante una vez más Jesús rechaza ese tipo de mediación a favor de una itineración radical, en la que mensajeros y multitudes comparten equitativamente dones espirituales y materiales17.
Paralelamente descubrimos en Mt. 13,53-58 un dicho resumido: “En todas partes se honra a un profeta, menos en su tierra y en su propia casa”. El v. 55 menciona la profesión de su padre18 y los nombres de su madre María y de cuatro hermanos; todavía viven entre aquellos “de su tierra” todas sus hermanas.
Con estas pruebas de la cotidianidad de Jesús, de su semejanza a los demás aldeanos, éstos se arman de valor para preguntar: “—¿Así que de dónde sacó todas estas cosas?— Y se escandalizaron a causa de él”. En las mismas filas de la familia hay muchas reservas; fijémonos en el comentario al respecto que hace el Cuarto Evangelio: “Lo cierto es que ni siquiera sus hermanos creían en él” (Jn. 7,5). Bueno, la “fe en Jesús” era un tema básico a estas alturas (finales del siglo primero), pero durante el ministerio de Jesús los hermanos se hubieran expresado menos en términos de fe, y más en términos de desacuerdos acerca del manejo de su ministerio. Un milagrero famoso “debe” utilizar los servicios, primero de su familia inmediata, y luego de sus vecinos de aldea.
Dada esta reticencia de Jesús para autorizar a familiares como dirigentes, ¿cómo ascendió tan rápidamente Santiago en la iglesia madre de Jerusalén? La evidencia, en parte confusa dada la profusión de Santiagos y Jacobos19 en la joven iglesia, comienza con un texto primitivo, 1Cor. 15,5-7:
(Cristo) se apareció a Cefas, y luego a los doce. Después se apareció a más de quinientos hermanos... Luego se apareció a Jacobo, más tarde a todos los apóstoles... y... a mí.
Luego, la carta canónica Judas, v. 1, identifica así a su autor: “Judas, siervo de Jesucristo y hermano de Jacobo...”.
Y el Evangelio de Tomás 12 añade:
Los discípulos dijeron a Jesús: “Sabemos que tú vas a separarte de nosotros. ¿Quién ha de ser nuestro líder?”. Jesús les dijo: “Dondequiera que estén, deben ir a Jacobo el Justo, por... causa de quien cielo y tierra llegaron a ser”.
Finalmente, vale la pena citar el Evangelio de los Hebreos 7:
Y cuando el Señor había dado el lienzo al siervo del sacerdote, fue al paradero de Jacobo y se le apareció. Porque Santiago había jurado no comer pan a partir de aquella hora en que él bebió la copa del Señor hasta no verlo resucitado de entre los que duermen. Y poco después el Señor dijo: “¡Traigan una mesa y pan!”... Tomó el pan, lo bendijo y rompió y se lo dio a Santiago el Justo, y le dijo: “Hermano mío, come éste tu pan, porque el Hijo del Hombre ha resucitado de entre los que duermen”20.
Estas citas evidencian una preeminencia relativamente primitiva, en ciertos sectores de la iglesia, para un hermano de Jesús. Sin embargo ignoramos las razones21, y los detalles de la tradición a menudo se contradicen mutuamente, de modo que no se ha dicho la última palabra sobre Santiago (¡cf. Hch. 15 sobre el “concilio” de Jerusalén y la versión paulina en Gál. 1—2!). Las hermanas de Jesús se mencionan sólo en Mt. 13,56 y Mc. 6,3, y su anonimidad es típica del trato literario de las mujeres en el siglo primero. Quizá este silencio refleja el hecho de que las hermanas nunca formaran parte de la iglesia.
De la familia de Jesús, la persona más destacada después del mismo Señor —y de quien sabemos un poco más que de Santiago— es María, la madre. Como la interpretación de su persona ha causado divisiones entre católicorromanos y evangélicos, los párrafos siguientes procuran decir una verdad exegética sin herir a ninguno de los grupos22. En primer término, Mateo le da a María, a partir de 1.18, el hermoso epíteto de “madre de Jesús”; también la señala como “virgen” antes del nacimiento (cf. Is. 7,14) y luego “esposa” recibida por su prometido (v. 24), pero intacta (v. 25) hasta después del parto. Fue José, el responsable legal de la criatura, quien legó a ésta su propia genealogía (1,1-17) y le puso el nombre Jesús (1.25). En la visita de los sabios (2,1-12), la huída a Egipto (2,13-18) y el regreso a Nazaret (2,19-23), José sigue como protagonista y se le concede el privilegio de tener sueños y apariciones revelatorias. No obstante, después del capítulo 2, ¡nada! Apenas de forma indirecta en 13,55 se pregunta retóricamente por “el hijo del carpintero”23.
¿Qué diremos del papel de María en este “relato de la infancia”? A juzgar por la prominencia de rasgos judíos en estos dos capítulos, el evangelista desea subrayar los lazos entre la fe monoteísta de la Biblia hebrea y la fe en Jesús. María se menciona al mero final de la genealogía (1,16); rompe así la monotonía de la fórmula “Fulano fue el padre de Mengano”, repetida 39 veces. Esta última vez el texto reza: “y Jacob fue el padre de José, que fue esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado el Cristo”.
Ahora bien, nos queda por contestar la pregunta que surge:
Esta María de quien habla Mateo24 —beneficiaria ella también de un milagro y de trato preferencial de parte de Dios— ¿sería capaz de llegar, décadas después, donde su Hijo Jesús para crearle dificultades, aun cuando sus motivaciones fueran las mejores?
Para iniciar una respuesta, recordemos que, aunque el Evangelio de Mateo está bien redactado e intencional en su dicción, estamos hablando aquí de dos géneros literarios muy diferentes. Los dos primeros capítulos tienen un carácter marcadamente onírico (¡no sólo José sueña!) y casi apocalíptico; y ya que el tema es “Dios con nosotros” (Mt. 1,23), y la amenaza de Herodes y otros enemigos se describe en términos satánicos, la relación entre Dios y los protagonistas es peculiar. Por consiguiente, ¿quién de nosotros se atreve a imaginar lo que una adolescente aldeana sabía a ciencia cierta acerca del hijo que iba a tener 25, en particular cuando las revelaciones llegaron a su prometido, siendo él también muy joven26?
Luego pensemos imaginativamente en los treinta (más o menos) años de convivio. Como hijo mayor de cuando menos seis en su generación27, Jesús habrá tenido que intervenir en muchas decisiones, en consulta con su madre, sobre todo después de la muerte de José. Podemos conjeturar que el adolescente, y después el joven, Jesús (recordemos que como célibe habrá quedado bajo el techo de su madre algo así como quince años más que la vasta mayoría de los jóvenes varones) trabajaba lado a lado con ella. En lo humano sí se conocían bien. Pero ahora (en Mt. 12), la llegada de María al lugar donde él enseñaba, bajo estas condiciones (de crear otro “círculo” rival, o al menos que hacía competencia con el de Jesús), hirió a su hijo mayor. De igual manera, la respuesta de él: “¿Quién es mi madre?”, la hirió a ella; no puede haber tenido otro efecto. Estamos entristecidos por este intercambio, aunque seguros de que el hijo tenía razón cuando insistía en su independencia28.
2. La familia metafórica
Como hemos notado al hablar de Mt. 12,46-50, Jesús hace una transferencia; su familia de origen ya no llena los requisitos que tiene un profeta itinerante, y conviene que éste busque una “familia sustituta”. Vale subrayar que la alternativa no es “una existencia solitaria”. La pérdida de la familia de origen es compensada por la adquisición de la nueva familia cristiana, que nos espera con los brazos abiertos.
En este Evangelio la fe en Jesús tiende a aflojar, si no cortar, los lazos familiares. En 4,21-22, Jacobo y Juan dejan a su padre cuando Jesús los llama al discipulado. En 8,22 Jesús instruye a un seguidor que no espere en casa hasta que su padre muera: “deja que los ‘muertos’ entierren a sus muertos”. En la “familia de la fe” hay un padre (con mayúscula) y muchos hermanos y hermanas (cf. Mt. 23,8); como agrega el Evangelio de Tomás 99: “Estos son mis hermanos y mi madre y mis hermanas; éstos son los que entrarán en el reino de mi Padre” 29.
3. La familia escatológica
En el último de los cinco discursos de Jesús30, Mateo teje una teología de genial magnitud31. El escenario para la primera parte del sermón (capítulo 23, cf. 24,1) es el templo; desde este ángulo el Jesús mateíno denuncia a los fariseos y a los maestros de la ley, a quienes llama “hipócritas”, no sin una mirada a la iglesia cristiana de la época de Mateo. Por ejemplo, en 23,8-12 el Señor prohíbe el uso de títulos honoríficos en la comunidad cristiana; los fariseos pueden ostentar en sus propios círculos tales como “rabí”, “padre” y “maestro”, pero para Jesús estas prácticas conducen al orgullo y la arrogancia. Más bien, arguye él, “ustedes son todos hermanos porque tienen un solo Padre”. Si vamos a hablar de “familia” en la comunidad fundada por Jesús, entonces no podemos comenzar identificándonos con los capos, los “padres”, sino con los servidores. ¡Instrucciones muy prácticas en este contexto del Juicio final!
Luego (24,1), el Señor sale del templo, sin embargo sigue refiriéndose a él y la destrucción futura de muchas cosas relacionadas con el judaísmo. El lenguaje se vuelve escatológico —aun apocalíptico— y severo; intervienen dos parábolas sobre el tiempo de espera antes del Regreso del Señor32.
Precisamente en el contexto del Juicio final reaparece el tema de “La familia de Jesús”. No encontramos sorpresas en su definición de “Padre” (25,34: “vengan ustedes, a quienes mi Padre ha bendecido”), ni de “Hijo” (aunque ahora es el Hijo del hombre, muy majestuoso, que ejerce el oficio de Juez de toda la humanidad; esto casi nos sorprende, aun cuando hemos tomado en cuenta el dicho citado arriba: “Mi Padre me ha entregado todas las cosas” [11,27]). Lo que nos despierta a una gran novedad es la definición de “hermano/hermana”. ¿Quiénes son los hermanos de Jesús?
Exegéticamente, la respuesta tiene que ser sólo una: los necesitados que tenemos alrededor en los contactos de todos los días. El relato de “Las ovejas y las cabras” (25,31-46), con el que termina este último sermón de Mateo, nos comunica en forma resumida la base del juicio en el Día final. Nada en este texto alude a los creyentes como tal base. Escuchemos las palabras del Rey/Hijo del hombre cuando felicita a los salvos:
Vengan ustedes, a quienes mi Padre ha bendecido; reciban su herencia...; porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer [siguen otras obras de solidaridad]... me dieron de beber, me dieron alojamiento, me vistieron, me atendieron [en la enfermedad], me visitaron [en la cárcel].
Cuando protesta esta gente solidaria que nunca antes lo han visto para atenderle en esta forma, éste responde que todas las acciones justas y amorosas practicadas en beneficio de “uno de mis hermanos, aun en el más pequeño, lo hicieron por mí”.
Luego, para remachar el alto significado de la escena, se repite la misma enseñanza desde el punto de vista de los hermanos del Rey que fueron desatendidos: El Rey/Hijo del hombre reprende a los que van a la condenación con estas palabras: “Todo lo que no hicieron por el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron por mí”.
Como es de esperar, los exegetas durante siglos han procurado, ya que están al servicio de la iglesia, justificar de alguna manera religiosa la acción del Juez: “Los ‘hermanos’ tienen que ser cristianos, o al menos judíos”, alegan. “¿Por qué tendría el Señor interés en un pagano, reconociendo en él las cualidades de ‘hermano’?”. Precisamente aquí, vemos la osadía de Mateo. El sabía del peligro que siempre tenemos a mano: el evangelio de apertura al ser humano con mucha facilidad acabaría por hallarse al servicio de la iglesia institucional. Pero la verdad es que el evangelio está antes que la iglesia; la trasciende y fundamenta.
Dentro de la iglesia, es cierto, los pobres serán privilegiados33 —o al menos ésta fue la intención del Hijo del Hombre—, y los términos usados aquí en el capítulo 25: ptojós (pobre), paidíon (niño), népios (de tierna edad, sencillo) y mikrós, que tiene el superlativo elájistos (pequeño), refuerzan esta intención. Nuestro trato aquí, en la vida diaria, de los especialmente privilegiados por el Hijo del Hombre en su propio recorrido —los olvidados, los de “menos peso”—, formará el único criterio del Juicio Final. Este tema, expresado quizá con otras palabras, ha dado pie a una vasta literatura durante las últimas décadas en América Latina. El mundo rico —que cuenta entre sus filas a muchos “cristianos” e iglesias de diferentes apellidos— necesita poner atención a estas acusaciones y advertencias del Hijo del Hombre.
Mateo, entonces, no reduce eclesialmente a los pequeños, sino que extiende de forma universal la experiencia de la iglesia que descubre a los necesitados como familia de Jesús 34. La fraternidad es algo que viene dado con nuestra humanidad; el hermano puede tener una paja en el ojo (7.4); hermano es alguien que merece nuestro saludo (5,47), que no merece nuestro odio, actitud condenatoria o vengatividad (5,21-25).
Al abrirnos la puerta a la fraternidad, Jesús reconoce allí la presencia de discípulos, sí, pero también de todos aquellos, sin ser explícitamente sus discípulos, que cumplen la voluntad del Padre (12.50), o sea que sirven a los necesitados (25,31ss.). Acerca de este aspecto activo no cabe mucha duda. No obstante, descubrimos al mismo tiempo que estos hermanos activos lo son por un nacimiento (plano pasivo) según la voluntad del Padre. ¿Le han seguido a Jesús todos los mencionados en 12,50? ¿Es irremisible la gracia de tal nacimiento? No del todo; al finalizar el relato de la Pasión ha habido negaciones de Jesús, debilidades y pecados de varias índoles. Esta dialéctica marca los caminos de la fraternidad 35.
Se puede hablar de la bienaventuranza de los tristes (Mt. 5,4), por ejemplo, sólo porque los aplastados de este mundo son hermanos de Jesús. En otras palabras, la iglesia no se abre a los pobres para hacerlos hermanos de Jesús, sino que les acoge y les anuncia el evangelio porque son, en cuanto pobres, los hermanos del juez escatológico. ¡Cuán grande es esta familia de Jesús! Sin embargo este concepto no nos exime de vivir y predicar el evangelio a esta misma familia, de pregonar el perdón de pecados, o de seguir celebrando el bautismo (Mt. 28,19) y la Santa Cena (26,26-29) como anticipos del Día final.
Ricardo Foulkes B.
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Costa Rica
1 El movimiento cristiano hizo énfasis en esta ruptura en ciertos casos. Por ejemplo, según Mt. 19,29-30, Jesús dice a Pedro y otros discípulos que han sacrificado mucho para seguirle: “Les aseguro... que todo el que por mi causa haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o terrenos, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna”. Algo parecido sucede en el Cuarto Evangelio, cuando todo el relato del capítulo 9 ilustra el desplazamiento de la antigua familia del ex-ciego; los padres temen de gran manera el ser expulsados de la sinagoga (o sea, de la comunidad judía entera), ya que ésta se ha declarado hostil (Jn. 9,22) hacia los seguidores de Jesús. Los progenitores rechazan toda solidaridad con su hijo, y éste se siente convidado a aceptar el reto de seguir a Jesús y de confesarlo abiertamente.
2 El presente artículo asume que el apóstol Mateo no es el autor material del evangelio que lleva su nombre; sin embargo, usaremos el nombre “Mateo” al referirnos al autor. Con muchos otros estudiosos, asumiremos que la fecha de composición ronda por el año 80, y que el lugar de publicación fue Antioquía de Siria.
3 C. H. Lohr, “Oral techniques in the Gospel of Matthew”, en Catholic Biblical Quarterly vol. 24 (1961), págs. 403-435.
4 W. D. Davies-D. C. Allison, The Gospel according to St. Matthew. Edinburgo, T & T Clark, 1988, I, págs. 69-72.
5 Ibid., II, págs. 233s.
6 La versión citada en este artículo es la Nueva Versión Internacional (Ciudad de México, Sociedad Bíblica Internacional, 1995), en cuyo Comité Traductor tuve el gusto de colaborar.
7 Sería interesante perseguir las variantes que nos presenta Lucas, sin embargo tenemos que limitar los horizontes de este artículo.
8 Es notable la semejanza entre el v. 46b y el 47b, pero así lo quiso el evangelista. Aunque algunos manuscritos de importancia omiten el 47b, el error se debe al ojo de los copistas, que saltó del vocablo lalesai, al final de un renglón, al mismo vocablo lalesai al final del siguiente renglón. Davies-Allison, op. cit., II, pág. 363, nota 117.
9 Lectores atentos han observado la omisión del “padre” en este listado de parientes. Dos razones pueden explicarla: la muerte de José anterior a este episodio (en todo caso, no acompaña a María y los hermanos en esta ocasión), y la relación única que Jesús tenía con Dios, simbolizada por el vocativo “Abba” (Mc. 14,36).
10 Algunas sugerencias: 1) Marcos se resiente de la hegemonía de Santiago (y quizá de Judas), hermanos carnales de Jesús, sobre la iglesia madre de Jerusalén (años 30-65); 2) quiere desmitificar esta ascendencia dinástica que procura justificar la rejudaización del evangelio. G. Cook-R. Foulkes, Marcos. Miami, Editorial Caribe, 1990, pág. 117.
11 W. Trilling, El Evangelio según san Mateo. Barcelona, Editorial Herder, 1970, I, pág. 284.
12 Ibid., págs. 284s.
13 Idem.
14 El evangelista Mateo favorece la sustitución de “Padre” donde otros evangelios hablan de “Dios”. Ver a continuación sobre Mt. 25,34. La expresión “Mi Padre que está en el cielo” recuerda tanto el Padrenuestro (Mt. 6,9) como la oración de Jesús en Getsemaní (Mt. 26,39.42.44). Pablo insiste desde el inicio en que la filiación de Jesús respecto del Padre ha sido legada a todo creyente (Rm. 8,15; Gál. 4,6); somos hijas e hijos, y el Espíritu grita “Abba” en nuestro ser interior.
15 Ver “Niveles de surgimiento y lectura” en X. Pikaza, Hermanos de Jesús y servidores de los más pequeños (Mt. 25,35-46) Salamanca, Sígueme, 1984, págs. 22-31.
16 John Dominic Crossan, The Historical Jesus. The Life of a Mediterranean Jewish Peasant. San Francisco, Harper San Francisco, 1991, págs. 53-68.
17 Crossan, op. cit., págs. 346s.
18 La dicción aquí implica claramente que José, tan prominente en Mt. 1—2, ha muerto. Desaparece del resto de la narración (capítulos 3—28); su muerte, se puede imaginar, deja a María su viuda encargada de criar a la familia. Lc. 2,41-52 agrega el detalle de que José vivía todavía cuando Jesús tenía doce años.
19 El nombre Iákobos se puede traducir “Santiago” o “Jacobo”, y en el NT se refiere a cuando menos cuatro hombres.
20 Crossan, op. cit., pág. 251.
21 Según 1Cor. 9,5, Pablo sabe de “hermanos del Señor” que itineran en la evangelización como “los demás apóstoles y Cefas”. Todos éstos se hacen acompañar de “sus respectivas esposas” (literalmente: “¿No tenemos autorización de viajar con una hermana como esposa?”).
22 El mismo espíritu animó a biblistas católicos, luteranos y otros a hacer un estudio ecuménico y erudito sobre María en el Nuevo Testamento (editado por R. E. Brown, K. P. Donfried, J. A. Fitzmyer, y J. Reumann; Salamanca, Sígueme, 1982 [original en inglés, 1978]).
23 En cambio, el paralelo en Mc. 6,3 hace de Jesús el tekton de la familia; probablemente ambos evangelistas tienen razón.
24 Como hemos visto, Mateo no le otorga nombre; ella es “la madre (de Jesús)” y el énfasis está puesto más bien en el grupo familiar, que resulta ser un grupo de presión. Así entiende esta intervención la tradición oral (30-80 de la era común) predicada en el área de Antioquía de Siria. Davies-Allison, op. cit., I, págs. 138-147.
25 Bien es cierto que Lucas en su Evangelio contesta esta pregunta (1,26-38) con tradición que no tenemos que descartar, pero como el enfoque de este artículo es Mateo, vamos a procurar limitarnos al retrato consecuente que allí encontramos. En sus respectivas “narraciones de la infancia”, Mateo y Lucas no se consultaron.
26 A juzgar por las fuentes rabínicas (que por cierto pueden ser de fecha tardía), el compromiso matrimonial se verificaba a los doce (o doce y medio) años. Davies-Allison, op. cit., I, pág. 199.
27 La palabra “hermanos” ¿debe traducirse más bien “primos, parientes”? Esta posibilidad, un poco remota lexicológicamente, surgió con la enseñanza de la “virginidad perpetua” de María en el siglo III de nuestra era. Brown y otros, María en el Nuevo Testamento, op. cit., págs. 59-66.101s.; J. A. Brashler, “Jesus, Brothers and Sisters of”, en The Anchor Bible Dictionary. New York, Doubleday, 1992, III, págs. 819s.
28 María no vuelve a aparecer en el Evangelio de Mateo, ni en los finales de los otros dos sinópticos. Uno de los grandes valores del Cuarto Evangelio es haber rescatado para la posteridad la escena al pie de la cruz (Jn. 19,25-27) en la que la madre, traída quizá por el discípulo amado, se halla inserta en la comunidad creyente y da muestras de querer permanecer en ella (cf. también el relato de Lucas sobre su presencia, semanas después, junto con los hermanos de Jesús, en el Día de Pentecostés, Hch. 1,14). Uno está tentado a conjeturar que si, como Lucas, los otros sinópticos hubieran publicado un segundo tomo sobre la iglesia primitiva, María hubiera tenido su debida mención. Para nuestro Mateo, sin embargo, la perícopa triste bajo estudio (12,46-50), y otra sobre el rechazo de Jesús por sus propios vecinos (13,53-58), son los únicos en que se menciona a la madre durante el ministerio de su Hijo. Brown y otros, op. cit., págs. 101-106.
29 En el Sermón del Monte, Jesús critica el ensimismamiento de los que sólo saludan en público a sus “hermanos” (5,47). Con toda probablidad se refiere a los que “piensan como uno”, esto es, a hermanos metafóricos. De igual manera, Mt. 28,10 (dirigido a mujeres creyentes) da instrucciones para “hermanos” discípulos.
30 a) Capítulos 5—7, “El sermón del monte”; b) 9,36—10,42, “Discurso sobre la misión y el martirio”; c) 13,1-52, “Enseñanza sobre el reino de los cielos”; d) 17,22—18,35, “Discurso sobre la administración de la iglesia”; e) 23,1—25,46, “Discurso sobre la escatología; discurso de despedida”. Davies-Allison, op. cit., págs. 59ss.
31 Con razón Xabier Pikaza escribió todo un libro de 450 págs. sobre la teología de Mateo, basándose en este texto: Hermanos de Jesús y servidores de los más pequeños, op. cit. Entre los vv. 31 y 46, tan olvidados por muchos eruditos, aparecen temas importantes, no sólo de teología mateína, sino del mensaje cristiano en general.
32 La parábola de las diez jóvenes (25,1-13) y la de las monedas de oro (25,14-30) enfocan la actividad apropiada para el período de espera antes de la parusía.
33 Mt. 10,42; 18,6.10.14.
34 Pikaza, op. cit., págs. 319-323.
35 Ibid., págs. 324-329.
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