
Eduardo Hoornaert. O movimento de Jesus. Petrópolis, Editora Vozes, 1994. 159p. (Colecção: Uma História do Cristianismo na Persectiva do Pobre, v.1)
Esta es la primera de una colección de pequeños tomos, tres de ellos proyectados a ser escritos por el mismo Hoornaert, que pretenden dar una nueva perspectiva de la historia de nuestra religión. Podemos percibir aquí que la intención es nada menos que transformar el imaginario de los cristianos. Pues desde Lucas y Eusebio hasta Von Harnack se ha escrito la historia del cristianismo desde los triunfadores de la estructura eclesiástica, los obispos y los teólogos que se llamaron ortodoxos. Hoornaert quiere con esta colección forzar esta visión de la historia cristiana a ceder ante un gran esfuerzo de imaginarnos la historia de otro modo, un modo en el cual los herejes no sean excluidos porque fueran declarados tales por los obispos ni los cristianos comunes que formaron comunidades en lugares como África y Siria sean desplazados por las grandes figuras de las ciudades como Roma y Alejandría. Es un esfuerzo loable, y Eduardo Hoornaert ha demostrado que tiene la fuerza imaginativa para hacer una importante contribución en este sentido.
El libro que nos ocupa, a pesar de sus escasas 159p., da mucho que pensar. Ya que su autor está menos interesado en los datos de la historia que en transformar el imaginario de los creyentes sobre su pasado, no podemos exigir que sea exhaustivo. Para ello existen muchos libros con mayor caudal de información que éste sobre el primer siglo del cristianismo. La meta hacia la que apunta este libro explica la presencia en ella de una colección de grabados, pinturas y estatuas de todas las épocas de la historia cristiana. Aquí está la imaginación cristiana acerca de Jesús y sus discípulos, justamente lo que Hoornaert se propone alterar. No todos estos grabados son muy eficaces, y la calidad de la reproducciones no es siempre buena, pero la idea de mostrar visiones alternas de lo que es el genial. Les deseamos éxito a los autores en esta empresa que es sin duda valiosa y que está concebida de una forma novedosa y creadora.
Pero, en este tomo Hoornaert incursiona en nuestro campo como biblistas, la época en que se compusieron los escritos que luego serían coleccionados como un suplemento a la Biblia, el “Nuevo” Testamento. Considerando el propósito de esta colección y de su primer tomo que aquí reseñamos, no podemos esperar que incluya todo lo importante ni que siempre refleje el consenso de nuestro gremio de especialistas. Sin embargo, no seríamos responsables con nuestra disciplina de biblistas si no hiciéramos una lectura crítica.
El primer capítulo, de especial interés para biblistas, trata de “los textos”. Comienza aquí con observaciones obvias pero no siempre observadas: Los evangelios sinópticos no pueden usarse para recuperar las “ipsissima verba” de Jesús. El movimiento de Jesús pertenece al mundo judío (y no al cristiano). No debemos caer en el bibliocentrismo ni olvidar que la religión cristiana emergió en un mundo religioso y no fue un nuevo comienzo, un borrón y cuenta nueva. Al hablar del primer siglo, es más acertado hablar de movimiento que de iglesia; eso vendría más tarde. ¡Observaciones importantes!
Cuando Hoornaert discute las fuentes lo hace en una forma que no satisfará a la mayoría de nosotros, biblistas. Ni acepta el consenso de hace una generación ni está muy afinado con las corrientes de última hora. Hace su propio análisis del valor histórico de las fuentes. Encuentra solo dos testigos oculares de los eventos fundadores, el evangelio de Juan, que cree haberse escrito por Juan hijo de Zebedeo a quien coloca en Éfeso para fines de siglo cuando habría escrito el evangelio, y los últimos capítulos de Hechos en los cuales Lucas fue participante de los sucesos narrados. Se trata de opciones posibles, el segundo más probable que el primero; opciones que merecen seria consideración pero que no se imponen.
Acepta la existencia de la fuente sinóptica Q aunque parece equivocar su naturaleza al hablar de “una lectura de la novedad cristiana a partir de la Tora o Ley judaica”. Parece contradecir su aceptación de Q cuando dice que Lucas conoció y usó a Mateo, pues en ese caso es imposible reconstruir a Q. La importancia que Hoornaert le da a los textos rabínicos para establecer el contexto judío del primer siglo es demasiada y su uso del hoy desprestigiado Joachim Jeremías inaceptable. Pero son quizás pequeñeces de expertos ante un extraño que incursiona en nuestra cancha sin pedir permiso. El proyecto no depende de que todo esté en su justo lugar. Hoornaert acierta en interpretar a Jesús y su movimiento dentro del judaísmo palestino y en la importancia que le da a Josefo y los escritos de Qumran para establecer este contexto.
Cuando Hoornaert habla del “movimiento de Jesús” se refiere a mucho más de lo que Theissen, para quien el término se aplica a los itinerantes galileos y a las comunidades aldeanas de Galilea que los apoyaron. Para Hoornaert el término se aplica al movimiento que comenzó en Galilea y Judea, pero también a su extensión en todo el mundo mediterráneo. Y esto se presenta en tres sucintos capítulos: Una situación colonial, el movimiento de Jesús, y las primeras experiencias. El efecto, muy importante dentro del proyecto de transformar el imaginario cristiano, es relativizar a las personas de Jesús y de Pablo al ponerlas dentro de un contexto muchísimo más amplio. Jesús en Galilea es visto, correctamente, como parte de varios movimientos de respuesta a una situación militar, religiosa e fiscal impositiva que era insostenible para la gente de Palestina. Y Pablo se introduce al final, después de secciones sobre Jerusalén y Santiago, Asia destacando a Juan, y Siria y Egipto. Así como la epístola de Santiago ocupa el centro en la presentación de Jerusalén y el Apocalipsis y evangelio de Juan en Asia, la Didajé y los escritos coptos en Egipto, las epístolas de Pablo lo hacen para el Mediterráneo Occidental (Grecia y Roma).
El efecto es un libro impactante que obligará a pensar de nuevo muchas cosas que dábamos por sabidas. No es una introducción a los inicios del cristianismo, pues es una presentación de una perspectiva, y novedosa. Tampoco es un argumento científico para una nueva propuesta; es una exposición demasiado breve para ello. Tampoco es la síntesis de una posición científica lograda. Entonces, ¿cuál es el público para este interesante libro? Me parece que el público puede ser doble: Por un lado, profesores de Biblia y de historia eclesiástica que necesitan no repetir los textos eruditos europeos con sus consensos que suponen cosas no seguras y excluyen aspectos muy importantes. Para ellos, el libro de Hoornaert les estimulará su imaginación. Por el otro, este es un libro que se puede usar como texto suplementario a la par de un texto introductorio de Nuevo Testamento para ofrecer perspectivas sociales, económicas y aún geográficas que esos textos no suelen presentar.
Deseamos éxito en la empresa de la colección que se inicia con este libro. Es un esfuerzo intelectual de muchísimo valor.
Jorge Pixley
Apartado 2555
Managua
Nicaragua
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