
Imaginación y exégesis –
A propósito de una relectura de la carta a Filemón desde lo infantil
Francisco Reyes Archila
Resumen
Queremos reconocer y proponer la imaginación como una mediación fundamental e imprescindible en la relectura de los textos bíblicos. Esta facultad, ausente y negada en la exégesis racionalista que tradicionalmente ha caracterizado nuestra manera de comprender la Biblia, se torna en un acto y un desafío político, ético, espiritual, pedagógico y estético que condiciona tanto la interpretación de los textos bíblicos, como la reconstrucción de nuestra identidad como pueblos, como culturas y como personas (situadas en la telaraña de las relaciones sociales basadas en las diferencias de género, edad, pertenencia a un grupo étnico, etc.). Nos proponemos, con un interés heurístico, hacer una pequeña reflexión sobre la imaginación y su relación con los textos bíblicos. En la última parte del artículo queremos compartir un ejercicio práctico de imaginación a propósito de la carta a Filemón con el interés de hacer visible a los niños y a las niñas en este texto.
Abstract
We seek to recognize and propose the imagination as a fundamental and unavoidable mediation in the rereading of biblical texts. This faculty is absent and denieal in the rational exegesis which has traditionally characterized own manner of comprehending the Bible, it become a political, ethical, spiritual, pedagogical and esthetic action and challenge which condition both the interpretation of biblical texts and also the reconstruction of our identity as peoples, as cultures and as persons (situated in a network of social relation based on differences of gender, age, ethnic group, etc.). We propose, for investigative purposes, a brief reflection on the imagination and its relation the biblical texts. In the last part of the article we shaw a practical exercise of the imagination in the letter to Philemon in order to make visible the children present in the text.
¡Hijo soy de mi hijo!
¡Él me rehace !
(José Martí, De Ismaelillo)
Indudablemente, uno de los desafíos de la hermenéutica infantil de la Biblia es el de analizar textos bíblicos donde no aparecen visibles los niños. Aunque no sea su único propósito, es necesario asumir el desafío de hacerlos presentes. ¿Pero...es posible hacerlo? ¿es pertinente? Creemos que sí, por eso queremos hacer el intento de leer esa ausencia presente o esa presencia invisible de los niños detrás del texto, con el fin de escuchar sus voces, sentir sus abrazos, dejarnos contagiar por sus risas, sus llantos, sus juegos, sus sueños y por sus fantasías. Pero también tenemos que responder al cómo. Creo que los niños nos dan la misma respuesta: esto es posible gracias a la imaginación.
Estas consideraciones que queremos presentar no son más que el esbozo de pequeñas intuiciones que han germinado de la experiencia de trabajo del texto bíblico con los niños y niñas, de la situación familiar y, finalmente, como resultado del esfuerzo por encontrar nuevos paradigmas que nos ayuden a leer el texto bíblico desde los grupos sociales excluidos.
Tenemos que considerar y reconocer que uno de los aportes fundamentales de la lectura infantil de la Biblia ha sido precisamente la recuperación de la imaginación y del imaginario en la compresión de los textos y de la vida misma. Vamos a valernos de esta llave para intentar entrar en el mundo que esconde, tras sus palabras, la carta a Filemón.
Sabemos que no es una tarea fácil, debido entre otras razones al carácter cerrado, reduccionista, dualista y excluyente de los paradigmas racionalistas , especialmente frente a otras maneras de comprender el mundo (el símbolo, los mitos, la imaginación, el juego, los sentimientos, etc.), asociadas normalmente a la sinrazón, a la locura, a lo subjetivo o a lo supuestamente “infantil”, es decir (en términos adultocéntricos) al mundo de lo que no es todavía, del engaño, del error, de lo inútil y de la fantasía. Es necesario y urgente, por tanto, controlar lo “infantil” de la sinrazón. No es por acaso que la razón y la racionalidad sean consideradas en occidente como propias y constitutivas del mundo adulto. Es en nombre de esta razón adulta que se define, controla, niega o se rechaza lo que tiene que ver con el mundo infantil. Y la exégesis bíblica no ha estado exenta de esa realidad, en cuanto que ella ha bebido de estos paradigmas.
Nos ayuda mucho la definición que Joan H. Scott hace de género: “el género es un elemento constitutivo de las relaciones sociales basadas en las diferencias que distinguen los sexos y el género es una forma primaria de la relaciones significantes de poder. Los cambios en la organización de las relaciones sociales corresponden siempre a cambios en las representaciones del poder, pero la dirección del cambio no es necesariamente en un sólo sentido”. Esto vale también para las relaciones sociales basadas en las diferencias que distinguen las personas por edades o por “etapas evolutivas” del desarrollo humano (niñez, juventud, adultez, vejez). Las relaciones adultos-niños/niñas son también una forma en que se fijan simbólicamente las relaciones de poder.
Lo que está en juego en el fondo, cuando hablamos de la negación que la racionalidad occidental hace de la imaginación y del lenguaje simbólico como una forma verdadera de apropiarnos del mundo que nos rodea, son las relaciones de poder, representadas en las diferencias que social y simbólicamente establece la sociedad entre el adulto-varón-padre y el niño/niña- mujer- hijo/hija, entre la razón adulta y la sinrazón de lo infantil. Es clara la relación entre el poder de la racionalidad occidental (razón-sin razón), la dominación intergeneracional (adulto-niño, adulto-joven) y la dominación de género (varón-mujer). La dominación es así global . Las transformaciones al interior de algunas de estas relaciones, van a determinar cambios en la globalidad de las relaciones de dominación. La liberación parcial es al mismo tiempo global. No es posible la liberación femenina sin relación a la liberación de los niños y viceversa. Es necesaria entonces la solidaridad de todos y todas, los y las que por diferentes razones, son negados en la dinámica de las relaciones sociales.
La reivindicación de los niños, de su mundo, de sus lenguajes, de sus valores, de sus imaginarios, es al mismo tiempo una demanda de tipo político, de género y étnica, en la medida en que estas dimensiones se entrecruzan en la cotidianidad y en la medida en que comparten una situación análoga en el juego de las relaciones sociales. Es pues un desafío y un imperativo político, cultural y espiritual, emprender un trabajo que nos ayude a recuperar y a recrear el mundo de lo “infantil”.
1. Hablemos un poco de la imaginación
A la capacidad y a la fuerza de crear, recrear y re-presentar imágenes y, por tanto, significaciones, es a lo que llamamos imaginación. Pero para que ella sea provechosa es necesario tener mucha sensibilidad y docilidad para dejarnos “tocar” profundamente por estas imágenes. Hay, pues, una relación muy estrecha entre símbolo, sensación e imagen. La imaginación es la que hace posible el símbolo, es la que nos ayuda a captar la afinidad entre lo significado (experiencias humanas) y el significante. Es la que nos posibilita la configuración de nuevas imágenes, y con ellas nuevas significaciones (símbolos, mitos, etc.) .
Es necesario reconocer que la imaginación es una facultad creativa e innata al ser humano, es inevitable, imprescindible, está presente en cualquier actividad humana, aunque la mayoría de las veces de forma inconsciente: en la manera como nos apropiamos del mundo, como reconstruimos la historia y las utopías, como elaboramos un relato o lo leemos, etc. La imaginación es, por consiguiente, una dimensión constitutiva del ser humano presente en todos los momentos de la vida (y no sólo en la infancia).
“No podemos abordar y enfrentar la realidad directamente. Sólo podemos alcanzarla por la mediación y el conducto de la imaginación. No podemos prescindir de tal mediación.” La imaginación es pues la manera como nos apropiamos de lo que nos rodea. Está presente como una fuerza dinámica y creadora que nos permite enfrentar el mundo (especialmente las situaciones límites, dramáticas, de caos social, etc.) dándole sentido y esperanza a la existencia (personal y social). “El imaginario es”, como muestra convincentemente G. Durand, “una función primordial del ser humano que quiere ser contra la amenaza y la violencia de su situación alienada” , es la facultad de liberarnos de ciertas imágenes estereotipadas que niegan la posibilidad de que el ser humano pueda realizarse personal y socialmente. En este sentido, puede ser un instrumento que ayude a desconstruir y reconstruir las identidades culturales de los pueblos, o de los grupos sociales negados por su condición de género, raza, edad, etc. “Lo imaginario resulta ser, entonces, la función creadora del hombre, por la que el sujeto vuelve sobre sí mismo, para recrearse, para recrear la cultura, el orden de lo simbólico, superando la condición animal de la predestinación y haciéndose divino, cocreador, hombre hecho a imagen y semejanza de la divinidad creadora.”
El objetivismo de los paradigmas racionalistas, el logocentrismo y adultocentrismo, han condenado la imaginación a un segundo lugar, a una facultad “inferior” y limitada, como la maestra del error y la falsedad, o como una experiencia que se reduce a una primera etapa de la vida, que hay que superar y, en muchos casos, reprimir en nombre de una supuesta objetividad y madurez de la verdad pretendida por las ciencias. Cuando se habla de la imaginación generalmente se hace de forma dualista, oponiéndola a lo real y a lo tangible (a lo demostrable y a lo objetivo, etc.). Creemos, sin embargo, que esta dicotomía es, por lo menos, dudosa, cuando no, falsa.
Esta idea de la imaginación corresponde a un paradigma antropológico dualista, donde el ideal es re-presentado por el varón-adulto-racional, esto implica, en consecuencia, romper con la infancia. La imaginación, los sueños, los juegos, los sentimientos, la fantasía, la ternura y la inocencia son negados y desterrados como cualidades genuinas que nos pueden ayudar a crear un ambiente social más humano y encantador.
El dilema no está tanto en si tenemos en cuenta la imaginación o no. Simplemente no podemos prescindir de ella. Está presente desde el momento en que nacemos. El dilema está más en el uso que hacemos de ella. Cuáles son los intereses, los valores que están en juego cuando ejercitamos la imaginación. No se trata de negarla o de renunciar de ella. En la práctica esto es imposible. Se trata, por el contrario, de potenciarla y recrearla, de saber usarla como un instrumento que nos puede ayudar a construir un mundo mejor y unas relaciones sociales donde no se dé ningún tipo de dominación.
No hay, ni puede haber, una correspondencia exacta o precisa entre los hechos históricos y la narración de los mismos. Narrar la historia supone una actividad literaria creadora que la “ordena” de acuerdo a una experiencia y a unos intereses sociales y personales , en la que la realidad (puede ser la realidad del texto) se constituye fundamentalmente como un mundo con sentido (universo simbólico). En esa actividad creadora juega un papel importante y determinante la imaginación. Al reconstruir “la historia” la estamos “imaginando” (lo que a criterio del historiador, es “histórico”). Como afirma García Márquez: “Si los historiadores han hecho ficción, pues me parece lógico que los autores de ficción hagamos historia” . Esto vale aún más para los textos literarios como para los bíblicos. La imaginación es la condición necesaria para la formación del verdadero espíritu científico . “Visto así, lo imaginario se nos ha insinuado como un umbral epistemológico posible en la construcción científica del orden de lo real.” Esto que hemos dicho hasta ahora vale también para la exégesis de los textos bíblicos.
2. Imaginación y exégesis, un acercamiento posible y necesario
Si tomamos como punto de referencia el mundo del texto, tenemos que reconocer que tanto en el acto de escribir como en el de leer hay una actividad creadora de sentido y, al mismo tiempo, una re-presentación de la realidad (del texto y del lector), esto sólo es posible a través de la imaginación productiva (innovación semántica o ficción) .
En el mismo proceso de producción de los textos bíblicos hay una actividad creadora que busca dar sentido a las experiencias de un pueblo enmarcadas dentro de su historia y en las relaciones con su Dios. Esto exige a los autores y a las comunidades o grupos sociales que guardaron y recrearon la memoria recibida un trabajo de imaginación. Basta sólo con recordar los relatos de la creación para comprender lo que queremos decir. Ahora, si hay que leer la Biblia con el mismo espíritu con que fue escrita, es necesario entonces hacerlo tomando en serio la imaginación como una mediación hermenéutica posible e imprescindible.
La imaginación se comienza a esbozar como una mediación hermenéutica fundamental, no sólo en la lectura infantil de la Biblia, sino como una realidad ineludible que condiciona, querámoslo o no, la labor exegética misma. Aunque no es fácil reconocer esto, por todo el racionalismo que ha caracterizado a los métodos tradicionales de hacer exégesis. Cuando leemos un texto no podemos dejar de lado la imaginación. Ella irrumpe con su mágica carga de imágenes, estímulos y deseos. El escenario irremediablemente se recrea en nuestra mente, los personajes cobran vida, los paisajes se llenan de colores y olores, el tiempo se evapora en el azar del presente. Lo inaudible se comienza a escuchar, lo invisible se torna visible, lo imperceptible se puede palpar. La imaginación forma parte de nosotros. Consiguientemente, con ella debemos abordar la lectura de los textos bíblicos .
La imaginación nos permite subrayar precisamente lo no formulado en lo que se dice como en los que no se dice, y al mismo tiempo comprender su significado subjetivo. Nos ayuda a leer lo implícito, el significado de lo que aparece a nivel de la superficie gramatical del texto. Es la posibilidad de preguntarnos por los sentimientos, deseos, esperanzas, sueños, necesidades de los personajes presentes en el texto. Esta es una condición imprescindible para una verdadera escucha .
La imaginación también nos permite leer los textos como si estuviéramos ahí, presentes en la escena; nos involucra en la trama del relato envolviendo nuestros sentimientos, ideas, deseos, cuerpos, experiencias; integrando nuestra condición de género, intereses, valores, etc. A través de la imaginación es posible recrear o “reconstruir” los textos bíblicos y las situaciones que nos narran, produciendo un nuevo sentido. Buscado ser fiel, no tanto a la letra, sino al espíritu. Es posible darnos las manos con los personajes del relato, presentes o ausentes, meternos en sus propias zapatos, caminar por sus propias sendas, sentir y ver el mundo con sus propios ojos. Nos permite crear solidaridades y aversiones, simpatías y antipatías. Esto puede ocurrir con el mismo autor bíblico . Es dejarnos llevar, en últimas, por la trama del texto. Ya no somos expectadores, sino actores metidos en el artificio creado por las palabras. No es posible ser neutro frente al texto. Éste no es pasado, es presente.
A diferencia de una hermenéutica excesivamente racionalista (que entiende el mundo del texto como una realidad objetiva en sí misma y separada de cualquier contacto con la subjetividad del lector), una hermenéutica simbólica (que toma en “serio” la imaginación como una mediación necesaria para poder comprender la realidad), hace posible aquello de que “el mundo del texto es una transcendencia en la inmanencia” . “Es por la lectura que el mundo del texto y la experiencia ficticia que de allí sale, entran en intersección con el mundo efectivo del lector, el mundo de mi hacer y de mi padecer efectivos. La significación de la obra (en sentido fuerte) sólo es completa en el reencuentro más o menos conflictual entre el mundo del texto y el mundo del lector.”
La imaginación, por último, nos ayuda a recuperar, a reconstruir y a expresar la identidad perdida, traicionada o negada, ya sea como pueblos o como sujetos que sufrimos el peso de las identidades impuestas por los órdenes simbólicos y sociales dominantes (especialmente las mujeres, los niños, los pueblos indígenas, las comunidades negras, etc.) . La imaginación precede siempre las grandes conquistas.
Imaginar es pues una condición ineludible si queremos abrir caminos nuevos, modos diferentes de leer e interpretar el texto. Es la manera de evocar lo ausente, de poder expresar lo que la tradición (el autor bíblico, la tradición eclesial o exegética) ha callado, dejar hablar a los “silenciados” por los textos (niños, jóvenes, ancianos y ancianas, mujeres, esclavos y esclavas), de revelar aspectos de la realidad (del texto o del lector) que otros lenguajes más racionales no pueden expresar. Nos puede llevar, por tanto, a una mejor compresión del mundo del relato bíblico en su sentido histórico, social y teológico. Pero lo que nos parece más importante y vital, es el hecho de que la lectura nos involucra en la interpretación del texto y que, por lo tanto, nos ofrece los elementos para una actualización del mismo.
La imaginación hace parte esencial del quehacer exegético. No es algo previo o precientífico; aunque reconocemos que por sí sola es insuficiente para rescatar toda la riqueza que entraña la Palabra de Dios. Reconocemos también que ella está condicionada y limitada por las circunstancias históricas que rodean la existencia de la persona o grupo social, por las situaciones que se dan en el conjunto de las relaciones sociales, por los intereses que están en juego, por las maneras de ver y sentir el mundo (especialmente por el inconsciente). Por eso es necesario:
Primero, explicitar los condicionamientos, los presupuestos y los criterios hermenéuticos, éticos, estéticos (artísticos) y pedagógicos que orientan este ejercicio de la imaginación. Corremos el riesgo, ciertamente inevitable, de hacer decir al texto lo que nosotros queramos. La perspectiva de una hermenéutica comunitaria de la Biblia, especialmente desde los sujetos específicos, nos ofrece los criterios y valores que nos sirven para “encausar” y “orientar” la imaginación.
Desde la perspectiva infantil nos interesa resaltar, entro otros y a modo de ejemplo, los siguientes criterios:
• Afirmar la presencia activa y protagónica de los niños y las niñas;
• Descubrir nuevas maneras de ver y sentir a los niños y a las niñas; esto significa la creación de nuevos paradigmas que nos ayuden a profundizar de una manera más justa en la identidad de la niñez;
• Romper con los estereotipos, valores, estructuras y órdenes simbólicos que colocan a los niños y a las niñas en un estado de inferioridad e indefensión en relación a los adultos;
• Crear una solidaridad con los diferentes grupos sociales igualmente negados: mujeres, negros/negras, indígenas, campesinos, homosexuales, etc.;
• Ayudar a crear relaciones sociales donde no haya ningún tipo de dominación ni violencia;
• Reiterar la igualdad fundamental de los seres humanos, respetando al mismo tiempo la diversidad y especificidad de los diferentes sujetos sociales;
• Manifestar la posibilidad real de una comunidad de hermanos y hermanas donde sea posible la realización plena de cada uno/ una y de todas las personas;
• Recuperar los valores de cada grupos social, en la construcción de un mundo más justo y humano;
• Valorar la pluralidad de lenguajes, como formas válidas a la hora de comprender los textos y la realidad que nos rodea;
Segundo, es necesaria la mediación de los métodos exegéticos. Es una manera de confrontar, enriquecer y fundamentar la labor imaginativa. En esta confrontación del ejercicio metódico de los demás pasos de la exégesis con la imaginación y viceversa, se nos ofrecen las imágenes o expresiones simbólicas que nos van a servir como ejes de sentido y de profundización del texto. La exégesis nos ayuda a darle un fundamento sólido al ejercicio de la imaginación. Si nos dejamos “tocar” dócilmente por los símbolos, estos mismos nos orientarán seguramente hacia una interpretación fiel y coherente con el sentido “original” del relato.
Es importante recalcar que la referencia a la imaginación no implica modificar al texto al capricho cada vez que lo leemos, ¡No!, él se constituye en el punto de referencia (y canalizador) necesario e indispensable que permite a nuestra imaginación proyectarse .
Tercero, rescatar la dimensión práxica del símbolo. Esto nos permite contrarrestar la tendencia del imaginario de volver a los orígenes, de remitirse a lo utópico o de poner las cosas “fuera de lugar”; es decir, de proyectar una realidad imaginaria para suprimir la distancia, la brecha insalvable que limita al ser humano .
Comprendida así la imaginación, ella es también un acto y, a la vez, un desafío político, ético y espiritual. Tenemos, por consiguiente, el imperativo histórico y teológico de valorarla y potencializarla aún más, como una mediación fundamental a la hora de reconstruir nuestras utopías, nuestros proyectos históricos, nuestras identidades culturales, nuestras identidades como varones o como mujeres, etc. Para hacerlo tendremos que aprender mucho de los niños y las niñas. Volver a la niñez es la mejor manera y la más encantadora de recuperar la imaginación y, a la vez, muchas de las riquezas escondidas en el texto bíblico.
3. Un ejercicio de imaginación desde la perspectiva infantil a propósito de la carta a Filemón
Asumimos el riesgo fascinante de intentar volar en las alas de la imaginación para ayudar a reconstruir una comprensión de la carta a Filemón. Al leer esta pequeña carta no pudimos dejar de sentir la presencia invisible (como tantos de los personajes de nuestros cuentos) de niños y niñas. Cada letra, cada palabra, cada párrafo, cada espacio en blanco fueron delineando el paisaje del texto: montañas, valles, ríos, ciudades, barrios, pequeñas casas; también habían prisiones, caminos, soldados. Habían muchos niños y niñas maltratados, violentados, hambrientos, sufriendo, muriendo.
Llegamos a un barrio como muchos otros que componían cualquiera de las ciudades de Asia Menor. Tenía unas calles muy estrechas, casi no se podía caminar por la cantidad de gente: vendedores, esporádicos compradores, enfermos y limosneros tirados en las calles, mujeres y muchos niños y niñas corriendo de acá para allá, como un ejército de mariposas jugando con el viento, llenando con colores y carcajadas aquellas calles que de por sí daban mucha tristeza.
Como llevados por el aroma del buen vino, de las risas de los niños y las niñas, y por un sentimiento de amor que impregnaba el ambiente como el olor de los flores, llegamos a una casa pequeña, muy sencilla. En el piso de abajo había un taller donde se hacían y se arreglaban sandalias; en la parte superior, se podía ver una pequeña matera con muchas flores de muchos colores como el arco iris.
Al tocar la puerta nos recibió una señora que irradiaba, como aquella mañana, rayos de bondad por todos sus poros. A través de sus palabras, de su mirada, de sus gestos se podía reconocer la ternura de una mujer que aunque había sufrido mucho, había aprendido a ser feliz, especialmente al asumir la responsabilidad de animar la comunidad cristiana. Nos invitó a seguir, trajo agua y nos lavó los pies como símbolo de acogida, mientras nos contaba con una gran vitalidad un gesto similar realizado por un tal Jesús de Nazaret con sus discípulos. Me acuerdo que se llamaba Apfia.
Al instante vinieron a recibirnos algunos hermanos y hermanas que estaban reunidos en aquella casa para compartir la cena, leer las escrituras sagradas y hacer memoria de un tal Jesús, un profeta y maestro que había pasado haciendo el bien a los pobres. Nos brindaron comida y hospedaje. ¡Que bueno! porque teníamos mucha hambre y estábamos muy cansados. En la cena recordaban algunos gestos, acciones y palabras de su maestro, cantaban y oraban con mucha alegría; ¡eso sí! sin hacer mucha bulla, pues todavía tenían un poco de miedo a las autoridades judías y romanas.
Me llamó especialmente la atención la presencia de varios niños y niñas. Después supe que muchos de ellos, habían perdido a sus padres y madres. La comunidad, a pesar de su pobreza y de la situación constante de persecución, los había acogido con mucho cariño. Ese era su hogar. Entre ellos recuerdo especialmente a una niñita pequeñita, muy inquieta por cierto, llamada Evodia y un niño un poco mayor llamado Clemente. Los dos tenían una sonrisa de oreja a oreja, eran hijos de un esclavo llamado Onésimo, un esclavo que había escapado de su antiguo amo, llamado Filemón.
¡Ah! Filemón era un hombre muy serio, de barba abultada y de una voz gruesa. Parecía un patriarca o un doctor de la ley, pero sus ojos dejaban escapar algunos chispazos de bondad (especialmente cuando hablaba con Apfia). Había enviudado siendo todavía muy joven. No había tenido hijos. Parecía ser un hombre muy solo. Él había alquilado aquella casa para montar un pequeño taller de zapatería. Por lo que pude averiguar, él había tenido algunos esclavos que trabajaban en el taller. Antes de haber oído hablar de Jesús, era un hombre muy autoritario y severo con sus trabajadores. Por esa razón escapó Onésimo. Parece ser que después de haber oído de Jesús, su vida comenzó a cambiar, empezó a participar de la vida de la comunidad, y desde ese momento se caracterizó por ser un hombre muy bondadoso, que se preocupaba mucho de acoger a los hermanos y las hermanas cristianas que eran perseguidos.
Volviendo a los niños, me acuerdo que lo que más me cautivó de ellos era su sonrisa. Pronto me les acerqué y les hice una mueca para buscarles el juego. Ella y él un poco asustados y tímidos, al principio, se agarraron de las piernas de Apfia y de Filemón, como si se aferraran a la vida misma, sin quitarme su mirada curiosa, tierna y dulce como un rico postre de brevas con arequipe.
Poco a poco fueron perdiendo su timidez. Curiosos al inicio, sólo me tocaban las manos para verme de frente; creo que extrañaban el acento de mi voz, al fin y al cabo era un total extraño para ellos. Recuerdo las primeras expresiones y preguntas de Evodia:
- ¡Qué barba tan rara! ¿por qué no te crece la barba como a mi papá? ¿de dónde vienes?
Yo no atinaba qué responderles, sólo se me ocurrió decirles que venía de un lugar muy lejano donde los hombre teníamos unas barbas muy raras. Ella se sonrió y dejó escapar un pequeño suspiro.
Después de un buen rato, Evodia me miró como si hubiéramos sido amigos desde siempre, se me acercó al oído y me dijo:
Señor, vamos a jugar a las escondidas con mis amigos, ¿quiere venir?
Nunca supe si me habían hablado con sus bocas o con sus ojos.
Por un buen momento jugamos, escondiéndonos por cuanto rincón encontrábamos (que no eran muchos, pues la casa era pequeña y muy sencilla). Así fue que tuve la oportunidad de conocer el pequeño taller donde trabajaba Filemón, Apfia y otros dos hermanos. Había también un cuarto pequeño donde dormía Filemón y al lado había uno un poco más grande, en donde dormían los dos hermanos que trabajan en el taller. En la parte superior había un sala que ocupaba el tamaño de toda la casa, ésta servía para las celebraciones de la comunidad y para hospedar a las visitas. En la casa apenas había lugar para un baño y una pequeña cocina. Apfia vivía en arriendo en un pequeño cuarto en la casa de al lado.
El salón no tenía mucho donde escondernos, tenía unas pocas sillas, algunos cojines y una mesita de madera muy sencilla. En las paredes algunos signos labrados, parecían ser figuras de panes, peces y uno que otro nombre de algún hermano o hermana. Un poco cansado me senté en un cojín. Evodia y Clemente todavía tenían energías, continuaron jugando un buen rato. Aquel salón se llenó de tanta alegría y esperanza, que hasta las flores mecidas por el viento parecían danzar al ritmo de las carcajadas.
Recuerdo muy bien una de las reuniones de la comunidad. Además de cantar, orar, compartir el pan y el vino, participaban de la enseñanza. Ese día, Apfia dirigió la enseñanza. Comenzó recordando las siguientes palabras de Jesús: “Dejen que los niños vengan a mí, y no se lo impidan; porque de los que son como ellos es el reino de Dios De cierto les digo, que el que no acoja el reino de Dios como un niño pequeñito, no entrará en él”. Inmediatamente después llamó a los niños y a las niñas para que pasaran adelante, tomó en sus brazos a la niña más pequeñita y comenzó a reflexionar con la comunidad sobre el significado de aquellas palabras pronunciadas por el maestro de Nazaret. Los niños y las niñas más grandecitos participaban contando sus experiencias, compartiendo sus sentimientos y sus sueños. Los más pequeños corrían de lado a lado, otros se metían por debajo de las mesas, uno que otro lloraba para que les dieran de mamar. Todos, pequeños y grandes, cantaban, oraban, servían a las mesas. Para ellos la celebración era un verdadera fiesta. Nunca había tomado en serio esas palabras, aunque muchas veces las había leído, fue a partir de ese momento que comencé a comprender su significado tan profundo. Ahora, ya sabía porqué los niños y las niñas eran tan importantes para la comunidad. Ellos y ellas eran vistas como modelos de lo que debería ser un buen discípulo de Jesús.
Unos días después, mientras tomábamos el desayuno, vi a los dos niños sentados al frente de la puerta, abrazados. Evodia lloraba mucho mientras llamaba a su papá y a su mamá. Clemente con una voz entrecruzada trataba de consolarla. Eso me conmovió mucho, me hicieron llorar. No aguanté las ganas, me acerqué a él y a ella, los abracé. Después de un buen rato, ellos comenzaron a contarme algunas de historias sobre Jesús, que habían oído en las reuniones de la comunidad.
Ese mismo día, mientras lavábamos los platos de la cena, Evodia y Clemente comenzaron a hablar de su padre y de su madre. Cuando terminamos de hacer los oficios ellos me llevaron al balcón de la casa. Nos sentamos en el piso y ellos comenzaron a preguntarme sobre las estrellas, la luna y otras tantas cosas. Les conté lo que yo había leído en un libro de cuentos infantiles, que ellas eran como los espíritus de nuestros antepasados, que estaban ahí para acompañarnos, para que no nos sintiéramos solos. Fue en ese momento cuando Clemente se decidió a contarme la historia de sus padres. Evodia me jalaba la barba, quería seguir jugando. Me contó que su padre y su madre vivían en el campo, en una región llamada Galilea, tenían una pequeña propiedad familiar, se dedicaban al cultivo de algunos cereales, aprovechando el terreno para cuidar ovejas, pues no era muy fértil. Evodia interrumpía para hablarme de las ovejitas, especialmente de una que se la pasaba comiendo a toda hora, era negra y muy gordita. Me acuerdo que su rostro se puso muy triste al contar esas cosas. Al final se quedó quieta, cansada, recostada en mi canto, con los ojos enlagunados, balbuceando algunas palabras, seguramente conversaba con la ovejita negra.
Clemente continuó contándome la historia. Un día su padre tuvo que prestar unos denarios para poder comprar un vaquita que les diera leche para poder alimentar a sus hijos y, además, para pagar los diezmos al templo y los impuestos a lo romanos. Como no pudo pagar, tuvo que vender su finca y por último, sin tierra, tuvo que venderse a sí mismo junto con su mujer y los niños como esclavos, además de las pocas ovejitas que le quedaban. La madre, que se llamaba María, fue vendida a una familia de un militar romano, muy rico, de Cesaréa y dueño de bastantes tierras. Después de un tiempo ella murió a causa del maltrato a que la sometían sus patrones, o tal vez, de la tristeza por la separación de sus hijos y de su esposo. Evodia, al escuchar hablar de su madre sonrió y me contó como en una noche, mientras miraba las estrellas y la luna, la había visto y había conversado con ella. Ella soñaba con volver a ver a su papá y a su mamá. Eso la llenaba de una paz muy profunda.
Mientras Evodia interrumpía de nuevo mostrándome el gatito negro que Apfia le había regalado, me decía que era igual de comilón que a su ovejita negra. Clemente mientras tanto, continuaba con su historia. Su padre Onésimo había sido comprado por Filemón; como estaba un poco enfermo el precio había sido más bajo de lo acostumbrado, de lo contrario, Filemón no lo hubiera podido adquirir. Los hijos se fueron con su padre. Mientras Clemente hablaba yo me imaginaba a Onésimo sumido en una tristeza muy profunda, que ni la hondura del mar hubiera podido dar cabida; me imaginaba un hombre desgastado por el trabajo duro, melancólico, seguramente que extrañaba a María, a sus hijos, a su tierrita, a la ovejita negra y a la única vaquita, a la que le había puesto el nombre de Margarita. La gotica de alegría era saber que sus hijos estaban bien cuidados en la casa de Filemón.
Clemente me contaba como, al principio, Filemón no trataba bien a su papá, lo andaba regañando porque supuestamente no hacía bien el trabajo o porque se sentaba a descansar un poco. Cansado del maltrato y la tristeza pensó muchas veces en escapar; pero el miedo a ser agarrado y seguramente matado, no lo dejaba realizar lo que quería. Hasta tal punto había llegado la animadversión de Filemón contra Onésimo que en cierta ocasión, cuando Onésimo no pudo pagarle una deuda, decidió enviarlo a la cárcel .
Paradójicamente Filemón había comenzado a cambiar después de ese momento. Estaba arrepentido de lo que había hecho, pues había llegado a tener un afecto especial por Onésimo, aunque le costaba reconocerlo. Además, el taller no funcionaba de igual manera. Definitivamente hacía falta Onésimo. Los años pasaban y Filemón no lograba ser feliz. Había puesto sus sueños en llegar a ser un hombre próspero, dueño de un gran taller, con muchos esclavos a su servicio. Pero era imposible lograr ese sueño, los impuestos a Roma, los diezmos al templo de Jerusalén, el alto costo de los alimentos le impedían prosperar. Fue la época en que conoció la comunidad cristiana, dirigida por la hermana Apfia. Para él no fue fácil comenzar a cambiar, pero poco a poco fue conociendo la comunidad y el mensaje que el tal Jesús había legado a las comunidades. Sus sueños comenzaron a cambiar. Comprendió que lo más importante en la vida era servir a sus semejantes, era ahí donde se encontraba el secreto de la felicidad. Por estas razones Filemón, después de unos años, decidió perdonarle le deuda a Onésimo, él podría regresar a casa.
Cierto día cuando comenzaba la primavera y las primeras flores se abrían en toda su belleza y color, me di cuenta que del rostro de Evodia y Clemente brotaba una gran sonrisa, sus ojos destellaban una luz, que como el sol, irradiaba de ternura y ansiedad toda la casa. Apfia les había contado que su padre iba a regresar. Un señor llamado Pablo había logrado convencer a Filemón de que recibiera a Onésimo, no ya como un esclavo sino como un hermano en el Señor y en la sangre. Onésimo conoció en la cárcel a Pablo, se habían hecho muy amigos, por eso Pablo lo consideraba como un hijo. Onésimo, incluso, se había convertido en colaborador de Pablo en el ministerio del anuncio del Evangelio y, al mismo tiempo, le había servido de consuelo en los momentos más difíciles de su prisión .
Ante la noticia, Evodia y Clemente sólo atinaban a preguntar:
- ¿Cuándo va venir mi papito?
En dos días posiblemente. Les contestó Apfia.
- ¡Mi papito va a venir! ¡mi papito va a venir! salió gritando Evodia mientras soltaba de sus brazos el gato negro.
Ese día la alegría contagiaba no sólo la casa, sino todo el cosmos. El sol brillaba más fuerte, los pájaros cantaban a coro mientras las flores perfumaban de poesía el ambiente. ¡Qué paz y ternura tan profunda sentía al ver a Evodia y a Clemente tan alegres! Yo sabía que Onésimo iba a ser tratado como uno más de la familia y que la vida de sus hijos iba a cambiar. Tenían ahora una familia muy grande: la comunidad que se reunía en la casa.
Así que al regresar, cada vez que veo una ovejita o un gato negro, me acuerdo de Evodia y Clemente, de los demás niños y niñas, de Onésimo y María, de Apfia y Filemón, de todos los hermanos y de todas las hermanas de la comunidad. Ojalá que todos aprendiéramos a vivir realmente como hermanos y hermanas. En Evodia y Clemente tenemos un espejo que podemos imitar. Aprendamos pues de ellos y de tantos niños y niñas, a ser tiernos y compasivos, a recuperar la imaginación y los sueños, allí puede estar la respuesta para que todos podamos vivir realmente como hermanos y hermanas, sin necesidad de esclavizarnos unos a otros.
Francisco Reyes Archila
Apartado Aéreo 077 183
Santa Fe de Bogotá D.C. 2
Colombia
Sobre la crítica a los paradigmas racionales que han caracterizado el pensamiento occidental y que de alguna manera han afectado la manera como hacemos exégesis, ver por ejemplo, desde la perspectiva filosófica: Pedro José Román. “Lo imaginario como umbral epistemológico”. En: Cuadernos de Filosofía Latinoamericana. Bogotá: Universidad Santo Tomás, no. 62/63 (1995), p.133-150; Guillermo Hoyos Vásquez. “Apuntes filosóficos para motivar la paz en Colombia”. En: Artesanos de la paz - Seminario interdisciplinario sobre violencia y paz en Colombia/Programa por la Paz, Bogotá, 1991, p.19-37. Desde la perspectiva bíblica ver: Alberto Ramírez Z. “La hermenéutica bíblica más allá de los métodos histórico-criticos”. En: “La Palabra Hoy: órgano de la FEBIC-LA/ Federación Bíblica Católica, v.XXII, no.83, 1997, Bogotá: FEBIC. p.32-45; Francisco Reyes A. “Hagamos vida la Palabra: método le lectura bíblica”. Bogotá: CEDEBI, 1997, p.117-123.
Joan W. Scott. Gênero: Uma categoria útil para análise histórica. Recife/Brasil: S.O.S. Corpo, 1991.
Pablo Richard. “Interpretación bíblica desde las culturas indígenas”. En: RIBLA. no.26, Quito: RECU, 1997, p.46-50.
Queremos profundizar aún más en la reflexión sobre la imaginación iniciada en: Hagamos vida la Palabra, op. cit.., p.129-131.
Juan José Sánchez. “Símbolo”. En: Conceptos fundamentales del cristianismo (Casiano Floristán y Juan José Tamayo - editores), Madrid: Trotta, 1993, p.1299.
Françoise Dolto. El evangelio ante el psicoanálisis. Madrid: Cristiandad, 1979, p.74.
Juan José Sánchez. op. cit., p.1304.
Pedro José Román. op. cit., p.145
Lo que Jaime Rubio citando a Paul Ricoeur llama mímesis, actividad creadora mediante la cual nos apropiamos del sentido del mundo (es una metáfora de la realidad): “El trabajo del símbolo”. En: La hermenéutica: una aproximación necesaria desde la educación/Revista Aportes. no.37 (abril 1993), p.31-50, Santa Fe de Bogotá: Dimensión Educativa, 1993, p.39-47. Pedro José Román se refiere a esta realidad como el mundo de lo real, esto es, el universo de sentido - creado por el hombre - en el que habitamos (op. cit., p.144).
Entrevista con Gabriel García Márquez. “Gabo: revela sus secretos de escritor”. En: Revista Cromos. Bogotá, nº 3985 (julio 13, 1994), p.84.
Pedro José Román. op. cit., p.146.
Sobre este tema ver: Jaime Rubio Ángulo. op. cit, p.31-50.
Françoise Dolto. op. cit., p.74.
Eugen Drewermann. “Exégesis y psicología profunda”. En: Selecciones de Teología, no. 24 (1996) (oct.-fic. 1985), p.300.
Jaime Rubio nos habla de intriga, como síntesis de lo hetorogéneo (diríamos de los conflictos) con una intencionalidad pedagógica (op. cit., p.36-38). Por eso, comprender la intriga del relato, es hacer surgir pedagógicamente esos conflictos.
Eugenio Green. “Reflexiones personales sobre la exégesis del Nuevo Testamento”. En: Boletín Teológico, op. cit., p.39-40.
Jaime Rubío. op. cit., p.44.
Sobre la importancia de la imaginación en la reconstrucción de las identidades naarrativas, vista desde la realidad de A.L. ver Jaime Rubio. op. cit., p.47-50. Vale también esta intuición para el esfuerzo que se está haciendo en la línea de la reconstrucción de las identidades de género, generacionales o étnicas, que aparecen como nuevos desafíos en la hermenéutica bíblica en A.L. y el Caribe.
Françoise Dolto. op. cit., p.77.
Juan José Sánchez. op. cit., p.1304.
Queremos compartir este escrito como resultado del trabajo de imaginación realizado durante algunos talleres bíblicos, en el grupo de “Experiencias Bíblicas de Bogotá”, a propósito de la exégesis de la carta a Filemón. Hay un trabajo de exégesis comunitaria del texto, que aunque no se explicita, fundamenta lo que estamos escribiendo. Además, otros artículos de este número hacen una mención explícita a esta labor exegética.
Sobre las posibilidades de un esclavo ir a prisión por deudas, ver Mt 18, 23ss; Fm 18.
Sobre la práctiva evangelizadora en la cárcel, ver Hch 16,23ss. No es extraño que Onésimo hubiese participado de este proceso convirtiéndose en colobarador y ministro de Pablo en la prisión (Fm 12).
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