
RESEÑAS
Jacob Neusner. Um rabino conversa com Jesus: Un diálogo entre milênios e confissões. Rio de Janeiro: Imago, 1994. (Original inglés, 1993) 148 páginas.
Jacob Neusner ha sido un profesor destacadísimo de Estudios Judáicos en universidades seculares, se encuentra hoy en la cúspide de su carrera. Su magna obra es una edición y comentario de buena parte del Talmud. También ha editado y comentado muchos otros escritos del judaísmo clásico. Su contribución ha sido aplicar a este vasto corpus de escritos las técnicas del análisis crítico-histórico que se forjaron en el estudio de los clásicos grecolatinos y las Escrituras cristianas.
Pero Neusner es también un rabino formado en el estudio clásico de los seminarios para maestros de la Ley en comunidades de judíos practicantes. Habiendo hecho la mayor parte de sus estudios en centros dominados por cristianos, según nos dice en su postfacio, y habiendo sido tratado bien por ellos, quiere en este libro explicar por qué se afirma en su camino como judío a pesar del gran respeto que tiene por Jesús y por el cristianismo. Este libro pretende explicar para cristianos y para judíos cuáles son las razones que nos obliga a tomar caminos diferentes aún cuando sigamos siendo hijos e hijas del mismo Dios.
La idea que da forma al libro es sencilla aunque de ejecución delicada. El autor se imagina como un oyente de Jesús en las montañas de galilea que decide no aceptar su invitación de seguirle sino que regresa a su hogar y su vida dentro de Israel eterno. Siendo que hay muchas imágenes de Jesús en el Nuevo Testamento cristiano y en las iglesias cristianas tiene que optar por una, y opta por el Jesús de Mateo. Esto se hace en preferencia al “Jesús histórico” de los profesores, porque quiere encontrarse con el Jesús de los creyentes y no uno de las muchas y cambiantes figuras de los estudiosos. Se hace también en preferencia a las imágenes de Jesús de Marcos, Lucas, Juan y Pablo, porque el Jesús de Mateo es por opinión común el más judío de todos y porque es un maestro de la Ley. Con esto último hay un punto de contacto que permite al rabino, también un maestro de la Ley, entrar en conversación con Jesús.
Comenzando con el Sermón de la Montaña, Neusner encuentra en el maestro galileo un gran maestro de la Torá, cuya cercanía alrededor de la Torá y cuyas interpretaciones de la misma merecen el honor de discutirse. Discutir y discrepar en la interpretación de puntos de Ley es el máximo honor que se puede prestar a un maestro, y es lo que pretende hacer este rabino con el maestro Jesús. El resultado es fascinante y aleccionador. Veamos los puntos principales de diferencia que obligan a este intérprete a expresar su respeto por el maestro pero declinar su invitación a seguirle.
Jesús enseña un camino de perfección personal, mientras el rabino busca un camino de santidad para el pueblo de Israel. “Sed santos porque yo soy santo, dice el Señor” es la máxima expresión de la Torá, según la tradición rabínica. Esto de ninguna manera niega los Diez Mandamientos, ni el “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, ni la Regla de Oro, pero pone un marco de referencia diferente al que establece Jesús. La diferencia se ilustra con la recomendación al rico que buscaba heredar el Reino de Dios, “Si quieres ser perfecto, ve, vende lo que tienes, dalo a los pobres y sígueme”. El dar los bienes a los pobres es una obra buena, pero despojarse de los bienes quitaría al hombre su lugar en el Israel eterno como un hombre de peso. Seguir a Jesús es un camino digno para alcanzar a Dios, pero tiene que hacerse a expensas de romper con Israel. Aunque el Neusner hipotético del libro no tiene la confrontación áspera con Jesús que tuvieron sus adversarios fariseos, como ellos también él opta por no seguir a Jesús sino continuar creando la santidad de Israel.
El maestro galileo establece una oposición entre lo interior y lo exterior en el asunto de las purificaciones y los alimentos. Aquí nos topamos, dice Neusner, con una diferencia similar. Las purificaciones no son obras de moral sino obligaciones para entrar en el espacio sagrado del Templo. Al no afirmarlas Jesús está contradiciéndose pues está tachando algunas “íes y comas” de la ley, cosa que haría a la persona la más pequeño en el Reino de los Cielos (Mt. 5.19). Los sacerdotes estaban obligados por la Torá a no contaminarse, así como cualquier israelita que se propusiera entrar al Templo. Los fariseos extendieron las normas de pureza a sus casas, declarando así a toda la tierra de Israel como santa. No se niega que sea más importante guardar los Diez Mandamientos que comer con pureza. Pero para Israel a quienes Dios ha pedido ser santo la pureza tiene su propio valor.
Jesús predica el Reino de los Cielos como inminente. Todo judío espera ese Reino cuando se resuelvan los problemas políticos de Israel, aunque el rabino confiesa no saber si su venida está próxima o no. Pero, la Torá enseña a Israel a vivir en santidad hasta que el Reino de los Cielos venga. “Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu Reino. Sea hecha tu voluntad así en la tierra como en el cielo”. Esta es la misma oración que recita diariamente el judío al finalizar el día. Pueden rezarlo juntos quienes siguen a Jesús y quienes optan por no hacerlo. Pero el Israel eterno interpreta la Torá como lo que Dios les da para vivir en santidad hasta que venga el Reino, sea esto pronto o no lo sea. Con todo respeto, el rabino discrepa cuando Jesús parece restarle importancia a la lucha cotidiana por la santidad a favor de preparar la venida del Reino futuro. Los rabinos entienden que la mejor preparación es el esfuerzo cotidiano de forjar la santidad con las prácticas alimenticias, funerarias, matrimoniales y otras que Dios le dio a Moisés en el Sinaí para que Israel viviera por ellas y así imitara la santidad de Dios, bendito sea.
Este libro dará al biblista algo qué pensar. Sabemos que Mateo es el escrito más legalista del Nuevo Testamento. En su último libro, El caso Mateo, Juan Luis Segundo presentó dramáticamente esta forma de ser de Mateo. Pero aquí un rabino judío nos enseña por qué aún un cristianismo legalista como el de Mateo no es aceptable para el pueblo que busca ser santo según la revelación a Moisés. Debemos agradecerle este servicio, que nos permite aclarar nuestra fe. Y debemos agradecerle su voluntad de separarse de nosotros en amistad para que unos sigan construyendo en sus vidas colectivas la santidad, y otros sigamos a Jesús en espera ansiosa de la venida del Reino de los Cielos
Jorge Pixley
Apartado postal 2555
Managua
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Vincent Brannick. A Igreja Doméstica nos Escritos de Paulo. São Paulo: Paulus, 1994. 137 páginas. Original inglés de 1989.
Vincent Brannick, conocido biblista católica profesor en la Universidad de Dayton, EE.UU., escribe sobre un tema para conocer el contexto de las cartas paulinas. ¿Cómo hemos de concebir los lugares de reunión de las “iglesias” a quienes Pablo dirigió sus cartas? Quienes tenemos experiencia pastoral evangélica sabemos que cuando una comunidad se reúne en una casa particular, norma en tiempos de Pablo, la dinámica interna del grupo es afectada por la presencia del dueño de la casa. Esto significa que no es cosa de poca importancia conocer los locales de estas comunidades paulinas.
Pero hay más: Pablo no escribe a comunidades eclesiales que se reúnen en casas sino al conjunto de éstas en una ciudad, “la iglesia que está en Corinto (o Éfeso, o Roma)”. ¿Qué existencia real tenía esta iglesia de una ciudad, si las reuniones se hacían en grupos menores en las casas de hombres prominentes cristianos? Cuando se reunía en asamblea la “iglesia que está en Corinto”, ¿dónde lo hacía? El problema se agrava cuando pensamos en la realidad de que una mayoría de la población vivía en insulae, los notorios edificios de varias plantas donde una familia tenía un cuartito para hacer de todo, excepto cocinar y evacuar, cosas que hacía en un espacio común a la “ínsula”.
Brannick parte de cuatro menciones de iglesias domésticas en las epístolas paulinas: “Os envían saludos en el Señor Aquila y Priscila y la iglesia que se reúne en su casa” [en Éfeso], en su carta a los Corintios (1 Co 16,19). Escribiendo a Roma (presumiblemente), dice, “Saludad a Priscila y Aquila y la casa que se reúne en su casa” (Rm 16,3.5). Igualmente, saluda a Filemón “y a la iglesia en tu casa” (Flm 2). Y en la carta a los Colosenses, manda saludos a Ninfas, una mujer, “y la casa que está en su casa” en Laodicea (Co 4,15). Estas personas que tenían reuniones en sus casas difícilmente vivirían en las ínsulas que alojaban a la gran mayoría de las personas de las ciudades. Tenemos que pensar en pequeñas villas donde cupieran en la sala o el comedor diez a quince personas. En ciudades donde la predicación paulina tuvo éxito, como Corinto y Éfeso, debemos suponer que existían varios de estos grupos domésticos que componían “la iglesia en Corinto” y “la iglesia en Éfeso”. Las cartas paulinas habrían circulado entre ellas para su lectura.
Es probable que para tiempos de Pablo, las comunidades judías de ciudades tan importantes tuvieran su lugar de reunión, en una casa adaptada para ese fin. Pero, cuando Pablo habla de la iglesia en Corinto no está pensando en un edificio sino en el conjunto de los creyentes. Brannick discute, aunque sin entrar en todos los problemas, la necesidad de imaginarnos asambleas de toda la ciudad para actividades como “la cena del Señor” para lo cual se reunían “en un solo lugar” (sunerxoménon epì tò autó). Era aquí que las diferentes familias usaban de sus propios recursos, algunos con abundancia y otros en escasez, para escándalo de Pablo. Pero, ¿dónde? Brannick piensa en villas de gente importante como Justo (Hch 18,7) o Erasto (Rm 16,23), donde habría comedores o patios interiores para 20 o aún 30 personas. Pero, pienso, ¿no es más práctico pensar en lugares públicos fuera de la ciudad donde podrían reunirse 40 o 50 personas, considerando las muchas personas que creyeron en Corinto? En Filipos los judíos se congregaban al lado de un río por carecer de un salón que pudiera abrigarlos (Hch 16,13); si esto pasaba con los judíos, ¿cuánto más con los nuevos grupos de creyentes en Jesucristo?
En todo caso, Brannick seguramente tiene razón al pensar que algunas de las funciones que Pablo menciona en sus listas se derivan de la universalidad de la organización de las jóvenes iglesias por casas. Así podemos explicar los “dirigentes” (antilêmpseis, kubernêseis) en 1 Cr 12,28), que Pablo enumera después de los “apóstoles, profetas y maestros”, las tres primeras categorías. Brannick supone, y parece probable, que en las asambleas de una ciudad, habría profetas y maestros, aunque no muy frecuentemente en las reuniones domésticas. Apóstol es una autoridad regional o universal, un misionero con una responsabilidad geográficamente más amplia que una ciudad.
Cuando Pablo piensa en los cristianos de una región, habla de “las iglesias en Judea” (Gn 1,22) o “las iglesias de Galacia” (1 Co 16,1), pues cuando dice “Iglesia” piensa en el conjunto de iglesias domésticas de una ciudad. Tenemos, pues, iglesias domésticas, que se reunirían semanalmente, e iglesias locales (de ciudades) que se reunirían en asamblea ocasionalmente. Pero, Pablo también tiene una conciencia de la Iglesia mundial, a la cual llama “la Iglesia de Dios” (1 Co 10,32-33).
Con el correr del tiempo, y especialmente con la muerte de Pablo y los demás apóstoles, se fue imponiendo un episcopado monárquico sobre las iglesias locales. Este fenómeno está claro en Ignacio de Antioquia, quien niega el derecho de practicar la eucaristía en ausencia de tales figuras. Cuando ya en el siglo III y IV los cristianos tienen lugares designados exclusivamente para sus cultos, edificios que llaman iglesias, se terminó de imponer la autoridad de los obispos locales. A tal punto se llegó que un sínodo en Laodicea (360 a 370 d.C.) prohíbe que los obispos o los ancianos ofrezcan sacrificios “en los hogares”.
La importancia de la temática de este libro es evidente. Al carecer de muchas evidencias arqueológicas la interpretación del asunto es necesariamente un tanto especulativa. Sin embargo, sabemos que por varias generaciones los cristianos no tuvieron templos, y es necesario repasar la evidencia literaria como es la colección de epístolas del apóstol Pablo para pensar las formas en que las realidades físicas afectaban la vida de los primeros cristianos en las ciudades del Imperio. Aunque este libro no resuelve muchos enigmas, es ya una gran virtud haber planteado algunos de los problemas que plantean esta situación.
Jorge Pixley
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