Aspectos de la ciudadanía
en el movimiento de Jesús y
las primeras comunidades
apostólicas
Uwe Wegner
Resumen
El amor de Dios en Jesús valorizó y dignificó a todas las personas, en especial aquellas que, por condición social o estigma moral, eran marginadas y separadas de la convivencia social y religiosa. Después de la resurrección el derramamiento del espíritu, con la infusión de sus dones en los cristianos, representó una señal de que Dios quiere la participación de todas las personas en el proceso de construcción de una iglesia y sociedad fraternas. La opción por la participación en la construcción de nuevos espacios de vida requiere de formación/información, conciencia crítica, una nueva mentalidad y apertura para renunciar y romper con viejos órdenes y valores.
Abstract
The love of God, in Jesus Christ, valued and dignified all persons, especially those who, because of their social condition and moral stigma, were marginalized and withdrawn from the social and religious fellowship. After his resurrection, the pouring of the Holy Spirit, with its gifts to the Christians represented a sign that God wants the participation of all people in the process of construction of a fraternal Church and society. The option for the participation in the construction of new spaces of life requires formation/information, critical consciousness, a new mentality, and openness to relinquish and brake away from old orders and values.
Introducción
En el libro de Pedro Demo, “ Ciudadanía tutelada y ciudadanía asistida”, leemos sobre nuestra temática:
“La ciudadanía es definida como competencia humana de hacerse sujeto para hacer historia propia y colectivamente organizada. Para el proceso de formación de esa competencia algunos componentes son cruciales, como la educación, la organización política, la identidad cultural, la información, la comunicación y, sobre todo, el proceso de emancipación. Éste se funda desde el principio en una capacidad crítica para intervenir de modo alternativo, con esta base, en la realidad. El desafío mayor de la ciudadanía está en la pobreza política, que está en la raíz de la ignorancia acerca de la condición de masa del sector obrero. No ciudadano es, sobretodo, quien, por estar cohibido de una toma de conciencia crítica de la marginación que le es impuesta, no se da la oportunidad de conocer una historia alternativa y de organizarse políticamente para ello. Entiende la injusticia como destino. Produce la riqueza de otro sin participar de ella”1.
Demo llama nuestra atención sobre el hecho de que “la ciudadanía” por sí sola no representa, todavía, una solución efectiva para la construcción de una democracia libre y soberana. Es mucho más necesario que se perciba y se aprenda a distinguir los distintos ropajes dentro de los cuales la ciudadanía se presenta en la práctica, a fin de que se pueda optar por el modelo más efectivo y liberador. Sintéticamente, los siguientes tres ropajes son aquellos con los que, según el autor, se experimenta la ciudadanía:
a) Ciudadanía tutelada- Cultivada entre los círculos de derecha, es “aquella que se tiene como dádiva o concesión desde los sectores superiores. En la reproducción de la pobreza política de las mayorías, no se da suficiente crítica y competencia política para sacudir la tutela. La derecha apela hacia el clientelismo o paternalismo (...) El resultado más típico de la ciudadanía tutelada (...) es una reproducción indefinida de siempre la misma élite histórica”2. Esta ciudadanía es propia de una ideología liberal que propone un estado subsidiario y privatizado por las oligarquías, con políticas sociales residualistas sectoriales
b) Ciudadanía asistida- cultivada, según el autor, en ciertos círculos de izquierda, que presenta un grado un poco más elevado de conciencia política, caracterizándose por la reivindicación del derecho a la asistencia, derecho reconocido en cualquier democracia. “Entretanto, el preferir la asistencia a la emancipación, crea también una reproducción de la pobreza política, en la medida en que mantiene intacto el sistema productivo y pasa de largo de las relaciones de mercado; no se compromete con quien necesita de la igualdad de oportunidades. La inserción de la población en un sistema siempre falto de beneficios estatales es el principal obstáculo. Maquillan la marginación social. No se confrontan con ella”. Esta es la ciudadanía propia de una ideología neo-liberal, con un estado protector de políticas sociales sectorialistas asistenciales3.
c) Ciudadanía emancipada- Visualiza la construcción de una sociedad alternativa, con base de sustentación en la organización popular, en la aptitud laboral y en el principio de la igualación de oportunidades. Tiende a un estado legítimo organizado para la prestación de servicios públicos, debidamente controlado por la sociedad, que tenga como objetivo la plena conquista de los derechos humanos. Su preferencia es una política social de desarrollo humano sustentado4.
En la práctica, estos tres tipos diferentes de ciudadanía no pueden ser tan claramente separados como es posible hacerlo en una reflexión teórica. La ciudadanía emancipada como conquista real solo es perceptible en pocos sectores de la vida pública y, aun así, muchas veces se mezcla con cierta dosis de ciudadanías tuteladas o asistidas. Permanece, por esa razón, una realidad parcial, cuya plenitud representa un continuo desafío.
En la Biblia la cuestión de la ciudadanía es de suma importancia. La historia que presenta el Antiguo Testamento puede ser descrita como la historia de un pueblo que busca y lucha insistentemente por la ciudadanía, por derechos y espacios para una vida digna, fraterna y justa. El Nuevo Testamento nos narra la continuidad de esta historia y de esta lucha, y sobre todo su aplicación para el ámbito de todos los pueblos, o sea, del pueblo universal de Dios. En las páginas que siguen, procuraremos esbozar algunos de los reclamos de ciudadanía encontrados en el Nuevo Testamento, destacando los sinópticos y las cartas paulinas. Nuestra propuesta es triple: en primer lugar, entendemos que la manera de concebir a Dios, la fe y las responsabilidades cristianas puede determinar profundamente si el cristianismo se hace aliado o enemigo de la construcción de una ciudadanía democrática y participativa. Además, las iglesias, lejos de representar clausuras religiosas que nada tienen que ver con la ciudadanía, son en verdad sectores privilegiados, en el seno de cuyas comunidades el ejercicio de la ciudadanía o su alienación puede ser probado de una manera muy singular. Y por último, no hay en la Biblia una separación entre lo religioso y lo profano. Si su mensaje es favorable a la ciudadanía, lo será tanto con relación a la esfera de lo religioso como también con relación a las demás esferas de la vida, como la social, cultural, económica y/o política.
1. La gracia del amor de Dios como fundamento de una ciudadanía que no excluye a nadie
1.1. Jesús proclama un Dios amoroso con todas sus creaturas.
Jesús y el movimiento que él crea presentan una tendencia fuertemente contraria a mecanismos de selección y segregación existentes en los más diversos sectores de la sociedad de su tiempo. Esto implica que Jesús se hace abogado, defensor y animador de las personas o grupos marginados. Su movimiento es esencialmente inclusivo, lo que explica que abrace también y especialmente a los más miserables como sus hermanos más pequeños en Mt 25, 31-46 (vv.40.45), los “últimos” de las filas en busca de empleo en Mt 20, 1-15(vv.8.12.14) o los incultos y sencillos en Mt 11,25. Algunos ejemplos pueden ilustrarlo:
1. Los pobres. Estos son económicamente descartables, no son interesantes para la producción y el consumo. En la época de Jesús eran personas como los indigentes, desempleados y mendicantes, cuya mayor característica residía en que no tenían condiciones (salud, empleo) o recursos (bienes, dinero, tierra) para poder sobrevivir a costa propia. Personas mal remuneradas, con bajas rentas o poca tierra para trabajar no se denominaban “pobres” (ptôjoí), sino “necesitados” (pénêtes). Estos últimos (cf. Lc 21,2; 2Co 9,9) precisaban el trabajo arduo y el ahorro constante para sobrevivir, mas no dejaban de poseer un mínimo indispensable para las necesidades básicas. Los pobres (ptôjoí) a los cuales se refiere Jesús, al contrario, eran indigentes: se encontraban totalmente a merced de ayuda o caridad de terceros (cf. Lc 4,18; 6,20; 7,22; 11,5; 18,22; 21,3 y otros)5.
2. Las prostitutas y adúlteras. Eran doblemente marginadas, como mujeres (socialmente) y como prostitutas y adúlteras (moral y religiosamente). Jesús defiende a una adultera en Jn 8,1ss y exalta a las meretrices en Mt 21,31ss por la disposición al arrepentimiento y fe.
3. Los pecadores y publicanos. Eran personas especialmente estigmatizadas en la sociedad, sobretodo por sus infracciones morales notorias. Jesús comparte con ellos la comida y es conocido como “amigo de publicanos y pecadores” (Mc 2, 15-17 y par. ; Lc 7,34; 15, 1-2).
4. Los poseídos. Éstos sufren un estigma social (incomunicabilidad) y religioso (poseídos por el diablo/demonios). Jesús practica exorcismos y devuelve a los poseídos la razón y la capacidad de comunicación social (Mc 5,15; 7,35; Lc 11,20).
5. Los samaritanos. Su estigma social religioso hacía que fuesen considerados como semi-judíos o gentiles, por los judíos. Jesús los coloca como ejemplos de gratitud a Dios y el amor al prójimo (Lc 17,11ss; 10,25ss).
Estos ejemplos bastan para comprobar que el movimiento de Jesús es esencialmente incluyente, con una fuerte propensión para amparar, defender, y enaltecer a aquellas personas o grupos de personas que corrían el mayor peligro de rechazo, discriminación y explotación social y religiosa. A los ejemplos citados podríamos añadir los perseguidos (Mt 5,10-12), los que lloran y pasan hambre (Mt 5,4.6), los forasteros y desnudos (Mt 25,38), los enfermos de todos los tipos (Mt 25,39; Mc 1,32-34), los niños (Mc 9,33-37; 10,13-16), las mujeres en general, los leprosos (Mc 1,41ss), los gentiles (Mt 8,11-12).
Jesús justifica su proceder acogedor con palabras como las de Mc 2,17: “Los sanos no precisan de médicos, mas sí los enfermos; no he venido para llamar a justos sino a pecadores”, o Mt 10,6: “busquen, preferentemente, las ovejas perdidas de la casa de Israel”. Palabras como éstas explican la práctica de Jesús. Sin embargo aún falta la razón mayor que justifique esta práctica. Para eso nos remitimos a su concepción sobre Dios. En un primer texto, Mt 5,45, Jesús nos presenta un Dios que ama indistintamente a todas sus criaturas, pues “hace nacer el sol sobre buenos y malos y hace llover sobre justos e injustos”. Así ya se expresaba la sabiduría del AT: “Bueno es Yavé para con todos y compasivo con todas sus obras” (Sal 145,9). Esta justificación es complementada con una segunda, ofrecida sobre todo en la tradición de las parábolas, en especial aquellas que tratan de la aceptación y acogida de los perdidos por parte de Dios: las parábolas de la oveja perdida, de la moneda perdida o del hijo que se perdió (Lc 15,3-7.8-10.11-32). También parábolas como las del fariseo y el publicano (Lc 18,9-14) y de los trabajadores de la viña (Mt 20,1-15). Todas ellas muestran un Dios que, curiosamente, va en busca de aceptar y acoger pecadores y perdidos, en vez de condenarlos y rechazarlos. Así, Jesús necesita defender la inclusión de todos y todas como receptores del amor gratuito de Dios porque, en su concepción, Dios actúa como un creador que es misericordioso y bueno para con todas sus criaturas (Mt 5,45; Mc 10,18).
Esta posición de Jesús implicó la necesidad de realizar tres correcciones en las concepciones de su época. La primera fue con relación al mandamiento de amor al prójimo6. En la época del NT este mandamiento, testimoniado ya en Lv 19,18, era interpretado casi exclusivamente de forma restringida y aplicado únicamente a personas del mismo pueblo judío (a pesar de Lv 19,34). Para Jesús, el prójimo no es sólo el vecino y compatriota judío, sino que puede serlo cualquier persona, no importa su clase, etnia, color, grupo o credo religioso. O sea, en Jesús el mandamiento de amor al prójimo tiene la función de permitir el rompimiento de barreras comúnmente impuestas por la sociedad, posibilitando relaciones igualitarias y fraternas entre opuestos aparentemente difíciles o imposibles de conciliar, como blancos y negros, pobres y ricos, gentiles y judíos, justos y pecadores. De ahí las palabras: “si amáis a los que os aman... ¿qué recompensa tendréis?¿ No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludáis a vuestros hermanos solamente... ¿qué hacéis de más? Por tanto debéis ser perfectos como vuestro padre que está en los cielos es perfecto” (Mt 5,46-48).
Paralelamente a esta ampliación del concepto de “prójimo” hay una segunda corrección efectuada por Jesús. Ésta es respecto al espacio reservado a los gentiles dentro de la nueva realidad del reino de Dios. Jesús, en verdad, no propuso una misión directa a los mismos (Mt 10,5ss). Por otro lado, se distancia también de colocarlos como enemigos de Dios, que deben ser exterminados, como era usual en su época. Positivamente, no se niega a abarcarlos en sus milagros (Lc 7,1-10; Mc 7,24-30) o exaltarlos por su ejemplo de fe (Lc 4,25-27; 10,13s; 13,28s). O sea, la concepción de un Dios amoroso para con todos y todas, necesariamente llevó a corregir también la concepción de los gentiles como más detestados y -en la concepción de la época- distantes del Dios de Israel. Esto traería enormes consecuencias para las comunidades de la primera cristiandad.
Por último, cabe destacar la ampliación efectuada en el concepto de familia dei. Para Jesús, la raíz del amor de Dios está en la ruptura con todos los exclusivismos tan característicos de las solidaridades grupales, acuñadas por lo que se suele denominar los males del corporativismo. Él hace prevalecer los lazos para con Dios por encima de los lazos naturales como, por ejemplo los de sangre (Mc 3,20-21.31-35; Lc 12,51-53; Mt 10,34.36), haciendo posible la formación de una familia universal y sin fronteras, caracterizada por la solidaridad de todos los que aceptan y procuran orientarse por el amor y la voluntad de Dios (Mc 10,28-30; Rm 8,12-17; Ga 3,23-29).
Estas tres correcciones efectuadas por Jesús son producto de su concepción de la forma de actuar de Dios: un Dios que acoge pecadores, busca lo perdido, prefiere la misericordia a los sacrificios. El reino de Dios es la soberanía de esta aceptación y amor que no excluye a nadie. Ciudadanía, es según los evangelios, primeramente la proclamación en defensa de esta lógica de actuar de Dios en la iglesia y sociedad. Jesús mostró a todos los oprimidos y excluidos como criaturas que, a los ojos de Dios, poseen un valor inestimable e inalienable. Esta última es la razón por la cual ejercer la ciudadanía dentro de una óptica cristiana significa respetar y reclamar, para todas las personas, el derecho de aceptación y respeto por parte de sus autoridades, grupos y semejantes.
1.2. El Dios amoroso e incluyente de Pablo
En las comunidades paulinas se defendía la misma lógica incluyente del amor de Dios, ahora en la nueva situación post-pascual, con actualizaciones diferenciadas. La mayor novedad la constituye Pablo al poner las bases definitivas para la superación de la más notoria exclusión religiosa de su época, a saber, la exclusión de los gentiles del pueblo elegido y querido por Dios7: “ ¿Acaso es Dios sólo de los judíos? ¿No es también de los gentiles? Por cierto que también de los gentiles, pues hay un solo Dios, que justifica los circuncisos por la fe y también por la fe a los incircuncisos” (Rm 3,29s). El reconocimiento de la aceptación de pecadores por parte de Dios abrió a Pablo la percepción de la estima divina por todas las demás categorías sin valor, honra o status. Esto se tornaba más evidente a partir del propio Cristo, salvador, crucificado en deshonra y abandono (1 Co 1-4). Frente al hecho de la cruz Pablo concluye, al igual que Jesús, que Dios escoge justamente aquello que presenta locura y debilidad en el mundo, lo que en el mundo es vil y despreciado, lo que no es nada para el mundo (1Co 1,26-29).
En la práctica, esta convicción hace de Pablo un defensor de varias categorías marginadas, además de la de los ya mencionados gentiles, como
1. Los pobres. Se refiere a su trabajo para el beneficio de los pobres de Jerusalén (2 Co 8-9) y en defensa de los de Corinto (1 Co 11,21-22);
2. Personas de poco saber: Rm 12,16; 1 Co 8,1-2;
3. Personas de dones poco prestigiados: Rm 12,3; 1 Co 12,12-27;
4. Personas de fe débil: Rm 14,1ss; 1 Co 8,7-13;
5. Artesanos: 1 Ts 4,9-12, etc.
Es justamente en la debilidad que, para el apóstol, se revela Dios (2 Co 12,7-10). Por eso, el elemento fundamental de la ciudadanía, la aceptación y valoración de todas las personas y grupos de personas sin excepción, está presente en la teología paulina con rigor indiscutible. El amor y gracia de Cristo representan la dignificación de todos como hijos e hijas de un mismo padre y madre celestiales y, por consecuencia, como hermanos y hermanas entre sí. La ciudadanía inclusiva otorgada por Dios reclama la fraternidad entre los seres humanos: “Nosotros conocemos y creemos en el amor que Dios tiene por nosotros. Dios es amor, y aquel que permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1 Jn 4,16).
2. Aspectos de ciudadanía en el movimiento de Jesús y las comunidades paulinas
2.1. Formación - Información
Para un buen ejercicio de la ciudadanía es necesaria la formación e información. La información ayuda a darle calidad a la formación en el sentido de abastecerle de subsidios y argumentos para un discernimiento más preciso de los diversos asuntos. La formación es esencial para la emisión de juicios propios.
A pesar de que no sabemos detalles sobre el proceso de formación de Jesús, podemos desprender de los evangelios que él tenía amplios conocimientos de las Escrituras Sagradas, tanto como de las tradiciones de los ancianos. De esto da prueba su participación en las sinagogas (Mc 1,21-28; 6,1-6; Lc 4,16-30) y sus controversias con escribas y fariseos en cuestiones relacionadas con la ley y las costumbres (Mc 2,18-22.23-28; 7,1-23; Mt 5,17-48; 23; Lc 11,37ss, etc.). Jesús hace una lectura muy crítica del saber de los escribas: “Atan fardos pesados y los ponen sobre los hombros de los hombres, mientras que ellos mismos ni con el dedo quieren moverlos” (Mt 23,3). A esto se contrapone un saber propio, que representa un yugo suave y un fardo leve, no destinado a una sobrecarga, sino a un alivio (Mt 11,28-30). Su saber no era únicamente grande en el área de las Sagradas Escrituras, sino también en lo que concierne a los usos y costumbres de su mundo circundante, el que se evidencia, sobretodo, por sus parábolas. También en otras áreas, Jesús procuraba mantenerse informado y actualizado: se informaba sobre las acciones y la enseñanza realizadas por sus discípulos (Mc 6,30), solicitaba que éstos procurasen examinar con sus propios ojos lo que hay disponible de comida (Mc 6,38; “¡Id, ved!”), observaba atentamente toda la situación en el templo, antes de expulsar a los vendedores (Mc 11,11.15-19), etc.
La importancia atribuida, por Jesús, al saber se transparenta nítidamente en el espacio reservado a la formación e información para sus seguidores. Inicialmente se constata que Jesús exaltaba el saber popular, distinguido claramente del saber profesionalizado de los “sabios e instruidos” (Mt 11,25). Para que su enseñanza pudiese ser captada con mayor interés y facilidad, la presentaba seguidamente en forma de historias y parábolas, evitando grados de abstracción intelectuales con los cuales sus oyentes no se encontraran familiarizados, entrando, de esa manera, directamente en su campo referencial (Mc 4,33s). Con sus historias y parábolas Jesús daba prioridad al terreno de la conducta, de la práctica y la experiencia, en detrimento del terreno de las ideas: en ello residía su fuerza de persuasión8.
Además apelaba directamente al juicio de los propios oyentes a través de preguntas sugeridas en el inicio o en el final de las narrativas9.
Digno de nota es también el hecho de que Jesús había abogado por la multiplicación de los saberes, y esto no sólo entre los hombres, como era normal en su época, mas también entre las mujeres (Mc 15,40-41; Lc 10,38-42: v.39). Pasado el tiempo de un aprendizaje fundamental, sus discípulos eran enviados entre el pueblo para predicar, enseñar y curar (Mc 3,13ss; 6,7ss). Él no defendía el monopolio del saber, como los escribas. Por otro lado, el contenido básico de su enseñanza no pudo haber sido complicado, pues eso superaría el período relativamente corto de formación de sus discípulos. Concluimos de allí que, en el fondo, la novedad del evangelio es un mensaje límpido y cristalino, cuyo mayor problema no radica en la comprensión de su contenido, sino únicamente en las eventuales resistencias para la aceptación de su verdad.
Cuan importante era la formación de los discípulos y del pueblo para Jesús aparece dado por la estadística: el término “Maestro” le es atribuido 45 veces, mientras que el de predicador, ninguna. En cuanto a los verbos correspondientes, 45 veces es empleado “enseñar”, mas solo 11 veces “predicar”. Sintomáticos son también los términos utilizados para designar a sus seguidores y al mensaje de Jesús: sus seguidores son llamados discípulos (mathêtaí10) más de 230 veces en los evangelios y en Hechos; su mensaje es caracterizado como enseñanza 39 veces11.
Entre los cuatro evangelios es, sobretodo, el primero, Mateo, el que más destaca la enseñanza de Jesús. Dentro de su óptica, la tarea confiada por el Cristo resucitado no es otra sino: “Hacer discípulos de todas las naciones... enseñándoles a guardar todas las cosas que os he ordenado”(Mt 28,18-19). Hch 2,42 confirma el cumplimiento de la tarea: “Y perseveraban en la enseñanza de los apóstoles...”
Esta prioridad dada por Jesús al enseñar a sus discípulos y discípulas contrasta con la poca importancia dada a la formación cristiana en muchas iglesias y parroquias, fomentando el clericalismo, pero también, como en el caso de innumerables gobiernos con relación a la educación fundamental y de nivel superior, incentivando la ignorancia y la fácil manipulación del pueblo.
2.2. Apropiación de saberes en las comunidades paulinas
A semejanza de Jesús, también Pablo es polémico contra un tipo de sabios y sabiduría. Contrapone una sabiduría “humana” a una divina. La humana es la sabiduría de los fuertes, para los cuales la debilidad y la cruz no pasan del escándalo y la locura. La divina es la sabiduría de aquellos que consiguen visualizar la presencia divina también en lo que es vil, deshonroso, abandonado, y débil: es la sabiduría de la cruz. Es porque Dios se manifiesta justamente en aquello que es débil, que el apóstol decide predicar a Jesús crucificado (1 Co 1,18-31).
El esfuerzo del apóstol en el sentido de democratizar y socializar el saber en sus comunidades puede ser percibido en lo siguiente:
1. Su trabajo de formación evangélica es esencialmente participativo. Pablo trabaja prioritariamente en equipo. El número de sus colaboradores y colaboradoras sube a más de 40 en sus cartas, incorporados además de otros 12 nombres en Hechos y 10 en las cartas pastorales12.
2. Pablo no acostumbra a dar recetas terminadas a las comunidades. Al contrario, presupone en ellas una madurez para discernir lo cierto y lo errado, conveniente e inconveniente. Confía en que cada cristiano tenga, iluminado por el espíritu divino, el discernimiento para emitir juicios propios y maduros sobre lo que hay que hacer y lo que no (Rm 12,1-2; 14,21-23; 1 Co 11,28-29; 2 Co 13,5; Ga 6,4; Flp 1,9-10; Ef 5,10; 1 Ts 5,21-22; ver también Hb 5,14)13.
3. Para el apóstol, la riqueza de los saberes en la comunidad no es fomentada por los conocimientos particulares de cada individuo, sino que debe ser entendida como un producto y concesión del Espíritu Santo, a través de los carismas concedidos para la construcción de la fraternidad. Es el espíritu que concede su sabiduría a quien le place, lo que impide que sea privatizada por cualquier grupo o élite eclesial (1 Co 12; Rm 12,3ss; Ef 4,11-12).
2.3. Criticidad
Nadie cambia o desea cambiar algo desde la condición de alienado, en tanto no percibe que algo está errado, es injusto o discriminatorio. Para el ejercicio de la ciudadanía es, pues, imprescindible el discernimiento crítico. Éste, a su vez, va a depender de los valores que poseemos y por los cuales estamos dispuestos a vivir y luchar.
La persona cristiana posee una escala de valores encabezada por dos principios fundamentales: a) fidelidad a Dios y confrontación con toda especie de idolatría, y b) amor al prójimo y confrontación con todo lo que pueda ser perjudicial y deshonrar la dignidad que le fue atribuida por Dios (Mc 12,28-34; Rm 13,8-10). El segundo principio se desdobla en varios sub-principios, como defensa de la vida (Mc 3,1-6; Jn 10,10), de la verdad (Jn 18,37), de la igualdad, de la participación, etc. El ejercicio de la ciudadanía en este sentido se manifiesta en una espiritualidad militante, habiendo por un lado tenaces opositores al proyecto de una nueva sociedad solidaria, pero por otro quienes están dispuestos a defenderla por todos los medios, aun al costo de pérdidas, persecuciones y de la propia vida (Mc 9,34-37; Mt 5,10-12).
Este discernimiento crítico aparece prácticamente en cada página del Nuevo Testamento y abraza todas las áreas de la vida. Las riquezas o su acumulación, ampliamente prestigiadas por el orden económico vigente en la época de Jesús, son reveladas como idolatrías (Mt 6,19-21; Lc 12,15-21). El ejercicio del poder, apropiado ya antiguamente por las pequeñas élites más influyentes, es desenmascarado como opresión o dominio tiránico (Mc 10,42). El orden social vigente, con su distancia clara entre maestros y discípulos, padres e hijos, guías y seguidores, es relativizado: “El mayor entre vosotros será el que sirve” (Mt 23,8-13); la práctica de la religión es criticada, pues se basaba más en sacrificios que en misericordia y tendía a ser más carismática y menos fraterna (Mt 9,13; 12,7; 21; 12-13; 23,23; 7,21-23; 1 Co 12-13). A los ojos de Cristo y de los cristianos, no son únicamente algunos sectores y esferas de la vida los que son vistos desde otra perspectiva a través de la fe, sino todo el sistema reinante. Para presentar esta radiografía crítica al sistema como totalidad, Jesús se maneja en términos de generación mala y adúltera, Juan nos habla de mundo y Pablo de mundo o presente siglo14. Según Ga 1,4 Cristo “se entregó por nuestros pecados a fin de librarnos de este mundo malo”. Y 1 Jn 2,15-16 afirma: “No améis el mundo... porque todo lo que hay en el mundo, la concupiscencia de carne, la concupiscencia de los ojos y el orgullo de las riquezas, no procede del Padre”. A la luz de la revelación de Dios, el “mundo” es revelado como malo y corrupto ( Jn 3,19-21), que mantiene prisionera la verdad en la injusticia (Rm 1,18). Y engaña a las personas con una falsa paz y seguridad, destinadas a la rápida destrucción (1 Ts 5,3). Ante este sistema a tal punto deformado, lo que más necesario se hace es el testimonio de la verdad (Jn 18,37).
Ejercitar la ciudadanía es aprender a ver el mundo en su realidad desnuda y cruda por los ojos de la fe, sin ilusionarse con apariencias y maquillajes de supuestos benefactores (Lc 22,25), perder ingenuidades y, entonces sí, proclamar la verdad. Vivir la ciudadanía es realizar una radiografía del mundo con los rayos de la solidaridad de Cristo. Sólo así estaremos habilitados para una práctica solidaria eficaz, que escogerá con mucho cuidado compañeros y compañeras y que renunciará a las alianzas baratas con cualquier grupo, partidos políticos y gobiernos.
2.4. El pensamiento alternativo - ¿Cómo modificar las ideas?
El ejercicio de la ciudadanía evangélica no es sólo difícil en virtud de una serie de hábitos y costumbres adquiridas y de los cuales tenemos dificultades naturales para desprendernos, sino también por una determinada forma de pensar y por ciertos juicios de valor profundamente arraigados en las mentes y en los raciocinios de cada uno, formando una serie de preconceptos e ideas con las cuales defendemos nuestras propias opiniones y rotulamos principalmente la manera de pensar de otros. En verdad, nuestras mentes están, en su mayoría, prisioneras de un cautiverio profundamente seductor, pero extremadamente alienante e interesado, representado por los medios de comunicación y, por extensión, por los intereses e ideas que defienden. Los medios de comunicación de masa son los instrumentos más eficaces para modelar las cabezas y distorsionar las verdades. Representan, con certeza, la forma más difundida y perjudicial de posesión del mundo moderno.
Según Pablo, la voluntad de Dios, no se descubre o discierne con una “cabeza vieja”; es preciso renovar la mente (Rm 12,2), ya que ésta puede ser corrompida “apartándose de la sincera fidelidad a Cristo” (2 Co 11,3). Sin renovación de entendimiento no se crea una humanidad nueva (Ef 4,17-24). ¿Cómo hacer para que nuestra mente no sea corrompida, y nuestros juicios no sean instrumentalizados por intereses ajenos al evangelio?
El mayor servicio que puede ser prestado actualmente a una ciudadanía que no quiera ser manipulada e instrumentalizada por intereses ajenos al evangelio es fomentar el acceso a una información alternativa. Este acceso puede ser divulgado a través de buenos programas de radio y televisión (sobretodo de debates, por el alto grado de información que acarrean), de notas o revistas críticas, de conferencias y discusiones públicas, etc. Existen algunas reglas relativamente simples para evitar juicios manipulados e inconsistentes. Frente a ciertos hechos ambivalentes, el juicio más ponderado será generalmente aquel que procura:
o escuchar todas las voces y facetas del acontecimiento;
o realizar un análisis de coyuntura;
o no dejarse llevar por las simpatías;
o conocer la realidad personalmente;
o someter los hechos a un juicio de valores cristianos;
o adquirir el mejor grado de información posible al respecto15.
La “mente de Cristo” deberá estar también en condiciones de evaluar en profundidad las imágenes vinculadas por los medios de comunicación de los gobernantes, políticos en general y demás personas de renombre o proyección económica y social. El marketing elaborado por tales personas puede ser extremadamente engañoso. En los tiempos de Cristo se maquinaban intenciones ilegítimas como actos de piedad o beneficencia (Mt 6,1-5.16; 23,25-26.27-31; Mc 12,40; Lc 22,25). Actualmente a través de los medios, ciertos índices de rechazo o repudio a una persona pueden ser fácilmente revertidos a través de un buen marketing. Los medios engañosos o inciertos usados para ello poco interesan. Lo importante es lo que otros van a pensar de la persona, no lo que ella efectivamente es. Lo importante es aquello que otros piensan que quiere hacer, no lo que efectivamente realizará. Por eso el marketing no pasa muchas veces de un maquillaje barato que no resiste el juicio crítico. Para estos casos continua vigente el llamado de atención de Cristo, que nos enseña a no juzgar desde las intenciones declaradas sino desde los frutos efectivamente obtenidos: “Por sus frutos los conoceréis” (Mt 7,20). También es necesario tomar en cuenta que un marketing auténticamente cristiano se orientará siempre por el grado de servicio al prójimo por parte de personas, instituciones o gobiernos, y no simplemente por su mayor o menor aceptación social o popular (Mc 10, 43-45)16.
2.5. Ser ciudadano y participar en la construcción de lo nuevo.
La palabra participación no tiene hoy la fuerza que tuvo en años anteriores. La prioridad actualmente está más en lo individual y subjetivo, fomentados por el post-modernismo. Cuando el asunto es la ciudadanía, sin embargo, la participación asume una importancia decisiva, pues donde no hay participación en la construcción de una nueva sociedad, esta tarea es delegada a terceros que, fácilmente, son instrumentalizados por intereses ajenos al evangelio. El resultado es que no se construye una nueva sociedad, sino que se afirma la vieja sociedad excluyente y opresora.
En las iglesias y comunidades la participación es señal de la presencia y actuación del Espíritu entre los cristianos. El espíritu da a cada persona dones para que, a través de los mismos, contribuya en la construcción del cuerpo de Cristo. Como los dones son plurales, cada persona tiene, en principio, la oportunidad de realizar algo en beneficio comunitario. Basta que se le dé el espacio y ocasión. La gran ventaja de tal participación “carismática” en la iglesia es que la actuación de los dones evita el clericalismo y favorece el potencial evangelizador de laicos y laicas. Donde se ahogan los carismas, la vida intraeclesiástica tiende a la rigidez y falta de alegría. Donde hay espacios para que el Espíritu pueda actuar con libertad, “se muestran distintos carismas, aflora la creatividad (...), las personas se sienten efectivamente miembros y no meros feligreses de sus comunidades, se propicia un espacio para la realización religiosa de todos con sus distintas capacidades...”17.
Tal como en la iglesia, también en la esfera pública hay una pluralidad de espacios y oportunidades para que los cristianos pongan al servicio de Dios y del prójimo todo su potencial de habilidades, experiencias y conocimiento. Los espacios son las ONGs, los movimientos populares, los consejos ciudadanos y de barrios, los órganos o entidades de defensa al consumidor, de drogadictos, de prostitutas, de niños de la calle, la militancia en partidos políticos, etc. El ejemplo vivido por Cristo reclama de todos una participación responsable en la construcción de una sociedad fraterna y justa. Es prácticamente consensual actualmente que tal participación no se puede restringir meramente al voto dado para que ciertas personas nos representen junto a los poderes constitucionales existentes. Participación significa mucho más. Es comprometerse directamente con la construcción de una vida social respetuosa y justa en la ciudad, en el barrio y en la calle en que, efectivamente, vivimos y trabajamos. Cristo no habrá de preguntarnos únicamente por lo que hicieron por los pobres y hambrientos los representantes electos por nosotros. Él procurará saber mucho más, si nosotros mismos hemos sabido acoger y defender a quienes no tienen que comer, vestir, beber, son forasteros o presos (Mt 25,31-46).
La transformación de personas individualistas y meramente espectadoras, en ciudadanos participantes en los procesos de transformación social suele ser penosa y, a veces, llena de obstáculos. La experiencia de Jesús es esclarecedora. Uno de los medios usados por él para provocar el cambio de prácticas, la conversión, fue la enseñanza. Cuando iba dirigida a los adversarios, nunca provocaba transformación; al contrario, los endurecía más (Mc 2,1-3,6; 11-12). Cuando iba dirigida a los discípulos y las multitudes, provocaba la admiración (Mc 1,22), pero no necesariamente un cambio. Ello sólo ocurría en la medida en que las personas estaban dispuestas a asumir pérdidas y estaban predispuestas a ciertas renuncias (Mc 8,34-37; 10,28-30).
El otro medio usado por Jesús fue el de las prácticas concretas, como las curaciones, el discipulado de igualdad entre hombres y mujeres (Mc 3,13-19; 6,7-13; 15,40-41), la comensalidad abierta entre publicanos y pecadores (Mc 2,15-17; Lc 15,1-2), las multiplicaciones de panes (Mc 6,35ss y 8,1-8), entre otras. También en estos casos los resultados se muestran ambivalentes. Las curaciones que, en la expectativa de Jesús, deberían llevar a la conversión, podían ser “consumidas” de forma interesada y falta de compromiso (Mt 11,20-24 y Lc 17,11-19). El valor de la repartición en la multiplicación de los panes, verdadero ejemplo de cómo repartir lo poco que se tiene, podría ser fácilmente olvidado (Mc 8, 17-22). También en estos casos se puede ver que una nueva práctica, por sí sola, no tiene un poder transformador automático. La conversión implica la renuncia a hábitos y convicciones fuertemente arraigados por años o décadas, lo que de por sí implica un proceso difícil y doloroso. Pero aún más, es necesario ir mas allá, y procurar romper las barreras socialmente erigidas, derrumbar los muros de separación creados entre hombres y mujeres, ricos y pobres, negros y blancos, gobernantes y gobernados. Así, rompiendo fronteras seculares y juntando lo que siempre se mantuvo a distancia y por la separación, los cristianos pervierten el sistema, provocan el desagrado y la persecución18. Y es justamente en este momento cuando se decide o no la opción por la ciudadanía evangélica. Es el momento en que nuestro amor y compromiso con la justicia y verdad no sustentan más los amiguismos baratos.
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Traducido por: Irene Míguez y Néstor Míguez
Notas
1 P. Demo, Cidadania tutelada e cidadania assistida, p. 1-2.
2 P. Demo, op.cit., pp. 6 y 38
3 P. Demo, op. cit., pp. 6-7 y 38.
4 P. Demo, op.cit., p.33ss.
5 E. W.Stegemann, Urchrisliche sozialgeschichte. Stuttgart, Kohlhammer, 1995, pp.88-93; J. L. Segundo, El hombre de hoy ante Jesús de Nazaret, II/1, pp.176ss.
6 G. Theissen y A. Mertz, Der historische Jesus. Göttingen, Vandenhoeck & Ruprecht, 1996, pp.345-349.
7 E. Hoornaert, A memória do povo cristäo. Petrópolis, Vozes, 1986, pp.50ss y J. Comblin, Paulo, apóstolo de Jesus Cristo. Petrópolis, Vozes, 1993, pp.54ss
8 J. Dupont, Por que parábolas? O método parabólico de Jesus. Petrópolis, Vozes, 1980, pp.13s.
9 Mt 18,33; 20,15; 21,28; Mc 12,9; Lc 7,42; 10,36; 18,7, entre otros.
10En singular, mathêtês (discípulo, aprendiz) tiene como verbo correspondiente el griego manthánô = aprender.
11 J. M. Price. A pedagogia de Jesus, 4ta edición. Río de Janeiro, JUERP, 1983, pp.15s. El autor llama la atención a la designación errónea de “Sermón del monte” cuando, en verdad, Mateo no hace referencia sino a la enseñanza: “Y él se puso a enseñarles diciendo...” (Mt 5,2).
12 Nélio Schneider, ‘Exerçam a cidadania de modo digno do evangelho de Cristo’: O evangelho na cidade”, en O. Bobsin (ed.), Desafios urbanos à igreja. Estudos de casos. São Leopoldo: Sinodal, 1995, pp.18s y el estuduo de W.-H. Ollrog, Paulus und seine Mitarbeiter - Untersuchungen zu Theorie und Praxis der paulinischen Mission. Neukirchen-Vluyn, Neukirchener Verlag, 1979.
13 J. M. Castillo, O discernimento cristão. São Paulo, Paulinas, 1989, pp.57ss.
14 Mt 12,39.45; 16,4; 17,17/ Lc 9,41; Mc 8,38; Jn 7,7.19; 8,37.40.44; 1 Jn 2,9.11.16; 3,15.17; Rm 12,2; 1 Co 2,6-8; 2 Co 4,3-4; Ga 1,4; Ef 2, 2-3, etc.
15 C. H. Lindner, Cidadania. Faça a sua parte. São Leopoldo, Sinodal, 1999, pp.54-56.
16 Caio Fábio, analizando la ambigüedad proporcionada por la imagen de Cristo, constata: “el problema de la iglesia ocurre cuando el grupo con las características de aquellos que antes odiaban a Jesús comienza a aplaudir a la iglesia hoy; mientras que el grupo que amaba a Jesús en aquellos días comienza a repudiar la iglesia hoy”. Igreja, crescimento integral. Niterói, Vinde Comunicações, 1995, p.109.
17 L. Boff, Igreja, carisma e poder, 3ra edición. Petrópolis, Vozes, 1982, p.239.
18 J. M. Castillo, O discernimento cristão. São Paulo, Paulinas, 1989, p.201: “La actuación de Jesús no tiene simplemente el sentido de hacer el bien, porque esto no irrita a nadie ni provoca ningún tipo de persecución. Jesús rompía con tradiciones, violaba normas, derrumbaba muros de separación. Y esto era lo que no se podía tolerar. Porque la sociedad y el sistema establecido están dispuestos a hacer todo el bien que se quiera, en tanto que cada uno permanezca en su lugar, o mejor, en tanto que se continúen manteniendo las diferencias y las distancias que tornan imposible la solidaridad”. |