El juego de la participación cívica
Niños, tomates y cacerolas en la Biblia
y en Promisión
Nancy Cardoso Pereira
Resumen
Los textos de milagros en el ciclo de Eliseo (2 Re 2-13) presentan una colección de relatos de la vida cotidiana, de modo especial, historias de mujeres y niños, hombres y comunidades luchando por la vida. Milagros que son los ejercicios cotidianos para sobrevivir. La religiosidad popular que se expresa en los relatos de milagros en la vida cotidiana refleja análisis de coyuntura y conocimiento de causa, está inundada de una sabiduría que surge del trabajo por la sobrevivencia, está marcada por una mística que experimenta lo más sobrenatural en lo más natural. Lo más sagrado en lo más humano.
Abstract
The miracle texts of the Elishah cycle (2 Kings 3-13) present a collection of narratives of daily life, specially stories of women and children, men and communities struggling for life. Miracles are daily exercises in survival. The popular religiosity which is expressed in the everyday miracle stories exudes a situational analysis and knowledge of causes, is soaked through with a wisdom that comes from working to survive, is market by a mysticism that experiences what is most supernatural in that which is most natural. The most sacred in the most human.
En un juego con los niños de CAPAJOTA (Cooperativa Padre Josimo Tavares) entendí lo que estudiaba en el ciclo de milagros del profeta Eliseo. Mirar los cuerpos en movimiento. Escuchar las relaciones de las relaciones entre las personas y las cosas. Así fue:
Hacía calor. La tierra colorada y caliente se pegaba en los niños como segunda piel. Pieles coloradas. Algunos (de 10-11 años) nacidos todavía en el tiempo del campamento, al lado de la ruta, debajo de una lona negra. Otros menores, hijos e hijas del asentamiento, nacidos y criados allí, en el asentamiento de Promissão, en el interior de San Pablo. Son 10 años de lucha y de aprender juegos nuevos.
“¿A qué vamos a jugar? —pregunté.
De por allí un pequeño respondió: “Vamos a hacer que somos invernaderos!” Pedazos de plástico utilizados en los invernaderos de la Cooperativa desparramados por el lugar daban el motivo y la oportunidad. De allá lejos, los 15 invernaderos desviaron la mirada de las plantas que llevan dentro para entregarse al juego.
Entusiasmada, agarro un pedazo de plástico y digo: “¡Bien! Vamos a hacer que somos invernaderos”.
“¡No!” —dijo un pequeño con autoridad reconocida por los otros niños. “Primero hay que hacer una reunión”. Todos estuvieron de acuerdo, dejándome de lado y con el plástico en la mano mientras buscaban un lugar para hacer la reunión.
“Debajo del árbol ya hay un banquito” - dijo una pequeña conocedora de las ruedas de charlas y sus penumbras.
“Cada uno tiene que decir qué va a plantar” - dice alguien. Charla va y charla viene. Alguna dispersión. Y la decisión: “¡Tomates y zapallitos!”
“Hecha la reunión... vamos al trabajo” —pensaba yo cuando otro pequeño dice: “Ahora hay que ir a la ciudad. En camión”.
De nuevo yo me perdía —y los invernaderos, a la distancia se divertían. “¿Que hay que hacer?” —pregunto, porque de verdad no sé. Y la respuesta viene clara y obvia: “Ir al banco para conseguir el dinero para hacer los invernaderos. Vamos en camión”— insistía el muchachito, ya asumiendo el puesto de chofer en el sube y baja; disputado por la pequeña líder de la reunión; mientras todo el grupo se iba acomodando por ahí. Y yo también.
En ese momento la pequeña dice: “Yo no voy”. El grupo insistió: “Todo el mundo tiene que ir”. Era una acción colectiva, acordada en una reunión. “Pero yo no voy” —afirmó la pequeña. “Todo el mundo tiene que hacer alguna cosa”— resumió el chofer apurado, camión en marcha. “Entonces yo me quedo para hacer la comida. Voy a preparar una picadita y refresco” —concluyó la pequeña juntando una cacerola y algunos tarritos.
Y allá fuimos nosotros montados en el sube y baja, animados y organizados. Sabíamos que a la vuelta haríamos una fiesta con una picadita y refresco.
El juego se fue modificando. Formamos grupos. Extendimos los plásticos —a esta altura, después de días de ocupación del Banco, el financiamiento había salido. Hileras de yuyitos estaban siendo nuestros zapallitos y tomates. Hasta que pasó un pequeño en bicicleta y dice no sé qué... y el grupo se dispersó. Fútbol, tal vez. O nadar no sé donde. Las pequeñas rezongaron. Resolvimos jugar que éramos piedritas.
¿Yo? Colorada de tierra y feliz. Aprendí el juego. Hacer teatro en el medio de la calle. Benditos los cuerpos de pequeños y pequeñas que mantienen el ritmo de la vida, de la lucha y del placer.
De allá lejos, los invernaderos decían: Amén.
Entre puertas y cacerolas, hierbas, tiempos, aguas: los cuerpos. Atravesados por el hambre, por deudas y esclavitud, esterilidad y muerte, trabajo alienado y enfermedad.
Son cuerpos que gritan, exigen, llaman la atención, exclaman, reclaman, denuncian, imploran. Estornudos. Sonidos de cuerpos en la lucha cotidiana por la vida.
Cuerpos que se mueven de prisa y con precisión. Gestos armónicos e improvisados. Tensos e intensos. Repetidos. Cuerpos con ritmo: jugar, traer, llenar, derramar, cerrar, entrar, acostarse, andar, lanzar, cortar, cerrar de nuevo, entrar de nuevo, dar, cortar, repartir. Ritmos de todo el día re-inventando los ritmos primordiales.
Acostados. Mojados. Hambrientos. Satisfechos. Asustados. Lavados. Doloridos. Moribundos. Parados. Apresados. Frustrados. Muertos. Esperanzados cuerpos que experimentan el milagro en las relaciones entre las personas, la naturaleza y las cosas. Vivos. Cotidianamente resucitados.
Las manos. Los ojos. La boca. La cabeza. Los brazos. Rodillas. El cuerpo todo: ¡ahí está el milagro! Cuerpo de niño y niña. Cuerpo de mujer, de mujeres. Cuerpo de hombres. Cuerpos individuales y colectivos. Los relatos de milagros en lo cotidiano del ciclo de Eliseo hacen la memoria de lo sagrado en los cuerpos.
A partir de estos cuerpos y sus relaciones sería posible desarrollar una lectura socio-económica preciosa que ya viene siendo hecha1. Teniendo estas lecturas como horizonte y presupuesto, interesa ver y leer los cuerpos como manojo de relaciones de lo sagrado en lo cotidiano. Si estos textos van a ser leídos como profecía, es preciso hacer de los cuerpos y sus relaciones no solamente elementos secundarios de un sistema superior a ser analizado. Interesa dar prioridad al cuerpo mismo como lugar de producciones materiales y simbólicas.
Lo que marca la experiencia de los cuerpos en los relatos de milagros es la ausencia. Son cuerpos separados, distanciados de las cosas necesarias para mantener la vida: falta alimento, agua, salud, instrumento de trabajo. Vida. Estas ausencias amenazan los cuerpos física y simbólicamente.
Hay estructuras políticas y económicas que podrían ser indicadas como causantes y responsables de los procesos de ausencia. Más que a una situación aislada, cada relato remite a una experiencia colectiva de falta, de sobrevivencia amenazada. Pero la memoria insiste en contar las situaciones aisladas, construyendo un mosaico de situaciones particulares que, asociadas y encadenadas, se elevan como denuncia de las políticas y de las estructuras.
El modo como los relatos son construidos participa de los contenidos y de la trama: una crisis / clamor / crisis en la resolución de la crisis / acción / resolución. Los cuerpos en relación van pasando por este esquema narrativo componiendo la doble situación de ausencia: una crisis de las condiciones de vida y una crisis de los mecanismos de resolución y resistencia. La motivación va a ser siempre inmediata: resolver una problemática que se presenta y que no puede esperar por elucubraciones sistemáticas, denuncias elaboradas, discursos inflamados. La situación demanda una intervención inmediata en la vida cotidiana y sus relaciones tratando de recuperar los procedimientos, rituales y prácticas que puedan garantizar la superación de las situaciones de amenaza y muerte.
Tales rituales y prácticas religiosas que se van asimilando, colocan los cuerpos en relación con objetos y elementos de la naturaleza. Las cacerolas, el agua, la sal, la harina, la puerta, el plato, la cama, el pan ... cada uno de estos elementos se va a relacionar, va a trazar trayectorias, reubicarse, aproximarse a los cuerpos con movimientos que precisan ser intensos y repetidos, creando ritmo, una frecuencia que recupera el ritmo vital del cuerpo mismo. Son los mismos gestos de cada día pero, visitados por la intencionalidad del milagro, van a ser exagerados, intensificados y repetidos. El cuerpo asocia y organiza las cosas en su relación. El cuerpo recibe y distribuye los objetos y los elementos colocándolos en estructuras simbólicas eficientes. El cuerpo participa de las cosas, interactúa con ellas haciendo de los gestos de la vida cotidiana, liturgias antiquísimas. Tal interacción es también un proceso de producción y socialización del conocimiento: el arte de colocar sal en el plato nuevo, el comentario repetido de haber quedado embarazada, la harina que mata el veneno, el compartir que garantiza la saciedad, el siete y el tres que no pueden faltar, las puertas cerradas, la vara en el agua.
Son prescripciones simples que traducen un cúmulo de sabiduría en los cuerpos, un conocimiento de las cosas y sus propiedades, un saber del poder que se esconde en la naturaleza y sus elementos; un saber que conoce la forma redondeada de la cacerola y su proceso lento de realizarse así en la intersección del sagrado cuerpo de la diosa que acoge el sagrado alimento en el centro del mundo, dentro de la vasija.
El cuerpo es esta posición de verticalidad y circularidad. En su temporalidad y ubicación espacial, es el cuerpo el que conoce y viabiliza la comprensión de otra persona y la comprensión del mundo. Comprensión y expresión, el cuerpo es más que biología o una máquina: es lenguaje encarnado de significados y vivencia de relaciones. Es un espacio topológico y no geométrico, porque es el cuerpo que rellena y califica el tiempo (mucho, poco...) y el espacio (dentro, fuera, lejos, cerca...). Lugar de revelación: sagrado.
“Sobre el respeto por el cuerpo. Es posible constituir una ética sobre el respeto por las actividades del cuerpo: comer, beber, orinar, defecar, dormir, hacer el amor, hablar, escuchar, etc. (...) Obligar a alguien a vivir con la cabeza inclinada hacia abajo es una forma de tortura intolerable (...) Podríamos hacer una relectura de toda la historia de la ética bajo el ángulo de los derechos de los cuerpos, y de las relaciones de nuestro cuerpo con el mundo”2.
De mujeres y niños
La simultaneidad de relaciones de los cuerpos no puede esconder la particularidad de la relación, es decir, los cuerpos no existen como algo genérico o reducción a una categoría. Cada cuerpo es sólo ése y tiene marcas de individualidad inalienables: género, etnia, generación, clase social y otras situaciones concretas de tiempo, de espacio, de modalidad y habilidad corporal, física y mental. Tales marcas son una combinación de biología y cultura, de necesidad y posibilidad, de trayectoria y opción.
En los relatos de milagros los cuerpos son bien presentados, revelan y explicitan sus individualidades en el intercambio de relaciones entre personas y cosas. De modo especial los cuerpos de mujeres y niños. Son únicos, son individuos, no se presentan en el medio de un grupo, sino que se levantan erguidos en medio de las comunidades con sus cuerpos:
1. una mujer, viuda, endeudada y con dos hijos amenazados de convertirse en esclavos (2 Re 4,1-7). Es esta mujer la que va a reunir y distribuir las acciones y relaciones que se realizan en el milagro. El cuerpo que grita, el cuerpo que argumenta. El cuerpo que verifica las condiciones. El cuerpo de madre y mujer que se asocia con los cuerpos de los hijos en una liturgia lenta de buscar y traer, cerrar y abrir, entrar y salir, derramar y llenar. La acción de la mujer es intensa, trasvasa su cuerpo en otros cuerpos en el trasvasamiento de las vasijas que fueron cedidas por otros cuerpos, el vecindario.
Y los cuerpos de los pequeños: amenazados de esclavitud como forma de pagarse la deuda; el cuerpo del pequeño aquí tiene valor de mercadería, es algo para venderse. En la orientación del ritual del milagro, los pequeños van a realizar el tránsito entre la casa de la madre y las casas del vecindario en un lleva y trae frenético y repetido, puertas cerradas, vasijas llenas. Todo este ritmo va resignificando los cuerpos de los pequeños. Dejan de ser mercadería para asumir el lugar sagrado y ritualizado del milagro. Los gestos, el ir y venir, las relaciones con la madre y el vecindario, el toque intenso de las vasijas, buscar y traer, de nuevo y otra vez ... esta dinámica resignifica los cuerpos de los pequeños, como si tal ritmo los hubiese insertado en un ritmo primordial que garantiza la integridad del cuerpo.
2. otra mujer y un pequeño (2 Re 4,8-37). El cuerpo de la sunamita no tiene ausencia de nada. No tiene hijos y no reclama por eso. Se afirma como plena en medio de su gente. Es Eliseo el que va a intentar descifrar sus deseos, las ausencias en su cuerpo de mujer. Es a partir del embarazo y del hijo como la sunamita va a conocer la desesperación y la crisis que no conocía. No se trataba solamente de tener niños, garantizar la fertilidad, sino que la crisis se encontraba también en la posibilidad real de cuidar de esos niños, garantizar la sobrevivencia de ellos.
La relación de la sunamita con el hombre, su marido, es muy distante y discreta en el texto. Él no participa de sus decisiones y acciones ... ni en la hora de cuidar del hijo enfermo: “Llévalo a su madre”(v.19). Es un empleado que lleva al pequeño a la madre. Ella coloca al pequeño enfermo en la falda, lo sienta en sus rodillas hasta que muere.
“Pietà” anticipada y remotísima, la sunamita que acogió aquel hijo en su interior para traerlo a la vida, ahora lo acoge por afuera íntimamente y comparte su dolor hasta la muerte. A partir de este momento el cuerpo de la sunamita va a acelerarse y asumir una agilidad y una precisión (¡de ‘ser precisa’ y de ‘precisar’!) impresionantes. Ella se empeña en una danza que envuelve el cuerpo del hijo y el suyo: sube y acuesta el cuerpo del pequeño en la cama del cuarto del hombre de Dios; cierra la puerta (la misma puerta que un día participó del encantamiento de la fertilidad).
Organiza empleados, marido y animales para ir en busca de aquello que ella imagina ser la solución: va tras Eliseo a exigirle que continúe garantizando la integridad y la vida del pequeño. Ella, que no había pedido nada, ahora va a recorrer distancias, organizar estrategias y exigir lo que sea necesario. Acompañada por uno de sus empleados, no se va a contentar con mandar un recado o mensaje; lo que quiere es un encuentro directo con Eliseo. Tampoco acepta la mediación de Guejazí, siervo de Eliseo. La exigencia de la sunamita es la presencia de Eliseo junto a su hijo. Ni recados, ni objetos mágicos. Ella quiere el cuerpo del hombre de Dios junto al cuerpo de su hijo recreando el encantamiento en la puerta: Eliseo, la sunamita y el hijo. “Tan cierto como vive el Señor y vive tu alma que no te dejaré. Entonces él se levantó y la siguió” (v.30). ¡Ahí está el milagro!
3. una pequeña esclava (2 Re 5). Lo que era una amenaza para los dos pequeños hijos de la viuda es una realidad para la pequeña anónima del relato sobre la cura de Naamán. El cuerpo de esa pequeña ya había sido convertido en mercadería. En una de las guerras de Siria contra Israel, va a ser llevada como prisionera y será colocada como sierva al servicio de la mujer de Naamán. Prisionera de guerra, sometida al trabajo esclavo, experimentando la dominación también étnica, este cuerpo de pequeña reúne todas las perversiones coyunturales y estructurales.
Pero va a ser esta pequeña quien va a desencadenar el milagro: ¡Ahí está el milagro!
Dentro de relaciones tan desiguales la pequeña habla, su cuerpo alienado todavía es capaz de dar testimonio y hacer memoria de su tierra, de su gente y sus milagros: “Ojalá mi señor estuviese delante del profeta que está en Samaria; él le curaría de su lepra”(v.3).
La pequeña habla con la mujer, quien habla con el marido, quien habla con su rey, quien escribe al rey de Samaria, quien se comunica con Eliseo. En el intrincado y jerarquizado mundo de las relaciones políticas, la voz de la pequeña esclava comanda una sucesión de iniciativas que va a viabilizar el milagro de la cura de Naamán.
El texto no cuenta sobre la pequeña a la vuelta de Naamán curado. Su cuerpo y su voz de pequeña esclava quedan en suspenso: ¿el milagro habría sido también capaz de rescatarla de su situación de sumisión y distancia?
Sobre los hombres
Aparecen en los relatos en forma de grupos. Son grupos de hombres que se relacionan entre sí y con Eliseo. Igual que en el caso de Naamán (2 Re 5), del hombre que pierde el instrumento de trabajo (2 Re 6), se presentan de modo organizado, llevando la investigación a identificarlos muchas veces con los hijos de los profetas, como comunidades de discípulos.
De cierto modo se podría decir que los relatos acerca de mujeres las presentan como protagonistas del milagro, es decir, son ellas las que, a partir de una situación de crisis, entran en relación con Eliseo y desarrollan (con sus cuerpos) los rituales y procedimientos. Los relatos que se refieren a los grupos de hombres los presentan en cierta forma pasiva: ellos van a participar de los procedimientos pero no van a protagonizarlos.
Los cuerpos masculinos (en los relatos) son cuerpos marcados por ausencias: agua podrida, hambre, comida venenosa, enfermedad, pérdida del instrumento de trabajo, y muerte. Participan de las acciones algunas veces como representantes de la comunidad (2 Re 2,19-22 y 2 Re 6) o como elemento de contradicción en el desarrollo de los procedimientos:
* Guejazí (2 Re 4 y 5) es presentado como un discípulo-mediador funesto y sin la debida conciencia de los procesos;
* el muchacho que junta hierbas venenosas (2 Re 4,38-41), participa de forma negativa en la tentativa de conseguir alimento, exigiendo un segundo procedimiento de parte de Eliseo;
* Naamán se comporta de modo arrogante e incrédulo, teniendo que ser disuadido por los siervos para cumplir las prescripciones de Eliseo.
Sería posible ubicarlos como participantes de los milagros pero no como protagonistas. Esta presencia cualitativamente distinta de hombres y mujeres en los relatos de milagros tal vez revele un matiz importante de la religiosidad en los milagros: las mujeres estarían más próximas y más involucradas en las prácticas de magia: “La religiosidad de la clase baja con menos desarrollo intelectual, tiene mayor probabilidad de identificarse con la magia, el pacifismo y la participación femenina”3.
Establecer el cuerpo como lugar de revelación significa decir también que lo sagrado permea las relaciones sociales estructuradas; las expresiones y prácticas religiosas se alimentan de esas relaciones sociales (género, clase, etnia, generación, ecología) en una dinámica de interacción, exclusión y socialización.
Para Rubem Alves la distinción es clara: los que detentan los aparatos de poder y política pueden organizarse en una religión de amor al poder en tanto que los pobres sólo poseen el poder del amor: la magia.
“Nuestros cuerpos son diferentes. Y, por esto mismo, nuestras formas de pensar, nuestras nociones de los límites entre lo posible y lo imposible. Será necesario que la enfermedad incurable se aloje en nuestros cuerpos o en los cuerpos de nuestros hijos para que en nosotros despierten los magos, los hechiceros, aquellos que hacen milagros”4.
¡Ahí está el milagro!
Los relatos de milagros son ejercicios intensos y rápidos. Los gestos son repetidos y marcados por una insistencia que exige de las personas participación, compromiso personal y comunitario. A la mujer viuda (2 Re 4,1-7) Eliseo pide que le muestre la casa, que pida intensamente, muchas, no pocas, vasijas, a todo el vecindario. La mujer derrama con intensidad el contenido de una vasija en otra. Los hijos se movilizan. El milagro acontece. La mujer, los hijos y el vecindario estuvieron auto-implicados. Se auto-implicaron. ¡Ahí está el milagro! Más que eso ... las vasijas y jarras de todo el vecindario ampliaron su alcance y pasaron a recoger toda la posibilidad de vida existente en la comunidad. Mediadoras de la prisa, mediadoras del vacío que se llena ... las vasijas aproximan a la comunidad lo sagrado remoto que habita en el fondo de las cerámicas.
Los relatos de milagros en lo cotidiano en el ciclo de Eliseo son representaciones de prácticas religiosas/simbólicas de segmentos populares en el Israel del siglo IX a.C. Son prácticas que producen sentido para la vida personal, comunitaria y colectiva. Son políticas sin dejar de ser religión. Son políticas también porque son relatos de compromiso, solidaridad, participación, complicidad ... distintas formas de auto-implicación. Pasión y prisa.
Cacerolas. Hierbas. Baños. Harina. Plato. Números. Cuerpos. Puertas.
Señales y ritmos que perduran. Están en los textos indicando un itinerario posible para el reencuentro de la religión popular, o una de las expresiones de ella. Moldeadas por las intenciones reformistas del estado y del culto, esta expresión de la religiosidad popular crea condiciones reales y simbólicas de resistencia. Derrotadas pero siempre presentes. Invisibles pero persistentes. Subordinadas pero desobedientes. Domadas pero sobrevivientes. Subordinadas por la palabra pero resucitadas en las prácticas autónomas y recreadoras de las comunidades de mujeres, niños y hombres que viven una vida cotidiana sagrada y una religión sin nombre.
“Gracias a Dios llovió en el desierto. Gracias a Dios el maíz brotó. Gracias a Dios el ganado no murió. Gracias a Dios estoy curada. Dios como lluvia, maíz, ganado vivo, sanidad ... Dios como limosna, ayuda, pan. Dios pidiendo en mí, que pide en los otros/as. Dios comida. Dios carencia, sin omnipotencia ni ciencia ... Dios como trabajo, casa, compañero ... quiebra mi soledad, grita conmigo, suspira conmigo, busca conmigo”5.
Ahí está el milagro: ¡Dios está con nosotros !
Nancy Cardoso Pereira
rua João Antônio Ruggia 323
Vila Monteiro
Piracicaba/SP
13416-147
Brasil
Traducido por:Samuel Almada
Notas
1 Cf. S. Nakanose, Josiah’s Passover, Sociology & Liberating Bible. Orbis Books, Maryknoll, New York, 1993; F. Orofino, “Contigo yo golpearé al caballo y al caballero, al carro y al conductor”, en RIBLA n. 4 (1989) 37-45; A. Winters, “Una vasija de aceite: mujer, deudas y comunidad (II Reyes 4:1-7)”, en RIBLA n. 14 (1993) 53-59; R. Coote, Elijah and Elisha in Socioliterary Perspective. Scholars Press, Atlanta, 1992.
2 Umberto Eco, Entrevista en la Folha de São Paulo, cuaderno 6, 3 de abril de 1994. p.7.
3 Victória Lee Erickson, Onde fala o silêncio. Paulinas, São Paulo, 1997, p.124.
4 R. Alves, Variações sobre a vida e a morte. Paulinas, São Paulo, 1982, p.69.
5 Ivone Gebara, Teologia ecofeminista. Olho D’Água, São Paulo, p.124.
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