El amor es una saeta enviada por la bondad
Las meditaciones de Teresa de Ávila sobre el amor de Dios en el Cantar de los Cantares
A Rita Mara
Jorge Luis Rodríguez Gutiérrez
Resumen
Este artículo presenta la vida de Teresa de Ávila y comenta algunas meditaciones de Teresa sobre el Cantar de los Cantares (principalmente 1,1; 1,2; 2,3; 2,4; y 2,6; y de una manera secundaria los textos de 1,15; 2,3-4; 4,7; 6,2; 6,9 y 8,5). En la propia selección está presente la teología e intención de Teresa. Ella escogió textos de gran erotismo. Esta es una prueba más para las antiguas relaciones entre el amor místico y el erótico y reafirma la constatación de que algunos místicos (entre ellos Orígenes, Bernardo de Claraval, Juan de La Cruz y la propia Teresa) fueron grandes lectores, estudiosos y comentadores del Cantar de los Cantares y sintieron una inmensa fascinación por este libro.
Abstract
This article presents the life of Teresa of Avila and comments on some meditations of Teresa on the Song of Songs (principally 1,1; 1,2; 2,3; 2,4; and 2,6; and in a secondary way the texts of 1,15; 2,3-4; 4,7; 6,2; 6,9; and 8,5;). In the selection itself the theology and intention of Teresa is present. She chose texts of great eroticism. This is another proof of the ancient relationship between mystical love and the erotic and reaffirms the observation that some mystics were great readers, learners and commentators of the Song of Songs and felt an immense fascination for this book.
1. Introducción
“Tener padres virtuosos y temerosos de Dios me hubiera sido suficiente, si yo no fuera tan ruin…” Con estas palabras Teresa de Cepeda y Ahumada, comenzó su biografía, hoy conocida como el Libro de la Vida. La autora es conocida como Santa Teresa, Teresa de Jesús o Teresa de Ávila. Fue canonizada en 1622 y en 1970 fue la primera mujer en recibir el título de doctora de la Iglesia Católica Romana. Por eso, además de santa, también puede ser llamada Doctora o Madre, que era como la llamaban las religiosas de su orden.
Cuando por orden de las autoridades eclesiales, escribió el Libro de la Vida, tenía 51 años. Era el año de 1566. En esta obra ella pasa revista a su vida. Recuerda sus años de felicidad en la infancia hasta la muerte de su madre, Doña Beatriz –que pasó su vida con grandes enfermedades, y de grandísima honestidad–, cuando ella solo tenía 12 años. Recuerda también el descubrimiento del amor y el enamoramiento, el difícil y triste fin de su adolescencia (con soledad y enfermedad), y principalmente, su vida junto a Jesús: de quien ella se sentía esposa. Él –Jesús– siempre estuvo a su lado, no como un pensamiento metafísico, mas como una presencia constante, apareciendo innumerables veces ante los ojos tristes, extasiados y humanos de Teresa, consolándola en sus momentos de angustia y soledad, ayudándola con sus sensualidades, fortaleciéndola en sus trabajos cotidianos y en otros –que ella llamaba duros trabajos de la religión–, dándole sus mimos y cariños y provocando en ella éxtasis espirituales, borracheras divinas, embriaguez celestial, y una serie de síntomas físicos que la dejaban embobada y presa de un santo desatino, tan fuera de sí que ella era incapaz de saber por sí misma y entender lo que le pasaba. Todo esto, y mucho más, convertirían a la Doctora Teresa en una de las mujeres más célebres –y controvertidas– de la historia de la humanidad. Frecuentemente ella es llamada de mística y considerada entre las mayores escritoras de la lengua española.
A su ya reconocida inteligencia se debe acrecentar que en su adolescencia era una joven muy bonita. Era poetisa (clásica de la lengua hispana), reformadora eclesial (reformó la Orden del Carmelo), comentadora de las escrituras (este artículo trata sobre sus meditaciones del Cantar de los Cantares) y lectora de alto rango, que desde niña era viciada en lectura y frecuentadora asidua de la biblioteca de su padre, Don Alonso, donde era posible encontrar, entre muchas otras, obras de Séneca, Virgilio y Boecio. Esto dio a Teresa la oportunidad de entrar, desde temprano, en contacto con las grandes obras de la historia del pensamiento. Posteriormente ella continuó con la lectura de obras clásicas, como las Confesiones de San Agustín: que será una referencia para meditar sobre su propia vida.
Un dato anecdótico es que en la infancia jugaba con su hermano Rodrigo de ir a la tierra de los moros. Una vez fueron encontrados, por su tío Don Francisco Alves de Cepeda, saliendo de la ciudad por el puente de Adaja, prontos para emprender su cruzada. También jugaban construyendo monasterios amontonando piedras y dando limosna (cuanto pudieran, y siempre podían poco). Después en su adolescencia, se hizo adicta a la lectura de los libros de historia de caballería, las mismas que enloquecieron a Don Quijote de la Mancha –su compatriota virtual–. Ella misma escribió un libro sobre esas historias. Todo esto la hizo sospechosa ante la mirada –terrible mirada– de la inquisición.
Para el buen desarrollo de este artículo comencemos por algunos datos biográficos de la santa, doctora, escritora, poetisa, monja –madre– y mística Teresa de Cepeda y Ahumada. De aquí en adelante solo la llamaremos por su primer nombre: Teresa.
2. Un poco sobre la vida de Teresa
Teresa nació en la ciudad española de Ávila el 28 de marzo de 1515. Estudió en el convento de las agustinas y con 19 años entró en la orden del Carmelo de la Antigua Observancia, en el convento de la Encarnación de Ávila.
Como afirmamos anteriormente, Teresa manifestó desde pequeña una gran facilidad para escribir y para la lectura, y una cierta piedad. Un tanto no común para una niña: con siete años decidió ir a la tierra de los moros para que cortasen su cabeza por Cristo. Con otras niñas jugaba a ermitas y a ser monja, rezando y haciendo penitencias.
Alrededor de los doce años –no hace mal repetirlo– comenzó a leer sobre caballeros, lo que en la época, era considerado algo no apropiado para una chica. A pesar de eso fueron en vano los esfuerzos para apartarla de sus lecturas de muchas horas por día.
En 1528 muere su madre, lo que le trajo una profunda tristeza sobre su vida, al punto de suplicar a la Virgen, cuando comprendió lo que había perdido, morir en vez de su madre.
Esa también fue una época de amor y de enamoramiento, y de cultivar –como ella misma afirma– su belleza femenina. Le gustaba arreglarse y salir con sus primos. Se enamoró de uno de ellos. A los padres no les gustaba esa situación y le prohibieron continuar con esas salidas. Sin embargo Teresa siempre seguía burlando la vigilancia, con ayuda de las empleadas y su prima. Le gustaba su primo y continuó saliendo con él: cada vez que sus padres la reprendían, afirmaba que era con intención de casarse.
Lo que escribió sobre ese período en su Libro de la Vida es de difícil comprensión y ha sido motivo de controversia entre sus biógrafos, especialmente cuando afirma que en esa época se atrevió a mucha cosa contra la honra y contra Dios (Libro de la Vida II, 5), y cuando habla sobre las cosas hechas en secreto. Pero, de hecho, no fueron hechas tan en secreto, pues provocaron la quiebra de su honra y las sospechas de su padre (Libro de la Vida II, 6). Ella afirma que su padre no podía creer que en ella hubiera tanto mal. Como ella temía tanto por la honra, hacía todas las diligencias posibles para que lo que ella hizo fuera secreto (Libro de la Vida II, 7). Al final del ítem tres del capítulo II, afirma que perdió su honra por muchas vías, y luego asegura que era mucha su sagacidad para las cosas malas. La pregunta insistente de los biógrafos era ¿a qué se está refiriendo Teresa?
El problema biográfico se acentúa, cuando se considera que el cap. II del Libro de la Vida de Teresa está lleno de un cierto misterio –la palabra secretos aparece varias veces– y de sentimiento de culpa, palabra que también está colocada con frecuencia. En la época en que escribió sobre ese período de su vida –treinta años después– recuerda sus experiencias de adolescente, solo puede aconsejar a los padres que tengan cuidado con sus hijos porque lo natural en ellos es siempre hacer lo peor en vez de lo mejor.
No sabemos lo que sucedió, ni a qué hechos Teresa se está refiriendo. Solo sabemos que, en consecuencia de eso, su padre la llevó para un convento. En ese lugar, de acuerdo con las palabras de Teresa, se cuidaba a personas como ella, nadie era tan mala en costumbres como ella (Libro de la Vida II, 6). Sobre el significado de esas palabras de Teresa solo se pueden hacer conjeturas y especulaciones.
Teresa nos informa que el motivo –oficial– que su padre dio para llevarla al convento fue que, habiendo muerto su madre y casado su hermano, no estaba bien que ella se quedara sola.
En los primeros días de su vida en el convento, Teresa enfermó. El sentimiento de culpa y una vida para la cual no estaba preparada (ella afirma que era enemiga de ser monja) , debilitaron su salud y hasta la voluntad de vivir. Teresa comenzaba un largo y difícil camino.
En el Libro de la Vida describe con detalles los largos años de su enfermedad. Una vez se quedó completamente inmóvil, fue dada por muerta y velada como tal. Hasta colocaron cera en sus ojos, de acuerdo con las costumbres funerarias de la época. Gracias a su padre que no dejó que la sepultaran porque quería estar más tiempo con el cuerpo de su hija, continuó viviendo, a pesar de su estado de muerte que duró cuatro días. Durante este período todos pensaron que estuviera muerta. Hasta abrieron una sepultura en el convento y la envolvieron con vestidos fúnebres. Cuando despertó, quedó delirando y no consiguió caminar por cuatro años. Teresa tenía veinticuatro años. La enfermedad sería una compañera de toda su vida.
Esa muerte aparente de Teresa y el consecuente cuadro clínico dio motivo para muchas especulaciones. A modo de ejemplo, podemos citar el libro del neurólogo español Esteban García Albear, Teresa de Jesús: una ilustre epiléptica. Para ese autor, Teresa sufría de lo que hoy los especialistas llaman crisis de felicidad. Así, según García Albear, las visiones, apariciones, voces, etc. de las cuales hablaba Teresa, estarían explicadas por una epilepsia parcial: una pequeña irritación del cerebro con síntomas afectivos, de placer y felicidad.
Para Alberto Gimeno, jefe del servicio de neurología del Hospital Ramón y Cajal de Madrid, los cuatro días de muerte de Teresa fueron un estado de coma provocado por una encefalitis, posiblemente una inflamación del cerebro provocada por algún virus. Lo más probable –de acuerdo con Gimeno– es que esta enfermedad dejó una profunda cicatriz en su cerebro y que esa fue la causa de las crisis de felicidad de Teresa.
Contra estas explicaciones está la voz de la Iglesia que afirma que los místicos –en este caso las místicas– tendrían una capacidad especial para comunicarse de manera maravillosa y no convencional con Dios y en general con lo sobrenatural. Esa capacidad no tendría su fuente en ninguna causa natural: sería un don de la propia divinidad. Para la Iglesia, Teresa no estaba enferma, estaba recibiendo una especial gracia divina.
En 1555, después de muchos años de enfermedad, de rigurosos ejercicios espirituales y de dura vida monástica, Teresa tuvo, lo que ha sido llamado por sus biógrafos, el profundo despertar: ella vio a Jesús, el infierno, los ángeles y los demonios. Comenzó a sentir dolores como de una punzada en el pecho: interpretó esto diciendo que era la punta de una lanza de un ángel atravesando su corazón. Esas visiones y síntomas físicos –atribuidos por ella a causas sobrenaturales– acompañaron a Teresa, prácticamente, durante toda su vida.
Un año después, Teresa tiene su desposorio místico: sus sentimientos se liberan y una fuerza que venía de su interior la hizo volar libremente en cuanto una voz silenciosa le hablaba: no quiero más que usted tenga conversación con hombres, solo con ángeles. Este momento ha sido llamado de su segunda conversión. A partir de entonces ella pudo ser mucho más humana. Era el día de Pentecostés de 1556.
Su dura disciplina personal y el rigor de sus ejercicios espirituales hicieron que Teresa comience a sentirse incomodada con la disciplina –o mejor, con la indisciplina– que era seguida en los conventos carmelitas. Eso la llevó a emprender la reforma de esa orden. Tuvo el apoyo del papa. Mas su espíritu reformador le causó muchas fricciones con sus superiores.
En septiembre de 1560 funda con un grupo de monjas un monasterio de tipo eremita. El fundamento fue la antigua tradición del Carmelo y la reforma descalza de Pedro Alcántara. La principal norma de vida era simple, pero extrema: hacer siempre lo más perfecto con la mayor perfección posible. Ellas se esforzarían por unir la actividad contemplativa con la actividad práctica y en buscar a Dios en lo más profundo del alma.
Los años 1562 a 1567, después de algunos contratiempos y contrariedades –de las cuales posiblemente lo más grave fue una tentativa de expulsarla del convento– son años de paz para Teresa. Se pudo dedicar con cierta tranquilidad a su trabajo de escribir: concluye el Libro de la Vida y escribe una de sus obras más famosas, Caminos de la Perfección. Es posiblemente, en este período que ella escribe las Meditaciones sobre el Cantar de los Cantares, que son el tema principal de este artículo.
En 1567 recibe una autorización para continuar fundando nuevos conventos. De ellos merece destacar la fundación junto con el fraile Juan de la Cruz –también místico, santo y doctor de la Iglesia, que ella había conocido en ese año– del primer convento de hermanos Carmelitas descalzos. Durane muchos años, ella manutvo una fuerte amistad con Juan de la Cruz.
Las actividades reformadoras de Teresa y las continuas fundaciones de nuevos conventos traen a ella muchas preocupaciones y le causan un gran número de problemas con la jerarquía eclesial. Ella prosiguió con sus fundaciones. Llegó a fundar 16 conventos femeninos y 14 masculinos. Y, junto con fray Juan de la Cruz y el padre Antonio de Heredia, fundó un nuevo ramo de la Orden del Carmelo.
Siguen años de trabajo, escribiendo y fundando conventos, hasta que el 18 de noviembre de 1572 –cuando tenía 57 años– se une a Dios en matrimonio espiritual. Su amigo Juan de la Cruz le da la comunión.
Continúa teniendo problemas con los miembros de la jerarquía eclesial y de su orden. Sin embargo nada de esto impide su trabajo de escritora. Así, en 1574 comenzó a escribir el libro Fundaciones. En este mismo año conoció al Padre Gracián, con quien mantendrá una larga amistad, con varios viajes y numerosos encuentros. El padre Gracián era treinta años más joven que ella.
En este año también se enferma. La fiebre es alta. Continúa trabajando, fundando conventos y lidiando con los múltiples problemas de la orden. Como si todo eso fuera poco, todavía le aguardaba una nueva preocupación: es acusada delante de la inquisición. Vienen entonces los interrogatorios e investigaciones de las monjas por parte de los inquisidores. Ella se retira a un convento: es su cárcel. Y todavía tiene un accidente y quiebra su brazo. Es de esa época su frase: siento rabia contra mí misma. Por causa de su amistad con Teresa el padre Gracián es destituido de su labor de visitador.
Nuevamente siguen años de trabajo y enfermedad. En 1579 vuelve a visitar los conventos. Vuelve a quedar enferma: esta vez con mucha gravedad. Pero se recupera y vuelve a caminar. En Valladolid nuevamente enferma. Ahora no se recupera tan fácil. Es necesario llevarla a Granada. Fray Juan se ofrece para llevarla. Pero quien la lleva es el Padre Gracián. La enfermedad empeora. El viaje es duro. Se desmaya con frecuencia. El viaje es modesto, faltan muchas cosas. La superiora de Medina, brava con ella, no le quiso dar provisiones para el viaje. Su enfermera solo tiene higos secos para darle de comer.
Llega a Granada gravemente enferma. Tiene hemorragias y dolores. Casi no consigue caminar. Pasa mucho tiempo acostada. Esa situación dura por ocho días. El 29 de septiembre se acostó alrededor de las seis de la tarde. Por dos días permanece muy enferma. El día primero de octubre recibe la comunión, y se acuesta con ayuda de los otros.
Nunca más se levantará. Recibe la extremaunción. Permanece siempre con un crucifijo entre los brazos: abrazándolo. Un día se quedó en esa posición durante todo el día, orando con el rostro sereno. A las nueve de la noche moría en los brazos de Ana de San Bartolomé. Era el 4 de octubre de 1582. Hoy, por corrección del calendario, 15 de octubre.
El 24 de abril de 1614. Pablo V la proclama beata. El 16 de noviembre de 1617 las cortes españolas la declaran patrona de España. Urbano VIII lo ratificó en 1627, y lo anuló posteriormente a favor de Santiago. El 12 de marzo de 1622, Gregorio XV la canoniza, junto con Isidro, Ignacio, Francisco Javier y Felipe Neri. El 18 de septiembre de 1965 Pablo VI la declara patrona de los escritores católicos de España, finalmente el 27 de septiembre de 1970, el mismo papa la proclama doctora de la Iglesia Católica, siendo la primera mujer que recibe ese título.
3. Las Meditaciones sobre conceptos del amor de Dios en
el Cantar de los Cantares
Teresa no puso título a la obra que trata del Cantar de los Cantares. Pero, este escrito fue desde temprano conocido como Cantares. Cuando la autora se refiere a esta obra lo hace con el nombre de “mis meditaciones”. Por ese motivo algunas ediciones modernas la han titulado Meditaciones sobre Cantares.
Fue publicado por la primera vez en 1611, en Bruselas, con el título Conceptos del amor de Dios escritos por la Beata Madre Teresa de Jesús sobre algunas palabras de los Cantares de Salomón. Por esto el libro también ha sido publicado con el título de Conceptos del Amor de Dios.
La fecha en que las Meditaciones fueron escritas es desconocida. Los biógrafos de Teresa afirman que lo más probable es que haya sido entre 1566 y 1567, en San José de Ávila.
En 1580, Teresa recibió la orden de quemar el libro. Ella obedeció, mas fueron salvadas muchas copias que circulaban por los conventos. Quien dio la orden de quemar las publicaciones fue el padre Diego de Yanguas, confesor de Teresa. El motivo fue que le pareció cosa nueva y peligrosa que una mujer escribiera sobre el Cantar de los Cantares. Las ideas del confesor estaban en oposición con las palabras que Teresa había colocado en su libro sobre los motivos que la habían llevado a escribir: no habremos de quedar las mujeres tan fuera de gozar de las riquezas del Señor.
El relato de la incineración de su libro también estuvo presente en el proceso de santificación de Teresa. En su declaración María de San José afirmó que el padre Diego de Yanguas le dijo a ella que había escrito un libro sobre Cantar de los Cantares. Entendía él que no era justo que una mujer escribiera sobre las Escrituras. Al respecto informó a Teresa. Ella fue tan rápida en obedecer que inmediatamente quemó su obra. Pensemos un poco al respecto: ¿ella fue rápida en quemar su libro, que le había costado tanto esfuerzo en escribir y sobre el cual tenía tantas expectativas? ¿Será que ella sabía de las muchas copias que habían sido hechas y que estaban a salvo? ¿Fue por eso que no colocó ningún impedimento al parecer de su confesor? Nuevamente, sobre eso solo podemos hacer especulaciones.
La obra no es un comentario sobre el libro bíblico Cantar de los Cantares. Contiene algunas meditaciones de Teresa sobre algunos versículos: principalmente sobre 1,1; 1,2; 2,3; 2,4 y 2,6 y de una manera secundaria sobre los textos de 1,15; 2,3-4; 4,7; 6,2; 6,9; y 8,5. En la propia selección está presente la teología e intención de Teresa. Ella escogió textos de gran erotismo. Esta es una prueba más para las antiguas relaciones entre el amor místico y el erotismo. Reafirma la constatación de que algunos místicos (entre ellos Orígenes, Bernardo de Claraval, Juan de La Cruz y la propia Teresa) fueron grandes lectores, estudiosos y comentadores de los Cantares. Sintieron una inmensa fascinación por este libro.
Uno de los problemas que Teresa encontró en la lectura de Cantar de los Cantares fue el poco conocimiento que ella tenía del latín, lengua en la cual se encontraba el texto bíblico. Pero esa dificultad no la detuvo. Escribió en el prólogo que, mismo sin entender todo, estos textos tocaron su alma mucho más que otros que podía entender en su totalidad. Lo más probable, de acuerdo con sus palabras, es que ella conoció oralmente (por sermones o por tradición oral) los textos sobre los cuales meditaba. También es posible que ella conociera el texto bíblico parcialmente a través de la lectura de otras obras, que contenían partes del Cantar de los Cantares, traducidos al español. Sin embargo la lengua no fue el único problema. Pues, aunque alguien le hubiera traducido el texto al español, ella también no entendía lo que el texto quería decir. Por ese motivo, como afirma en el prólogo, las Meditaciones fueron un esfuerzo suyo para explicar el texto a las otras hermanas –monjas de su orden– que padecen sin entender el texto del Cantar de los Cantares. Pensaba que su libro sería una consolación para sus hermanas monjas. Entendió que la claridad que comenzó a obtener sobre el Cantar de los Cantares, que la animaba a escribir, era un regalo de Dios. Por eso escribir le era un imperativo: Dios le estaba dando a entender muchas cosas y era necesario, colocarlas por escrito, pues si solo quedaban en su memoria las podía olvidar. Para ella escribir era un ejercicio de osadía, pues como ella afirma: pensó mucho antes de atreverse a colocar sus meditaciones por escrito.
La obra está dividida en siete capítulos, y en su totalidad resultan aproximadamente 30 páginas. En las notas de pie de página, esta obra será mencionada por las letras M.C. (Meditaciones sobre Cantares).
4. El capítulo primero de las Meditaciones
En el primer capítulo Teresa comentó el texto de Cantar de los Cantares 1,1. En él pretende tratar de la veneración con que se deben leer las Sagradas Escrituras y de la dificultad que tienen las mujeres para comprender el texto de Cantar de los Cantares. Dedica todo el primer párrafo para presentar el problema del lenguaje del libro y sobre todo la dificultad para comprender su contenido: incluso cuando el texto es traducido para el español, ella no lo consigue entender. Si fuera escrito –de acuerdo con sus palabras– en hebreo, griego o latín, sería comprensible que ella no entendiera, pero traducido al español debería ser entendible. Ante esta dificultad aconseja a sus monjas que no gasten sus fuerzas en tratar de entender lo que es incomprensible y que se conformen con lo que puedan entender.
Teresa sigue la línea clásica de interpretación –de Orígenes, por ejemplo– el Cantar de los Cantares, que afirma que esa obra es un diálogo entre el alma y Dios. Pero Teresa no ve una clara diferencia entre ella y su alma. Ella es su alma y su alma es ella. O mejor dicho: ella cuando habla de Cantar de los Cantares, asume la forma de su alma y habla como si fuese su alma, que es ella. Cuando habla para sus hijas –forma cariñosa con la que se refiere a las monjas de su orden– sobre Dios, dice que Dios es esposo de ellas: de sus cuerpos y de sus almas. A veces habla del alma, a veces de ella, a veces de ella como si fuera su alma, a veces de su alma como si fuera ella. Ella no está preocupada con la conceptualización, ni con la determinación clara del objeto de su diálogo y de sus deseos. Posiblemente, el hecho de no haber tenido estudios formales de filosofía la liberó del rigor conceptual y le permitió poder hablar con la libertad que ella necesitaba para poder –en pleno siglo XVI, siendo mujer– meditar sobre el amor de Dios para sus esposas: ella y las monjas de su orden.
Ella se refiere al amor de Dios como un “regalo”, palabra que literalmente significa un presente, mas de la manera como Teresa la usa tiene un significado mucho mayor: cariño, mimo, amor. Ese amor de Dios es lo que la sustenta. Por él todo lo puede soportar. Dios es un buen esposo y nunca desampara a sus esposas. Ella siente tranquilidad pudiendo comunicar sus meditaciones a sus hermanas, pero también siente espanto cuando piensa en la grandeza del amor de Dios, especialmente porque ese amor no es con palabras sino con obras. El amor de Dios le espanta y paraliza. Para describir eso no encuentra palabras. Especialmente cuando habla del beso divino del esposo –que es humano y divino– para ella, que es mujer y humana.
5. El capítulo segundo de las meditaciones
Teresa escribe que no es posible pasar por esta vida sin guerra contra las grandísimas tentaciones. Y como somos débiles, consecuentemente, no es posible ser ángeles, en esta vida, pues ésta no es nuestra naturaleza. Para ella la naturaleza humana –en oposición a la naturaleza pura de los ángeles– es una naturaleza de miseria.
En M.C. 2,5, Teresa imagina el tiempo futuro en que podrá pedir para su esposo –el Señor– los besos de su boca. Y estará con él en la cama de rosas y flores que había en su alma. Nadie podrá sacar eso de ella, pues el Señor la tomó como esposa cuando profesó como monja.
Para Teresa este mundo es de constante peligro. No hay seguridad en cuanto vivimos, dirá ella con tono pesimista. Por eso, para mantener la devoción, aconseja apartarse de la vida fácil (regalada), pues ese tipo de vida es la destrucción: el cuerpo engorda y el alma se debilita. La carne es falsa y es preciso entenderla, pues la carne nunca se pacifica: aunque quiera, no puede.
La lucha finalmente tendrá un final y una recompensa: el beso de la boca del Esposo. Por eso vale la pena no desmayar ni desistir de la lucha. Porque aunque no se consiga el beso del Señor –recompensa suprema para aquellas que vencieron– por lo menos se podrá conseguir la amistad de él. Y esto puede ser más que suficiente.
Teresa coloca todavía más un motivo de temor, que debe ser también un motivo para perseverar; en el momento de la muerte, el propio esposo es quien juzga a la esposa: el Señor –que es el esposo– será también el juez. Por eso se debe tener el mayor cuidado de no ser infiel ni ofender mortalmente al Señor –esposo– juez. La conciencia siempre debe estar limpia, porque el Señor –esposo– juez puede hasta leer la conciencia. El Señor es un esposo a quien no hay como traicionar sin que él lo sepa. Por eso la única manera de vivir con seguridad es vivir siempre con la conciencia limpia. Consecuentemente, en M.C. 2,27, Teresa dirá que todo es cansancio. La vida es un ejercicio de mortificación y de negar la propia voluntad. De miedo y sufrimiento. Fuera de la religión, entonces –de acuerdo con el texto de M.C. 2,29– hay poca cosa. Para Teresa la finalidad de esta vida es conseguir un día el beso divino, beso que comienza a ser dado en esta vida, y que tendrá su consumación finalmente en el momento en que ella –transformada en alma– encuentre a su esposo y él la reciba como su esposa. Las mortificaciones de esta vida son justificadas por el beso futuro.
Delante del poder del Dios-Señor-esposo opuesto a la debilidad de la carne de la mujer-monja-esposa la solución es pedir la amistad de Dios-Señor-esposo con lágrimas continuas y deseos. Pero como a veces esa es una misión un tanto difícil, aconseja a sus hermanas que cada una debe hacer lo que pueda y confiar lo restante en la misericordia del Dios-Señor-esposo, sin olvidar la oración, la penitencia y la humildad, pues eso ayuda en la ardua tarea de vivir en un mundo donde no existe nada que sirva fuera de la religión.
6. El capítulo tercero de las Meditaciones
En este capítulo, Teresa medita sobre lo que puede significar la frase: Bésame con el beso de tu boca. Manifiesta su deseo de contentar –con amor y deseo– a su esposo divino. Aconseja a las monjas que, para servir al esposo, no se detengan en nada y si fuera preciso, se olviden de ellas mismas en la tarea de contentar al dulce esposo. Así el esposo –su majestad, como lo llama Teresa– se hará sentir con muchas manifestaciones. Teresa manifestando su ascetismo, aconseja menospreciar las cosas de la tierra, pues ellas tienen poco valor, y quedarse alegres solo con los que aman al Señor.
Teresa afirma que, para quien ama, nada es imposible. Por eso nada puede detener ni a ella y ni a sus hermanas monjas en la tarea de servir a Dios, su Señor y amado esposo. Pero, hay un serio problema. Pues aunque la voluntad quiera servir al Esposo, Teresa firma que existe en las mujeres –esta afirmación es de Teresa– una cierta fragilidad natural. Esa fragilidad natural es la responsable del fracaso de servir con todas las fuerzas al Esposo. Teresa manifiesta un pesimismo existencial frente a la capacidad del ser humano de poder hacer el bien. La voluntad está en lucha con la fragilidad natural. Dios es el único que puede fortalecer la voluntad. Por eso, Teresa ora y pide –pues tiene conciencia de su debilidad– a Dios que le de fortaleza. En esto Teresa manifiesta una fuerte influencia de Agustín de Hipona –San Agustín– que la Iglesia católica también considera santo. Esa influencia será todavía más clara en el próximo capítulo, cuando Teresa cita textual y nominalmente, una de las frases más famosas de las Confesiones de Agustín: dame lo que me ordenas y ordéname lo que quieras. Otro factor que ratifica la influencia Agustiniana es que en M.C. 3,5, Teresa habla del libre albedrío, palabra típica del léxico de San Agustín. Es también agustiniana su convicción de que la libertad de escoger se encuentra en lucha con la fragilidad de la voluntad. Su Libro de la Vida, como las Confesiones, es también una larga confesión. Tanto Agustín como Teresa se sentían pecadores, y ambos tenían una profunda necesidad del infinito, de lo eterno, de lo bello y de la gracia divina. Los dos tenían una fuerte sensualidad natural, que tuvieron que reprimir, aunque por motivos diferentes. Mas la sinceridad con que Agustín –fundador de la filosofía cristiana y que, como afirmamos anteriormente, al igual que Teresa hoy es considerado santo– confesó sus luchas interiores y su sed de verdad, eternidad y belleza, y la fragilidad de su carne, fue una profunda inspiración para Teresa.
Una prueba más del pesimismo de Teresa es que ella llama a esta vida, vida de sequía, en relación a la cual lo único por hacer es esperar que Dios, un día, como premio por nuestro amor y sacrificios, nos permita entrar en el cielo. Esa recompensa es el mayor incentivo que Teresa tenía para perseverar en el amor y en los cuidados para con su Esposo.
En este capítulo ella manifiesta su miseria: su carne es enferma, débil y pecadora, presa de un bajo natural. Contrariamente, la carne del esposo es divina y sin pecado. Teresa se siente triste hasta la muerte. Se califica a sí misma de estropajo. Está con miedo de su finitud, debilidad y condición pecadora. Teme no merecer a su esposo. Manifiesta entonces su deseo –o esperanza– de morir para el mundo, cuanto antes sea posible, para así verse libre de esas tristezas, de su cuerpo débil y de su voluntad. Ella, como esposa, quiere tener la paz de una esposa: no soporta la inseguridad de no saber si merecerá el amor de su esposo o si será rechazada por él.
A pesar de todo, en el fondo hay una gota de optimismo. Es posible, estando en esta tierra disfrutar de la amistad del Esposo, aunque sea con trabajo, con muerte, con tormento y con sufrimientos diarios. Toda la miseria del presente es soportable por la esperanza del beso divino. Teresa habla para su divino Esposo, Señor de su vida: no le pido otra cosa en esta vida, sino que me beses. Para conseguir ese beso, Teresa está dispuesta a renunciar a su voluntad. Ella pide a su poderoso esposo que anule la voluntad de ella y la someta a la voluntad de él. Su deseo es que nada impida eso.
7. El capítulo cuarto de las Meditaciones
Es en este capítulo que Teresa habla de la experiencia del amor de Dios en el sentido corporal, esto es, como ella sentía en su cuerpo la existencia mística del amor de Dios. Teresa afirma que solo quien experimenta ese tipo de experiencia puede comprenderla. La experiencia será, entonces, el criterio del entendimiento. Por eso ella escribe sobre lo que siente, vivencia y experimenta: facilitará el camino para que otras monjas también lleguen a tener esta experiencia y así comprendan cómo es el amor divino. Sus palabras son una invitación y una especie de itinerario para sus hijas espirituales. Esto es especialmente importante si se considera que ella no tiene mucho control sobre esa experiencia. Prueba de ello es que para referirse a lo que está sintiendo, utiliza palabras tales como embriaguez celestial y borrachera divina.
Teresa comienza el relato de su experiencia, diciendo que, cuando comienza a llegar el amor divino, lo primero que siente es una suavidad en el interior del alma, tan grande, que parece que el Señor está al lado de ella. Luego vienen las lágrimas –que le dan satisfacción–, seguidas de una calma que sosiega todas las potencias. Luego la suavidad se hace mayor y abarca tanto lo exterior como lo interior del cuerpo. Teresa, para poder escribir lo que sigue de una manera más clara, dice que es como si le colocasen dentro de los tuétanos una unción muy suave: la experiencia del amor de Dios toca la parte más íntima de su ser. Luego viene una fragancia fuerte que la penetra completamente, seguida de la sensación de que el suavísimo amor de Dios se introduce en su alma. Teresa resalta que esto sucede con mucha suavidad.
Alegría y satisfacción son dos palabras que ella utiliza para describir como se está sintiendo. Ella siente que aquel bien está dentro de ella, pero no sabe decir por donde entró. Cuando está en este estado, ni siquiera se quiere mover ni hablar ni ver por miedo a perderlo, pues ella no quiere perder aquello. Para ella la fragancia que siente –inspirándose en el libro del Cantar de los Cantares– es la fragancia del pecho del esposo, que es mejor que los más exquisitos ungüentos.
Teniendo como referencia la mención del vino, señalado en el libro del Cantar de los Cantares, utiliza las metáforas de borrachera divina o embriaguez celestial, para describir el estado de sus sentidos.
Teresa afirma que en este momento el placer es tanto, que ella siente como si se fuera a desmayar, como si se quedara suspendida en los brazos divinos de su Esposo, acogida al lado de él y recostada en su pecho divino. Entonces ella no sabe hacer otra cosa que gozar, sustentada por la leche divina que le ofrece el esposo. Todo esto es como un sueño. Y cuando de esta embriaguez celestial, queda como espantada, embobada y con santo desatino. La imagen que Teresa utiliza es la de subir y bajar. En cuanto estaba en su bebedera, solo querría seguir subiendo. Para describir el punto más alto, utiliza la frase del Cantar: mejores son tus pechos que el vino.
Para Teresa la sensación de experimentar el amor de Dios es de grande satisfacción, de gozo y deleite. Por eso ella no desea otra cosa que permanecer el mayor tiempo posible en ese estado. Ella solo quiere permanecer acostada en sus brazos divinos, en armonía con su esposo. Para ella la relación con Cristo es una relación de amor. Fuera de esa relación nada importa. Teresa confiesa que, si no estuviera junto a Dios, nada vale. Ella no es nada, no tiene para donde ir. Lejos de su esposo nada tiene valor.
Ella siente que no hay división entre Dios y ella: ella y Dios son una unidad, están completamente juntos. Por eso ella afirma que es una esposa santa que hará cualquier cosa para mantener esa unidad con su esposo.
En M.C. 4,9 –como afirmamos anteriormente– Teresa cita las palabras de San Agustín: dame lo que me ordenas y ordéname lo que quieras. Después del éxtasis espiritual –y físico– Teresa vuelve a sentir la fragilidad del cuerpo frente a las pasiones, por eso repite la oración de Agustín. Ella, como el obispo de Hipona, siente que solo podrá vencer las luchas contra las pasiones con la ayuda divina. Teresa comparte el pesimismo agustiniano sobre la capacidad del ser humano de hacer el bien sin la ayuda divina. Ella afirma que su querer no es poderoso, y que solo Dios es poderoso. Ella no quiere tener más voluntad propia, quiere que la voluntad de Dios se apodere de ella. Pero ella sabe que es débil –se llama a sí misma de estropajo– y por eso tiene la necesidad infinita de su verdadero amante, su Dios, su esposo, su bien. Así, ella habla como esposa consagrada para su esposo: quiero olvidarme de mí y mirar solo en qué puedo servirte y no tener voluntad sino la tuya.
8. Los capítulos cinco, seis y siete de las Meditaciones
El capítulo cinco comienza con la pregunta sobre lo que debe hacer la esposa en el momento en que el Esposo aparece. Cómo debe estar, lo qué debe decir. Teresa encuentra la respuesta en el Cantar de los Cantares 2,3-4: siento la sombra de aquel que yo deseo. Su fruto es dulce para mi garganta. El rey me hizo entrar en su bodega de vino y ordenó para mí, el amor.
Cuando ella está a la sombra con su esposo todo es placer, sin ningún trabajo de las potencias. La sombra es producida por la divinidad del esposo, pues en él todo es sol resplandeciente. Entonces, disfrutando y gustando de su dulzura, ella se siente completa y exclama: ¿qué más podría desear yo? (5,6).
El capítulo seis está dedicado a hablar de la sombra y del vino. El descanso debajo de la sombra de su Señor-esposo es lo que más desea su alma: será una especie de premio para su vida cansada y llena de trabajos.
El vino que su esposo le dará es de la mejor calidad. Teresa vuelve a hablar de su embriaguez (divina) y de su borrachera (divina), de las cuales ha hablado en el capítulo cuarto, provocadas por el vino de la bodega de su Dios-Señor-esposo. Ese vino está asociado a su sensualidad. Dios no coloca medida en la cantidad de vino (celestial) que Teresa debe beber, por eso ella se puede embriagar tranquilamente. Su esposo permite que ella –de acuerdo con el texto de Cantares– pueda beber de todos los vinos. Ella se goza en esos gozos. Su embriaguez no tiene límites. La muerte es el límite. Por eso Teresa afirma que no teme perder la vida de tanto beber. Recordando su fragilidad natural, exclama: que se muera en ese paraíso de deleite. Y luego añade una frase con intención de exclamación: ¡bienaventurada tal muerte que así hace vivir!
Para ella esa embriaguez divina –que en M.C. 6,4 ella llama feliz embriaguez– es semejante a una muerte. Las potencias quedan muertas o adormecidas. Solo el amor permanece vivo. Entonces el amor y la voluntad son una misma cosa. Entre ellos no hay diferencia. El conflicto desaparece. Para Teresa el amor es una saeta enviada por la voluntad. Pero, para que el amor sea pleno, tiene que librarse de todas las cosas de la tierra. Por eso, para llegar a esa embriaguez santa, es necesario suspender la sensibilidad: no sentir nada a no ser el amor del esposo. Nada de eso puede pasar por la razón: el amor obra de una manera que no se puede comprender.
Al final del capítulo seis, aflora nuevamente el pesimismo. Para llegar a la experiencia anteriormente descrita, son necesarios muchos años de esfuerzo y sacrificio. Lo que diferencia la verdadera experiencia de las que son pura ilusión y melancolía, es que la verdadera surge solo después de muchos años de dedicación. En esos años hay una lucha contra lo que Teresa llama de bajo natural. Termina el capítulo con las palabras del Cantar de los Cantares 2,5: estoy enferma de amor.
Amor y muerte son temas con los cuales Teresa comienza el capítulo siete de sus Meditaciones. El texto que ella evoca es Cantar de los Cantares 2,5, que en la traducción que ella tiene está de la siguiente manera: manténganme con flores y acompáñenme de manzanas porque desfallezco de amores. Ella se pregunta si la mención de las flores es una imagen de la muerte, única manera de juntarse definitiva y plenamente con su esposo. Responde que no: por el contrario se trata de un pedido de vida, una imagen de la vida y una reafirmación del compromiso de servir. No son las flores de la muerte, son las flores de la vida futura que ella disfrutará en el jardín de su esposo.
Teresa –en el capítulo siete– vuelve a repetir las palabras deleite y suavidad para referirse a la experiencia del amor de Dios. Vuelve a cualificar su experiencia de ese amor como una especie de muerte: cuando se está en ella no se puede realizar ninguna acción, ni movimiento, ni ruido. Pero, aquí ella coloca una nueva expresión para referirse al estado en que se encuentra cuando experimenta el amor de su esposo: es como un sueño profundo. En él ella no consigue hablar, aunque quisiera.
En M.C. 7,5, afirma que, cuando está emborrachada en el vino celestial, no recuerda nada de este mundo. En ese estado solo siente el gusto dulcísimo de las flores. Menciona a la mujer samaritana del evangelio de Juan: ella imagina a esa mujer gritando por las calles, en una borrachera divina, después de haber hablado con Jesús.
Para ella el árbol de las manzanas, citada en el texto de Cantar de los Cantares, es el árbol de la cruz: por eso ella está rodeada de cruces –metáfora para el sufrimiento–, trabajos y persecuciones. Por lo demás, ella repite varias ideas que anteriormente ya había mencionado en su libro, como por ejemplo: los trabajos, los mimos divinos, la leche y vino de los pechos y el misterio del amor de Dios.
Casi al final, Teresa repite cual fue su intención al escribir el libro: dar a entender a sus hermanas cómo se puede disfrutar y aprovechar las palabras de Cantar de los Cantares –aunque esas palabras sean obscuras– cómo pueden comprender los grandes misterios que hay en ellas.
Ella quiere parar de escribir sus textos, porque, de acuerdo con sus palabras, prolongarse sería atrevimiento.
Teresa concluye pidiendo comprensión por el hecho de que escribió el texto con mucha prisa. Y sus palabras finales son una oración: “Plega nuestro Señor nos tenga de su mano, y enseñe siempre a cumplir su voluntad”.
A modo de información –información importante– diremos que Teresa mantuvo sobre Cantar de los Cantares un diálogo literario con su buen amigo fray Juan de la Cruz. Él escribió en poesía sobre el Cantar de los Cantares, y en algunos poemas responde y comenta los poemas de su amiga Teresa. Esos poemas son una bella y profunda muestra del amor místico.
Finalizaremos con un poema de Teresa, inspirado en el Cantar de los Cantares 6,3, en el cual, en su modo característico, habla del amor que siente por su Dios-esposo:
Yo toda me entregué y di,
Y de tal suerte he trocado,
Que mi amado para mí,
Y yo soy para mi Amado.
Cuando el dulce Cazador
Me tiró y dejó rendida,
En los brazos del amor
Mi alma quedó caída,
Y cobrando nueva vida
De tal manera he trocado,
Que mi amado para mí
Y yo soy para mi Amado.
Tiróme con una flecha
Enerbolada de amor,
Y mi alma quedó hecha
Una con su Criador;
Ya no quiero otro amor,
Pues a mi Dios me he entregado,
Y mi amado para mí
Y yo soy para mi Amado.
Jorge Luis Rodríguez Gutiérrez
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Traducción: Julio Pincay, svd
Considerando que éste es un texto clave para comprender la dimensión corporal de la experiencia mística de Teresa, anotaremos ahora el texto original de M.C. 3.2: “Siéntese una suavidad en lo interior del alma tan grande, que se da bien a sentir estar vecino nuestro Señor de ella. No es ésto sólo una devoción que ahí mueve a lágrimas muchas, y éstas dan satisfacción o por la Pasión del Señor o por nuestro pecado, aunque en esta oración de que hablo, que llamo yo de quietud por el sosiego que hace en todas las potencias, que parece la persona tienen muy a su voluntad, aunque algunas veces se siente de otro modo, cuando no está el alma tan engolfada en esta suavidad, parece que todo el hombre interior y exterior conforta, como si le echasen en los tuétanos una unción suavísima, a manera de un gran olor, que si entrásemos en una parte de presto donde le hubiese grande, no de una cosa sola, sino muchas, y ni sabemos qué es ni dónde está aquel olor, sino que nos penetra todos, así parece es este amor suavísimo de nuestro Dios: se entra en el alma, y es con gran suavidad, y la contentan y satisface y no puede entender cómo ni por dónde entra aquel bien. Quería no perderla, quería no menearse ni hablar ni aún mirar porque no se le fuese. Y esto es lo que dice aquí la esposa a mi propósito que dan de sí los pechos del Esposo olor más que los ungüentos muy buenos.
M.C. 3.4: “Mas cuando este Esposo riquísimo la quiere enriquecer y regalar más, conviértela tanto en Sí que como una persona que el gran placer y contento la desmaya, le parece se queda suspendida en aquellos divinos brazos y arrimaba a aquel sagrado costado y a aquellos pechos divinos. No sabe más de gozar, sustentada con aquella leche divina, que la va criando su Esposo, y mejorando para poderla regalar y que me merezca cada día más”.
M.C. 4.4: “Cuando despierta de aquel sueño y de aquella embriaguez celestial, queda como cosa espantada y embobada y con santo desatino…”.
M.C. 4.4: “Porque cuando estaba en aquella borrachez, parecíale que no había más que subir; mas cuando se vio en más alto grado, y toda empapada en aquella innumerable grandeza de Dios, y se ve quedar tan sustentada, delicadamente lo comparó; y así dice: mejores son tus pechos que el vino”.
M.C. 4.8: “¡Oh Jesús mío, quien pudiese dar a entender la ganancia que hay de arrojarnos en los brazos de este Señor nuestro y hacer un concierto con Su Majestad, que mide yo a mi Amado y mi Amado a mí; y que mide Él por mis cosas, yo por las suyas! No nos queramos tanto que nos saquemos los ojos, como dicen”.
M.C. 4.8: “Torno a decir Dios mío y a suplicaros, por la sangre de vuestro Hijo que me hagáis esa merced: béseme con beso de su boca, que sin Vos ¿qué soy yo, Señor? Sino estoy junto a Vos, ¿qué valgo?”
Agustín, Confesiones X, 29,40. Esta es la famosa oración agustiniana: Da quod iubes et iube quod vis. Que la traducción de Teresa significa “Me deis lo que mandares, y mandadme lo que quisieres” (M.C. 4.10). Teresa citó la misma frase en el Libro de la Vida 13.3. Lo más probable es que Teresa leyó la traducción de las Confesiones de Sebastián Toscano (Salamanca 1554). Teresa citará a Agustín unas quince veces en sus libros. Ver la nota anterior nº 28.
M.C. 4.12: “Pues nos da licencia, tornemos, hijas a decir: mi Amado a mí y yo a mi Amado. ¿Vos a mí, Señor? Pues si Vos venís a mí, ¿en qué dudo que puedo mucho serviros? Pues de aquí delante Señor, quiérome olvidar de mí y mirar solo en qué os puedo servir y no tener voluntad sino la vuestra. Mas mi querer no es poderoso; Vos sois el poderoso, Dios mío. en lo que yo puedo, que es determinarme desde este punto lo hago para ponerlo por obra”.
M.C. 5.1: “Ahora preguntemos a la Esposa; sepamos de esa bendita alma, llegada a esta boca divina y sustentada con estos pechos celestiales, para que sepamos, si el Señor nos llega alguna vez a tan gran merced, qué hemos de hacer o cómo hemos de estar, qué hemos de decir. Lo que nos dice es: asiénteme a la sombra de aquel a quien había deseado y su fruto es dulce para mi garganta. Metiome el Rey en la bodega del Vino y ordenó en mí la caridad”.
M.C. 5.4: “Porque aquí todo es aquí todo es gustar sin ningún trabajo de las potencias, y en esta sombra de la divinidad (que bien dice sombra, porque con claridad no la podemos acá ver), sino debajo de esta nube está aquel sol resplandeciente y envía por medio del amor una noticia de que se está tan junto Su Majestad, que no se puede decir ni es posible. Sé yo que quien hubiere pasado por ello, entenderá cuán verdaderamente se puede dar aquí este sentido a estas palabras que dice la Esposa”.
M.C. 6.3: “Dice que la metió en la bodega del vino; ordenó en mí la caridad. Entiendo yo de aquí que es grande la grandeza de esa merced. Porque puede ser dar a beber más o menos y de un vino bueno y otro mejor, y embriagar y emborrachar a uno más o menos. Así es en las mercedes del Señor, que a uno da poco vino de devoción y a otro más, a otro crece de manera que le comienza a sacar de sí, de su sensualidad y de todas las cosas de la tierra”.
M.C. 6.3: “No parece que el Rey quiere dejarle nada por dar, sino que beba conforme a su deseo y se embriague bien bebiendo de todos estos vinos que hay en la despensa de Dios. Gócese de estos gozos; admírese de sus grandezas; no tema perder la vida de beber tanto, que sea sobre la flaqueza de su natural; muérase en este paraíso de deleites ¡bienaventurada tal muerte que así hace vivir! Y verdaderamente así lo hace; porque son tan grandes las maravillas que el alma entiende, sin entender cómo lo entiende, que queda tan fuera de sí, como ella misma lo dice al decir: ordenó en mí la caridad”.
M.C. 6.5: “Pensaba yo ahora si es cosa en que hay alguna diferencia la voluntad y el amor. Y paréceme que sí; no sé si es bobería. Paréceme el amor una saeta que envía la voluntad, que si va con toda la fuerza que ella tiene, libre de todas las cosas de la tierra empleada en solo Dios, muy de verdad debe de herir a Su Majestad; de suerte que, metida en el mismo Dios, que es amor torna de allí con grandísimas ganancias, como diré”.
En la traducción de Teresa: “desfallezco de mal de amores”.
“Sostenedme con flores y acompañadme de manzanas, porque desfallezco de mal de amores” (Cant 2,5).
M.C. 7.1: “Y ¡pedís flores! ¡Qué flores serán estas! Porque éste no es remedio, salvo sino le pedís para acabar ya de morir; que, a la verdad, no se desea cosa más cuando el alma llega aquí. Más no viene bien, porque dice: sostenedme con flores. Y el sostener no me parece que es pedir la muerte, sino con la vida querer servir en algo a quien tanto ve que debe”.
M.C. 7.2: “No penséis, hijas, que es encarecimiento decir que muere, sino que, como os he dicho, pasa en hecho de verdad. Que el amor obra con tanta fuerza algunas veces, que se enseñorea de manera sobre todas las fuerzas del sujeto natural, que sé de una persona que estando en oración semejante oyó cantar una buena voz, y certifica que, a su parecer, si el canto no cesara que iba ya a salirse el alma, del gran deleite y suavidad que nuestro Señor le daba a gustar, y así proveyó Su Majestad que dejase el canto quien cantaba, que la que estaba en esta suspensión, bien se podía morir, mas no podía decir que cesase; porque todo el movimiento exterior estaba sin poder hacer operación ninguna ni bullirse, y este peligro era que se veía, se entendía bien; unas de un arte, como quien está en un sueño profundo de cosa que querría salir de ella y no puede hablar aunque quería”.
M.C. 7.6: “Iba esta santa mujer con aquella borrachez divina dando gritos por las calles”.
M.C. 7.9: “Pues mi intento fue cuando lo comencé, daros a entender cómo podéis regalaros, cuando oyeréis algunas palabras de los Cánticos, y pensar aunque son a entender vuestro oscuras, los grandes misterios que hay en ellas, y alargarme más, sería atrevimiento”.
Libro de la Vida 1.1: “El tener padres virtuosos y temerosos de Dios me bastara, si yo no fuera tan ruin…”.
Santa Teresa de Jesús, Libro de la Vida, Madrid, BAC, 1979 (Obras Completas). También en: http://www.montecarmelo.com/fondos/steresa
12 años es la edad que ella coloca en su libro. Según el cálculo del año de su nacimiento y el año en que murió su madre, afines de 1528 o principios de 1529, ella era de 13 ó 14 años. Doña Beatriz se había casado con Don Alonso con 14 ó 15 años, así pues, murió con 34 ó 35 años.
“Sensualidades” es una palabra usada repetidas veces por Teresa, como veremos después.
La palabra española “regalos” (que traducimos por “mimos” o “cariños”) es una palabra muy usada por Teresa y es de difícil traducción, ya que en el léxico de Teresa, esta palabra tiene un significado muy particular, especialmente cuando ella la usa refiriéndose a las apariciones de Jesús. Volveremos sobre ello.
Todas estas palabras son de la propia Teresa “borrachez divina; embriaguez celestial; como si le echasen en los tuétanos una unción suavísima; queda como cosa espantada y embobada y con un santo desatino, etc.”
Entonces, con el pasar de los años la enfermedad fue dejando las huellas en su cuerpo. En relación a los relatos y de biógrafos sobre los rasgos físicos de Teresa ver: María de San José, Libro de Recreaciones, Vol. VIII, Burgos, 1913, especialmente las pp. 96-97.
La lectura tuvo en Teresa las características de un vicio. Ella misma afirma en el Libro de la Vida 2.1: “Yo comencé a quedarme en costumbre de leerlos y aquella pequeña falta que en ella vi, me comenzó a enfriar los deseos y comenzar a faltar en lo demás; y parecíame no era malo, con gastar muchas horas del día y de la noche en tan vano ejercicio, aunque escondida de mi padre. Era tan en extremo lo que en esto me embebía que, sino tenía libro nuevo, no me parecía tener contento.”
Sobre esto escribió en el Libro de la Vida 2.2: “Comencé a traer galas y a desear contentar en parecer bien, con mucho cuidado de manos y cabello y olores y todas las vanidades que en esto podía tener, que eran hartas, por ser muy curiosa. No tenía mala intención, porque no quisiera yo que nadie ofendiera a Dios por mí. Durome mucha curiosidad de limpieza demasiada y cosas que me parecía a mí no eran ningún pecado, muchos años”.
Libro de la Vida 2.6 “porque no me parece había tres meses que andaba en estas vanidades, cuando me llevaron a un monasterio que había en ese lugar, a donde se criaban personas semejantes, aunque no tan ruines en costumbres como yo; y esto con tan gran simulación, que sola yo y algún deudo lo supo; porque aguardaron la coyuntura que no pareciese novedad: porque haberse mi hermana casado y quedar sola sin madre no era bien”.
Libro de la Vida 2.8: “Y puesto que yo estaba entonces ya enemiguísima de ser monja; y Libro de la Vida 2.11 la gran enemistad que tenía de ser monja, que se me había puesto grandísima”.
Ver el artículo de Fátima Uribarri, “Santa Epiléptica”, El Mundo, 28-01-1996.
“Cosa nueva y peligrosa que mujer escribiese sobre el Cantar de los Cantares”. Prólogo del padre Gracián a la primera edición de las Meditaciones sobre Cantares, Bruselas 1611.
M.C. 1.8: “No hemos de quedar las mujeres tan fuera de gozar de las riquezas del Señor”.
El Padre Fray Diego de Yanguas dijo a esta testigo que la dicha Madre había escrito un Libro sobre el Cantar de los Cantares, y él pareciéndole que no era justo que mujer escribiese sobre la Escritura se lo dijo y ella fue tan pronta en la obediencia y parecer que su confesor, que lo quemó al punto”.
Teresa escribió en el prólogo de Meditaciones sobre Cantares: “De algunos años acá, dado un regalo grande cada vez que oigo o leo algunas palabras del Cantar de los Cantares de Salomón, en tanto extremo que sin entender la claridad del latín en romance, me recogía más y movía mi alma que los libros muy devotos que entiendo; y esto es casi ordinario, y aunque me declaraban el romance tampoco lo entendía más que sin entenderlo ni… apartar alma de sí”.
El título del capítulo es el siguiente: “Trata de la veneración con que deben ser leídas las Sagradas Escrituras y de la dificultad de comprenderlas las mujeres, principalmente el ‘Cantar de los Cantares’”.
M.C. 1.6: “Porque como he dicho conoció que es posible pasar el alma enamorada por su esposo todos estos regalos y desmayos y muertes y aflicciones y deleites y gozos con Él, después que ha dejado todos los del mundo por su amor y está del todo puesta y dejada en sus manos. Esto no de palabra —como acaece en algunos—, sino con toda verdad, confirmada por obras”.
Teresa interpreta el cambio de persona en Ct 1,1 como siendo las dos naturalezas de Cristo: una divina y otra humana el texto traducido del Cantar de los Cantares 1,1 que Teresa tiene, es el siguiente: “Béseme el Señor con el beso de su boca, porque más valen tus pechos que el vino”. Ella se pregunta si “el Señor” (que en el texto está en tercera persona) es la misma persona de “tus” (que está en segunda persona).
M.C. 2.2: “Guerra ha de haber en esta vida”.
M.C. 2.3: “No es posible ser aquí ángeles, que no es nuestra naturaleza”.
M.C. 2.15: “Lo que digo es que no nos soseguemos en lo que es relajar, sino que nos probemos algunas veces porque yo sé que esta carne es muy falsa y que es menester entenderla”.
En M.C. 2.15: “Teresa habla: ¡Oh hijas, si supieseis el grande mal que aquí está encerrado! El cuerpo engorda, el alma enflaquece; que si la viésemos, parece que ya va a expirar. En muchas partes veréis escrito el gran mal que hay pacificarse en esto, que aún si entendiesen que es malo, tendríamos esperanza de remedio; más temo no les pasa por pensamiento. Como se usa tanto no me espanto. Yo os digo que aunque su carne sosiega, en muchas partes veréis escrito el gran mal que hay que pacificarse en esto, que aún si entendiesen que es malo, tendríamos esperanza de remedio; más temo no les pasa por pensamiento. Como se usa tanto no me espanto. Yo os digo que aunque esto su carne sosiega, que por mil partes tengan la guerra si se han de salvar, y valdríales más entenderse y tomar la penitencia poco a poco que les ha de venir por junto. Esto he dicho para que la alabéis mucho a Dios, hijas de estar donde aunque vuestra carne quiera pacificarse en esto no puede”.
M.C. 2.16: “Miraréis, hijas, en qué está el punto para que podáis pedir lo que la esposa, si el Señor os llegare a él, sino, no desmayes, que cualquier amistad que tengáis con Dios quedáis harto ricas sino falta por vosotras. Mas para lastimar es y dolernos mucho los que por nuestra culpa no llegamos a esta tan excelente amistad y nos contentamos con poco”.
M.C. 2.28: “Hay otras almas —y con esto acabo, si vais advirtiendo, entenderéis muchas vías por donde comienzan a aprovechar y se quedan en el camino—, dijo que hay otras, que ya tampoco se les da mucho de los dichos de los hombres ni de la honra; más no están ejercidas en la mortificación y en negar su propia voluntad y así no parece les sale el miedo del cuerpo. Puestos en sufrir con todo parece ya está acabado: más en negocios graves de la honra del Señor, torna revivir la suya y ellos no lo entienden; no les parece temen ya el mundo sino a Dios. Peligros sacan, lo que puede acaecer, para hacer que una obra virtuosa sea tornada en mucho mal, que parece que el demonio se las enseña; mil años antes profetisa lo que puede venir, si es menester”.
Teresa escribió: “Así que hijas mías, el Señor si os ha traído a este estado, poco os falta para la amistad y la paz que pide la esposa; no dejéis de pedirla con lágrimas muy continuas y deseos haced lo que pudiereis de vuestra parte para que os la dé. Porque sabed que no es ésta la paz y amistad que pide la esposa aunque hace harta merced el Señor a quien a este estado, porque será con haberse ocupado con mucha oración y penitencia y humildad y otras muchas virtudes. Sea siempre alabado el Señor, que todo lo da, amén”. (M.C. 2.30).
M.C. 3.5: “Mirad una cosa que se me ofrece ahora y viene a propósito para los que de su natural son pusilánimes y de ánimo flaco que por la mayor parte serán mujeres, y aunque en hecho de verdad su alma haya llegado a este estado, su flaco natural teme. Es menester tener aviso, porque esta flaqueza natural nos hará perder una gran corona. Cuando os hallaréis con esta pusilanimidad, acudí a la fe y humildad y no dejéis de acometer con fe, que Dios lo puede todo, y así pudo dar fortaleza a muchas niñas santas y, se la dio, para pasar tantos tormentos, como se determinaron a pasar por él”.
M.C. 4.10: Cfr. más adelante la nota a pie de página nº 38.
“Bajo natural” —Palabra que repite muchas veces en su escrito—.
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