Introducción
Sagrados cuerpos
Nancy Cardoso Pereira
Dios nos hizo cuerpos.
Dios se hizo cuerpo. Se Encarnó.
Cuerpo: imagen de Dios.
Cuerpo: nuestro destino, destino de Dios.
Esto es bueno.
Las reflexiones y oraciones de Rubem Alves en los años ochenta afirmaban poéticamente, repitiendo el credo cristiano, Creo en la resurrección del cuerpo. Lo que él decía no era novedad, era lo que repetíamos dominicalmente, parte de la fe que profesábamos públicamente. No era lo que él decía. Lo que importaba era cómo lo decía.
Lo que hacía la diferencia es que la frase se mostraba y pedía ser repetida eróticamente: ¡Creo en la resurrección del cuerpo! Se abrían las posibilidades de seducción del Credo, afirmando el deseo clavado en el cuerpo como lugar sagrado. Ya no podíamos repetir el credo sin palpitar y gemir, pasando por la historia y por el evangelio, llegando al clímax de decir, ¡Creo en la resurrección del cuerpo!, como expresión de placer y deseo anticipados y ya realizados.
El propio Rubem sabía que exigía de nosotros un cambio de sentido: habíamos aprendido a repetir el credo de una manera monótona e inequívoca. Cada afirmación era cerrada y autosuficiente. No quedaban brechas ni lagunas. Afirmábamos contra el cuerpo:
“Pensamos encontrar a Dios donde el cuerpo termina: y lo hicimos sufrir y lo transformamos en bestia de carga, en cumplidor de órdenes, en máquina de trabajo, en enemigo a ser silenciado, y así lo perseguimos, al punto de elogiar la muerte como camino hacia Dios, como si Dios prefiriera el olor de los sepulcros a las delicias del Paraíso. Y nos hicimos crueles, violentos, permitimos la explotación y la guerra. Pues si Dios se encuentra lejos del cuerpo, entonces todo se le puede hacer al cuerpo” .
La invitación que Rubem Alves hacía, abre la posibilidad de percibir las tensiones del Credo, saberlo equívoco y carente de sentido. Todo depende de la entonación de la voz. Esta invitación atravesaba el pequeño libro de oraciones de Rubem, y se desparramaba a toda la vida. Venía de las calles, de los movimientos contra la tortura, de las madres y los abuelos buscando, los cuerpos desaparecidos de hijos e hijas, de los movimientos de mujeres contra la explotación de sus cuerpos, de los movimientos de protección de los niños, de grupos ambientalistas y la urgencia del cuidado del cuerpo del mundo, de los movimientos de trabajadores y trabajadoras organizados que afirmaban la santidad de la fuerza del trabajo en huelgas delante de las máquinas.
De tantas maneras el cuerpo dejaba de ser lugar de negación y sufrimiento y se afirmaba como lugar de creación y de placer, que era imposible no aprender a expresarlo de otra manera en nuestras oraciones. Fue y ha sido un aprendizaje difícil y desafiante.
Pero no significaba solamente un dislocarse en las liturgias y en la espiritualidad. Afirmar la resurrección del cuerpo como plenitud erótica que nos humaniza trae desafíos para la teología y lo que decimos de Dios y como lo decimos. Trae desafíos también para quien trabaja con la Biblia.
Los símbolos e imágenes, metáforas y relaciones que habitan en nuestras oraciones, liturgias y teología se refieren al elenco de historias bíblicas. Nuestro léxico, nuestro lenguaje de cuerpo y de discurso, se alimentan del menú de personajes, enredos, estructuras, mitologías, secuencias y representaciones de las tradiciones bíblicas vivas, también, en las culturas por caminos de imposición, de asimilación o de reinvención.
Lo que se construye como sentido común en el imaginario social a partir de las tradiciones bíblicas es una mezcla entre un dios incorpóreo, puro espíritu, y hombres y mujeres llenos de órdenes y daños en sus cuerpos pecadores y mortales. Esta visión simplificada, violentamente monolítica y restringida del texto bíblico es la que prevalece en las catequesis y escuelas dominicales, en las representaciones artísticas y en las liturgias.
Infelizmente es la visión que continúa atravesando también la lectura bíblica popular y ecuménica que hacemos en América Latina. Aún no fuimos capaces de incorporar una visión crítica de lo demoníaco del cuerpo y del erotismo en las versiones oficiales del judaísmo-cristianismo, ni capaces de articular creativamente los descubrimientos y alternativas que la arqueología, antropología, psicoanálisis traen para una experiencia religiosa más integrada.
Nuestras lecturas bíblicas continúan reforzando una perspectiva de Dios impersonal, separado de la humanidad y de sus cuerpos, de la naturaleza y sus cuerpos. Un Dios sin cuerpo y des-erotizado y por eso mismo, mejor y superior a otras divinidades marcadas y mezcladas a rituales de fertilidad y expresiones eróticas.
El primer problema está en la tentativa de las teologías sistemáticas y sus versiones catequéticas en trabajar la Biblia a partir de reducciones temáticas y secuenciales: se habla de El Dios del Antiguo Testamento como una imagen única y referente siempre a un mismo contenido. O se organiza una secuencia de imágenes de la divinidad del Antiguo Testamento, disponiéndolas en un movimiento que va de la más rudimentaria y atrasada (una divinidad corpórea y erotizada) hasta una percepción exacta y más avanzada de Dios (sin cuerpo y sin relación).
Más allá del problema metodológico está la afirmación de una superioridad ética de la divinidad del judaísmo-cristianismo justamente por no revelarse en las formas corpóreas o en los rituales referentes a las materialidades humanas (comida, sexo, danza...). Así, valorizamos los textos y tradiciones que presentan la revelación en la forma del Libro, de la ley, de la Alianza, subordinando o excluyendo toda y cualquier otra alternativa presente en el propio texto.
La consolidación de la verdadera religión en Israel – monoteísmo Yahvista – lanza una visión monolítica sobre la historia, imprimiendo un eje editorial que rechaza toda y cualquier expresión religiosa que se aproxime a los atributos o rituales de otras divinidades. En este sentido, todo lo que es auténtico es bueno, todo lo que es extranjero es malo. Catalogadas como baal todas las expresiones religiosas relacionadas con el campo simbólico de la fertilidad, a los contactos eróticos con divinidades personificadas en la naturaleza van siendo demonizadas y combatidas, no permaneciendo ni la alternativa de la convivencia.
El imaginario religioso compartido por diversos pueblos – y también Israel – percibía la sexualidad como parte del orden natural de la vida, y como relación básica de generación, sustento y recreación del cosmos. La atracción erótica es un movimiento fundamental en la dinámica del cosmos, sus aproximaciones y distanciamientos, copulaciones y fertilidad. Dioses y diosas, hombres y mujeres tienen en común la capacidad relacional, el deseo erótico y la dinámica de la fertilidad.
La diosa Inanna/Ishtar, por ejemplo, representa la presencia divina expresada en el impulso erótico. Sin esta diosa:
El toro no salta sobre la vaca
El burro no fertiliza a la hembra
Por las calles, el hombre no fertiliza a la mujer joven
El hombre se queda acostado en su cama, solo
La mujer se queda acostada sola en su rincón .
Dioses y diosas – en la literatura y en los hallazgos arqueológicos – son representados y ritualizados en la valoración de sus dotes sexuales y su belleza erótica. La investigación apunta hacia un período de convivencia de Yahvé con otras divinidades y su participación activa en los cultos eróticos. Los cultos cananeos parecen haber sido eminentemente eróticos y orgiásticos, lo que no debe ser confundido con culto (del acto) sexual. La visión de que los israelitas se dejaban seducir por estas expresiones religiosas, encubre la real participación y protagonismo de Yahvé y de israelitas en el imaginario religioso erótico.
Toda esta dinámica va ha desaparecer o ser suprimida en la consolidación del Yahvismo monoteísta. Se establece entonces una divinidad única referida siempre por el pronombre masculino y representada por imágenes predominantemente masculinas (guerrero, rey, padre, etc). Entretanto, la masculinidad de Dios no se expresa eróticamente ni por expresiones de virilidad. La literatura explícitamente evita citar o referirse a los atributos sexuales de la divinidad, esforzándose por crear mecanismos de desviación del asunto. Antiguos textos y tradiciones que articulaban un Yahvé erotizado y como posible compañero sexual van a ser revisados o suprimidos, utilizándose mecanismos literarios y metafóricos que desfiguran estas tradiciones.
En este sentido la consolidación del monoteísmo representa también la desacralización de la sexualidad y del erotismo. Reducidos a fenómenos estrictamente humanos, erotismo y sexualidad no se presentan más como alternativa posible de la experiencia religiosa, quedando muchas veces reducidos y catalogados como sinónimos de pecado e idolatría (Oseas, Ezequiel).
La negación y la omisión del imaginario sexual y erótico en el fenómeno religioso en Israel, hace parte de la intencionalidad editorial de construcción de una divinidad única, desprovista de elementos y relaciones antropomórficas. La velación del cuerpo de Dios (Nadie vio a Dios...), la afirmación de una divinidad única, y por eso mismo sin relaciones, disminuyen las posibilidades del imaginario erótico como expresión religiosa. Las relaciones cósmicas fertilizadoras de la vida, expresadas en profusiones de relaciones entre dioses y diosas, desembocan en una divinidad única que gobierna a partir de la Ley y de la Palabra. De todos los orificios del cuerpo responsables por las relaciones con el mundo y las personas, solamente la boca va a mantener su dignidad.
La influencia de estas imágenes de la raíz de nuestras tradiciones participan de la consolidación de modelos de identidad y de relación, fomentando y favoreciendo mitos que normatizan y perpetúan mecanismos de exclusión, alienación y sufrimiento.
En este sentido, una primera motivación para este número de Ribla sobre Religión y Erotismo es el de romper la visión monolítica de Dios en la Biblia hebrea.
“La noción de Dios es extremadamente compleja en el judaísmo y corresponde a diferentes experiencias, imágenes y momentos a lo largo de su antigua historia... (es necesario) percibir que el concepto de Dios no fue siempre el mismo en la tradición judaica primitiva, ni en la posterior tradición cristiana” .
Una segunda motivación para dedicarnos a la reflexión sobre el erotismo y religión es la de desnaturalizar la identificación – presente en las culturas y en las teologías – de las mujeres con “la fragilidad de la carne, la sensualidad, la voluptuosidad, la tentación, el pecado” . Una de las formas de alienación material y simbólica de las mujeres, se da por el proceso de naturalización que inmoviliza a las mujeres en su corporeidad. Rescatar las tradiciones bíblicas que conocen una imagen de Dios erotizada y en relación con divinidades femeninas, abre alternativas para el protagonismo religioso de las mujeres y la efectiva participación positiva del imaginario femenino en el ejercicio hermenéutico y teológico.
La lectura y contemplación de místicos y místicas nos revela una espiritualidad llena de erotismo, ejercitando con fervor las alabanzas de la carne y los gemidos del alma, haciendo de la oración lugar de plenitud. Una espiritualidad así nos hace falta en este tiempo de éxtasis religiosos programados y simplistas.
Una tercera motivación sería el enfrentamiento de la situación de miseria sexual y erótica que vivimos –hombre y mujeres – en América Latina. Convivimos con cotidianos de desgaste, relaciones cansadas y agotadoras, fantasías impronunciables, deseos postergados y la capacidad enorme de aceptación del marasmo erótico como si no supiéramos que los mecanismos de dominación necesitan cuerpos eróticamente alienados para imponer su proyecto. Un proyecto liberador necesita conocer sus puntos erógenos, necesita dejarse seducir por lo sagrado presente en todo el mundo habitado.
“Creación. El Espíritu nos da la creación, sacramento, jardín. Él da a la humanidad como cuerpo, cuerpo desnudo, cuerpo macho, cuerpo hembra, cuerpos que nada necesitan esconder, todo era bueno, los ojos eran buenos, imagen de Dios. Cuerpo, dádiva de Dios, destinado a la eternidad” .
Sin necesidad de hacer – por el contrario – el elogio del erotismo como lugar exclusivo de plenitud, pero insertándolo como dimensión fundamental de la reproducción simbólica y material de la vida, la lectura bíblica liberadora tiene delante de sí el desafío de asumir las posibilidades, las contradicciones y los límites de las vivencias eróticas en las construcciones de modos de vida y de sociedad.
Nancy Cardoso Pereira
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ALVES, Rubem, Creio na ressurreição do corpo, CEDI, Rio de Janeiro, 1984.
ALVES, Rubem, Creio na ressurreição do corpo, Introdução.
FRYMER-KENSKY, T., In the Wake of the Goddesses - Women, Culture and the Biblical Transformation of Pagan Myth, Free Press, 1992,. p.188.
GEBARA, Ivone, “Nas origens do mal”, em Teologia em ritmo de mulher, Paulinas, São Paulo, 1994, p.43.
GEBARA, Ivone, “Nas origens do mal”, p.84.
ALVES, Rubem, Creio na ressurreição do corpo.
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