“Mientras hay vida hay esperanza”
Las pequeñas y firmes esperanzas diarias en Qohélet
Jorge Luis Rodríguez Gutiérrez
Resumen
El artículo comienza presentando un panorama general sobre el concepto de esperanza en pensadores como Sartre, Unamuno, Spinoza, Dante y Boecio, para luego analizar el concepto de esperanza en Eclesiastés 9,4 con el telón de fondo de desesperanza que se encuentra en el libro. Dos eran los motivos para la falta de esperanza en el Eclesiastés: la situación política, en la cual Palestina estaba bajo el dominio de extranjeros, y sus reflexiones acerca del hebel de la vida y el fin de la vida tan igual para todos, hasta los animales. El artículo intenta demostrar que frente a la falta de grandes esperanzas, el Eclesiastés planteó sus pequeñas y firmes esperanzas diarias: la felicidad de los momentos cotidianos en los cuales el pan, el vino y el amor eran elementos fundamentales. Continuar vivo era la esperanza que daba sentido a todas las otras esperanzas, pues solo los vivos esperan, y estando vivos quizá un día podrían ser reconstruidas otras formas de esperanza.
Abstract
The article begins with a general panorama which treats of the concept of hope taken from great thinkers like Sartre, Unamuno, Spinoza, Dante and Boecio. It quickly goes to analyzing the concept of hope found in Ecclesiastes 9,4. This text is considered the background for the sense of despair which passes through the entire book. There are two motives given for such a lack of hope in Ecclesiastes: the political situation of Palestine´s domination by foreigners , and reflections about the hebel of life as well as the end of life equally certain for all - including the animals. The article tries to show that , confronted with the lack of strong signs of hope, Ecclesiates cited small yet firm hopes culled from day to day living: the happiness felt in daily moments when bread, wine and love were fundamental elements. The hope of staying alive was what gave meaning to all other forms of hope - because only the living can hope. And, perhaps, by staying alive it would be possible to construct other forms of hope.
1. Introducción
El título de este artículo fue tomado de Eclesiastés/Qohélet 9,4: “mientras alguien está entre los vivos tiene esperanza”. Esto puede ser resumido de la siguiente manera: “mientras hay vida hay esperanza”. La muerte será, entonces, la línea divisoria entre la esperanza y la no-esperanza. Mientras hay vida, mientras estamos vivos, mientras somos vivientes, siempre podemos esperar. Esperar parece ser, en el pensamiento de Qohélet, una especie de característica intrínseca a la propia vida.
Aunque los contenidos de esta esperanza puedan variar y su alcance también, esperar —tener cualquier esperanza— es algo que solamente pertenece a los vivos. El fin de la vida es asimismo el fin de las esperanzas. Quien vive espera, quien no vive no espera. Una esperanza que no esté localizada en la “tierra de los vivos” es una especie de desesperanza, o de desesperación, pues —posiblemente— quien sitúa las esperanzas en otra tierra es porque no ve más esperanzas en esta tierra: niega las esperanzas en este mundo para afirmar las esperanzas en otro. Así, el problema no es si hay esperanza después de la muerte, el problema es si podemos tener esperanza antes de morir. Para ilustrar lo que estamos hablando, podemos citar el Sal. 27,13-14. En él, el salmista afirma:
Yo creo que veré la bondad de Yahveh
en la tierra de los vivos.
!Espera (qwh) en Yahveh, sé firme!
¡Fortalece tu corazón y espera (qwh) en Yahveh!
Para el salmista, la esperanza es algo de la tierra de los vivos. Él confiesa su fe no en una esperanza que está localizada en el futuro, quizá más allá de la muerte, sino simplemente en una esperanza que será vista en esta tierra, en este mundo, es decir en el mundo de los vivos, no en el mundo de los muertos. Podemos parafrasear las palabras del salmista diciendo: mi esperanza es que veré la bondad de Dios aún antes de morir; esto me fortalece; sin esto yo ya me sentiría desanimado.
No obstante, antes de entrar en el análisis del texto de Qohélet (y de lo que está inmediatamente en la continuación: “es mejor un cachorro vivo que un león muerto”), me parece adecuado plantear —si bien de forma breve— algunas consideraciones generales acerca de la esperanza. Entonces, en camino.
Tal vez podríamos empezar nuestra exposición sobre la esperanza con las palabras de un escritor contemporáneo: Jean-Paul Sartre. Él, al principio de su obra La esperanza ahora, habla acerca de la esperanza del siguiente modo:
Siempre pensé que todas las personas viven con esperanza, esto es, creen que alguna cosa que hicieron, o que se refiere a ellas, o al grupo social al que pertenecen, se está realizando, se va a realizar y les será favorable, tanto a ellas como a las personas que constituyen su comunidad. Pienso que la esperanza hace parte del propio hombre; la acción humana es trascendente, o sea, apunta siempre a un objeto futuro a partir del tiempo presente en que la concebimos y en que intentamos realizarla; ella sitúa su fin, su realización, en el futuro; y, en la manera de obrar, está presente la esperanza, es decir, el propio hecho de establecer una finalidad como debiendo ser realizada .
La esperanza, dice él en la continuación del texto, no es ilusión lírica. La esperanza es una forma de aprehender el fin que me proponga como capaz de ser realizado. La desesperanza —esto es la desesperación— sería, en este caso, la convicción de que los fines fundamentales no pueden ser alcanzados y que, consecuentemente, hay en la realidad humana un fracaso esencial. Así, la esperanza es una característica esencial de cualquier acción emprendida. Ella —la esperanza— está presente en la propia naturaleza de la acción. De esta forma, la acción, siendo al mismo tiempo esperanza, no puede estar destinada en su principio al fracaso absoluto y cierto. La esperanza no da lugar a la idea de fracaso. La esperanza es la que nos dice que —incluso sin tener certeza— el fin puede ser alcanzado.
Como somos nosotros quienes hacemos el itinerario de la caminata, podemos retroceder algunos siglos y citar otro filósofo: un pobre judío portugués desterrado en las brumas holandesas al cual le dolía Dios, como afirma el filósofo español Miguel de Unamuno. Precisamente, Unamuno asevera que del mismo modo que a otros les duele una mano, un pie, el corazón o la cabeza, a Spinoza le dolía Dios. Así, toda la filosofía de Spinoza no fue más que una consolación que forjó para esa su falta de fe y en consecuencia —agrego a las palabras de Unamuno— su falta de esperanza. Este judío que fue anatematizado y maldecido por los miembros de su sinagoga, señalaba que el ser humano tiene miedo que le acontezcan males y que no le acontezcan bienes, así como tiene esperanza de que le acontezcan bienes y de que no le acontezcan males. Para Spinoza, siendo que en este mundo solo existe el orden causal de las cosas, únicamente podemos esperar que él nos sea favorable.
Ya que retrocedimos en el tiempo para citar a Spinoza, nada cuesta ir un poco más lejos todavía, a la alta Edad Media, y citar otro pensador, filósofo y escritor, quien, al igual que Spinoza, fue desterrado. Me refiero a Dante Alighieri. Para él, vivir sin esperanza era vivir en el propio infierno. Por eso, en su magnífica obra —La divina comedia— en la puerta del infierno está escrito: “dejad toda esperanza, vosotros que entráis” (Infierno III,7).
Sin embargo, ya en el comienzo de la Edad Media otro filósofo había concluido hablando de esperanzas su libro más famoso. Mientras aguardaba la ejecución de la sentencia de pena de muerte, a la que había sido condenado injustamente, Severino Boecio escribió en el último párrafo de su obra La consolación de la filosofía, el siguiente texto acerca de la localización de su esperanza:
No es en vano que ponemos en Dios nuestras esperanzas y súplicas, las cuales, siendo justas, no pueden permanecer sin algún efecto. Apartaos por tanto del mal, cultivad el bien, elevad vuestras almas a la altura de vuestras justas esperanzas y haced llegar a los cielos vuestras humildes súplicas .
Esperanza y desesperanza parecen dos opciones que están siempre frente a nuestros ojos. Son como dos polos entre los cuales transcurre nuestra vida. Pero, ¿por qué una persona tiene esperanza o desesperanza? O más claro aún, ¿qué determina que alguien sea optimista o pesimista? Teniendo como fundamento nuevamente el pensamiento de Miguel de Unamuno, podemos responder a esta pregunta de la siguiente manera: nuestra filosofía de vida, nuestra esperanza o desesperanza, nuestro forma de comprender o de no comprender el mundo y la vida, brota de nuestro sentimiento con respecto a la propia vida. Y ésta, como todo lo que es efectivo, tiene raíces subconscientes, inconscientes tal vez. Así, continuando con la filosofía de Unamuno, no son nuestras ideas las que suelen tornarnos optimistas o pesimistas, sino nuestro optimismo o nuestro pesimismo —de origen fisiológico o quizá patológico, tanto uno como el otro— los que hacen nuestras ideas.
En épocas de abundancia de esperanza nadie requiere decir que hay esperanza. En época de pocas esperanzas, no obstante, es necesario reafirmar la esperanza. O sea, es necesario decir claramente que hay esperanza y mostrar dónde se halla esa esperanza.
Por otro lado, nunca hubo una época de absoluta falta de esperanza —la desesperación absoluta no existe—, como tampoco existe la esperanza absoluta. Lo que acontece en la cotidianidad de las personas y de los pueblos es una mezcla de esperanza y desesperación, siendo que, en algunos casos o épocas, puede haber más esperanza y en otras mayor desesperación. Es decir, todo es cuestión de cantidad. De esta forma, podemos afirmar que tal persona tiene más esperanza que otra. O que un determinado tiempo fue de esperanza. O que un amigo ya no tiene más esperanza. Son maneras de hablar, de ubicarnos dentro del amplio espectro que va de la desesperación absoluta (que no existe) hasta la esperanza absoluta (que tampoco existe).
Pero, vamos en seguida a Qohélet o Eclesiastés. Para eso tendremos que retroceder aún más en el tiempo y en la geografía: tendremos que ir a los desiertos de Palestina en el convulsionado tercer siglo antes de Cristo.
2. La esperanza en Qohélet
Hablar de la esperanza en Qohélet es definir dónde estaban sus esperanzas y dónde estaba su desesperación. Pues, de acuerdo con lo que afirmamos, la esperanza y la desesperanza se mezclan en su libro.
¿Dónde estaba la desesperanza de Qohélet? Podemos situar su desesperanza en dos lugares. En la situación política de Palestina y en sus reflexiones en torno a la vida y la muerte, especialmente sobre el destino final de los seres humanos.
2.1. La desesperanza frente a la situación política y la
afirmación de la esperanza en la propia vida
Empecemos, entonces, por la situación política. Esto nos lleva a la historia, o sea, al panorama social de Palestina hacia el año 250 a. C. Es el período de la transición entre el dominio de los ptolomeos al de los seléucidas. Para entender esto, es preciso presentar algunas informaciones de carácter histórico.
Entre los años 333 y 330 a. C., Alejandro Magno conquistó Palestina como parte de un vasto plan de expansión de su imperio. La dominación griega en Palestina perduró aún después de la muerte de Alejandro en el 323 a. C. Tras la muerte de Alejandro, su imperio fue dividido entre sus generales. De este modo, Egipto quedó bajo Ptolomeo —quien dio origen a la dinastía de los ptolomeos— y Siria con Seleuco —quien dio origen a la dinastía de los seléucidas. La presencia griega en Palestina se extendió entre los años 333 y 63 a. C. Fue una época de altos y bajos. Fue una época de guerras, de arbitrariedades intercaladas con períodos de tranquilidad. Palestina en ocasiones estaba bajo el poderío de los ptolomeos y, a veces, bajo el dominio de los seléucidas. Qohélet vivió en una de esas transiciones de poder: de manos de los ptolomeos a las de los seléucidas.
Tanto los ptolomeos cuanto los seléucidas eran de cultura griega. En consecuencia, con ellos vinieron también la filosofía, la gimnasia, la lógica, y nuevas ideas teológicas, nuevas ideas cosmológicas y, principalmente, una nueva dominación política. Asimismo, vino un nuevo modo de producción, el esclavismo, con su fundamentación filosófica y racista. Era un sistema que privilegiaba a los hombres, los propietarios y los “griegos”. Quien no era griego era considerado bárbaro, y como tal era excluido del sistema.
Qohélet debe haber visto desde pequeño a los invasores pasearse por las calles de Palestina. Varias alusiones a situaciones de injusticia, opresión y sufrimiento en su libro nos muestran que él conocía bien la situación. Ahí está su primer motivo para la desesperanza política: los invasores eran fuertes y su reinado parecía eterno. Casi con certeza su frase —llena de ironía y de un triste realismo— “más vale cachorro vivo que león muerto”, que hallamos inmediatamente a continuación de la frase de la cual fue extraído este artículo, parece ser una alerta contra el martirio inútil y sin sentido:
Mientras alguien está entre los vivos tiene esperanza,
porque “es mejor un cachorro vivo que un león muerto” (Ecl. 9,4).
Es un manifiesto contra el martirio, contra la muerte inútil, contra una desesperación vacía y sin sentido. Para Qohélet, la vida tenía que ser preservada. Un cachorro vivo puede más contra los invasores que un león muerto. La vida era sinónimo de esperanza. Por eso nada se ganaba con morir; el sacrificio sin esperanza se volvía inútil y absurdo.
Ante el mundo de muerte de los invasores, Qohélet coloca sus esperanzas en mantener la vida: incluso sin esperanzas políticas, ¡había que vivir! Ante la falta de grandes utopías, solamente quedaba la pequeña utopía diaria, lo cotidiano donde los momentos de felicidad podían coexistir con el miedo a los invasores, al rey y a su aparato de seguridad. Ante la desesperanza de conseguir vencer a los invasores, Qohélet sitúa las esperanzas que se suceden en el transcurso de las horas: el pan, el vino, la mujer amada (Ecl 9,9).
En su libro no hay mención de los grandes proyectos (tan típicos en las palabras de algunos profetas) ni de las grandes doctrinas. Su universo permaneció pequeño: el “único bien del hombre es comer y beber y disfrutar del producto de su trabajo” (Ecl 2,24; 3,12-13.22; 5,17; 8,15; 9,7-9; 11,9-12); su Dios se mantuvo distante: “Dios está en el cielo y tú en la tierra” (Ecl 5,1); y su miedo aumentó: “tú sin embargo, teme a Dios” (Ecl 3,14; 5,6; 8,12; 12,5; 12,13). Qohélet, no obstante, no perdió la voluntad de vivir. Ante todo eso, puso sus pobres esperanzas: pequeñas, pasajeras, cotidianas e inciertas. Pero, aun así, eran esperanzas —más vale una esperanza pequeña viva que un millón de grandes esperanzas muertas—, y su principal esperanza era continuar vivo, que era, a su vez, el fundamento de todas las otras esperanzas.
2.2. La desesperanza frente a la muerte y la
afirmación de la esperanza en la propia vida
Como afirmamos anteriormente, el otro motivo de desesperanza de Qohélet proviene de sus reflexiones sobre la vida y la muerte, especialmente en lo que se refiere al destino final de los seres humanos. En el capítulo 2 afirma que, al examinar todas las obras de sus manos y la fatiga que costó realizarlas, vio que todo era hebel y correr tras el viento y que nada había de provechoso debajo del sol. Todo es hebel. Esa palabra característica suya puede ser traducida por nada, vacío, viento. Todo es hebel: el gozo y los placeres (2,1), la fatiga (2,11), la sabiduría (2,15), todo lo que se hace debajo del sol (2,17), la herencia (2,19), la retribución de Dios (2,26), el destino final de los hombres que es igual al de los animales (3,19), el éxito y la rivalidad (4,4), privarse de satisfacciones (4,8), la política (4,16), amar el dinero y la abundancia (5,9), no poder disfrutar de las riquezas, de los bienes y de la honra (6,2), lo que los ojos ven y la agitación de los deseos (6,9), la risotada del necio (7,6), que a los justos corresponda la suerte de los impíos y que a los impíos toque la suerte de los justos (8,14), la vida (9,9), todo lo que viene (11,8), la juventud y la flor de la edad (11,10) y consecuentemente —lo que puso en el comienzo del libro lo repite de nuevo al final— todo es hebel (12,8; cf. también 1,2). La desesperanza de esta vida es manifestada por su afirmación de que todo es hebel, vacío, niebla, viento, nada .
Sin embargo, la desesperanza se encuentra asimismo más allá de esta vida. Después de haber afirmado en 9,4 que “más vale cachorro vivo que león muerto”, en 9,5 —en el versículo siguiente— él explica el porqué:
Los vivos al menos saben que van a morir, mientras que los muertos no saben nada, ni reciben salario, pues su recuerdo cayó en el olvido. Se acabaron sus amores, odios, pasiones, y jamás tomarán parte en lo que se hace bajo el sol (Ecl 9,5-6).
Pese a este desolador panorama de los muertos, Qohélet reafirma —inmediatamente— su esperanza. Ella se halla en lo cotidiano. De esta forma, si en 9,5-6 expresó su desesperación, en 9,7-9 declara su esperanza, su reafirmación de la vida. Esta esperanza está cerca, en la propia casa, en el hogar, en las personas cercanas: “anda, come tu pan... bebe tu vino... goza la vida con la mujer amada...”.
Es una esperanza simple y cotidiana, que no tiene que ver con las grandes esperanzas de los sistemas mesiánicos, ni con el futuro. Tiene que ver con el presente, con la cotidianidad, ya que es en esa cotidianidad que la esperanza debe estar presente para mantener la propia vida. La esperanza sirve para la vida y la vida para la esperanza. No hay otro motivo para esperar sino la propia vida... La esperanza debería mantener la vida. Porque si hay vida se pueden esperar otras cosas, otras esperanzas, tal vez hasta grandes utopías.
La esperanza del Eclesiastés no está ligada a un líder —un mesías, por ejemplo—. No hay redentores, únicamente existe la vida y la vida solo puede ser redimida en la propia vida. Él no pensaba que el orden de cosas podría ser cambiado por medio de un mesías o de un grupo de personas, quienes instaurarían un nuevo orden de justicia y de felicidad.
Qohélet no proyecta su esperanza en el futuro... en un futuro muy distante, remoto, quizá en el fin de los tiempos, como lo habían hecho algunos profetas (cf. Jr 33; Is 9 y 11; Mq 5,2; Zc 9-12). Para él, la esperanza está en el presente; la felicidad también. Para él, ante la situación presente no se ganaba nada con prometer felicidad para el futuro. La esperanza tenía que ser ahora.
La palabra hebrea usada por Qohélet para esperanza es —como dijimos hace poco— bitachon. Esta palabra apenas se encuentra tres veces en la Biblia Hebrea. Una es el texto de Qohélet del cual hablamos; las otras son 2Rs 18,19 e Is 36,4. Estos dos últimos textos son iguales, hacen la misma pregunta, lo que nos permite afirmar que, posiblemente, era una pregunta conocida popularmente, y que fue usada tanto por el autor de 2 Reyes cuanto por el autor de Isaías. La pregunta es la siguiente: ¿cuál es esa esperanza en la que esperas?
Las respuestas a esta pregunta pueden ser tantas cuantas los seres humanos. Cada uno tiene una respuesta. No obstante, las muchas posibles respuestas no anulan la pregunta. Por el contrario, apuntan hacia el hecho de que la esperanza es múltiple y puede tener muchas caras. Nadie posee el monopolio de la esperanza, nadie puede afirmar que la esperanza es solamente una. La pregunta debe continuar siendo hecha puesto que ella nos obliga a pensar acerca de la esperanza, y comenzar a pensar acerca de la esperanza —para quien se halla desesperado y/o pesimista— puede ser asimismo el comienzo de dejar el pesimismo y la desesperación de lado. Así pues, haciendo un poco de hermenéutica imaginativa, podemos preguntar a Qohélet:
—Qohélet, ¿cuál es la esperanza en la que esperas?
—Mi esperanza es seguir vivo, vivir, no morir, dejar de tener miedo de Dios y de los invasores, sentir nuevamente que Dios está próximo y que no es indiferente a los males que afligen nuestra tierra. Espero continuar teniendo los momentos de felicidad que puedo obtener de esta vida. Espero apartar las tristezas de mi corazón, volver a acordarme de mi creador y sentir el deleite del sol en mis ojos y que la luz es dulce. Mi esperanza es vivir muchos años, tener una vejez tranquila —cuando se cierren las puertas que dan hacia la calle y se rompa el hilo de plata— y que en el momento de la muerte mi último suspiro se vuelva hacia Dios.
3. Conclusión
Después de todo lo que hemos escrito hasta aquí, nuestra conclusión es que nada se gana solo con tener esperanza, o solo con decir que tenemos esperanzas. Hay que dar contenido a esa esperanza. Se debe decir cuál es la esperanza en la que esperamos, pues donde está nuestra esperanza está igualmente nuestra vida. San Agustín afirmaba que nuestra vida está donde están nuestros amores. Más aún: él (Agustín) afirmaba que su peso era su amor. De esta manera, siempre se inclinaba hacia el lado de las cosas que amaba. Entonces, si somos lo que amamos, y el amor es una forma de esperanza, podemos aseverar que también somos lo que esperamos. Cambian nuestros amores, cambia nuestra vida. Y, si cambiando nuestros amores, cambia nuestra esperanza, cambiando nuestra esperanza, cambia asimismo nuestra vida. Nadie cambia de amores o de esperanza sin cambiar también él mismo. Una persona que solo espera tener vida después de la muerte, vive de modo diferente de otra que espera tener vida antes de morir. La esperanza define nuestros caminos. El contenido de la esperanza define además dónde empieza la desesperación. Y, en ese momento, cuando faltan todas las esperanzas, es que la esperanza toma forma de no-esperar-más. Siendo así, la única cosa que queda es mirar hacia los cielos y orar junto con el salmista:
¿Por qué desfalleces, alma mía,
gimiendo dentro de mí?
Espera en Dios, aún lo alabaré,
¡la salvación de mi rostro y mi Dios! (Sal 43,5).
Jorge Luis Rodríguez Gutiérrez
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Brasil
Jean Paul Sartre, A esperança agora. Rio de Janeiro, Nova Fronteira, 1992, pág. 15.
Boécio, A consolação da filosofia. São Paulo, Martins Fontes, 1998.
La palabra hebrea hebel ha sido traducida tradicionalmente por vanidad.
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